En mi cabeza, lo único que retumbaba una y otra vez era la frase que me dijo Rachel: "ya has hecho por mí mucho más de lo que piensas"… ¿Qué querría decirme con eso? Si precisamente, las veces que nos hemos juntado Rachel y yo, ella suele ser casi siempre la reina del discurso y yo me limito a observarla con cara de lela… Cuanto más lo pienso, menos lo entiendo, y menos aun cuando, según Chloe, ella tiene algún tipo de relación sentimental con su camello. ¿Soy yo, o nada de esto tiene ningún sentido? En cualquier caso, aquí me encontraba con la enigmática rubia y nuestra amiga punki, sentadas las tres sobre la cama de la habitación de ésta última, comiendo pizza y comenzando la reunión que decidiría cómo íbamos a abordar la peliaguda misión que teníamos por delante. Estaba a punto de abrir la boca para narrar mis últimas novedades en relación al caso del cuarto oscuro, cuando Rachel se me adelantó:

—¡Antes de nada yo tengo una pregunta! —la rubia levantó la mano y habló con vehemencia— Max, entonces… si te comes esta pizza y rebobinas, ¿volvería a recomponerse y tendríamos pizza infinita? ¡Me muero de curiosidad!

Las tres nos reímos. Esta chica… De todas formas, aunque suene chorra, es una pregunta lícita. La verdad es que creo que ni yo misma conozco todas las reglas por las que se rige mi poder.

—No, eso no sería así —contesté—. Por lo que tengo comprobado, nada de lo que lleve puesto o esté conmigo se ve afectado por el rebobinado.

—Ya veo… ¡qué fuerte! Entonces… —Rachel se quedó pensativa— ¿podrías ir a un cajero automático, sacar pasta de tu cuenta, guardártela en el bolso, rebobinar… y repetir la operación infinitas veces hasta hacerte millonaria?

—Ostras, pues… sí, técnicamente creo que eso sí lo podría hacer. Siempre que a mí me quedase poder y al cajero le quedase dinero, claro.

Las dos chicas se quedaron con cara de agilipolladas según confirmaba las tesis de Rachel.

—Max, ¿te he dicho ya lo muuuuucho que te quiero? —dijo una jocosa Chloe a la que se enganchaba bien fuerte a mi brazo. Rachel, a su vez, daba palmas con gran sonrisa y alborozo.

—¡Ella sí que nos quiere! —matizó Rachel— ¡Podría estar ahora mismo en las Bahamas y haber mandado a tomar por culo a todo y a todos, y sin embargo, está aquí con nosotras! ¡Qué grande, Max! —al acabar la frase, me atusó el pelo.

La verdad, había estado con la mente tan ocupada estos días que ni siquiera se me había pasado por la cabeza el hacer algo así. Pero mira, es una motivación extra, supongo. No soy una persona que le dé demasiada importancia al dinero, pero oye, si me dicen que tengo la posibilidad de tener un buen fajo de billetes en mi poder así de gratis, pues una no es de piedra, lógicamente…

—¡Vale, ya tenemos clara la primera conclusión del día: en cuanto acabe todo esto, nos pegaremos las tres unas pedazo de vacaciones en el caribe a todo tren! —sentenció una risueña Chloe— pero ahora, pongámonos serios. A ver, vamos a hablar del cuarto oscuro y nuestro plan. Os recuerdo que estábamos en proceso de obtener pistas. ¿Tenemos algún dato nuevo que aportar?

—¡Sí! —irrumpió Rachel— ¡Yo tengo una lista de todas las transacciones que hizo Nathan con Frank! No es gran cosa, pero con esto al menos podemos saber el tipo de drogas que usaba Nathan para sus propósitos y ayudar a incriminarle. Ah, y para tu tranquilidad, Chloe… no he visto a Frank. Simplemente me colé antes en su caravana y se lo birlé.

Después de saber la historia entre Rachel y Frank, a mí también me tranquilizaba saberlo.

