Una disculpa enorme por no haber podido responder personalmente a cada comentario y, desde luego, por la demora. Gracias por comentar, seguir o añadirme a mí o a la historia a su lista de favoritos. A cada uno de ustedes, mi gratitud eterna.

Val.

CASTLE Y SUS PERSONAJES SON PROPIEDAD DE A.W. MARLOWE Y ABC STUDIOS.


CAPÍTULO XIV

El espléndido atardecer es un cómplice más de los enamorados quienes, sentados en la playa, con las ropas húmedas por las olas que los alcanzan apenas justo antes de retraerse hacia el mar en un eterno vaivén, contemplan con fascinación el ocaso. La unión sagrada entre el sol y el agua en el horizonte, entre jirones de nubes teñidas de púrpuras, naranjas y azules en soberbias tonalidades que se reflejan en las aguas lejanas, los mantiene absortos en la belleza de un espectáculo que tiempo atrás fue testigo del intercambio de promesas y juramentos de eternidad… Los recuerdos invaden la mente de ambos como si fluyeran en una misma longitud de onda, en perfecta sincronía, como siempre. Sin embargo, en Rick hay esperanzas puestas en un futuro brillante arropado cálidamente en el vientre de su esposa; pero en ella…en ella es un destello de remordimiento el que se apodera de su mente al tiempo que emergen sus más dulces recuerdos de ese mar y de ese cielo. No puede evitar pensar –por enésima vez- en lo cerca que estuvo hace poco de perder todo lo ganado aquella tarde de noviembre; en la necedad con la que prácticamente rompió esos votos nacidos del alma y pronunciados con una emoción profunda el día en que, luego de vencer la adversidad una vez más, se convirtió en la esposa de quien es para ella el amor de su vida, su principio y su fin.

Y es que ahora, a la luz que sólo el tiempo y la distancia arrojan, le parece tan absurdo, tan inverosímil el hecho de haber sido capaz de tomar la decisión de alejarse de Rick y de intentar mantenerlo fuera de su vida, amándolo como lo ama y, sobre todo, luego de haber experimentado –durante dos interminables meses- lo que vivir sin él significa… Luego de haber pasado días y noches eternos de agonía pensándolo desaparecido para siempre. Cómo es posible que haya considerado, siquiera por un momento, que podría estar sin él, aun cuando fuera para protegerlo y para librar su futuro de cualquier posible sombra. No. Ella debió, desde un principio, dejarlo todo, cambiarlo todo, con tal de mantenerlos seguros y juntos…siempre juntos. Fue arrogancia de su parte intentar cualquier otro curso de acción; fue estúpido mantenerlo al margen. No es la primera vez que llega a esa conclusión; de hecho es un derrotero que su mente sigue por sí sola puesto que ha sido recorrido demasiadas veces. Tendrá que trabajar mucho para liberarse de los arrepentimientos y de esa parte de su consciencia que la atormenta sin piedad siempre que puede y a pesar de los esfuerzos de Rick para que se conceda el perdón. Ella lo está intentando… Por Dios que lo está intentando con todas sus fuerzas; es consciente de que con ayuda de su voluntad férrea, de la comprensión y el amor de su compañero y por el bien de esa vida que se anida en su vientre, lo va a conseguir: se perdonará eventualmente, pero jamás se permitirá el olvido; ése no es parte de su redención, pues olvidar un error significa condenarse a repetirlo. Y ese es un lujo que no está ni mínimamente dispuesta a darse.

-No llores –la voz grave y compasiva de su marido la desenreda de sus sombríos pensamientos al tiempo que su dedo índice le enjuga una lágrima solitaria que ni siquiera era consciente de haber dejado escapar-. Estamos aquí, los dos, otra vez, juntos…tan esposos como aquella tarde.

-Por suerte –le responde ella, tomando con la suya la mano de él y depositando un beso en su palma-. Pero no es sólo es ese día el que vino a mi mente, ¿sabes? Esta vez mi memoria me jugó sucio viajando hasta más atrás…

Por breves instantes el rostro de Rick muestra una ligera confusión, pero casi de inmediato su cerebro –siempre acompasado con el de ella- hace la conexión entre sus palabras y sus propios recuerdos.

-Nuestro primer intento de boda… -No es una pregunta.

-Sí…eso.

La mirada de miel se pierde en las inmensidades que los rodean, intentando reagrupar los pensamientos que se le dispersaron en las penurias del pasado. La grandeza del océano teñido de los reflejos del crepúsculo; la infinidad de un cielo encendido con colores que el hombre no ha podido reproducir; surcado por aves que se preparan para volver al nido mientras rompen el silencio con graznidos ahogados en el bramido suave y constante de la marea al acariciar la orilla. Hay tanta paz, tanta belleza, tanta esperanza en ese momento perfecto… Pero Kate no puede evitar volver al día aciago en el que llegó a creer que había perdido para siempre a su razón de vivir. Y, ¡Dios bendito! Cómo es posible que luego de haber sabido el calvario que implica estar sin él, se haya atrevido a alejarse, arriesgándose así a perderlo. Ahora cae en cuenta de que vivir sin Rick, por la razón que sea, le es imposible. La idea de no tenerlo –sea a manos de Locksat o debido a su propia necedad- es inconcebible, y eso lo ha aprendido de la manera más dolorosa. Fue ciega, obtusa, obcecada hasta el punto de ahora desconocerse a sí misma. Quizá las razones eran las correctas, pero la manera de proceder, no. Sólo un amor como el de Rick es tan limpio e inagotable como para conceder un indulto tan inmerecido.

