El Beso de Plata.
Capítulo XXIII: Sayori.
Ella estaba afuera de la casa de Yuuki. Estaban sacando una camilla y la mamá de Sayori estaba acostada en ella, con los ojos cerrados y la cara pálida, pero le habló:
-Se me olvidó el cuadro. ¿Me lo puedes traer? Debo llevármelo conmigo.
La llevaron donde esperaba una ambulancia. Sayori quería ir por el cuadro para su mamá antes de que se fueran.
Atravesó las puertas del hospital. El ascensor era pequeño. Una rejilla de metal se cerró herméticamente con un eco cuando ella entró. Estaba atrapada. El ascensor tembló violentamente mientras subía, lento, agonizantemente lento.
Apúrate, apúrate. No reconocía ninguno de los pisos donde paraba. Se detuvo de nuevo pero las puertas se atrancaron. Las láminas del suelo empezaron a caerse una a una. El temor le cerró la garganta. Le pegaba al metal, pidiéndole que no se desbaratara. Se iba a caer, a estrellarse piso por piso y terminar como un títere sin vida en el concreto del sótano.
Las puertas se abrieron, pero el ascensor no había llegado al piso. Luchaba para escalar la pared de ladrillo y se deslizó por una grieta, respirando con dificultad. La recibieron luces blancas que la cegaron.
Estaba sentada sobre una cerca alta en la calle. La ambulancia, bastante más abajo, se iba. ¡No se vayan! Un temor absoluto sólo le permitiría arrastrarse por la cerca sobre la barriga, agarrándose de los lados para no caer al espacio. El viento gritaba encima de ella.
Pasó las piernas por encima de la cerca para alcanzar la ambulancia. Al principio lo único que había era la certeza de la muerte. Inmensos pedazos de edificio salían volando al toque de su mano. Los dedos de los pies encontraron pared y los pies trataron de trepar y se resbalaron. Se resbaló y gritó, esperando encontrarse con el andén abruptamente, pero de nuevo encontró un apoyo. Lastimada y raspada, llegó al piso.
La ambulancia seguía su camino. Corrió detrás de ella, pero sus piernas eran lentas, como si el aire fuera grueso. Las lágrimas le mojaban el rostro.
Yuuki estaba junto a ella y le ofreció un cuadro. Sayori explotó en un momento de rabia y le pegó.
-Está bien-dijo Yuuki-Sólo se va para Oregon. La puedes visitar.
Una ola de tranquilidad la calmó y Sayori recibió el cuadro. Era un niño con pelo blanco platinado, vestido de colores llamativos, riéndose.
Sofía parpadeó ante la luz pálida de la madrugada que atravesaba las cortinas de la habitación. Movió su cabeza ligeramente para asegurarse de que Yuuki aún estaba en el suelo, en la colchoneta.
El sueño se le pegó como la niebla. Es difícil, ella se va del país. Pero tú la puedes visitar. Todavía podía sentir la sensación de tranquilidad. Estaba molesta con Yuuki. Las estaba confundiendo, al fin y al cabo las dos se van. No es su culpa, ninguna de las dos tiene la culpa. Tal vez me estaba desahogando con ella.
Estudió la cara dormida de Yuuki. Tengo que memorizarla, pensó. Alrededor de la colchoneta, donde estaba Yuuki acostada, se veían regados fotografías, anuarios, diarios, poesía; los recuerdos acumulados de años de amistad. El tocadiscos seguía girando lentamente. Se habían olvidado de él por completo mientras charlaban en la cama, muchas horas después de que el último disco dejara de sonar.
Yuuki se iba hoy. Eso es lo que hacía esta mañana tan diferente a las demás que habían compartido. Gracias a Dios la llamé, pensó Sayori. Si no, no hubiera tenido ni esto. No me di cuenta de que el momento se acercaba tan rápido. Yuuki se había comportado como si tuviera dudas
anoche, al principio, casi tímida, en absoluto como era ella.
La quería complacer. Tal vez he debido enojarme más a menudo, pensó Sayori, en vez de dejarla que me dominara.
-Te ves pálida – le había dicho Yuuki unos momentos después de que llegaron -No estás enferma, ¿O sí?
Yori sonrió ante la preocupación de su amiga. Se sentía bien al ser el centro de atención.
