¡Hola! Gracias a todos aquellos que leen esta historia, a los que dejan review y a los que no. :D

Violeta: Perdón, a mí también me dio pena hacerle eso a Usagi, pero no había opción; lo de Peeta y Katniss se pudo porque eran del mismo distrito y todo eso, con Leo y Usagi habría sido difícil. XDDD sí, ya Belle está muerta (creo que ha sido la muerte más celebrada jeje) Y sí, planeó seguirle con el resto de la saga, creo que sería difícil dejarlos así, en una dictadura como esa sin llegar al final, por lo menos eso pienso :D gracias por leer.

Iukarey: Sorry! Perdón, no me había fijado que lo había escrito así, lo siento :D jeje me alegra que te hayas sentido como los espectadores; no me lo tomes a mal, es sólo que es bueno saber que hubo esa empatía, :D XDDDDDDDDDDDDDDDDDD Me mataste con lo de la pildorita azul; es verdad, me recuerda a "esa" pildorita :P eh… a la historia todavía le falta un buen, espero que te guste :D Gracias.

Fortuneladystar: Perdón por la tardanza! T.T espero no haber tardado tanto esta vez :D XDD Vieras que a Sasha me la imaginaba casi como a Glimer? No sé por qué jeje gracias por lo del face; y cuando quieras te ayudo con lo del . gracias por leer y te veo en el face cuando quieras ;)

I Love Kittens too: Es verdad, ganó, pero a un costo muy elevado, y sólo su familia podrá ayudarle con esa carga, algo que no será fácil de hecho. Gracias por leer :D

Dragonazabache: Gracias linda! El que digas eso me hace sentir muy bien, en especial porque trataba de reflejar más o menos eso que comentas y saber que sí se nota es muy bueno :D Y sí, Casey se ha dado cuenta de eso y no es el único, lo malo es que eso mismo le va a causar un buen de problemas a Leo jeje. Gracias por leer :D

Invasor'sQueen: XDDDDDDDDD No me quiero ni imaginar qué clase de torturas has imaginado, hasta miedo me dan (gulp! O.O) y muy de acuerdo contigo ¡REVOLUCIÓN! ¡DADME UN BOLETO GRATIS PARA EL ESTACIONAMIENTO O DADME LA MUERTE…! Ok, creo que ya me norteé XDD Muchas gracias por lo que me dices, en verdad me conmueve :D Y ya verás lo que le harán a Leo XDDD Gracias linda, gracias por leer :D

Nikole2029: Muchas gracias. Y bueno, creo que esto responde a tu pregunta, y aún faltan algunas cosillas más por agregar. Gracias por leer :D

SSMinos: Gracias! Imaginé que quizá lo dirías jejeje muchas gracias por lo que dices, me alegra saber que te gustó y que quedó decente (es que describir escenas de peleas es complicado y siempre me queda la duda de ¿se entendió?) y sí, el error de Ace fue confiarse, ya ves que a muchos les pasa eso, creen que una musculatura grande equivale a fuera y por ende a triunfo. XDDD Habría sido bueno lo de Usagi y Leo, pero habría sido complicado siendo de distritos diferentes. xDDD No creí que sonará tan fuerte esa línea, me da gusto (soy sádica jaja) Leo no va inconsciente; la corriente eléctrica en la escalerilla metálica es para que no se resbale mientras la suben a la nave. Espero que te guste este cap, creo que más o menos se explica aquí lo que Casey quiso decir. Gracias por leer :D

Ayasen: Muchas gracias. Espero que te guste este cap. Gracias por leer :D

Disclaimer: los juegos del hambre, teenage mutant ninja turtles, situaciones, personajes y demás no me pertenecen a mí, sino a sus respectivos autores, Suzanne Collins, Peter Laird y Kevin Eastman.

Gracias a mi beta Haoyoh Asakura, sin ella este fic no podría ser.

Capítulo XIII

-¡Ganó! ¡Ganó! ¡Leo volverá a casa!- Gritaba Mickey, dando saltos de alegría, abrazando a su hermano mayor en una incontrolable algarabía. En esos momentos el pobre niño ya no pensaba en nada más; ni en la pobre Belle que había perdido la vida, ni en todos los sufrimientos vividos en las últimas semanas; lo único que su corazón le permitía sentir era la más grande felicidad al saber que su hermano había sobrevivido y que en breve volvería con ellos a casa, todo lo demás, la verdad, no importaba.

-¡Lo sé, Mickey, lo sé, pronto lo veremos de nuevo!- Donny correspondía al abrazo, estrechando a Miguel Ángel con todas sus fuerzas; es verdad que el temor por lo que Leo podría venir cargando no se alejaba de su mente, pero tampoco era impedimento para sentir la misma felicidad que su hermanito; Leo estaba vivo, volvería a casa, y mientras estuviera vivo todo lo demás tenía remedio, fuera como fuera. Abril y su madre lloraban y reían al mismo tiempo, siendo abrazadas por Mickey que saltaba y daba vueltas con ellas del gusto.

Afuera de la vieja choza, la gente de la veta comenzaba a reunirse, golpeando a la puerta, deseosos de felicitar a la familia por la buena nueva. En el centro del distrito doce, la gente que había visto los juegos en la plaza pública, vitoreaba con verdadera alegría; por primera vez en más de veinte años, el distrito doce tenía un vencedor. El alcalde comenzó con los preparativos para los festejos y la bienvenida oficial.

En el interior del aerodeslizador, Leo se encontraba sentado, con las piernas recogidas sobre la silla, abrazando sus rodillas y apoyando el mentón en ellas.

En su mente se repetía todo lo ocurrido en las últimas horas; la muerte de Usagi, la de Sasha y Ace por su propia mano, la locura de Belle y su muerte, aplastada por aquellas paredes de roca.

Sentía un sollozo atorado en la garganta, los ojos ardiendo por las lágrimas contenidas, las manos adoloridas por la fina cuerda-cable que había reabierto las viejas heridas, su cuerpo entero protestando por fin por el exceso al que había sido sometido y el aroma a sangre fresca que le había bañado de pies a cabeza.

Un avox entró al compartimento en el que él estaba, llevando una charola en la mano. La depositó en la mesita a su lado, en ella había un vaso de cristal con jugo de naranja y una pajilla muy decorada. El avox hizo una reverencia y se alejó, dejándolo solo.

Leo miró el vaso con furia y de un manotazo lo tiró por el piso, el vaso se hizo pedazos dejando el jugo regado por todos lados.

El aerodeslizador aterrizó en el techo del centro de entrenamiento; Leonardo bajó de la nave, seguido por dos agentes de la paz. Le recibió un grupo de médicos que lo escoltó al interior del edificio; ya ahí le hicieron subir en una camilla en la cual, le inyectaron un sedante; el chico no supo de sí por varias horas.

En las calles del Capitolio todo era alegría y fiesta; la gente salía y bailaba; gritaban y celebraban por el nuevo campeón.

Rafael miraba fijamente hacia el centro de entrenamiento, aún sentado en la banca. Casey lo miró y esbozó una media sonrisa.

-¿En qué piensas?

La tortuga sonrió tristemente.

