Capítulo XIV
"No sé lo que está sucediendo, giras y tocas mi corazón, en un momento de silencio, habla la verdad"
Cuando llegué a casa, me quedé en el coche por algunos minutos. La verdad es que no estaba seguro de cuántos. Lo único que deambulaba por mi cabeza, era Isabelle, y la hermosa sonrisa que me había dado cuando bajamos por el ascensor. Miré mi reflejo en el espejo retrovisor. Ni yo mismo era capaz de explicarme la creciente ansiedad que experimentaba junto a ella, y la necesidad primaria, de tenerla a mi lado.
Se nos habían quedado algunos pendientes, entre ellos, saber qué tipo de relación era la que comenzaríamos a tener, y yo no me caracterizaba precisamente por ir despacio. Cuando quería algo, lo conseguía, así tuviera que pasar noches en vela, o planear una cita romántica en menos de un día.
Lo primero que hice fue llamar a Isabelle, de ese modo sabría si estaba de acuerdo. Tomé el teléfono y el corazón me empezó a latir con fuerza, incluso antes de escuchar su voz.
- Dame un momento – contestó, y me dejó ahí en silencio.
Miré el teléfono un par de veces, para asegurarme de que la llamada seguía existiendo, obviamente no había llamado en buen momento. Esperé hasta que finalmente volví a escuchar su voz.
- ¿Hola?... – preguntó susurrando.
- ¿Pasa algo? – quise saber.
Ella no contestó de inmediato, era como si evaluara algo, como si estuviese deliberando si debía decirlo o no.
- Nada… mi amiga y su hermano que están en casa… - respondió con calma.
-Mmm… - hice un sonido, mientras pensaba en lo poco que sabía de Isabelle y de sus amistades, una amiga y su hermano. Sabía que no era bueno sentirme celoso, pero ahí estaba ese sentimiento, royendo muy despacio mi interior - … no me has hablado de tu amiga… y menos de su hermano…
- No hemos tenido precisamente tiempo de hablar… - me respondió, y no pude contener la risa. Izzy era así, decía las cosas tal como las veía.
- En eso tengo que darte la razón… - le respondí, con la diversión y, porque no, un toque de sensualidad jugando en mi voz.
Ella se quedó en completo silencio.
- ¿Izzy?... – pregunté.
- ¿Sí?... – su voz sonaba contenida.
- Pensé que se había cortado la llamada… - le aclaré.
- No… sigo aquí… todavía… viva… - suspiró.
Y ahí estaba la risa fácil que se me escapaba con ella. Me preguntaba si Isabelle sería consciente de lo adorable que era.
- ¿Qué pasa?... – me preguntó.
Luego ambos nos quedamos en silencio.
- ¿Izzy?... – volví a preguntar cuando el silencio se prolongó demasiado. Esperaba que no se hubiese molestado por qué me reí.
Pero entonces comenzó a hablar sin pausa.
- Es que no quiero parecer una chica ligera contigo… aunque en realidad me siento muy ligera cuando estoy contigo… lo que quiero decir, es que quiero y me muero por estar contigo, pero no quiero que parezca que no sería así sólo contigo…
- Izzy… - hablé, esperando calmarla, pero ya sabía yo que cuando comenzaba así no callaba hasta que había dicho todo lo que había en su cabeza.
- … sé que empecé a salir con tu hermano, y sé que los hermanos deben contarse todo, más si son tan hermanos como son Tom y tú…
- ¡Izzy! – volví a intentar, está vez con más insistencia.
Cuando comprendí que no me escucharía, corté la llamada, quizás al no escucharme reaccionara.
Volví a marcar casi de inmediato.
- ¿Si? – respondió de inmediato, y por un momento me pareció que su voz se había quebrado.
- ¿Ya te has calmado? – le pregunté, esperando que entendiera porque había cortado.
- Casi… - suspiro.
Ese era el momento de proponérselo. Sentía el corazón agitado y la garganta cerrada por la ansiedad por su respuesta.
- ¿Qué tal si hablamos mañana por la noche?
- ¿Mañana? – me preguntó.
Esperaba que no respondiera que no.
- Sí… - afirmé.
