Hola, se que hace siglos que no paso por aquí pero realmente he tenido muchísimos problemas personales, tanto en la escuela como en el trabajo y la familia, pero poco a poco voy adelante, no me rindo que es lo que importa. No es excusa y puede parecer repetitivo pero en fin, es lo que pasa y ahora que poco a poco tengo mas tiempo retomare los proyectos que deje incluido este. Espero de corazón lo disfruten.


Disclaimer: One Piece y ninguno de sus personajes me pertenecen, así como tampoco me pertenece la historia del príncipe maldito y sus personajes, todos son propiedad de sus respectivos dueños, Eiichiro Oda y Ramón Obón. Esta adaptación es sin fines lucrativos y es solo para entretenimiento.

Advertencia: Este fic es una adaptación y contiene OoC por parte de los personajes, lean bajo su consentimiento.

Nombre: El príncipe maldito

Autor: Ramón Obón

Adaptación: Nami Scarlet

Clasificación: M

Segunda parte

El inicio Capitulo 1

EUROPA CENTRAL. SIGLO XI

- ¡Luffy!

El grito que salió de la mujer fue de alegría y emoción, al descubrir a través de la ventana del torreón en donde se encontraban sus habitaciones allá abajo y entrando por el camino central del caserío que se levantaba al amparo de las gruesas murallas, al grupo de guerreros magiares encabezados por Luffy, el formidable guerrero, cuyo estandarte, dos lobos rampantes en actitud fiera, sobre un fondo rojo, ondeaba orgulloso al aire, en lo alto de una pica sostenida por uno de sus hombres.

Nami había estado posando para un retrato que el Maestro Pintor venía plasmando al temple en uno de los muros y siguiendo los lineamientos estéticos del románico tan en boga en aquella época. Ella lucía orgullosa en su pecho el anillo que pendía de una cadena de oro. Al escuchar el sonido de los cuernos, con el cual los vigías del castillo anunciaban la llegada de algún personaje, tuvo la indudable certeza de que quien se aproximaba a las puertas de la formidable fortaleza era el hombre que amaba. Por ello, sin importarle la temerosa y débil protesta del artista, dejó el taburete en donde había estado posando durante las últimas horas, para correr hacia la ventana, seguida por sus dos damas de compañía. Y así, había descubierto a su amante aproximándose a la cabeza de la fila de los impresionantes guerreros magiares que le acompañaban.

Acercándose hacia el puente levadizo, Luffy levantó la vista y sintió que su corazón se paralizaba en su pecho al descubrir allá arriba, recortándose en lo alto de una de las ventanas del formidable torreón que se erguía orgulloso desde atrás y por encima de las murallas, la esbelta y hermosa figura de la mujer que reverenciaba. Con voz ronca murmuró su nombre, con veneración y profunda pasión.

— ¡Nami, mi Nami!

Poco le había importado que la gente viera con desaprobación ese romance. Nada había afectado en su conciencia que ese amor de Nami y él hubiera sido un amor prohibido. Pero ahora era libre. Lo era desde antes de que partiera a esa última incursión de guerra. Aún tenía presente cuando, meses atrás, llegó a ese mismo castillo para despedirse de su hermosa amante, a quien le traía la noticia de su libertad. Recordó la mirada ansiosa de Nami, que le escrutaba su rostro al tiempo que preguntaba con avidez: "¿Ya…?". Y su respuesta en un seco asentimiento de cabeza, para reafirmar: "Ya". Lo que había hecho explotar de salvaje alegría a la mujer que se echó a sus brazos para buscar ansiosa su boca y sus caricias, mientras temblando de pasión, le musitaba:

— ¡Al fin libre! ¡Al fin eres libre, mi Luffy! ¡Dime! ¡Dímelo! Ella está muerta, ¿verdad? Tu mujer ya no existe, ¿verdad? ¡Dímelo, quiero oírlo de tu propia voz!

Y él, con ronca expresión, en un murmullo ahogado de pasión también, buscándole afanoso los labios, había confirmado:

— ¡Muerta!

Nami emitió una exclamación de gozo al ver allá abajo a Luffy, que levantaba una mano enfundada en un guantelete de metal, para devolverle el saludo. Sus damas de compañía atisbaban ansiosas y emocionadas no sólo al hombre que era dueño del corazón de su Señora, sino a los hombres que le acompañaban y que se veían majestuosos y terribles enfundados en sus pesadas armaduras.

