Final Confrontation I: Keep fighting

Justo cuando llegaron ante los portones dorados que flanqueaban el Olimpo, una luz cegadora envolvió a aquellos que acababan de poner pie en territorio sagrado. Era como si una fuerza superior les advirtiera que no tenían que estar ahí. Sintieron un pesar en su corazón cuando recordaron las palabras de Athena pero ya no podían dar marcha atrás. Ya se los había dicho Hestia, tenían que luchar por aquello en lo que creían. Porque sólo a través de la lucha podrían encontrar respuesta a las dudas que se habían instaurado en sus almas cuando se reencontraron con Athena.

Cuando la luz se disipó, los caballeros y amazonas que se dirigían a luchar se dieron cuenta de que habían sido separados. Tomando entonces caminos distintos y con más preguntas que respuestas, aquellos que antaño fueron protectores de Athena, emprendieron el rumbo a la batalla más inesperada de sus vidas.

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Ardalos. Templo de Hefestos.

Marin se acercó, cautelosa, en cuanto percibió un cosmos que irradiaba una gran tristeza. El cuerpo de la amazona se estremeció al sentir ella misma el dolor de aquel guerrero. Se asomó desde detrás de la columna de piedra donde se ocultaba y entonces la vio. Reconocía el porte elegante de aquella guerrera por las historias que había leído sobre ella. Era una de las guerreras de Helios, Eos. Era su cosmos el que se lamentaba por la partida de su señor. La guerrera de Helios estaba de rodillas ante un hombre de cabello azulado que portaba una gran hoz.

—Nunca pensé que este fuera todo el poder de la guerrera de quien Helios estaba tan orgulloso —dijo el hombre —Pensé que podría tener una buena pelea, pero en cuanto te diste cuenta de que Helios había muerto, también murieron tus deseos de luchar. Verte me repugna, así que voy a acabar contigo de una vez.

La armadura de Eos estaba tan destrozada como su espíritu. El hombre tiró la hoz al suelo y sujetó a Eos por el cuello, levantándola con facilidad. Cerró los ojos un momento y cuando volvió a mirar a la guerrera, sus ojos se tornaron verdes. Eos se quedó paralizada y poco a poco el cuerpo dejó de responderle. Marin notó cómo los pies de Eos comenzaban a convertirse en piedra. Entonces lo entendió, el poder de ese hombre era el poder de la misma Medusa.

Sin pensarlo, Marin se abalanzó sobre el hombre.

—¡Destello de la Garra del Águila!

Al ser tomado por sorpresa, el hombre soltó a Eos y al perder contacto con los ojos de su enemigo, el efecto del poder de Medusa se desvaneció. El hombre se limpió la sangre de la mejilla y miró a la amazona, avanzando hacia ella hasta sujetarla por el cuello. Los movimientos del hombre eran tan rápidos que Marin apenas tuvo tiempo de apretar fuertemente los ojos para evitar ser convertida en piedra.

—Así que este era el mal presentimiento que no abandonaba a la señora Hera —dijo —Quién lo diría, todavía quedaban guerreros en la Tierra. Sin embargo, no tiene sentido que estés aquí, mujer guerrera. ¿Por qué desperdiciar tus últimos instantes de vida de esta forma?

—Tu batalla es contra mí, Perseo —intervino entonces Eos, que se había puesto de pie —Suelta a esa mujer y enfréntame.

—En un momento estaré contigo, Eos. Deja que acabe rápidamente con esta mujer y mi atención será tuya por completo.

—¿Con quién demonios crees que estás hablando? —espetó ofendida la amazona del águila.

Marin le propinó una poderosa patada que Perseo apenas tuvo tiempo de bloquear con su brazo. La guerrera tosió y respiró profundamente mientras trataba de recuperar el aliento. Podía sentir en su cuello las marcas que le había dejado la mano de Perseo. Perseo por su parte se sorprendió al notar que tenía el brazo entumecido, tanto que apenas podía sujetar la hoz. Perseo giró la hoz sobre su cabeza y Eos supo de inmediato que él se estaba preparando para lanzar un poderoso ataque.

Eos se colocó enfrente de Marin, diciéndole:

—Vete de aquí, si te das prisa, puede que llegues a tiempo adonde está Athena y evites que cometa una locura.

—Pero…

Ese fue el momento que Perseo eligió para liberar la hoz y con ella su poderoso cosmos.

—¡Venganza Micénica!

