CAPITULO 13: EL ALQUIMISTA
Caminaron hacia la calle Ferme entre las callejuelas más sucias y oscuras de la ciudad. Will apuraba el paso a la cabeza de la comitiva mientras Jack arrastraba al joyero hacia la puerta de su compañero.
Al llegar, las luces estaban apagadas y la casa, aparentemente, estaba abandonada. Will llamó suavemente a la puerta pero no obtuvo respuesta así que miró decidido a Jack y de un puntapié derribó la puerta de entrada.
Había a su alrededor un montón de viejos cachivaches, alambiques, tubos, platos de acero y otras muchas cosas que WIll no había visto nunca, a Jack le recorrió la espalda un escalofrío a paso de galgo y decidió que, fuera quien fuese aquel joyero, no era nada bueno para nadie. Miró a Will y le hizo señas para que mirase en la habitación contigua. El herrero entró en el cuarto pero también estaba vacío. Suspiró desesperado y miró a su compañero de aventuras:
- No está. ¡¿Es que no podemos tener un poquito de buena suerte de vez en cuando?!
- ¡Dijiste que vivía aquí! – increpó Jack al joyero secuerstrado.
- Si, y aquí vive…o vivía. ¡Caballeros, por favor, no me lancen esas miradas, no sé donde está ese hombre! – se justificó el joyero.
Will avanzó hacia el con cierto odio y lo agarró de la chaqueta de forma que el joyero no tenía escapatoria. Le zarandeó con fuerza mientras le explicaba la situación:
- ¡Vamos a ver si nos comprende usted! Mi prometida es una estatua de mármol delante de la puerta de un bar de mala de muerte y está siendo vigilada por el único hombre en quien confío que la cuide y dos tarados más alcohólicos y estúpidos de lo que pueda imaginar, mi única esperanza es que ese maldito joyero esté aquí y que deshaga el hechizo. Si usted sabe donde encontrarle cante y si no – Will liberó una mano y desenvainó su espada, la cruzó entre el cuello del joyero y él – desaparecerá de mi vista. ¿Entiende usted nuestra situación, caballero? – preguntó con retintín.
- Oigo, siento mucho lo de su prometida pero es que, de veras, no sé donde está ese hombre.
- Pues haz por saber o ponte a rezar.
- Es que no sé dónde… - comenzó a decir el joyero pero la espada de Will se apretó en su cuello - ¡Ya! Ya sé dónde puede estar. Hay un sitio a unas 20 millas de aquí en el que los alquimistas suelen comprar cosas, no sé exactamente dónde las venden pero supongo que una vez que lleguéis allí alguien os informará. El pueblo se llama Saint Bernardine y esto lo que sé, lo juro. – cantó al fin.
- Escúchame atentamente, mi amigo y yo iremos a ese dichoso pueblo pero como descubra que nos has mentido, como sólo por un segundo tenga la mínima noción de que es una trampa, volveré, te encontraré donde quiera que te escondas y te mataré. Y te aseguró que haré lo posible porque permancezcas despierto mientras de troceo. ¿Queda claro?
- ¡Clarísimo señor!
Will soltó al joyero que salió haciendo reverencias y corriendo hacia atrás con la habilidad propia de los cangrejos, luego se perdió.
- Will¿estás seguro de dejarle marchar?
- Llama demasiado la atención, tenía tanto miedo de nosotros que temblaba como una hoja un día de tormenta, y eso no es bueno, es como si te mando delante gritando que llegamos con un par de antorchas.
- Cada día me sorprendes más, para bien, eso sí.
- Gracias.
- En fin, mujeres de Saint Bernardine, quedaos en casa.
Robaron un carro y salieron rumbo a Saint Bernardine, estaba a la distancia indicada y tenía pinta de ser el típico pueblecillo francés de interior, con sus laboriosos agricultores y sus típicos cazadores. Por lo demás, no parecía tener nada fuera de lo habitual, salvo por una cosa…
…en la puerta trasera de la taberna había una pequeña cola de individuos que pasaban al interior y después salían con unas sacas de diversos pesos y tamaños. Will y Jack se miraron, con un par de mantas raídas que había en el carro adoptaron un aspecto similar al ya conocido…y se pusieron a la cora a la espera de hablar con el hombre cuyos conocimientos eran tan deseados por la gente.
