Título: Breathing

Personajes: Harry y Draco.

Clasificación: No menores de 18 años.

Género: Romance/Drama.

Disclaimer: El universo de Harry Potter pertenece, claro está, a J.K. Rowling y a los otros que adquirieron sus derechos. No escribo con fines de lucro, sólo lo hago por puro gusto y obsesión. El argumento tampoco es mío, ya que la idea original es de FanFiker-FanFinal, quien muy amablemente aceptó mi petición de poder desarrollara. ¡Gracias querida! Espero de corazón que sea de tu agrado.

Advertencias: Slash/Lemon/EWE. Ésta es una historia que narra relaciones homosexuales y su contenido puede resultar ofensivo para algunas mentes. Si no te sientes a gusto con el tema, ruego abandones este fanfiction. Dicho está, sobre aviso no hay engaño.

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Breathing

Por:

PukitChan

"…wherever you go, whatever you do

I will be right here waiting for you.

Whatever it takes or how my heart breaks

I will be right here waiting for you…"

Capítulo 14. Right here waiting

En el instante en el que sintió una brisa de aire frío golpear sus mejillas apenas sonrojadas por la temperatura, ella cerró los ojos y miró la taza de té que había estado sosteniendo durante unos segundos, sin decidirse si llevarla o no a sus labios. Incapaz de pensar en otra cosa, Narcissa se preguntó cuánto más tardaría en llegar, porque aunque Draco se había encargado de asegurarle que esa misma tarde le visitaría, no precisó la hora. Y pese a que ella en verdad anhelaba volver a ver a su hijo, luego de tantas semanas de ausencia, se dijo a sí misma que no debía presionarlo por mucho que Lucius insistiera en que era el momento más adecuado para convencer a Draco de aceptar un matrimonio arreglado con Astoria Greengrass, sobre todo ahora que Potter había desaparecido del mapa.

Con un profundo pesar, Narcissa admitió que dos guerras no fueron suficientes para cambiar la mentalidad de su marido y tenía que aceptar que, en ocasiones, ni siquiera sus propios pensamientos lo habían de hecho; de lo único de lo que estaba segura era de que amaba a Draco con todo su corazón, porque él, contra todo pronóstico, fue el único que se atrevió a cambiar cuando nadie más quiso hacerlo.

En un suspiro recordó la guerra, cuando el Señor Tenebroso había traído presa a la mansión a una chiquilla rubia. Narcissa presenció su llegada y su corazón no pudo hacer más que contraerse en su pecho. La niña ―porque lo era― se parecía a su Draco. Tenían el mismo color de piel y ojos. Tuvo que apartar la mirada cuando la chiquilla se le quedó mirando, como si hubiese descubierto que la fría mujer que tenía frente a ella estaba abrumada por las sensaciones que toda madre angustiada tendría. Y la niña le sonrió. Semanas después, Narcissa descubrió ―bastante sorprendida―, que Draco bajaba al sótano a escondidas para hablar con la niña, que se llama Luna. Y cuando Narcissa vio cómo su hijo se sujetaba con fuerza al barrote que impedía a la chica su libertad, apenas revelando tristeza en sus ojos, supo que Draco no crecería como todos esperaban que lo hiciera.

Poco tiempo después de eso, sus ideas quedaron confirmadas la noche en la que Draco apartó la vista y se negó a reconocer a Harry Potter.

―Ama, el joven Malfoy ha llegado.

La chillona voz de un elfo doméstico obligó a Narcissa a levantar su barbilla y mirar. La criatura pareció entender que su presencia ya no era solicitada en el lugar, por lo que desapareció casi de inmediato, haciendo una profunda reverencia. Ella se acomodó su cabello rubio y giró el rostro, mirando los inmensos jardines de la mansión. Siempre le había agradado pasar tiempo en estos bebiendo té, una costumbre que compartió con su hijo en más de una ocasión, aunque probablemente aquello pareciera más un recuerdo que por sí mismo decía que los tiempos donde habían sido felices habían quedado sepultados mucho tiempo atrás.

Narcissa no tuvo que esperar mucho tiempo para contemplar la llegada de su hijo. Draco se acercaba a ella a paso lento, como si a pesar de querer ver a su madre, realmente no quisiera estar ahí. Era posible que fuera justo eso lo que estuviera pasando por la mente de su hijo, porque, después de todo, la mansión albergaba los peores recuerdos de la vida de Draco.

―Madre ―saludó el rubio. Narcissa se incorporó y depositó un beso en la mejilla de su hijo, acariciando con su mano derecha las facciones angulares que habían formado el rostro de un hombre. Draco estiró sus brazos, rodeando de esa manera el delgado cuerpo de Narcissa, quedándose así por sólo unos breves segundos. Luego, al separarse, se miraron a los ojos y se sonrieron mutuamente, sentándose en las dos únicas sillas que había. Era claro que los elfos habían preparado aquella pequeña mesa y sus asientos en respuesta a la orden de Narcissa, pues era la única que solía visitar esa parte del jardín, porque le agradaba sentir el suave viento en su rostro. Lucius nunca había sido sensible en ese aspecto.