-Cierro los ojos y puedo ver tu rostro en mi sueños… -Retoma la palabra en lo que es apenas un susurro con el que intenta no perturbar la quietud y magnificencia que de los alrededores-. En mis pesadillas más bien; porque durante estos meses y especialmente estas últimas semanas, lo que me acechaban eran pesadillas tan vívidas y atroces que temía dormir, pues cuando lo lograba, despertaba exhausta y desecha en llanto. Uno de los elementos recurrentes era tu rostro con la expresión desolada y rota que sólo llegué a ver en ti cuando recibí el tiro en el cementerio y después, cuando Alexis fue secuestrada. –Hace acopio de valor para continuar sin que la voz se le rompa-. La noche antes de que fuera a buscarte, desperté ahogándome en mis propias lágrimas sin poder borrar esa expresión triste en tu cara luego de que en mis sueños yo…

-Shhh… -La silencia poniendo un dedo sobre los labios que tiemblan y plantando un beso tajante en su mejilla-. No digas más, Kate, por favor. No en este momento perfecto que es sólo tuyo, mío, de nuestro presente y nuestro porvenir. Sé que este lugar nos trae recuerdos; sé que estás sensible por tu estado y por las semanas y meses tan intensos que acabamos de pasar, pero te pido que te concentres en el aquí y ahora… Por mí, por nuestro hijo…

-O hija. –Como por la gracia de un mágico conjuro, la sola mención de ese diminuto ser que vive en sus entrañas cual prueba viviente de su amor que todo lo vence, Kate recupera la sonrisa y la voluntad para encajonar sus recuerdos donde no interfieran con la felicidad de la que ahora gozan.

-O hija, mi amor, o hija… -La estrecha contra él hasta pegar sus labios a su oído para decirle en un suave murmullo:- Yo también te he hecho padecer mi ausencia, Kate… Justo en el día que debía ser el más feliz; y, en mi caso, tristemente ni siquiera tuve una verdad completa que ofrecerte. Tú me esperaste, me buscaste, me perdonaste y nos diste la oportunidad de empezar de nuevo hasta llegar al punto de recuperar todo lo que casi perdíamos… Tú encontraste en tu corazón la nobleza para entender, perdonar, olvidar, y con menos elementos que los justifican tu causa. Si por amor pudiste dejarme volver a ti, por amor yo he podido dejarte volver a mí. Si te hace sentir más tranquila que te lo ponga en estos términos, entonces estamos a mano.

Un sollozo suave y profundo de alivio y esperanza la estremece, haciéndola enterrar su rostro en el cuello de él, humedeciéndolo con lágrimas que le limpian el alma como sólo sus palabras pueden hacerlo. Enlaza uno de sus brazos alrededor de los hombros anchos y le busca los labios sobre los que deja caer su gratitud y su amor sin reservas.

-Por eso no podría dejarte ir nunca… Sólo tus palabras me convencen; sólo tus actos me reparan; sólo tu presencia me conforta y tus besos me curan y tus abrazos me calman.

Se sellan las palabras con un beso dulce que al paso de los minutos va ganando profundidad y calor al mismo tiempo que el manto de la noche cubre el cielo de estrellas diminutas y titilantes. La brisa marina los envuelve y acaricia como alentándolos a dar rienda suelta a sus deseos, a sus sueños, a la pasión latente que entre ellos se inflama sin necesidad de esfuerzo. Rick acuna el rostro tan amado entre sus manos sólidas con las que está dispuesto a sostenerla en medio de las peores tempestades. Despacio la inclina hacia atrás hasta recostarla, sin dejar de besarla, de acariciarla, de entregarle en cada roce las promesas del radiante mañana.


-Con todas las caracolas y conchas que hemos recogido todos estos días bastaría no para uno, sino para tres ornamentos más, Kate… para tres habitaciones.

-¿Qué insinúas, Castle?

-Bueno… yo sólo me remito a lo que tú misma me dijiste cuando empezamos a recolectarlas la otra tarde –le replica con una sonrisa pícara y un brillo travieso en la mirada clara-; dijiste que querías hacer con ellas un cuadro nuevo para colgarlo en la habitación del bebé, ¿no? Y dada la cantidad que tenemos en este momento en frente de nosotros, yo te digo a ti que nos alcanza no sólo para una, sino hasta para tres habitaciones… Si quisieras…

-Déjame salir de esta primera vez lo menos traumatizada posible –le responde con la sonrisa a flor de labios y la dicha empapando cada palabra- y luego hablamos de más. Si las náuseas matinales no están siendo tan molestas como para hacerme pensar dos veces en otro embarazo, creo que todavía me quedan varios meses de achaques por delante además del doloroso momento del parto para que me entren dudas. Vuelve a toca el tema dentro de dos años y entonces lo discutiremos.

