La oscuridad.

Las últimas palabras retumbaban en la mente de Joey. El relato había sido tan riguroso que hasta podía verlo. Lo veía correr entre la maraña verde e interminable de un bosque oscuro. Lo veía azorado frente a la ventana iluminada, con los ojos dilatados de terror. Lo veía retroceder, resbalar y hundirse en la más negra oscuridad…

Pero no era a Seto Kaiba a quien él veía. Era al chico de los ojos azules que había sido su compañero, su amante, al que él veía. Era al chico tímido, que no podía hablar, que quería pedir ayuda y no lo conseguía, que él se desesperaba por socorrer y algo se lo impedía.

– ¡Basta! – interrumpió la voz de Andy, y Joey reaccionó sobresaltado. La médica se inclinaba sobre el joven con gesto preocupado – ¡Ya fue suficiente por hoy! ¡Detente aquí!

– Si me detengo… ya no voy a poder continuar – jadeó el castaño, con los ojos apenas entreabiertos en un gesto mezcla de dolor y cansancio.

– Es que no estás en condiciones de continuar – porfió la galena, y cuando su paciente sólo se hundió, agotado, en las profundidades del sillón, ella bufó y se volvió hacia el rubio – Esto es ridículo, Joey. Ya no estamos hablando de conveniencia, es una necesidad. Es su integridad física, su vida, la que está en riesgo.

– No… exagere – murmuró el castaño, aún con los párpados cerrados.

– ¡Mira! – la médica le alzó la mano izquierda y los ojos de los cinco jóvenes se dilataron al ver la mancha de sangre fresca que se extendía por el blanco vendaje. Durante el relato, había apretado con tanta fuerza el brazo del sillón que se había dañado aún más la muñeca dislocada – Te estás lastimando, ardes en fiebre y toda esta descarga emocional te debilita aún más. Por favor, si no quieres regresar al hospital, al menos descansa.

– Ella tiene razón – intervino Yugi, conciliador, y el castaño abrió apenas un ojo para mirarlo con una expresión que decía claramente "Jamás te hice caso, ni con el famoso Corazón de las Cartas, ni con el culebrón egipcio… ¿qué te hace pensar que voy a hacerlo ahora?" – Vamos, Tea. Díselo tú – el enano apeló a la idiosincrasia femenina como si, por alguna ignota razón, ésta hubiese dado algún resultado en el pasado.

– Pienso que la catarsis le hará más bien que mal – se negó la muchacha.

Yugi se volvió hacia los otros dos varones, pero tanto el moreno como el de cabello negro negaron simultáneamente con la cabeza. En ese lío, uno era participante forzoso, ya que venía incluido en el paquete y el otro, sí estaba discretamente interesado, pero como agregado a último momento, no quería ni podía meterse en camisa de once varas.

Entretanto, Joey lo observaba en silencio. Había algo tan estremecedor en las palabras del joven de los ojos azules, tan escalofriante… y oírselo decir con ese tono tan indiferente, sólo lo convertía en algo más definitivo. La oscuridad, el final, rendirse sin luchar… eso no era propio de él. Lo miraba, lo veía y no podía asimilarlo.

Una fina película de sudor teñía de plata la frente del castaño, y en contraste con una palidez cada vez más acentuada, las sombras bajo los ojos se habían vuelto más oscuras. Era obvio que su cuerpo pedía a gritos un respiro; no obstante, Joey no podía interrumpirlo para descansase, porque quería y necesitaba oírlo todo… y porque tampoco habría podido detenerlo. Sólo que verlo así, tan pálido y agitado, con los rasgos tensos por el dolor, tanto físico como mental… no podía soportarlo.

Podía tener mil dudas sobre lo que sentía, pero había algo de lo que estaba seguro: no quería verlo sufrir. Nunca más.

– No sigas – murmuró Joey al fin, sin moverse de su lugar – No es necesario que lo hagas ahora.

– Si no es ahora, ¿cuándo? – como si la voz del rubio lo hubiera espoleado, el castaño hizo a un lado a la médica y se enderezó con decisión.

– ¡Ash! ¡A terco, terco y medio! ¡Bien, hagan lo que quieran! – protestó nuevamente la joven. Se alejó hacia la cocina, desde donde empezaron a dejarse oír ruidos metálicos, junto con un soliloquio al aire sobre para qué la gente se tomaría el trabajo de consultar a un médico si después ni se molestaba en hacerle caso.