Se quedó en silencio un segundo antes de responder. Yo cerré los ojos esperando que su voz me regalara un respuesta positiva.
- Bien… mañana por la noche entonces… - me pareció que sonreía cuando contestó, y eso me hizo sonreír a mí.
Nos quedamos en silencio, compartiendo un momento que me pareció extrañamente mágico.
- Tengo que volver con… mis amigos… - dijo con suavidad.
- Claro… - acepté, muy a mi pesar. Creo que me habría quedado con ella al teléfono toda la noche.
- ¿Izzy?... – pregunté, ante la idea de que hubiese cortado la llamada.
- ¿Sí?... – contestó
Y otra vez un pequeño silencio, que rompí esperando que la caricia de mi voz, tocara su alma.
- Que tengas una buena noche…
Por un segundo me pareció oírla suspirar.
- Tú también… - susurró
Pero el que se quedó tocado del alma, fui yo. Sonreí, probablemente ella ni se enteraba de todo lo que remecía en mi interior.
- Nos vemos mañana sobre las ocho, ¿te parece?... – hablé.
- Sobre las ocho… - aceptó.
Respiré una vez más, mientras aún estábamos en el teléfono, y corté luego, porque si no lo hacía ahora, no podría hacerlo.
Dejé caer la cabeza atrás y la apoyé en el asiento. Me mordí el labio, degustando de alguna manera el delicioso sabor de sus besos, que tendría que esperar a la cena de mañana, para volver a probar.
.
A las ocho y veinte tres minutos de la tarde, estábamos Isabelle y yo, entrando a un prestigioso Hotel de Los Ángeles, que además de ser uno de los más lujosos, contaba con un servicio que personalmente me interesaba. Privacidad garantizada bajo contrato, así que había pedido una de las suites, de modo que las flores, la cena e incluso la posibilidad de una noche romántica, estaría tras esas puertas, con tranquilidad, aunque Gerard se quedaría cerca.
Pero creo que a pesar de lo mucho que me esmeré en preparar esta noche, y lo mucho que la deseaba también, tenía un nudo en el estómago, tan grande. Sólo esperaba que a Isabelle le gustara todo, el lugar, las flores que había pedido por catalogo, desde luego, y aquella pequeña sorpresa que la esperaría en la habitación, si finalmente quería quedarse.
- Por aquí.
Nos dijo el empleado que nos guiaba hasta la suite.
Isabelle y yo lo seguíamos, y ella se mantenía en silencio, tal como había sido durante todo el camino. Miré su mano más de una vez, antes de llegar a la habitación, y quise enlazar sus dedos, pero esta actitud tan distante que ella había mostrado desde que nos encontramos, me retenía. No quería coaccionarla, no quería que sintiera, de ningún modo, que estaba obligada conmigo a algo.
- Que tengan un buena velada – nos deseo el empleado, una vez que entramos, desde la puerta.
- Gracias – respondí.
E incluso en ese momento Isabelle no dijo nada.
Ya estaba comenzando a sentir, que esta no había sido una buena idea.
Cuando la puerta se cerró, la miré directamente. Estaba de pie en medio de la habitación, sosteniendo su bolso con ambas manos, el vestido claro que hoy traía y unos tacones de vértigo, que no estaba seguro de si era apropiado que llevara, después de su lesión. Pero lo más notorio de todo, era ese maldito silencio que me estaba poniendo nervioso.
Le sonreí, pensando que quizás eso aligerara un poco la tensión. Al menos me respondió del mismo modo. De inmediato miré a mi izquierda, ahí estaba la mesa preparad para nuestra cena, con un hermoso ramo de flores descansando sobre una mesa auxiliar, y para mi salvación, una botella de champagne.
- ¿champagne? – le ofrecí, creo que más ansioso de lo que quería parecer.
- ¡Por favor! – respondió con tanto énfasis, que me pregunté si no sería mejor llevarla de vuelta a casa.
Respiré profundamente y me propuse esperar un poco más, si veía que no se relajaba, lo mejor sería llevarla a su casa y liberarla de cualquier compromiso que sintiera que había adquirido conmigo.
