Al fin la fiesta de Halloween, aunque para ser exactos… es el día completo. Me ha salido un poco largo y un mucho completo. Espero que os guste.
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Halloween. Esta noche es la gran fiesta. Supongo que al final no será tan malo el pasearme con mis colmillos por el castillo, de todos modos nadie puede llegar a creerse que son de verdad, salvo Hermione, Blaise y Ginebra, principalmente porque ellos tres están en estos momentos acostándose con un vampiro, los mismos que serán sus parejas en el famoso baile.
Por la mañana temprano Hermione se despertó sin necesidad de que la ayudase, de inmediato me echó de la habitación para arreglarse. Me encontré en el rellano con Isabel, mirándola totalmente atónito. Ella se encogió de hombros y entró en el cuarto, cerrándome la puerta en las narices. Mujeres. Aunque vivan durante siglos siguen volviéndose locas en cuanto hace falta que se arreglen un poco.
De camino a la sala común pude observar que el caos se había apoderado de la casa de Gryffindor, decenas de chicas corrían por las escaleras para ocupar los baños, los chicos se mantenían al margen todo lo que podían, igual que yo. Sin embargo, Ginebra saltó sobre mi cuello, asiéndome por la solapa de mi chaqueta y gritándome como si fuese una Banshee.
-
¿Dónde está Lucian?
– Sus ojos realmente eran los de una loca, no sabía si era el
síndrome de abstinencia o que se había pasado con la cafeína.
-
¿Perdón? –
Soltando sus manos y bajándola al suelo con cuidado -
¿Esperas que yo lo sepa por alguna razón en especial?
- Bueno…
él es tu… eso, ¿no? –
Al menos no lo decía en voz alta.
-
Sí, pero no me dice dónde está. ¿Puedo preguntarte para qué lo
quieres ahora? –
Intentando buscar trazas de exceso de cualquier sustancia o poción
en su sangre por mi olfato, no se detectaba nada –
Si necesitas que te, bueno… si es muy urgente, puedo complacerte.
- ¿Pero sólo puedes pensar en eso?
– Chilló aún más furiosa – Sólo
necesito mi disfraz. –
Claro. Ahora caigo, él le dijo que se encargaba de todo. -
¿Cómo quiere que me arregle si no tengo mi disfraz y no tengo ni
idea de qué voy a disfrazarme?
- Cálmate. –
Le repliqué serio. –
Iré a buscarlo, ¿vale?
– Lo que sea con tal de que deje de chillar.
-
¿De verdad? –
Lanzándose de nuevo a mis brazos –
Eres un cielo, perdona por pensar que eras un pervertido…
- Te
recuerdo que Lucian es el pervertido, yo sólo pensé que necesitabas
un mordisco – Sonreí
y besé su cuello cariñosamente, sin ningún tipo de deseo – Aún
por encima que me ofrezco a calmar tu ansiedad.
- No, gracias. Me
quedo con Isa o con Luc.
– Besando mi mejilla – No
es por nada, pero no quiero que Herms se cabree conmigo… no sabes
cómo es cuando se pone furiosa. –
Poniendo los ojos en blanco.
-
Puedo hacerme una idea.
– Sonreí, muchas veces se olvidaban de que, antes de que
estuviésemos juntos, esa furia iba siempre dirigida a mí… una
furia preciosa.
-
Bueno, pues vete y busca mi disfraz… ¡Vamos! ¿A qué esperas? –
Me urgió.
- ¡Pero…
si quedan horas para la fiesta!
– Protesté.
-
¿Tú te crees que puedo estar lista con tan poco margen de tiempo?
– Me miró de nuevo con su aspecto de Banshee. – Por
si no te has dado cuenta, en esta torre no hay un baño por persona,
los compartimos… es imposible que todas estemos listas si tenemos
que esperar nuestro turno.
- Puedes usar mi antiguo cuarto en
Slytherin, si ese es todo el problema.
– Le ofrecí.
- A
ti lo de estar con Hermione te afecta al cerebro, ¿verdad? ¿Me
acabas de decir, a mí, que me meta en ese nido de víboras sin
llevar un escuadrón de guardaespaldas? Isa sobrevive porque está
con Zabini, seguro que incluso ellas podrían acabar con… bueno,
ella.
- Permíteme que lo dude, pero al menos me has dado una
idea. Blaise te escoltará, yo iré a por tu disfraz y tú tendrás
un baño para ti solita.
– Tomándola del brazo y tirando de ella para salir de aquella casa
de locos.
- Aún no
he dicho que sí. –
Resistiéndose.
-
Me da igual. –
Dejando de luchar con ella y tomándola en brazos para sacarla por el
retrato.
Durante todo el trayecto desde la torre hasta el comedor, Ginebra estuvo protestando porque en mi dormitorio no iba a tener nada de lo que iba a necesitar, enumerando una lista larguísima de ingredientes, cosméticos y cientos de cosas más. De vez en cuando se acordaba y me daba algún golpe, controlando para no hacerse daño, desistiendo cuando se volvía a acordar de que no sentía ninguno de sus manotazos. Una vez en el comedor fui directo hacia donde estaba Blaise desayunando con Crabe y Goyle.
-
Bien, como veo que ya habéis terminado y hace tiempo que no os pido
nada… – dejando a
Ginebra sobre la mesa frente a Blaise – Os
hago un encarguito. Llevadla a mi cuarto en Slytherin y dadle todo lo
que pida hasta que yo llegue y os dé más instrucciones.
- ¡Oye,
que no soy tu mascota! –
Protestó Ginebra intentando levantarse, pero Blaise entendía
perfectamente mis órdenes, la tomó en brazos y la sentó en su
regazo, aprisionándola - ¡No
me puedes dejar con estos tres como si fuese un mueble!
- ¿Quieres
que vaya en busca de tu disfraz?
– Le pregunté sonriente, ella asintió –
Pues sé una buena chica y ve a mi cuarto.
Salí del comedor rápidamente, pero pude ver la cara de Potter. Estaba realmente hundido por lo que acababa de ver. Supongo que no te levanta mucho la moral el ver que a tu ex novia la tratan así, al menos la ha visto protestar, al principio. No quiero ni pensar en lo que debe de pensar, porque con sólo imaginarme que es Hermione la que es tratada así… mataría al que le pusiese las manos encima, ninguna promesa me detendría entonces. Me introduje en la primera aula que encontré vacía, con un ademán cerré todas las persianas y quedó en la absoluta penumbra. Me concentré y una vez más me introduje en el Abismo.
En esta ocasión los demonios se comportaron de un modo muy extraño, cuando salí llevaba en el bolsillo una carta dirigida a Hermione. Su nombre estaba escrito en el sobre con una caligrafía antigua y complicada, me giré para intentar averiguar cual era el que había sido el que me había metido eso en mi chaqueta, pero no pude averiguar nada de sus deformados rostros.
- ¿Lucian?
Llamé desde el vestíbulo del castillo. No hubo respuesta. Me aventuré por las escaleras, cabía la posibilidad de que se hubiese retirado a su alcoba, pero sería extraño. Los muros son tan gruesos que casi todo el sonido se entremezcla y es imposible que detecte dónde puede estar por sus pasos o incluso la respiración. Al llegar al pasillo de la primera planta, me encontré con algo que me recordó a los últimos veranos que pasé en compañía de Lucian. Felicia venía corriendo en un salto de cama por el pasillo, su cara se iluminó con una sonrisa al verme y saltó a mis brazos. Me alegro de que nadie pueda verme ahora. ¿Cómo le explico a Hermione que una hermosa joven de dieciséis años está en mis brazos? Como si fuese a creerme.
-
¿Has venido a jugar con nosotras, Draco?
– Dijo antes de besarme, de manera en absoluto inocente, como
saludo de bienvenida.
-
No, cariño. He venido sólo un momento para hablar con Luc. –
La dejé en el suelo - ¿A
qué estáis jugando?
- Al escondite. –
Hizo un mohín antes de acariciar mi pecho -
¿Por qué no te unes? Venga… -
tomando mi mano e intentando tirar de mí –
Sabes que eres mi preferido para que me encuentres…
- Lo sé,
preciosa. - ¿Qué
hombre le diría que no a una muchacha tan dulce como ella?
Evidentemente, un hombre enamorado que no quiere complicaciones –
Pero me temo que ya no
juego al escondite. Ahora estoy con alguien y… no se lo tomaría
bien.
- No se enterará.
– Me miró con esos ojos aguamarinas entrecerrados en las pestañas,
miré al techo.
-
Sí, se enteraría porque yo se lo diría.
– Suspiré. – Dime
dónde está Luc, por favor. –
Poniéndome serio.
-En
su alcoba. –
Encogiéndose de hombros. – Con
Marcia y Cat. –
Añadió.
- Por eso
no se ha presentado con el disfraz.
– Comprendí. -
¿Sabes algo de eso?
- Ah, sí. Está en mi cuarto.
– Volviendo a tomar mi mano.
-
En serio, Felicia. –
La detuve – No voy a
hacer nada.
- Vale, Draco. Me quedó claro la primera vez.
– Poniendo los ojos en blanco –
Está en mi cuarto porque es mío. Cuando vino el otro día estuvimos
buscando los disfraces y el mío es el que más le gustó. Además,
así no tiene que arreglarlo…
- sonriéndome invitadora –
tenemos las mismas medidas.
– Algo que Lucian habrá comprobado a conciencia.
-
Bien, te espero abajo.
– Soltando su mano, me miró con reproche – No
pienso meterme en tu habitación nunca más, Feli… eres una
tentación demasiado invitadora para mí.
– Suspiré al ver sus deliciosos labios, su cuello blanco y
perfecto –
Definitivamente es una tortura esto de estar enamorado
– girando sobre mis pasos y bajando las escaleras – Date
prisa, por favor. Ginebra está loca porque aún no sabe de qué se
va a disfrazar. – Y
si el disfraz es de Felicia, entonces puede que ponga el grito en el
cielo. Aún recuerdo la última vez que jugamos a los disfraces.
Felicia tenía entonces catorce años, sus primas, aunque preferían tratarse de hermanas, la habían traído por primera vez a que conociese al tío Lucian. Cat, Marcia y Deirdre ya habían pasado por eso, no podían conocerle hasta que no cumplían ciertos requisitos, pero ellas estaban completamente conformes con eso. Sus maridos no sabían nada de estas vacaciones, sus madres sí que lo sabían, evidentemente ellas también habían pasado por esto antes. Todos los años pasaban al menos un mes en compañía de Lucian, solían utilizar los meses de verano, pero a veces también aparecían en las fiestas importantes, navidades, cumpleaños.
