Capitulo 14
Cuando me abrió la puerta me di cuenta de que el cansancio de su voz se reflejaba también en su cara. Aunque me moría de ganas de rodearla con mis brazos y abrazarla con fuerza, me limité a darle un beso de pico , a modo de saludo. Tuve la sensación de que mi gesto la pillaba un poco por sorpresa, esperaba algo apasionado , pero no dijo nada.
Llevaba otra vez su bata de seda, aunque en esta ocasión se había puesto debajo un pijama también de seda. Pensé en lo excitante que sería quitárselo... El cosquilleo que sentía en los dedos era tan intenso que tuve la sensación de haberlos metido en un hormiguero. Pero no: esta noche le tocaba a ella. Sólo a ella.
—¿Tienes una bolsa de agua caliente? — le pregunté, mientras la seguía por la habitación. Se paró en seco y casi chocamos.
—¿Una bolsa de agua caliente? —repitió en tono escéptico, después de volverse para mirarme.
—Sí. O una esterilla eléctrica, aunque va mejor una bolsa de agua caliente.
—¿Va mejor una bolsa de agua caliente? Le acaricié la mejilla con el dorso de la mano. Me habría gustado prolongar aquella caricia, pero conseguí controlarme. Me eché a reír.
—Para que estés calentita, cariño.
—Pero si no tengo frío brittany —protestó, un poco molesta. Era de esperar, me dije, después de una jornada laboral tan ardiente.
—A lo mejor coges frío mientras te hago un masaje. —. Eso es lo que había planeado. —Observé su rostro y vi cómo aumentaba el cansancio. Tenía que actuar con rapidez—. Ya te lo he dicho por teléfono y te lo repito ahora: te aseguro que lo único que pretendo es hacerte un masaje. — Levanté la mano derecha—. Te lo juro por la gran naya rivera
— ¿naya rivera? ¿Quién es esa? . — Ahora estaba algo más que molesta. Seguramente, no veía mucha tv solo cuando está conmigo relajada en el sofá.
— cariño es una actriz de televisión, es muy hermosa , es latina como tú . de hecho tienen cierto parecido . no lo había notado antes.
—es decir que solo te gusto, ¿ porque me parezco a esa mujer? empezó a decir, al parecer un tanto confusa.
Jajaja No, claro que no—la idea de sus celos me hizo reír— a mí me gustas solamente tú. Y sabes que te amo. No lo pondría en duda así tenga en frente a la mismísima naya rivera.
—¿puedes dejar de hablar de esa mujer? y de decir su nombre y apellido —en su rostro veía mucho enfado, Me gustaba tanto aquella, escenita de celos que me estaba dando — Tengo una esterilla eléctrica —dijo, a pesar de todo.
Seguramente, también era de seda, lo cual explicaba por qué no tenía una bolsa de agua caliente: porque no las hacen de seda.
—Perfecto —dije alegremente, haciendo caso omiso de su enfado —. ¿Puede traerla? —Un tanto desorientada, echó un vistazo a su alrededor como si fuera la primera vez que veía aquel apartamento, y luego se dirigió a su habitación. Yo la habría seguido, pero esta vez me tocaba esperar a que me invitaran a hacerlo.
Volvió poco después y, efectivamente, traía una esterilla eléctrica. Y no tenía la funda de seda.
—Bueno —dije, mientras miraba a mi alrededor con aire dudoso—, ¿dónde te hago el masaje?
—Aquí —dijo. La seguí, impulsada por la curiosidad puesto que nunca había llegado hasta allá solo hasta la cama que se encontraba en una parte del gran salón de su apartamento. Su habitación era bastante lujosa —como ya había supuesto— pero no era ni recargada ni —como ya tendría que haberme imaginado— sórdida. No puede evitar sonreír enormemente cuando me fijé que sobre su cama estaba el enorme oso de peluche que le regale el cual reposaba en las sábanas de seda.
—Te gusta la seda, ¿eh?
—Sí, me gusta el contacto de la seda en mi piel.
Para alguien que había vivido sin ternura durante tanto tiempo como ella, supuse que aquello era lo más parecido. Y, además, no tenía riesgos. Pensé en su piel, tan suave como la seda, y sentí un deseo inmediato de acariciarla. Sin embargo, ese día le tocaba era un buen masaje.