– ¿Andy? – preguntó Tristán, dubitativamente.

– Voy a prepararles un poco de té caliente, ya que no tengo otra cosa para hacer – explicó la aludida, aún disgustada – Sólo hagan de cuenta que no estoy aquí… como siempre.

Fue el turno de Tristán de elevar los ojos al cielo. Miró a los demás y susurró algo como "Ya se le va a pasar", encogiéndose de hombros. Duke rodeó el sillón, para ocupar el lugar de la médica.

– Dijiste que habías caído al mar, ¿no? – preguntó el chico de los dados, dirigiéndose al castaño – ¿Cómo te salvaste?

– No lo sé. Aún no me explico por qué no quedé destrozado contra las rocas costeras o qué evitó que me hundiera en el agua y me ahogara. Por alguna razón sobreviví esa noche, aunque las corrientes me llevaron mar adentro, alejándome cada vez más de la costa americana. Cerca del amanecer, un barco me encontró flotando a la deriva y me rescató.

– ¿Cerca del amanecer? Sólo tres tipos de barcos se acercan a la costa a esas horas: patrullas, contrabandistas y narcotraficantes – terció Duke – Una patrulla te hubiera regresado, y como aún estás vivo…

– Eran contrabandistas – asintió el chico de los ojos azules – Piratas a la antigua usanza. Aquellos que transportan mercadería ilegal o de contrabando, sobreviviendo a duras penas con lo poco que les pagan, orgullosos de continuar una tradición, según ellos milenaria, manteniendo vivos los viejos códigos de honor, libres, independientes… – se detuvo al darse cuenta que estaba divagando e hizo un esfuerzo por concentrarse – Un vigía dio el aviso, aunque pensó que se trataba de un cadáver. Al darse cuenta que estaba vivo, uno de los marineros se arrojó al mar. Me sacaron del agua, desnudo, inconsciente y con un serio cuadro de hipotermia. No sabían quién era yo y no tenían forma de averiguarlo pues las olas habían arrancado la ropa de mi cuerpo. Hicieron lo que mejor pudieron y supieron por mí: me mantuvieron caliente y cómodo, curaron las heridas más superficiales, esperando a que reaccionara. Esa tarde se me declaró una neumonía. Estuve tres días al borde de la muerte, con una fiebre altísima, retorciéndome de dolor y delirando. A ellos les preocupaba muchísimo qué hacer conmigo: si moría a bordo sería más que un problema… y a nadie le seducía la idea de arrojarme por la barandilla aún vivo – volvió a sonreír, burlonamente.

Genial. Hasta los piratas tenían "códigos". Por otra parte, ¿qué hubiesen hecho ustedes de pescar un joven desnudo, inconsciente y moribundo en mitad del mar? ¿Saben qué? Mejor no contesten.

– Intentaron establecer mi identidad. Incluso sé que radiaron una descripción mía entre personas de su medio, pero no había denuncia de la desaparición de alguien que se me pareciera. No imagino a qué conclusión habrán llegado…

– ¿Y entonces? – preguntó Yugi.

– Mis delirios les dieron la respuesta. Uno de los maquinistas reconoció el idioma entre las incoherencias que balbuceaba y, gracias a eso, supieron mi nacionalidad. Para cuando reaccioné y estuve más o menos consciente, me informaron que estábamos en viaje a mi propio país. Se dirigían hacia Rusia y no tuvieron inconvenientes en desviarse un poco de su ruta por mí – la sonrisa que curvó sus labios fue tierna y nostálgica a la vez – Eran buenas personas. Viven al margen de la ley, son delincuentes, hombres rústicos y rudos, pero generosos, francos y cordiales en su tosca mediocridad.

– Es decir que nunca te reconocieron – quiso confirmar Duke.

– No. Y yo tampoco les dije quién era.

– Pero tú podías hablarles… – intervino Yugi, en clara referencia al largo tiempo de silencio que había pasado junto a ellos.