—Bueno… por esta vez no te diré nada, Rach. Estamos aquí para algo muy gordo y entiendo que para llegar al fondo de la cuestión se puede tener que recurrir a las malas artes —contestaba Chloe serena mientras engullía un trozo de pizza barbacoa—. Yo por mi parte, esta mañana le he sustraído otra de sus pipas al mierdastro: no pienso volver al cuarto oscuro sin una. También intenté cotillear en sus archivos pero el mamón lo tiene todo bien guardado bajo llave. De todas formas creo que quien más información nos puede aportar hoy sobre el caso es Max. ¿No es así?

—Posiblemente sí. Esto… —cogí aire— creo que he descubierto quién es la persona que anda detrás de todo esto.

—¿Entonces no era Nathan quien movía los hilos…? —Rachel apoyó ambas manos sobre el colchón y acercó su cara a la mía.

—Eso parece —continué—. Y además, ni siquiera pertenece a la familia Prescott: es mi profesor de fotografía, Mark Jefferson.

—¿Estás de coña? —Chloe puso gesto de incredulidad— Nunca he dado clase con el señor Jefferson, pero… ¿No es ese adorado profesor guaperas al que todo el alumnado le lame el culo día sí y día también?

—El mismo. De hecho… reconozco que yo misma también estaba coladita por él hasta esta mañana. Pero hoy en clase se quedó a solas hablando conmigo, se delató, y… por poco me deja inconsciente.

—Así que te gustaba ese… —Rachel, tras escucharme, se cruzó de brazos. Parecía mosqueada.

—¡Rachel, por Dios! —Chloe pegó un pequeño empujón a Rachel— ¿Es eso lo que resaltas de todo lo que nos está contando Max? ¡Acaba de decir que ese capullo casi la noquea! Continúa, Max.

Rachel trató de relajar la expresión, pero continuó de brazos cruzados. Yo por mi parte seguí con mi historia:

—La intención de Jefferson era cogernos a cada alumno por separado y sonsacarnos información sobre Nathan. Logré oírle decir de su propia boca que usaba el dinero y las instalaciones de los Prescott para sus propios fines. Para ello, me la tuve que jugar hablándole del granero y del cuarto oscuro. ¿Veis esta marca que tengo en la mejilla? Pues me la hizo Jefferson golpeándome. La única forma que tuve de escaparme de allí fue rebobinando, pero si no… no lo cuento —mi tono de voz se iba volviendo más sobrecogedor según avanzaba el relato.

—Pero… ¡menudo hijo de puta! —era la primera vez que veía a Rachel tan enfadada. Normalmente es un bálsamo de paz, pero ahora parecía fuera de sí— ¿Por qué sigue vivo ese cabronazo? ¿Dónde está ahora mismo, a ver?

—¡Cálmate de una puta vez, Rach! —una vez más, Chloe echó la peta a su amiga— Es muy, muy fuerte eso que cuentas, Max… Entonces, ¿estamos cien por cien seguras de que nuestro enemigo es Jefferson?

—Sí, al menos él, sí. No sé si habrá todavía más personas implicadas.

—Pues si ya lo sabemos, entonces, ¿a qué esperamos? ¡Max, usa tus poderes para matar a ese bastardo! —Rachel seguía a lo suyo.

—Piensa un poco, Rachel —era gracioso ver a Chloe siendo el ying que controlaba el yang de la impulsiva rubia—: ¿de qué nos vale matarle? Tan sólo serviría para facilitarle las cosas a mi mierdastro y que cierre su círculo de sospechosos con nosotras dentro. Lo que tenemos que hacer es inculparle: ir al cuarto oscuro, conseguir pruebas… hacer que el mundo conozca la verdad. Y de paso, comprobar si el guaperas cabrón tiene mis fotos.

—Chloe tiene razón, Rachel… —añadí— Tenemos que pensar con frialdad y actuar con mucha cautela.

Rachel, aun de brazos cruzados, me miró con cejas arqueadas para luego ladear la cabeza con gesto de desaire.

—Claro. Tú no le quieres matar porque te gusta.

