Always ends in kiss
Echada sobre las almohadas tiradas en el suelo, Regina abrió los ojos llena de felicidad. Vio el perfil de un cuerpo femenino siendo bañado por la luz que provenía de la chimenea, los largos cabellos dorados caían por su hombro derecho y, a medida que subía su mirada, descubría quién era: Emma Swan velaba su sueño. Sintió la cálida mano tocarle la piel del rostro y como en una película, Gina vio un inusitado brillo envolver la escena. Una sonrisa surgió en los suaves y rosados labios de la rubia, ella quería decir algo: "He esperado la vida entera por este momento". Las puntas de los dedos tocaron sus labios, siempre amó delinear las curvas de aquella boca. Cuando sintió el beso lleno de calma y pasión, su cuerpo ser tomado por el de ella y sus propios brazos acogiendo al amor de su vida, acabó despertando.
Regina dio un tumbo en la cama, con el corazón acelerado, y el edredón todo revuelto. Era temprano, el despertador aún no había tocado. Se dejó caer de nuevo sobre las almohadas deseando volver a ese sueño, en vano. Demasiado bueno para ser verdad, difícil de creer. Podía sentir el gusto del beso, ver el rostro de Emma con todo lujo de detalles…Solo quiso que fuera verdad. Pero no podía quejarse, ya que su ex novia se mostraba menos resistente. La morena sonrió por eso. Se le pasó por la cabeza que el sueño podría estar muy cerca de cumplirse. Su corazón continuaba acelerado.
Con buen humor, se levantó, se puso una bata de seda lila y caminó por el apartamento en puntillas, como una niña que no quería despertar a los padres. Llegó a su lugar favorito: la terraza. Abrió las grandes puertas de cristal hacia la vista de la ciudad, vio el sol surgir tímido entre los edificios, mientras apoyaba sus manos en la barandilla. La brisa gélida de la mañana hizo que su piel se estremeciera, de forma parecida ante el toque de Emma en su sueño. Suspiró, cerró los ojos, trayendo a su mente las imágenes del sueño. Estaba jadeando cuando su madre apareció en la sala y la vio.
«¿Despertaste de buen humor, Regina?» la mujer preguntó, saliendo a la terraza. Estaba vestida igual que la hija, pero su bata era gris claro.
«¡Mamá!» Gina se giró bruscamente, tragó en seco. Encontraba increíble cómo su madre conseguía adivinar su estado de ánimo aun estando de espaldas.
«No es necesario que te pongas blanca, querida» le dijo Cora
«¿Ya despertaste?» la hija cruzó los brazos escondiendo los senos ligeramente endurecidos que despuntaban bajo la seda.
«¿Cómo que si ya me levanté? Me he levantado a la hora de siempre. ¡Qué bien que estés de buen humor, así podemos conversar un poco!» Regina regresó a la sala, Cora detrás de ella «¿Qué harás esta noche?»
Regina se paró en mitad del camino. Se giró hacia la madre
«Nada. Por lo menos, nada que yo sepa, vendré para casa»
Cora sonrió levemente
«¡Genial! Entonces, te puedes quedar con Roland mientras yo salgo a un compromiso»
Gina frunció el ceño
«¿Compromiso, señora Cora?» hizo la pregunta un tanto sorprendida
«Sí. Mis amigas del club y yo tenemos un gran compromiso»
«¿Tú y tus amigas del club?» de nuevo cruzó sus brazos «¿A qué casino iréis esta vez?»
«No iremos a ningún casino, cariño»
«Ok, entonces, ¿a qué bingo?»
El vicio de Cora Mills, a veces, irritaba mucho a su hija. La matriarca tenía la manía de salir tres veces a la semana a jugar. Adquirió el hábito justo después de la muerte del marido y parecía empeorar a medida que el tiempo pasaba. Regina sabía que su madre no solo se limitaba al bingo, ya que a veces iba a los casinos, y gastaba mucho dinero.
«Regina, comprende, tu madre necesita diversión, ¿qué daño hace una mujer de mi edad yendo al bingo con sus amigas?»