– Más o menos. La fiebre me debilitó mucho y había pasado por un episodio muy traumático. Transcurrieron varios días hasta que pude moverme, y aún entonces me sentía bastante aturdido. Sí, me comuniqué con ellos, pero… – vaciló – Estaba confundido, abrumado y no podía comprender del todo lo que había sucedido. Durante el viaje me abstraje completamente, sin apenas interactuar con ellos. No insistieron, ni me molestaron; sencillamente se aseguraron que estuviera bien y luego me dejaron en paz. Yo pasaba horas sentado a solas en cubierta, pensado, razonando… y todo me remitía al mismo círculo, una eterna cinta de Moebius sin salida.

Tea asintió para sí. La futura psicóloga reconoció inmediatamente que lo que el joven había definido como un aislamiento voluntario, no eran sino los primeros síntomas de aquel estado ausente en el que lo había encontrado Joey hacía ya tiempo. Pero había algo que no encajaba.

Ciertamente, no podía decirse que ella había sido una persona cercana a Kaiba, pero creía conocerlo lo suficiente como para asegurar que no era alguien que se dejara abatir por… ¡sí, por un simple intento de asesinato! ¡Por todos los cielos, el sujeto había pasado por eso más de una vez, y siempre lo campeaba peleándole a la situación con uñas y dientes! Entonces, ¿qué más había pasado esa noche? ¿Qué otra cosa ocultaba el chico de los ojos azules?

– El barco atracó en un puerto del norte y el capitán, junto con varios marineros, bajó a tierra. Aunque nadie lo mencionó, me di cuenta que, al estar en mi propio país, ellos podrían investigar y encontrar a alguien que sí me reconociera. Aquí, mi nombre y mi rostro eran muy conocidos… Mi identidad podría salir al descubierto en cualquier momento. Eso era algo que yo no podía permitir…

¿Por qué?, se preguntó Joey. ¿Por qué tenías que esconderte? De nuevo surgió la campanita de la duda en su mente: ¿acaso, pese a lo rotundo de su negativa, era verdad que el castaño le había estado mintiendo deliberadamente, que había fingido todo ese tiempo, que se había burlado de él? Sacudió la cabeza antes que su mente siguiera aquel derrotero; iba a darle el beneficio de la duda. El chico se lo merecía… por ahora.

– Esperé hasta el amanecer y subí a cubierta, amparándome en la espesa niebla. El maquinista, el único que hablaba mi idioma, me vio e inmediatamente comprendió mis intenciones… pero no intentó detenerme. No me dijo nada, no me preguntó nada; sólo se acercó a mí y me tendió una gabardina vieja, para luego posar una mano en mi cabeza en un gesto de despedida y darme la espalda… dejándome marchar. Ellos eran conscientes, más que nadie, que hay secretos que no deben ser revelados. Bajé a tierra firme y me sumergí en la algodonosa neblina dorada… me alejé del barco y de aquellos que me habían salvado la vida sin siquiera darles las gracias… me hundí nuevamente en el olvido… sin mirar atrás.

Fue un susurro tan leve el que brotó de esos labios, que la última frase resultó casi inaudible. Los jóvenes se percataron otra vez de la mirada desenfocada en los turbios ojos azules, e inmediatamente se incorporaron, alarmados, en sus asientos. Resultó casi cómico que Yugi y Tea se atropellaran en su intento de alcanzar al castaño, pero mientras ellos deshacían el enredo de brazos y piernas, fue Duke quien lo hizo reaccionar, simplemente tomándole la mano.

Joey frunció el ceño ante el gesto, sintiendo esa punzadita inexplicable en su interior. ¿No se suponía que Deabling no tenía vela en ese entierro? Pues, para estar sólo "discretamente interesado", el chico de los dados se estaba tomando demasiadas atribuciones, como anunciando que él sí creía en la verdadera identidad del castaño (como si alguien se lo hubiera preguntado), pidiéndole que cuente su historia (como si a ninguno se le ocurriría hacerlo)… y además estaba sentado demasiado cercar… y… y… ¡¿por qué tenía que andar toqueteándolo?

Oh, oh. Esos eran… ¿celos?

Calma, Joey, calma. Duke es algo así como tu cuñado, ¿recuerdas? Está saliendo con Serenity, no tiene intenciones de entrometerse entre ustedes dos, ni siquiera le gustan los hombres, ¿sí? Entonces… ¿por qué demonios no le soltaba la mano al chico de los ojos azules, aún cuando éste ya se había despabilado?