Ver a Felicia en ese disfraz de colegiala provocó en mí algo que todavía hoy me reconcome, me inundó la nostalgia por las dulces muchachas que había conocido en Hogwarts, ver su cuerpo menudo y lleno de vitalidad me volvía loco. Aún recuerdo lo mal que lo pasé al saber lo que le esperaba a esa niña tan dulce e inocente. También jugaron al escondite y esa vez la encontró Luc, por supuesto. Cuando abandonó su alcoba al día siguiente, ya no era inocente en absoluto. Quise matarlo. Fue la primera vez que discutí con él. Pero él tenía razón, quién mejor que él para iniciarla. Luego pude ver lo mucho que ama a su familia, sé que no soporta que nadie les haga daño y se preocupa por su bienestar.
Después me di cuenta de que Felicia seguía siendo inocente a su manera. Sus hermanas ya se habían metido más de una vez en mi dormitorio y en una ocasión la encontré allí. Me miraba igual que ahora, con sus ojos como maravillosos estanques de inocencia, sólo con la sábana para ocultar su cuerpecillo. Cuando vio que no me movía de la puerta, ella se levantó y vino hacia mí, la sábana cayó entre nosotros cuando me besó con esos deliciosos labios que tenían el sabor de las fresas maduras.
Por suerte para mi cordura, Felicia apareció en las escaleras con una caja. Dejé de recordar aquella tarde con ella e intenté no hacer caso de sus súplicas, sólo la besé como despedida. Supongo que volverá en busca de Lucian. Yo me alegro de que las sombras sean tan frías, de ese modo podré despejar mi mente antes de llevarle el vestido a Ginebra.
Cuando entré en la sala común de Slytherin me hizo gracia contrastar el bullicio de Gryffindor con la calma que allí reinaba. Supongo que la pelirroja tenía razón, al menos cada una de nuestras habitaciones tiene su propio baño, por lo que no ves a chicas correr de un lado a otro, agobiadas por no tener tiempo para acicalarse. Crabe y Goyle estaban guardando la puerta, me franquearon el paso y entré en la habitación. Encontré a Blaise y Ginebra jugando al ajedrez, creo que es la primera vez que veo a Blaise haciendo algo que requiera tanto uso del cerebro por encima de la cintura en compañía de una chica. Ginebra dejó de inmediato la silla y se precipitó hacia mí para arrebatarme la caja de las manos. La puso en la cama y la abrió. Había una nota dirigida a mí. Sólo decía una palabra. "Ayúdala"
La respuesta a cualquier duda provocada por esa simple palabra vino en cuanto sacó un corsé de la caja, seguido de unas botas de tacón, una extraña falda… era un traje de montar de época y todo era rojo. Cuando vi la capa fue cuando comprendí de qué se disfrazaría Ginebra: Iría de Caperucita Roja. Blaise y yo intercambiamos miradas, aquel disfraz realmente iba a causar que más de una quisiese matarla.
-
Bueno, queda claro que voy a necesitar ayuda.
– Me miró y miró a Blaise – Gracias
por acompañarme, Zabini. Puedes irte, me quedo con Draco.
- Yo
también puedo ayudar.
– Protestó. Seguro que estaba deseando tirar él de los cordones
del corsé, aunque no precisamente para atarlos.
-
Gracias, pero con Draco me basta.
– Dedicándole una espléndida sonrisa mientras lo escoltaba fuera
de la habitación. – Bien.
¿Por dónde empiezo?
– Me miró atemorizada.
-
Come algo, no creo que puedas comer nada durante la cena. Date una
ducha, maquíllate, péinate y todo lo demás. Ponte la lencería que
viene en las cajas aparte, enfúndate las botas y mándame aviso por
un elfo. – Señalé
uno de los cordones de los cortinajes de la cama –
Si tiras de esto vendrá uno para proporcionarte lo que necesites.
– Abriendo la puerta -
¿No querrás que esté aquí durante todo ese proceso, verdad?
– Saliendo, no sin antes dedicarle un guiño.
Frente a mí encontré a Blaise, sudando frío. Advertí de nuevo a Crabe y Goyle de que nadie podía entrar en ese cuarto y me llevé a Blaise fuera. Dimos un paseo por los corredores y cuando estábamos ya en la escalinata de la entrada, se atrevió a hablar sin miedo a que le temblase la voz.
-
¿Dónde le has conseguido un traje así?
– Preguntó sin aliento.
-
Bueno, su amante tiene un gusto muy complicado.
– Me sonreí.
-
Eso se lo ha comprado tu… bueno, él.
– Tartamudeó.
-
Sí, el que me convirtió, mi sire, su amante.
– Repetí, para que no se olvidase del detalle. No creo que a
Lucian le hiciese gracia que alguien, aparte de mí, estuviese
jugando con su nueva conquista.
-
¿Cómo lo llevas? No se te nota nada que eres… bueno, ya sabes.
– Me hacía gracia el modo en que evitaba nombrar cualquier aspecto
relacionado con mi condición.
-
Lo llevo bastante bien, gracias por preguntar. ¿Cómo te va a ti con
Isabel? –
Pregunté.
- Bien,
bien… Me sorprendió mucho cuando… Bueno…
- ¿Cuándo te
mordió? – Lo ayudé,
sin ocultar una sonrisa. –
Vamos, Blaise… ¿Desde cuándo eres tan tímido? Que yo recuerde,
antes nos contábamos todo lo referente a nuestras conquistas,
podemos ser un poco más discretos ahora, pero no por ello vamos a
dejar de hablar con franqueza.
- Ya, lo que pasa es que… -
Bufó y al fin dejó salir todo de golpe -
¡Maldita sea, Draco! ¿Por qué no nos dijiste nada? ¿Por qué te
has liado con la sangre sucia de ese modo?
– La mirada que le lancé dejó claro que era la última vez que
podría usar ese término para referirse a Hermione.
-
No es algo que yo haya escogido, Blaise. Es difícil de explicar. No
es lo mismo que tienes con Isabel o lo que Lucian pueda tener con
Ginebra, va más allá de todo eso… -
Es complicado explicar cómo me siento cuando veo a Hermione, cuando
sus ojos se encuentran con los míos y veo su amor incondicional
reflejado en ellos. –
Dejémoslo en que ella es lo que siempre he necesitado y no sabía
que estaba ahí, a mi alcance todo este tiempo.
- Ya. O sea que
estás enamorado como un idiota de ella, ¿no?
– Me miró con una media sonrisa.
-
Sí, totalmente. –
Me reí.
- Sigues siendo tú. – Dijo un rato después.
-
Sólo ha variado mi dieta y un par de cosas, sigo siendo el mismo…
un poco mayor, un poco más fuerte y algo más peligroso. –
Le di un suave codazo, controlándome para no hacerle daño - ¿No
tienes miedo de estar a solas con un vampiro?
- No.
– Se echó a reír – La
vampira con la que me acuesto me ha dicho que os mantenéis bien
alimentaditos de animales, por lo que no tengo miedo de que tengas
hambre y te entren ganas de morderme.
- No sólo eso, Blaise.
Quiero pensar que sigues siendo mi amigo.-
Añadí serio.
-
Por supuesto, Draco. Reconozco que al principio me enfadé contigo.
No sabía qué demonios te pasaba, estabas tan raro y no querías
estar con nosotros.
- No quería haceros daño sin querer. Hasta
el momento no había estado rodeado de tantos humanos juntos, tenía
miedo de volverme loco y morderos o que, con una simple palmada, os
destrozase algún hueso.
- Cuando Isabel me lo contó, también
me enfadé contigo, pero no estabas aquí para poder darte una buena
tunda… - se cayó y
me miró asustado.
-
Como si pudieses, ¿no?
- Ya, bueno, por lo menos te iba a echar
una buena bronca.
- Me la merecía, pero también ten en cuenta
que esto no es algo que deba saber todo el mundo, debo mantener algo
de normalidad. No es bueno que todos conozcan mi nueva condición.
-
No se lo he dicho a nadie.
- Lo sé. Y podría hacer muchas cosas
para que no te fueses de la lengua pero sé que no hace falta.
– Nos sentamos en un tronco cerca del lago - ¿Ya
tienes tu disfraz de víctima preparado?
- Claro, llevaré un
traje normal al que le he echado un poco de tinta roja encima, es uno
al que no le tengo mucho aprecio, por supuesto. ¿Y tú, lo tienes
todo listo?
- Sí, sólo tengo que ponerme el frac y sacar los
colmillos. –
Encogiéndome de hombros –
Las mujeres se complican la vida de una manera imposible, ¿no
crees?
- ¡Buf! Estoy temiendo lo que lleve Isabel…
- Ocultando el rostro entre las manos. –
Me parece que voy a estar muerto antes de que den las doce cuando me
vean con esa mujer escultural de mi brazo.
- Isabel no te va a
defraudar, Blaise. Ten por seguro que llevará algo lo
suficientemente largo para que no sea indecente y lo suficientemente
corto como para que sea pecaminoso.
– Le di unas palmaditas en la espalda para consolarlo.
-
Lo dicho, estaré muerto antes de la medianoche.
Estuvimos charlando un rato más antes de volver al castillo, riéndonos de las distintas tonterías que habían pasado por su mente en este tiempo y de la multitud de burradas que habían inventado mis compañeros de casa, realmente había algunas fascinantes. Lo acompañé mientras comía hasta que un elfo vino a buscarme para que ayudase a Ginebra a terminar de vestirse.
Había hecho todo lo que le había indicado, me esperaba tan sólo con la lencería y las botas puestas, me pareció encantador que se ruborizase e intentase taparse con la capa cuando entré. Le sonreí y acaricié su mejilla cariñosamente, era verdaderamente un sueño para cualquier hombre, vestida así. Pero en mi mente sólo estaba Hermione, por lo que me limité a besar su mano para tranquilizarla, antes de arrodillarme para comenzar a atar sus botas con una rapidez que sus manos no podían alcanzar.
