Kowalski caminó por los pasillos de la unidad de medicina, desde hace meses familiares para él, pues habían sido el lugar donde había ido recuperando lentamente la movilidad del lado derecho de su cuerpo. Sabía que ésta era una de las últimas veces que vendría, una vez más para otra sesión de terapia física.

No podía evitar preguntarse cada vez que venía, si las cosas hubieran resultado diferentes si su cirugía hubiera sido aquí: si estos médicos expertos hubieran estado a cargo de extirpar el tumor. Seguro ellos habrían tenido mejor seguridad y él no habrías sido capaz de escapar esa noche, la operación no hubiera sido retrasada, no hubiera tenido ese derrame cerebral y no hubiera quedado en coma, y definitivamente no tendría este problema motriz que podría no curarse por completo. O tal vez, a pesar de que hubiera escapado, ¿las mejores habilidades de estos médicos expertos hubieran podido evitar que cayera en coma? Lo dudaba. Aún así, estaba increíblemente feliz con el curso que habían tomado las cosas.

Cabo estaba bien; Skipper y Rico también.

-Los ojos que te miran. ¡Teniente Kowalski!

El pingüino levantó la vista. No había estado prestando atención hacia donde se dirigía, por lo que no había reparado antes en la presencia de un pingüino conocido que se acercaba a él.

-Douglas, -exclamó sorprendido. El extravagante doctor sonreía de oreja a oreja (si las tuviera) y se dirigía hacia el teniente con paso veloz.

Kowalski no recordaba muy bien su último encuentro con el médico. Douglas había sido el primero al que había visto al despertar del coma, le había explicado con paciencia y cuidado su situación, pero él había estado tan confundido por todos los medicamentos y el impacto de no poder mover ni su aleta ni pie izquierdos que no podía concentrarse. Después de eso había desaparecido una vez que Skipper llegó para llevárselo a casa.

Había escuchado pláticas que no debería de sus compañeros sobre Douglas, por lo visto tres meses no habían hecho más que formarles una horrenda opinión sobre el médico. Él no tenía mucho que decir al respecto; Douglas le había retirado el tumor y cuidado de él durante tres meses. Para él, eso era suficiente para tenerle respeto.

-Hola, -lo saludó tímidamente.

El médico respondió con un asentimiento de cabeza y lo escrutó de pies a cabezas con la mirada. Al parecer quedó satisfecho, pues segundos después su sonrisa se ensanchó. –Mírate, -murmuró.- Caminas sin ayuda de un bastón, y esa rigidez en tu aleta derecha casi se ha ido. Los doctores han hecho un espléndido trabajo contigo.

-Sí, he tenido mucha ayuda, -reiteró Kowalski.- Pero, ¿qué ha sido de ti? Desapareciste del mapa.

-Problemas legales, -respondió sencillamente Doug, su mirada se ensombreció al decirlo.- Tu cirugía requirió de equipamientos muy sofisticados de los que yo no disponía y, ya que tu enfermedad debía mantenerse en alto secretismo, tuve que tomarlos prestados de la unidad de medicina.

-Eventualmente ellos lo notaron y terminé metido en un gran problema. Y aparte estaba el asunto de haber encubierto tu enfermedad. "Nunca poner en riesgo la vida de un compañero pingüino", está en el código del pingüino. Verás, yo… nunca tuve mi licencia de cirujano; la cirugía que realicé en ti fue un poco ilegal. Sí, he vivido en tribunales y cortes marciales durante este último año.

-Lo siento terriblemente. No puedo evitar sentir que es en parte nuestra culpa.

-He sabido que las cosas no han sido fáciles para ustedes tampoco.

-Mi parálisis ha retrasado el movimiento de la unidad en un 25%, además de los constantes viajes aquí para las terapias cada cierto tiempo pero aparte de eso…

-No me refería a eso –interrumpió rápidamente Doug para evitar escuchar el resto.- Hablo de la crítica social que han tenido que soportar por no haber ido a la prueba Glock.

Kowalski enarcó una inexistente ceja con confusión ante esto. Cambió su peso de un pie a otro y se removió incómodo en su sitio, sintió su aleta derecha ponerse un poco más rígida (algo que parecía ocurrirle desde que había despertado del coma cada vez que estaba tenso) y la sostuvo contra su pecho con su otra aleta.