―Me da mucho gusto verte, Draco ―dijo ella una vez que la emoción del reencuentro había menguado.

―A mí también ―respondió, aunque alguien que lo viera expresando esa oración opinaría exactamente lo contrario. La sonrisa del hombre era tensa y su mirada se veía cansada por mucho que su seria expresión quisiera decir lo contrario. No obstante, Narcissa sabía que las palabras de su hijo eran sinceras, pero había otras cosas que le preocupaban y, para bien o mal, era del tipo de cosas que robaban por completo la atención de su mente. Por eso ninguno de los dos dijo nada por un rato, al menos no mientras una elfina se hizo presente para servir el té de Draco, acompañándolo con unos dulces, los cuales sabía, era los favoritos del rubio desde que era niño.

Mientras la elfina ejecutaba con paciencia y dedicación aquellas labores, Narcissa hizo un rápido inventario del estado de Draco. Aún se veía pálido y al parecer había adelgazado, aunque no al grado de llegar a parecer enfermizo. Su hijo miraba casi con diversión cómo la elfina colocaba los dulces en un perfecto y estratégico orden ―de chocolate, pasando por la frambuesa, hasta llegar a la avellana―, pero parecía que aquello no bastaba para que sus ojos brillasen como siempre. O tal vez como ella se había acostumbrado a verlos brillar desde la entrada de Potter a la vida de su hijo.

Por alguna razón, no importó cuál fue, Narcissa recordó a Lucius. La historia de ambos había sido complicada y larga, basada en el mutuo amor que profesaban a su hijo. Pero incluso más allá del matrimonio concertado que ambos habían aceptado, Narcissa había aprendido a querer a su esposo. Amó sus manías y detalles ―los buenos y los malos―, y el suyo acabó siendo un matrimonio arreglado que fue bueno y hasta feliz. Porque ella nunca olvidaría el orgullo que se vio reflejado en los ojos de Lucius cuando sostuvo por primera vez a Draco. Y ambos supieron que aquello de verdad funcionaría.

―Recuerdo que cuando era niño, amaba estafar a los elfos para que me dieran más de estos dulces ―murmuró entonces la voz de Draco, atrayendo de esta manera la atención de Narcissa, justo en el instante en el que su hijo probaba lo que había mencionado. ―A padre nunca le gustó que los comiera. Decía que eran demasiado agradables.

―A él nunca le gustaron las cosas dulces ―contestó ella, bebiendo un diminuto sorbo de su té frío.

―¿Dónde está?

―Ahora mismo en un viaje. Conoces cómo es cuando las cosas no salen tal cual lo había planeado.

Draco asintió y miró la sonrisa de nostalgia de su madre.

―¿Por qué no lo acompañaste? No solías permitirle viajar solo.

―Sabes perfectamente que, cuando se trata de ti, las cosas pueden cambiar.

Draco no pudo rebatir eso, por lo que Narcissa esbozó una de sus sonrisas que claramente decían quién había sido el ganador de la contienda. Entonces, cuando Draco desvió su mirada hacia las flores que más allá crecían, la mujer aprovechó el momento para estirar su brazo y colocarlo en el hombro de su hijo. Draco la observó y Narcissa, al verse reflejada en la mirada gris de su hijo, casi pudo presentir las palabras que venían a continuación.

―¿Por qué no me avisaron antes que habían llegado amenazas aquí, madre? ―dijo, con la voz repentinamente endurecida.

―Porque no era necesario ―replicó ella, bajando su mano―. Además, tú no podrías hacer algo al respecto aunque te lo hubiéramos dicho de inmediato, ¿o sí? Y no es la primera vez que amenazan a nuestra familia, Draco. Creo que tú mejor que nadie debería saberlo.

―Eso no importa, podríamos obligar a…

―No ―interrumpió su madre, con su voz extremadamente firme―. Lo último que Lucius y yo queremos es volver a arriesgarte, Draco. Y no insistas más. Toleré el hecho de que no quisieras regresar a vivir a la mansión ahora que has vuelto a nuestro lado, pero no permitiré que intentes cambiar nuestras decisiones.

Draco se removió en su asiento, sólo para ocultar sus manos en los bolsillos de su ropa. Resopló, claramente irritado por la conversación, por haber tocado temas que aún dolían y que no acaban de comprenderse.

―Estoy cansado ―murmuró el rubio―. Estoy tan cansado de que otros tomen decisiones que creen que son lo mejor para mí. ¿Acaso se los pedí alguna vez? Porque no recuerdo en qué maldito momento, tú, padre y Potter creyeron que tenían el estúpido derecho de sobreprotegerme. ¡No soy un idiota ni un cobarde! ¡Puedo defenderme bastante bien solo! ¡Lo hice mucho tiempo! ¡Estoy harto de ustedes!