- No. Sólo que tengo… cosas en la cabeza, por lo visto.
- Oh, sólo cosas – Yuuki sacudió la cabeza -. Y yo que pensé que tú eras la extrovertida – pero elsarcasmo en su voz no era igual a su comportamiento: no estaba segura de si subía sus cosas, pedía prestado el baño, casi como si nunca hubiera dormido aquí antes.
Nunca pensé que fuera insegura, pensó Sayori, pero le respondo fuerte y reacciona como si la amistad se fuera a acabar para siempre.
Sayori se encontró tratando de darle seguridad a Yuuki a través de cosas pequeñas, cosas tontas en realidad, como reírse de cualquier cosa medio graciosa o dejándola que decidiera lo que iban a comer, y pronto Yuuki estaba actuando como siempre. Muy contenta logró obligar a Sayori a que prepararan una olla entera de espagueti e hizo que se comiera una buena porción mientras se quejaba de cómo estaba engordando.
-Mentiras – dijo Sayori -. Tú tienes una figura genial, no como yo.
Lorraine respondió:
- Tú puede que seas flaca pero tu sostén es más grande que el mío. Más vale que comas mejor o si no cuando te levantes, te caerás por el peso de tus senos.
Se rieron imaginándose la escena hasta que tuvieron que secarse las lágrimas.
Se estaban preparando para lavar los platos, cuando llegó Eisuke Wakaba. Lorraine le coqueteó abiertamente, como siempre, y logró convencerlo de que comiera también. A Yori le gustó el hecho de que había sonreído un poco y de que lo vio comer mejor que hacía mucho rato.
Es Yuuki, pensó. Hay tanta vida en ella, es contagiosa. Sayori no se sintió tan preocupada como se habría sentido antes por el hecho de que él se excusó para ir al cuarto con el maletín para trabajar, pero tampoco salió a decirles que bajaran la voz como lo había hecho en otras ocasiones. Yori no sabía si sentirse aliviada o irritada. Seguía esperando oír su voz.
Se quedaron despiertas hasta horas indecentes como evitando lo inevitable al hacer que la noche durara por siempre. Comieron papas con salsa, escucharon música y se rieron de chistes bobos como si estuvieran en una fiesta de pijamas en quinto grado de nuevo. Sin embargo, había momentos de silencios peligrosos, cuando se acercaban a lo inevitable.
Finalmente Yuuki trató de hablar sobre su mamá. Las palabras salieron en montonera.
-No es justo. Ya me estaba acostumbrando a visitarla en otro sitio y ahora casi no podré hacer eso.
Se quedó en silencio y empezó a revisar los álbumes como buscando algo.
Yori sabía que la muerte de su mamá era lo que detenía a Yuuki de ventilar todos sus temores y suspiró. A veces creo que ella es egoísta, pero no es cierto, no realmente, entendió Sofía, es injusto con ella. Ella también está perdiendo a su mamá. Esto último tomó a Sofía de sorpresa. Había estado tan inmersa en lo suyo que no lo había visto de esta manera.
-Yuuki-chan– le dijo en voz baja, en uno de esos silencios cuando ya no aguantó más -, siento mucho haber sido tan antipática.
Yuuki le tiró la tapa de una botella.
-Eso ya lo dijiste anoche – pero miró cansada a Yori sintiendo que había más.
-Pero de todas formas sigo siendo una antipática si no permito que hables conmigo. No me voy a quebrar si hablas de tu mamá. Lo siento si he sido egoísta y te he hecho sentir mal – sintió que su cara se ruborizaba de la pena.
Yuuki le dio la espalda.
Dios, la he molestado, pensó Sayori confundida. Los hombros de Yuuki temblaban. No, peor. La he hecho llorar.
Yori se bajó de la cama y se arrastró para acercarse a su amiga sin estar segura de qué hacer. Tengo que tener cuidado, pensó ella, justo en el momento en que su mano cayó directo en la salsa de tocineta y cebolla de las papas.
- ¡Ugh!
Yuuki dio la vuelta con lágrimas en sus ojos, vio la mano de Sayori y soltó un alarido, de risa. Era imposible no unírsele.
-Tendrás que lavártela o chuparla – dijo Lorraine atrancándose entre risas -,toma, come papas.
