Y aquí me tenéis mis queridos lectores! :) Con fuerzas y mucha ilusión! La verdad, la semana pasada y la anterior fueron horribles para mí, pero afortunadamente estos días me he ido recuperando. No sabéis lo emocionada que me sentí cuando algo dentro de mi me llamaba para que escribiese de nuevo, y pues me puse manos a la obra :) No puedo creer que seáis tantos, jamás imaginé que este fic fuera leído por tal cantidad de personas! Lo único que os puedo decir es que os agarréis bien porque la verdadera acción y el misterio están al caer.
Agradezco de corazón vuestros reviews, no sabéis lo feliz que me hace saber lo mucho que os está gustando ^_^
Un especial abrazo a las personas que me han enviado sus mensajes de apoyo, os quiero! Mil gracias :)
Shingeki no Kyojin no me pertenece.
Parejas: LevixEren, ErwinxArmin.
Analogía
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—Eren, ¿si tuvieras el poder para cambiar el rumbo de la historia... lo harías?
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La primera vez que Eren salió de la cabaña furioso nadie osó detenerlo excepto Levi. Habían tenido una fuerte discusión, cuanto más se gritaban más colérico se volvía Eren y hubieran llegado a las manos si Mikasa no los hubiera separado a tiempo.
—¡No soporto estar ni un minuto más con usted! —le gritó su alumno.
Y como cualquier chico adolescente, Eren se dirigió con pasos veloces hacia la puerta.
—¡Eren, vuelve aquí! ¡EREN!
El castaño no se dio la vuelta ni se detuvo. Con un rugido de rabia, Levi persiguió a su alumno hasta la salida, pero la asiática le cogió por el brazo.
—¡Suéltame, Mikasa! —rugió perdiendo el control. Eren ya había salido por la puerta y la había cerrado bruscamente.
—Eren necesita estar solo —respondió con calma.
—¡Lo que necesita es disciplina! —replicó soltándose del agarre y encarándola.
—Dale su espacio, si le sigues será mucho peor.
—¡Es peligroso! ¡Merodear por el bosque sin la compañía de nadie...! ¡Mi obligación es ir tras él!
—Entiendo cómo te sientes, pero aquí está a salvo. Estas tierras son nuestras, nadie las conoce salvo tú y yo, y Eren conoce los peligros... no se alejará mucho de la cabaña —explicó Mikasa haciendo gala de una gran serenidad.
Levi no daba crédito a lo que estaba escuchando... ¡Él era su tutor! Si algo malo le ocurría... Solo de pensarlo se le formaba una opresión en el pecho que le impedía respirar con normalidad. Mikasa se apresuró a tranquilizarlo.
—Estará bien.
—¿Será verdad que no estás capacitado para tener alumnos a tu cargo? —inquirió Hange distraída.
La morena sentada en una esquina del salón, no había intervenido en ningún momento, limitándose a observar la escena muda, pero con especial atención.
A Levi le tembló el brazo. Mikasa se mordió el labio nerviosa.
Con una sombría expresión, Levi avanzó hacia la científica peligrosamente. Extendiendo su brazo, la morena creyó que la agarraría por el cuello de la camisa, nada más lejos de la realidad, la agarró por la garganta y la embistió con furia contra la pared.
—¡Repite eso! —gritó temblando de ira—. ¡REPITE ESO AHORA MISMO!
—¡Levi, suéltala! —ordenó Mikasa colocándose en posición de ataque.
Hange no contestó. Aquella mano le oprimía con tanta fuerza que apenas podía respirar.
—Levi —habló Mikasa con voz potente—, no me obligues a enfrentarme a ti.
Su advertencia tuvo el efecto deseado. Levi titubeó ante esa amenaza; un enfrentamiento con Mikasa sería una imprudencia y una irresponsabilidad por su parte. Con una mueca de rabia, soltó a Hange que cayó desplomada en el suelo con el rostro morado. La asiática relajó los hombros y suspiró un poco más calmada.
Sin embargo, y empeorando aún más la situación, el menor tomó por costumbre irse de la cabaña por las tardes y no regresar pasada una hora, para consternación de Levi. No saber dónde se encontraba en ese plazo de tiempo lo sacaba de los nervios, luchando contra sus impulsos para no correr e ir a buscarlo. Mikasa le pedía que no perdiese el control de nuevo y le diera un voto de confianza a Eren. El mayor lo intentaba, realmente hacía el esfuerzo de confiar en su alumno, mas algo le decía que algo iba mal. Su instinto le gritaba "¡peligro, peligro!", y en contra de su voluntad, ignoraba esa alarma, no queriendo empeorar todavía más su relación con Eren.