Las últimas palabras, que fueron gritos desordenados, no alteraron en absoluto a Narcissa. Se limitó mirar cómo su hijo, como pocas veces, perdía el control de sus sentimientos, dejando que estos fluyeran con libertad. Y tal como sospechaba, descubrió que Potter seguía presente en los pensamientos de hijo, sin importar qué tan lejos hubiera huido de él.

―¡Di algo! ―exigió el rubio. Narcissa lo miró.

―A veces hacemos cosas terribles por las personas que amamos, Draco.

―¡¿Estás justificándote?!

Ella negó con la cabeza, tocando el brazo tembloroso de su hijo.

―Estoy diciendo que herimos a quienes queremos en nuestro afán de protegerlos. Lucius nos hirió a nosotros, yo a ustedes y tú a nosotros como en un ciclo interminable. Y, Draco, posiblemente nunca entienda la relación que tuviste con Harry, ni tu padre jamás termine de aceptarla. Pero no importa, porque eso que me reprochas es justamente lo único que tienes entre tus manos: la decisión de qué piensas hacer con respecto a Harry.

Draco cerró los ojos, respirando con fuerza. Aquellas palabras, como siempre, habían agitado su mundo. Sobó el puente de su nariz y se dio vuelta, rumbo a la casa, para descansar. Lo último que necesitaba en ese momento era recordar que, en realidad, Potter ya no estaba. Y quizás nunca más estaría.


~•~

Aquella tarde, mientras Ron bajaba el diario que tenía entre sus manos, mordió su labio inferior. No le sorprendía que la noticia estuviera en primera plana, lo que realmente lo tenía desconcertado era el hecho de que la Red Flu aún no hubiera estallado en llamas, dejando ver el rostro enfadado de Harry para mostrándole la noticia que El Profeta anunciaba con tanto escándalo: Malfoy había regresado.

Aunque, por otro lado, ¿acaso no era de esperar que su amigo no acudiese a su casa? ¿Por qué habría de hacerlo en primer lugar? Hermione y él le habían demostrado durante esas semanas que tenían opiniones muy dispares que antes no se habían hecho presentes sobre su relación con Malfoy. Al menos, Ron nunca antes consideró al slytherin su amigo pues para él sólo era la pareja de Harry, un desconocido que al parecer lo hacía feliz, nada más. El moreno nunca le exigió más allá de eso, porque sabía que de ninguna manera podía hacer cambiar de opinión a un testarudo Ron a menos de que pasara más tiempo. Hermione había sido distinta; después de la impresión inicial que la noticia había dejado en ella, preguntó muchas cosas sobre cómo todo había pasado. Harry pareció estar contento de tener a alguien con quien hablar sobre por qué le gustaba su relación con Draco y cómo es que sus ojos le parecían tan bonitos cuando caía sobre ellos cierto tipo de luz. Ron suspiró, pensando que nunca antes había escuchado tan enamorado a su amigo, ni siquiera cuando había estado con Ginny. Y le alegraba, aunque al mismo tiempo le irritaba la persona de quien se había enamorado su amigo.

Sin embargo, cuando Malfoy y Harry tuvieron ese ataque durante el cual su relación acabó, algo también había pasado entre ellos. Ron siempre pensó que cuando Harry estaba herido, por extensión él y Hermione también lo estarían. Era un proceso natural que ellos tenían por ser hermanos. Pero la noche en la que vio a Harry refugiado en Grimmauld Place, en ese lugar que tanto odiaba porque le recordaba todo lo que la guerra le había quitado, supo que ver triste a Harry no se comparaba en absoluto con el dolor casi agónico que el moreno debería estar sufriendo.

Hermione, que aquella noche también había estado al lado del moreno mientras lo escuchaba recitar cuán conveniente era que su relación terminara, tomó una decisión. Ron lo supo de inmediato, porque vio a la mujer fruncir su ceño y sujetar con fuerza las palmas de Harry. Poco después de eso, Hermione visitó a Malfoy en San Mungo que, como era de esperar, terminó mal. Luego siguieron muchas discusiones con Harry, en la que la ella trató de convencerlo de que estaba equivocado y que volviera con Draco, aunque nunca consiguió que Potter cambiara de opinión. Eso desencadenó una serie de riñas entre ellos, luego de que se enterara de que Cormac era la nueva pareja de su amigo.

Si en algo estaba de acuerdo Ron con Hermione, era que todo eso no podía ser producto de la casualidad. Había visto a Harry demasiado enamorado de Malfoy como para que repentinamente proclamase amor por Cormac. Y si algo conocía de McLaggen, era que también podía ser un maldito hijo de puta.