«Prefiero mil veces que vayas al teatro o al cine que al bingo, mamá»
«Regina, no entiendes…» gesticuló Cora, acercándose a la hija
«No, ni quiero entender» la interrumpió «No vas a salir más de casa por la noche, y punto, mamá» dio la orden
«¡No puedes mandar en mí!» reclamó Cora. Tocó los hombros de la hija «Escucha, querida, solo esta vez, ¿sí? Prometo que es la última» la señora Mills colocaba bien el tejido de la bata de Regina, intentando convencerla. Hacer aquel tipo de promesa era típico de la mujer. Gina no cayó en ella otra vez.
«¡No! ¡Definitivamente, no!»
Y le dio la espalda.
«Ajjj…» rezongó la madre, bajando los brazos insatisfecha «Dulce ilusión pensar que me ibas a dejar. Ni tenía que habértelo comentado»
«Sabes que no me gusta que gastes dinero en los juegos, ya es hora de que pares. Piensa en el ejemplo que le estás dando a tu nieto» la morena caminaba hacia el cuarto «Ahora, haz algo, prepara el desayuno que yo voy a darme una ducha y prepararme para ir a trabajar, hoy tengo que llegar a la constructora muy bien»
Cora miró a la hija con curiosidad. Desde donde estaba preguntó
«Hum…¿Y por qué tienes que estar bien para trabajar?»
Gina sacudió la cabeza al darse cuenta de lo que había dicho
«Pues…para estar bien. Ya sabes, mamá…nos estresamos mucho, así que debemos estar bien» gesticuló demasiado, al igual que antes la madre.
«Por tu cara, no es nada de eso» dijo la madre moviendo negativamente la cabeza «Vamos, Regina, puedes contármelo, ¿qué andas tramando? No me lo puedes esconder»
Por un breve instante, Regina quiso contarle todo lo que estaba planeando con Emma, pero había algo que se lo impedía. La mujer más vieja era más astuta de lo que imaginaba, siempre dando la impresión de saber todo antes que los demás.
La morena se rascó la nuca, resopló hacia la madre y dijo con algo de burla
«¡No es de tu incumbencia, señora Cora Mills!»
Y salió por el pasillo, con la cabeza erguida.
Los pisos de la constructora estaban completamente vacíos cuando Regina llegó al edificio aquella mañana, un poco más temprano de lo normal. Estaba todo tranquilo, nadie circulaba por los pasillos. Perfecto para la sorpresa que quería organizar.
Casi media hora más tarde, los trabajadores de la empresa fueron llegando para un día normal de trabajo, incluida Emma Swan que apareció a su hora en punto. Se dirigió a su despacho para dejar sus cosas antes de la reunión diaria, pero, en cuanto cerró la puerta y encendió la luz, se llevó un tremendo susto.
«¿Regina?» dijo la rubia, después de sentir un repentino frío en la boca del estómago al verla. Mills, de piernas cruzadas, sentada en la superficie de la mesa de Swan, sonreía sin enseñar los dientes. Cogió a la arquitecta desprevenida. Emma casi soltó sus cosas al suelo del susto «¿Qué estás haciendo aquí? ¿Cómo entraste en mi despacho?»
«No dejas la puerta cerrada con llave, es fácil entrar» dijo la morena
Emma mantuvo la distancia, caminando por el despacho sin darle la espalda, como un animal asustado. Dejó sus cosas en el pequeño sofá que allí había. No apartó los ojos de ella, aunque la mirase todo el rato de soslayo.
«¿Qué quieres?» preguntó, casi en un susurro
«Verte» Gina respondió deprisa. Bajó de la mesa, se recolocó la falda y caminó hasta la rubia, segura de sí misma «También vine a ver dónde habías dejado las rosas que te regalé»
«Ahm…Están allí» Emma aprovechó para mirarla de cabeza a los pies. Señaló el mueble al lado del sofá. Las rosas estaban metidas en agua en un alto florero «Ruby me consiguió un florero para ponerlas»
«Ya lo he visto. Son tu reflejo. Sabía que te iban a gustar» Mills, sin perder tiempo, sacó algo del bolsillo del chaleco. Cogió la mano izquierda de Emma y lo colocó encima de su palma «Toma, es para ti» dijo, con mucha seguridad.