-Cállate o te vas a atragantar.
Ataque de risas de nuevo.
En ruta al baño Yori dijo:
-Me imagino que ahora sí podemos hablar, ¿Ah?
Yuuki respiró hondo.
-Creo que sí.
Pero había algo de lo que Sayori no podía hablar. ¿Qué le puedo decir?, pensó en un momento dado,¿Hay este muchacho que me atrae y le gusta tomar sangre? Pensará que me enloquecí.
A menudo se tocaba la nuca y acariciaba las marcas que se estaban desvaneciendo. Habían pasado tres noches; las heridas habían sanado rápido. Ya son sólo magulladuras amarillas. Ella le dijo que le ayudaría, ¿Pero cómo podía hacer eso? ¿Qué estaba pensando para decir eso? Fueron sus besos. ¿Qué pasaría si estaban equivocados? ¿Y si alguien salía terriblemente lastimado? Dio vueltas en la cama, sin poder dormir aún después de que Yuuki dormía tranquilamente.
Pero ahora era de mañana y los primeros rayos de sol iluminaban el pelo de Yuuki, destacando el color dorado de su pelo que no siempre se veía. Pudo haber sido Yuuki en ese callejón, si es que Zero decía la verdad. ¿No era esa razón suficiente para ayudarlo? Trató de conservar el momento y olvidarse del pensamiento anterior. Siempre será así, pensó Yori, deseando con toda su fuerza. Nunca cambiará. Así es cada mañana que Yuuki ha pasado aquí la noche en el suelo y yo viviré siempre esas mañanas, infinitamente, de ahora en adelante. No hay ningún vampiro triste, con besos agudos, esperando afuera, en algún lado, en el frío.
Luego Yuuki se enderezó y parpadeó. Se estiró para atrapar el día y el tiempo siguió avanzando.
Era la última vez que correrían hacia la ducha, la última vez que decidirían juntas lo que se iban a poner, la última vez que Yuuki robaría un poco del perfume favorito de Yori y la última vez que pelearían por tener una mejor posición en el espejo. Bueno, no realmente. Se visitarían mutuamente, claro, pero no sería lo mismo. Aunque, Yori no podía evitar pensarlo, si Ichirou se salía con la suya, tampoco tendrían eso. Se estremeció.
Yuuki hizo huevos revueltos con tocineta para desayunar. Cantaba mientras cocinaba, como si el haberse desahogado la hubiera inspirado para cantar.
-Serás una esposa insoportable algún día – dijo Yori.
Eisuke Wakaba olió el aroma en la cocina al entrar y se sentó a la mesa.
-Me sorprende que hayas encontrado algo para cocinar.
Yuuki soltó una carcajada.
-No lo encontré aquí. Lo traje yo. Alguien tenía que dejar la nevera vacía.
-Bueno, pues eres una gran cocinera – le dijo él, tomando un plato con tostada.
Yuuki le pasó la mantequilla.
-Se llama sobrevivir. Sabes que Kaname no tiene ni idea de cocinar. De todas formas, esta es la forma de llegar al corazón de un hombre, tú sabes. Estoy practicando contigo– ella le picó el ojo.
Sayori quedó sorprendida de ver a su papá sonrojarse. Sonrió tímidamente bajando la mirada a su plato y esto lo hizo ver años más joven. Algo tan frívolo, el coqueteo de Lorraine, sin embargo, le quitó un peso del corazón por un momento.
Tal vez era lo que quedaba del muchacho que había enamorado a mamá lo que ella vio. Si yo aprendiera a hacerlo sonreír, pensó ella, sería más fácil para los dos.
Se fue inmediatamente después de desayunar porque quería trabajar un rato antes de ir al hospital. Las niñas limpiaron con calma.
-Trabaja tan duro – dijo Yuuki.
-Sí. Cuentas, cuentas, cuentas – la voz de Sayori era suave. Sentía más compasión por el hombre que vio por un instante esta mañana, diferente al extraño inflexible de las últimas semanas.