En realidad, y pese a que el demonillo verde estaba pinchando la conciencia de cierto rubio terco, el contacto no había durado más que unos segundos y fue un gesto completamente inocente. Que, además, dio resultado. El castaño sacudió la cabeza, se frotó los ojos con una mano y suspiró, antes de continuar su relato.

– Cuando dejé el puerto, me di cuenta del círculo que se cerraba detrás de mí. La gente del barco no sabía quién era yo, y al desaparecer así de sus vidas, se irían olvidando de mí hasta convertirme, quizás, en sólo una anécdota. Era poco probable que, aún si llegaran a ver una fotografía de Seto Kaiba en la prensa, lo relacionaran conmigo. En todo caso, su estilo de vida no los llevaría a reportarlo. Nadie me había reconocido, nadie sabía que estaba en Japón… y vivo. Y me refugié en ese anonimato – en este punto, Yugi despegó los labios para hacer una pregunta, pero el joven levantó una mano para detenerlo, y el enano, sabiamente, se calló – Lo había perdido todo. Había malogrado todo por lo que una vez luché, había envenenado todo lo que alguna vez creí, mi vida entera se resumía en un mal chiste, mi completa existencia era una quimera. Por un momento pensé en acabar con todo. ¿De qué me servía estar vivo, si en realidad ya estaba muerto? – contuvo un sollozo mordiéndose los labios y reemplazándolo por una risa burlona – ¡Qué patético que estoy sonando, ¿no?

¿Patético? No. Era insoportablemente trágico, turbador, inquietante, pero desde el mismo momento en que uno se daba cuenta que el chico había sobrevivido a ese infierno, todo rastro de lástima se evaporaba para dejar paso a la admiración ante la fortaleza del espíritu humano. Y eso, eso sí era tan característico de Seto Kaiba, que ni siquiera su estado de confusión lo había podido diluir. ¿Cuántas cosas había superado, cuántas veces lo habían visto levantarse y seguir adelante, pese al aturdimiento que tanto tiempo le había sofocado, pese a la debilidad física, pese al abandono, pese al silencio… pese al velado rechazo de la persona que había dicho amarlo?

Joey sintió el ardor en sus ojos e inmediatamente su vista se nubló. Parpadeó sorprendido al darse cuenta que eran… lágrimas. Las saladas gotas pugnaban por sobrepasar el obstáculo de la conjuntiva y resbalar por sus mejillas. Apretó los puños con furia mientras giraba el rostro para ocultarlas. ¡Dios, cuánta angustia que había pasado el castaño y qué impotente se sentía él por no poder hacer nada al respecto! Y aún no tenía claro el por qué de tanto dolor, de tanto sufrimiento, pero en ese instante, se juró a sí mismo que evitaría que volviera a padecerlo… aunque le fuera la vida en ello.

– Los detalles sin resolver me detuvieron. Tenía que saber cuál había sido el verdadero motivo. Era el único modo de recuperar a Mokuba, y para ello, debía encontrar las respuestas que me faltaban. Nunca pude soportar dejar algo a medias y no iba a hacerlo ahora… así que emprendí el camino. Mi objetivo era llegar a Ciudad Domino. Sabía que era el único lugar donde podía hallar las piezas restantes. Era donde todo había comenzado, y una vez que el puzzle estuviera completo… también era allí donde todo debía terminar.

El joven tosió una vez e hizo una mueca de dolor ante la punzada en su torso, que intentó contener llevándose una mano a la zona lastimada.

– ¿Hiciste todo el trayecto a pie… y solo? – se sorprendió Duke, al dibujar un mapa mental del país para constatar, azorado, los cientos de kilómetros que eso suponía. Explicaba mucho por qué había tardado tanto en llegar… y el estado en el que lo había hecho.

– Hubo personas que me ayudaron, seres anónimos en el límite más bajo de las clases sociales, a quienes aún les quedaba compasión pese a su miserable existencia. Un trozo de pan, un resto de comida, una manta rota o simplemente un refugio seco cuando llovía. Pero yo me iba debilitando poco a poco, y… – levantó la mano herida para secarse la frente transpirada y la dejó apoyada sobre los ojos, nuevamente cerrados – Los días y las noches fueron alternándose, las jornadas pasaban una tras otra, pero yo me había vuelto indiferente al transcurso del tiempo. Las necesidades básicas se me antojaban inútiles. No me importaban el frío de la lluvia o el calor abrasador del sol y hasta los aguijonazos del hambre y la sed me eran insensibles… Yo sólo avanzaba y avanzaba, apático a cualquier cosa que no fuera mi objetivo.