-Oh no. No hemos tenido problemas, creo que todos fueron muy comprensivos.

Esta vez fue Douglas quien frunció el ceño con confusión.

-Debes estar bromeando. Mira, no tienes que ocultarlo, todos están al tanto de su situación actual. La vergüenza, el deshonor… las cartas que llegan periódicamente a su base. Debes saberlo, escuché que la mayoría te mencionan y no son exactamente comentarios lindos.

El perplejo científico estaba por preguntarle que de qué demonios estaba hablando cuando Skipper se metió en medio del par de pingüinos. Había ido a firmar unos papeles, le había dicho a Kowalski que lo alcanzaría en la sala de terapias en un momento. El teniente debía reconocer que, durante este año, nunca lo había dejado venir solo a la unidad de medicina.

La mirada con la que Skipper observó a Douglas era fría. Había escuchado parte de la conversación que éste sostenía con su estratega y no le había gustado lo que había oído. Se suponía que eso debía mantenerse como un secreto; sólo quería proteger a Kowalski.

-Capitán Skipper, es un placer verte de nuevo –dijo Douglas con una ancha sonrisa.

Skipper gruñó con desprecio. –Piérdete, Featherich –le ordenó. Douglas rió, contento con la inesperada cadena de reacciones que había causado sin tener la intención, y se dio media vuelta para alejarse.

-Nos vemos –se despidió, aunque Skipper esperaba que no fuera así.

El capitán agradeció en su mente que se hubiera marchado y a continuación se volvió despacio hacia Kowalski. El pingüino aún acunaba su aleta derecha de forma protectora, era algo que Skipper no lo había visto hacer en semanas. Intentó hacer contacto visual para que Kowalski viera el arrepentimiento en sus ojos, pero la mirada del más alto estaba clavada en el suelo.

-Kowalski, yo… -Quería decir algo, pero eso fue todo lo que salió de su pico. Luego solo suspiró y también bajó la mirada.- Esas cartas decían un montón de estupideces inciertas. Las escribieron idiotas que no saben nada sobre ti ni los problemas que enfrentamos esos meses. –Colocó sus aletas sobre los hombros del pingüino.- Tenías muchas cosas en tu cabeza por ese entonces. Tenías que recuperarte, ¿qué importa lo que digan los demás? Este último año, tú te has esforzado más que los treinta y seis pingüinos que fueron a la prueba Glock.

-Pero la vergüenza y el deshonor… -intentó decir Kowalski, levantando la vista.

-Yo no he sentido nada de eso, Kowalski. Ni tampoco Rico o Cabo.

-¿En serio? ¿No les importó no ir a la prueba Glock, la prueba con la que has soñado toda tu vida, por tener que cuidarme? –Nunca habían hablado abiertamente de esto. Siempre que Kowalski tocaba el tema, Skipper lo cambiaba rápidamente. En el fondo, el pingüino más alto se había sentido responsable de que sus amigos no hubieran podido ir a la prueba.

-Nadie te cuidó, Kowalski. Podríamos haber ido a esa prueba si hubiéramos querido con sólo tres hombres. Pero, ¿sabes por qué no lo hicimos? Lealtad, Kowalski. Y honor también; ¿qué honor tendría yo si hubiera decidido ir a la prueba mientras tú te debatías entre la vida y la muerte? ¿Crees que podría verlos a los ojos a ti o a los muchachos?

-Ya me ha salido muy caro descuidar a mis soldados antes -continuó Skipper. Nunca, jamás, iba a cometer el mismo error de no poner ante todo el bienestar del equipo.- Nadie me obligó a no ir a esa prueba; yo elegí no ir y estoy orgulloso de mi decisión. ¿Está claro, soldado?

Kowalski asintió. -Sí, Skipper. Perdón por dudar de ustedes. -Sabía que cuando Skipper adoptaba un tono como ese en su voz, significaba que estaba hablando en serio. No debería haber tocado una fibra tan sensible.

Skipper sólo suspiró, sonriéndole a su segundo al mando muy ligeramente, y colocó una aleta alrededor de sus hombros amistosamente mientras empezaban a caminar juntos hasta el piso de rehabilitación de la unidad.