Yuuki lavaba mientras Yori secaba. Sus últimos minutos pasaban y Yori aún no le contaba su secreto a su mejor amiga. Esta es mi última oportunidad, pensó ella. ¿Pero qué le digo? ¿Yuuki, conozco a un vampiro y le dije que le ayudaría a matar a su hermano, que también es un vampiro?. Es ese niño con el que hablaste. El que casi te asesina. Oh, no, no sé cómo lo vamos a hacer. Eso depende de él. Si le digo eso, me creerá loca. ¿De todas formas, qué podría hacer Yuuki? Ella se iba hoy. No le podía decir a Kaname que no se fuera, no por esa razón. Kaname las haría encerrar a las dos. Yuuki se enloquecería de preocupación durante todo el viaje. Yori no le podía hacer eso. ¿Pero qué voy a hacer cuando él vuelva? ¿Le podré decir que he cambiado de opinión?
-¿Soñando despierta, Yori-chan?
Yori se asustó.
- Creo que sí.
-¿Por un chico? Oh, no te sorprendas tanto. Puedo reconocer un beso apasionado en la nuca cuando lo veo.
Sin poder evitarlo, una vez más la mano de Yori se fue a la nuca. Se ruborizó.
-Yo…
- Lo sé – la interrumpió Yuuki -Conociste a un muchacho bonito, y antes de poder evitarlo, dejaste que te mordisqueara la nuca, aunque apenas lo conocías, y no fuiste capaz de decirme porque te sentiste una niña fácil. Me tuve que controlar todo el tiempo anoche para no preguntar. De
verdad, Yori-chan, yo no creo que sea malo. Solamente se vive una vez. ¿Es buen mozo?
Yori dijo que sí con un movimiento de cabeza y la boca algo entreabierta.
-¿Lo verás de nuevo?
-Sí.
-Por favor, cállate. Me vas a enloquecer si no te callas. No importa. Lo que me molesta es que no me hayas contado. Pero te conozco. Cuando hayas logrado sobreponerte, me lo contarás, excepto que esta vez tendrás que escribirme – de repente Yuuki se puso solemne -. Prométeme que escribirás, Yori-sama.
-Claro que sí, boba – Sayori sacudió suavemente el hombro de su amiga, respirando más tranquila por el cambio de tema -Cartas largas sobre absolutamente todo.
Yuuki suspiró.
- Veo que tendré que comprar un diccionario.
- Es sólo New York – le dijo Sayori, divirtiéndose con su chiste privado -Podré visitarte algún día.
Guardaron los platos, Yuuki recogió sus cosas y caminaron hasta la casa de ella donde Kaname la estaba esperando. Recorrieron el camino despacio, cogidas de la mano como lo habían hecho cuando tenían ocho años.
Al llegar, todo se aceleró. El automóvil estaba lleno, cosa que Kaname le reclamó a Yuuki, observó Sayori incómoda; pero ayudaron a poner las últimas maletas. Kaname hizo todo un espectáculo sobre poner con cuidado su guitarra, mientras que a Yuuki se le incrementaba el mal humor.
-Lo bueno es – le susurró a Sayori en el otro lado del KIA-, que no puede tocarla mientras maneja.
Recorrieron la casa para asegurarse de no dejar nada y confirmaron que todo estaba empacado.
Finalmente no lo pudieron evitar más. Kaname se sentó en el carro, jugando con las llaves impaciente, y Yuuki tuvo que montarse.
-Tenemos un largo viaje por delante – dijo ós, Sayori-san. Fue un placer conocerte.
Yuuki le echó una mirada feroz a su hermanastro y agarró la mano de Sayori por la ventana.
-Te llamaré apenas pueda.
El auto salió del garaje hacia la tranquila calle y en ruta hacia la carretera. Yori se quedó mirándolo desaparecer cuando dio la vuelta en la siguiente esquina. GZN 256, dijo como si estuviera presenciando un carro huyendo de un accidente. Volvió a su casa mirando atrás y viendo lo que ahora sería "la casa vieja de Yuuki-chan" y a la que no entraría jamás.
Sola, pensó. No, no exactamente. Tenía una cita. Hizo una mueca de sonrisa al abrir la puerta principal y entrar a la casa silenciosa. Cuando su padre llegó en la noche, vino al cuarto de ella donde se encontraba sentada en la cama leyendo. Yori sonrió tentativamente y lo invitó a sentarse al lado de ella. Él aceptó y se sentó, luego respiró hondo, como preparándose para decirle algo que lo asustaba.