– ¿Por qué no nos llamaste? – inquirió Yugi, y abarcó a los demás con un ademán – Cualquiera de nosotros podría…

– ¡No!

– Todos sabemos cuánto lo detestas, pero estabas solo, desamparado, lastimado… En esas circunstancias, no es flaqueza solicitar la ayuda de tus amigos – continuó el enano, a medio camino entre el sermón y el reproche – Sé que tú nunca nos consideraste tus amigos, pero nosotros sí pensamos que tú lo eres, y pudiste ayudarnos tantas veces, al menos nos hubieras dejado devolverte el favor.

– No podía… Yo… estaba confundido… No confiaba en nadie y… – el joven había apoyado ambas manos sobre sus sienes y negaba repetidamente con la cabeza.

– ¿Qué pensabas, que alguno de nosotros estaba complotado en tu contra? ¿O creíste que nos negaríamos a ayudarte? ¿No te demostramos, una y mil veces, que éramos de fiar? ¿Con todo lo que pasamos juntos y ni aún así merecíamos tu confianza? ¿Ninguno? ¿Ni siquiera yo? – al parecer, eso era lo que más le dolía al pequeño campeón.

– Yo… sólo quería… – el castaño había enterrado los dedos entre sus cabellos en un gesto cercano a la desesperación.

– ¡No era momento para refugiarte en tu malentendido orgullo!

– ¡Yo sólo quería acabar con todo! – gritó el joven, para luego doblarse sobre sí mismo con el rostro oculto entre las manos. Sollozaba.

– ¡Basta, Yugi! – Joey se puso de pie de un salto y sujetó por la muñeca a su pequeño amigo – No permitiré que sigas haciéndole daño – apretó sus dedos sobre la articulación con la fuerza suficiente como para dejar en claro su postura.

– Ocultándome… escondiéndome… en la oscuridad era en el único lugar donde me sentía seguro – la voz estrangulada del chico de los ojos azules los hizo girar – Lo que dice Yugi tiene sentido ahora, pero en esos momentos… yo no podía… – continuaba sollozando – No era orgullo, era temor. No era falta de confianza, era vergüenza. El universo me escupió a la cara antes de darme la espalda, mi vida se deshizo ante mis ojos y yo ni siquiera entendía cómo pudo suceder, en qué me había equivocado… ¿Tanto daño le causé? ¿Tanto me odiaba? ¿Tan mal me porté con todos, que eso era lo que merecía? Yo quería encontrar las respuestas y después desaparecer para siempre… ¡Dios! – gimió desgarrado – ¿Por qué continúo vivo? Hubiera sido mejor para todos que me ahogara…

– ¡No! – exclamó Joey, soltando la mano de Yugi para volverse furioso contra el castaño – ¡Nunca, JAMÁS, vuelvas a decir eso! ¡Si tú mueres, yo me muero contigo!

El chico levantó el rostro, bañado en lágrimas, ante esas vehementes palabras y su mirada se encontró con la del rubio quien, cuando se dio cuenta de lo que acababa de decir, se tapó la boca con una mano. Retrocedió hasta casi tropezar con el sofá y se volvió a sentar, sin saber muy bien qué hacer ni decir, pero incapaz ahora de apartar sus ojos de la enrojecida mirada azul.

Se hizo un silencio mortal en el lugar, apenas interrumpido por la respiración entrecortada del chico de los ojos azules. Los dos jóvenes se miraban estáticos, conmovidos, y de nuevo el aire pareció estar cargado de chispas entre los dos.

Finalmente, Tea tocó un brazo del castaño para llamar su atención y le ofreció un vaso con agua. Mientras el chico bebía unos sorbos y se tranquilizaba al mismo tiempo, la joven lanzó una mirada hacia Joey, quien parpadeó al notar su expresión genuinamente satisfecha. Levantó una ceja, intrigado, pero ella sólo sonrió, asintiendo una vez con la cabeza antes de volverse para recibir la copa vacía.

– Perdóname – murmuró Yugi, contrito y con la cabeza gacha.