En cuanto estuvieron aseguradas las botas en la base de sus tobillos, le ayudé a ponerse los pantalones de cuero. Terminé de atar las botas sobre ellos, quedando totalmente ajustadas a sus pantorrillas, llegando hasta por encima de sus rodillas. Aquellas botas eran el sueño de cualquier fetichista, evidentemente habían sido escogidas por mi sire. Lo siguiente fue ponerle la especie de falda que llevaría por encima, atándosela con varias vueltas de cordón, ahuecándola para que sus piernas cubiertas de cuero quedasen al descubierto. Por último el corsé, me aseguré de que pudiese respirar antes de empezar a cerrar las cuerdas a su espalda. Era imposible que ella se hubiese podido vestir sin ayuda de alguien con tantas capas y cordones, pero la mayor crueldad es pedirle a un hombre o vampiro, enamorado o no, que tenga que atar y poner esas prendas en vez de hacer lo contrario.
Al terminar de atar el último lazo, hice que diese varias vueltas para admirar el resultado. Estaba magnífica. Lo primero que llamaba la atención eran los altos tacones terminados en punta de las botas que subían, a un ritmo vertiginoso, hacia sus muslos enfundados en cuero, el vértice del corsé provocaba un sinfín de imágenes en la mente de un hombre, todas ellas quedaban olvidadas a medida que seguías subiendo por su talle delgado hacia una piel blanquecina, salpicada de pecas. Parecía como si se hubiese salpicado vino sobre esos pechos perfectos, alzados y aprisionados por el corsé.
-
Estás magnífica, Ginebra.
– Admití en voz alta, controlando mi voz para que no se notase el
efecto de su aspecto – Si
no fuese un hombre comprometido, te pediría un baile esta noche.
– Enarcando una ceja para hacerle entender que no me refería
precisamente a un baile en la pista.
-
Creo que puedo concederte un baile, pero sólo uno.
– Dijo ella avanzando sobre los largos tacones, casi quedaba a mi
altura. – Y esas
manos quietecitas, no te pienses que te vas a aprovechar de mí sólo
por hacerme de doncella… -
Me miró con una ceja enarcada - ¿Cómo
sabías dónde tenía que ir cada cosa, Draco?
- Creo que eso me
lo guardaré para mí, querida. De verdad que estás fabulosa,
Ginebra.
- Draco… ¿Por qué no me llamas Ginny como todo el
mundo? – Preguntó
con curiosidad.
-
Porque Ginny es un apodo de niña y tú no eres una niña.
– Besando su mano como despedida. –
Voy a vestirme, supongo que Lucian estará al caer, les diré a Crabe
y Goyle que tu pareja usará un traslador, para que no sospechen. –
Ella asintió mientras se observaba en el espejo de cuerpo entero del
vestidor.
A medida que cerraba la puerta supe que Crabe y Goyle no estaban solos porque un aroma dulzón a jazmín estaba tras de mí. Me giré y me encontré con Pansy. Su cabello enmarcaba sus ojos que me miraban desde las profundidades de una furia que antes temía, parte de ese temor intentó surgir desde un remoto punto de mi mente, pero lo deseché rápidamente. Me erguí en toda mi estatura y recuperé la media sonrisa de antaño cuando repasé con detalle su aspecto. Llevaba un top dorado y una falda en el mismo tono, sus brazos estaban enjoyados con brazaletes y pulseras, un pectoral de piedras azules cubría su escote: definitivamente su disfraz era de Cleopatra. No estaba mal, pero nada que pudiese competir con la diosa del cuero que acababa de dejar.
-
¿Qué quieres, Pansy?
– Pregunté con acritud.
-
Tenemos que hablar. –
Dijo en el mismo tono – Ahora.
– Intentando
imponerse y resistiendo el miedo que sé que empezaba a sentir. –
Ven a mi cuarto. –
Avanzando por el corredor delante de mí.
-
Mira, en otro momento no me importaría, pero tengo prisa… -
la mirada que me dirigió al detenerse y girarse, me disuadió de
continuar.
- Por
favor. – Murmuró.
- De acuerdo.
Aunque es cierto que no tengo mucho tiempo.
– Dije ya en un tono más calmado.
Entramos en su cuarto, había estado varias veces allí, cuando éramos compañeros de casa, era la única chica a la que Blaise y yo respetábamos. Siempre ordenado hasta lo que podría llamarse enfermizo, todo en formación de tres: tres sillas, tres cojines, tres almohadas, tres espejos. Ahora sé lo que es un trastorno obsesivo y no pude evitar mirarla con lástima. Se sentó en el arcón de tres cerraduras que había a los pies de su cama y, algo poco habitual en ella, miró al suelo.
-
¿Qué ocurre, Pans? –
Me acuclillé frente a ella, tomé su barbilla y la obligué a que me
mirase – Estás muy
guapa como para ocultar esa preciosa cara…
- Sonreí, su larga melena creaba cortinas negras y me permitía
verla en la oscuridad.
-
Eso es lo que quería preguntarte yo, Drake. –
Me miró al fin con ojos llorosos –
No sé qué os ocurre a ti y a Blaise. Antes siempre estábamos
juntos, me cuidabais, me mimabais… Ahora tú estás con…
- hizo una pausa –
Ella. – Tomó aire
antes de continuar, había sido un verdadero esfuerzo no decir lo que
tan acostumbrada estaba a decir –
Y Blaise sólo vive para Isabel.
Medité antes de contestar, tenía razón. La habíamos abandonado por completo. Pansy era como una roca en el exterior, pero cuando entrabas un poco en su corazón, en su mente, te dabas cuenta de que en realidad sólo era una coraza para que nadie descubriese cuán frágil era en realidad. Blaise y yo nos habíamos dado cuenta de su doble naturaleza en tercero, nos habíamos encariñado con ella y no permitíamos que nadie se le acercase. Era nuestra buena obra, aunque también una amiga y la mejor aliada. A nuestro lado se sentía más fuerte y podía fingir mejor esa frialdad que en verdad no sentía.
También recuerdo a la Pansy que me miraba con ojos lastimeros cuando era el chulo particular de Voldemort. Nunca intentó meterse en mi cama o la de Blaise, ella se fraguó su propio respeto a base de las bravuconadas de siempre. Sin embargo, muchas veces venía a mi habitación para asegurarse de que comía algo, para dejarme jarras llenas de café, frascos de pociones que me harían olvidar o dormir sin soñar. Supongo que, a su modo, intentó protegerme de mí mismo.
-
Perdona, Pans. – Me
senté a su lado y la abracé, acaricié su cabello y dejé que
descansase su mejilla contra mi pecho – Siento
haberme olvidado de ti.
– Dándole tres besos en la frente. –
Me temo que he tenido demasiadas cosas en la mente… Sé que no es
una excusa para dejarte aquí sola, pero no creí que Blaise tampoco
se ocupase de ti.
- Al principio sí, intentábamos averiguar qué
te pasaba. – Levantó
la cabeza y me miró – No
se lo dije, Draco. Aunque me di cuenta, no se lo dije.
– La miré horrorizado.
-
¿Es que no hay nadie en este maldito castillo que no se haya
enterado ya de que soy un vampiro? –
Levantándome para evitar hacerle daño, estaba furioso conmigo
mismo.
- ¿Qué? –
Ahora la que me miraba horrorizada era ella - ¿Un
vampiro? Yo… creí que era otra cosa… creí que era algo
relacionado con el Lord Oscuro, pensé que te había encargado una
misión antes de que Potter…
- Dejó de hablar y me examinó asombrada. En estos momentos desearía
que alguien me clavase una estaca. – Que
te había hecho un encantamiento o algo… -
Avanzó un paso - ¿De
verdad eres un vampiro?
- Sí, cariño, uno muy bocazas por lo
visto. – Resoplé,
pero sonó como un siseo cuando el aire pasó por mis colmillos,
habían aparecido al perder la paciencia. –
No te voy a morder, si es lo que temes, Pans. Me he estado
alimentando de animales desde que entré en el castillo.
- ¿Por
qué estás con Granger entonces? Creía que intentabas obtener
información o algo así… ¿El viejo chocho de Dumbledore te ha
dejado venir sabiendo lo que eras? Porque tengo muy claro que lo
sabe, a ese no se le escapa nada… -
Como siempre que tenía miedo, hablaba sin parar.
-
Pans, Dumbledore y Severus saben que soy un vampiro, el resto de los
profesores creo que sólo piensan que tengo unas curiosas secuelas
del accidente. Estoy con Hermione porque es mi novia y porque… -
esto sí que iba a afectarle -
…estoy enamorado de ella.
- ¿Te hacen una lobotomía antes de
convertirte o viene incluido en el pack? Draco… tú odias a
Hermione Granger. –
Mirándome como si no me reconociese.
-
Pansy, yo amo a Hermione Granger desde mucho antes de convertirme en
vampiro… - me sonreí
– Aunque he sido tan
bueno ocultándolo que ni yo mismo me di cuenta hasta hace poco.
-
¡Blaise! – Exclamó
- ¿Qué le pasa a él?
– Me miró preocupada - ¿También
se ha convertido en un vampiro?
- No, sólo se ha vuelto adicto a
una vampira… es un poco más sano.
– Me encogí de hombros –
Él sigue vivo. –
Haciendo una mueca.
-
¿Isabel es una vampira también?
– Respiró hondo – Bueno,
os lleváis tan bien… supongo que es la que… te hizo eso.
– Se sostuvo en el poste de la cama, podía oír cómo su corazón
estaba comenzando a desbocarse.
-
No, ella es sólo una amiga. Mi creador es Lucian.
– Me acerqué a ella con cautela e hice que se sentase en el arcón.
– Relájate, Pansy,
por favor.
Me concentré en emanar tranquilidad para que su corazón dejase de latir tan deprisa, temía seriamente por su salud. En ese momento, Blaise entró por la puerta. No hizo falta que le dijese nada, supongo que nuestras caras lo decían todo. De inmediato trepó por la cama y abrazó a Pansy con fuerza, como había intentado hacer yo al principio, pero él no tenía que medirse para no romper sus costillas o sus brazos.
Decidí que sería mejor que Blaise se encargase de tranquilizarla, besé su mejilla con cariño y me fui. Me maldecía por ser tan irracional, estúpido, bocazas y un sinfín de adjetivos poco agradables. A estas alturas debería ser más cuidadoso, recelar más de aquellos que me rodeaban, no podía pensar que todos iban a descubrir la verdad con sólo observarme un poco. Hermione había sido la primera en darse cuenta gracias a su inteligencia y a la innumerable cantidad de conocimientos que guardaba en su cabeza, Ginebra lo había descubierto en cuanto me relajé un poco con Hermione, además de por ser una muchacha demasiado perspicaz para su edad; Blaise había necesitado el empujón de Isabel. Pero a Pansy sólo se le había ocurrido que podía estar tramando algo, como en los viejos tiempos.