Tanto Mikasa como Hange no tenían problema en que el castaño saliera a tomar el aire y regresara una hora más tarde. Como bien había dicho la asiática, esa zona era segura; nadie habitaba por los alrededores y el mayor peligro que pudiera encontrarse Eren serían los insectos del bosque.
No obstante, alguien más merodeaba cerca y no era exactamente un amigo.
—Ya creí que no vendrías, Eren.
—Perdona, Zeke. Me entretuvieron —se disculpó el castaño llegando al lugar acordado.
—Tranquilo, siempre es bueno verte —añadió el hombre colocándose bien las gafas.
Eren le sonrió. Siempre era agradable reunirse con ese hombre llamado Zeke y tener una charla con él. Se conocieron días antes, durante el arrebato de furia que sufrió Eren contra Levi. El castaño, cegado de ira, se alejó tanto de la cabaña que terminó perdiéndose en la espesura del bosque. Preso del pánico, retrocedió sobre sus pasos y asustado trató de volver, pero cuanto más avanzaba más desorientado se encontraba.
Verse solo y desamparado en un lugar que no conocía hizo que casi se derrumbara y pidiera perdón por su terca actitud, mas en ese preciso instante, y cuando todo parecía perdido, una figura apareció entre las sombras de los árboles, revelando a un hombre alto, con barba, gafas y el pelo largo hasta la nuca.
Inmediatamente, Eren se puso en posición defensiva.
—¿Quie...? ¡¿Quién eres?!
—Tranquilo, muchacho... Yo... oí pasos y pensé que sería un animal salvaje, pero no hubiera imaginado que alguien más estuviera por estos lares.
Eren frunció el ceño, desconfiando de su repentina presencia.
—¿Te has perdido, joven? —preguntó con voz afable.
Eren no respondió, barajando las posibilidades que tenía a mano. Podía huir y perder de vista a ese desconocido o comprobar si de verdad era un hombre cualquiera o un enemigo.
—No te haré nada —le aseguró el desconocido y levantó ambos brazos para demostrarlo.
—¿Es usted de por aquí? —preguntó con cautela.
—Sí, vivo un poco más lejos, casi en los límites de la frontera que separa el bosque y la carretera.
—¿Y qué hace aquí?
—Hoy salí para recolectar un poco de frutos secos —y palmeó una bolsa pequeña de cuero que llevaba colgando de la cintura.
Eren empezaba a bajar la guardia.
—¿Vive solo?
—Sí, pero la naturaleza también es una buena compañera.
—Mmm… Yo… —rascándose la nuca, Eren pareció un poco arrepentido por su actitud hostil—, perdone, pero no esperaba...
—No te preocupes —se apresuró a decir el hombre con una sonrisa—, lo comprendo perfectamente. Ser precavido nunca está de más.
Eren asintió y tras haber comprobado que no iba armado y que su aspecto no resultaba peligroso, se presentó educadamente. Si bien le dijo que se llamaba Eren Jaeger, mintió acerca de sus intenciones que le llevaron a vivir temporalmente en aquella zona alejada de la ciudad. No le habló de nadie de su alrededor, a excepción de su tutor Levi, a quien describió como "insoportable" y "cruel". Zeke le escuchaba con atención y le reconfortaba con sabias palabras. Eren encontró alivio en cuestionar y quejarse sobre el trato injusto que recibía de Levi sin correr el riesgo de ser descubierto.
Pero no solo se desahogaba criticando a su tutor, también había otro asunto que le tenía inmersamente intrigado.
—Cuéntame más cosas sobre mi padre, ¿de verdad era tan buen médico? —preguntó Eren el cuarto día de su encuentro.
Zeke no se opuso, pues entendía la insistencia del chico por conocer todos los detalles posibles sobre su padre.
—Sí, el mejor que he conocido. Su trabajo era excelente, todos le teníamos un gran aprecio.
—¡Vaya! —exclamó sorprendido.
—Estoy seguro que hubiera sido un buen padre. Tenía un gran corazón.
—¿Crees que pudo haberme dejado en la Institución porque estaba en peligro? —inquirió en voz baja como si temiera que alguien les espiara.
—No estoy seguro, Grisha no contactó conmigo desde que se fue —respondió Zeke negando con la cabeza—. Fue una sorpresa descubrir que tú eras su hijo. Al principio me costó creerlo, no te pareces en nada a él... Excepto por el color de tus ojos.