El Maestro Pintor se vio obligado a esperar en un acto de prudencia, pues temía contradecir a la caprichosa y soberbia hija del dueño del castillo, así que aguardó paciente junto a la mesa cubierta de coloridos pigmentos de origen mineral, a que la hermosa mujer volviera a ocupar su sitio para así apresurarse a dar los últimos detalles de la pintura que la mostraba hermosa y altiva con su abundante cabellera anaranjada, ensortijada, peinada con raya al centro y recogida en dos gruesas trenzas, cayéndole a los lados de la perfecta cabeza, coronada por un alto gorro con fruncidos y rizados, sobre unos hombros que se mostraban desnudos por el discreto escote del vestido de finas y recias telas bordadas, que aprisionaba sus bien formados y proporcionados senos. Tras ella, la pintura mostraba como fondo y hacia un lado, el castillo propiedad y orgullo de la familia, y al fondo el recio macizo de los Cárpatos, cuyas cúspides formaban una agreste W de picos que desafiaban un cielo cargado de nubes. Pero lo que más destacaba en el cuadro, y sobre lo que Nami había insistido, empeñándose y haciendo gran énfasis en que quedara plasmado en la pintura, era el anillo amartelinado que pendía de su cuello.

Ese anillo que pertenecía al Príncipe Luffy, el cual, durante su larga ausencia, le dejara en custodia y del que jamás Nami se había separado; y que, ahora, aprisionaba ansiosamente en una de sus manos, oprimiéndolo con emoción contra su pecho, mientras agitaba la mano libre para saludar efusiva a su amado, que a la cabeza de sus hombres ya avanzaba sobre el puente levadizo de gruesa madera que remataba allá adelante en el enorme arco de piedra que daba acceso al interior del castillo.

Al verle desaparecer de su vista, Nami giró con prontitud y avanzando a pasos rápidos y nerviosos por las baldosas del piso cubiertas de pieles, confrontó primero al pintor, para advertirle terminante, con un dejo de profundo orgullo que revelaba el amor y la admiración que sentía por el temible guerrero que ahora llegaba al castillo:

—Por hoy terminamos, Maestro. Él ha llegado. Vuelve victorioso, como siempre. Y los dioses me lo regresan a salvo. – El viejo artista aún intentó protestar

—Pero, mi señora. ¡Falta tan poco! Sólo un tiempo más para los últimos retoques.

Pero ella negó terminante, tomando ahora camino hacia una esquina de la habitación, donde una de sus damas, adelantándose a sus deseos, abría un gran baúl lleno de ropa.

—No se afane más, el cuadro está perfecto Y el anillo… ¡El anillo de mi amado luce en mi pecho como han sido mis deseos! ¡Usted, con su arte, lo ha captado en toda su grandeza!

Al hombre no le quedó más remedio que hacer una leve inclinación de cabeza, agradeciendo el cumplido, y así, en silencio, abandonó dócilmente la pieza, al tiempo que con avidez la mujer empezaba a desembarazarse de su vestido con la ayuda de sus acompañantes, a una de las cuales le apremió autoritaria, mientras tiraba a un lado el gorro y empezaba a deshacer sus trenzas para liberar su espesa y sedosa cabellera:

— ¡Anda, Nojiko, ve y recíbelo en mi nombre, mientras yo me arreglo para él! – Nojiko reviró aduladora:

— ¡Pero, mi Señora, si así como está luce usted muy bien!

Nami negó con la cabeza, dejando que su otra dama la desembarazara del vestido que cayó a sus pies.

— ¡Aún debo estar mejor para él! — Y la apremió con un rápido y autoritario ademán—: ¡Anda! ¡Ve rápido y cumple con mi encargo!

— ¡Está aquí, mi Señor!

Las palabras brotaron del Jefe de Guardias del castillo que, irrumpiendo sin previo aviso en el enorme salón de gruesos muros adornados con panoplias mostrando colecciones de diversas armas así como escudos en madera y metal finamente pintados, se había llegado hasta la pared del fondo de la que pendían los blasones de la familia dominante de aquella casa, y en la que se abría una gran chimenea de piedra de amplio hogar, donde podían caber varias personas de pie, y en el que crepitaba el fuego alimentado por gruesos troncos. Sentado ante ella, cubiertas las espaldas con una piel, sujeta al frente por un pesado broche medallón de oro viejo, Genzo, un hombre corpulento, ya entrado en años, de pelo y barbas totalmente blancos, sostenía entre sus arrugadas pero aún fuertes manos, cubiertas de anillos con pedrería fina, un bol de estaño con vino caliente, con lo cual trataba de mitigar el frío invernal que invadía la habitación pese a la cama de paja que se había distribuido a todo lo largo del piso de pesadas lajas de piedra, ya desgastadas por el uso. Al escuchar lo que el guardia le informaba, el letargo o la abstracción en que parecía sumido desapareció del anciano, que volviéndose, preguntó con agitado interés y apuro, disponiéndose a levantarse ya.