El familiar sonido de una aparición alertó a Ron segundos antes que escuchase a Hermione batallar con las llaves de la puerta. No podía entender esa costumbre de su pareja que aparecerse fuera de la casa para tener una entrada bastante muggle, cuando bien podría aparecer directamente en la cocina. Y por la forma en la que, como pocas veces, la escuchó maldecir porque al parecer las llaves se habían atorado, Ron supo que Hermione ya se había enterado también del regreso de Malfoy. De hecho, todo ese tiempo se había estado preguntando cómo era posible que ella no hubiera aparecido rugiendo y gritando el nombre de Harry para hechizarlo, pese a lo tensa que había estado su relación últimamente.

Al parecer Hermione se cansó de pelear con sus llaves, porque la escuchó pronunciar un hechizo que Ron siempre utilizaba para abrir la puerta, porque nunca había conseguido pasar más de tres días sin perder las llaves. Aunque Ron también sospechaba que Arthur era quien había estado coleccionándolas.

Dejó de pensar en su padre cuando Hermione entró a la cocina con un andar exageradamente rápido. Su rostro estaba sonrojado y parecía contrariada, como si tuviera muchas ideas en su mente pero no se decidiera por cuál empezar a transmitirle. Ron alzó la ceja y se preguntó, otra vez, si Hermione no se tomaba las cosas demasiado en serio. Porque, aunque quisiera y pudieran hacer algo, ¿Harry aceptaría su ayuda?

―¡El Profeta! ―dijo al fin ella, con el rostro rojo y su cabello ligeramente más esponjado― ¡Está especulando sobre el regreso a Malfoy! ¡No puedo creer que en serio estén diciendo tales tonterías!

Ella caminó en círculos por toda la habitación mientras Ron la seguía con la mirada. El artículo en particular hacía diferentes conclusiones de por qué se había ido y la razón por la cual había vuelto Malfoy. Indirectamente apuntaban a Harry como el principal artífice de los hechos, asegurando que la relación que ellos habían mantenido era por conveniencia, propio de personas como los Malfoy y el pasado dudoso del señor Potter. De hecho, al pelirrojo le asombraba que Hermione, luego de haber visto la información, aún no hubiera hecho nada.

―Lo más probable es que Harry ya lo haya leído ―dijo Ron, mirando la fotografía que mostraba a Draco saliendo del Ministerio con esa sonrisa pretenciosa que desde siempre se había acostumbrado a verle.

―¡No es eso lo que me inquieta, Ron! ―gritó Hermione, dándose la media vuelta para acercarse y enfrentar a su pareja―. Harry es un cabezota y sabrá ignorar esto. ¡Lo aprendió a hacer desde que era niño!

Fue entonces cuando Ron sintió que se había perdido una parte de la historia que sólo Hermione conocía por la manera en la que colocaba las manos en la cintura y murmuraba cosas inentendibles para sus oídos.

―No entiendo ―dijo al fin―. Si no te preocupa que Harry lea el artículo, ¿qué es lo que te está manteniendo de esta manera, Hermione?

Ella lo miró largamente, abriendo apenas su boca. No podía creer lo que escuchaba, aunque en realidad aquello no debería serle tan sorprendente de alguien a quien venía conociendo desde que tenía sus once años y que nunca había desarrollado su sentido de sensibilidad. Aunque, por otro lado, era precisamente por esa falta de tacto que Ron poseía, que uno podía acercarse a él y pedirle la verdad, sabiendo que la contaría con toda la honestidad posible, aún si dañara sin intención a alguien en el proceso. Y sólo por eso, Hermione quería un poco más a Ron.

―Estoy preocupada por la reacción que Cormac va a tener ante esto, Ron.

―¿Por qué? Es decir, sé que es un idiota y que es obsesivo con Harry, pero…

―Pero le quiere ―dijo Hermione en voz baja, interrumpiendo la oración de Ron―. Lo he visto y sé que quiere a Harry. Y es eso, precisamente, lo que puede ser lo peor.

―Ya intentaste comunicarte con Harry, ¿cierto? ―preguntó el pelirrojo, luego de una larga pausa―. Ya lo buscaste.

―Sí ―dijo resignada―. Le envíe un mensaje desde el Ministerio a su departamento y también tres lechuzas. No me ha contestado. Aunque no debería sorprenderme luego de la última discusión que tuvimos ―murmuró, bajando la mirada y apretando sus puños. Ron se puso de pie y se acercó a Hermione para rodearla con sus brazos, acunándola en estos como si fuese una niña pequeña.

―Hiciste lo que creías era mejor para Harry.

Hermione soltó una risa en medio de un profundo sollozo mientras se aferraba al cuerpo de Ron.

―Debería dejar de querer controlarle la vida.

―Nah ―dijo Ron con humor―. Dejarías de ser tú si lo hicieras. ¿Qué sería de nosotros si no estuvieras entrometiéndote en nuestra vida?

―¡Ron!

Él se encogió de hombros y miró a la preocupada mujer.

―¿Vamos a buscarlo?

―Luna debe saber de él.