—Yo... tengo la esperanza de encontrarme con él... y con mi madre...
—Debe de haber sido duro para ti, vivir todos estos años sin una familia —lamentó el hombre.
—No tengo recuerdos de ellos —replicó Eren encogiéndose de hombros, dando a entender que no era tan duro como parecía—, pero me gustaría saber qué se siente al tener unos padres que te cuidan.
—Lo comprendo —afirmó con gravedad—. Dime, ¿ya arreglaste las cosas con tu tutor?
—No, todo sigue igual —contestó fingiendo indiferencia ante la mención de Levi—. Es... frustrante que la única persona que está a mi cargo me trate de esa forma... La primera vez que lo vi pensé que no podía haberme tocado alguien peor, fue un desastre... Después pareció que las cosas mejoraban entre nosotros, pero todo se esfumó hace pocos días... Me siento decepcionado, melancólico, enojado...
—¿Se lo has dicho? ¿Le has contado cómo te sientes?
—No... —negó con voz afligida—. A penas hablamos...
—Díselo. Enfréntale sin miedo —le alentó Zeke.
—Ah, no sé... No creo sea una buena idea...
—Que seas un alumno no significa que no puedas expresarte —le recordó con el ceño fruncido—. ¿Tanto miedo le tienes?
—No, no es eso... Yo... no quiero tenerle miedo... Pero si le digo todas esas cosas siento que empeoraré las cosas —comentó sin dejarse convencer.
—Haz lo que creas más apropiado, Eren. Pero si crees que tu tutor es quien está equivocado, deberías decírselo.
—Lo tendré en cuenta, gracias.
Zeke le sonrió y le dio un apretón en el hombro para darle ánimos. Como todas las tardes, se despidieron amistosamente y acordaron verse al día siguiente a la misma hora. Eren realmente disfrutaba de esa hora, libre y sin que nadie le controlase, por mucho que su cerebro le gritase que aquello que hacía no era lo correcto. Lamentaba que esa sensación tan agradable durase tan poco, pues una vez ponía los pies en la cabaña, el malestar y la tensión surgían para atormentarle.
Y como suponía, Levi le aguardaba de brazos cruzados, recostado contra la puerta de su dormitorio y con una expresión de lo menos amigable. Dentro de la cabaña reinaba el silencio, y no fue difícil adivinar que algo gordo se le venía encima.
—¿Dónde has estado?
—He ido a dar un paseo —respondió sin molestare en mirarle a los ojos.
—No me mientas, Eren —le advirtió Levi severamente.
—¡No le estoy mintiendo! —replicó exaltado.
—¿Qué haces todas las tardes cuando abandonas la cabaña? —insistió sin perder la compostura.
—Ya se lo he dicho, doy una vuelta por el bosque.
—Me estás mintiendo, Eren.
—¡No es verdad! —defendió el chico pese a que Levi llevaba razón.
—¿Qué me ocultas? ¿Por qué no quieres decirme qué haces cuando no estás aquí?
—No... No... —Eren buscó rápidamente algo con lo que evadir sus preguntas—. ¡No tengo por qué decírselo!
Levi entrecerró los ojos y sus facciones se endurecieron.
—¿Eres consciente de la situación en la que estamos?
—Sí, pero eso no tiene nada que ver. Estoy bien, ¿verdad? —y extendió los brazos para corroborarlo—. ¿Ve? No estoy herido ni nada. Nadie me ha atacado.
—Eso no significa nada. Hoy puedes estar bien, y mañana estar...
—No me va a pasar nada —le interrumpió Eren bruscamente—. Incluso me siento mejor cuando estoy lejos de usted.
A Levi le dolió oír eso. Harto de no llevar las riendas, decide actuar en consecuencia.
—Mañana te quedarás en la cabaña. No volverás a salir —sentenció con firmeza.
—¿Ah? ¡¿Y eso por qué?! —gritó el castaño consternado.
—No voy a tolerar que me sigas mintiendo y desobedeciendo.
—No, ¡usted no puedo hacer eso!
—Lo haré.
—¡No!
—Eren soy tutor, puedo hacerlo —concluyó inflexible.
—Desde hace días que no le veo como un tutor... ¡Se está convirtiendo en un amo! —atacó Eren completamente indignado.
—Eso es algo que has hecho tú mismo con tus actos de rebeldía.
—No, no...
—Ve a tu habitación y no salgas hasta que yo lo diga.
Eren negaba con la cabeza, incapaz de creer que eso estaba pasando. ¿Por qué? ¿Por qué tenía que ser así? ¿Por qué siempre acababan peleados?