-Ocurrió otra vez, Leo lo hizo por sí mismo... lo hizo sin mí.

Casey rió suavemente, al tiempo que bajaba el rostro y luego miraba a su amigo de nuevo.

-Bueno, sé que si lo hubiera necesitado habrías hecho lo que fuera por ayudarlo, no debes sentirte mal.

-No me siento mal, soperutano.- Murmuró la tortuga con una sonrisa.- Me siento... raro, cómo si hubiera sobreactuado, viniendo aquí como un loco histérico con planes de tirar el Capitolio piedra por piedra para que me dieran a mi hermano, cuando en el fondo sabía que él era perfectamente capaz de salir de esto por sí mismo.

-Sí, pero así eres tú... preocupón hasta el extremo.-Rió el humano.- además... en tu lugar yo habría hecho lo mismo, si mi hermano hubiese sido traído aquí para... para esto, habría venido corriendo para estar a su lado, aunque no pudiera verlo ni él pudiera verme, habría venido aquí para guardar su espalda en caso de que me necesitara; y te aseguro que tus otros dos hermanos han de haber deseado lo mismo, estar en este lugar aunque no pudieran hacer nada más, pero el simple hecho de estar aquí les habría dado consuelo y la tranquilidad de encontrarse listos y dispuestos para lo que fuera; fuiste afortunado de poder estar aquí, cuidándolo y presto a servirle si se daba el caso.

Rafa se le quedó mirando, con una expresión de extrañeza en el rostro. Casey, al notarlo, también extrañado, preguntó.

-¿Eh? ¿Qué? ¿Qué pasa?

-Quien lo diría... sí hay algo adentro de esa cabezota tuya, dijiste algo con sentido.

-Baboso.- Replicó Casey, dándole un zape y riendo, junto con Rafael.

-Oye, por cierto...- La tortuga miró de nuevo a su amigo.- ¿Por qué dijiste "sinsajo" cuando viste a mi hermano salir de aquella fosa?

El chico entrelazó sus dedos y apoyó los codos en las rodillas; mirando al frente, suspiró.

-Bueno... no lo sé, cuando lo vi surgir de ahí, "volando" de aquella forma... me hizo pensar en esa ave, ¿sabes? Me recordó a los sinsajos... y si lo piensas, en eso se convirtió.

Rafael dio un respingo y aún más extrañado, lo miró, instándolo a seguir.

-Sí, es decir...- Casey bajó más la voz.- Es obvio que querían matarlos a los dos, parece que no querían que sobreviviera ninguno y sin embargo... tu hermano lo logró, desafió la decisión del Capitolio y sobrevivió, igual que cuando intentaron matar a los charlajos y estos sobrevivieron en su descendencia... Tu hermano se convirtió en un sinsajo.

Rafael se quedó en silencio, con la mirada pérdida, sopesando lo que Casey había dicho; poco a poco la luz se hizo en su cerebro.

-Oh, no...

-¿Qué pasa?

-Nada... sólo que creo que Leo acaba de hacerla en grande esta vez.- Dijo, mirando hacia el centro de entrenamiento.

Leonardo abrió los ojos; se sentía algo aturdido, mareado; cuando logró enfocar mejor la mirada, vio que se hallaba en un cuarto blanco, sin más muebles que la cama en la que se encontraba, se incorporó poco a poco, sintiéndose aún cansado y sacó su mano de debajo de la delgada sábana que lo cubría, llevándosela a la cabeza. En ese momento vio algo... al principio pensó que se trataba de un error, que sus ojos cansados le estaban haciendo ver cosas, sin embargo, parpadeó y revisó de nuevo, mirando la palma de su mano con atención.

Las cicatrices que le dejara la cuerda-cable, aquellas finas y profundas líneas que cruzaban a lo largo de la palma de su mano, habían desaparecido.

Tampoco se encontraban las picaduras de rastrevíspula; las marcas y las protuberancias en sus manos y brazos ya no estaban y estaba seguro que las de sus piernas también se habrían ido. Todas las cicatrices en su cuerpo habían desaparecido en su totalidad.

La puerta se abrió y entró otro avox, llevando una charola con comida. La colocó en el regazo de la tortuga y se dispuso a alimentarle.

-No... yo... espera, puedo, puedo solo.

El avox desistió y le entregó la cuchara. Era una comida sencilla y pequeña, al parecer no querían que su estómago se resintiera al recibir demasiada comida después de estar tanto tiempo en ayuno. Leo recordó; la última vez que había probado bocado había sido aquel desayuno de pescado junto a Tyrene y Usagi. El estómago le dio un vuelco, tanto por el dolor del recuerdo como por la física necesidad de alimento. Aunque no tenía ganas de comer nada, decidió ingerirlo, no había pasado por tanto sólo para morirse ahí de hambre.

Tras la comida entraron los doctores y volvieron a sedarlo; Leonardo no opuso resistencia, estaba tan cansado... además, sabía que no podía pasarle nada malo.

¿Cuánto tiempo duró esta rutina? El chico no podía decirlo con seguridad; sólo sabía que varias veces se repetía lo mismo; despertaba, un avox le traía comida y tras ingerirla le volvían a sedar. Siguió así hasta que un día, después de despertar, el avox en lugar de traerle la comida, lo cual le decepcionó porque ahora sí tenía hambre, le trajo un paquete de ropa que le dejó a los pies de la cama. Tras una reverencia, volvió a dejarle solo.

Leo se levantó y tomó la ropa, abriendo los ojos desmesuradamente con horror.

Era la misma ropa con la que había entrado a la arena; el pantalón gris de tela impermeable, la playera negra, las botas y el rompevientos.

¿Acaso era una pesadilla? ¿Todo lo que había vivido era un mal sueño y apenas iba a entrar en la arena? ¿Debía pasar por aquello otra vez?

"No seas tonto" Le dijo la voz en su cabeza que, extrañamente siempre le recordaba a la de Rafael. "Es la ropa con la que debes encontrarte con los otros, ¿lo recuerdas?"

Era verdad, siempre el vencedor debía reunirse con su equipo de preparación, vistiendo el mismo modelo que llevaba en la arena. Se vistió rápidamente y se dirigió a la puerta, esta se abrió de repente.

Al otro extremo de un largo y blanco pasillo se encontraban Haymitch, Effie y Cinna, quienes le sonreían amplia y alegremente. Leo salió de la habitación y comenzó a caminar lentamente, acelerando el paso hasta correr para llegar a ellos. Llegó con Haymitch y le abrazó con fuerza, olvidándose por completo de que cientos de cámaras les rodeaban, tomándoles fotos y enviando la escena a los televisores de todo Panem.

-Bien hecho, muchacho, buen trabajo.- Le murmuró Haymitch al oído. Effie le daba palmaditas en la espalda, al tiempo que balbuceaba un sin fin de cumplidos.-Ve con Cinna, anda.- Le instó el mentor. El chico asintió.

Cinna, sonriendo, le rodeó los hombros con el brazo, guiándolo hacia el ascensor. Los flashes de las cámaras seguían destellando sin parar; la puerta del ascensor se cerró detrás de ellos, dejando el tumulto atrás.

