Odio los comienzos
Nota: Para mi gran desgracia, los personajes no me pertenecen, pero yo les pertenezco a ellos.
Luke
Ya había pasado, pero aún dolía. La salida del Inframundo fue rápida y silenciosa. Ninguno de los dos quería hablar del tema. El único parecido con una conversación fue cuando Percy admitió que amaba a Katelyn y que entendía como me sentía. Me limité a asentir con la cabeza y seguí camino. Tomamos el camino de Orfeo, por suerte, para la salida no necesitamos música. No tenía ganas de vivir, de cantar muchas menos.
El mundo exterior estaba hecho pedazos. Urano definitivamente se estaba alzando, el sacrificio no había sido en vano. Las calles en los alrededores de Central Park estaban hechas pedazos. Los edificios humeaban y en una de las calles se había formado una cúpula, como si una cabeza enorme hiciera presión contra el piso. Habría preferido mil veces luchar mano a mano contra el titán que perderla, pero fue su decisión más que la mía. Hécate tenía razón, sí ponía cara de cachorro golpeado. No se había dado cuenta, pero mientras volvíamos de la visita a la señora de los cipreses hizo un mohín. Dioses, como la extrañaba.
Tomamos el taxi de las hermanas grises pero ni los choques, ni los giros bruscos ni las frenadas me importaron. Sabía que pasaban pero no los sentía. Percy parecía un muerto vivo. Estaba blanco y silencioso. Mi aspecto debía ser muy parecido.
Frenaron frente a la colina del Campamento, pagamos y nos dirigimos hacia el pino. Se nos acercaron unos cuantos campistas, pero cuando vieron nuestras caras, se alejaron. Quirón nos llevó a la Casa Grande y convocó un concejo de campistas. Los líderes de cabañas se fueron acercando uno por uno. Algunos parecían aliviados de que ambas chicas hubieran desaparecido y a otros les era simplemente indiferente.
Percy contó la mayoría de la historia, pero cuando llegó a la escena del Tártaro, su voz se quebró. Continué yo. Temía que las lágrimas acudieran a mis ojos y comenzara a llorar a lo bestia, pero no hubo sentimentalismos en lo que relaté. No quería creer que hubiera muerto, así que no lo creía. Sabía que había pasado y punto, no le daría más vueltas al asunto. La encerraría en una caja y la metería en el fondo de mi cerebro para no volver a pensar en ellas. Nunca más.
Terminamos la historia y Quirón nos dio permiso para ir a nuestras cabañas, el lago o lo que fuera. Decidí ducharme, me sentiría mejor cuando estuviera limpio, o al menos deseaba sentirme mejor. Los sucesos de los últimos días dolían demasiado.
Fui, ya limpio y cambiado, a mi cabaña y me dispuse a dormir. No quería saber nada de nadie. Al otro día desayunaría algo, pero no tenía hambre. Sólo quería descansar y olvidar. La primera parte costaría, la segunda era definitivamente imposible.
Me levanté a la mañana siguiente y me vestí para ir al comedor. Desayuné con mi cabaña, pero era como si no estuviera allí. Me limité a tragar la comida. Todo el resto del día lo pasé caminando ida y vuelta por la orilla del lago de las canoas. Las náyades me saludaban y les devolví el saludo. No hubo más interacción. Más tarde me interné en el bosque y llegué hasta el Puño de Zeus sin encontrar ni un solo monstruo. Justo cuando quería problemas era cuando más me evitaban. Patético.
Me crucé con Percy, pero nos ignoramos mutuamente. Teníamos una especie de acuerdo tácito de no dirigirnos ni siquiera la palabra. Nos recordábamos demasiado a quienes habíamos perdido.
Los días pasaban y con ellos el dolor, pero disminuía demasiado lento. De a poco fui recuperando mi vida. Volví a dar las lecciones de lucha con espada, pero aún no me permitía sonreír ni disfrutar de una buena broma con mis hermanos. Esperaba que con el tiempo las heridas cerraran o al menos sanaran. Las cicatrices quedarían por siempre.
Lo peor sucedió luego de tres semanas de haber vuelto del Inframundo. Ya sonreía y todo, volvía a ser un tipo normal y Percy también.
Las arpías habían avistado un par de cuerpos en la playa. Un grupo de mestizos liderados por Percy nos acercamos. Una era definitivamente semidiosa y la otra una humana. La de cabello erizado tenía más o menos mi edad y la otra la de Percy. No podía ser. Hécate había acertado una vez más. Habían vuelto.
