Disclaimer: nada de esto me pertenece, los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a Tkegl, yo solo la traduzco.


CUTLASS

La expedición ha llegado a Boston y se dirige al sur. Cada día me acerco a mi meta, pero el miedo a ellos y a los temidos piratas de la zona me obligan a tener cuidado cuando preferiría actuar con rapidez.

Cuando encuentre lo que busco, sé ahora que debo encontrar también una forma de protegerlo.

-Diario de Simon Alistair Mellick, 2 de febrero, 1666

Capitulo catorceY una Botella de Ron

Edward examinó el horizonte a través del catalejo, pero no pudo distinguir nada en la oscuridad. No había señales de un barco que les persiguiera y, por el momento, estaban tan en mar abierto que no había señales tampoco de la costa. Solo su brújula y las estrellas sobre él le aseguraban el rumbo. Cerró con fuerza el catalejo y se lo guardó en el bolsillo del abrigo.

―Me voy a mi habitación, ―le dijo a Crowley mientras éste dominaba el timón―. Navegaremos toda la noche. Despiértame cuando nos acerquemos a Savannah.

―Sí, señor.

―Y si hay señales de que ese bastardo, Hunter, está cerca...

Crowley asintió ―Le avisaré inmediatamente, Capitán.

―Bien. ―Edward echó una mirada al otro lado de la cubierta, preguntándose a dónde habría ido Bella―. Bien, ―repitió distraído, girándose para dirigirse a sus habitaciones con un tipo extraño de excitación creciendo en su pecho. Su cabeza había estado ocupada desde que volvieron al barco, concentrado en su destino y en evitar a Hunter; pero, ahora que el peligro parecía haber pasado, tenía la repentina necesidad de ver a Bella de nuevo mientras los recuerdos de su encuentro en el granero destellaban en su memoria, abrasando su piel.

No estaba seguro, para ser honesto, de qué pasaría exactamente cuando estuvieran de nuevo a solas. