Capítulo 13
—Entiendo lo que quieres decir —concedió Edward mientras se dejaba caer contra el respaldo del asiento.
Era la última semana de marzo y, durante ese mes, Jeffrey, de Hawk Summit, y él habían consolidado una alianza profesional y una buena amistad, y cuando Jeffrey le llamó esa mañana para preguntarle si podía enviarle una nota de prensa con la que no estaba completamente satisfecho, Edward le contestó que naturalmente.
—Creo que le faltan algunos de los puntos que querías destacar —le explicó Jeffrey.
—Tengo un par de ideas. Mándamela y te la devolveré por correo electrónico.
—Te lo agradezco. Es desesperante pagar a unos consultores de relaciones públicas por hacer un trabajo que yo u otra persona van a acabar enmendando —se quejó Jeffrey—. ¿Cuándo vas a aceptar mi oferta?
Jeffrey, para agradecerle sus esfuerzos por promover la estación de esquí, había invitado varias veces a Edward para que pasara un fin de semana con Bella a un precio muy ventajoso. Era una idea muy tentadora, una idea irresistible. Edward adoraba a su hija y Bella se portaba de maravilla con Nessie, pero era difícil encontrar tiempo para estar tranquilamente juntos cuando quería dar un buen ejemplo a su hija. Solo podían dormir juntos cuando Nessie dormía en otro sitio y él no quería que su hija pensara que intentaba librarse de ella todo el rato.
—¿Sigues ahí…? —le preguntó Jeffrey en tono burlón.
—Sí —Edward se aclaró la garganta—. Perdona, se me ha ido el santo al cielo.
—Me gustaría conocer a esa chica alguna vez.
—La conocerás, pero este fin de semana tengo que llevarme a ocho niñas de acampada.
Se oyó un zumbido entre los papeles que Edward tenía sobre la mesa y él tardó un momento en comprender que era su teléfono móvil que estaba vibrando.
—Jeff, ¿hemos terminado? Me llama alguien por el otro teléfono.
—Nada más. Gracias otra vez.
Edward colgó el teléfono del despacho y contestó el móvil.
—Dígame…
—Edward, soy Susan.
Susan Webb era la profesora de Ciencias de Woodside y había aceptado ser la tercera adulta que los acompañaría en esa excursión. Si era necesario, él podía llevar solo una reunión en la cafetería, pero las normas del campamento eran muy estrictas. Para una acampada en el bosque se exigía un adulto por cada dos niñas. Además, como Susan era la profesora de Ciencias, había programado un par de experimentos y observar las estrellas la noche del sábado para que las niñas adquirieran ciertos conocimientos elementales de Astronomía.
—Una mala noticia —siguió Susan en tono nervioso—. He vomitado hace media hora. Me he marchado del colegio y estoy en casa.
Edward hizo acopio de toda su humanidad y caballerosidad para no preguntarle qué iba a pasar con la acampada.
—Es espantoso… Espero que te mejores pronto.
—Evidentemente, eso significa que no puedo… ¡Tengo que dejarte!
El teléfono se quedó en silencio y Edward lo miró fijamente. Pobre Susan.
Naturalmente, era un contratiempo, pero no saldrían de acampada hasta que las niñas hubieran terminado el colegio. Todavía tenía unas horas para encontrar a alguien que la sustituyera. Ni siquiera se molestaría en llamar a Charlotte Wilkes. Sabía que, si no se había ofrecido para acompañar a Tessa, era porque tenía que hacer algo con su hija mayor ese fin de semana. Lo intentó con otra de las madres de las niñas inscritas y le dejó un mensaje. Llamaría a otras y, si no lo conseguía, se lo pediría de rodillas a su cuñada, aunque ella no tenía una hija y nunca había estado en un campamento.
—Jefe… —la profunda voz de Roddy le llegó desde el pasillo—. Hay alguien en la tienda que quiere verlo.
Edward dejó el teléfono sobre la mesa porque decidió que sería muy poco profesional estar haciendo llamadas mientras atendía a un cliente. La visita apareció por el pasillo cuando él acababa de salir del despacho y Edward sonrió de oreja a oreja a pesar de la noticia que acababan de darle.
—¡Bella! ¿Qué haces aquí?
—De vez en cuando puedo salir de mi despacho para almorzar.