Comenzó el ascenso, y Leo comprendió que el hospital en el que había estado se hallaba en el sótano del edificio de entrenamiento. Miró a Cinna, que aún rodeaba sus hombros con su brazo; el hombre también le miró, sonriéndole dulcemente.

Sin pensarlo, Leonardo lo abrazó con fuerza, colgándose de su cuello; Cinna le rodeó con sus brazos, estrechándolo contra sí mismo; el estilista le escuchaba sollozar en su oído, por lo que le acarició suavemente la cabeza.

-Tranquilo... ya todo pasó... estás bien ahora.

El niño seguía llorando, por lo que, cuando el ascensor llegó hasta el penthouse, Cinna pulsó el botón para evitar que la puerta se abriera y así darle tiempo para desahogarse. Leonardo siguió así durante un rato, aferrado al estilista quien no paraba acariciar su cabeza y hablarle dulcemente.

Cuando el chico estuvo más tranquilo, se separó un poco de Cinna.

-Lo... siento...- Murmuró, apenado.

-Está bien.- Cinna le pasó el pulgar por la mejilla.- Es de lo poco que puedo hacer por ti, así que déjame ayudarte en lo que pueda, ¿Sí?- Sonrió, sacó un pañuelo de su bolsillo y se lo entregó. Leo se secó las lágrimas lo mejor que pudo.-Bien, ahora, sonríe, no dejes que te vean así, si no los harás llorar también.

-¿A quién?

La puerta se abrió de repente.

-¡Aquí están!

Leo se giró y se encontró de frente con Flavius, Octavia y Venia, los tres ayudantes de Cinna; la tortuga abrió los ojos desmesuradamente al ver que se abalanzaban sobre él y lo sacaban a jalones del ascensor.

-Cinna, pícaro, ¿qué le hacías ahí dentro?- Inquirió Octavia, mirando al estilista con una sonrisa divertida.

-Nada de lo que me habría gustado.- Replicó el estilista saliendo detrás de él, riendo. Leo se giró a verlo con extrañeza, mientras los otros tres aún le llevaban, guiándolo de la mano hasta el comedor, el cual estaba repleto de diversos y abundantes platillos.

-Ya habrá tiempo para eso.- Dijo Flavius, y Leo se giró ahora a verlo a él sin alcanzar a comprender.- ¡Hoy es tu gran noche! Anda, debes comer algo, ven.

Después de comer, le llevaron a su habitación, dejando a Cinna fuera mientras ellos se encargaban del muchacho. Flavius le programó la ducha y lo metió de un empujón mientras ellos sacaban sus cosas para arreglarlo; Leo se miró en el espejo del baño, notando que, efectivamente, todas sus cicatrices conseguidas en la arena habían desaparecido por completo; no tenía las feas marcas de los piquetes de rastrevíspula, ni las manchas de las salpicaduras de ácido en la piel.

Si tan sólo fuera así de fácil hacerlo con la memoria.

En cuanto Leo se duchó y salió del cuarto de baño envuelto en una bata de toalla suave, Venia le jaló y lo llevó a un sillón, donde todos comenzaron a trabajar con él.

-¡Oh, qué envidia! Te pulieron totalmente, ese es un trabajo caro.

-¡A mí me encantaría que me hicieran algo así!- Dijo Octavia, arreglándole las uñas.

-¿Esto es necesario?- Preguntó Leo, sintiéndose algo agobiado.

-¡Claro que sí! ¡Pero que preguntas haces niño!

-¡Hoy es la coronación! ¡Tienes que verte como nunca!

-Eso suena horrible...-Murmuró el chico con desagrado; los tres ayudantes le miraron como si hubiera dicho una blasfemia.

-¡Ay, que bobito eres!- Soltó Flavius, negando con la cabeza.- ¡Oh, por cierto!-Le dio un coscorrón que tomó al chico por sorpresa.

-¡Auch! ¿Y eso a qué se debe?

-Por hacerme derramar mi mejor mezcla suavizante... la estaba guardando cuando casi te caes en esa fosa al tratar de salvar al oso; ¡Creí que moriría del susto!

-¡Es verdad! Yo estaba haciéndome un facial cuando salieron las rastrevíspulas, ¡Casi se me queda la cara con la expresión de espanto por verlo con el tratamiento sobre el rostro!

-¿Recuerdan los murciélagos? ¡Justo estaba preparando mi desayuno cuando los vi! ¡Creí que sería el fin!

Leo se desconectó por un instante, mientras que el equipo seguía parloteando sobre los juegos, siempre hablando de dónde estaban o qué hacían cuando ocurrió una u otra cosa.

-¡Listo! Bueno, yo habría querido hacerte más, algún tatuaje dramático e imponente, algo de mis nuevos diseños, ¿sabes?- Dijo Venia.- Pero Cinna dijo que nos limitáramos a lo básico.- Torció ligeramente el gesto.- No sé qué idea tendrá ahora en mente.

Leo los escuchaba vagamente; los tres, sin notar que el muchacho estaba prácticamente en otro mundo, seguían hablando.

-... pero no sé qué se le ha metido en la cabeza, ¡En fin! Será para la gira de la victoria. Bien, ¡nos vemos durante la ceremonia!

-¡Suerte!

-¡Besos!

Y los tres salieron de la habitación, agitando la mano, sonriendo ampliamente y dando saltitos de alegría.

Después de que el equipo saliera, entró Cinna, llevando una bolsa para trajes con una percha, una caja y una pequeña maleta; Leo al verlo, regresó poco a poco a la realidad. El hombre le sonrió con dulzura.

-Creo que ya aprendiste el truco para seguir el hilo de sus conversaciones, ¿verdad?

-¿Cuál?- Preguntó Leo, algo desorientado.

-Ese precisamente.- Rió Cinna.- Ausentarse y sólo responder con "sí, aja, ¡qué interesante!"

Leonardo se echó a reír.

-Bien...- El estilista abrió la cremallera de la bolsa y sacó la percha; llevaba una camisa de tela suave, muy fina, de color amarillo tenue que desprendía algo de brillo ligero ante cualquier movimiento y un pantalón negro de fino casimir.-Aquí tienes.

-Esto es bastante... inusual...- El chico arqueó una ceja, mirando su vestuario.

-¿Para venir de mí?- Rió Cinna; Leo también rió.- Créeme, esto te sentará bien ahora.

Leonardo desató el nudo de la bata de baño para comenzar a vestirse, pero se detuvo al ver que Cinna seguía ahí; el hombre al notarlo se dio la vuelta, dándole la espalda.

-Te diré que de hecho está de más, ya todo Panem te ha visto semi desnudo... "lindas piernas".

El muchacho se echó a reír de nuevo, esta vez con ganas. En menos de un minuto se encontraba vestido.

Cinna se dio la vuelta y sonrió al verlo; el chico se veía tan dulce y bello con aquella ropa; era justamente lo que buscaba. Se acercó a él y lo hizo sentarse de nuevo en el sillón, al tiempo que tomaba su maleta; la abrió y sacando su equipo comenzó a maquillarlo él mismo; sólo algo de polvo para evitar que su rostro brillara en cámara y algunos toques para resaltar la inocencia de sus ojos.