Ella se tensionó.
-Siento lo del otro día – le dijo tocándose la quijada nervioso -. Tu madre y yo lo hemos discutido bastante. Últimamente. Tienes razón. No he confiado en ti. Después de todo, has tenido que cuidarte sola mucho últimamente y no te has quejado. Si eso no es madurez, no sé qué será. Sólo queríamos protegerte, pero eso ya te lo dije.
Yori se sentía avergonzada de que su papá se estuviera disculpando, pero al mismo tiempo le agradaba. Sin embargo, no estaba segura de qué debía hacer. Quería que la abrazara, pero le daba pena.
-Conversé con un tipo en el hospital. Tu mamá me convenció. Es un terapeuta. Aparentemente tienen grupos a apoyo para familias de… de…pacientes.
Sayori sabía a lo que se refería: terminales. Pero él aún no era capaz de decirlo.
-Tuvo mucho sentido; me sorprendió realmente. No sé por qué. Pensé que yo era el único que estaba pasando por esto, por lo visto. Pero realmente atinó en algunos comentarios acerca de cómo me sentía, quiero decir – miró directo a la pared como si así fuera más fácil hablar todas formas – su mirada pasó a la alfombra aún evitando la mirada de ella. -, pensé que tal vez quieras venir conmigo la próxima vez. La próxima semana, de pronto. Nos podría ayudar en este proceso. No lo sé. Dios sabe que necesitamos algo. Tienen grupos de apoyo, ese tipo de cosas.
Se pasó las manos por los pantalones, nervioso. Ella estiró su mano para tocar la mano inquieta de él. Quienquiera que fuera este hombre en el hospital, logró hacer reaccionar a su papá. Tal vez había esperanza en todo esto.
-Me gustaría intentar.
La miró y sonrió como si se hubiera quitado un peso de encima.
-Está definido, entonces – colocó su mano en su rodilla como si fuera el mazo de un juez. Luego su sonrisa sedesvaneció.
-Ella no se sentirá muy bien mañana porque tiene otra sesión del tratamiento. Pero queremos que vengas pasado mañana, Yori-chan, para que hablemos como debe ser, sobre todo, sobre todo lo que quieras. Creo que todos lo necesitamos y te puedes quedar el tiempo que quieras.
-Eso me gustaría – le dijo ella, atreviéndose a sentirse mejor.
Él le tomó la mano.
- No queremos aislarte. Nunca quisimos hacerlo.
Sayori le apretó la mano.
-Lo sé, pero, bueno, me he sentido tan mal – no pudo evitar las lágrimas. Maldita sea, pensó, no quiero hacerlo sentir mal de nuevo. No quiero alejarlo.
Pero su padre la abrazó y le acarició la espalda. Él de verdad está intentando, pensó ella, y esto la hizo llorar aún más. Se estaba comportando como su papá de nuevo. Él la cuidaría y haría que todo saliera bien. Cuando ella finalmente dejó de llorar, él la apartó.
-¿Por qué no duermes un poco? – le besó la frente y se fue, cerrando la puerta.
Yori apagó la lámpara y se acomodó para dormir. Debería ser más fácil ahora, porque sentía que le habían quitado un peso de encima. Pero se acordó de Zero, y el peso resurgió. ¿Cuándo volverá?, pensó ella, ¿En qué me metí?. Pero su papá estaba hablando ahora, más abierto, entonces tal vez entendería y le ayudaría a salirse de esto de alguna manera. No. ¿Si pensaba que Yuuki no le creería, por qué su papá? Él tiene que creer, pensó ella. Yo no miento. Al menos él creería que ella había conocido a un joven peligroso y haría algo. Tal vez llamar a la policía, en vez de dejarla sola.
Decidió levantarse e ir al cuarto de su papá. Tocó suavemente a la puerta. No hubo respuesta. Abrió la puerta y miró adentro. Estaba acostado en la cama sin destender, y completamente vestido. El maletín estaba cerrado. Él fruncía el ceño y roncaba suavemente, la respiración, como la de un niño, sonaba como un silbido. Está extenuado. Entendió lo injusto que sería contarle, totalmente absurdo pretender que él creyera.
No puedo despertarlo, pensó ella, y volvió a su habitación. Depende de mí ahora.