Comencé a abrir la botella, y no pude evitar pensar en lo que me había dicho en el teléfono la noche anterior sobre ella y Tom. Entonces no le presté demasiada atención, pero ¿y sí ella había estado con Tom en una situación similar?, ¿y si se sentía extraña compartiendo esto conmigo?
Me mordí el labio algo inquieto no era precisamente algo que me gustaría hacer, competir con la forma de ser de Tom en momentos como este. Tenía mi experiencia en el campo, pero no se acercaba, ni de lejos, a la que tenía mi hermano. En ese momento, y cuando estaba listo para descorchar la botella, noté su presencia junto a mí. Con los tacones que llevaba, estaba casi tan alta como yo.
- ¿Son para mí? – preguntó con la voz contenida y susurrante.
Y en ese momento el corcho se disparó, dejando escapar parte del burbujeante líquido sobre la alfombra. Sólo no esperaba que este fuera un presagió de lo que nos podía suceder.
- Sí… - le respondí, mientras servía las copas, intentando parecer resuelto - ¿te gustan?
Isabelle asintió, mientras recibía una copa que le extendí. Me miró un momento.
- Son hermosas – aún tenía la voz contenida.
Y cuando le dio su aprobación a las flores, creo que de un modo oculto, me felicité.
Acerqué mi copa a la suya, dejando que el delicado sonido de estas al chocar, nos diera el impulso que necesitábamos.
- Por nuestra primera cita… - dije, sonándome cursis, esas palabras, incluso a mí.
Pero entonces sus ojos azules me miraron, y en su boca se marco una suave sonrisa.
Comenzó a beber de su copa, como su fuese agua, y solo cuando estuvo vacía, volvió a mirarme. Suspiró y me extendió la copa, pidiéndome con aquel gesto que se la llenara. Así que lo hice. Su siguiente paso fue el de beber nuevamente, y cuando pensé que no se detendría hasta vaciar la copa otra vez. Paró.
- ¿Qué hay tras esa puerta? – preguntó indicando a mi izquierda, parecía algo más animada.
Por la ubicación de la mesa y de la sala, concluí que esa sería la habitación desde la que nos traerían la cena.
- Algo parecido a la cocina – le conté, pasando a beber algo más de mi copa.
Notaba como el alcohol iba calmándome de forma ligera, aunque aún no acababa del todo con mi ansiedad.
- Ah… - expresó su comprensión.
Lo siguiente, fue su bolso sobre la mesa, para luego beber el resto de lo que contenía aún su copa, y apuntar con ella, ya vacía, hacia mi derecha.
- ¿Y en esa? – preguntó refiriéndose a la otra puerta, que por los algunos pétalos de rosa que había antes de la puerta, supe que era la habitación.
- … no lo sé… - titubeé, sintiéndome torpe por ello - … pero ahí está la terraza… - indiqué tras ella, captando su atención.
Se dio la vuelta y miró. Para ese momento la tarde estaba muriendo poco a poco en el horizonte. Aún se veía el sol, y eso le daba al fondo que rodeaba a Isabelle, el tono perfecto, para su piel, su cabello recogido, y su sonrisa.
- Quiero verlo… - dijo, volviendo a mirarme, con los ojos avivados por el champagne
Y a mí se me olvido mi torpeza y todo lo demás. Caminé hacía ella y ambos salimos a la terraza, que era más amplia de lo que me esperaba. El lugar estaba completamente aislado de todo y podíamos ver los tejados de otros edificios y casas, así como el mar a lo lejos.
Isabelle se acercó al balcón, y desde ahí admiró un momento el paisaje. Yo me acerqué a ella lentamente. Y me observó.
- Has escogido un hermoso lugar para una cita… - me confesó.
- Gracias… - fue lo único que pude decir.
Tenía tantos deseos de abrazarla, pero ahora mismo mantenía una copa en la mano y la otra en el bolsillo de mi pantalón. Me sentía simplemente incapaz de dar el primer paso. Ella miró al suelo un momento, luego a mi copa, y cuando pensé que rompería la distancia que se había formado entre nosotros, lo que hizo fue tomar mi copa.
- Iré por más champagne – me anunció.
Y yo solté el aire cuando la vi entrar en la sala. Y un momento después volvía, con las dos copas llenas, pero un poco más indecisa.