En momentos así, los veinte años que había estado alejado de Hogwarts se mostraban como un gran hándicap. Para Pansy Voldemort era algo muy cercano cuando para mí no era más que historia antigua, algo que ya no me afectaba, que me era totalmente indiferente: había conocido cosas mucho peores que el Lord Oscuro. Yo mismo era un buen ejemplo, tenía una mayor capacidad de destrucción en mi dedo meñique que el viejo de Tom Riddle con un ejército de Mortífagos a sus espaldas.
Bajé a mi cámara. Blaise se ocuparía de que Pansy estuviese callada, sabía que él podría convencerla de que no debía decir nada. En caso contrario, no me quedaría más remedio que meterme en la mente de ella, borrar toda la conversación mantenida, doblegarla. No quería hacerlo. Me hundí en el estanque y dejé que el agua me calmase. Esa noche no iba a pensar más en Pansy.
Saqué un frac del armario. Cuando terminé de vestirme cogí la pajarita, el antifaz, una gargantilla de diamantes y el sobre de los demonios para Hermione, me tenían intrigado esas bestezuelas. Salí por el armario del cuarto de Hermione y la encontré terminando de maquillar a Isabel que, con su tez morena, tenía que empolvarse para ajustarse a los estándares de vampiro. Me miró con ojos lastimosos, sé que adivinaba que algo me preocupaba.
-
Me siento desnuda, Draco.
– Protestó con un tono quejumbroso. Miré su vestido y era tal
cual le había dicho a Blaise, un traje negro de encaje que cubría
lo justo.
-
Querida, haber escogido otro tipo de tela… -
comenté tragando saliva, definitivamente hoy las mujeres estaban por
torturarme.
- No me
deja llevar la espada. –
Dijo con voz de niña caprichosa señalando a Hermione mientras
miraba su cimitarra con nostalgia.
-
Seguro que te las puedes arreglar para llevar al menos un cuchillo...
pero te ruego que no me digas dónde vas a esconderlo. –
La mirada de reproche que me lanzó Hermione me hizo recapacitar –
Aunque no creo que nadie se atreva a hacernos nada esta noche. Lucian
y yo podemos encargarnos de todo. Tómatelo como una noche libre –
Le sonreí. – Por
cierto, Hermione, los monstruos del Abismo me han dado esto para ti.
Ella estaba también preciosa con su vestido blanco, la mancha de sangre se reducía a unas gotas sobre su escote, me entraba la tentación de lamerlas mientras ella examinaba el sobre. Su pelo recogido en un complejo moño dejaba todo su cuello al descubierto, cualquier vampiro vería las marcas de mis colmillos en su piel blanca y tersa. Acaricié su nuca con un dedo y ella se estremeció con los ojos cerrados al sentir el contacto frío de mi piel. No podía resistirme más, llevaba todo el día siendo torturado por mujeres a las que no podía tocar, pero Hermione era mía y a ella sí que podía tocarla y besarla a placer. Mis labios siguieron el recorrido de mi dedo y se aventuraron hacia sus hombros… Un carraspeo interrumpió mi avance. Alcé la mirada y me encontré a Isabel mirándome con una ceja levantada.
-
Al menos déjale leer la carta antes de darle el toque final a su
disfraz, ¿no? – Me
recriminó.
- Por
supuesto, lo siento cariño. Es que eres el sueño de un vampiro
vicioso como yo – Me
disculpé.
-
Tranquilo, no pasa nada…
- Hermione se abanicaba con el sobre.
Cuando al fin lo abrió, encontró una tarjeta en la que, con la misma letra complicada le decían que siempre sería bienvenida al Abismo y que no tendría que temer ningún daño por parte de sus moradores. Isabel se quedó asombrada, igual que yo, con esa invitación. Miró a Hermione atentamente, luego me miró a mí. Quedaba claro que tenía que ser algo de Lucian.
-
¡Qué simpáticos! –
Dijo Hermione, ajena al intercambio de miradas que habíamos tenido
la otra vampira y yo. Isabel tomó la pajarita de mi mano y comenzó
a ponérmela. – Me da
rabia que siempre pagues con ellos tus enfados… ¿no podrías
pegarle a otra cosa?
- Les gusta, los mantiene entretenidos un
rato. – Me defendí,
ella me miró como cuando hablo de los elfos domésticos –
Ellos también me hacen daño a mí, es una pelea igualada… Da
igual, que te lo explique Luc.
– Desistí. – Gracias,
Isabel. ¿Ahora puedo terminar de preparar tu disfraz?
– Pregunté mirando a Hermione expectante.
-
Supongo que sí, no puedo negártelo
– Se ruborizó y miró a Isabel, le daba vergüenza que ella
estuviese allí.
-
Me voy a terminar el disfraz de Blaise.
– Nos guiñó un ojo y se fue.
-
¿Va a terminar llevando un arma?
– Me preguntó – No
entiendo cómo es capaz de ocultar ese espadón.
- No me lo
preguntes, no tengo ni idea.
– Concentrado en su cuello, acariciándolo con verdadero deleite –
Estás arrebatadora, cariño.
– Ella tembló contra mi cuerpo, anticipándose al placer que
pronto sentiría – En
verdad que no me va a resultar nada difícil mantener mis colmillos
expuestos con este cuello a la vista toda la noche…
- susurré contra su piel, acariciándola con mis labios. Mis
colmillos se deslizaron y se abrieron camino a través de ella, la
sangre me llenó y la abracé para impedir que sus piernas
temblorosas la hiciesen caer - …deliciosa.
– Me contuve para no
cerrar por completo las heridas, pues ella quería mostrar mi
mordisco como parte del disfraz. Eso me hacía estar más ansioso
todavía. Sería una noche muy larga.
Hermione terminó de arreglarse poniéndose un pequeño velo blanco de gasa que cubriría sus ojos, me puse el antifaz, cubrí sus hombros con una estola de piel de armiño y se sonrojó cuando le puse la gargantilla. La besé dulcemente antes de salir al caos que seguía siendo esa torre. Bajamos las escaleras con lentitud, no sólo en atención a los tacones de Hermione, sino porque ese era mi elemento, la elegancia de movimientos, la fascinación de todos aquellos que nos miraban. Tenía a la mujer más hermosa a mi lado, el delicado vestido blanco de satén se pegaba a su cuerpo con cada movimiento, su mano enguantada descansaba en mi brazo, los diamantes centelleaban en su cuello con la luz de las velas. No sonreía porque su disfraz exigía seriedad, sin embargo podía escuchar su corazón latir nervioso dentro de su pecho.
La principal reacción entre los que nos encontramos fue la de quedarse mudos de asombro a nuestro paso. Adiviné, por el leve sonido de sus pestañas contra la gasa, que me miraba. No pudo evitar una leve sonrisa. Sentí un apretón en mi brazo. Bien, lo entiendo: puede ser el momento de mostrar mi "disfraz". Al llegar a la sala común nos encontramos con algunos de sus compañeros ya esperando para salir por el retrato. Había uno que nos miraba, o al menos era lo que daba a entender, llevaba un curioso casco con respiradores, una túnica negra, un extraño traje negro… lo curioso es que me sonaba de una de las múltiples películas que vi estando con Lucian.
-
¿Hermione? – dijo
con una voz distorsionada.
-
¿Dean? – Preguntó
ella.
- ¿Cómo
sabes que soy yo? –
A pesar de la distorsión se podía percibir el tono desilusionado.
-
Eres al único que se le ocurriría disfrazarse de Darth Vader. –
Dijo ella con una sonrisita.
-
¡Claro, la Guerra de las Galaxias! –
Exclamé al recordar el nombre de la saga de películas que tanto
gustaban a Luc. Hermione me miró confusa. – Es un disfraz muy
bueno, Thomas. – Reconocí sonriendo y mostrando mis colmillos
-
¡Genial! – Exclamó
dando un brinco -
¡Menudos colmillos, Malfoy! Son fabulosos –
Se sacó el casco para poder verlos con mayor claridad. –
¡Genial! Parecen de verdad…
- Gracias. –
No podía dejar de sonreír. ¿Qué dirían si supiesen que son de
verdad? Probablemente saldrían corriendo.
-
Y tú, Hermione, estás de absoluta fábula…
- Guiñándole un ojo – Pero…
¿Qué eres?
- Pensé que sería evidente… -
girando el cuello para mostrar mi mordisco - …soy
su víctima. – Tuve
que hacer acopio de fuerzas para no morderla allí, el modo en que
los tendones de su cuello se estiraban, los músculos bajo su piel,
la arteria pulsando y llamándome.
-
¡Genial! – La risa
de Thomas me sacó de mi ensoñación –
Aunque por la cara de Malfoy, cualquiera diría que la víctima es
él.
Los que salían con parejas de otras casas ya habían salido hacia el vestíbulo por lo que no vimos a Ronald o Longbottom. Pero mi cara se contrajo en un rictus cuando vi bajar a Potter con Brown, tenía que contener la risa, tenía que ser capaz de mantenerme serio… por mucho que me costase. A Potter se lo notaba visiblemente incómodo con la elección de disfraces, pero no le culpo: era una versión, a lo Bela Lugosi, de Drácula. La imposible capa de satén negro con forro rojo, el esmoquin, incluso habían conseguido que su cabello alborotado se pegase a su cabeza para imitar el peinado del actor. Brown llevaba la versión más absurda que jamás he visto de Madame Báthory, un vestido que recordaba la figura de un rombo: ceñido en la cintura y amplio tanto en el cuello como en la falda, no quiero saber la ingeniería necesaria para mantener la tela tensada de esa manera.
-
Bueno. – Carraspeó
Thomas a nuestro lado, poniéndose el casco –
Me quedo con tu versión. –
Dándome un codazo amistoso. - ¿Nos
vamos y nos unimos a la charada? –
Otra vez su voz estaba distorsionada por el casco, incluso tenía el
sonido de la respiración que recordaba de la película.
-
Sí, será mejor. –
Ambos le seguimos por el retrato. –
Lucian e Isabel se van a morir de la risa.
– Susurré a Hermione a medida que bajábamos hacia el vestíbulo.