— ¿Su Eminencia, el Obispo? ¿Ha llegado ya? Lo esperaba para el atardecer… – El guardia negó con un movimiento de cabeza, y aventuró temiendo la reacción de su interlocutor:

—Me temo que no es el emisario de su Santidad quien está llegando a las puertas del castillo, mi Señor.

— ¿Entonces quién…? —replicó Genzo con desconcierto, cierta impaciencia y mal humor, al percibir los rodeos de su guardia, que se animó a informar, con cierta prevención:

— ¡El Príncipe Luffy! El mismo Lobo Cruel, mi Señor.

Genzo palideció y se levantó abruptamente al escuchar el nombre. No se esperaba esa noticia, y menos escuchar de quién se trataba. Aquello le produjo una profunda inquietud, y un ramalazo de miedo recorrió su espina dorsal. Se lamentó por su mala suerte. Esa presencia repentina resultaba del todo inoportuna y hasta peligrosa, y más aún cuando esperaba la visita inminente de los emisarios de su Santidad, a quienes había invitado, junto con otros señores feudales que abrazaban la misma causa, a reunirse con él, para calmar los rumores que corrían de grupos rebeldes que se erigían contra la verdadera fe, que él, como muchos otros, había abrazado no sólo por convicción sino también por lealtad a su Rey, que pronto sería ungido por el bautismo, y acogido al fin no sólo como un hijo de Cristo, sino como soberano indiscutible de todo el reino de Esztergon, reconocido por el poder omnímodo del Papa. Por un momento no dijo palabra. El guardia, un tanto incómodo, se atrevió a agregar:

—Viene acompañado de su guardia personal… No serán más de diez…

El recio anciano asintió impaciente con la cabeza. Y, finalmente, tomando una decisión, ordenó, muy a su pesar, y sin tener otra alternativa:

—Recíbanlo con los honores necesarios. —Y agregó, frenando el intento de retirarse del guardia, que giró para escucharle con respetuosa atención —: Alójenlo en los aposentos del torreón del ala norte. Y vean que sus hombres sean acomodados y alimentados en forma debida, lo mismo que sus bestias.

El ala norte, pensó el dueño del castillo, estaba alejada de la torre principal. Y era, así mismo, la más apartada de las instalaciones principales, como la sala de armas en donde ahora se encontraba y en donde, al día siguiente, tendría lugar la importante reunión que había organizado. Si Luffy protestaba, ya tenía la respuesta. Esa torre, la más alejada, era la más protegida. Y ahí él estaría a salvo de cualquier peligro. En este momento, poco le importaba despertar el enojo del temido recién llegado, o que fuera a ofenderse por tal decisión. Lo importante era tenerlo alejado de los acontecimientos que estaban por venir.