Leo se miró al espejo de reojo; parecía más pequeño de lo que en realidad era, casi le parecía estar viéndose a sí mismo si poseyera la dulce e inocente personalidad y expresión de Miguel Ángel; esta le devolvía la mirada con extrañeza desde el espejo.

-Esto sí que es raro.

-Yo soy el experto aquí.- Le riñó Cinna en broma.- Así que no me discutas. Ten.- Le entregó los zapatos. El chico se los puso y se levantó, mirándose al espejo otra vez; eran unos zapatos sencillos, con un tacón muy bajo por lo que se veía con su estatura real, o sea, muy pequeño.

-Siento que estoy viendo a Miguel Ángel.

-Disculpa, él es lindo, pero no tanto como tú.

Leo miró a Cinna, dando un respingo. El hombre le abrazó con fuerza.

-Estarás bien, ¿entendido? Todo saldrá bien.

Leo asintió, aunque no alcanzaba a comprender a que se refería.

Cinna le acompañó hasta el estacionamiento del centro de entrenamiento, ahí ya les esperaba una limusina, la misma que le había llevado al estudio el día de las entrevistas.

Haymitch se hallaba fuera de ella; al ver llegar al muchacho, sonrió, y se adelantó hacia él con los brazos abiertos; en un segundo, Leonardo se encontró preso en un abrazo de Haymitch; el muchacho estaba extrañado, no creyó que al humano le fuera a durar tanto la euforia y la efusividad.

-Escúchame bien...- Le siseó en el oído por lo bajo.- hay un problema, el presidente está molesto contigo...

Leonardo abrió los ojos con sorpresa, pero controló rápidamente su emoción; quería preguntarle, saber a qué se refería, pero esperó a que Haymitch siguiera hablando, este rompió el abrazo, pero aun rodeando los hombros del chico con su brazo y llevándolo muy pegado a él, le dirigió hacia el auto mientras continuaba.

-... el que le hayas perdonado la vida a Belle provocó algo en el público, ellos sintieron pena por ella y el que la perdonaras a pesar de lo que había hecho te hizo ver como alguien misericordioso... de hecho, ya hay quien te llama de esa manera.- Soltó una risita con sorna.- En fin, el Capitolio quería que ganaras bajo sus términos, que mataras a Belle porque así son los juegos, cuando te negaste quisieron matarlos a ambos, pero no sólo trataste de salvarla nuevamente sino que saliste vivo de ahí; los has dejado mal, muchos que no habían entendido la gravedad de los juegos ahora los consideran algo cruel y monstruoso.

-Pues me alegra.- Dijo el chico secamente. Haymitch bufó exasperado.

-Pues a mí no... No mucho... Es bueno que la gente se dé cuenta, que despierte y huela el café, pero no es bueno que tú hayas sido quien se los hiciera ver; el Capitolio piensa que los has dejado en evidencia y no están contentos con eso.

Leo se estremeció sin querer al pensar en lo que aquello podría significar.

-No sé qué medidas tomaran para minimizar esto, quizá no quieran hacer mucho hincapié en ello, quizá quieran darle un giro, pero si te preguntan sobre Belle, sobre por qué no la mataste... di lo que sea, inventa algo, que creíste que el arco tenía un problema, lo que sea, ¿entiendes?

Leo se quedó en silencio al tiempo que abordaban la limusina.

Llegaron al estudio de televisión. Leo fue conducido por un largo pasillo hasta llegar a una plataforma, dónde Haymitch y Cinna se despidieron de él, este último deseándole suerte y esbozando una sonrisa; Leonardo correspondió, comprendiéndolo todo; seguro Cinna estaba al tanto de lo que ocurría, por eso aquel "look" de niño bueno e inocente que no era capaz ni de romper un plato, mucho menos de enojar a propósito al amo y señor de Panem.

Se escuchó música, el programa estaba dando inicio.

Tras la presentación de Caesar Flickerman y los aplausos del público, se escuchó más algarabía, Flickerman comenzó a presentar al equipo de preparación de Leo y estos a salir a escena. Primero fue el turno de Flavius, Octavia y Venia, quienes saludando, la mar de contentos y felices, iban casi dando saltitos de alegría por el escenario; luego fue el turno de la acompañante, Effie Trinket, que, ataviada con uno de sus caros y elegantes atuendos salió al escenario, saludando con la mano y sonriendo, feliz por fin de estar en el equipo ganador.

Luego fue anunciado Cinna; el hombre salió al escenario de manera reservada, con una leve sonrisa y agradeciendo con una ligera reverencia la recepción por parte del público, los cuales estaban ansiosos no solo de ver lo que había hecho para Leo esa noche, sino por lograr usar cualquier cosa que él hiciera.

Posteriormente fue anunciado Haymitch; este salió al escenario con una media sonrisa, agradeciendo solo con un movimiento ligero de su cabeza y yendo a ocupar su lugar con el resto del grupo.

-¡Y ahora, damas y caballeros, llegó el momento que todos estaban esperando! ¡El vencedor de los septuagésimo cuartos juegos del hambre! ¡Leonardo Hamato! ¡El chico en llamas!

La plataforma sobre la que Leo se hallaba de pie, empezó a elevarse; el chico respiró profundamente, se sentía como si fueran a lanzarlo a la arena otra vez.

"Bien, Leo, interpreta tu papel una vez más" Pensaba el muchacho.

Cuando por fin la plataforma se detuvo, el chico escuchó un estruendo; eran los gritos del público que se había vuelto loco con su presencia; gritaban, aplaudían, silbaban y lloraban de euforia. Leo hizo una ligera reverencia y comenzó a caminar hacia el centro del escenario. En la primera fila se encontraban las chicas con su piel teñida en verde, las fans de Leonardo; este al verlas, sonrió agradecido, se detuvo frente a ellas, les hizo una reverencia apropiada al tiempo que les decía "gracias". Aquello desató aún más la locura en el auditorio.

Caesar, riendo alegremente, se acercó al chico y lo tomó del brazo con suavidad, guiándolo al sillón individual que habían colocado en el centro, a lado del que usaba el presentador. Leo tomó asiento y Flickerman hizo lo mismo; la gente seguía gritando y aplaudiendo.

-Bienvenido, Leonardo, es un gran placer tenerte aquí de vuelta... y no te lo digo sólo porque me hiciste ganar mucho dinero, ¿eh?- Rió Flickerman, el público rió con él y Leo esbozó una débil sonrisita al tiempo que bajaba el rostro y lo volvía a levantar.- Debo admitir que la verdad, después de las entrevistas, pensé que jamás te volvería a ver en mi estudio.

-¿La verdad? Yo también pensé lo mismo.

El público rió de nuevo, a lo igual que Caesar.

-Bien, muchacho, muy bien hecho, tu trabajo en la arena fue realmente grandioso, dime ¿Dónde aprendiste a pelear así?

El chico sonrió tranquilamente, con encanto y serenidad.

-Bueno, Señor Flickerman... no subestime en lo absoluto lo que se puede lograr en el centro de entrenamiento; nuestros maestros son unos expertos en diversas técnicas, lograron maravillas con cada uno de nosotros.