- ¿Por qué? –
Preguntó curiosa.
-
Son grandes amigos de Vlad y Erzsébet.
– Sonreí – Cuando
vean a esos dos con las pintas que llevan… -
al fin dejé que la risa fluyese libremente.
-
¡Oye, cuéntame el chiste, Malfoy! –
Dijo un leprechaun rubio a mi lado.
-
Una broma privada, Finnigan… -
Conteniendo de nuevo la risa.
-
¡Por todos…vaya par de colmillos que te has puesto!
– Exclamó.
- Sí,
pero no tengas miedo… -
dijo Hermione a mi lado – Ya
se ha alimentado conmigo. –
No sé si resistiré tantas alusiones a su cuello sin hacer una
locura.
- ¡Hermione!
– La examinó con
ojos golosos y lanzó un silbido de aprobación – Espero
que le concedas un baile a este pobre duende.
– Guiñándole un ojo.
-
Lo siento, pero están todos comprometidos –
La sonrisa se borró de mi faz de inmediato.
Las exclamaciones de aprobación continuaron por los siete pisos de escaleras, cada uno con el que nos encontrábamos se asombraba ante la belleza de Hermione. Llegó un momento en que mi mano se deslizó por su cintura para dejarles claro a todos esos carroñeros que Hermione no iba a bailar ni una sola pieza con ellos. Al fin llegamos al vestíbulo y nos encontramos con todos los demás.
Longbottom y Lovegood se acercaron de inmediato a nosotros. Él llevaba una larga túnica blanca, barba y una corona dorada en la cabeza, nos explicó que iba de Zeus. Ella llevaba una tela blanca sujeta en los hombros por dos hebillas, ceñida a su cintura por un cinturón, unas zapatillas sujetas por cintas a sus tobillos. Mi mirada se desvió del cuerpo angelical hacia el arco que llevaba a la espalda: Diana Cazadora. Alabaron nuestros disfraces y nosotros hicimos lo mismo con los suyos.
Pero cualquier intento de conversación, más allá de los cumplidos, se vio interrumpida por la aparición de Ginebra y Lucian. Mi sire había decidido ir a juego con ella, llevaba pantalón de cuero, botas altas, jubón de cuero con mangas abullonadas, chaqueta de cuero y florete en el cinto. Supongo que es una ventaja el haber vivido tantos años y saber cuidar las cosas, nunca sabes cuándo vas a necesitar vestirte de hidalgo español. Pero evidentemente todas las miradas recaían en Ginebra, sobre todo en las piernas y en el escote que no podía ocultar su capa con caperuza roja.
Les siguieron Blaise e Isabel. Él tenía razón al temer por su vida yendo del brazo de Isabel. Todos estaban esperando que el encaje rebelase más todavía cuando se movía sobre los altos tacones. El velo de encaje negro ocultaba sus ojos verde oliva, pero su sonrisa mostraba los colmillos de un modo totalmente seductor. Casi se diría que Blaise mostraba su mordisco con orgullo. Cuando aparecieron Pansy y Theo del brazo, de Cleopatra ella y Marco Antonio él, ambos intercambiamos una mirada, entendí que todo estaba arreglado por el momento. Pansy nos lanzó una mirada a través de sus ojos maquillados, no llevaba máscara pues el efecto se rompería, pero vi tristeza en ellos. Sentía que hubiese tenido que recurrir a esto para mantenerme con vida.
-
¡Ginny! – Exclamó
Hermione cuando la pelirroja le guiñó un ojo a través del antifaz.
- ¿Puedo preguntarte
de qué vas disfrazada?
- ¿Acaso no se nota? –
Colocándose la caperuza – De
Caperucita Roja.
- ¡Quién fuese lobo!
– Dijo Dean a nuestro lado.
-
Siento decirle que esta Caperucita ya tiene protector.
– Le aclaró Lucian abrazando la cintura de la pelirroja, mientras
la otra iba instintivamente al pomo de la espada.
-
Tranquilo, Luc. – Lo
calmó ella con una sonrisa – Es
Dean Thomas, compañero de cuarto de mi hermano y Harry.
– Acarició con su mano la del vampiro y dirigiéndose a Thomas
aclaró – Te presento
a Lucian Deveraux, el tutor de Draco.
- Mucho gusto, señor
Deveraux.
- ¡Ostras, pelirroja! –
Casi gritó Finnigan - ¿De
dónde has sacado esa ropa? No te digo lo guapa que estás, porque no
hay manera de decirlo sin que me quede corto.
- Gracias, Seamus.
– Diciendo esto se
reclinó contra Lucian. – La
pena es que estos tacones van a terminar matándome.
- Eso tiene
fácil solución… -
La sonrisa de mi sire me dejó claro lo que iba a hacer. –
Sólo tienes que pedírmelo y te llevo en brazos.
– Levantándola en un parpadeo.
-
¡Bájame, Luc! – La
risa de Ginebra llenó el salón y todas las miradas se concentraron
en nuestro grupo. – Todavía
puedo caminar un poco…
- ¿En serio? Te aseguro que es un
verdadero placer tenerte así. –
Sus labios formaron una sonrisa maliciosa mientras sus ojos recorrían
su escote y su cuello – Hoy
eres la personificación de la tentación, querida.
- Pórtate
bien, Lucian. – Le
recordé en tono cansino.
Entramos en el comedor, las mesas estaban repartidas como en la fiesta del campeonato de los tres magos: la mesa presidencial y varias mesas redondas esparcidas en lugar de las cuatro mesas de las casas. Hermione y yo compartiríamos mesa con Isabel y Blaise, Lovegood y Longbottom y, para mi consternación, Potter y Brown. Lucian y Ginebra, compartirían una mesa cercana con el hermano de ella y Chang, Pansy, Theo, Crabe y Goyle.
Cuando nos acercábamos a nuestros sitios fui explicándole a Lucian que no habría camareros, que la comida aparecería de manera automática en el plato. Me miró interesado y se giró a Ginebra para que terminase de explicárselo. Fue entonces cuando vi que Ronald iba vestido con unas mallas ajustadas verdes, una especie de camiseta del mismo color, un gorro verde oscuro con una pluma roja y un arco a la espalda. Chang llevaba un vestido estilo medieval en color lavanda.
-
¿De qué va disfrazado tu amigo? –
Pregunté a Hermione mientras retiraba la silla para que se
sentase.
- Supongo
que de Robin Hood, me parece que ella va de Lady Mariam.
– Explicó ella tras echarles un vistazo.
-
Estás muy guapa… Hermione. –
Miré a Blaise con curiosidad, le habría costado mucho hacerle ese
cumplido.
- Muchas
gracias, Blaise. –
Dijo ella con una sonrisa – Tú
también estás muy guapo de víctima.
- ¿Qué será de
nosotros? – Bromeó
él mirando al cielo - ¿Crees
que se apiadarán y nos perdonarán la vida?
- No temas, bombón.
– Isabel le acarició la mejilla –
Estás a salvo conmigo.
– Me miró de reojo - ¿Por
qué él puede llevar espada y yo no?
– Protestó, sabía que lo haría, conociéndola.
-
Porque la espada va con su disfraz y en tu caso no.
– Respondí suspirando. -
¿Seguro que no te llega con la daga?
– Guiñándole un ojo.
-
¿Llevas una daga? –
Preguntaron al unísono Blaise y Hermione, mirando ambos a Isabel que
estaba sentada en el medio.
-
Sí, pero es una pequeñita. –
Haciendo un gesto con sus dedos intentando mermar la importancia de
la hoja – Bocazas
traicionero.
- Vaya, Malfoy, se ve que te conoce a fondo.
– Dijo Potter mientras retiraba la silla para Brown.
-
¡Harry, por favor no empieces! –
Protestó Hermione.
-
¡No puedo creer que seas tú, Hermione!
– Exclamó Brown - ¡Estás
fantástica!
- Gracias, Lavender. Tú también estás muy guapa.
– Le devolvió el cumplido con educación.
-
¿Qué te parece? Se me ocurrió después de ver unas revistas
muggles. Ya sabes cómo es Harry para este tipo de cosas, menos mal
que me dejó al cargo de escoger los disfraces.
– La cara de Potter decía que no estaba en absoluto contento con
la elección – Le
dije a mi madre que los encargase y me los enviase en cuanto llegaran
a casa. ¿Sabías que tuvo que usar el teléfono? –
Isabel hizo lo posible por no reírse, aún recordaba lo mal que se
me daban todas las cosas muggles al principio. Brown decidió
entonces explicarme todo lo referente al teléfono, por lo que yo me
dediqué a escuchar las conversaciones de la mesa de Lucian.
-
¿Qué haces con este tío, Ginny?
– Gruñó Ron a su hermana - ¿Y
puede saberse de dónde has sacado eso que llevas puesto?
-
Disculpe, joven. –
Lucian, vampiro caballeroso al ataque… podemos dar gracias a Caín
si no lo mata esta noche –
La señorita no tiene que darle ninguna explicación acerca de su
vestimenta. –
Tomando la mano de Ginebra y besándola. – Ninguna
mujer ha de dar explicaciones cuando está tan hermosa.
- Luc,
perdona que no hiciese antes las presentaciones. –
Ginebra aleteó sus pestañas, probablemente había estado demasiado
ocupada en escuchar los suspiros que el traje arrancaba de todo el
personal masculino. – Ya
conoces a mi hermano, Ron. La chica que le acompaña es Cho Chang.
-
Es un placer conocerla, señorita Chang.
– Saludándola cortésmente con la cabeza.
-
Ellos son Vincent Crabe y Gregory Goyle.
– Señalando a mis amigos de toda la vida.
-
Draco me ha hablado mucho de ustedes, caballeros. Me alegra
conocerles al fin.
– Como siempre encantador, siempre le han gustado las reuniones
sociales.
- La
señorita Pansy Parkinson y Theodore Nott.
– Ginebra terminó las presentaciones. No sé si esa seguridad la
ha tenido siempre o le viene de estar sentada con Lucian, puede que
el disfraz también la ayude a sentirse mucho más atrevida de lo que
habitualmente es.
-
Señorita Parkinson, Draco me ha contado maravillas de usted. Tengo
entendido que es una excelente bruja. ¿Se dice así, verdad? –
Preguntó a Ginny, fingiendo que no conocía los términos.
