- Entonces es cierto - afirmó el muchacho separándose de Anna. - Tu voz suena serena pero tus ojos… - Kristoff sonrió con malicia - ¡Vaya, vaya! La princesa Anna me dejó para acostarse con la Reina, su hermana.

Las palabras de Kristoff hicieron mella en Elsa cuya expresión aparentemente tranquila había cambiado. La Reina cerró la puerta de la habitación. Lo que sea que fuera a ocurrir dentro se iba a quedar dentro de esa habitación hasta que la guardia llegase. La Reina reaccionó ante las palabras provocadoras de Kristoff y caminó despacio bordeando la habitación sin querer acercarse a la cama en la que Anna seguía postrada. Elsa todavía no se había atrevido a mirar a la princesa pues sentía que si sus ojos se encontraban con los de Anna toda la fuerza y el temple que debía mostrar como Reina en una situación así, se desvanecería al instante. Era muy consciente de que Anna estaba ahí, a pocos pasos, aterrada y rogando por una mirada que la confortara, pero no podía ceder. Tenía que seguir siendo la Reina de Arendelle hasta que Kristoff abandonara el castillo, vivo o muerto.

Kristoff rasgó el vestido de Anna por la falda, sus dedos aprisionaban las piernas de la princesa con tal vehemencia y furia que la tela prácticamente se deshizo sin luchar, sin oponer la resistencia que Anna estaba intentando.

Era dolorosamente evidente para Elsa lo que estaba apunto de suceder en cuanto irrumpió en la habitación y posó la vista sobre su hermana: Anna tenía marcas enrojecidas en las piernas y los brazos pero aguantaba su expresión con la entereza propia de su rango. La postura de dominancia y la sonrisa socarrona de Kristoff desquiciaron a la Reina. Todos lo hechos bañados en ira, celos y rencor. El grito de terror de Anna aún resonaba en sus oídos y Elsa había decidido ya que la sentencia de muerte debía ser un hecho ejecutado y no una posible consecuencia de lo que ocurriera a continuación.

- No te acerques más - amenazó Kristoff. Mantenía su cuerpo entre las piernas de Anna y mantenía a la princesa acostada con una mano en su vientre. Con la otra, la que había alzado para golpear a la princesa, extrajo un cuchillo de montaña de su funda, a su espalda. Elsa dejó caer su guante derecho al suelo. No hacían falta palabras para describir lo que estaba ocurriendo.

- ¿Sabes que sería muy divertido, Elsa? - preguntó Kristoff acariciando la hoja del cuchillo con sus labios - Que nos vieras - dijo sonriendo - que nos vieras sin poder hacer nada por evitarlo.

Dicho lo cual se giró para poner el cuchillo en el cuello de la princesa, en esa magnífica curva que era el cuello de Anna. La princesa agarró la mano de Kristoff que sostenía el cuchillo tratando de alejarla inútilmente de su cuello. Y para demostrar que iba en serio punzó la piel de la princesa hasta que brotó sangre roja y brillante que surcó el cuello y descendió por el pecho de Anna hasta perderse de vista bajo el vestido. La princesa se estremeció por el leve dolor y Elsa se veía incapaz de soportarlo más tiempo. Tuvo que parpadear levemente para ocultar unas primerizas lágrimas que amenazaban con salir. Necesitaba esperar al momento adecuado pues solo había una oportunidad de ejecutar un movimiento limpio y de precisión que liberarse a Anna de una vez por todas. Si fallaba, si se precipitaba o se equivocaba la situación podía empeorar de una forma cruda y perturbadora. Pero no, la Reina no iba a consentir que nadie dañase a su hermana, todo el temor de Anna pasaría y se recuperaría a su lado, pero debía hacerlo bien a la primera. Debía esperar al ángulo más adecuado:

- ¡Anna, joder!¡ Estate quieta! - gritó él. Y cometió el fatal error que la Reina esperaba; le dio la espalda. Elsa alzó su mano rápida y sin duda, y de su palma nacieron picos afilados de hielo que cruzaron la habitación y se clavaron en la espalda de Kristoff. Parecía haber durado una eternidad y tan solo fue un segundo lo que tardó el hielo de la Reina en atravesar el cuerpo y el corazón del muchacho. Kristoff se quedó sin aliento y su pelo se volvió blanco al instante. Su cuerpo se tambaleó hacia atrás liberando a la princesa de su agarre y Elsa cruzó la habitación como un rayo para ensartar una última estaca de hielo en la espalda del muchacho que lo atravesó hasta asomar por el estómago. Una última estaca decisiva que tornó blanco el pelo Kristoff mientras caía como un peso muerto al suelo. La sangre impía del intruso maquillaba el rostro de una Reina enardecida por sus actos. Anna saltó de la cama y se abrazó a su hermana exactamente igual que la última vez que ambas estuvieron en aquella habitación. Elsa la abrazó y la acunó entre sus brazos intentando contener su propio disgusto y su ira, la princesa necesitaba sentirse segura y arropada:

- Ana perdóname, no podía brindarte ni siquiera una mirada... - trató de explicar Elsa, el miedo casi la ahogaba.- Quería hablarte y tranquilizarte pero..