- ¿Estás bien? – fue la inevitable pregunta que le hice, cuando llegó con pasos algo inseguros hasta mí y me extendió una copa.
- Sí… toma… - me entregó una copa.
- Gracias… - dije, acercándome el champagne a los labios, esperando que su calidez rasgara un poco de la rigidez que ahora mismo sentía que se apoderaba de mí.
- ¡No! – exclamó Isabelle entonces, y si lo que quería era relajarme con el licor, desde luego sólo estaba más tenso.
La miré, y me sonrió dulcemente.
- Esa es mi copa… - en ese momento la sonrisa se convirtió en algo más alegre y sonoro.
Era oficial. Isabelle se había mareado.
- ¿Cuánto has bebido? – le pregunté.
Ella miró a un lado, como si buscara enfocarse en algo para concentrarse, mientras contaba con los dedos.
- ¿Cuatro o cinco copas? – me preguntó ahora ella a mí.
No pude evitar reír ante su sonrisa alegre y sus ojos adormilados.
- Estas mareada… - le dije divertido.
Hizo un gesto con los dedos.
- Un poquito… - habló con diversión.
Yo continuaba riendo.
- Pediré la cena – le avisé – será mejor que comas algo.
- No… - se quejó como una niña, cuando caminé hacía la sala – no tengo hambre…
La miré, se bebió el resto que quedaba en su copa.
- … pero si sed… - terminó diciendo.
Y cuando caminó hacia mí, vi claramente como tropezaba. No sé qué santo, buda, o entidad espiritual la protegía, pero alcancé a sostenerla antes de que tocara el suelo. Aunque la copa no se salvó. El sonido claro del cristal al estrellarse contra el piso la asustó. Me miró y en sus ojos había dejado de haber diversión. Y ahí en medio de mis brazos comenzó a sollozar.
- Soy un desastre… no puedo hacer nada bien… ni siquiera sé cómo es que estás aquí conmigo… eres tan hermoso… - las palabras salían lentas y atropelladas, pero completamente comprensibles.
- No pasa nada… - intenté calmarla.
- … haces cosas tan hermosas… y yo sólo arruino todo… soy como un pingüino torpe…
No pude evitar sonreír ante la comparación que ella hacía de sí misma.
- ¡No te rías!... – me exigió con voz mimada. Lo que acentúo más mi risa - ¡suéltame… me voy!...
Comenzó a removerse de mi abrazo. Yo intenté dejar de reír, pero me divertía demasiado.
- ¿Y a dónde va a ir un pingüino en Los Ángeles? – le pregunté.
Me miró, tenía los ojos llenos de lágrimas. Comenzó a hipar, pero a pesar de ello me respondió con voz aniñada.
- A un refugio de pingüinos…
Me mordí el labio, intentando contener la risa. Ella había dejado de luchar.
Le acaricié el rostro, y me llevé la humedad de sus lágrimas sin sentido.
- Izzy… - susurré -… eres tan hermosa, pero no lo ves… - le dije.
Ella continuaba hipando, pero se mantenía en silencio, con sus ojos fijos en mí.
- Soy un pingüino – aseguró.
- Un hermoso pingüino… - le dije.
-… ¿y podrías?... – susurró indecisa -… ¿podrías?... ¿querer a un pingüino?...
En ese momento sentí mis propias lagrimas acumularse.
Le acaricié la boca, y le di un beso suave. Uno profundo como el sentimiento que estaba despertando en mí ahora mismo. Isabelle se mantenía en mi abrazo, ligera y mansa. Y le susurré sobre los labios.
- Podría amarlo…
"Algo sucedió de pronto, debía asustarme al principio, pero yo caí en tus ojos…"
Continuará…
Ainsssss…. Más lindo… hoy quiero ser un pingüino, y que Bill me ame. A ver si en el siguiente capítulo, de una vez por todas dejan de darnos largas estos dos. Se suponía que su gran noche sería hoy, pero ya ven, entre que se ponen nerviosos, entre que Isabelle hace trastadas, y Bill no está seguro de lo que ella quiere, todavía ni cenan… jajajjaja…
Besos a todos los que leen, se les agradece un montón el cariño, y espero poder leer sus mensajes.
Siempre en amor.
Anyara