Regina le dio dos entradas de cine.
Swan miró las entradas en su mano. Se sorprendió al ver de qué película se trataba.
«Desayuno con diamantes» dijo. Sus ojos brillaron «¿Me estás dando entradas para ir a ver Desayuno con diamantes? ¡Es una de mis películas favoritas!» volvió a mirar a Regina
«¡Sí, lo deduje! Cuando fui a tu apartamento, vi un retrato de Audrey Hepburn en la pared de la sala. En cuanto me enteré de la muestra de cine clásico en el centro cultural, y vi el cartel con ella en la portada, no puede reprimirme en comprártelas. Tenía que haberte dado las entradas ayer con las flores, pero me olvidé de meterlas junto con la nota»
Swan no sabía qué decir. Se quedó atontada. Las únicas personas que sabían de su pasión por Audrey Hepburn eran su madre y su hijo, y ahora también Regina.
«¡Wow!» suspiró contenta
«Está bien, confieso que no solo vine a verte o a peguntar por las rosas, vine para esto. Y como casi nunca te veo antes de la reunión, pensé que era mejor que me escondiese antes de que llegaras» Gina junto sus manos que comenzaban a sudar «¿Qué tal? ¿Te gustó?»
La rubia decía que sí con la cabeza repetidas veces
«¡Me ha encantado! De verdad. Gracias» sonrió bobaliconamente. Ya no tenía que tener cuidado en esconder los sentimientos.
Gina asintió. El nuevo regalo estaba dado. Al ver la reacción de Emma, sabía que de nuevo la había agradado.
«Espero que te gusté y a Henry también» dijo la morena, girándose para marcharse.
«¿Henry y yo?» preguntó Emma sin entender
La morena la miró por encima del hombro
«Sí. Las entradas son para ti y para él»
Después de una sonrisa, esta vez, resplandeciente y de oreja a oreja, Mills dejó el despacho de Emma.
La arquitecta se quedó parada, pensando. ¿De verdad aquella entrada era para Henry?
Más tarde, de regreso en el apartamento de la familia Mills, Regina ayudaba a Roland con los deberes. La madre se sentó junto al pequeño en el escritorio del cuarto de niño, mientras Cora vagaba por el apartamento, impaciente por no tener permiso para salir. Intentó a toda costa convencer a su hija, pero Regina conocía a la madre que tenía y definitivamente no se iba a dejar engañar esta vez.
«¿Qué más, mi amor?» preguntó Regina al pequeño
«Ya está, mamá» él cerró el cuaderno «¿Puedo ponerme a dibujar ahora?» preguntó mirándola con carita dulce, ella no podía decir que no.
Gina le dio un beso en la cabeza, después acarició sus cabellos de querubín.
«Claro que puedes» sonrió
Alrededor de las siete y media el móvil de Regina sonó. Se levantó de la silla, al lado del hijo, sacó el teléfono del bolsillo de los pantalones, miró la pantalla. No reconoció el número, pero decidió atender.
«¿Diga?»
«Hola, Regina. Soy yo, Emma» dijo la rubia al otro lado de la línea, deprisa
Mills casi dejó caer el móvil entre sus dedos ante la sorpresa.
«¡Emma! Hola, ¿estás bien?»
«Estoy bien, todo ok» hizo una breve pausa «Te llamo para saber si no te gustaría ir conmigo a ver la película. Es que Henry está hoy con sus abuelos, y no quería ir sola. Me diste dos entradas, creo justo llamarte» dijo Emma de un tirón, antes de arrepentirse
«Emma…Espera. ¿Qué has dicho?» Regina miró de reojo al hijo. Parecía no estar interesado en la conversación, ya que estaba entretenido con una hoja y los lápices de colores derramados por la mesa.
«Te pregunté si te gustaría venir al cine conmigo. ¿Puedes? ¿Te estoy molestando?» la pregunta pareció insegura
Regina no se lo pensó dos veces.