-
Sí, señor Deveraux. –
Le sonrió Pansy. –
Es el término apropiado. También me alegro de conocerlo, tanto
Blaise como Draco me han hablado también de usted.
– Perfecta Pans, ya le has dicho que sabes qué soy.
-
Sería maravilloso que pudiésemos conocernos mejor, tengo un gran
afecto por Draco y creo que usted podría contarme muchas cosas de
él. – Si Lucian
fuese mago, merecería estar en Slytherin.
-
¿No te va a resultar incómodo estar aquí mientras todos comemos,
Draco? – Preguntó
Lovegood.
- No te
preocupes por mí, no me molesta en absoluto.
– Respondí educadamente.
-
¿Exactamente por qué no comes, Malfoy? –
Preguntó Potter.
-
Resulta que el accidente que tuve este verano dañó en gran manera
mi garganta y no puedo tragar la comida.
– Hermione tomó mi mano sobre la mesa mientras le explicaba la
versión oficial a Potter. – Mi
dieta es demasiado específica.
– Besando su mano cariñosamente.
-
Pero pronto empezará a mejorar, ¿verdad, Draco?
– Comentó Isabel, estaba harta de la dieta a base de animales. La
comprendo demasiado bien: Tras probar la sangre de un mago, no hay
nada más delicioso.
-
Hago lo posible, Isa.
– Sé que también se refiere a mi reticencia a comer comida normal
para hacerme pasar por humano.
-
De todos modos, he hablado con los elfos de la cocina…
- la miré extrañado.
-
¿Pero aún te hablan? –
Preguntó Harry sorprendido – Con
tantos gorros pensé que te ignoraban.
- Bueno, vale. Hablé con
Dobby. – Suspiró
molesta por la interrupción. –
Te he preparado una poción para que la pruebes, espero que se adapte
a tus necesidades y puedas tomarla sin inconvenientes. –
Apretó mi mano.
-
Creo que no tendrá ningún problema… -
sonrió Isabel. – Yo
la encontré perfecta. –
Guiñándome un ojo.
-
¿Cuántos años tiene, señor Deveraux? –
Preguntó Ronald en la otra mesa.
-
Veinticinco, señor Weasley.
– Respondió con rapidez mi sire.
-
¿No es un poco mayor para estar con una niña de dieciséis años?
– Si él supiese…
-
No veo a ninguna niña.
– Besando las puntas de los dedos de Ginebra - ¿Qué
opinas, Ginebra? ¿Soy demasiado mayor para ti?
- En absoluto,
Luc… creo que eres perfecto –
acariciando con un dedo su mejilla mientras lo miraba embobada. –
No hagas caso de lo que diga mi hermano, hace tiempo que me he vuelto
sorda en todo lo que tiene referencia a mí y mis parejas.
-
Supongo que seguiré tu consejo, querida.
- Dime una cosa, ¿has
venido con él sólo para darle en las narices a Harry?
– Siguió gruñendo Ronald.
-
Ron, déjalo ya. –
Resopló molesta – El
mundo hace tiempo que dejó de girar alrededor de Harry. Te recuerdo
que le dejé porque no éramos felices ninguno de los dos. Además,
tú vienes con una de sus ex y él está con tu ex… ¿ahora os va
el cambio de parejas? –
Miró a Chang –
Perdona, Cho, no era mi intención el ofenderte.
- Tranquila.
– Dijo la aludida, restándole importancia al comentario al
encogerse de hombros – Hace
tiempo que opino lo mismo que tú: el mundo ya no gira en torno a
Harry. Reconozco que al principio me sentí un poco mal por estar con
Ron – sonriendo,
– pero ahora me
doy cuenta de que a él no le importa. Nunca fuimos una gran pareja,
como lo fuisteis vosotros. Me sorprendió mucho que lo dejaseis.
-
Bueno, ya te digo que no éramos del todo felices, además él quiere
una vida tranquila y yo no.
– Explicó Ginebra. –
Por eso me gusta estar con Lucian… -
guiñándole un ojo a Chang - …es
imposible aburrirse a su lado.
- Gracias por el cumplido, chérie.
– Besando su mano.- También
es imposible aburrirse a tu lado. –
Susurró en su oído.
-
¿En serio? –
Preguntó ella, mirándole a los ojos. –
Creo que me encantaría que esos labios besasen otra cosa que no
fuese mi mano…
- ¡Me escandalizáis, mademoiselle!
– Fingiendo sorpresa – Estamos
rodeados de gente, tendréis que aprender a ser paciente.
- No me
refería a eso, Lucian…
- Sonrojándose.
-
Lo sé. –
Besándola hasta que ella casi queda sin respiración – Pero
me encanta cuando te sonrojas…
- ¡Oiga! –
Protestó Ronald de nuevo -
¡Deje de propasarse con mi hermana delante de mis narices!
- Ron,
cierra el pico. –
Protestó Ginebra volviendo a besar a mi sire.
-
Shhh, chérie, deja un poco para el postre.
– Impidiendo que se levantase de la silla.
Aparecieron unas bandejas en el centro de la mesa con lo que serían los entrantes. Blaise y Longbottom comenzaron a dar cuenta de ellos. Ante mí apareció una botella de cristal grueso de color azul. Miré a Hermione y ella me dedicó una sonrisa nerviosa, miré a Isabel, la suya era una sonrisa maliciosa a la que no le faltaba una pizca de curiosidad. Tomé la botella y quité el corcho: un tenue aroma a sangre fresca salió de la botella, era la sangre de Hermione. La botella contenía cerca de litro y medio, la miré asombrado: tal cantidad la habría dejado demasiado débil.
-
Tranquilo, cariño. –
Apretó mi mano con una fuerza que no podría tener de haber perdido
tanta sangre – Es una
receta nueva, no te preocupes. –
Tomó la botella de mi mano y sirvió un poco en mi copa. La sangre
tenía un color anaranjado, se había preocupado de que nadie viese
lo que bebía – Le he
añadido un poco de melocotón, porque sé que es tu fruta favorita.
– Guiñándome un ojo y ofreciéndome la copa –
Por favor, pruébalo.
- Vamos, inglés. –
Me azuzó Isabel – Yo
lo probé y sigo viva.
– Guiñándome un ojo con picardía.
-
Me dais miedo. –
Tomé un sorbo. Sabía igual que la sangre de Hermione, su misma
consistencia, percibí la fuerza y la magia recorriendo mi paladar.
La saboreé con detenimiento. - ¿Cómo
lo has hecho? – Abrí
los ojos y sé que en ellos se leía el deseo.
-
Más tarde te doy la receta. Ahora limítate a disfrutar de tu cena.
– Me invitó sonriente y satisfecha de sí misma.
La cena en sí fue mucho más agradable de lo que temí al principio, al ver quiénes serían nuestros compañeros de mesa. Al principio apenas hablamos, supongo que estábamos un poco cohibidos. Aunque la incontinencia verbal de Brown terminó por ser contagiosa, pronto estábamos todos charlando de un tema u otro. Tras el primer plato, Longbottom le estaba explicando a Potter lo asombroso que había sido vernos a Isabel y a mí pelear.
-
En serio, Harry. Es alucinante la manera en que se movían… -
temí que se hubiese dado cuenta de que no era del todo humano. –
Si los llegas a haber visto.
- Te dije que la próxima vez
tenemos que vender entradas.
– Comentó Isa, le respondí con un bufido.
-
¿Vais a repetirlo? –
Preguntó Longbottom entusiasmado.
-
Por supuesto. – Isa
le regaló una sonrisa – El
Señor culo-perfecto necesita entrenarse un poco más.
- ¿Me
dejarás verlo esta vez? –
Preguntó Blaise a su lado. –
Me encantaría ver cómo le das una paliza a Draco.
- Tú quieres
morir… reconócelo –
Lo amenacé mirándolo aviesamente.
-
Isa… me está mirando mal –
Situándose tras la espalda de la Assamita.
-
Tranquilo, cielo. –
Acarició su mejilla y besó sus labios – Yo
te protejo. –
Sonriendo – Creo que
la próxima vez tenemos que usar algún arma. –
Tornando a un tono más profesional - ¿Has
traído tus armas?
- Isa, te recuerdo que estoy en la escuela
para terminar mi educación mágica… no, no he traído mis armas.
– Resoplé.
-
¿Armas? – Potter
nos miraba como si fuésemos dos monstruos, no estaba demasiado
equivocado.
- Draco
ha necesitado mucha rehabilitación, Isa es principalmente su
entrenadora, Harry. –
Explicó Hermione. –
Al parecer la única manera de animarlo a moverse era amenazarlo de
muerte.
- ¡Ya te digo!
– Protestó Isabel. – Hay
que ver cómo se mueve cuando lo amenazas con un hacha de batalla. Me
acuerdo de una vez en la que casi consigue ganarme… -
sonriendo para sí misma.
-
¿Cuál? ¿Aquella vez con las alabardas?
– Pregunté, no sabía a qué se refería.
-
No. ¿Te acuerdas cuando Lameth te regaló el gladius y jugamos a
gladiadores?
- Sí, es verdad… pero no habría sido una victoria
justa y tú lo sabes.
– Llevaba una temporada sin alimentarse por mi culpa, aquella noche
Lucian se la llevó de caza a pesar de sus protestas. – Estabas
enferma.
- Sabes que es la única manera de que tengas ventaja
sobre mí… aún tienes mucho que aprender para poder sorprenderme
con la guardia baja. –
Riéndose mientras yo ponía los ojos en blanco. Es imposible que
pueda competir con los siglos de entrenamiento que ella tiene a sus
espaldas y lo sabe.
-
Blaise, hazme un favor y agótala antes de nuestra próxima pelea,
¿quieres?
- Será un placer, Draco.
– Mi compañero abrazó a Isabel y le dio un beso en la mejilla. -
¿Me dejarás agotarte?
- No sé… puede que termines tú
agotado. – Besándolo
en los labios.
-
¿Siempre son así? –
Preguntó Potter a Hermione.
-
¿A qué te refieres?
- ¿Siempre están hablando de pelearse y
todo lo demás? – Me
pareció curioso ver lo sonrojado que estaba.
-
Sí, Potter… - Me
reí – siempre
estamos lanzándonos pullas.
- A veces también nos lanzamos
puñales. – Añadió
Isabel.
- Señorita
Al Baast, ¿podría enseñarme algún ejercicio? –
Preguntó Brown – Me
encantaría hacer algo para mantener la línea como usted. ¿Cuántos
años tiene? No se ofenda, por favor. Es simple curiosidad.
-
Veinte. – Respondió
– No me ofende,
aunque no sé si podrás aguantar mi ritmo de entrenamiento. Pero
puedo enseñarte algo sencillo, para empezar.
– Encogiéndose de hombros.
En la mesa en que estaba mi sire, lo que volaban eran las dagas envenenadas, por suerte se le da bien esquivarlas y devolverlas. Pansy no había dejado de jugar con él a su juego favorito de mantener tres conversaciones al mismo tiempo: Tenían una conversación totalmente normal para los oídos de sus compañeros de mesa, aunque en realidad estaban hablando de mí con acertijos, la tercera era una especie de juego que tenían los dos conmigo, sabían que estaba escuchando y en más de una ocasión hablaban sólo para mí. Ginebra tampoco lo tenía fácil, su hermano le recriminaba cada movimiento que hacía. Los demás sólo eran espectadores de ambas peleas. Me daba pena la pobre Chang, al menos Nott intentaba ser correcto y de vez en cuando hablaba con ella.
La cena terminó. Potter había aceptado una tregua con respecto a mi actitud con Hermione, que en esta ocasión yo esté vestido y no le intentase hechizar con mi presencia, puede que haya influido un poco. También el que mi día consistiese en un continuo recordatorio de que Hermione me ha pedido que esté sólo con ella, que me haya regalado litro y medio de su sangre, que mis colmillos estén expuestos, que sólo puedo pensar en que la noche termine de una vez por todas para llevarla al dormitorio.
Lucian y Pansy, sin embargo, mostraban unas magníficas sonrisas, se mostraban totalmente encantadores y educados el uno con el otro, podría decirse que se llevaban bien. Si no fuese porque en realidad él quería abrirla en canal y ella quería cortarle la cabeza. Ginebra consiguió que dejasen de lanzarse puñaladas el uno al otro, además de provocar que su hermano estuviese más cerca de una apoplejía, sentándose en el regazo de Lucian y ocupando su lengua en otra cosa que no fuese soltar veneno.
Las mesas desaparecieron, una zona cercana a la puerta quedó como bar improvisado, con algún sofá cómodo para los profesores y el resto fue dedicado a pista de baile. Los músicos ocuparon la tarima y empezaron a tocar una pieza lenta. La mayoría sacamos a nuestras parejas y comenzamos a bailar. Isabel le demostró a Blaise que sabía bailar perfectamente, el ser asesina también es una ventaja, sus movimientos son elegantes, ligeros, calculados y seductores. Hermione también era una gran pareja de baile, se movía conmigo por toda la pista sin un solo tropiezo, su cuerpo se amoldaba como siempre al mío. Tenerla tan cerca me estaba tentando a dejar la fiesta antes de tiempo.
-
Siento interrumpir. –
Dándome golpecitos en el hombro con el dedo – Pero
espero que la dama tenga el placer de concederme este baile.
– Sonriéndole a Hermione. – Además,
Ginebra quiere descansar un poco y no me siento con ánimos de
soportar al señor Weasley.
– Tomando las manos de Hermione y arrancándola de mi lado – Eso
se te da mejor que a mí, Draco.
- ¿No tienes paciencia? –
Preguntó Hermione.
-
Tengo muy poca cuando se trata de alguien tan maleducado.
– Encogiéndose de hombros.
Cuando me acerqué a Ginebra y Ronald me di cuenta que la tensión podía cortarse con un cuchillo. Chang bailaba con Crabe y Goyle, demostrando hasta qué punto estaba siendo insoportable el pelirrojo. Incluso Potter bailaba con Lavender, demostrando su total y absoluta falta de ritmo, aunque al menos no estaba en medio de esos dos. Tomé aire, más por costumbre que como necesidad, y me situé en medio de los dos hermanos.
-
¿Cabría la posibilidad de que dejaseis de pelearos por un segundo?
- Díselo a Don Puritano, yo sólo quiero descansar un poco.
– Dijo Ginebra intentado sentarse en el sofá, pero entre el corsé
y las botas, lo tenía complicado para conseguir una postura
cómoda.
-
¡Puritano! – Fue lo
único que logró decir Ronald: La sangre llenaba su rostro y estaba
resoplando tan fuerte que me extrañaría que le llegase el oxígeno
al cerebro.
- Deja
que te ayude, Ginebra.
– La tomé en brazos y la ayudé a reclinarse con las piernas en
alto.
- ¡No toques
a mi hermana! –
Ronald intentó apartarme de Ginebra. No tiene tanta fuerza. En
cuanto estuvo cómodamente instalada me giré para enfrentarlo.
-
Ronald, tranquilízate. Te recuerdo que mi novia es Hermione, Ginebra
es su amiga y por eso me preocupo porque esté cómoda.
– Le dije en tono calmado – Tú,
como su hermano, deberías ver que le resulta difícil sentarse
cómodamente con el corsé y las botas aprisionándola. Tú eres el
que tendría que ser el primero en preocuparse por que estuviese
bien
- No intentes darme lecciones de civismo, Malfoy. Le está
bien por vestirse de fulana…
- No sigas por ese camino, Ronald…
- le corté. Ahora
comprendía por qué Lucian había huido, si no estuviese en medio de
la pista con Hermione en brazos, no tendría modo de resistirse para
golpearlo. – Todos
vamos a hacer como que no has dicho nada, ve a tomar algo a la barra
y déjalo ya.
- No te esfuerces, Draco… -
Dijo Ginebra a mis espaldas – Es
un cabezota puritano e hipócrita que no soporta que los demás se
diviertan
- Tú no me ayudes…
- Le protesté.
-
Bueno, tú me ayudaste a ponerme todo esto –
sonriéndose al ver cómo Ronald me miraba como un maníaco – Sabes
mejor que nadie lo cansada que estoy. Al menos te hecho un cable…
- ¿O me pones una soga al cuello? –
Deteniendo el puñetazo de Ronald con la mano. –
Quieto, Weasley, te recuerdo que estamos en una fiesta.
- ¿La
ayudaste a vestirse? –
Protestó.
- ¿No
creerías que puedo ponerme todo esto sola? –
Siguió echando más leña al fuego. –
Por suerte, Lucian estará encantado de quitármelo.
- ¡Eres una
zorra! – Exclamó
Ronald. Tuve que contenerme para no convertir su mano en pulpa dentro
de la mía.
-
Lárgate de aquí ahora mismo…
- susurré entre dientes.
-
¿Quién te crees tú para darme órdenes? –
Protestó intentando acercarse a Ginebra con no buenas intenciones –
Tú te vienes conmigo… -
Frené su brazo cuando intentaba cogerla.
-
Vete ya, Weasley. No es una orden, es una advertencia. –
Apartándolo con todo el cuidado que fui capaz.
-
¿Necesitas ayuda, Draco?
– Dijo Isabel, habría escuchado todo lo que Weasley había dicho.
– Blaise, saca de
aquí al pelirrojo.
- Por supuesto. – Mi
amigo tomó a Ronald de los brazos y lo sacó a rastras, pronto se le
unieron Crabe y Goyle para ayudarle.
-
¿Qué ocurre? –
Preguntó Chang totalmente confusa.
-
Nada, Cho. Que mi encantador hermano es capaz de sacar de quicio
hasta a una piedra. –
Le dijo Ginebra desde el sofá –
Lo siento.
- Muy probablemente no habría llegado hasta ese
límite si no lo hubieses empujado tú, Ginebra
– Reprendiéndola. –
Podías callarte algunos detalles, ¿no crees?
- La culpa es de
él… - Luchando por
ponerse de pie, la ayudé y cuando me miró pude ver el
arrepentimiento y el dolor en sus ojos. –
Lo siento, es capaz de sacar lo peor que hay en mí.
- Tranquila,
ya se le pasará. –
Tomé su cintura - ¿Vienes
a bailar? Me parece que te vendrá bien para descargar algo de
adrenalina.
Si fuese necesario nombrar a alguien, la reina de la fiesta definitivamente fue Ginebra. Cuando pasamos a música un poco más moderna, se olvidó por completo del dolor de pies y bailó sin cesar. Probablemente tenía un verdadero exceso de adrenalina acumulado. Dimos gracias a que Ronald no había vuelto a entrar al salón, porque si hubiese visto algunos de los movimientos de su hermana en la pista, no ya con Luc o conmigo, sino con algunos de sus ex novios y amigos. Habríamos necesitado de toda nuestra fuerza para detenerlo. Blaise, Lucian y yo creímos estar en el cielo cuando Ginebra sacó a bailar a Isabel y Hermione, escogiendo la canción más sugerente de todas las que aquella noche sonaron.
Ambas se contorsionaban con Hermione en medio, al principio mi hermosa bruja se sintió un poco cohibida, pero pronto se dejó llevar por esas dos. Sus cuerpos meciéndose al ritmo de la música, satén blanco contra cuero rojo y encaje negro. Lo que mi mente necesitaba tras el día que llevaba: Primero una adolescente pervertida me hace proposiciones deshonestas, luego tengo que vestir a una diosa de cuero, una asesina hermosa me mete ideas en la mente acerca de su desnudez, mi novia me tortura con su cuello expuesto y, ahora esto. Soy un vampiro, pero no soy de piedra.
Antes siquiera que terminase el baile los tres salimos disparados hacia nuestras respectivas parejas. No hacía falta que nos pusiésemos de acuerdo, ninguno habría resistido mucho más, ni siquiera Lucian, con su vena masoquista, podía aguantarlo. Tomé a Hermione de la mano y sin más la saqué de la pista, Lucian no se anduvo con chiquitas y tomó a Ginebra en brazos, Isabel y Blaise se enzarzaron en un beso destinado a convencer a la vampira de seguirlo al dormitorio.
-
Por favor… -
Hermione se reía tanto que tuve que frenar mi carrera. -
¿Dónde está el fuego, cariño?
– Apoyándose en la pared para descansar
-
Cuando lleguemos a tu cuarto te lo digo.
– Aprisionándola con mi cuerpo y besándola con una parte del
deseo que sentía en esos momentos por ella. –
Aunque no sé si sabré ser tan paciente….
- ¡RON! – el grito de Ginebra me detuvo. Miré a Hermione y ella asintió.