Flipo. ¿Rachel se había pillado una rabieta infantil poniéndose celosa de Jefferson? Reconozco que incluso así estaba mona…

—¡Rach, para! ¡Estamos a lo que estamos, eh! —a Chloe se le estaba empezando a hinchar la vena de la frente— A ver, incluso sabiendo todo esto, seguimos teniendo un problema… ¿Cómo diablos vamos a entrar en el cuarto oscuro si está protegido con una compuerta blindada? Como no le sonsaquemos a Jefferson la contraseña a hostias…

—Lo secundo —añadió Rachel con voz amarga.

Las tres nos quedamos en silencio, pensando en las opciones que teníamos. Lo cierto es que no tiene una fácil solución y mis poderes aquí servirían de poco… pero después de un rato, se me iluminó la bombilla.

—¡Tengo una idea!

—A ver, Mad Max, ¿qué se te ha ocurrido esta vez? —Chloe se echó la mano a la barbilla.

—¡Tú misma lo dijiste ayer, Chloe! ¡Explosivos! Reventamos la puerta, rebobino para luego dejarla como nueva, y ya está.

Las chicas me miraron como si estuviera recitando un poema en taiwanés.

—Eh… ya. ¿Y de donde los sacamos, Max? ¿Te piensas colar en un arsenal militar o algo así? Yo ayer decía eso más bien en broma…

—¡No hará falta! Creedme: conozco a la persona perfecta. En Blackwell tengo un compañero en la rama de ciencias llamado Warren que es un cerebrito, y estoy convencida de que nos puede tener listo un explosivo para mañana.

—¿Otro amigo…? —masculló Rachel.

—Mira que te puedes poner gilipollas, ¿eh, Rach? Me parece perfecto, Max. Si tú dices que ese amigo tuyo te lo puede tener para mañana, te creo. Lo suyo sería actuar en cuanto lo tengamos, ¿no? El tiempo juega en nuestra contra.

—Yo creo que era mejor lo de sacarle la contraseña a hostias —Rachel seguía a lo suyo, hablando con un hilillo de voz mientras comía un trozo de pizza.

Se ve que a Chloe ya le debió explotar la vena, porque de repente se incorporó y reprendió con tono severo a Rachel mientras mantenía los brazos en jarra.

—¡Bueno, Rachel, se acabó! ¡Ni Max ni yo tenemos por qué soportar esta escenita! ¿Se puede saber qué coño te pasa?

Tampoco hacía falta ponerse así. Me resultaba cómico ver a Rachel picada como una niña pequeña, siempre y cuando no tuviera mayores consecuencias, claro. Rachel, en cuanto oyó los gritos de Chloe, de repente la miró asustada, como si se hubiera dado cuenta de golpe que la estaba cagando.

—Lo… lo siento. Me está volviendo a pasar…

Con la cabeza gacha y mano temblorosa, Rachel buscó en el interior de sus bolsillos hasta dar con el mismo tubo de plástico que llevaba ayer y que contenía los narcóticos. Hizo ademán de coger uno y llevárselo a la boca, pero tanto Chloe como yo la detuvimos agarrándola de la muñeca.

—¡Rachel, no! —exclamé.

—¡Lo necesito! ¡No hay otra cosa que pueda hacer! Tú misma lo has visto, Max: cuando me entra el mono, me vuelvo gilipollas y lo pago con quien no se lo merece —pude ver gotas de sudor recorriendo la frente de Rachel.

—¡Hay otras forma, Rach! —dijo Chloe con convencimiento— ¡Nos tienes a nosotras! ¡Olvídate de esas pastillas de mierda!

—¡Es inútil, Chloe! ¡Sin esto no soy nadie! ¡Déjame!

Me estaba dando angustia de ver así a Rachel. Aunque ya tenía claras las consecuencias que acarrea el ser adicto a las drogas, el verlo en primera persona me hacía reforzar aún más mis pensamientos. Tenía que hacer algo.

—¡Rachel! ¡Lo prometí! ¡Prometí ayudarte! —dije.