La hoz giraba a una velocidad tan alta que provocaba una intensa corriente de aire que era capaz de cortar las dimensiones. Se abrió una ranura en el espacio-tiempo, era como ser arrastrado por la Otra Dimensión de Géminis. En ese momento, las manos de Eos brillaron. La mujer las juntó un momento, como si estuviera orando. Empujó a Marin hacia atrás y separó las manos, creando un agujero bajo sus pies.

—Mi nombre es Eos, la aurora. Aquella que abre las puertas del infierno con sus manos para que el gran Sol recorra el cielo. ¡Présteme su poder, mi señor Helios!

Ninguno de los dos iba a ceder, cada uno trataba de arrastrar al otro hasta su dimensión. Si Eos caía en la dimensión de Perseo, sería arrastrada hasta las ruinas de Micenas, donde vagaría por toda la eternidad sin posibilidad de regresar. Si Perseo era arrastrado al infierno por los poderes de Eos, eso significaría que nunca podría revivir. La naturaleza de sus poderes era tan parecida, que era difícil predecir quién ganaría. Sin embargo, Perseo todavía tenía una poderosa carta que podía jugar. Con la atención de Eos centrada en él, le era fácil utilizar el poder que había obtenido de Medusa.

Eos se dio cuenta demasiado tarde que sus ojos no podían apartarse de los orbes verdes de Perseo. Cuando finalmente pudo desviar la mirada, era demasiado tarde pues toda la parte inferior de su cuerpo se había convertido en piedra. A pesar de que ya no lo miraba, Eos sabía que en sólo unos instantes más, su cuerpo se convertiría completamente en piedra.

—Perdóneme, señor Helios, le he fallado.

Fue ese momento en el que Eos vio una sombra moverse rápidamente y pasar a su lado. Vio entonces a Marin abalanzándose sobre Perseo y atacarlo con su Golpe Vacío. Al estar concentrado y debilitado por haber utilizado su Venganza Micénica, Perseo fue incapaz de esquivar el ataque.

—¡Hazlo ahora! —gritó Marin, que sujetaba a Perseo por la cintura —¡Acaba con él, Eos!

—¡Estúpida, morirás tú también! —replicó Eos —¡Aléjate de él! ¡Ya no hay esperanza para mí!

—Maldita mujer —Perseo convirtió a Marin en piedra y a Eos no le quedó más que liberar todo su poder.

—¡Muere de una vez, Perseo! ¡Vete al infierno y nunca regreses!

Perseo maldijo en voz baja mientras era arrastrado hacia la entrada del infierno que Eos había abierto. Con la poca fuerza que le quedaba, Eos cerró el portal y se desplomó en el suelo, agotada. La tiara de la armadura de plata del Águila rodó cerca de ella y Eos no pudo evitar que una lágrima se deslizara por su mejilla. Había perdido a su señor y había dejado morir a la guerrera que le salvó la vida. No podía haber peor deshonra para una mujer tan orgullosa como ella. Sin embargo, no tenía tiempo para lamentarse. Su deber era seguir adelante y detener los retorcidos planes de Athena.

Eos intentó incorporarse, pero volvió a caer de rodillas al suelo. Iba a intentarlo una vez más, cuando de pronto notó que su pecho acababa de ser atravesado. Volteó lentamente la cabeza y se encontró con el rostro sonriente de un chico de cabello negro y unos ojos oscuros que no vaticinaban nada bueno. El recién llegado retiró el brazo del pecho de Eos y lamió los restos de sangre. Aún con la vista borrosa, Eos reconoció al sujeto que acababa de aparecer. Había escuchado de él, el más joven de los Olimpiacos y el más sádico de todos: Zhou de Calisto.

Eos se desplomó en el suelo, aun sosteniendo la tiara del Águila, y sus ojos no volvieron a abrirse.

—Ah vaya, parece que llegué tarde de nuevo. No puedo creer que Perseo tuviera que enfrentarse contra esta mujer, es el peor enemigo para él. En fin, puedo oler al enemigo en el siguiente templo.

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Termasia. Templo de Deméter.

Seiya sintió un escalofrío recorrerle todo el cuerpo. El cosmos de Marin acababa de desaparecer, lo que significaba que había sido derrotada. Chasqueó la lengua, molesto. Acababa de perder a Marin y encima de todo no tenía idea de dónde estaba o cómo salir de ese jardín que no parecía tener fin. Entonces sintió una presencia detrás de él y… ese escalofrío otra vez. Apenas le dio tiempo a moverse cuando sintió algo que se acercaba a él a gran velocidad. Se llevó una mano a la mejilla donde la sangre comenzaba a fluir de una herida que era más profunda de lo que parecía.