Sentados sobre la alfombra mullida, ante la mesa de centro de la acogedora sala en la casa de los Hamptons, Kate y Rick han dedicado las últimas horas de su penúltimo día de vacaciones a limpiar, clasificar y ordenar por tamaño y colores la vasta colección de conchas marinas recopiladas a lo largo de cada uno de sus paseos por la playa. Les quedan menos de 24 horas de estancia en este lugar que ha sido testigo de las etapas finales de su reconciliación definitiva. Cada noche, cada mañana, cada tarde han sido dedicados a terminar de reencontrarse en todos los aspectos de su matrimonio. Igual han tomado largas caminatas por la orilla del mar, descalzos y de la mano, que han recorrido la ostentosa villa, disfrutando de buenas comidas y sesiones agotadoras de compras en las que la ropa de bebé ha sido privilegiada; extensos baños durante los cuales lo mismo han hablado, acurrucados uno contra el otro, que han compartido besos fogosos, caricias audaces y mucho más; noches apasionadas y mañanas perezosas en las que su cama ha sido cómplice y testigo de encuentros ardientes, cargados de amor y deseo. La piscina, el asador y tardes calurosas colmadas de risas y provocaciones han sido el broche de oro para su viaje de reencuentro.

Se han redescubierto el alma y el cuerpo, curado sus heridas, llenado los huecos y sellado las fisuras que la distancia y el tiempo abrieron en las almas por tanto tiempo sumidas en la tempestad. Ahora comparten madrugadas en las que, aun profundamente dormidos, permanecen en estrecho abrazo a fin de mantener a raya las pesadillas y ataques de pánico que todavía los acechan cuando bajan la guardia y para los cuales la presencia cercana del otro es el único antídoto. Despacio, con tenacidad y delicadeza, Rick va reconstruyendo la confianza que su mujer debe tener en sí misma y que los errores pasados y sus consecuencias han dejado hecha pedazos, a la vez que ella, con empeño y determinación, dedica sus minutos y horas a reparar los daños que sus decisiones le causaron a su relación.

Ambos son más que conscientes de que están a punto de reencontrarse de frente con ese mundo real del que voluntariamente se aislaron hace semanas con la firme intención de recobrarse uno al otro, de volver a coincidir en algún punto y caminar juntos a partir de ahí. Saben también que lo han logrado –no sin dificultades y pese a que aún queda camino por recorrer-; que han conseguido volver a tocar tierra sólida y que cualquier tormenta que el futuro pueda depararles, la vencerán juntos, con la fortaleza del amor que sienten uno por el otro y con la motivación poderosa de esa vida nueva que, hoy más que nunca, los vuelve uno solo contra el mundo. Todavía quedan remanentes de arrepentimientos, remordimientos, miedos e inseguridades… Pero son mínimos y se desvanecen un poco más con cada día que pasan juntos, uniéndose de nuevo y recomponiéndose.

-Eso quiere decir que… ¿Consideras al menos la posibilidad de tener más hijos? –Intenta Rick imbuirle a la pregunta un tono de ligereza, de broma, pero su mujer lo conoce lo suficiente como para vislumbrar la seriedad detrás del cuestionamiento.

-La verdad es que…no descarto la opción. –Le dice mientras termina de guardar sus pequeños tesoros en una caja rellena de esponja para protegerlos, y se pone de pie, forzándolo a hacer lo mismo para luego hacerlo sentarse en el sillón, dejándose caer sobre su regazo con las piernas sobre los cojines y su cabeza descansando en el hombro de su esposo-. ¿Tú no quieres tener más?

-Kate… -La acuna en sus brazos con la ternura y el cuidado con que se abraza a una criatura indefensa-. Contigo quiero todo lo bueno que la vida pueda darme. Uno, dos, tres niños, mientras sea contigo.

-Más te vale que sea conmigo, Richard Castle –le responde apretándose contra él y empujando cada palabra contra su hombro en un intento de ocultar el temblor emocionado de su voz-; quiero ser yo la madre de todos tus futuros hijos… Sean los que sean; aunque parece que alguien aquí está empeñado en que serán tres.

-Bueno, eso fue lo que el viajero del tiempo nos dijo que había visto en el futuro, después de todo, ¿no? –Le recuerda en un afán de aligerar el momento tan cargado de emoción y de hacerle más facil a su mujer que lidie con la extrema sensibilidad ocasionada por las hormonas desbalanceadas.

-¡Oh! Por Dios, Castle… No puedes estar hablando en serio al basar nuestra futura familia tan sólo en los delirios de un desequilibrado mental, ¿verdad? –Pregunta entre risas que delatan su anhelo detrás del pretendido reclamo.

-Vamos, Beckett –le replica con humor y ese dejo de juguetona arrogancia tan característico de Rick que en un inicio la desquiciaba y que ahora no podría sentirse más feliz de volver a ver en él-, no me vas a decir que al final de ese caso tú misma no dejaste a un lado tu eterno escepticismo y empezaste a considerar la posibilidad de que Simon Doyle fuera lo que decía ser.

-Claro que te lo digo. Contra todo argumento que tu imaginación hiperactiva pueda elucubrar, no vas a convencerme de ninguna de las insensateces dichas por ese demente. Sin embargo –añade luego de una pausa durante la cual le roba un beso pícaro-, eso no quiere decir que tú y yo, por decisión propia, no podamos llegar a tener tres bebés, ¿verdad?