-¡Oh, ya veo!- Exclamó Caesar alegremente, el público parecía tragarse el cuento, y más cuando Leo lo aderezaba con aquella inocente sonrisa.- Pues un aplauso a los entrenadores del centro de entrenamiento para tributos, hicieron un gran trabajo, ¿no les parece?- El público aplaudía fuertemente, mientras que Leo, internamente, pedía perdón al espíritu de su padre por darle el crédito de su trabajo a quienes no lo merecían (excepto el de nudos, a ese lo amaría por siempre), pero era obvio que no podía hablar abiertamente sobre quien había sido su verdadero maestro.

-Leonardo, debo decirte que nos diste unos juegos muy emocionantes, en verdad, eres hasta ahora uno de los vencedores que más nos ha tenido al filo del asiento, ¿lo sabías? A cada uno se nos detuvo el corazón en muchos momentos de la competencia con cada una de tus acciones; pero dinos, ¿cuál era tu estrategia? Por qué es algo que no nos quedó claro, ¿confiabas en lo aprendido y esperabas a quedar en los últimos para sacar todo tu potencial o dudabas que tu breve entrenamiento te pudiera ayudar contra los otros tributos más fuertes?

-Eh... bueno... la verdad... no tenía una estrategia hecha, Señor Flickerman...

-¡No! ¿Entonces lo que le dijiste a Tyrene era cierto? ¿No tenías un plan en mente?

-Así es.

-¡Increíble! Pero es obvio que fue lo que pasó, ¿no es cierto? Fuiste víctima de tu humildad, porque si algo sé de ti y eso sólo por lo poco que llevo de conocerte, es que eres alguien muy humilde, ¿Verdad?- Preguntó al público, estos asentían al tiempo que gritaban "sí".

-Quizá...

-"Quizá" ¿No es adorable, damas y caballeros? ¡Este chico me mata! Hiciste un gran trabajo en esa arena, ¿no es así?- La gente respondía en un "sí" masivo de nuevo, Leo se sentía asqueado, pero igual esbozaba una sonrisa dulce y tranquila, no era el momento de dejarse llevar por sus sentimientos.-Así que, dime, ¿estás listo para un resumen de los mejores momentos?

Los ojos de Leonardo se abrieron con sorpresa por un segundo. Había olvidado que siempre, el ganador debía ver aquel nefasto resumen después de los juegos. Sintió la garganta seca y el corazón le dio un vuelco para luego palpitar como un desesperado; de buena gana habría dicho que no y habría salido corriendo, pero no tuvo otra alternativa que asentir con la cabeza sin dejar de sonreír ligeramente.

-¡Perfecto! ¡Adelante!

En una pantalla aparecieron escenas de la cosecha, su ofrecimiento como voluntario y la lucha de Mickey y Donny por no dejarlo ir, luego la de Donny por llevarse a Mickey; Leonardo sintió un nudo en la garganta.

Luego la escena del desfile de carrozas y Leo dio un respingo al recordar que ahí era donde había creído ver a Rafael. Trató de calmarse y de que su semblante pareciera lo más sereno posible, pues en un recuadro, en la esquina de la pantalla, mostraban sus reacciones en vivo ante lo que veía en pantalla y no quería mostrar aquello a esa gente, ávida de cualquier retazo de sus sentimientos que pudieran usar cómo el tópico de sus charlas vacías. Escenas de las entrevistas previas y las calificaciones de los vigilantes fue lo siguiente a presentar.

Después pasaron a los veinticuatro tributos emergiendo en las plataformas en torno a la cornucopia y Leo se estremeció de nuevo sin querer; el ver a todos ahí, vivos de vuelta, le hizo sentir un vacío en el estómago y que su corazón volvía a intentar la graciosa huida de su pecho. Empezó el conteo, faltaban cinco segundos para terminar, cuando el niño del distrito ocho, asustado y muy nervioso, bajó el pie de la plataforma, volando en pedazos al instante. Leo aferró sus manos al reposabrazos del sillón; si verlo destrozado había sido horrible, aún peor era verlo en el preciso momento en que había estallado.

Luego, él salía corriendo de la plataforma e iniciaba la carrera por las espadas; la tortuga miraba todo aquello con una extraña sensación, como si no recordara haber hecho ni la mitad de todo aquello. Pasaron como se deshizo del ataque de Liberia y esquivaba los cuchillos de Dominus, para luego patearlo y deshacerse de él también, luego cuando cayó preso en las garras de Danae y cómo se libraba de él al tiempo que le rompía la nariz a Ace, de aquello pasaron inmediatamente a la pelea contra Sasha, omitiendo como había salvado a Belle al quitarla de la plataforma y del camino de la chica del uno; al parecer no querían seguir promoviendo la imagen de "Leonardo, el misericordioso", no si podían evitarlo.

El baño de sangre en la cornucopia había sido terrible; Leo vio como la gran mayoría había caído por las garras de Ace, las zarpas de Danae, los cuchillos de Dominus y la espada de Sasha. Vio como Usagi había tratado de acercarse a ayudarlo cuando Danae le había capturado, pero Liberia, que ya se había recuperado de la patada que le diera la tortuga, se interpuso, dándole buena pelea; el conejo se había logrado deshacer de ella con unos buenos golpes de una estilizada técnica que a Leo dejó boquiabierto; pero en el momento que Usagi se había librado de la pantera, Leo ya había saltado al árbol, por lo que el conejo tomó lo primero que encontró y salió corriendo.

El ver aquello que no había visto en su momento, el enterarse de que Usagi había tratado de ayudarlo, sólo le hizo pensar en todas aquellas cosas que ya no tuvieron tiempo de hablar, por lo que la tristeza y las ganas de llorar amenazaron con apoderarse de él en ese momento; respirando profundo lo más discretamente que pudo, siguió atento a la pantalla, ansiando internamente que acabara ya esa tortura.

Pasaron más imágenes suyas; de cómo, buscando agua, había caído en aquel cenagal y su impresionante escape de los tentáculos de esa criatura, luego le pasaron saltando de árbol en árbol; apareció en escena la chica del distrito ocho, que corriendo para buscar un refugio, había resbalado, amenazando con caer en un acantilado, cortándose la palma de la mano izquierda con una afilada roca; y cómo la compañera de Danae, la chica del distrito cuatro, había caído en la trampa de un grupo de polillas que, al alcanzarla en su huida, dieron cuenta de toda la carne de su cuerpo, dejándola hecha un montón de vísceras, sangre y huesos.

Luego él y el tiro certero que hiciera al ojo de Danae con la flecha (curiosamente, notó que omitieron la parte dónde había creado el arco y Leo supuso que no habrían querido pasar o repasar las lecciones de cómo hacer un arma a todo Panem), la persecución del oso y el león que culminó con Danae en el cenagal, omitiendo nuevamente sus desesperados intentos por rescatarlo; Finch, derritiéndose bajo la lluvia ácida, pero las tomas fueron cuidadosas y evitaban mostrar que le estaba protegiendo. Leonardo sentía que se ahogaba.