~•~

Con sus dedos, Harry levantó sus gafas con el propósito de pasar una mano por sus ojos, en un vano intento por controlarse, aunque en realidad la tranquilidad nunca había sido una de sus mayores virtudes, al menos no en ese sentido. No estaba dispuesto a revivir momentos como esos en ese preciso instante. ¿Es que acaso era tan difícil de entender? ¡Maldita sea, él también se había enterado de su regreso al igual que todo el maldito mundo mágico? ¿Qué es lo pretendía Cormac? ¿Encerrarlo en ese apartamento hasta que Draco decidiera largarse una vez más del país?

―Esto es estúpido, Cormac ―murmuró el moreno, bajando sus brazos y recargando su espalda en la pared más cercana que encontró.

―Es la verdad, Harry. Ni tú ni Edward deberían salir tan seguido en estos… tiempos.

―Es mi ahijado. Mi familia. No voy a dejar de pasar tiempo con él, sólo porque tú estás siendo idiota.

―No te estoy diciendo que no lo veas.

―Cierto ―murmuró Harry, rodando los ojos―. Sólo estás diciendo que tenemos que escondernos en aquí porque Draco regresó, y ocultarnos es lo más conveniente para todos. ―Luego, secamente añadió―. ¿Alguna otra cosa más, señor?

Cormac dibujó en su atractivo rostro una desagradable mueca que decía por sí misma lo mal que se había tomado el comentario de Harry. Sin embargo, si en algo se parecían ellos dos, era en lo tercos que podían llegar a ser. Ninguno estaba dispuesto a ceder por el otro. Ninguno retiraría la espada hasta que ésta hubiese herido y matado a su adversario.

―No creo que a la abuela de Edward le agrade ver a su nieto unirse con un Mortífago.

Harry tuvo que reprimir el fuerte impulso de maldecir a Cormac hasta dejarlo gritando de dolor. Toda su puta vida había procurado acabar con esos prejuicios que pesaban sobre de Draco y Narcissa y era justamente Cormac, de entre todas las personas, quien lo tenía más presente.

―No creo que a Andrómeda le agrade ver que estás insultando a las personas que Teddy más quiere.

Cormac entrecerró sus ojos y se cruzó de brazos sin acabar de entender por qué aquel niño parecía querer tanto a Malfoy, que debía ser la persona más desagradable e inadecuada que pudo haber conocido. ¡Como si un niño necesitara que la fama de un Mortífago cayese a sus espaldas! Sabía que él, como pareja de Harry, no tenía derecho alguno para ordenar algo a Teddy, pero Andrómeda era libre de pedirle al moreno que acompañara a su ahijado a una visita a la mansión Malfoy. Y estaba completamente seguro de que Harry no se negaría a ello.

Potter miró su reloj otra vez. Faltaban menos de veinte minutos para las cuatro y él ya tenía que estar en el Ministerio, junto con el resto del escuadrón de aurores, discutiendo sobre quién iba ser el encargado de vigilar la Mansión Malfoy, que últimamente había tenido amenazas sospechosas que habían disparado las protecciones que la rodeaban.

Y aunque Harry realmente no quería saber nada de Draco ahora que su regreso era inminente ―era demasiado cobarde como para atreverse a estar de pie frente a él―, algo dentro de sí le hacía saber que si por alguna extraordinaria razón él debería cuidar a los Malfoy, lo haría, aún si la misma familia Malfoy se opusiera a ello. Porque, probablemente, eso sería lo que ocurriría.

―Harry.

―Tengo cosas que hacer, Cormac ―replicó fastidiado, porque no quería volver a tener esa discusión tan absurda por sí misma. Y aunque sabía, o al menos creía entender las razones por las que Cormac hacía aquello, no es como si eso fuera suficiente para persuadirlo otra vez. Ya había renunciado a demasiado, no podía perder también lo poco que lo mantenía cuerdo.

Dio la media vuelta, dispuesto a dirigirse a la chimenea. No le agradaba viajar por vía Flu, pero tenía prisa y aquello era necesario, sobre todo si quería desaparecer de su mente la molesta visión de Cormac insultando a Draco. Él sabía mejor que nadie que se había equivocado pero ¿quién no lo había hecho en ese momento? Era una guerra, por Merlín. Y si había algo que a Harry le repugnaba era la manera en la que los estigmas del pasado caían con fuerza en el presente.

―Malfoy no está esperando verte, Harry ―murmuró Cormac detrás de él.

―Ni yo a él ―replicó tenso y por un instante tuvo la sensación de que ésa había sido la mentira más falsa que jamás había dicho nunca. Miró de soslayo al otro antes de replicar―. ¿Eso es todo? Tengo trabajo que hacer.

Cormac se detuvo y analizó por un instante el perfil perdido de Harry. La firmeza de su mirada hacía que el dolor que antes se alojaba en ella hubiese desaparecido. Era extraño notar cómo siempre que se habla de Draco, al menos ante él, Harry no mostraba arrepentimiento ni tristeza… sino decisión. Y esa mirada, esa maldita mirada, era la misma que Harry le había dado la noche en la que aceptó ser suyo a cambio de la vida de Draco. Por eso mismo estaba enfurecido, porque no soportaba que Draco tuviese esa presencia en Harry. Y algo le decía que probablemente, esa pasión nunca se extinguiría. Y que esa dura mirada sólo estaría presente cuando de Malfoy se trataba.