Por toda respuesta obtiene un beso apasionado, casi salvaje en el que le muerde el labio, haciéndola gemir y olvidar todo rastro de conversación coherente mientras se pierde en la ola de sensaciones que se arremolinan en su bajo vientre, inundándola de calor y deseo. Poco a poco van cambiando su posición hasta quedar acostados a lo largo del sofá, con ella encajonada entre el respaldo del mueble y la sólida complexión de su marido; mareada por sus besos, encendida por las caricias intrépidas que anuncian tempestad y fuego.


-Has estado muy callada durante todo el camino… ¿Te sientes bien? –Le pregunta Rick a su esposa con evidente preocupación, sosteniendo con la mano izquierda el volante y con la derecha, acariciando la de ella.

-Estoy bien –lo tranquiliza dando un ligero apretón a su mano y despegando, al fin, la vista del punto en el que había permanecido clavada a través de la ventana lateral y fijándola en él con ternura-. Sólo me siento…melancólica.

-Melancólica… ¿Por qué?

-Es… No sé bien. Supongo que algo tendrán que ver mis hormonas que están fuera de orden –le responde con un dejo de timidez, como si la avergonzara un poco la falta de control sobre su estado de ánimo-. Es sólo que… Creo que no me siento tan preparada como debería para que estas vacaciones terminen. Quisiera haber podido tenerte sólo para mí por un poco más de tiempo.

Con esas frases basta para que a él le quede todo claro. Rick, sin ninguna dificultad, logra entender lo dicho entre líneas: Kate se siente un poco insegura ahora que ese delicioso aislamiento al que con gusto se sometieron está a punto de llegar a su fin; ahora que llega el momento de enfrentarse otra vez al mundo real y todo lo que eso conlleva. Ella teme que algo pueda fallar cuando encaren la realidad de la que se han mantenido a salvo durante un glorioso mes, y que las cosas entre ellos pudieran, de alguna manera, volver al estado lamentable en el que estaban antes de reencontrarse al otro lado del país.

Y una parte de él la entiende, pues ha habido momentos en los que Rick también se ha sentido temeroso de tener que volver a compartirla con el mundo y con esos peligros que ella tanto se empeña en seguir. Sin embargo, cuando esos pensamientos oscuros llegan a hacerse presentes, él se obliga a enterrarlos en lo más profundo , donde no hagan ruido ni daño; se fuerza a confiar a ciegas, una vez y todas las que hagan falta; a creer, a tener fe…en ella, en él, en ese amor que comparten y que ha sido capaz de vencerlo todo y del que ahora hay una prueba encarnada en el vientre de la hermosa mujer que lo acompaña de regreso al que ha vuelto a ser su hogar…quien constituye una de sus grandes razones para ser feliz. En el último mes ambos han dejado claro que están dispuestos a luchar sin tregua por rescatar su amor; por salvaguardar ese matrimonio que es un decisivo soporte emocional para ambos. Lo que se han probado uno al otro durante las últimas semanas es aún más definitivo –si fuera posible- que lo que se han demostrado a lo largo de toda su historia, lo que es decir mucho en el caso de ellos. De modo que, en este momento, él se siente listo para confortarla; para darle esa seguridad de la que él rebosa y que a ella parece hacerle tanta falta.

-La verdad es que -le responde en tono de confesión, trazando círculos en el dorso de su mano con el pulgar-, aunque yo tampoco quisiera compartirte con nadie más durante por lo menos otro mes, una parte de mí siente ilusión ante la perspectiva de volver a la rutina…contigo…otra vez. Me emociona pensar en lo que tenemos por delante, Kate.

-Bueno… Visto desde ese punto de vista, el panorama no me asusta tanto –responde, liberando, sin querer, su verdadera preocupación-. No me importa donde estemos siempre que sea juntos, Rick…por favor.

-Cariño, ¿eso es lo que te asusta? –Desvía la vista de la carretera por un momento para posarla sobre el rostro de su mujer. ¿Te preocupa que al volver a la ciudad, por alguna razón, ya no…estemos juntos?

Kate se limita a asentir con la cabeza; eso más una expresión casi tímida y una mirada insegura es lo que ella ofrece por toda respuesta, apenada de pronto por su inevitable vulnerabilidad. Ante lo cual Rick sólo responde:

-Kate, sí te queda claro que tú ya estás instalada en nuestra habitación otra vez…en nuestra casa, ¿verdad? –La cuestiona, enfatizando el adjetivo posesivo en cada ocasión-. Así que, a menos de que tengas la intención de alternar tus noches entre el loft y tu apartamento…

-¡No!

Los bordes agresivos en la respuesta monosilábica de Kate lo obligan a volver la vista hacia ella una vez más, consciente de que con su intento de broma tocó un nervio aún demasiado sensible en su esposa, y le deja más que claro que todavía es muy pronto para jugar con un pasado que a Kate le duele casi tanto como le asusta.