Ahora él volvía a aparecer en escena, corriendo por el bosque, esquivando bolas de fuego y gritando "¡Te odio, Cinna!", cosa que hizo reír al público, e incluso a los mismos Leo y Cinna. Su pelea con Liberia y el cómo esta cayó muerta por el hacha de Tyrene; luego su enfrentamiento con Calibur, aunque esta vez omitieron como él y Usagi habían salvado a la chica y se la habían llevado de aquel lugar. Luego, escenas de la chica del ocho, la mano en la que se había cortado se veía muy mal, demasiado negra y tenía pus; el rostro de la joven mostraba angustia ante esto y parecía tener fiebre; luego la lluvia que desgajó aquella montaña que Calibur estaba escalando y que le hizo caer al vacío.

Ace peleando con algunas extrañas criaturas de tierra que casi se lo tragan; Sasha a punto de ahogarse en una cascada; Dominus atravesando una serie de plantas carnívoras; la chica del ocho con la mano totalmente negra hasta que ella cayó al piso sin vida; la del nueve muerta por los murciélagos, la del diez por el cuchillo de Dominus, Tyrene por la misma causa, y él por la flecha de Leonardo.

Y luego lo que más le dolió, el ataque de rastrevíspulas, la muerte de Usagi a manos de Belle, la cual pudo ver en su totalidad; la pobre y loca gata, murmurando una y otra vez que iban a matarlos y que quería salir de ahí, mirando histérica a todos lados hasta ver las flechas de Leonardo, tomando una y apuñalando el cuello del conejo, la llegada de Leo y la huida de Belle.

El muchacho ya sentía el corazón en la garganta; se esforzaba por respirar profundo y con discreción; no les daría el gusto de llorar a su amigo enfrente de todos, eso era sólo suyo y lo reservaría para su intimidad, ya mucho habían gozado con su sufrimiento de primera mano cuando todo ocurrió.

Y luego de eso su transformación... la frialdad en sus ojos, la tétrica serenidad en su semblante; el cazador y el ninja mezclados en uno sólo, en una máquina de matar peor que las que podían crear con los chicos de los distritos de profesionales.

Vio su pelea contra Sasha y se horrorizó; sus propios movimientos le parecían irreales, su semblante vacío le parecía ajeno y atemorizante, pero lo que más le asustaba era que esa persona, ese ser que estaba peleando contra aquella chica bien pudo haberla matado de un sólo golpe, y contrario a eso, parecía que estaba jugando con ella antes del golpe final, como si se deleitara con hacerla sufrir de esa forma, haciéndole creer que tenía una oportunidad de ganarle, de salvar su vida, cuando en realidad no tenía ninguna.

Sasha caía muerta y luego seguía su pelea con Ace. Nuevamente se repetía la historia; el león creía tener dominada la situación dada su fuerza y su naturaleza, pero Leo volvía a jugar con él, a "divertirse" haciéndolo padecer de aquella forma que al verla en ese momento le parecía cruel; lo más "decente" habría sido acabarlo de un golpe, no asustarlo de esa forma, no llevarlo al límite del horror ni orillarlo a usar aquello que se negaba a usar.

Por fin, Ace caía al piso en un charco de sangre y Leo se retiraba de ahí, con el mismo semblante insensible que tanto le atemorizó; luego, llegaba a la cornucopia, con Belle.

Pero sólo pasaron una secuencia muy editada de cuando la tierra se abrió bajo sus pies; nada de la locura de la gata, nada de sus dudas con respecto a matarla, sólo los dos cayendo en el vacío como una especie de última prueba de supervivencia; Belle era aplastada por las paredes de roca al ser incapaz de salvarse a sí misma, él lograba salir victorioso, sano y salvo, gracias a su ingenio y habilidad.

Nada más, ni una sola muestra de su intento por salvarla.

El Capitolio no quería "héroes piadosos" y aparentemente su estrategia era no hablar mucho al respecto.

La pantalla se tornó oscura, El himno de Panem resonó en el lugar y una puerta se abrió en el fondo.

El presidente Oroku Saki, apareció por ella, elegantemente vestido con un traje sastre negro y una camisa blanca; le seguía una niña que cargaba un cojín de terciopelo rojo en la cual llevaba una corona de laureles hecha de oro. Todos se pusieron de pie. Ambos llegaron hasta el centro del escenario y se colocaron ante Leonardo.

El chico contuvo la respiración; odiaba a ese hombre con todo su corazón por lo que les había forzado hacer a todos. Dominus no había matado a Tyrene, aquella infección no había matado a la chica del ocho, Belle no había sido la culpable de la muerte de Usagi; el presidente Saki, él era el verdadero culpable de todo, del dolor de tantos, de la locura de Belle, de la pérdida de tantas vidas jóvenes...

Sin embargo debía contenerse y no demostrarlo, de por sí, sabía que él tampoco le era de su agrado, que le odiaba por haberles hecho quedar mal; lo que menos necesitaba era avivar la llama. Así que guardó la compostura y se mantuvo sereno, dejando que todo siguiera su curso como era debido.

Oroku Saki le miró fijamente a los ojos y el chico sintió un escalofrío; aquella mirada parecía decir tantas cosas; manifestaba odio; le odiaba y era bastante obvio para el muchacho que si en ese preciso momento, el presidente pudiese matarlo sin consecuencias, lo haría sin lugar a dudas.

-Felicidades.- Le dijo de manera casi sombría, o por lo menos esa sensación le dio a la tortuga. El chico se limitó a murmurar un escueto "gracias", sería lo más que compartiría con él. No le tenía miedo, a pesar de todo, al menos no por su persona; había pasado ya por tantos horrores que lo que ese hombre deseara hacerle no le intimidaba en lo absoluto.

Pero temía por sus hermanos, porque ese tipo podría tomarla contra ellos sólo por hacerlo sufrir, y nuevamente por ellos debía acatar, adoptar el papel del chico bueno que Haymitch y Cinna, había diseñado para él.

La niña se acercó al presidente, este tomó la corona y se la colocó en la cabeza al muchacho; la gente empezó a aplaudir y gritar con emoción. En las calles, dónde se transmitía la ceremonia por las pantallas gigantes, los ciudadanos saltaban y bailaban con algarabía.

Rafael observaba todo, se hallaba feliz por ver que su hermano era celebrado de aquella manera, pero le preocupaban las secuelas y las consecuencias, pues no le pasó inadvertida aquella mirada de odio por parte de Saki, y comprendía perfectamente a qué se debía.

Pues se hallaba coronando a su peor pesadilla.

Tras la coronación, el programa llegó a su fin; Caesar dio las buenas noches a Panem y el logo del Capitolio apareció en las pantallas.

El resto de la noche, Leo tuvo que pasarlo en la mansión del presidente, dónde se llevaba a cabo una cena en su honor. Flavius, Venia y Octavia se hallaban fascinados al estar en una fiesta tan importante y elegante por primera vez en sus vidas; Effie también parecía encantada con aquel giro en su carrera; Haymitch tenía la tarea de presentar al chico con tanto político influyente que se les pusiera enfrente y los patrocinadores que habían estado dispuestos a pagar lo que el muchacho pudiese precisar en la arena; Leo se vio obligado a tomarse fotos con todos y cada uno de ellos. Los únicos respiros que tuvo fue cuando Cinna o Haymitch iban a su rescate para que comiera algo o descansara; y cuando su club de fans (que gracias a Haymitch, había logrado que les permitieran el paso a la fiesta), le abordaron para conversar (resultando más amena esta charla que todas las otras que había tenido) y tomarse fotos (estas sí las aceptó con gusto)

De reojo lograba ver de vez en vez que el presidente le miraba y en cada una de esas ocasiones, era con el mismo odio, con aquella amenaza asesina perfectamente reflejada en sus ojos; a Leo le extrañaba tal reacción, ¿En verdad era sólo por qué no había matado a Belle? ¿Por qué no hizo lo que ellos esperaban? ¿Era eso o había más?