Salí corriendo a toda velocidad hacia el corredor por el que se habían ido al dejar la fiesta. Cuando llegué me encontré con Lucian escudando a Ginebra ante Ronald, sus colmillos al descubierto, en espera para el ataque. Ronald tensaba el arco y apuntaba a mi sire. La flecha no le haría nada a Lucian, tampoco me podría dañar a mí, hace falta mucho más para hacernos daño, pero podría hacerle demasiado daño a Ginebra.
-
¡Ronald! – Lo
distraje, se giró y dejó de apuntarles. Lucian le quitó el arco en
menos de un segundo y lo partió en dos con sus manos.
-
¿Qué? – Mirando
los colmillos de Luc. –
Eso no es un disfraz, ¿verdad?
- Siento llegar tarde.
– Dijo Isabel con la daga en la mano, aunque casi era una espada
corta. – Blaise me
entretuvo. – Miró
a su alrededor - ¿Dónde
está Hermione, Draco?
- En otro corredor, ve con ella. Llévate
a Ginebra contigo. –
La chica necesitaba calmarse un poco.
-
¡De eso nada! –
Esquivando a Isabel y acercándose a nosotros –
Estáis locos si os pensáis que voy a dejar a mi hermano a solas con
dos vampiros cabreados.
- ¿Vampiros? –
Dijo Potter tras nosotros con la varita en alto. Venía acompañado
de Lavender y Cho.
-
Sí, Harry. Son vampiros. Los tres. –
Hermione apareció en el inicio del corredor. –
Ron, no podías dejarlo estar, ¿verdad?
- ¿Y si lo publicamos
en todos los periódicos del país? –
Protesté. – Porque
creo que aún no se han enterado todos de que soy un vampiro, puede
que queden uno o dos por ahí.
- Tranquilízate, Draco.
– Lucian posó su mano en mi hombro.
Estaba a punto de perder los estribos. Se suponía que tenía que permanecer en las sombras, que tenía que evitar que los demás se enterasen de qué era, pero en vez de eso parecía que todos tenían que saberlo. Había sido un error el haber vuelto a Hogwarts, tendría que haber esperado unos años más, quizás un siglo o dos, para que nadie me conociese, que no se acordasen de que existía. Tenía que haberme empecinado en volver tan pronto, no sólo había sido cosa de mis padres el que regresase, yo también quería volver. Echaba de menos el castillo después de veinte años alejado, echaba de menos poder hacer magia sin que nadie me mirase raro por ello o que me lo recriminasen.
Magia. La misma que estaba respondiendo a todas mis emociones de manera totalmente inconsciente. La sentía fluir por mis brazos, deseando salir. De mis manos salían pequeñas chispas de maldiciones y encantamientos contenidos. Todos los magos se apartaron prudentemente, todos salvo Hermione. Ella se acercó a mí, la misma mujer que no me temía como vampiro y que ahora no me iba a temer como hechicero. Alargó su mano para tomar la mía, de inmediato las chispas empezaron a salir de su mano. Pero es normal, parte de su magia está dentro de mí al haber bebido su sangre.
Cerró los ojos y sintió lo mismo que siento yo desde que soy vampiro: la magia libre, sin necesidad de ser canalizada por medio de la varita. Es como un cosquilleo permanente en la base de tu cuello, un hormigueo en las puntas de los dedos, una explosión continua dentro de ti. Todo se torna mucho más claro, más sencillo. Los encantamientos no necesitan ser pronunciados, sabes que con sólo pensarlo puede realizarse de inmediato. Pero ella no estaba preparada para todo eso, en cuanto percibió todo esto sus rodillas le fallaron y tuve que cogerla en brazos para que no se cayera.
-
¿Estás bien, preciosa? –
Le pregunté preocupado.
-
Sí… - Asintió -
¿Qué ha sido eso?
- Magia, cariño… la de los dos. Libre.
-
¿Cómo lo soportas? –
Preguntó asustada – Es
tan… fuerte.
- Al principio no había quien estuviese cerca de
él, era una verdadera pesadilla.
– Dijo Isabel – Las
cosas volaban por todas partes cuando quería algo, lo que tocaba se
convertía en cosas raras.
- Por eso varios de sus profesores
eran vampiros que a su vez habían sido magos y que mantenían su
magia, Hermione. –
Le explicó Lucian – Tenían
que ayudarle a controlarlo. –
Suspiró – Bueno,
ahora que todo está aclarado… creo que me voy a cama. ¿Vienes
querida? – Tomando
la mano de Ginebra – Queda
claro que no voy a beberme a tu hermano.
- De acuerdo.
– Ella le sonrió –
Draco, vamos a usar tu dormitorio de Slytherin… ya que Isa se ha
mudado al de Blaise y tú no lo usas.
– Se encogió de hombros y empezó a irse.
-
¿Ginny, no hablarás en serio?
– Potter la miró asombrado –
¡Es un vampiro! –
Apuntando a Luc con la varita.
-
Lo sé, Harry. –
Resopló – Hace mucho
tiempo que lo sé. Haz el favor de dejar de apuntarle, ¿quieres?
– Situándose ella frente a Luc - ¡Venga
ya! ¿Tú también te vas a poner gilipollas como mi hermano? Hace un
mes que estoy con Lucian y no me ha hecho ni un rasguño…
- Te
he mordido un par de veces. –
Añadió mi sire en su oído.
-
Sí, pero no para hacerme daño precisamente… -
Explicó – Ni tampoco
porque tuvieses hambre, o sed, o como sea que le llames.
– Negando con la cabeza –
El caso es que estoy con él y punto.
– Mirando a Potter, retándolo a que pronunciase un hechizo con
ella en medio. Terminó bajando la varita. –
Bien. Así está mejor. ¿Vienes, Isa?
- No sé, creo que me
quedaré un poco más. –
Haciendo girar la daga en su mano.
-
Isa, tú sabes la contraseña para entrar en la mazmorra y nosotros
no…
- No te preocupes, cariño.
– Dijo Luc tomándola en brazos – De
entrar en ese lugar oscuro ya me ocuparé yo, tú preocúpate de
mantener ese enfado, me está encantando.
Los magos siguieron observándonos estupefactos. No sé qué era lo que les tenía más asombrados, si enterarse de que éramos vampiros o ver cómo la magia corría por mí sin control. Supongo que el ver a Isabel jugando con la daga sobre su palma tampoco era algo que les ayudase a tranquilizarse, pero a ver quién convencía a la Assamita de que Hermione estaba a salvo y de que podía guardar la daga.
-
¿Mi hermana está liada con un vampiro y tú también? –
Dijo Ronald en un susurro lastimero mirando a Hermione.
-
Sí, Ron. Pero es verdad lo que ha dicho ella, no nos van a hacer
daño. Ninguno de ellos tiene intención de alimentarse de ningún
alumno del colegio, ni tampoco de nadie que conozcamos. No digo que
sean inofensivos… -
Isabel sujetó la daga y miró a Hermione con una ceja enarcada –
sino que podemos estar
tranquilos a ese respecto.
- Pero… son vampiros, Hermione,
beben sangre.
- Sí, lo sé… Esta noche habéis visto a Draco
alimentarse de mi sangre y a Isabel comiendo como vosotros, incluso
algunos visteis cómo Lucian repetía varias veces. De todos modos…
ya hablaremos más tarde, ahora estoy cansada.
– Me miró – Draco,
llévame a un sitio tranquilo, por favor.
- Por supuesto, cariño.
- Provoqué una brisa
que apagó todas las velas del corredor y me fundí con las
sombras.
- Fantasma
– Dijo Isabel antes
de que desapareciésemos en las sombras.
Aparecimos en mi cámara, en esta ocasión el viaje había sido mucho más corto, pero Hermione pudo vislumbrar a los monstruos del Abismo, incluso me pareció ver a alguno que saludaba con la garra. La dejé sobre la cama y me senté a su lado.
-
Mañana voy a tener un día duro explicándoles a todos que no voy a
matarlos. – Suspiré
cansado, reclinándome contra el cabecero.
-
Lo siento, Draco. Pero no podía permitir que les hicieseis algo.
-
Me iba a limitar a borrar sus recuerdos, nada más.
- Ya, pero a
lo mejor así es mejor.
– La miré escéptico – No
tienes que esconderte tanto, ellos eran mis amigos y probablemente
sigan siéndolo ahora que entienden mejor lo que hago contigo.
-
Sí, claro. Potter y Weasley son todo comprensión. –
Dije sarcástico – Ahora
que saben que, en lugar de estar acostándote con uno de sus peores
enemigos, mortífago declarado y pesadilla de pasillos, te acuestas
con un vampiro, chupasangres y asesino que te tiene bajo algún tipo
de influjo para aprovecharse de ti.
- Vale, de acuerdo. Mañana
se lo explicaré de modo que lo entiendan.
– Abrazándose a mí. –
Lo siento.
- No es culpa tuya, cariño. Es culpa mía por no
saber controlarme.
- Tampoco es que Lucian se haya contenido
mucho.
- Mi sire tiene un gran temperamento, pero no ha matado a
nadie… hoy no, por lo menos.
- ¿Podemos dejar de hablar de
todo esto un rato? –
Apoyando su barbilla en mi pecho para mirarme. –
No me apetece seguir dándole vueltas a algo que ya no tiene remedio.
- Bien, porque no me importaría continuar con lo que empezamos
en ese corredor camino de tu torre.
– Agachándome para besar sus labios.
-
Me parece una gran idea.
Su cuello me había estado volviendo loco toda la noche, ahora podía besarlo, acariciarlo, lamerlo, sus heridas desaparecieron en cuanto mi boca se posó en ellas. Mis manos se deslizaron sobre la tela para recorrer su cuerpo y acariciar su piel con el satén, las suyas se movieron con rapidez para liberarme de mi ropa. Aunque pronto nos olvidamos de la calma, rasgué su vestido con fuerza para poder disfrutar de su piel, hice desaparecer la mía sólo con el pensamiento, no quería más estorbos. En segundos estuvimos unidos una vez más. Todas las preocupaciones desaparecieron en ese instante, sólo existía ella, su cuerpo cálido contra el mío, sus labios ansiosos y su sed de mí. Pero sobre todo que, tras haber sido tentado por tantas mujeres hermosas ese día, el sentimiento de estar con la única que en realidad me importaba.
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Supongo que tenéis cientos de preguntas, dudas, comentarios y mucho más… espero conocerlas en cuanto le deis al botoncito de review
Besos,
Madie.