Se acercó a él y le dio un entusiasta beso que hizo que se olvidara de todos sus problemas. Aunque no era un secreto que estuvieran saliendo, llevaban un mes y Braeden era bastante pequeño; ella todavía procuraba no hacer demostraciones de afecto en público. Él disfrutaba con esos momentos furtivos.
—Hace unos minutos estaba hablando de ti —le comentó Edward mientras le apartaba el pelo de la cara—. He vuelto a hablar con Jeffrey y quiere conocerte. Seguramente piensa que eres producto de mi imaginación.
—A lo mejor podemos ahorrarnos la cena de cumpleaños con mi familia de la semana que viene e ir a conocer a Jeffrey —propuso ella con un brillo en los ojos.
—Estoy deseando conocer a tus padres —replicó él entre risas.
—Mi madre va a empeñarse en que la llames «mamá» y, probablemente, mi padre se excusará antes del postre para comprobar si tienes antecedentes penales. Además, organizarán tanto jaleo con Nessie que acabarán desquiciándola.
—No pasará nada —la tranquilizó él—. Espérame un segundo mientras voy a recoger la cartera y el teléfono y te llevaré a comer.
—No. En realidad, esperaba que me dedicaras un par de minutos para ayudarme aquí, en la tienda —ella hizo una mueca de disgusto muy exagerada—. Tengo que comprarme un saco de dormir. Me han dicho que es necesario para ir de acampada.
—¿Vas de acampada? Espera, tiene algo que ver…
—Te olvidas de que Susan Webb es una de mis profesoras. Supe que estaba enferma antes que tú y he decidido ofrecer mis servicios durante el fin de semana. Incluso fui profesora de Ciencias. A no ser que ya hayas encontrado una sustituta… —añadió ella con cierta timidez.
—No. ¡Es fantástico! ¿Estás segura? Nunca has ocultado que te parece primitivo cualquier sitio donde no dejen caramelos de menta en las almohadas.
—Bueno, tú vas a cenar con mi familia el martes y te lo debo.
—Conocer a tu familia no es un sacrificio —le recordó él por enésima vez.
—Lo dices porque no los conoces —le avisó ella—. Vamos a gastarnos una cantidad descomunal de mi sueldo en material de acampada para que puedas demostrarle a tu jefe que eres un vendedor muy eficiente.
—Va a ser increíble. Va a encantarte la acampada.
¿Bella y él bajo las estrellas…? Lo único que podría conseguir que fuese más perfecto era que pudieran dormir en la misma tienda de campaña sin ocho testigos de unos seis años. Aparte, ésa era la idea que tenía del paraíso.
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Estaba convirtiéndose en el fin de semana más largo de la vida de Edward y ni siquiera había llegado la noche del viernes. Intentar repartir a las niñas en dos grupos de cuatro en el aparcamiento del colegio había sido caótico. La idea había sido que Bella y él llevarían a uno de los grupos en la furgoneta que les había prestado Rosalie y que Julie y Kris, las otras dos madres que los acompañaban, llevarían al otro grupo en el todoterreno de Julie. Como si no hubiese sido suficiente que hubiese tenido que lidiar con ocho niñas que discutían sobre quién se sentaba al lado de quién, se dio cuenta de que el rostro de Bella enrojeció de ira cuando Julie le comentó a Kris que no sabía que pudieran llevarse parejas en esa excursión.
Él dio por supuesto que todo se calmaría cuando estuvieran en la carretera, pero eso fue antes de que se pinchara una rueda de Julie, tuvieran que parar dos veces para que unas niñas hicieran sus necesidades y un alarido aterrador casi lo sacara de la carretera. Al parecer, alguien le había dicho a Meghan, de seis años, que había serpientes venenosas en el campamento y que, seguramente, una la picaría cuando estuviese dormida. Después del alarido, se echó a llorar y a balbucir histéricamente que la llevara otra vez a su casa.
Bella se inclinó hacia Edward.
—¿Ya estamos pasándolo bien? —le susurró antes de levantar la voz—. Niñas, ¿quién quiere saber cosas raras de las serpientes?
Un coro de tres contestó «yo» y Meghan dejó escapar un sollozo cauteloso. Durante veinte minutos, Bella les contó todo tipo de curiosidades sobre la fauna, desde anécdotas curiosas que juró que eran verdad hasta algunas porquerías de las que hacen reír a los niños. Edward la habría abrazado con todas sus fuerzas en agradecimiento si no hubiese estado conduciendo.