«¡No! ¡Claro que no me molestas! Puedo, sí…Claro que puedo. Dame unos minutos y ya voy. Me voy a arreglar, será rápido, yo…voy a intentar ser rápida» sonrió tanto que los dientes mal le cabían en la boca.
«¡Ah, qué bien, entonces! En media hora paso a recogerte, ¿puede ser?»
«¡Perfecto! En media hora»
«Oh, en media hora»
Pudo escuchar una risa tímida. Ambas hablaban nerviosas como dos adolescentes terriblemente enamoradas en su primera cita.
«¿Sabes dónde es mi apartamento?» fue la última pregunta
«Sí, creo que sí. ¿No te mudaste, no?»
Gina dijo que no con la cabeza como si Emma estuviera delante
«No. No me mudé. Es en el mismo sitio, en el centro de la ciudad»
«Está bien. Entonces, espérame que paso a recogerte»
«¡Sí, ven! Te espero» a Regina solo le faltó saltar de alegría.
Emma colgó. La morena estaba tan eufórica que no sabía por dónde empezar. Salió deprisa del cuarto del hijo, tan contenta que casi chocó con su madre en el pasillo.
Corrió hasta su cuarto, metiéndose en el vestidor, en medio de sus ropas. Tenía que escoger algo decente para verse con Emma, no quería quedar mal de ninguna manera. Se estaba mordiendo su labio inferior de lo ansiosa que estaba escogiendo.
Cora Mills entró en el cuarto de su hija, se quedó apoyada en la puerta del vestidor, observándola. Pero no dijo nada mientras ella escogía uno de sus looks favoritos: blusa de color rosa, falda de cuero negra y zapatos de tacón del mismo color. Se fue cambiando de ropa sin importarle que la madre estuviera mirando. Cora quiso reír, pero se contuvo.
Arreglada, faltaba el maquillaje. Entró en el baño, sacando todo el arsenal de maquillaje de dentro de los cajones, pero, al final, solo se puso lo básico, no podía perder tiempo. A Emma no le importaría aquel detalle.
En pocos minutos, la ingeniera estaba lista. Se estaba terminando de poner las pulseras y el perfume cuando pasó al lado de la madre y le dio instrucciones.
«Mamá, tengo que salir, no sé a qué hora volveré. Pide a la cocinera que le ponga la cena a Roland y tú échale un ojo. Últimamente está muy raro para comer» dijo, saliendo del cuarto, cruzando el apartamento «Ah, y acuéstalo pronto»
Cora Mills, iba detrás, no estaba para nada contenta.
«Regina, ¿a dónde vas?»
La morena se detuvo
«Voy a salir. Al cine»
«¿Y tienes que arreglarte de esta manera? ¿Con quién vas?»
«Con nadie, mamá» se giró y le dio dos besos «Ya estoy atrasada, tengo que bajar»
Regina no se iba a quedar al interrogatorio de la madre. Le dio la espalda, cogió su bolso y llaves que estaban en la mesa de centro.
«Regina, vuelve aquí. No me dejes hablando sola» dijo Cora, pero no sirvió de nada. La hija salió, pero con las prisas, dejó la puerta sin cerrar del todo.
Fuera del edificio, Emma pegó su escarabajo a la acera. Regina, casi a la vez, salía del edificio.
Swan bajó del coche, lo rodeó y la vio acercándose. Se sonrieron espontáneamente al mirarse, y Regina se dio cuenta del estilo más informal de la rubia: toda de negro, pantalones ajustados, chaqueta corta y una camisa por debajo. Todo acentuándole la curvas de su cuerpo.
«¿Me demoré?» preguntó Emma
«Llegaste a la hora» Sonrió Gina
La rubia abrió la puerta del copiloto para que su ex novia entrara. En cuanto lo hizo, cerró con cuidado, dio la vuelta lo más deprisa que pudo y se sentó tras el volante.