Logró moverse a tiempo cuando sintió que era atacado de nuevo y cuando se fijó bien, notó los pequeños cuchillos que habían caído al suelo. Seiya escuchó una risita y de pronto apareció ante él un sujeto de apariencia joven y rostro risueño.

—Así que tú eres Pegaso, el primero que logró herir a un dios. Tenía muchos deseos de conocerte, es una suerte que me haya encontrado contigo.

Seiya notó que el sujeto llevaba la tiara de la armadura del Águila y, encolerizado, se abalanzó sobre él. Sin inmutarse por la repentina arremetida de Seiya, el Olimpiaco detuvo el ataque con una sola mano y lanzó a Seiya varios metros hacia atrás. Seiya volvió a arremeter junto a él y logró arrebatarle la tiara.

—¿Qué le sucedió a la mujer que llevaba esto? —el muchacho miró al de Pegaso, confundido.

—¿Mujer? —se quedó pensativo un momento —La única mujer con quien me encontré en Ardalos es Eos y esa tiara no le pertenece. Oh, pero por alguna razón ella se aferraba a esa tiara como si fuera algo muy importante. No tengo idea de lo que pasó, pero seguramente fue Perseo quien acabó con ella. En fin, eso no importa ahora. ¡Luchemos, Pegaso!

—Eso es lo que pensaba hacer —Zhou de Calisto esbozó una sonrisa en cuanto sintió cómo el cosmos de Seiya se iba elevando —¡Meteoro de Pegaso!

Calisto arrojó sus cuchillos y cortó los meteoros por la mitad, haciendo que estos se desintegraran antes de acercarse a él.

—Tendrás que hacerlo mejor si es que deseas derrotarme. Puede que no lo parezca, pero soy uno de los Olimpiacos del señor Zeus. Soy Zhou, el protegido por la cazadora Calisto.

Seiya tenía la impresión de que si no se daba prisa en acabar con el enemigo las cosas podrían ponerse feas. Así que lanzando una nueva ráfaga de meteoros, se ocultó entre ellos hasta alcanzar a Calisto. Zhou maldijo cuando se dio cuenta de que era incapaz de moverse pues Seiya lo había sujetado por los hombros. Comenzaron a elevarse, con un Calisto que luchaba por liberarse.

—¡Choque Giratorio de Pegaso!

Seiya dejó caer a Calisto y dio un giro para evitar golpearse él también. Al escuchar el crujir de los huesos y ver el cuerpo inerte de Calisto, Seiya dio por hecho que lo había derrotado y se dispuso a seguir avanzando, sin embargo, su cuerpo no respondía, no era capaz de moverse. El cuerpo de Seiya se elevó varios metros del suelo y quedó suspendido, como si estuviera sujeto por unos hilos invisibles. La risotada de Calisto hizo que se le helara la sangre.

—Vaya, vaya, eso estuvo cerca —Calisto se levantó del suelo y se limpió la sangre —Ahora veo por qué eras el hombre más cercano a Athena, Seiya de Pegaso. Lástima que tu amada diosa se haya vuelto loca y ahora quiera destruir la Tierra que se supone debía proteger.

—¿Qué demonios es esto? —forcejeó Seiya.

—Oh, eso. Deja que te lo muestre —Calisto sacó unos cuchillos y se los arrojó a Seiya, hiriéndolo en el cuello y los brazos. Cuando la sangre comenzó a brotar, los hilos que sujetaban a Seiya por fin se hicieron visibles —A esto le llamo mi Red de Cacería. Nadie más que el señor Zeus ha logrado romper esos hilos. De otra forma, la única forma de hacer que los hilos se rompan es que su presa muera.

—Maldita sea.

—Ahora, sé un buen chico y deja que te mate lentamente, Pegaso.

Calisto siguió arrojando cuchillos de los cuales Seiya era incapaz de defenderse. Cada vez que intentaba encender su cosmos quedaba más debilitado. Parecía que esa red, además de aprisionarlo, era capaz de drenar su energía. Seiya maldijo; tenía que hacer algo. El Olimpiaco por su parte se asombró con la fuerza de voluntad del caballero, no había perdido la conciencia a pesar de la pérdida de sangre. Las cosas ya se estaban demorando demasiado para su gusto y todavía tenía que cazar al resto de intrusos, por lo que decidió dejar de jugar y acabar con Seiya.

—Considérate afortunado, Pegaso. Morirás por mi técnica especial —Calisto hizo aparecer un arco y flecha dorados. Tensó el arco y apuntó con su flecha a Seiya —¡Lykaios!