—puedo darte un masaje en varias partes del cuerpo si te acuestas de espaldas, pero para un masaje verdaderamente relajante, tendrías que acostarte boca abajo — dije—. ¿Te incomoda? Si te incomoda, lo dejamos.
Estaba frente a mí, a unos tres pasos de distancia, y no me cupo ninguna duda de que jamás se había encontrado en una situación parecida. Es más, nunca se le había ocurrido que podía llegar a encontrarse en una situación así. Ni sabía cómo comportarse, ni sabía qué esperar de todo aquello
No me costó mucho imaginar su situación: aquella misma mañana, éramos una pareja normal , o al menos algo muy parecido. Aquella noche, y después del día que había tenido la pobre, cualquier actividad que incluyera la palabra "amor" debía de parecerle menos apetecible de lo normal. Así pues... ¿qué pintaba yo en todo aquello?
Y ahora, esto. Ambas sabíamos perfectamente qué clase de riesgo asumía al colocarse en una posición que, para la mayoría de la gente, no implicaba nada más que absoluto relax. Para ella, sin embargo, estaba claro que iba asociada a una experiencia traumática, de la cual no me ha hablado aún, la verdad me intriga saber acerca de esa historia, y de la persona de la cual recordaba en ese momento , yo aún recuerdo como revivió aquello durante nuestro primer encuentro "por favor, no me pegues" fueron sus palabras aquella vez que se colocó boca abajo.
—¿Qué te parece si primero te acuestas boca arriba ? —Sugerí—.Más tarde, si quieres, te das la vuelta y te acuestas boca abajo. Y si no quieres, no pasa nada.
A pesar de todo el lujo, en su habitación se había creado ahora una atmósfera parecida a la de la consulta de un médico. Nada de lo que se dijera allí parecía insinuante o peligroso, cosa que en cualquier otra circunstancia me hubiese parecido exactamente lo contrario de lo que yo buscaba. Ese día, sin embargo, era lo adecuado.
Me miró, después se desabrochó muy despacio el cinturón de la bata y por último se la quitó. Bueno, a lo mejor lo de la consulta del médico había sido un pelín precipitado... Fingí buscar una toma de corriente para enchufar la esterilla. Por lo menos, eso me permitía esconder la cabeza debajo de la cama y tranquilizarme un poco.
Cuando volví a ponerme en pie, ya se había desnudado por completo y se había metido debajo de la manta. Le di la esterilla eléctrica.
—Ya la he enchufado —dije—, se calentará enseguida. Lo mejor sería que te la pusieras debajo de los hombros, que es lo primero que se pone tenso. Examinó la esterilla —probablemente, era la primera vez que la usaba— y luego la colocó entre su cuerpo y la almohada de la cama. Sujetaba con fuerza la manta para taparse los pechos, lo cual casi me hizo reír.
Acto seguido, empecé. Me siguió con la mirada cuando crucé la habitación. Saqué una botella de aceite para masajes del bolsillo de mi chaqueta, me quité la chaqueta y me subí las mangas. Lo del aceite para masajes la impresionó bastante: de hecho, se quedó más que sorprendida cuando me vio sacarlo del bolsillo. Por su mirada, supe lo que estaba pensando: que aquello aumentaba considerablemente las probabilidades de que yo tuviera intenciones reales y que de verdad me preocupaba por ella.
—Una buena ama de casa —bromeé— siempre tiene una botella de estas a mano. — Me senté a los pies de la cama y la observé con una mirada profesional—. Creo que voy a empezar por los hombros. ¿Te parece bien? —Teniendo en cuenta que sus hombros eran la única parte de su cuerpo que había quedado al descubierto, no tendría que soltar la manta para que yo pudiera empezar.
Abrí la botellita y me eché un poco de aceite en las manos. Había llegado el momento de poner a prueba mi autocontrol. Con mucho cuidado, coloqué las manos sobre sus hombros. Ella no dio un brinco, pero yo sí... ¿o tal vez fuimos las dos a la vez? No es que la suavidad aterciopelada de su piel me pilara desprevenida, pero noté un ligero cosquilleo. Deseaba tocarla desde que había llegado: ahora ella estaba allí acostada, yo la estaba tocando, y eso era todo. Sin embargo, le había hecho una promesa y, en cualquier caso, quería que por una vez obtuviera lo que de verdad necesitaba.