El centro cultural de Boston no quedaba muy lejos de allí. Emma y Regina encontraron fácilmente la calle. Era un edificio antiguo, enorme, con una arquitectura muy parecida a la de los teatros de los años cincuenta. Emma adoraba los sitios como aquel. Se podía decir que una "friqui" cuando se trataba de construcciones de aquel tamaño. La ingeniera se dio cuenta al llegar. Curiosamente, la rubia nunca había pasado por ahí, no conocía el sitio. Ante la cara de satisfacción de Emma, Regina se anotó un punto en su batalla por reconquistarla.
Swan compró palomitas y refresco para ella y Regina. Aquel era otro detalle que la morena recordaba de su época de noviazgo, Emma adoraba los aperitivos, y, a veces, no se limitaba solo a cuando veían películas, sino que cualquier momento valía. Regina también se daba cuenta de que su amada estaba abierta, más tranquila con ella, más amable. No parecía algo forzado. Emma era muy transparente. Quizás estaba contenta con los regalos de la morena y se sentía en la obligación de devolvérselo. Mills se controlaba para que su felicidad por estar a su lado no fuera tan visible, sin embargo, sus sonrisas la delataban.
La sesión comenzaría puntalmente, a las 20:15. Tenían algún tiempo para conversar mientras el film no empezaba. Se dirigieron a la gran sala oscura, se sentaron en la parte de arriba, en los asientos de en medio. No había muchos fan del cine clásico esa noche; aparte de ellas, solo había dos parejas y otras tres personas.
Regina le preguntó sobre Henry
«¿Henry no quiso venir?»
«Quiso visitar a los abuelos. Le gusta pasar tiempo con ellos de vez en cuando» respondió Emma, sin resistirse a las palomitas
«Entiendo»
«Nunca has visto esta película, ¿verdad?» preguntó la rubia, girando el rostro hacia ella
«Nunca. La conozco de nombre, es una película muy famosa»
«Sí. Bastante. Es mi favorita de Audrey, creo que es en la que ella está más hermosa»
«Te gusta de verdad ella, por lo que veo»
«Por lo menos más que Elvis» Emma se rio. También le arrancó una sonrisa a Regina «Creo que después de la peli también a ti te va a gustar »
Regina asintió, mirando a la rubia de lado. Para ser sincera con ella misma, poco le importaba la película que iban a ver. Estaba al lado de Emma y aquello bastaba. Se sentía feliz por haber sido llamada por la rubia. Notaba un gran paso en la relación que quería construir para las dos. Intentando comportase, la morena se colocó mejor en la silla y repitió lo que Swan no dejaba de hacer: comer palomitas.
La película comenzó. La sala se quedó aún más oscura. La primera escena del film mostraba a la protagonista mirando el escaparate de una famosa joyería de Nueva York. Regina se identificó con los vestidos de fiesta de la mujer.
«Me gusta su ropa» dijo tras un sorbo de refresco
«Va a usar ese vestido muchas veces a lo largo de la película, créeme» dijo Emma riendo
Al final, Regina acabó metiéndose en la película y se quedó concentrada en la pantalla, apenas parpadeaba. Solo perdió la concentración cuando Emma comenzó a palpar el brazo del asiento en que estaba buscando el vaso de refresco y, sin querer, le tocó la mano. Con el susto las dos se miraron. Gina enrojeció. Swan retiró la mano al momento.
Intentando fingir, Emma giró el rostro hacia delante, y encontró el refresco en el otro brazo del asiento. Volvió a mirarla, pero esta vez de reojo, dándose cuenta de que ella miraba la película o al menos lo aparentaba.
A su lado, Mills estaba, por dentro, que se subía por las paredes, pensando: "¡Cielos! Esto es una cita" Con ese pensamiento, pasó el tiempo restante quieta, esperando que la cálida mano de Swan tocara la suya de nuevo, pero no sucedió.
Cuando la protagonista de la película le cantó Moon River al galán, Emma sonrió. Fue casi involuntario. Regina, que en ese momento la miraba de reojo, solo consiguió amarla aún más.
El film acabó y la rubia aún suspiraba.
Para Emma, el tiempo se había ido volando. Para Regina, un poco menos.
La morena se sintió estúpida por no haber podido arrancarle a la rubia algo más contundente que el roce de manos. Necesitaba probarse que Emma la había llamado con otra intención, no se sentía conforme.