—Eren... —le llamó como última advertencia.
—No...
Sin más opción, Levi agarró a su alumno por el brazo con más fuerza de la necesaria y abriendo la puerta del dormitorio, lo lanzó hacia dentro con violencia, causando que el menor tropezara y cayera al suelo con estrépito.
—¡Levi! —exclamó Eren poniéndose de rodillas para levantarse.
—No saldrás a menos que yo lo quiera. Empieza comportándote como es debido y actúa como un adulto.
Y dicho eso, encerró a Eren en su dormitorio. Este se abalanzó contra la puerta y empezó a golpearla con los puños, mientras gritaba:
—¡Le odio! ¡Ojalá no fuera mi tutor! ¡Ojalá no me hubiera elegido! ¡¿Por qué tuvo que venir a la Institución?! ¡Le odio! ¿Me oye? ¡LE ODIO!
Levi no se movió. Cerrando los ojos, dejó que los gritos colapsaran sus oídos. No lamentó que su alumno le odiara, cualquier cosa valía, cualquier cosa que no estuviera relacionada con el dichoso amor… Si Eren le odiaba, entonces que le siguiera odiando… Oyó sus sollozos, los mismos que escuchó hace días desde su habitación mientras Eren estaba encerrado en el baño.
Por muy doloroso que fuera para los dos, Levi prefería oír ese llanto en vez del suyo propio, porque si él lloraba, solo iba a ser por un motivo… Si Eren lloraba, era porque estaba vivo. Y a pesar de todo el daño que se hacían el uno al otro, saber que estaba vivo era su único consuelo.
Alejándose de los sollozos y los insultos, recorrió el estrecho pasillo y bajó las escaleras de madera.
Mikasa le observaba contrariada. Por supuesto, había escuchado toda su discusión desde el piso de abajo.
—Esto no puede continuar. Sino solucionáis vuestras diferencias nos afectará a nosotros y a la misión. No podemos fallar otra vez, Levi —dijo sombríamente.
Sentándose en la otra punta de la mesa, trató de serenarse. Mikasa tenía razón, pero…
—Hablar las cosas no solucionará nada. Eren no me escuchará.
—Debes intentarlo.
Levi contuvo una mueca.
—Si es incapaz de seguir mis órdenes, entonces no está capacitado para realizar esta misión.
—¿Lo relevarás? —cuestionó Mikasa
—Eso si no me deja otra opción.
La morena no objetó nada al respecto. Sin nada más que decirse, los dos se sumergieron en un prolongado silencio, aislándose de todo y batallando contra sus propios pensamientos.
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Eren sentía un gran vacío en su corazón. Le dolía, le dolía demasiado. Odiaba con todo su ser a Levi, y al mismo tiempo no podía sacárselo de la cabeza. Le gustaba Levi, no sabía cómo ni cuando, pero ya no podía deshacerse de ese sentimiento, y eso solo le llevaba a odiarlo con más fuerza. Deseaba arrancarse el corazón del pecho y dejar de sufrir.
Quería huir, correr lejos de Levi y de todo lo que tuviera que ver con él. Lo único que le retenía era la misión. Pero realmente quería escapar y ser libre, pero como alumno ni siquiera tenía ese derecho. No podía volver a la Institución y solo podía ser independiente si su tutor renunciaba a él o si contraía matrimonio.
Eren sonrió con amargura. Levi jamás le dejaría marchar, y dudaba seriamente que encontrara alguien con quien casarse. Estaba condenado a estar a su lado por mucho tiempo.
"¡Se está convirtiendo en un amo!"
"Eso es algo que has hecho tú mismo con tus actos de rebeldía".
Sus palabras retumbaban dentro de su cabeza, su voz persistente se rehusaba a abandonarle. ¿Ni siquiera podía dar un paseo y charlar con un buen hombre? No era ningún acto de rebeldía, él necesitaba respirar, liberarse de esa presión en el pecho y pasar un buen rato por muy efímero que fuera.
Levi no conseguiría hacerle sentir mal, no… Él no estaba haciendo nada malo. Era Levi, siempre era él.
Consciente que no saldría hasta la mañana siguiente, se levantó del suelo —había permanecido recostado contra la puerta todo ese tiempo—, y se dirigió a la cama. No se molestó en cambiarse de ropa, y con pesadez se dejó caer contra el colchón. Hundiendo su rostro en la almohada, cerró los ojos y se encogió como si quisiera hacerse pequeño.
Antes de caer dormido, imaginó cómo Levi estaba a su lado y le abrazaba.