– Yo debería decirte lo mismo… por muchas cosas – el joven pasó una mano por sus desordenados cabellos, acomodándolos con gesto ausente. Respiró profundo y recuperó la compostura, enderezando los hombros con gesto decidido. Sólo el ligero enrojecimiento de sus ojos delataba la reciente crisis – No me queda mucho por decir. Cuando por fin llegué a Ciudad Domino, después de no sé cuánto tiempo de vagar por el país, estaba al límite de mis fuerzas físicas y mi fatiga mental era… abrumadora. Todo en la ciudad me parecía tan familiar que tenía la sensación que, en cualquier momento, alguien me reconocería y eso me asustaba. Me refugié en los sectores más bajos, lejos del centro y los lugares comunes. Me sentía cada vez más débil y, con ello, la bruma en mi mente se hacía más y más espesa. Ya no podía recordar con claridad por qué estaba aquí; sólo persistían el miedo, la necesidad de esconderme…

Tristán, que había permanecido insólitamente callado todo ese tiempo, abrió la boca, pero Tea le dio un ligero codazo llamándolo a silencio. El moreno miró a la chica con el ceño fruncido, ésta negó con la cabeza y (más insólito aún), él le obedeció, encogiéndose de hombros.

– Fue una noche fría. No había comido en mucho tiempo y ya estaba muy debilitado por los días pasados a la intemperie. Amenazaba tormenta, pero ni siquiera tenía la energía como para tratar de encontrar un refugio. Avancé hasta donde pude, pero mi resistencia llegó al límite y terminé desplomándome al final de un callejón solitario. Sin fuerzas, sin alimentos, extenuado hasta el desfallecimiento, reconocí que moriría en poco tiempo. Me acurruqué entre la basura sabiendo que se acercaba el final… y en ese momento, alguien me rescató.

Joey levantó la mirada bruscamente, al darse cuenta que el chico relataba justamente la noche de su encuentro.

– Cuando me di cuenta de quién era, me asusté. Intenté huir, pero no pude. Intenté gritar, pero no supe hacerlo. Intenté alejarlo, pero él no quiso hacerme caso y, a pesar de mí mismo, insistió en ayudarme.

– ¿Tú… me reconociste esa noche? – balbuceó el rubio.

– Te hubiera reconocido en cualquier parte – respondió el castaño, mirándolo directamente – Te acercaste, me hablaste y cuando te vi, todo mi pasado cayó sobre mí, aplastándome en una avalancha demoledora. Ya no me quedaba nada con qué hacerle frente y el agotamiento me derrumbó, sepultándome en lo más profundo de mi mente. El último recuerdo lúcido que tengo, fue haber pronunciado tu nombre antes de desmayarme en tus brazos.

Tristán carraspeó, incómodo como siempre ante cualquier muestra de sentimiento entre ellos. El castaño desvió la mirada de Joey y volvió a dirigirse a todo el grupo.

– No puedo explicar qué me ocurrió desde ese momento. Era como si todo le sucediera a otra persona, pero sin embargo yo estaba presente, consciente de lo que sucedía pero sumergido en una ensoñación sin fin. No podía despertar, algo me lo impedía pero no sé qué… – su ceño fruncido indicaba su desconcierto y su frustración ante ese tema – Mis facultades quedaron reducidas al nivel más elemental, existía basándome sólo en las emociones más básicas, pero eso no se sentía tan mal… al contrario.

El castaño se inclinó hasta apoyar los codos sobre las rodillas, sus ojos azules estudiando atentamente cada uno de los sinceros rostros que lo rodeaban.

– Atrapado en mi propia mente, imposibilitado para comunicarme, mi mundo se había reducido e, increíblemente, eso amplió mis horizontes… Dejé de pensar, para sólo empezar a sentir. Me convertí en un ser tímido, sensible, sumiso, que se limitaba simplemente a existir. Estaba tranquilo, seguro, las personas que me rodeaban se preocupaban por mí, nadie me presionaba ni me perseguía, todo lo que antes me importaba se había diluido. Ya no sentía la necesidad de buscar nada, no esperaba nada. Todo el pasado se había vuelto borroso y casi inexistente; sólo persistían la aprensión… y el miedo.

– ¿Miedo?