Calisto disparó la flecha y su sonrisa se ensanchó en cuanto escuchó la flecha atravesar la carne. Levantó la mirada esperando ver a Pegaso muriendo desangrado, pero en cambio… había una mujer abrazada a Pegaso, con la flecha clavada en su espalda. Los hilos se rompieron en cuanto la sangre de la mujer de cabello verde los cubrió. Pegaso liberado tomó el cuerpo de la mujer en sus brazos.

—¡Shaina! ¡Shaina, reacciona! —la máscara que cubría el rostro de la mujer se partió en dos —¡Shaina!

—S-Seiya… ¿e-estás… b-bien? —la flecha se había desvanecido, pero la herida era profunda y la sangre comenzaba a brotar copiosamente —N-No p-puedes morir a-aquí…

—No tenías que hacer eso, Shaina —lágrimas comenzaron a brotar de los ojos de Pegaso en cuanto los ojos de la amazona de Ofiuco se cerraron y ella dejó de responder a sus palabras —¡Pagarás por esto, Calisto!

Pero Zhou no le estaba prestando atención, pues estaba demasiado ocupado tratando de entender cómo era que no se había percatado de la presencia de la mujer en el jardín. Tenía que haber estado allí desde el principio, de lo contrario no habría podido interponerse a tiempo entre Pegaso y la flecha.

—¡Cometa de Pegaso!

El ataque cargado de rencor mandó a volar a Calisto, que por primera vez en muchísimo tiempo resultaba lastimado de verdad.

—Vas a pagar por lo que hiciste —Seiya avanzó dispuesto a rematar a Calisto, pero entonces…

—No. Yo me encargo de este tipo.

—¿Afrodita?

—Tú tienes que seguir adelante y llegar hasta donde está Athena —dijo el caballero de Piscis —Sigue derecho sin mirar atrás y lograrás salir de este lugar. Tienes que llegar rápido al templo de Zeus, ahí es donde se encuentra Athena.

—Muy bien, me iré en cuanto haya acabado con este sujeto —respondió —No puedo solamente irme después de ver lo que le hizo a Shaina.

—Ella fue imprudente al lanzarse directo al ataque —Pegaso miró al de Piscis, indignado —¡No tenemos tiempo para sentimentalismos, Seiya! Tienes que detener a Athena antes de que cometa una locura.

—¿De qué estás hablando, Afrodita? —preguntó Seiya, confundido.

—Oh, entonces ya te has enterado de todo, Piscis —comentó Calisto, que parecía divertirse con la situación —Sabiendo eso, me sorprende que hayas venido hasta aquí para luchar. ¿No crees que toda esta batalla ha dejado de tener sentido?

—Volvió a tener sentido en cuanto estos sujetos —señaló a Seiya —aparecieron. Quiero creer que todavía es posible hacer entrar en razón a Athena, aunque haya dejado de ser la diosa que conocemos —Afrodita secó una rosa negra —Date prisa, Seiya.

Sabiendo que no habría forma de convencer a Afrodita – porque después de todo el caballero de Piscis no estaba equivocado – Seiya dio media vuelta y comenzó a correr por el camino que le había señalado el caballero dorado.

—Bien, ahora tengo que acabar contigo. ¡Rosas Piraña!

Calisto no se defendió. Las afiladas rosas negras le atravesaban la piel, pero la sonrisa no se le borraba del rostro. Pegaso había escapado, pero quizás Piscis no sería un oponente tan malo, quizás todavía podía divertirse un poco más antes de que el mismo destino de la Tierra lo alcanzara.

—Me sorprende que puedas seguir sonriendo de esa forma tan desagradable después de casi ser devorado por mis Rosas Piraña. En verdad eres un sujeto extraño.

—Y tú eres más hermoso de lo que decían los rumores. Casi me cuesta creer que seas un hombre.

—Basta de tonterías.

Afrodita atacó con sus rosas negras y Zhou utilizó sus cuchillos. Atacaban a una velocidad tan alta que era imposible seguirlos con la vista. Continuaron atacando hasta que la sangre brotaba de las múltiples heridas de uno y otro. Afrodita perdió de vista a Calisto un momento y cuando se percató, el Olimpiaco estaba detrás de él atravesándole el abdomen con un cuchillo más largo que los que había estado utilizando.

—Eres mejor de lo que esperaba, pero ese pequeño descuido te costará la vi… —Zhou escupió sangre —Pero qué… ¿cuándo fue que…? —había una rosa blanca incrustada en el pecho de Calisto.

—Eres mejor de lo que esperaba, pero ese pequeño descuido te costará la vida —Afrodita repitió las mismas palabras —Aunque yo —escupió sangre —tampoco saldré vivo de esta.