-No digas eso ni de broma… Por favor. –Le pide en un tono más suave, como disculpándose por la brusquedad de su respuesta-. Rick…yo…

Se hace un silencio en el que Rick la siente vacilar ante una confesión que la apena. Con otro ligero apretón a su mano, la insta a continuar, siempre dispuesto a ofrecer lo que haga falta para restaurar su calma y su sonrisa.

-¿Tú qué? –Le insiste-. Dímelo, Kate…

-Durante todo este tiempo que ha pasado desde que dejé…ese lugar en el que estuve viviendo, no me he atrevido a volver ahí. –Voltea la cara hacia la ventanilla del coche otra vez, en un intento de ocultar lo que sea que le está pasando por su mente.

-Kate…mi amor… –Empieza él tentativamente, con cautela para no decir nada que la haga sentir peor; realmente esto del embarazo tiene sus emociones al límite y la situación delicada por la que su matrimonio acaba de atravesar no la ayuda-. La maleta con la que te vi llegar al loft hace unas semanas, no podía contener demasiada ropa, al menos no la suficiente para todo este tiempo. Yo pensé que en algún punto habías ido a…allá por más. Llegué a pensar incluso, como ya te había dicho, que volverías a ese lugar luego de que yo salí de viaje. Debe haber una razón muy poderosa para que prefirieras arreglártelas con tan pocas mudas de ropa o, incluso, hayas optado por comprar más con tal de no tener que poner un pie en ese apartamento. Dime porqué, Kate… ¿Qué pasa?

-Pasa que me da miedo…fobia, volver a ese lugar. Los meses más miserables de mi vida los he pasado entre esas odiosas paredes, sola, sin ti, rodeada de recuerdos, de temores, de melancolía y pesadillas. Mal durmiendo en una cama fría, vacía; sobreviviendo apenas y teniendo que pretender ante todos que estaba bien. Fue muy duro, Rick…no quiero ni recordar cuánto. Volver ahí me provoca ansiedad, angustia; temor de…de que todo lo malo vuelva, de estar soñando y que al despertar me encuentre con la realidad cruda de lo que fue tu ausencia.

Esta vez no hay lágrimas. Sólo un dolor sordo y contenido que ambos saben bien que tardará en disolverse; hay, efectivamente, angustia, ansiedad, miedo…una especie de fobia a todo lo que le recuerde un pasado reciente y traumático. No había calculado Rick hasta este momento la profundidad de los miedos y del daño auto infligido de Kate; no había contemplado, perdidos como han estado en su proceso de reconciliación, en esos aspectos prácticos de la reconstrucción de su matrimonio. Lidiar con las cuestiones de las viviendas, de la mudanza de Kate al loft… Sólo se había centrado en ella, en su bebé, en disfrutar su reencuentro y en prepararle una que otra sorpresa desde la distancia para cuando volvieran de sus vacaciones. Pero él se ocupará de todo, absolutamente de todo con tal de que ella se preocupe lo menos posible. Hallarán juntos las manera de ir desvaneciendo los efectos de su separación, y el primer paso es librarla de cualquier contacto con todo lo que le recuerde esa época oscura de sus vidas… Empezando por ese desdichado apartamento.

-Kate, necesito que confíes en mí y en que todo está bien y así va a seguir porque yo me voy a encargar de eso. Te necesito tranquila, contenta, libre de angustias y ansiedades… Por nuestro hijo.

-Lo sé… Es sólo que…

-Lo entiendo, de verdad entiendo cómo te sientes; y vamos a hacer lo que tenemos que hacer cuanto antes para quitarte preocupaciones de encima. Mañana, apenas salgamos de trabajar, iremos a empacar lo que sea que tengas en esa casa y lo moveremos de regreso al loft. Regresarás las llaves al dueño y pagaremos lo que haga falta para cancelar el contrato de arrendamiento. Estoy seguro de que una vez que eso esté hecho, te sentirás mejor al respecto.

-¿De verdad? –Le responde con entusiasmo y un leve rastro de incredulidad, sonriendo como si de pronto le hubieran quitado un gran peso de los hombros-. ¿Me acompañarás a hacer todo eso? ¿Mañana mismo?

-De verdad –le responde indulgente, sonriéndole con ternura-. ¿Acaso te pasó por la cabeza que te dejaría pasar por eso sola? ¿O que estoy dispuesto a permitir un solo días más contigo teniendo otro lugar además de nuestra casa? Claro que no es así; mañana nos ocuparemos de regresarte oficialmente al loft y no tendrás que volver a ese apartamento más que el tiempo indispensable; una vez cerrada esa puerta detrás de ti, los malos recuerdos se quedarán encerrados ahí, ¿de acuerdo?

-Totalmente de acuerdo… Gracias, Rick.

-Siempre. –Se lleva la mano delicada a sus labios en señal de promesa.


-Kate, sólo mantén ahora tú los ojos cerrados y espera unos pasos más… Ya casi llegamos.

-¿Por qué no me dejas ver? ¿De qué se trata todo esto? –Pregunta Kate fastidiada una vez que han cruzado el umbral del loft y que Rick le cubre los ojos con una mano mientras la guía con la otra.