– Me aterrorizaba todo lo que me recordara quién era, por pequeño y trivial que fuera el detalle. Por eso me ocultaba de la gente, por eso no me acercaba a las cartas, por eso me asustaban los duelos, mi nombre y, más que nada, mi empresa…

Joey parpadeó y algo hizo click en su cerebro. Acababa de darse cuenta de algo que, tontamente, todos habían pasado por alto. Cada vez que el chico de los ojos azules se había asustado, cada ataque de pánico, tenían un denominador común. El presupuesto modificado en el restaurante (las finanzas, el mundo de los negocios), ver el arribo de los Kaiba por televisión en la casa de Yugi (no, no había sido el incendio; había bajado antes de eso y alcanzó a ver la noticia anterior) y la noche de su cita, después de machacar un par de delincuentes… sí, ahora lo recordaba: el callejón estaba cerca del edificio, se podía ver el logo de la Corporación desde donde estaban. ¿Cómo pudo ser tan estúpido, cómo no había advertido que el detonante, en cada caso, había sido siempre el mismo: Kaiba, Kaiba Corp?

– Te asustaba todo tu pasado… pero no te asustamos nosotros – constató Yugi, sonriendo.

– ¿Cómo podrías, si eran ustedes mi pilar de apoyo? En medio de toda mi confusión, nunca dejé de confiar en ti, Yugi. Tú me acompañabas, estabas a mi lado sin preguntarme nada, me aceptaste entre los tuyos sin vacilar. ¡Y tu abuelo! Nunca podré terminar de agradecer lo que hizo tu abuelo por mí… Me dio cariño, comprensión, me hizo sentir un calor de hogar, de familia, como yo nunca había sentido.

Yugi parpadeó azorado, antes que el joven se volviera hacia la chica

– Y tú, Tea. Tú me alentabas, me animabas, experimentabas conmigo siempre buscando el modo de hacerme reaccionar – ella se ruborizó intensamente ante la leve sonrisa que le dirigió – Y Donna Marina, cuidándome con su ternura maternal y Don Giusseppe dándome trabajo… Todos se convirtieron en mi familia, mi sostén contra el desvanecimiento, mi escudo ante el olvido.

Tristán frunció el ceño al darse cuenta que lo había pasado olímpicamente por alto y estuvo a punto de protestar, pero como el chico de los ojos azules siempre lo había ignorado, optó por encogerse de hombros ante lo inevitable

– Y estabas tú, Joey… Siempre estuviste tú.

Con sutileza, la médica escogió ese preciso momento para interrumpirle, colocando una taza de té caliente entre las manos del castaño y ofreciéndole otra al rubio. Como una especie de acuerdo tácito, Tea, Duke, Yugi y Tristán, se levantaron al mismo tiempo de sus asientos para dirigirse hacia la improvisada cocina, con el pretexto de buscar sus respectivas infusiones, dejando solos a los jóvenes amantes.

– Tenemos que avisarle a Mokuba que su hermano está a salvo – cuchicheó Yugi por lo bajo a los demás.

– Por ahora. No puedo creer que esos delincuentes hayan actuado al azar – terció Tea – Ustedes mismos dijeron que estaban decididos a matarlo e, incluso insistieron en dejarle el rostro irreconocible. Sabían muy bien quién era.

– Algo me dice que ese tal Zeda está involucrado. Por algo le cayó tan mal a Joey desde el primer momento – intervino Tristán, completamente olvidado que él le había estado dedicando loas al sujeto, apenas unas horas antes.

– No lo sé… Aún hay demasiados puntos oscuros en todo este asunto – vaciló Duke, dirigiendo una mirada extraña hacia los sillones.

Ninguno de los dos jóvenes prestaba atención a las palabras de sus amigos, abstraídos como estaban en la mutua contemplación. Era un cruce de luces, azul contra dorado, los sentimientos no expresados pero latentes en la carne viva, las palabras silenciosas pero no por eso menos claras.

– Es decir que… fue una casualidad el que te encontrara esa noche – susurró Joey, al fin.

– ¿Acaso no son ustedes los que creen en el destino? – una leve sonrisa se insinuó en el pálido rostro del castaño – Si no me hubieras hallado, habría muerto en pocos días. Pero tú me recogiste, me alimentaste, me protegiste, y terminaste salvándome… y no sólo la vida.

– Quizás tendría que haber hecho algo más por ti – el rubio se encogió de hombros como saldando el tema y estiró una mano para recoger su té.