El guardia abandonaba ya el salón, respirando con alivio al ver que su amo y señor no había estallado en ira ante tal noticia. Genzo volvió a sentarse en la silla y clavó la mirada en el fuego, dejando que sus pensamientos se desbordaran. Efectivamente, Luffy llegaba en mal momento. Y maldijo aquel día en que ese Príncipe tan admirado y tan temido por los Señores que conformaban las familias más poderosas e influyentes de esas tierras, había puesto los ojos en su Nami, y ella a su vez en él. La atracción había sido inmediata, fulminante, recordaba, dando origen a un amor prohibido que los amantes no se preocuparon en ocultar, pues aquel terrible guerrero estaba casado ni más ni menos que con una prima hermana de su hija, la cual hacía unos meses había muerto en circunstancias misteriosas, luego de una penosa enfermedad que —según le habían informado— la tuvo recluida en el sombrío castillo del Príncipe, y alejada de todos, incluidos sus atribulados padres, a quienes, por una razón o por otra, se les había negado la entrada y el derecho a visitar a su hija enferma. Lamentó de nuevo su propia debilidad al no haberse opuesto en aquel entonces a aquella relación, que había sido el escándalo entre la nobleza feudal, mismo que no había llegado a mayores y se había acallado, por una parte gracias al prestigio que él, Genzo, gozaba como uno de los más allegados al Rey y, por otro, al miedo que inspiraba el temible guerrero asesino. Incluso reprochaba la debilidad y falta de apoyo de su propia mujer, Bellmere, por no haber enfrentado a su hija y recriminar su actitud, que tanto les avergonzaba. Ante la débil protesta de su madre, Nami nunca dio marcha atrás. De nada sirvieron los alegatos y las razones que se esgrimieron. Ella, era claro, se había impresionado por la fama y personalidad de Luffy, que orgullosamente demandaba se le llamara Príncipe, por ser de antigua alcurnia y prosapia que se remontaba a la formación de las siete tribus. Para ese entonces, Luffy era objeto de admiración por las mujeres y envidia por los hombres. Su fama de guerrero y defensor de las grandes tradiciones de su pueblo lo había encumbrado de manera increíble, ganándose el respeto y la aceptación de gran parte de la gente de alcurnia, en especial de aquellos que se aferraban a las antiguas costumbres y a los antiguos dioses. Pero ahora era distinto. Aparte de ser un renegado de la fe, un hombre adúltero a quien no le importaba el escándalo, se había convertido en un asesino despiadado y sanguinario.

Convencer entonces y mucho menos ahora a Nami de que terminara con Luffy, habría sido y era misión poco menos que imposible, reflexionó Genzo. Su hija era voluntariosa y apasionada. Tenía un carácter indomable. Y él comprendía que de oponerse, ella defendería su amor como una fiera herida. Era empecinada y firme en sus decisiones. No aceptaba crítica ni consejos. Era obstinada y decidida, cuando defendía bien fuera su razón o sus amores. Así había ocurrido con sus otros amantes, uno de los cuales se había suicidado por su culpa. El duro carácter de Nami, que para él en un momento había sido motivo de orgullo, pues era su herencia, ahora era un martirio, porque todo aquello que en algún momento le había ufanado encontrar en ella, ahora le angustiaba y atormentaba. Había guardado la vana esperanza de que en alguna de esas incursiones guerreras, Luffy muriera. ¡Pero parecía tener pacto con el Diablo! En cada batalla que enfrentaba, salía cada vez más victorioso y fortalecido que antes. Así que esperar que Nami lo dejara era impensable por ser totalmente improbable. Y aún la situación se agravaba, cuando su hija, apenas enterada de la muerte de su prima hermana, la mujer legítima de Luffy, le había venido a informar que su matrimonio con aquel hombre se llevaría a cabo en la próxima primavera. Bajo tal panorama no había posibilidad de dar marcha atrás. Comprendió con temor y amargura que los tiempos políticos y la defensa de la verdadera fe provocarían un cisma en su propia familia, cuyas consecuencias no se atrevía siquiera pensar, pues si alguien era enemigo de las enseñanzas de la Iglesia Católica y todo lo que ésta representaba, era precisamente Luffy. Y tal postura derivaría tarde que temprano en un brutal conflicto, pues quien sería el marido de su amada hija, era ya considerado como enemigo del reino y un aliado potencial y decidido de la disidencia, encabezada por Koppány, el noble húngaro de fe pagana, que también, al igual que el Rey István, era otro descendiente de Árpád, el legendario rey de las siete tribus, y que ahora aspiraba al trono y al poder que a István le serían conferidos.

"Continuara"

Nami Scarlet


FalknerZero: Hola, siento que a ti también te debo una gran disculpa, de verdad lo lamento y espero que puedas seguir leyendo la adaptación, con respecto al ultimo review que me dejaste, bien te comprendo y no había razón para que te disculparas, realmente imagino porque no te gusto el capitulo anterior, en lo personal a mi tampoco, pero siendo una adaptación se debe respetar la historia y realmente no encontré ningún otro personaje además de Sanji, que tuviera sentido de estar allí, pero bien habías dicho que ya querías leer un poco más del LuNa, espero que este capitulo compense un poquito el anterior, además este comienza exactamente donde se quedo el capitulo LuNa anterior, besos y espero que estés bien.

PD: tratare de actualizar cada dos o tres semanas de ahora en adelante, no es mucho pero es lo que puedo hacer.