- Lo se, no podías flaquear - Anna se separó levemente para observar los ojos de la Reina y le retiró algunos mechones de la frente. La mirada de la Reina mostraban una melancólica y gélida tristeza que llegaron al alma de la princesa y la hirieron de por vida - Elsa...

Y la princesa rompió a llorar. Desató todo cuanto su entereza había ocultado mientras su hermana observaba con quietud la vulgar estatua de hielo. Se le antojaba curioso como la escultura de Anna que el hielo había formado el día de la ventisca era algo grácil y hermoso aunque cruel por tratarse de Anna, y en comparación, la estatua de Kristoff era un bloque apenas tallado e inconcluso, repleto de taras y sin detalle alguno. Era un pedazo de hielo macizo prácticamente igual a los que vendía él mismo en el pueblo.

- Estoy aquí, Anna - le susurró con toda la firmeza que pudo - ya ha terminado todo, tranquila.

Anna seguía con la cabeza enterrada en el cuello de su hermana sollozando y la Reina esperó pacientemente mientras acariciaba la espalada de la princesa y le susurraba palabras tranquilizadoras. No pasó mucho tiempo hasta que los soldados de la guardia entraron en el dormitorio para encontrarlas aun con claros signos de disgusto. No hicieron falta explicaciones: una burda estatua de hielo, un cuchillo de montaña manchado de sangre en el suelo, las sábanas desechas y la princesa Anna terriblemente asustada y magullada. Elsa reconoció al guardia que la había seguido por el bosque para protegerla, él tuvo la osadía de mirar directamente a los ojos de la Reina con preocupación buscando respuestas al miedo, la Reina le consintió la mirada tan directa y asintió para que invadiesen el dormitorio. Debía ser el capitán de la guardia por ciertas insignias que llevaba en el pecho de su uniforme:

- Sus majestades… - comenzó a decir. No sabía cómo preguntar.

- Estamos bien - respondió Elsa - Gracias a Dios, esto quedará en un mal recuerdo con el paso del tiempo

El capitán hizo una reverencia aceptando las palabras de la Reina y se apartó dejando libre el paso hacia la puerta. Elsa se despreocupó de todo, al día siguiente habría que responder a muchas preguntas pero por el momento solo quería llevarse a Anna de allí. Pero antes de conseguirlo del todo, Gerda las asaltó en el pasillo:

- ¡Majestades! - olvidando todo protocolo de nuevo las abrazó a las dos envolviéndolas en sus cálidos brazos - ¡Oh, Dios mío! ¡Estáis bien!¡Estáis bien! - levantó levemente el rostro de Anna que se apoyaba en el pecho de Elsa para comprobar que efectivamente estaba sana y salva. Con la otra mano acarició el semblante serio y tranquilo de la Reina. El contraste entre las dos era notorio, Anna seguía llorando silenciosamente y se aferraba al torso de Elsa buscando protección. La Reina, sin embargo, estaba triste y cansada, Gerda notó los restos de la furia de Elsa en sus ojos y la sangre que mancillaba su rostro pero no dijo nada. Se limitó a sonreír apaciguadoramente y se alejó.

La Reina condujo a Anna hasta su propio dormitorio. Cerró la puerta de madera rogando porque el mundo exterior se quedase fuera y nada enturbiase su lugar de fantasía, su siempre sagrado territorio con Anna. Ayudó a la princesa a cambiarse de ropa, desechando por completo lo que llevaba puesto anteriormente. Acarició su cuerpo con mimo y suavidad tratando de consolar los últimos sollozos que aun expelía el cuerpo de Anna. La llevó hasta la cama y la arropó. La mirada de Anna estaba perdida en algún lugar lejano pero siempre que Elsa se cruzaba en su camino la seguía durante unos instantes. La Reina no se molestó en cambiar sus ropas, se acostó sobre las sábanas junto a Anna y la abrazó. Ninguna quiso romper el silencio establecido, no hacia falta. Ambas sabían que al día siguiente el mundo real llamaría a aquella puerta preguntando por ellas pero, por el momento, esa habitación las mantenía a salvo mientras durase la noche.