– Lo lamento… – el susurro en los labios del joven congeló su movimiento y Joey levantó la mirada, sin comprender – Lamento no ser, en verdad, ese chico simple que pude ser y que tú podías amar. Lamento cada molestia que te causé, cada dolor que te provoqué, cada cosa que dejaste de lado por mí, cada herida que recibiste por intentar protegerme. Lamento haberte engañado, aunque fue contra mi voluntad, lamento haber abusado de tu ternura, de tu generosidad, de tu enorme corazón. Lamento no haber podido decirte que te amo sino hasta este final.

– ¿No fuiste feliz a mi lado? – preguntó Joey. Su voz temblaba y no sabía por qué, su corazón palpitaba enloquecido y no entendía la razón.

– Junto a ti viví la más perfecta de las ilusiones. Contigo pude reír y llorar, pude apreciar la complejidad de los sentimientos humanos y también disfrutar de la más simple esencia de las cosas. A tu lado encontré una familia, un amigo, un amante. Tú me hiciste sentir completo, protegido, amado. Me enseñaste a amar, me diste una razón para estar vivo y esa razón, simplemente eras tú… – se detuvo a tomar aire, con la respiración alterada y los ojos brillantes de emociones encontradas – Sé que hubieras preferido que las cosas continúen como hasta ahora, pero no es posible. La burbuja se ha roto y no hay forma de recomponerla, de volver el tiempo atrás.

– Yo… ya no sé quién eres en realidad, ni qué quieres de mí – balbuceó el rubio.

– Soy quien soy, Joey. Soy aquello que fui en el pasado, soy esto en lo que me he convertido en el presente. Lo que me sucedió me fue abriendo por dentro, mostrándome mis errores y mis acierto, arrancando una a una las innumerables capas tras las que me ocultaba, hasta que sólo quedó esto – se llevó una mano temblorosa al pecho – Mi corazón está desnudo ante ti, expuesto en carne viva ante tus ojos. Lo único que me queda es la esperanza que, siendo quien soy, siendo cómo soy… aún puedas amarme.

Las lágrimas corrían libremente por las mejillas de Joey, quien ya había renunciado hace tiempo a secárselas. Se limitaba a escuchar, a dejar que cada palabra calara tan hondo en su alma que ninguna estúpida duda se atreviera a arrancarla de su ser.

– Yo no quise que esto pasara. No lo busqué, no lo provoqué y hubiera querido evitarlo… pero valió la pena, sólo por haber podido amarte – el joven de los ojos azules inclinó la cabeza y su larga cabellera castaña cayó sobre su rostro, ocultándolo – Fue doloroso, fue amargo, fue insoportable… pero volvería a caminar por las sendas de ese infierno sin dudarlo, si supiera que al final de ese abismo puedo estar a tu lado.

Joey estaba paralizado. El chico había rodeado la taza de té con sus delgadas manos como acostumbraba hacer en cada desayuno compartido, el cabello caía como una lacia cascada sobre su rostro inclinado como cada vez que se escondía del mundo, los hermosos ojos azules bajos en un gesto tímido, los finos labio entreabiertos en la serena respiración, tierno, dulce, vulnerable… Allí estaba, ante sus ojos.

Allí estaba el hombre que amaba, el hombre que siempre había amado.

¡Idiota, mil veces idiota! ¿Cómo puedes seguir ignorando lo que sientes, cómo puedes permanecer indiferente ante un amor tan puro y descarnado? ¿Cómo puedes seguir refugiándote en vacilaciones absurdas, cómo puedes seguir anhelando algo que nunca fue real y negar, en cambio, la auténtica verdad que palpita ante ti? ¿Cómo puedes seguir persiguiendo sueños incorpóreos y no darte cuenta que tienes tu legítimo corazón justo al alcance de tus dedos?

Joey avanzó como en sueños y se acuclilló frente al sillón. En un gesto mil veces repetido, posó sus dedos sobre el mentón del joven para obligarlo suavemente a levantar la inclinada cabeza, apartándole el largo cabello del rostro para poder observar de frente los brillantes e intensos ojos azules.

– Hay algo que aún no me has dicho… – susurró, acariciando tiernamente la suave y pálida mejilla – ¿Quién fue, Seto? ¿Quién te ha hecho esto, gatito?

– Fui yo.

La voz familiar los hizo voltear y la luz rojiza del atardecer iluminó el brillante cañón plateado del arma que apuntaba directamente al pecho del chico de los ojos azules.