Emma comenzó a hablar sobre la película en cuanto salieron de la sala de cine.
«Ahm…Entonces, ¿qué tal la película?»
«¡Genial! Me gustó, me gustó mucho» Mills respondió. Se encaminaron hacia fuera del centro cultural, habían comido palomitas y endulzado la boca con refresco, fue un programa peculiar. Hacía tiempo que no hacían eso solas o con otros amigos. La mayoría de las veces había sido con los hijos, y ambas se dieron cuenta de ese detalle. Necesitaban repetirlo «Tengo que darte las gracias, fuiste muy amable al invitarme a venir contigo» Regina mantenía sus manos a las espaldas mientras caminaban.
«No fue nada. Llamarte era lo más justo, fuiste tú quien compró las entradas» Emma metió las manos en los bolsillos de los pantalones.
Salieron a la acera. La temperatura había caído durante el tiempo en que habían estado en el cine. Ante el frío, Regina se abrazó, restregándose los brazos con urgencia.
«¡Oh, Dios! ¡Cómo ha enfriado!» reclamó Regina Mills
La rubia la vio, y deprisa, se quitó la chaqueta para envolverla, colocándola por encima de sus hombros.
«Espera, Regina. Toma, póntela»
La morena se quedó sin saber qué hacer.
«No, Emma. Vas a sentir frío»
«Estoy bien, no te preocupes por mí» le aseguró Emma
Mirando hacia ella como una total inocente, Regina estuvo a punto de estremecerse y no solo eso, a punto de todo: abrazarla, apretarla, besarla, hasta declararse deseó.
Rápidamente llegaron al coche. Emma le abrió la puerta como una perfecta "caballero" una vez más.
Ante todo lo que estaba sintiendo y viviendo, la morena se creyó con derecho a prolongar esa cita, pero Swan no lo creía así.
«Estoy pensando…Palomitas y refresco no es la cena ideal, ¿qué te parece ir a cenar algún por aquí cerca?» sugirió en cuanto hubo entrado en el coche.
Emma la miró, frunció el ceño. No interpretó bien la propuesta.
«¿Cómo? ¿Cenar?»
«¿No quieres?» Gina tuvo miedo al ver cómo la miraba. No obtuvo respuesta y sí una mirada como diciéndole que entendía sus segundas y hasta terceras intenciones.
«No…No…Yo…Tengo que volver a casa, Regina. No es una buena idea» de repente Swan se puso nerviosa.
Emma, con el paso del tiempo, adquirió poder en sus ojos, ellos hablaban por ella.
«Está bien, disculpa» la morena respondió en voz baja inmediatamente. Se arrepintió de la idea. Tenía que haberse quedado callada. Por lo visto, sus entradas tenían que ser menos invasivas, pero no podía controlarse. Veía la posibilidad de reconquistar al amor de su vida cada vez más cercana. En aquel instante, tragó en seco y se puso el cinto de seguridad, girando el rostro hacia la ventana.
Emma la llevó de vuelta a casa. No dijeron absolutamente nada durante el trayecto entero. Paró en la puerta del edificio de Regina, esperando a que ella saliera pronto del coche.
«Entregada, Regina» por su parte, Emma despertó a la realidad de lo que había hecho. Comenzó a arrepentirse de haberla llamado.
«Disculpa, de nuevo» dijo Mills. Consiguió mirar a Emma, que, por su parte, miraba hacia delante, invadida por aquel recelo que siempre la poseía cuando volvían a hablarse «Pensé que no te ibas a ofender si íbamos a algún otro sitio. Podríamos relajarnos, ha sido una noche muy agradable. Me sorprendiste llamándome para que fuera contigo. Has sido amable. Pensé que te gustaría charlar un rato más»
«¿Y tenía que ser en otro lugar? ¿Un restaurante? ¿Un bar?» dijo Swan
«Podría ser hasta en tu coche si quisieses. Solo quería prolongar ese tiempo contigo»
Emma bajó al cabeza. Cerró los ojos
«Pero no te llamé para eso. Quieres forzar algo que yo no quiero»
«¿Qué no quieres, Emma? ¿De qué estás hablando?»