Cuando llegaron al campamento, las niñas se bajaron de la furgoneta hablando todas a la vez y saludaron a las otras cuatro niñas como si hiciese un mes que no las veían y no hubiesen estado discutiendo al principio del viaje. Edward tomó unas bocanadas de aire antes de unirse a ellas.
—Has estado fantástica —felicitó a Bella.
Ella se paró agarrada al picaporte de la puerta.
—Sí, seguramente debería encontrar un trabajo relacionado con los niños, ¿no crees? —preguntó ella en tono irónico.
—Eres una listilla —replicó él con cariño—, pero estoy tan agradecido que me da igual. Te regalaré lo que quieras por tu cumpleaños, solo tienes que pedirlo.
—Es una promesa demasiado fácil de cumplir —Bella lo miró sugerentemente—. Sé exactamente lo que quiero.
—Tienes un gusto excelente —replicó él con una sonrisa.
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Aunque hubo algunos contratiempos, el fin de semana fue un éxito. Las noches estuvieron demasiado nubladas para ver las estrellas, pero el frío consiguió que no hubiese mosquitos y las niñas podían abrigarse con los chaquetones y metiéndose en los sacos de dormir. Bella encabezó un paseo por el campo y fue enseñando distintas plantas y animales y Meghan se reconcilió con la naturaleza cuando una lagartija le subió por el brazo y dijo que era preciosa. Una de las niñas mayores, una de segundo curso que ya tenía ocho años, dio un alarido cuando Meghan le enseñó a su nueva amiga. Después, Meghan, que había suplicado a su madre en el aparcamiento que no la mandara al campamento, estaba ansiosa por volver y contarles a sus padres y dos hermanos lo valiente que había sido.
Para Edward, los mejores momentos fueron, seguramente, por la noche, cuando se quedaba con Nessie en la tienda de campaña que compartían. Cuando la acostaba, ella lo miraba como si fuese un héroe. El viernes por la noche le dijo que era el mejor padre del mundo y el sábado, que nunca se lo había pasado tan bien. Si otros padres hubieran podido ver la expresión de su cara, todos se presentarían voluntarios para causar una impresión igual de buena en sus hijas. Además, a medida que fue avanzando la mañana del domingo, las niñas fueron estando tan cansadas que a Edward no le preocupó el bullicio en la furgoneta durante el viaje de vuelta. Supuso que la mayoría de sus pasajeras se quedarían dormidas.
Mientras los adultos recogían el campamento, las niñas aprovecharon la ocasión para jugar por última vez a perseguirse. Edward no dejó de vigilarlas mientras ayudaba a Bella a desmontar su tienda de campaña.
—No es que no pueda desmontarla, se ha caído en cuanto la he tocado —comentó ella en tono afligido—. Es que no sé cómo voy a meterla en la bolsa otra vez.
También la ayudó a enrollar el saco de dormir, pero se detuvo cuando vio que Nessie y otra niña se agachaban muy cerca del suelo. Le pareció prudente cerciorarse de que no estaban incordiando a algo que pudiera morderlas o picarlas y se quedó espantado cuando, por un segundo, le pareció ver a una serpiente roja y negra. Con un alivio indescriptible, comprobó que solo era una hilera de mariquitas sobre un palo.
Tranquilo porque todo el mundo estaba a salvo, volvió para seguir ayudando a recoger, pero Nessie lo sorprendió al seguirlo.
—Papá, ¿los adultos también pueden llevar insignias?
—No exactamente. Voy a conseguir unos pins de mariposas muy bonitos para los voluntarios que nos ayuden y yo voy a recibir por correo un emblema de instructor, pero las insignias, propiamente dichas, son para las niñas.
—Creía que Bella estaba intentando ganar su insignia de hábitos saludables, como nosotras, y que tú estabas ayudándola.
—¿Cómo…?
—¡Sí! La señora Julie y la señora Kris dijeron que los dos estabais jugando a los médicos…
Edward se paró en seco. ¿Qué habían dicho? Estaba seguro de que las dos mujeres no habían querido que nadie las oyera, pero le daba igual.