-Desesperada que eres, Beckett. A ver, ya llegamos al punto, puedes ver ahora…

-En primer lugar, soy Kate y soy Castle… No Beckett; ya te lo he dicho antes… –Le rezonga, descubriéndose los ojos y viendo como el quita una funda negra bajo la cual está…

-Mi moto… -Y es todo lo que alcanza a salir de la boca de Kate mientras observa con asombro y euforia dibujados en su rostro precioso su vieja Harley softail totalmente restaurada, brillando como si fuera nueva, ahí, en medio de la sala de su casa.

Rick la mira embelesado con esa chispa de satisfacción, admiración y diversión en sus pupilas de color cobalto. Con sólo ver la expresión de absoluta estupefacción en su mujer -que abre y cierra la boca en un intento de poner palabras a los sentimientos que la embargan ante la ostentosa sorpresa- sabe que este ha sido el momento perfecto para entregarle ese regalo que desde hace más de un año le tenía reservado y que por malas jugadas del destino no había podido darle…que incluso llegó a pensar recientemente que ya nunca le podría darle personalmente. La fascinación en la mirada de Kate, la ausencia de cualquier frase capaz de describir la emoción que la inunda, no tiene precio. Está feliz, agradecida y, sobretodo, está convencido él de que la ha hecho sentir segura de su amor y su futuro, precisamente cuando más necesita sentirse así.

-La mandé restaurar hace mucho tiempo, pensando en ese viaje a través del país que alguna vez me dijiste que soñabas con hacer –le explica a la vez que le indica que se suba al vehículo-. Y que conste que entonces no estabas embarazada, eh. Ahora ese viaje se torna un poco más lejano, pero dentro de algún tiempo podrás al menos darte el lujo de pasear en ella por las calles de la ciudad. Y… bueno, en realidad, hace unos días se me ocurrió que sería un buen regalo de bienvenida a tu casa…

Kate, montada en la moto, sigue batallando para encontrar su capacidad de articular palabras. Su mirada deslumbrada se pasea entre la motocicleta y el perpetrador de tan exuberante obsequio. Siempre ha amado esa moto; significa mucho para ella por distintas razones, pero en este momento no es el vehículo en sí lo que la maravilla, sino el gesto, el hombre detrás de tan bellísimo detalles… Su marido, su compañero, el padre de su hijo y quien es el amor de su vida. Sólo él puede ser tan magnánimo, tan generoso, tan noble, con tal capacidad de perdonar y, más aún, de concentrar esfuerzos en hacerla sentir bien luego de todo lo que ella lo ha hecho pasar. A partir de hoy, el significado de esa Harley tendrá que ver esencialmente con quien se ha encargado siempre de cumplir todos sus sueños.

-Es…impresionante –le asegura volviendo a posar su vista en los manubrios con total embeleso-. Me encanta. Pero…cualquier viaje que yo pueda hacer en esta motocicleta, no quiero hacerlo sola. ¿Tienes tu licencia?

-Esperaba que preguntaras eso… Ya conseguí mi licencia y mi moto está en el garaje de la oficina de Investigaciones Privadas.

-Te amo –le asegura Kate al ponerse de pie abandonando su obsequio en favor de agradecerle a su esposo de una manera más…apropiada, dándole un beso fugaz en los labios y dirigiéndose a la recámara a través de la oficina.

-Yo también –Le responde, siguiéndola con toda la intención de revelar una pequeñísima sorpresa más.

-Rick… ¿Qué significa esto?

La alcanza en su despacho justo a tiempo para encontrarla de pie en una de las esquinas de la amplia habitación, en donde un espacio considerable ha sido reservado y acondicionado, precisamente frente a una de las estanterías testas de libros que dividen la sala del área de trabajo que, hasta hace poco, era solo de Rick y que a partir de ahora compartirán. Un escritorio, una computadora, los enceres necesarios para despachar desde ahí, una cómoda silla ejecutiva, una foto de ellos dos durante uno de sus múltiples viajes, una foto de los padres de Kate… Y por segunda vez en menos de media hora, Kate contempla esa otra sorpresa con adoración y asombro, parpadeando sin dar crédito a la suerte que tiene de haber podido recuperar a este ser humano maravilloso antes de que fuera demasiado tarde.

-Significa "bienvenida a tu hogar", sólo que dicho de diferente manera –le susurra al oído abrazándola por la espalda, posando las manos sobre su vientre aun plano. Bienvenidos los dos… Quiero que te sientas en tu casa, Kate; que recuperes tus espacios y con ellos la confianza en ti misma y la seguridad de que esta relación está volviéndose fuerte otra vez… Es indispensable que ambos lo hagamos para que las cosas sigan funcionando, pero sé que a ti te está constando más trabajo y quiero ayudarte a que lo logres, por el bien de los tres.

-Gracias, mi amor. –Se gira en sus brazos y le roba otro beso, pero esta vez lo prolonga, dejándole en los labios el sabor a promesas para lo que resta de la noche y de la vida.

-Siempre…

Lo lleva Kate de la mano hacia la recámara, decidida a demostrarle su gratitud y la efectividad de sus esfuerzos para poner su relación en el camino correcto. En este momento, a menos de una hora de haber llegado al loft cargando encima el temor nacido de ese reencuentro con la realidad, se siente ligera, confiada, amada y profundamente enamorada, con su fe puesta en lo que les traerá el mañana. Todo gracias a él, su amigo, su esposo, su amante… en quien está determinada a volcar su amor y su agradecimiento durante la larga noche que tienen por delante… La primera noche de regreso en su hogar, en su cama, junto a él…por fin.