¿Y en verdad... quería averiguarlo?

El sol comenzaba a aparecer en el horizonte, el amanecer les había llegado en plena fiesta.

Leonardo se hallaba exhausto; durante horas fue sonreír, saludar, agradecer, tomarse fotos y estar en el personaje de "niño bueno", "valiente y digno vencedor de los juegos"; de vez en vez terminaba atrapado en conversaciones insulsas y vacías de mucha gente vestida de manera elegante y estrafalaria; rechazando cortésmente las peticiones de piezas para bailar por parte de cientos de damas... y caballeros.

Por fin tuvo que despedirse de los políticos, en especial del presidente Saki. Este le estrechó la mano, esbozando una amable y carismática sonrisa, que, a pesar de todo, a Leonardo le dejaba claro que en él se había ganado, sin esperarlo siquiera, a un enemigo mortal.

Estremecido ante aquel funesto pensamiento, el chico abandonó la mansión junto con Haymitch, Effie y Cinna.

Pero al llegar al centro de entrenamiento aquella nefasta sensación casi le abandonó por completo, pues sólo le habían llevado hasta ahí para que recogiera lo que quisiera llevar consigo.

Y así, al fin, poder subir al tren que lo llevaría a casa.

¡A casa! ¡Volver al distrito doce! ¡A lado de sus hermanos, de Abril y Magda, su madre! ¡Volver a sus bosques, el lago, las montañas! Aquel hermoso lugar que siempre le recordaría a Rafael.

Había estado ansiando este momento desde hacía mucho tiempo y siempre lo vio lejano, casi irreal; y al fin, pese lo difícil y doloroso que había sido aquel camino, el viaje llegaba a su fin, podría volver con los seres que amaba.

Entró en su habitación; la verdad no había nada que quisiera llevarse, pues obviamente la ropa con la que había llegado al Capitolio había sido desechada cuando lo recibieron y no había nada que quisiera conservar; pero pronto vio sobre la mesa de noche el broche que sus amigos del quemador le habían dado, aquella ave con la flecha en el pico encerrada en un círculo. Sonrió, seguro eso había sido cosa de Cinna.

-Logré recuperarlo cuando volviste de la arena, pensé que no te gustaría perderlo.

Leo se dio la vuelta y encontró al hombre, de pie, en la puerta. Sonrió levemente, al tiempo que tomaba el broche.

-Gracias; me habría dolido mucho perderlo.

Cinna se acercó a él, sonriendo, le tomó suavemente del mentón y levantó su rostro con suavidad, para mirarlo a los ojos. Leo, levemente sonrojado, esbozó una tímida sonrisa.

-Gracias por todo, Cinna.

-No tienes nada qué agradecer... ha sido todo un honor trabajar para ti, además, soy tuyo, ¿No lo dijiste?

Leo se echó a reír junto con él, ahora más sonrojado, luego la sonrisa volvió a tornarse triste; Cinna lo abrazó.

-Estarás bien, ya lo verás... siempre estaré aquí para ti... Sé que no podré verte hasta dentro de seis meses cuando comience la gira de la victoria, pero...

-¡Oh, no... Había olvidado eso!- Murmuró el chico con desgano. El vencedor, después de seis meses de ganar los juegos, debía hacer una gira por los doce distritos y el Capitolio para recibir "honores" por parte de la gente de todo Panem; era una forma de mantener vigente la amenaza de los Juegos del Hambre y lo que estos significaban; mantener vivo el horror, el miedo y la incertidumbre; otro evento de tortura disfrazado de festividad; y ahora él tenía que ser la estrella de semejante burla.

Cinna le tomó de los hombros, frotándolos suavemente para animarlo.

-Lo harás bien.- Le sonrió.- Podrás con eso, sólo por ahora no pienses en ello, ¿de acuerdo? Recuerda, ¡Vas a ver a tus hermanos!

Leo sonrió.

-Y por lo menos, por esos seis meses procura dejar todo esto atrás... lo más que puedas, disfruta a tus hermanos, disfruta estar vivo, por favor; ¡estás vivo y eso es muy valioso!

Leonardo volvió a sonreírle, esta vez con dulzura y gratitud. Sabía que no sería sencillo, que no podría dejar todo atrás tan fácilmente por más que lo deseara, y que los recuerdos, las tristezas, cada una de las horribles cosas que pasó en la arena le acompañarían hasta el final de sus días; serían sus eternos compañeros por más que los rechazara, por más que quisiera borrarlos y hacer de cuenta que sólo fueron una horrible pesadilla; viviría en ella para siempre sin escape alguno... Pero procuraría aferrarse a lo bueno que tenía, mientras podía.

-Me vas a hacer mucha falta.- Murmuró, colgándose de nuevo del cuello del estilista y ocultando su rostro en su pecho. Cinna sonrió, al tiempo que lo abrazaba fuertemente; le era extraño sentir tanta afinidad y confianza hacia alguien que tenía poco tiempo de conocer, sin embargo era algo que no podía evitar y que incluso le agradaba; En Cinna había encontrado a alguien muy valioso a quien quería de verdad.

-Y tú a mí.-Repuso el estilista con total sinceridad y tristeza; apenas le había recuperado de vuelta de la arena y ahora tenían que despedirse de nuevo.- pero procuraré estar en contacto; en tu nueva casa tendrás un teléfono, así que podremos conversar a menudo.

El niño asintió, aunque eso sonaba tan extraño... Su nueva casa, teléfono... eso no lo habría pensado jamás en la vida y para ser sinceros, no le emocionaba en lo absoluto.

-Serás vecino de Haymitch.- Agregó Cinna alegremente. Leo le miró con el ceño fruncido.

-Muy bien, creo que si tratabas de animarme, con eso acabas de fallar miserablemente.

El hombre se echó a reír alegremente y Leo no pudo evitar hacer lo mismo. Cinna volvió a estrecharle con fuerza.

-Hasta luego, pequeño, nos veremos pronto.- Y le dio otro pequeño beso en la frente; Leo esbozó una dulce sonrisa.

Casey y Rafael llegaron a la estación del tren, mezclándose entre la multitud.

El humano había contactado a su amigo, aquel que los había llevado en su aerodeslizador reconstruido; este les esperaría en el lugar de la reposta, por lo tanto, ataviados como parte del equipo de mantenimiento del tren, los dos rebeldes se colaron a la gran máquina que habría de sacarlos, a ellos y a Leonardo, del Capitolio.