―Confío en ti, Harry.

Ésa parecía ser la tarde de las mentiras. Ambos sabían que lo hacían, cuánto se negaban a admitir lo que era obvio para sus ojos. Pero, cuando descubrieron cómo era amar y pertenecer a alguien, difícilmente se conformarían con menos.

―No, no lo haces ―dijo Harry volteando a verlo. Cormac quedó lívido y estuvo a punto de reclamar cuando la sonrisa sincera del moreno lo detuvo―. ¿Y sabes qué es lo peor? Que realmente entiendo tus razones ―Por un instante, Harry permaneció en silencio, dubitativo entre las palabras que pretendía decir―. De verdad lo siento, Cormac… pero tienes mi palabra de que regresaré.

Y antes de que la conversación pudiera extenderse aún más, Harry desapareció en un destello verde de polvos Flu.


~•~

Las nueve de la noche. Draco nunca antes había visto aquel puente levantarse. Tal vez fuera porque pasaba mucho más tiempo en el mundo mágico que en el muggle, pero ésa era la primera vez que presenciaba el insólito espectáculo de ver cómo el puente parecía partirse prácticamente a la mitad para elevarse y así darle paso al barco que navegaba en su dirección. Era curioso. Durante todas las veces que visitó Tower Bridge, siempre pensó que se trataba de una estructura tan precisa y hermosa, que sólo podía permanecer estática para ser apreciada en su totalidad. Sin embargo, ahora que lo pensaba con detenimiento, en realidad pocas obras de arte tenían la decencia de quedarse quietas. Incluso Hogwarts poseía tanto movimiento que lo más lógico era pensar que el mismo castillo tenía vida propia, e incluso un destino para cada estudiante. Porque, estando solo en la Sala de los Menesteres, Draco había sentido como si el castillo le estuviera gritando, a través de lo largo de sus paredes silenciosas, que se detuviera, que tenía la posibilidad de cambiar su destino.

Y desgraciadamente se dejó convencer, quizá mucho tiempo después de la guerra, pero lo hizo. Harry llegó con su vida, con sus sonrisas, con sus ganas de entrometerse y poner su mundo al revés. Harry, que había hecho todo lo posible para irritarlo, para ayudarlo aún cuando no tenía por qué hacerlo, pero que de todas formas hizo, simplemente porque era un estúpido Gryffindor con un complejo de héroe demasiado desarrollado y estimulado para su propio bien. Ese idiota de Harry, porque apareció con sus bebidas llenas de cafeína, con sus paseos muggles, con su lluvia y sus besos debajo de ésta. Ese imbécil, que había dejado más que un simple recuerdo, porque una herida de esa profundidad aún desgarraba su alma de tal modo, que algunas veces le costaba respirar.

Draco nunca quiso enamorarse. No necesitaba enamorarse. Y mucho menos de alguien como Harry. Porque Draco había sido siempre como ese puente, quieto, indomable, firme. Y Potter, sólo ese idiota de Potter, había sido el único que consiguió doblegarlo y partirlo a la mitad, justo como ahora lo hacia el puente. Sólo por un maldito barco, esa firme estructura se había roto. Sólo había pasado a través de él y Draco se había desmoronado.

Y entonces Draco comprendió porque estaba ahí, refugiándose a las nueve de la noche. Porque empezaba a odiarlo. Comenzaba a detestar con todas sus fuerzas a Tower Bridge y a Harry. Como nunca antes lo había hecho. Como nunca lo hizo cuando eran sólo un par de niños. Imbécil. Hasta en los momentos más ridículos posibles aún le acompañaba.

―Pase toda la maldita tarde intentando esconderme de ti… y lo primero que hago es encontrarte.

Ésa voz era la de Harry.

Draco cerró los ojos. Sus manos se aferraron al barandal en el que estaba apoyado, que al mismo tiempo le impedía arrojarse al río Támesis. Respiró abriendo la boca, ya que por un instante olvidó que ésa función era vital para su cuerpo. No le sorprendía escucharlo ahí, porque tarde o temprano tenía que encontrárselo y sabía que era inútil esconderse. Draco había preferido que fuera el mismo destino el que los llevase a reunirse, pero acababa de descubrir que una serendipia, por más extraordinaria que fuera, podía ser también una maldición.

Escuchó los pasos acercarse y aunque tuvo el deseo de buscar su varita para levantarla y atacarlo, simplemente permitió que siguiera avanzando a su dirección. Tres meses de altibajos para que todo concluyese en eso. Qué estupidez. Casi rió de lo ridículo que estaba siendo todo eso.