Durmió hasta tarde el día siguiente y su papá ya no estaba cuando se despertó. Tal vez se había ido a trabajar o al hospital, no sabía. Se le olvidó dejar una nota. Pasó un tiempo leyendo un libro grueso de ciencia ficción, parte de una serie, en un asiento de la sala. Pero a menudo se encontraba leyendo el mismo párrafo una y otra vez y no lo lograba entender. Sus pensamientos seguían desviándose a lo que podía suceder más tarde. ¿Vendrá esta noche? Finalmente decidió dejar de leer y bajó al sótano para poner ropa en la lavadora, después sacó la aspiradora. En la tarde se sentó en la mesa de la cocina con su cuaderno y un estilógrafo, tratando de convertir una idea en un poema.
Poema:
En el corazón de la noche
Busco al solitario
Que espera a la luz de la luna
Sus ojos cambian de hielo a nube
Estrellas
Sobre los jeans desteñidos
Sobre el pelo de plata
Brilla el cuero negro
Salvaje
Ligeramente rabioso
Sorprendido por el tiempo
Encadenado a la noche
Mientras acecha
Puede ser que un ruido
Cambie a rayo de luna
Y él se vaya.
Escuchó un ruido en la puerta de atrás. Se detuvo, puso el estilógrafo sobre la mesa y se dio media vuelta. Las pequeñas ventanas reflejaban la oscuridad, pero ella podía ver una sombra afuera. La llave adentro giró de manera imposible, el seguro cedió y la puerta se abrió suavemente, por sí sola.
Zero entró de la noche a su casa.
- Sólo me tiene que invitar una vez.
- No tienes que ser tan melodramático – le dijo respirando nuevamente.
Con mirada avergonzada, él se sentó en la mesa y tomó el cuaderno. Leyó mientras ella lo miraba. Se me olvida lo hermoso que es, pensó ella sorprendida.
-¿Y si mi padre hubiera estado? – le preguntó ella.
- Yo sabía que estabas sola – él sonrió ante las palabras escritas y le tocó la mejilla con dedos helados-. Te he esperado durante siglos.
Por un momento ella coqueteó con la idea de ellos huyendo tomados de la mano, alejándose de todos los problemas del mundo. Tomémonos la noche, le susurró una voz interna, pero ella se sacudió el pensamiento.
-¿Tienes algún plan? – se sintió horrible al sentir su voz temblando. Confiaba en que él no lo hubiera notado.
Zero puso el cuaderno sobre el escritorio.
-Tengo un plan.
Ella vio la otra mano, con la que no la había tocado. Él la puso debajo de la mesa, pero ella la tomó. Él trató de no mostrársela, pero al final cedió. Estaba quemada. Tenía una ampolla roja.
- Me quedé afuera demasiado tiempo – le dijo él simplemente.
- ¿El sol? – preguntó ella.
- Tenía prisa de entrar y resguardarme; sentía mucho sueño. No aseguré bien las maderas que cubren las ventanas y el sol debió filtrarse por una grieta. El dolor me despertó.
Ella hizo un ruido compasivo.
Él sonrió.
-Sí, duele como loco, pero sanará pronto.
-¿Pero cómo hace Ichirou para simular que es un niño normal si tampoco puede salir a la luz del día?
-Podemos soportar algunos rayos débiles o algún momento en un día nublado. Ellos piensan que él es albino. Lo cubren bien y le evitan la luz fuerte, para proteger su 'delicada piel'. De todas formas él no va a querer salir a los rayos del sol directamente – Simón hizo una mueca, como si disfrutara la idea.
Albino. Yori pensó en el niño del callejón de nuevo y se estremeció. Sí era él. Sintió rabia. No podía permitir que amenazara la vida de otra niña como Yuuki.
Zero le soltó la mano y levantó el estilógrafo.
-¿Puedo usar tu cuaderno?
Ella le dijo que sí. Se sentía más segura ahora que había tomado la decisión. Él buscó una página limpia y dibujó un octágono.
-Esta es la estructura del parque.
-El quiosco – dijo ella entre dientes y él dijo que sí.
Él dibujó un círculo en un lado.
-Esto es una trinchera al lado opuesto de tu banca. La cavé anoche.
-Pero seguro alguien la vería hoy en la mañana.