—Perdóname, bichito, tengo que terminar para llevar a las niñas a sus casas antes de la cena, sobre todo, a esta niña —Edward le dio unas palmadas en la cabeza—. ¿Por qué no vas a jugar con tus amigas?
—Vale.
Edward intentó contener su furia, aunque no recordaba que el manual del campamento prohibiera expresamente despellejar a unas voluntarias, y se acercó a Julie y a Kris. Estaban cargando una nevera portátil en el coche de Julie.
—¡Qué bien! —exclamó Julie cuando lo vio—. Podrías ayudarnos a… ¿Pasa algo? ¿Mi hija le ha dicho algo desagradable a alguien? —Julie suspiró—. Hablaré con ella.
—Es posible que debieras tener cuidado con lo que dices tú y con el ejemplo que dais cuando murmuráis sobre los demás.
—¿Cómo dices? —preguntó Kris retrocediendo.
—¿Jugar a los médicos…? Sinceramente, no me lo había esperado de vosotras.
Julie tuvo la decencia de ponerse roja como un tomate.
—Dios mío, ¿una de las niñas lo oyó? Solo estábamos… diciendo bobadas.
Todo ese mes de impotencia se adueñó de él. Bella había pasado las primeras semanas de su relación sintiéndose como si no pudiera estar con él por esas «bobadas». Él podía invitarla a cenar, pero no podía tomarle la mano por encima de la mesa si había alguien de la asociación de padres de alumnos. Bella lo había llevado al extremo y había sido ridículamente discreta en su comportamiento por murmuraciones como ésa.
—¿Sabéis las llamadas que habría recibido la directora si una niña hubiese ido a su casa y hubiese comentado a sus padres que el instructor estaba jugando a los médicos con alguien? —Edward lo dijo en voz baja para no llamar la atención de las niñas, pero su furia fue evidente—. Además, no creáis que no oímos el comentario que hicisteis el viernes sobre traer una pareja. Ya está bien.
Probablemente, ya había dicho lo que tenía que decir, pero estaba lanzado y no podía parar. Alguien tenía que decirlo y, además, era posible que esas dos mujeres transmitieran el mensaje a las demás intolerantes que lo avergonzaban como ciudadano de Braeden.
—Bella Swan es una mujer increíble —siguió Edward—. Se ofreció a venir en el último momento para que las niñas no se quedaran sin la primera acampada. Además, es una directora maravillosa. ¿Os dais cuenta de que acaban de conceder mil dólares al departamento de música gracias a ella? Mi cuñada dice que es el primer director que le dedica tiempo al consejo porque quiere ayudar y establecer una buena relación con la asociación de padres de alumnos. Ella…
—Edward —Bella, detrás de él, lo interrumpió con delicadeza—. Creo que ya lo han entendido.
Él la miró y se preguntó cuánto tiempo llevaría allí y si la habría abochornado por regañar a Julie y Kris, que asentían vigorosamente con la cabeza.
—Sí, lo hemos entendido —aseguró Kris mirando a Bella—. Las dos la apreciamos mucho, directora Swan. Creemos que está haciéndolo muy bien. Solo estábamos… Bueno, las amigas hacen bromas, ¿no? Algunas veces pueden subirse de tono.
—Alice Brandon estaría de acuerdo contigo —Bella dejó escapar una risa irónica—. Por mi parte, es agua pasada. ¿Puedo echaron una mano con esa nevera?
Edward pensó que, si se alejaba, las tres mujeres podrían estrechar más los lazos. No lo hacía por miedo a que Bella le pudiera retorcer el cuello. Al fin y al cabo, Julie y Kris no solo eran voluntarias en el campamento, también eran unas madres que Bella podría tener que tratar durante años y él quizá no hubiese sido tan diplomático como debería haberlo sido.
Por eso, cuando Bella se acercó a él unos minutos más tarde para pedirle las llaves de la furgoneta, él se lo preguntó sin preámbulos.
—¿Estás enfadada conmigo?
—¿Enfadada? ¿Estás de broma? Me has puesto por las nubes, me has defendido, has hablado de algunas de las cosas que más me gustan de lo que hago, las cosas que más me enorgullecen. Edward, yo…
—¿Tú…?
Él le dio las llaves y le tomó la mano un momento.
—Te amo. ¿Cómo no iba a amarte?