Lo escuchó sentarse, posiblemente en la fuente que estaba a escasos pasos detrás de él. Draco no giró su rostro para verlo, no lo necesitaba. En cambio, se dedicó a observar con atención como el puente regresaba a su forma original luego de que el barco hubiese pasado a través de él. Harry tampoco lo miraba, lo sabía porque no sentía sus ojos posarse sobre su cuerpo, pero quizás se encontraba mirando lo mismo que él.

―Entonces, ¿eres un cobarde, Potter? ―murmuró Draco, después de un rato―. No sabía que me tuvieras tanto miedo.

Una risa suave, pero al mismo tiempo vacía de alegría, llegó hasta sus oídos. Tener a Harry tan cerca de él era como recibir oxígeno puro; aunque fuera reconfortante, ardía demasiado. Mataba demasiado.

―En realidad estoy aterrado ―contestó Potter.

―Yo también.


~•~

Tiempo atrás, cuando la relación de Malfoy y Potter recién había comenzado, el rubio descubrió que Harry, su Harry, era una persona cursi. Era de esos chicos mimosos que gustaban de compartir cama, abrazado como pulpo a su victima, impidiéndole escapar. Le gustaba repartir toda clase de besos por su cuerpo, y tenía la mala de costumbre de abrazarlo en demasía. Aquello era nuevo y hasta cierto punto empalagoso para alguien que estaba acostumbrado a relaciones más bien formales y a una expresión de amor nula.

Sin embargo, no tardó demasiado en acostumbrarse. En sonreír cuando Harry lo hacía, en burlarse cuando el cabello de Potter se volvía indomable, en acostumbrarse a sus riñas en las que ambos parecían viajar en el tiempo y volver a ser los enemigos más que los amantes. Harry nunca tuvo problemas en aceptar sus sentimientos y demostrar su amor, algo que se notó desde el inicio, porque él había sido quien había dado el primer paso para empezar esa misteriosa relación.

Y Harry también cambió. Lo notó cuando aceptó sus gustos caros, sus palabras sarcásticas, sus comentarios llenos de ironía. Y lo más curioso de todo es que nunca pretendió cambiarlo. Jamás intentó que Draco fuera otra persona, porque probablemente Harry saldría con el cursi diálogo de que se enamoró de la persona que conoció. Salazar, hasta había aprendido a conocer sus futuras palabras.

Pero Potter nunca le reprochó a Draco sus expresiones mostradas ante las cosas ridículas, como ésa de regalarle una snitch, porque al parecer lo único que tenían en común era que ambos disfrutaban del Quidditch. Exageraba, claro, pero aparentemente Potter disfrutaba de hacerlo rabiar. Y viceversa.

Draco nunca se consideró un ser romántico, al menos no hasta ese día. Como siempre, Potter tenía que haber sido quien arruinara su imagen perfecta.

Todo comenzó una mañana de domingo. Draco dormitaba, cansado de las actividades nocturnas que con Harry había compartido. A esas alturas, luego de varias semanas de estar juntos, ya se había acostumbrado a la presencia de Potter del otro lado de la cama. Sin embargo, en lugar de tenerlo apretado de brazos y pies como era su costumbre, y mucho antes de que abriera los ojos, pudo escuchar a Harry tararear una canción, que Draco estaba seguro, había oído una noche antes mientras intentaba descubrir todas las emisoras posibles existentes en esa radio mágica que había comprado.

El sol caía, lo sabía por la forma en la que su espalda se mantenía tibia, gracias a los rayos matutinos. Y Potter estaba acariciándolo con algo tan suave, que su piel se estremecía. No eran sus dedos, porque los de Harry estaban llenos de callos. Tampoco eran su boca, porque sus labios eran siempre húmedos. Pero, sea lo que fuese que estuviese provocando aquella caricia que lo hacía temblar, fue a parar a su brazo. Luego, el movimiento dejó de sentirse y en cuestión de segundos, Draco pudo percibir cómo algo rasgaba su piel pero sin llegar a lastimarle. Enseguida algo frío escurría y marcaba su brazo, justo del lado contrario donde estuvo la Marca Tenebrosa. Y aunque Draco tuvo el impulso de abrir los ojos y descubrir de qué se trataba, se mordió la lengua para reprimirlo, porque Harry seguía tarareando esa horrenda canción y seguía haciendo un trazo sobre su piel.

La sensación rasposa se detuvo, aunque fue remplazada por pequeños y diminutos besos sobre sus dedos. Y aunque Draco quiso moverse, Harry se adelantó a sus acciones, se incorporó de la cama y comenzó a caminar por el lugar, hasta que el ruido cambió por el de agua corriendo desde del fondo: Harry estaba duchándose.

Y por primera vez, Draco se alegró de haber sido paciente. Abrió los ojos, aprovechando que Potter ya no estaba y miró. Lo primero que vio fue una pluma y un frasco de tinta en la mesita que estaba al lado de la cama. Al sentarse, sus ojos bajaron curiosos a su brazo. Y ahí, en su piel, con una caligrafía horrenda, estaba el mensaje de Potter.