-La disimulé.
-Zero-san, ¿Qué pasaría si alguien se cayera?
-Nadie camina por ese lado. Prácticamente nadie jugaría ahí en este clima.
A él parecía no importarle el peligro de los demás. Eso la asustaba porque lo hacía menos humano.
-¿Por qué una trinchera?
-Hay estacas en el fondo. Quiero que lo lleves hasta ahí. Son muy puntiagudas; creo que serán suficiente.
El estómago de Sayori se revolcó.
-Siempre me pregunté por qué funcionaban. Me refiero a las películas. Siendo que se supone que ustedes son invulnerables.
-Tenemos que ser atravesados por completo – le dijo él sintiéndose incómodo -. No simplemente lastimados, empalados. Sostiene al cuerpo el tiempo suficiente para que el alma escape. El alma que ha estado atrapada y ese momento puede suceder la muerte verdadera.
Ella se preguntaba por el egoísmo del cuerpo que puede atrapar a su propia alma. ¿Qué le haría a alguien que lo amenaza?
-¿Qué pasa si me atrapa?
-Yo estaré ahí, Yori-san. No permitiré que nada te pase. Estaré observando. Él no sospechará de ti, entonces tú lo puedes llevar. Si fuera yo, él no seguiría tan fácilmente. Si él lo adivina, inmediatamente saltaré a distraerlo. Lograré que pase encima del hueco.
-¿Pero cómo haré para que me siga?
- Pasaremos por la casa donde vive. Yo sé la hora en que sale. Él tiene que esperar a que la familia esté dormida. Él te seguirá, hermosa y sola, lo sé.
- ¿Cuándo salimos?
-Faltan algunas horas.
-Eso es mucho tiempo.
-Tengo algunas cosas para contarte, sobre la tierra que necesita, sobre su oso. Cosas que te ayudarán, de todas maneras – su voz se volvió suave y animada -. Pensé que me dejarías besarte de nuevo. Ella miró para otro lado nerviosa, su mano dirigiéndose a su garganta.-No – le susurró él -. Sólo un beso. Uno de verdad.
Mientras Sofía sacó el abrigo del closet, Zero esperó en la puerta principal, pateando el marco.
-Deja eso – le dijo ella -. Yo también estoy nerviosa.
Él la miró como forzándose a hacerlo.
-Hay una posibilidad de que él sepa de ti – lo dijo rápido. Salió hacia la calle.
Ella corrió detrás de él, sus nervios gritando.
-¿De qué hablas?
Él se paró afuera, cabeza baja, manos en los bolsillos.
- Entenderé si no vas.
Ella sintió que palidecía.
-No me lo ibas a decir, ¿No es cierto?
-No.
-¿Qué te hizo cambiar de opinión?
-Tus malditos besos – y le mostró el papel.
Ella leyó la prosa infantil, sorprendiéndose poco a poco.
- Pero, Zero-san, no dice nada sobre mí.
-No, pero es de tipo rencoroso. Sería típico de él hacerme creer que estás bien. Él está paranoico, eso es todo, pensó ella. Está leyendo más allá de lo que hay y sí me dijo. No podía hacerlo sin decirme, después de todo, aunque está desesperado.
-Tienes que tener fe en ti alguna vez – le dijo con ternura, a pesar del nudo en la garganta -. El riesgo no es más alto que antes y yo no podría estar más asustada.
A la media noche caminó por la callada calle, vestida para tentar.
Zero estaba ahí, ella sabía, observándola, manteniéndola segura. Ella tenía que creer que él la podía mantener segura. Sin embargo, sus palmas sudaban y su boca estaba seca. Se había colgado el crucifijo que Yuuki le regaló debajo del saco. La hacía sentir mejor, sin importar lo que Zero decía. No era malo anticiparse.
Sus piernas con las medias veladas estaban frías, pero se cerró más el abrigo y se forzó a caminar despacio. Quería darle suficiente oportunidad de que la viera.
Sayori se dio cuenta de cuando Ichirou la empezó a seguir, aunque nunca lo escuchó. La textura del aire cambió.
Tal vez la parte que Zero dejó en su sangre podía sentir eso.
Ella caminó hacia el parque bajo una noche llena de estrellas, despejada y fría, apenas atreviéndose a respirar.