Por supuesto Skipper lamentaba de vez en cuando haberse perdido esa gran oportunidad. Pero, como las cartas, era algo que Kowalski no debía saber. Y si tenía que saberlo, sólo el tiempo lo diría.

-Vamos, soldado –dijo el capitán, presionando un botón en la pared al lado de un par de puertas corredizas para llamar al ascensor.- No queremos llegar tarde a la terapia, ¿cierto?


Skipper estaba practicando una vieja rutina con sus soldados. Ellos diligentemente seguían sus indicaciones mientras él los observaba desde una distancia. Estaban teniendo un desempeño estupendo.

-Patada. Puño. Patada –repetía constantemente el líder para sus soldados, que con presteza hacían los movimientos indicados. Skipper de vez en cuando les hacía observaciones para que mejoraran su técnica.

-Cabo, no te estás dejando suficiente espacio a tu izquierda. Estuviste a punto de golpear a Rico dos veces.

-Rico, no tan rápido, intenta sincronizar tu ritmo con el de Kowalski y Cabo.

-Kowalski, deja de arrastrar los pies. ¡Y mueve esas aletas!

-Oh, Skipper. ¿Podemos tomar un descanso? No creo que pueda seguir pateando y golpeando por más tiempo sin perder el aliento –se quejó Cabo dejándose caer en el concreto sobre su trasero. Kowalski y Rico también se detuvieron para respirar agitadamente.

-De acuerdo, equipo –aceptó Skipper sin mucha objeción.- Tómense cinco minutos.

Los otros tres pingüinos sonrieron contentos y Cabo se volvió a poner en pie, ya un poco más descansado. Skipper decidió dejar a sus soldados que hicieran lo que les diera la gana durante estos cinco minutos y él se quedó parado en la orilla del témpano artificial con las aletas cruzadas detrás de su espalda y observando la torre del reloj.

Disfrutó de un par de minutos de silencio, justo como le gustaba, mientras sus compañeros hablaban entre ellos en el otro lado de la plataforma. Eso fue hasta que escuchó el agua de su estanque salpicar y cinco aves conocidas nadaron en frente de sí. La sola vista de los patos lo hizo sonreír y de inmediato el resto de los pingüinos se congregaron junto a él.

-¡Mamá Cuack! –exclamó con alegría el joven Cabo al ver a la familia de patos. La pata le sonrió al cadete y los patitos comenzaron a subir a la plataforma.

-Reportándose a servicio, señor, -dijo Huevín con una voz de soldado y haciéndoles un saludo militar a los pingüinos militares. Ellos le devolvieron el saludo.

-Finalmente terminó la migración y estamos de vuelta en Central Park, -dijo Mamá pato gentilmente.

Skipper recordó vagamente como hace meses, cuando el auto les había fallado, habían perturbado la paz de la familia de patos y durante su conversación, la madre le había dicho que estaban a punto de migrar a lugares más cálidos. Con todo lo que había pasado desde entonces, Skipper se había olvidado por completo del asunto.

-Sólo venimos a saludar, -dijo uno de los patos; ninguno de los pingüinos sabía cuál era su nombre.

-¿Pasó algo mientras no estábamos? –preguntó la madre inocentemente.

Skipper miró de reojo a su segundo al mando; Kowalski estaba inclinado sobre uno de los patitos, sonriéndole mientras acariciaba las plumas en su cabeza con su aleta izquierda (siempre había tenido una debilidad por las cosas tiernas). Sin embargo, Skipper también vio desde su posición como la otra aleta del pingüino colgaba un poco rígida a un costado suyo, y como parecía apoyar más su peso en su pie izquierdo. Solía ocurrirle luego de un intensivo entrenamiento.

Aún así, era casi imperceptible. Casi. Pero los patitos no lo habían notado, ni tampoco lo haría Mamá Cuack.

Además, esa era información clasificada para personal no autorizada.

El capitán volvió la vista hacia la pata para responder.

-Nah, todo estuvo normal; nada que reportar.

FIN.


Esta historia es una de mis favoritas que he escrito, a pesar de que no haya tenido tanta popularidad (bueno, no he visto el número de views), y fue muy divertido escribirla. Ahora me siento algo triste de que terminó, pero sería muy forzado alargarla más.

En fin, gracias por sus reviews y leer frecuentemente.