Empecé a darle un suave masaje en los músculos con los pulgares. Lo de "tensa" era solo un decir , pues en realidad estaba dura como una piedra. "Menudo día ha tenido", pensé. Cuando aumenté un poco la presión, soltó un gritito y yo aflojé de inmediato.
—Lo siento —dije—, pero es que estás muy tensa. Tendré que seguir un buen rato para que la cosa mejore.
—Me estás dando un masaje. —Estaba de lo más sorprendida. Me miré las manos, un tanto dubitativa
.—Eh... sí, creo que así es como lo llaman
.— Pero ¡me estás dando un masaje! Sin yo pedírtelo, simplemente porque te salió del corazón hacerlo. No me daban uno desde que Katherine lo hacía y solo cuando yo estaba muy molesta con ella , entonces yo se lo pedía en cambio, tu , solo lo haces porque si —Seguía sin poder creérselo.
—Creo que es justo lo que necesitas ahora mismo. ¿Por qué no iba a hacerlo? — ¿Cómo podía hacerle entender que tenía un derecho indiscutible e inalienable a ello? No al masaje en sí, sino al hecho de que alguien después de Katherine la cuidara y se preocupara por ella. Sin embargo, le parecía una cosa rarísima.
—Si tuvieras bañera —dije, centrándome en los aspectos prácticos—, primero te habría hecho meter dentro para relajar los músculos. Así se tarda más. —No quería que pensara en nada, excepto en relajarse. Cerró los ojos.
—Se tarde lo que se tarde, no me parecerá mucho —murmuró, mientras disfrutaba del masaje. Seguí trabajando en sus hombros hasta que por fin se ablandaron los músculos. Después aparté un poco la manta y empecé a darle un masaje en los brazos. Cuando aparté la manta un poquito más, sus pechos quedaron a la vista y yo tragué saliva tan discretamente como pude. Qué ingenua había sido al pensar que podía controlar mis sentimientos ante un cuerpo como el suyo. Sus pechos subían y bajaban al compás de su respiración , sus pezones se veian tan hermosos. Mis manos se encaminaron directamente hacia ellos por voluntad propia, pero conseguí frenarlas en el último momento. Por desgracia, allí no había nada que masajear, es decir, que no tenía ninguna excusa para tocarlos. Suspiré para mis adentros y aparté la manta un poco más. Mientras lo hacía, no dejé de observarla ni un segundo, pues no quería que volviera a ponerse tensa. Parpadeó rápidamente.
—¿Tienes frío? —le pregunté. Tardó casi un minuto en reaccionar.
—No —contestó, finalmente. Me pareció que su voz sonaba mucho más relajada que antes—. Es maravilloso, tu eres maravillosa
—Te iría bien hacerte un masaje de vez en cuando —empecé a trabajarle las caderas y a punto estuve de añadir ""teniendo en cuenta tu profesión, deberías dejarlo, yo te mantengo te lo doy todo , todo lo que me pidas, cada uno de los lujos de los cuales estas acostumbrada y lo que necesite tu familia a ellos también los mantengo"", pero me contuve en el último segundo, es obvio que no aceptaría vivir bajo mi sustento ella tiene su enorme orgullo y simplemente no me lo permitiría
—si me iría bien frecuentar estos mimos —contestó en un tono muy sosegado. Desplacé las manos hacia sus muslos y empecé a darle un masaje en esa zona. Me esforcé al máximo en mirar sólo sus piernas y, más concretamente, la zona en la que le estaba dando el masaje. Pronto empecé a sudar. Menos mal que no era una cosa demasiado evidente, ni tampoco rara en una actividad así. Siempre podía decir que era a causa del esfuerzo.
—Bueno —dije al cabo de un rato—, por desgracia, ahora tienes que tomar una decisión. ¿Quieres darte la vuelta? — Conscientemente, utilicé un tono estilo "consulta del médico".