—Maldita sea, qué patético… morir de esta manera…

—Lo mismo… digo…

Afrodita de Piscis y Zhou de Calisto acababan de quedar fuera de combate.

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Olimpio. Templo de Zeus.

Kiki apenas era capaz de procesar lo que estaba sucediendo detrás de las puertas doradas del templo, que estaban entreabiertas. Athena y Hera, la verdad es que ver a ambas diosas juntas le ponía la piel de gallina. El pequeño no se explicaba cómo había sido él quien terminó en el sitio más problemático y al que los caballeros de bronce debían llegar. Y es que, ¿qué podía hacer un chiquillo como él?

—¿Está diciendo que mi padre no puede recibirme? Me encontré a Ares antes y me dijo que a él tampoco quiso verlo, ¿por qué?

—Ya te lo dije, Athena, Zeus ha pedido no ser molestado por nadie —dijo Hera —Si tienes algo que decirle, puedes decírmelo a mí y yo le daré tu mensaje.

—Disculpe si sueno descortés o insolente, pero lo que necesito decirle debo hacerlo en persona. Le ruego que me deje pasar, mi señora. Yo asumo toda la responsabilidad de lo que suceda, así que no debe preocuparse —Hera volvió a negarse.

—¿Es que acaso tienes algo que ocultar, Athena? —preguntó —Sabes que Zeus me tiene gran confianza, así que cualquier mensaje que quieras darle…

—¿Quién es Zeus en realidad?

—¿De qué estás hablando? ¿Es que acaso te volviste loca?

—Cuando las armaduras sagradas de los dioses Olímpicos despertaron, Zeus tomó prestado el cuerpo de uno de los hombres que me servían, Seiya de Pegaso. Bajo condiciones normales, Zeus no debería necesitar un cuerpo para ejercer su influencia, pero lo necesitaba para presentarse ante nosotros y poder controlar su Kamui. Sé cómo funciona esto porque combatí contra Hades y él también utilizó el cuerpo de un caballero.

"Entiendo que conforme mi padre recuperó sus poderes, su alma dejó de necesitar el recipiente. Cuando fui a la Tierra para luchar contra Poseidón, Pegaso apareció, también supe que fue al Reino de los Sueños con el resto de los caballeros de bronce para buscar a Pallas. Sólo unas pocas veces vi a mi padre con la apariencia de Pegaso, así que no entiendo qué fue lo que hizo con su recipiente cuando dejó de necesitarlo.

El Zeus que está tan ocupado preparando el final de esta guerra, ¿es el verdadero Zeus, todopoderoso dios del Cielo? Quisiera verlo con mis propios ojos y comprobarlo. También, me gustaría saber qué hizo con su recipiente, ¿en qué momento se deshizo de él?"

—Deja que sea yo quien responda tus preguntas, Athena —le dijo Hera —Zeus dejó de necesitar a ese caballero de bronce poco tiempo después de regresar al Olimpo. Su alma fue capaz de regresar con todo su poder y vestir su sagrada armadura para guiarnos hacia la victoria. En cuanto dejó de necesitar su recipiente, Zeus le pidió a Morfeo que lo encerrara en el Reino de los Sueños, para evitar que nos causara problemas.

—¿Por qué escogió mi padre a Pegaso, quien es conocido por ser el primero en lastimar a un dios?

—Precisamente para evitar que pudiera volver a lastimar a un dios —Athena se quedó en silencio durante un momento, claramente no parecía que las palabras de Hera la estuvieran convenciendo.

—He dejado de sentir el cosmos de mi padre desde hace un tiempo. Su enorme y cálido cosmos envolvía el Olimpo, brindándole una última línea de protección, pero esos caballeros han logrado penetrar estos dominios con facilidad.

—Es suficiente, Athena —Hera sacó su abanico de plumas de pavorreal y apuntó a Athena con él —Creo que es momento de que me muestres cuáles son tus verdaderas intenciones al haber venido aquí. ¿Qué es lo que estás tramando?

Athena esbozó una sonrisa y desenvainó la espada.

—Parece que nada escapa a los ojos de la Señora del Cielo. Muy bien, mi señora, la verdad es que he venido para matar a Zeus. Sé que es prisionero del sueño eterno de Morfeo, así que está indefenso, es por eso que usted no se ha apartado de aquí. No me gustaría lastimarla, pero dado que no me dejará pasar por las buenas, no tengo más remedio que abrirme paso.

—No me subestimes, Athena.

Kiki se llevó las manos a la boca para no gritar cuando vio a amabas diosas vestir sus armaduras sagradas e iniciar una batalla de proporciones épicas entre dos de las diosas más fuertes del Olimpo.