Rachel dejó de forcejear por un momento y me miró a los ojos con gesto de extrañeza.

—¡Te dije que te si tenías cualquier problema, haría todo lo que estuviera en mi mano para echarte un cable! —continué— ¿Ya lo has olvidado? ¡Déjame ayudarte! Por favor…

La rubia con síndrome de abstinencia pareció calmarse por un momento.

—¿De verdad me ayudarás, Max…?

—¡Claro que sí! ¡Una promesa es una promesa! —miré a Rachel con la mirada de apoyo más sincera que podía poner en este momento.

—Max… yo…

Para mi sorpresa, se puso a llorar con gesto de arrepentimiento, igual que un perrillo después de haber hecho alguna trastada. Me di cuenta de que bajo la aparente capa de perfección que vestía Rachel en el fondo hay una humana, con sus inherentes debilidades. La reacción que me salió del alma al verla así fue darle un sincero abrazo: creo que eso ahora mismo expresa mucho más que cualquier palabra que la pudiera decir.

—Gracias, Max… —se la notaba la voz muy emocionada mientras me devolvía el abrazo, se apoyaba en mi hombro y me humedecía la chaqueta con sus lágrimas. Mientras, noté que la peliazul me miraba con gesto serio mientras negaba con la cabeza. Lo siento, Chloe, pero qué quieres que te diga... Si hay algo que esté en mi mano para ayudar a Rachel, lo haré, al margen de lo que tú me aconsejes o de lo que a ti te parezca.

—En fin… —Chloe desvió la mirada y puso gesto de mosqueo— me voy a callar porque ahora no es el momento. Vamos a finiquitar esto: Max, ¿nos puedes confirmar si Jefferson va a estar mañana dando clase en Blackwell?

—Eh… sí —contesté según terminaba de soltar a una Rachel ahora algo más tranquila—. Mañana supuestamente también tengo clase de fotografía con él entre nueve y doce.

—Pues si os parece, y siempre y cuando dispongamos de los explosivos para esa hora, quedamos en Blackwell mañana a las diez. Iremos las tres bien descansadas, con Jefferson ocupado dando clase y con Max y sus poderes reestablecidos a tope. ¿Qué os parece?

Chloe terminó la frase con gesto vibrante mientras que Rachel se pasaba la mano por su mejilla terminando de secarse las lágrimas. Parecía como si la punki estuviera acostumbrada ya a vivir ese tipo de arrebatos de su amiga de forma cotidiana y quisiera quitarle hierro al asunto a toda costa.

—A mí me parece perfecto —afirmé.

Me quedé bastante impactada al ver las capacidades de liderazgo que estaba demostrando Chloe. En apenas lo que habían durado las pizzas habíamos hilado el plan a la perfección, aunque estaba ciertamente preocupada por Rachel. ¿De verdad estaba bien? ¿He hecho mal mencionando a Jefferson o a Warren? Me sentía un poco culpable…

—Allí estaré, chicas. Lo prometo —Rachel trato de sobreponerse con una contundente respuesta positiva que parecía indicar sus deseos de redimirse y cooperar con nosotras.

—Perfecto. ¡Estamos juntas en esto, chicas! ¡No lo olvidéis!

Al terminar la frase, Chloe extendió su mano derecha como señal de pacto y yo me uní poniendo mi mano encima. Pude fijarme como Rachel miraba a la peliazul con ojitos de cordero degollado antes de tomar parte, y cómo ésta le devolvía a su vez una mirada complaciente con cejas alzadas, como queriendo decir "anda, no seas tonta y únete a nosotras, que te perdono". Finalmente Rachel completó el sello poniendo su mano encima de la mía y mirándonos las tres con complicidad.

—Aprovechad esta tarde para reposar bien. Y Max, confiamos en ti para que mañana tengamos los explosivos listos. Si ocurre cualquier contratiempo, nos avisas.