Rafa, con su overol de operario y una enorme gorra que le cubría la parte izquierda del rostro, miraba desde el último vagón la llegada del auto negro que traía a su hermano desde el centro de entrenamiento. La gente del Capitolio rodeaba el auto y cubría las calles, todos gritando y alabando a su nuevo campeón, casi sin dejar avanzar al vehículo. Con mucho esfuerzo, el chofer logró llevar el auto lo más cerca del andén, de modo que Haymitch y Leo pudieron bajar y acercarse, despidiéndose de Effie, Cinna, Portia y todos aquellos que agitaban sus manos para decirles adiós.

-¿Estás bien?

Rafael sonrió, sin dejar de ver hacia dónde estaba su hermano, y asintió como respuesta a la pregunta de su amigo. Sentía ganas de llorar por lo terrible e irónico de la situación; viajaría en el mismo tren que Leonardo, pero no podría salir del cuarto de máquinas, pues el resto del tren se hallaba bajo vigilancia por medio de cámaras y micrófonos, salir a ver a su hermano era arriesgar a Casey y al distrito trece a ser descubiertos por el Capitolio, y con eso, destruiría a la rebelión.

Sin embargo, el saber que se hallaría en el mismo lugar que su hermano, aunque lo separaran las paredes de los vagones y no pudiera tener contacto alguno con él, le sería suficiente, por ahora...

Leo y Haymitch, tras las últimas fotografías y despedidas, abordaron el tren, este inició su marcha.

El muchacho miraba por última vez el Capitolio, sus brillantes cúpulas doradas y sus enormes edificios de cristal y metal; un sentimiento de vacío le inundó de repente, pero no porque extrañara aquella capital de la corrupción, sino porque sabía que dejaba una parte de sí mismo en aquel lugar; la arena le había cambiado, le había quitado algo de sí, algo que no podría recuperar jamás.

Se quitó de la ventana y se internó en el tren; vio al fondo del pasillo las puertas de los camarotes, el que usó cuando iba apenas rumbo al Capitolio cómo un tributo y que en ratos dudaba volver a ver, ahora como un vencedor.

Vio la puerta contigua, la del camarote de Belle, y un sentimiento terrible le embargó al recordarla a ella y a su terrible final. Decidió dar la media vuelta, quizá ir al comedor, pero no sentía hambre, por lo que desechó la idea; siguió explorando el tren, más por tener algo qué hacer que por curiosidad; se sentía fuera de lugar y todas las horas que faltaban para poder llegar al distrito doce, para estar de vuelta con su familia, le parecían eternas.

Pasó a otro vagón, y luego a otro; cada uno lleno de lujos que al chico le parecían innecesarios, excesivos y absurdos; había un vagón para fiestas, con mesas pequeñas para muchos invitados (como si alguien más viajara con ellos) y un gran equipo de sonido; otro para juegos, con máquinas sofisticadas de juegos diversos, mesa de billar, otra de póker y juegos de cartas y dados; más allá se hallaba el vagón de la cocina, lavandería, bodega y después de ese, otro en el cuál, por medio de la ventanilla de la puerta, dejaba apreciar que sólo contenía una caja.

Leo, extrañado, se acercó a la puerta de ese vagón; sólo estaba ese y luego el de máquinas, pasando el primero llegaría al segundo; se le antojaba llegar a él, ver aquella maquinaria para poder dar a Donny una detallada descripción de cómo eran, seguro que a él le gustaría saberlo.

Pero aquella caja le parecía extraña, hipnótica, era como si le llamara de manera insistente para que se acercara, para que la viera, por lo tanto se acercó a la puerta; primero curiosearía por ahí y luego iría al último vagón.

Se asomó a la ventanilla y miró mejor al interior; la caja era alargada, de madera, muy sencilla y estaba ubicada en el centro de todo el carro. Extrañado, se preguntaba que podrían transportar en aquel lugar de aquella forma; iba a pulsar el botón de la puerta, cuando Haymitch le detuvo la mano.

-Es mejor que no entrés ahí.

-¿Por qué? ¿Qué es eso?- Preguntó el chico, extrañado, mirando al humano para luego mirar de nuevo a la ventanilla. Haymitch negaba con la cabeza e insistía en llevárselo de vuelta al comedor, tomándolo del brazo y guiándolo, alejándolo de ahí.

Fue cuando Leo se dio cuenta; aquella caja, la forma, el tamaño...

-¿Be... Belle?- Murmuró con voz quebrada, incrédulo, mirando a Haymitch con los ojos muy abiertos. El hombre se limitó a asentir ligeramente.

-A fin de cuentas, algo se logró rescatar... también debe volver a casa.

El corazón de Leonardo comenzó a acelerarse y su respiración amenazaba con agitarse; Haymitch logró por fin llevárselo de ahí, con la intención de llevarlo al comedor a que tomara algo. Pero el niño prefirió encerrarse en su camarote, del cual no salió en el resto del día.

Sólo hasta la mañana siguiente, cuando el tren se detuvo para la reposta, el chico salió de la habitación.

Al notar que el tren se había detenido, decidió salir de él; necesitaba estirar las piernas, aire fresco, y al hallarse ya fuera del Capitolio, al encontrarse en campo abierto, aquello era lo más cercano a sus amados bosques.

Bajó del vehículo y extendió los brazos, estirando su espalda y sus músculos; respirando profundamente y recibiendo los brillantes y cálidos rayos del sol que bañaban su rostro, brindándole cierta tranquilidad.

Al mismo tiempo, Rafael y Casey bajaban del último vagón; debían internarse en las arboledas que rodeaban la vía para esperar al amigo de Casey. Rafa alcanzó a ver a su hermano, de pie, a unos pasos del tren.

-Anda... ¿por qué no vas a verlo? Por lo menos... para decirle hola.

Rafa no dejaba de ver a su hermano, tentado a hacer lo que Casey le sugería; y es que sólo se hallaban separados por algunos pasos, ahí nadie los miraba y bien podría acercarse, abrazarlo, decirle que estaba vivo.

Y ese sólo pensamiento le hizo detenerse a aquello a lo que estaba a punto de ceder.

-No.- Dijo tristemente la tortuga.- No puedo hacerle eso... no puedo volver a casa, Casey, tú lo sabes; para el Capitolio yo soy un rebelde muerto y Leo está bajo su atención... eso me impide volver a vivir con ellos, y si no puedo ir con ellos, si no podemos estar juntos... ¿para qué lo molesto? Sólo lo dejaré intranquilo por lo que me pase...- La voz de Rafael comenzaba a quebrarse.- Se la pasara nervioso, pensando en cómo me estará yendo, lo conozco, así es Leo.- sonrió.- Y ya le he dado muchos problemas en "vida" cómo para darle más ahora, sobre todo... cuando tiene ya tantos malos momentos en la cabeza sin dejarlo en paz.

Casey, con lágrimas en los ojos, sorbió un poco y se pasó la mano por el rostro al sentir que una de esas lágrimas resbalaba por su mejilla.

-Está bien... lo entiendo... entonces, vámonos.- El humano comenzó a avanzar, corriendo hacia unos matorrales cercanos.

Rafael miraba a su hermano aún desde su lugar.

-Adiós, Leo... hasta que podamos volvernos a ver.

Sonrió tristemente, para luego correr detrás de Casey.