Y la vuelta a una rutina tan anhelada no podría ser más dulce. Luego de permanecer despiertos hasta la madrugada, enredados entre sábanas sedosas, caricias vehementes y palabras de amor pronunciadas a media voz; entre jadeos y suspiros, súplicas y confesiones, el amanecer los encuentra acurrucados uno en los brazos del otro, unidos por una atracción portentosa ante la cual no ha habido jamás resistencia que valga. Antes de que la alarma suene y los rayos tímidos del sol se asomen entre las rendijas de las persianas, Rick y Kate ya han abierto los ojos y unido sus labios en besos lánguidos aderezados con caricias inofensivas a modo de "buenos días". No hay incomodidad ni incertidumbre ni titubeos al momento de retomar viejos hábitos compartidos. Todo fluye de manera natural, simple, sincronizada… Como si su vida en común jamás se hubiera interrumpido. Hay demasiado amor, demasiada voluntad de recuperar lo perdido, como para pasar por encima de todo aquello que hubiera podido crear interferencia.

Abandonan la cama para ducharse juntos, haciendo de su tiempo bajo el agua una sensual aventura; Rick prepara el desayuno mientras su mujer se viste, peina y maquilla. Él se asegura de que esté bien alimentada antes de salir los dos del loft con rumbo a las 12ª, a donde llegan juntos, sin poner demasiado empeño en disimular su recuperada cercanía; sin que les importen mucho las miradas curiosas y azoradas que los siguen desde el momento en que ponen un pie en el piso de homicidios. La capitana es más que consciente de que habría llamado la atención aun cuando no viniera acompañada del esposo al que una y mil veces en el último año le pidió que no se parara ahí; sabe que hoy se ve radiante, plena, feliz… totalmente distinta a esa mujer opaca y vacía que deambulaba por la comisaría meses atrás. Hoy, gracias a su esposo y a su bebé, se siente dichosa y duda ser capaz de moderar o disimular su euforia, sin contar con que no encuentra razón alguna para hacerlo. Ella y Rick durante años han probado ser capaces de mantener conductas profesionales en su lugar de trabajo, y con eso basta. Quiere tenerlo ahí, con ella, resolviendo crímenes juntos, como siempre lo han hecho, a pesar de que ahora ella carga además con otras responsabilidades. Lo necesita a su lado tanto como aquel primer día en que tomó posesión de su nuevo cargo y poco le faltó para rogarle que siguiera acompañándola. Ahora más que nunca quiere tenerlo cerca, y hará hasta lo imposible y más por hacerlo sentir tan a gusto que no quiera despegarse de su equipo de trabajo. Después de todo, tiene que cuidarla ahora que espera a su hijo, ¿no? Sonríe para sí misma una vez que llegan a su oficina, cruzando el umbral de la puerta que él caballerosamente mantiene abierta, franqueándole el paso, para luego seguirla y darse cuenta de que es su turno de quedarse sin palabras. Ante él, un objeto viejo y maltratado pero cuya presencia en ese lugar representa un detalle significativo que le habla a gritos del amor de esa mujer:

-Aún existe mi silla, Kate –Le dice con evidente satisfacción y orgullo.

-Pero por supuesto que aún existe; en efecto, es toda tuya…y este es su nuevo lugar permanente. Si tú quieres, por supuesto –un rastro casi imperceptible de duda y timidez se trasluce en sus palabras.

-Capitana Beckett –la desafía llamándola así, sabiendo que no podrá corregirlo puesto que es como le corresponde ser llamada mientras esté en funciones-, me siento profundamente halagado. Sabía que en algún momento tendrías que reconocer que soy necesario en este honorable recinto.

-Nadie como tú para arruinar un momento sublime con un comentario arrogante, Castle –le pone los ojos en blanco con pretendido fastidio al que su sonrisa genuina desmiente, y se acerca a él para confesarle al oído:- Sin embargo tiene razón, señor Castle; es usted indispensable en este honorable recinto…y en mi vida.

-Y aquí me pienso quedar; así resígnate a tu suerte –le dice con un falso dejo de amenaza, besándole la frente y caminando hacia la puerta-. Y como no quiero faltar a mis deberes, me apresurará a traerte una taza de té… Lo cual me lleva a una pregunta que desde hace tiempo quiero hacerte –se detiene antes de salir, girándose hacia ella.

-Dime.

-Desde que volvimos a estar juntos no te he visto tomar una sola taza de café, Kate. Ahora lo entiendo por el embarazo, pero antes…

-No he tomado café desde… desde el día en que… me fui del loft –lo interrumpe para darle la explicación en la que tiembla su voz debido al mal recuerdo y al miedo de lo que la mención de ese día pueda provocar-. Con la excepción de las ocasiones en que tú llegaste a preparármelo aquí en la comisaría. Como te dije entonces, yo no puedo darle el punto; estoy acostumbrada a la manera en que me lo preparas tú y… era un doloroso recordatorio de tu ausencia y mis errores.