«Te amo»

Se sonrojó tanto, que Draco no necesitó mirarse para saber que lo había hecho. Harry nunca antes le había escrito ―y mucho menos dicho― que le amaba. Pero ahí estaba la prueba de que lo hacía. Porque sabía que era sincera. Y sonrió como un cursi enamorado.

Tal vez porque en ese momento terminó de comprender que ya no tenía escapatoria. Que en realidad, nunca la había tenido. Porque él también amaba a Harry.

Por eso guardó esa pluma. Por eso lo atesoró a su lado. Porque esa ridícula mañana de domingo, con Potter cantando desafinadamente desde la ducha, le había dicho que lo amaba.


~•~

―¿Por qué? ―preguntó Draco en voz baja, acariciando con su dedo pulgar la piel de su brazo, como si eso fuera suficiente para que la horrenda letra de Harry volviera a aparecer en él, aún cuando ya hubiera pasado tantas cosas desde entonces. Aún cuando sabía que aquello sólo era un deseo por calmar su ansiedad.

―¿Por qué, qué? ―cuestionó el moreno, aún sin mirarlo. Al igual que Draco, estaba concentrado, observado Tower Bridge.

―Por qué lo hiciste…

Draco apretó su piel, mordiendo su labio inferior cuando descubrió que tal vez, nunca obtendría una respuesta a su pregunta. La única que le faltaba para armar el rompecabezas. La de él. La de Harry.

―Idiota.


~•~

Teddy apretó con toda la fuerza de sus pequeñas manos la tela de la larga túnica de su abuela. Sus ojos dorados se abrieron aún más. No entendía, pero tenía miedo. No sabía por qué, pero se mantenía quieto, detrás de las piernas de su abuela. Podía sentir la mano de ella tocar su cuerpo y empujarlo aún más atrás.

―Tengo miedo, abuela ―susurró Teddy, al borde de las lágrimas.

Andrómeda mantenía su mano derecha levantada, misma que sostenía su varita. Estaba firme y sus ojos mostraban una seriedad intimidante.

―¡Largo! ―ordenó con fuerza. El hombre que estaba parado al frente de ella frunció el ceño.

―Sólo quiero al niño ―espetó con su gruesa voz―. Démelo, y usted sobrevivirá.

El hechizo que Andrómeda lanzó mientras Teddy comenzaba a llorar, fue suficiente para hacerle entender al hombre que primero tendría que matarla, antes de llevarse a su nieto. Y tal vez, así es como sería. Tal vez, así es como se repetiría esta historia en un círculo interminable.


~•~

Harry suspiró. Quizá debería contarle la verdad a Draco. Tal vez lo entendería y aunque no quisiera volver con él, Harry sabría que incluso en el final, estuvo dispuesto a darlo todo. A decirle sus razones. A explicarle que todo lo que había hecho, sucedió porque lo amaba demasiado.

―Yo…

Un ruido chillante comenzó a sonar. Harry abrió desmesuradamente los ojos mientras sus manos buscaban con desesperación entre su ropa. Draco volteó a ver alarmado a Potter, cuando finalmente éste consiguió sacar de entre sus bolsillos una pequeña esfera que brillaba en un intenso color rojo. El moreno palideció y se incorporó velozmente.

―¿Qué pasa? ―preguntó Draco, levantando una ceja ante la reacción. La mirada preocupada de Harry le hizo temer lo peor.

―Teddy…

Y al instante, Harry había desaparecido, dejando a un impactado Draco en silencio, pero sólo con una palabra rondando en su mente.

Teddy.


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Autora al habla:

TwT Me siento tan orgullosa de este capítulo. Kya, kya, kya *lanza confetis*

¡Hola a todos! owo ¿Cómo están? Lamento la demora, no quiero ser repetitiva, pero tengo un lío difícil en la escuela. Horario lleno x.x. ¡Pero aquí está el capítulo prometido, el importante! MUAJAJAJAJAJAJA.

¿Qué dicen? ¿Están orgullosos del avanzar de la historia como yo? XD ¿Creen que esto no debió quedar así? ¿Que algo salió mal? D:

Muchas gracias por todos sus reviews, en breve responderé toditos. nwn

¡Gracias a Gabriela Cruz, Yuu Scarlet, meyamoadriytu, xonyaa11, Fernylokis de hummel, FanFiker-FanFinal, Acantha-27, Nanis kpop star, Kuroneko1490, Violet Stwy, LindenCorina15, jessyriddle, kim-angel251995, DarkPotterMalfoy por cada uno de sus comentarios!

Y especial gracias a Dark, que me hizo notar un detalle super importante de la trama, disculpa. Y gracias.

Y Ferny, otra disculpa, por la confusión que tuve el pasado capítulo. ¡Lo siento xD!

¡Besos a todos!

Canción: Right here waiting, de Richard Marx. :D


Dedicado a la memoria de Alexander Fernando. Pequeña estrella, por favor, sigue brillando.