Estaba todo más que hablado. Poco después de cerrar el pacto, dimos por concluida la reunión y Rachel y yo nos dispusimos a salir de la habitación, despidiéndonos de Chloe con un abrazo. Me alegré de ver que cuando Rachel abrazó a su amiga, lo hizo con especial intensidad, como pidiendo perdón por su comportamiento. Después, la rubia y yo bajamos juntas las escaleras y, de forma similar a ayer, nos quedamos de nuevo a solas en el porche de una casa que no era nuestra. ¿Me pediría hoy también Rachel que la acompañase hasta su casa? A los pocos pasos, se detuvo y se situó enfrente de mí.

—Max —le costaba mantener su mirada—. ¿Me dejas… tomarte la palabra?

¿Tomarme… la palabra? Puse cara de extrañeza.

—¿A qué te refieres, Rachel? No entiendo…

—Te tomo la palabra y acepto tu ayuda. ¿Me dejas… ser ayudada por ti?

—Eh… claro —a pesar de sus explicaciones, seguía siendo bastante enigmática—. Yo encantada, Rachel, pero… ¿qué puedo hacer exactamente? No estoy segura de cómo te puedo ayudar…

—Eres la única que puede ayudarme, Max —los ojos de Rachel brillaban con más intensidad que el faro de Arcadia Bay.

—¿Soy… la única?

—Lo eres. Te lo demostraré… a su debido tiempo.

No hubo beso final. Sin más, Rachel se dio la vuelta y corrió hacía su casa, girando su cabeza hacía atrás y agitando su mano en lo alto para despedirse de mí con una tímida sonrisa en la cara. Según se alejaba y se iba convirtiendo un pequeño punto en el horizonte de esta calle del barrio residencial, noté como todo mi cuerpo ya la echaba de menos. Su voz, el contacto con su piel, el olor de su pelo... todo.

Me sentía ciertamente insatisfecha. No tenía nada claro si mi encuentro de hoy con Rachel había servido para fortalecer la relación, para debilitarla, o qué. Me ha piropeado, nos hemos abrazado varias veces… pero por otro lado, se ha picado momentáneamente conmigo y me ha mostrado su lado más infantil y caprichoso. Tío, me encuentro hecha un maldito lío… y muy necesitada. Noté como todo mi cuerpo ardía cuando me dispuse a enfrentarme a la dura realidad: me tenía que volver a Blackwell más sola que la una. Todavía puedes rebobinar, traer a Rachel de vuelta y tratar de cambiar el rumbo de los acontecimientos de alguna forma poco sutil, Max… Mierda, mis hormonas están hablando por mí.

Durante el camino de vuelta traté de desviar la atención de mis pensamientos mirando el móvil. Vi que tenía nuevos mensajes de Kate: por lo visto se alegraba —y según sus emoticonos, también se ruborizaba— al descubrir que sí que me gustó lo que vi de ella el sábado. También me contó que la entrevista que tuvo con Jefferson había sido de lo más extraña e inquietante, pero que negó todo lo que tuviera que ver con Nathan o el Club Vortex, tal como la insté a hacer. Por último, añadió que Jefferson le dejó un recado para mí: que como no había asistido, que tenía la evaluación suspensa. Oh, qué gran tragedia. Chúpame el culo, Jefferson.

Aproveché el paseo también para hablar con Warren y dar comienzo a la operación bomba. En esta ocasión, le llamé directamente a su móvil: así sería mucho más sencillo.

—¡Doctor Graham al habla! ¿Qué desea, señorita Caulfield? —Warren, después de un par de tonos, contestó poniendo una cómica voz grave.

—¡Hola, Warren! Escucha, en relación a lo que hablamos esta mañana… es posible que sí que necesite un pequeñísimo favor de ti…

—¡Faltaría Max! —Warren acompañó su barato juego de palabras con una risueña voz. Sabía que no le importaría ayudarme— ¿De qué se trata?

—Pues verás… ¿Recuerdas aquella vez hace un par de semanas cuando estuvimos viendo El Club de la Lucha y me comentaste que era cierto que fabricar explosivos caseros es muy sencillo?