Se puso un poco tensa, aunque era de esperar, y entreabrió los ojos. Parecía como si los párpados le pesaran demasiado para abrirlos del todo. ¡Madre mía, aquella sí que era una mirada sensual en el verdadero sentido de la palabra! Desvié la vista hacia otro lado.
—Lo intentaré —dijo, tras una ligera vacilación.
Me emocionó su confianza. Después de todo, no conservaba recuerdos precisamente agradables de la última vez, y la última vez había sido conmigo. Permití que lo hiciera tan despacio como quisiera y lo cierto es que lo hizo muy despacio. Cuando finalmente se tumbó boca abajo, contemplé sus increíbles curvas y dije, en un tono de lo más alegre:
—Voy a empezar otra vez por los hombros. —Por lo menos, debía darle la oportunidad de estar preparada antes de que la tocara. Tome un poco más de aceite de la botella y me froté las manos—. Allá voy — insistí, lo cual no impidió que se sobresaltara cuando la toqué. "Dios mío —pensé—, ¿cómo debió de sentirse la última vez?".
Todavía me avergonzaba al recordarlo, aunque no había sido culpa mía porque yo no sabía nada aún sigo sin saber que le sucedió .A pesar del masaje que le había hecho mientras estaba tumbada boca arriba, los músculos de sus hombros seguían estando tensos.
Estoy segura de que, antes de empezar, su cuerpo era como un arco tensado al máximo. Empecé el masaje por los hombros y lentamente fui bajando por la espalda hasta llegar al trasero. Admito que me tomé mi tiempo: a ella le fue bien y a mí me dio la oportunidad de disfrutar por lo menos un poco de la calidez y de la suavidad de su piel. Finalmente, le di un breve masaje en la parte posterior de las piernas.
—Bueno —dije, a modo de conclusión. No pude evitarlo y, antes de darme cuenta de lo que estaba haciendo, le di una palmadita suave en su lindo trasero.
—¡Ay! —exclamó ella, aunque no pareció disgustada ante aquella muestra de afecto. En cualquier caso, ahora sí que estaba relajada.
—Y ahora —proseguí—, nos falta lo mejor de todo. —Para hacer esto, es necesario que vuelvas a acostarte de espaldas —dije, con aires de misterio. Lo hizo y me miró con cara de expectación. En su rostro apareció exactamente la expresión que yo esperaba. Cogí la manta y la tapé—. Para que no te enfríes —dije. Su cara de sorpresa me hizo sonreír—. Lo único que quiero son tus pies. Me desplacé hasta el otro lado de la cama y aparté la manta lo justo para verle los pies.
Por supuesto, me habría gustado ver también el resto de su cuerpo, pero estaba segura de que no me faltarían oportunidades. Le cogí un pie con las manos y le di un masaje suave, mientras ella gemía de placer. Cualquiera habría pensado que le estaba haciendo otra cosa..
.— Qué sensación tan maravillosa —dijo, complacida.
—Sí —afirmé, con satisfacción—. Y ahora, relájate. Duerme, si quieres.
—Pero no quiero dormir —protestó débilmente.
Sonreí, pues estaba segura de que no lo resistiría, por mucha voluntad que tuviese. Le di un masaje en el otro pie y, al cabo de un rato, la oí respirar profundamente: se había quedado dormida. Di por terminado el masaje y me puse en pie. Me acerqué a la cabecera de la cama y la contemplé: dormía como una niña, completamente relajada. Ni siquiera tras una larga noche de sexo y pasión la había visto dormir así. Me di cuenta entonces de lo mucho que la amaba. ¿Cómo me las arreglaba para soportarlo? Sólo había transcurrido un día desde que ella había vuelto al "trabajo".
Tome la parte superior de su pijama y se la eché por encima. Murmuró algo ante aquella interrupción de su sueño, pero le acaricié la mejilla.— Duerme —le susurré, en un tono apenas audible—, duerme, mi amor. —Le di un beso en la frente y me incorporé.
Me gustaría haberme quedado a pasar la noche allí, pero no quería tomar esa decisión mientras ella dormía. Tal vez prefería despertarse sola tras una jornada tan intensa como la que había tenido. Me puse la chaqueta, dirigí una última mirada a su rostro y sonreí. Tras salir, cerré la puerta con tanto sigilo como pude.
[Continuara…]