-Kate… -Cierra la puerta, avanza hacia ella y la envuelve en un abrazo tierno con el que pretende reforzar sus palabras-. ¿Por qué no me lo habías dicho?

-Bueno, al inicio estábamos en terreno tan resbaladizo que no me atrevía a pedirte nada –se permite apretarse contra él aprovechando que las persianas están todas cabajo-. Luego, cuando las cosas parecían mejor simplemente no se dio la ocasión y después…volvió a tambalearse la relación, y luego resulté embarazada, así que… por eso.

-Cierto… las últimas semanas han sido… un sube y baja emocional. Supongo que el café era lo que menos nos ocupaba la mente, aunque debería ¿sabes? Porque esa bebida siempre ha sido algo así como nuestro símbolo. Mal andaba yo si no fui capaz de sacar esto a relucir antes.

-Pero ya estás bien, ¿verdad? Estamos bien –Termina afirmándolo con convicción mientras le toma las manos y lo ve a los ojos.

-Mejor que bien. No es que me alegre que te hayas privado de tu vicio todo este tiempo pero… de cierta manera me hace sentir complacido; no sé cómo explicarte. Eso y mi silla me hacen feliz…

-No tienes que explicarme, lo entiendo. Fue como una forma de guardarte tu lugar, de reservar nuestro símbolo sólo para cuando podamos compartirlo.

-Sé que parezco un disco rayado, pero…te amo.

-Y yo a ti. –Le da otro beso breve en la mejilla y se reencamina hacia la puerta, diciendo:- Y ahora, en unos minutos más probarás el mejor latté descafeinado del mundo.


El café llega para inmenso agrado de la capitana, perfecto, tal y como se lo prometió su escritor; Ryan y Espo llegan junto con el café y el escritor a la oficina de su jefa, dispuestos a obtener respuestas a como dé lugar; indispuesto a aceptar evasivas por respuestas. Aducen que tienen todo el derecho a ser los primeros en saber si "mamá y papá" han decidido sacarlos de su miseria, reconciliándose y evitando que ellos sean hijos de un hogar desintegrado, que pasen por el trauma de la lucha por la custodia y que luego deban ir a terapia. Luego se entera Lanie, luego Jim, Martha y Alexis. Pero no sólo la reconciliación es la buena nueva, sino la llegada futura de un nuevo integrante de la familia Castle. Todo en el transcurso de este día ajetreado en el que, fiel a su palabra, Rick acompaña a su esposa a desmantelar la fría guarida en la que subsistió durante el doloroso, haciendo el proceso lo más rápido y lo menos lastimoso posible.

Así, las tristezas pasadas empiezan a volverse borrosas al calor de las esperanzas renovadas y los nuevos momentos compartidos. Llegan más casos que resolver, muchos planes que cristalizar, proyectos a llevar a cabo en espera de la criatura que sin nacer aun ya les está cambiando la vida. Los días se vuelven semanas y las semanas meses en medio de una existencia tranquila y muy feliz…

Hasta un día de principios de septiembre en el que luego de -involuntariamente y a través de un asesinato brutal- dar con una posible pista que apunta hacia la posible identidad de ese poderoso adversario conocido por Kate y Rick como Locksat. Kate se niega rotundamente a involucrarse en ese la resolución de ese crimen, eludiéndolo con la misma obstinación con la que algún día lo persiguió. No está dispuesta a arriesgar lo más sagrado: su matrimonio y su bebé no nacido. La mera posbilidad de ponerse y ponerlos en peligro la desquicia, de modo que opta por turnar el caso a otra instancia con la absoluta aprobación de su jefa inmediata, Victoria Gates. Todo parece en calma la tarde-noche del viernes, una vez que el caso ha cambiado de jurisdicción; Kate espera a Rick que pasará por ella para llevarla a cenar luego de atender una junta en su casa editorial. Tras media hora de retraso que empieza a provocarle ansiedad, el teléfono de su oficina timbra y es un mal presentimiento el que la impulsa a contestar con el corazón en un puño:

-Capitana Beckett –responde, tratando de que sus nervios no la traicionen.

-Capitana, hablamos del Hospital Mont Sinai. –Una mujer muy amable y empática le informa con la diligencia y el aplomo de quien tiene experiencia en dar malas noticias.

-¿Qué pasa? –Ahora sí siente que la calma se le escapa y sus palabras tiemblan-. ¿En qué puedo servirle?

-¿Es usted familiar del señor Richard Castle?

Casi puede percibir como la sangre se le congela en las venas mientras su mente conjura los peores escenarios. Con la poca coherencia que es capaz de reunir, se las arregla para seguir hablando.

-Soy su esposa, Katherine Castle –se muerde el labio con fuerza para tragarse el sollozo que amenaza con brotar en cualquier momento-. Por favor, dígame qué pasa con él.

-El señor Castle tuvo un accidente automovilístico. Es necesario que acuda al hospital ahora mismo.

Continuará…


No se angustien, Rick estará bien. Confíen en mí porque todo siempre tiene un propósito.

A dos capítulos del final de esta historia, toda mi gratitud por acompañarme en este viaje. Nos leemos en el próximo. Abrazos desde México,

Valeria.