—Sí, lo recuerdo…

—Bien, pues… ¿Tú podrías, con tus fabulosos conocimientos de química y tu gran sabiduría, fabricarme un explosivo lo suficientemente potente como para, digamos… abrir una compuerta metálica?

—¡La hostia puta, Max! Pero, ¿puede saberse en qué jaleos andas metida?

—Te lo contaré, Warren… a su debido tiempo. Ahora es importante que me confirmes… podrías, ¿sí o no?

—Eh… Técnicamente sí es posible. Simplemente con cloruro de potasio, decolorante y vaselina se puede fabricar una especie de C-4 casero.

—¿C-4…? —a mi todas las movidas químicas que me contaba Warren me sonaban a chino cantonés.

—Es un tipo de explosivo plástico que se utiliza comúnmente para derribar puertas o muros. Es muy maleable y además muy seguro, ya que sólo se puede detonar con un impulso eléctrico. Pero para tirar una compuerta blindada hace falta mucha cantidad…

—¡Genial! Y… ¿me lo podrías tener para… digamos… mañana a las diez de la mañana?

—Uf… —Oía a Warren resoplar al otro lado de la línea— aunque técnicamente sea posible, me estás pidiendo algo muy complicado y laborioso… No sé qué decirte, Max… es un marrón muy grande.

—Escucha, Warren… Sé que estoy pidiendo mucho, así que… no te estoy diciendo que lo tengas que hacer gratis.

El plan no podía esperar. Necesitábamos actuar cuanto antes, o si no, tanto Jefferson como Madsen probablemente nos joderían más de lo deseable, así que decidí que estoy dispuesta a hacer cualquier cosa con tal de tener los explosivos listos para mañana. Bueno… casi cualquier cosa.

—No, Max. Tampoco quiero que me des dinero. Es sólo que esto es un poco…

—Puedo pagarte de otras formas… —interrumpí a Warren poniéndole una voz más aterciopelada.

Hubo un par de segundos de silencio hasta que Warren contestó. A juzgar por el tono que puso, estaba embobado perdido.

—¡Wow! ¿Hola? ¿Seguro que estoy hablando con la misma Max que yo conozco…?

—Tú sólo espera unos instantes, Warren —proseguía mi camino y ya podía divisar la academia a lo lejos—. Ahora en cinco minutos me pongo en contacto contigo y me confirmas si me lo puedes hacer o no, ¿vale?

—Eh… bueno…

Colgué el teléfono y apreté el paso para llegar cuanto antes a la residencia de estudiantes. Por los escasos conocimientos que poseo de la mente masculina, creo que puedo garantizar que Warren me va a decir que sí en cuanto termine de llevar a cabo mi plan persuasor. En cuanto pisé el campus, miré en todas direcciones no fuera a ser que el mierdastro siguiera todavía por ahí, pero parecía que no había ni rastro de él: los alrededores de Blackwell se encontraban bastante desiertos en este momento, con la excepción de un par de estudiantes anónimos dando un garbeo y Samuel, el bedel, que se encontraba por ahí barriendo las hojas del suelo.

Con toda la prontitud de la que fui capaz, llegué a mi habitación y cerré la puerta con pestillo. Posé mi bolso en la cama y sin más, me quité la ropa: retiré mi chaqueta y mi camiseta, me descalcé, me deshice de la minifalda y las medias que tanto le habían gustado a Rachel, me desabroché el sujetador y me quedé tan sólo con mis bragas rojas puestas. Acto seguido cogí el móvil, lo puse en modo cámara y me hice un selfie frente al espejo. Como medida de seguridad básica, traté de que no saliera mi cara completa: corté la foto a la altura de la nariz, esbozando media sonrisa a la que mostraba mis encantos casi al completo.

Contactos. Warren. Enviar.

Sí, sé que no es algo que haya meditado demasiado, pero todavía tengo unos minutos para arrepentirme y rebobinar. La respuesta que recibí en el móvil del chico científico no se hizo esperar: "Para mañana a las diez lo tienes sin falta".