La rubia suspiró
«Ya lo sabes…No deberías obligarme…»
«No te estoy obligando» Regina soltó el cinto, se acercó a Emma
«Lo estás malinterpretando todo. Solo hemos ido al cine» Swan giró el rostro hacia ella finalmente
«No te estoy forzando a nada, pensé que estábamos teniendo…»
Emma completó por ella
«Una cita. ¿Es eso?»
La morena parpadeó varias veces. Se calló un momento y encontró la pregunta correcta que quería hacerle
«¿Y si así fuese? ¿Te quejarías?»
«No lo sé»
Los ojos de Emma ardían, la boca amenazaba con empezar a temblar.
«Entonces, ¿por qué me tienes tanto miedo? No quiero convertirte en mi cena, ni quiero después llevarte a un cuarto de hotel. Solo necesitaba estar un rato más a tu lado. Me has dado muchas razones hoy para quererlo, Emma»
«Estás jugando sucio» susurró
«No. De ninguna manera. Te dejé claro lo que quiero hace dos días. Eres consciente de eso» Gina se acercó más a su rostro, le tocó la mejilla con su mano. Swan no ofrecía resistencia «¿Quieres saber una cosa?» sintió deseo de hablar sobre aquello, si podía arrancarle una prueba más a Emma, era ese el momento «Soñé contigo esta noche. Un sueño increíble. Pretendía mandarte rosas rojas…y una nota contándote el sueño. Fue todo tan bonito, tan real, tan intenso. Me decías algo en el sueño…que habías esperado la vida entera por aquel momento. Quise tanto que fuera de verdad, que estuviese pasando…Pues es así como yo me siento, loca por ese momento»
Emma no tenía salida, sufría por dentro una innegable duda, sin embargo, estaba perdiendo su autocontrol, al igual que Regina. Cerró despacio los ojos, las lágrimas amenazaban con caer, Swan luchaba para contenerlas.
Mills no podía quedarse dentro ese deseo, acercó su rostro y rozó sus labios con los mismos que vio en su sueño, ahora reales. Suavemente, comenzó el beso; primero el labio superior, después el inferior. Emma no se resistió, respondió lentamente, poco a poco, las lenguas se encontraron, se rozaron, bailaron, se unieron en un tenue calor. Un beso inolvidable, Duró más de lo que esperaban.
Después del intercambio mutuo de cariños, las narices rozándose, las manos que acariciaban las mejillas, Gina lo interrumpió. Había conseguido lo que quería por esa noche. Se apartó de ella, abrió la puerta y le dio una última mirada, vio que la Emma que estaba ahí era igual que la de su sueño. Eso la hizo sonreír.
«Buenas noches» dijo Emma, sentada de lado en el asiento, viéndola salir de coche
«Buenas noches, mi amor» replicó la morena
Emma la vio cerrar la puerta y caminar por la acera. Llegó a la sencilla conclusión de que nada valdría, todo lo que hicieran con buenas intenciones acabaría en beso. Lo peor para ella era que el beso de Regina había sido lo mejor que había experimentado en la vida, ese hecho no había cambiado.
Regina entró en su casa haciendo poco ruido, cerró la puerta de la sala y se pegó a ella, suspirando de amores. Estaba recuperando la respiración cuando se dio cuenta de que todavía llevaba la chaqueta de Emma, se olvidó devolvérsela. Se la quitó con gran cuidado, la olió, sintiendo su perfume, era muy dulce.
Estaba caminando hacia su cuarto con ella en la mano, cuando de una esquina su hijo apareció corriendo y riendo. El niño se chocó con la madre.
«¡Mamá!» dijo él, agarrándose a sus piernas
«Cariño, ¿qué haces despierto a estas horas?» preguntó, extrañada por eso. Miraba al pequeño, pero no sería él el que le respondería…y sí su ex marido «¿Robin?» venía de la misma dirección de Roland. ¿Qué hacía él ahí? ¿Cuándo llegó? Se preguntó. La alegría de la noche se esfumó de un segundo a otro ante su presencia en la casa.