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Al amanecer, Levi dio instrucciones precisas respecto a Eren. Ni Mikasa ni Hange tenían permitido abrirle la puerta a menos que lo ordenase él mismo. Era su alumno, su responsabilidad. La científica no reaccionó como Levi había temido. En vez de entrometerse y preguntar acerca de sus riñas, se preocupó seriamente. Y para sorpresa de los dos Ackermans, le dio el mismo aviso que Mikasa.
—Si vuestros problemas afectan a la misión, habrá más probabilidades de fracasar.
—Lo tengo muy presente —terció Levi con impaciencia.
Hange no dijo más, pero le lanzó una mirada de advertencia.
Minutos después, Levi permitió a Eren salir de su dormitorio retándole en silencio a que hiciera alguna locura si se atrevía. Este no intentó ningún movimiento raro y siguió con la cabeza agachada al mayor hasta el comedor. Le hervía la sangre de la impotencia que sentía, pero armar otro escándalo no sería lo más oportuno. El ambiente ya estaba suficiente cargado y él no se encontraba con fuerzas para otro enfrentamiento.
Reunidos los cuatro, conversaron acerca de la falta de movimiento por parte del enemigo. Hange fue la primera en comentar que esa calma auguraba siempre lo peor. Levi coincidió en que algo planeaban y exigió extremar las precauciones mirando de reojo a Eren quien aún no había intervenido.
El aludido desvió la mirada y fingió concentrar su atención en la madera desgastada de la mesa. Mikasa propuso incrementar las guardias por los alrededores, si el enemigo descubría su localización pelearían con una gran desventaja. Levi no se opuso, como tampoco Hange ni Eren.
En definitiva, los cuatro intuyeron que pronto esa calma se desvanecería y hasta que el momento llegara, debían estar atentos y preparados psicológicamente para la peor de las situaciones.
El resto del día transcurrió con normalidad, Levi y Eren se evitaban, Hange hablaba consigo misma sobre el libro Ataque a los Titanes, y Mikasa revisaba las armas que Kenny les había proporcionado días antes.
Alrededor de las seis de la tarde, Levi le indicó a su alumno que cogiera un arma y se preparara para salir con él a patrullar. Eren gruñó, pero obedeció sin rechistar. Hange, quien tenía el ceño fruncido, irrumpió entre ellos.
—Creo que sería mejor si yo hiciera pareja con Eren.
Levi, como no podía ser de otra manera, protestó. Alegando que era su alumno y debía estar a su lado por precaución. El castaño se unió a la científica y con voz queda dijo:
—Opino lo mismo.
Mikasa que contaba los cartuchos de una escopeta, alzó el rostro.
El mayor rechinó los dientes en señal de desaprobación.
—Conmigo estará seguro.
No quería ceder, no debía ceder, y aun así… lo hizo. Eren sintió un pequeño soplo de aire al escuchar como este aceptaba que fuera con Hange. Juntos, el alumno y la científica salieron de la cabaña armados, el primero con una pistola y la segunda con una escopeta y dos pistolas (Eren no había recibido su instrucción sobre el manejo de las armas por lo que le dieron una sola arma fácil de disparar en caso de emergencia).
Hange iba primera con Eren detrás, los dos avanzando con cautela y procurando no hacer mucho ruido. En cuanto estuvieron alejados unos doscientos metros, la mujer le señaló al menor que esperara y vigilara mientras ella se adentraba un poco más. Eren asintió con la pistola entre las manos. Dudaba que avistasen alguien en el bosque, la única persona que se acercaba por esa zona era Zeke, quien seguramente le esperaría preocupado por su tardanza.
Como deseaba escaparse tan solo un instante e ir a verle… Él le escucharía y le daría alguno de sus sabios consejos. Nervioso, fijo su vista en la dirección por la que se había ido Hange. Mordiéndose el labio, miró ambos lados. Se encontraba solo, quizás esa era su única oportunidad… Ni siquiera se demoraría más de cinco minutos… Solo saludarle y comentarle rápidamente su situación… No tardaría y así Zeke estaría enterado y no le haría preocupar…
Conocía el camino… No estaba lejos… Solo sería un momento… Y como excusa podía decir que había oído ruidos sospechosos más allá de donde se hallaba…
Agarrando el arma con las dos manos, torció hacia la derecha y se escabulló entre los altos árboles que ocultaban el cielo anaranjado del atardecer en busca de Zeke.
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Eren no regresó esa noche a la cabaña. Tampoco lo hizo a la mañana siguiente ni los días posteriores.
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