Una especie de éxtasis se adueñó de él. ¿Cómo era posible que un hombre fuese tan afortunado dos veces en su vida?
—Yo también te amo. Yo…
Una llamada en su teléfono móvil lo interrumpió, pero no pensaba contestarla cuando estaba en uno de los momentos más críticos de su vida.
—¿No deberías ver quién es? —preguntó ella señalando a las niñas con la cabeza—. Podría ser uno de sus padres. Podría ser importante.
—¿Posponemos la conversación? —preguntó él antes de contestar.
—¿Paso por tu casa cuando hayas acostado a Nessie? —propuso Bella.
—Estará en la cama a las siete —dijo él mientras abría el teléfono—. Dígame…
—Jefe, he intentado hablar con usted. ¿No ha oído mis mensajes?
—Roddy… —Edward frunció el ceño—. He estado rodeado de niñas de seis o siete años, que no son las criaturas más silenciosas de la tierra. ¿Pasa algo en la tienda?
—Bennett Coleridge está aquí y quiere verlo inmediatamente.
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Después de pasar por el colegio para dejar a las niñas con sus padres y a Bella en su coche, Edward llamó a la señora Norris, quien accedió a ir a cenar con Nessie para que él pudiera hablar con Coleridge. Edward había propuesto encontrarse con él en la tienda, pero Bennett insistió en invitarlo a cenar y quedaron en la hamburguesería de Braeden.
Edward había esperado llegar un poco antes para poder pensar qué decir. No había esperado que Bennett volviera hasta dentro de tres o cuatro semanas y, desde luego, sí había esperado que lo avisara antes. ¿Sería una inspección por sorpresa? ¿Había ido para formarse una opinión sin mirar los datos que él había reunido? ¿Había perdido credibilidad por haber desaparecido durante un fin de semana?
Desgraciadamente, Bennett ya se había sentado y estaba ojeando el menú. Le recordó mucho a cuando se reunieron durante el desayuno. Fue hacía tres meses. Le pareció una escena de la vida de otro hombre. Sin embargo, paradójicamente, también le pareció como un abrir y cerrar de ojos. No podía creerse que ya hubieran pasado tres meses y que casi hubiese acabado el plazo para demostrar que podía seguir con la tienda.
—¡Cullen, ya has llegado! —Bennett lo había visto—. Siéntate.
—Señor Coleridge —Edward le estrechó la mano antes de sentarse enfrente de él—. Discúlpeme si ha estado esperándome. Yo no lo esperaba a usted y he tenido que ir con el campamento de mi hija…
—No te disculpes —le interrumpió Bennett—. Me gustan los hombres con una vida equilibrada y que son cumplidores; son mejores empleados. Si le dijiste a tu hija que irías al campamento, allí era donde tenías que estar. Yo me disculpo por haberte molestado, pero es que me marcho mañana y estaba decidido a verte antes.
—¿Va volver al mes que viene? —preguntóEdward con cautela—. Quizá tuviésemos más tiempo para hablar.
Bennett tenía una mirada triste.
—Bueno, mi esposa y yo vamos a venir a su reunión, pero para entonces, lo que voy decirte ya no tendría importancia, hijo.
¿Pensaba cerrar la tienda antes de que hubiera terminado el plazo que le había dado? ¡Habían vendido más! ¡Venderían más todavía! Esa misma tarde había decidido que era el hombre más afortunado de la tierra por tener esa vida y una mujer como… Ni siquiera podía decir su nombre en ese momento. Le dolía demasiado.
—No lo entiendo, señor.
—Creo que sí lo entiendes —replicó Bennett—. Me han hecho una oferta para comprar el edificio. Es una oferta en firme, pero solo durará un tiempo limitado. Como iba a cerrar la tienda…
—Las ventas ha aumentado —le interrumpió él intentado no parecer demasiado desesperado.
—Estoy completamente impresionado por todo lo que has conseguido en tan poco tiempo. Se habría necesitado un milagro para mantener el sitio a flote y los milagros escasean en esta situación económica. Lo que has conseguido ha sido toda una demostración para mí y por eso voy a ascenderte y a mandarte a Colorado.
Bennett siguió hablando, pero Edward solo pudo oír el sonido de la felicidad que se hacía añicos a su alrededor.
N.A: Solo nos queda el próximo capitulo y terminamos con esta linda historia.