Anna no tardó en dormirse, aun inquieta como estaba, el cansancio de su cuerpo fue más fuerte y cayó en un sueño profundo, abrazada aun al cuerpo de Elsa. La Reina por su parte no pudo ni si quiera cerrar los ojos temerosa de abrirlos y encontrarse todavía en su antiguo dormitorio. Y en esas circunstancias la luz del alba cruzó la ventana del dormitorio Real inundándolo todo de claridad a su lento paso. Cuando consultó el reloj, eran cerca de las nueve de la mañana y la Reina no había conseguido dormir ni un instante.

El capitán de la guardia, cuyo nombre Elsa averiguó antes de que comenzara la reunión, cerró la puerta al ser el último asistente. Simons, el nombrado capitán, hizo una reverencia seca y se dispuso a ocupar su asiento junto a los consejeros de confianza de la Reina - Holsen y Lars - y el mayordomo principal Kai. Antes de llevar el caso de forma oficial, su majestad Elsa quiso reunirse con todos los testigos posibles y analizar lo que había ocurrido en su castillo la noche anterior. Era exageradamente sospechoso:

- Antes de comenzar, he de agradeceros la preocupación…

Gerda, acababa de entrar con una bandeja de café que la Reina y la princesa agradecieron profundamente en silencio. Cerró la puerta tras de sí y se posicionó junto a Kai al fondo de la mesa:

-Como decía, tanto su alteza Anna como yo, agradecemos la preocupación y la inmediatez al convocar esta junta extraordinaria - inició la Reina mientras pedía que le sirvieran un café de la bandeja. - Antes de que todo pase a ser un asunto popular y todo Arendelle se entere por habladurías o rumores me encantaría poder establecer una versión oficial de los hechos a los que todos nos ceñiremos para evitar repercusiones innecesarias.

- Muy acertado, majestad - coincidió Lars - dado que la política es más popularidad que cualquier otra cosa, con una buena versión de esto…

- Quiero una versión oficial real, no un argumento de novela, Lars - impuso la Reina - Así que os ruego que expongáis cualquier detalle por nimio que os parezca a fin de esclarecer lo ocurrido.

- Creo que aquí debería intervenir yo - dijo Anna para sorpresa de todos los presentes. Eran las primeras palabras que Elsa oía de Anna desde la noche anterior: - Había anochecido y me encontraba en la biblioteca. Esperaba poder ver el carruaje de mi hermana regresando a casa pero al oír un ruido en el pasillo decidí salir y me pareció extraño no ver ninguna luz. Fue entonces cuando encontré a..

- Emmanuelle - dijo Gerda.

- Sí, estaba acostumbrada a verla en mi alcoba por las mañanas temprano - sonrió Anna - tristemente cuando me acerqué a ella comprobé que no se había caído o desmayado puesto que había mucha sangre en el candelabro y en la pared. Su cabello estaba empapado en ella.

El capitán Simons, Holsen y Lars miraban con suma atención a la princesa Anna la cual recitaba las palabras como si las estuviera leyendo en algún lugar de su mente. Elsa estiró sus manos y acogió la mano de Anna que tenía más cerca para agradecer su inmensa fuerza:

- Bajé corriendo las escaleras buscando a Gerda por temor de que hubiera ocurrido algo más grave y fue cuando me contaron que una de las cocineras también había sido encontrada inconsciente.

- Cierto, Claudette, la cocinera se repondrá - le sonrió Kai para animarla.

- Y entonces recordé que en el dormitorio antiguo de Elsa, de la Reina - se corrigió - existía un pasaje al exterior para casos como este. El castillo está repleto de salidas inadvertidas pero ésta en particular no la conocía nadie del servicio porque muy poca gente entraba en ese dormitorio antes. Así que decidí volver al segundo piso por si era posible evacuar a alguien más que aun quedase dentro.

- Muy valiente por su parte, Alteza - concedió Holsen reverenciando con la cabeza. Anna asintió en agradecimiento y prosiguió:

- Fue ahí cuando me topé con … el intruso.

- Debía de conocer el pasadizo y os arrinconó en el antiguo dormitorio de la Reina - dijo Simons tratando de ahorrar sufrimiento a la princesa. Ella volvió a asentir.

La Reina escudriñó el rostro del capitán sin reparo alguno. Era de suma importancia averiguar si el capitán sabía o no la identidad del intruso puesto que su identidad podría hacer florecer preguntas inoportunas que La Reina y la princesa no podrían responder con sinceridad.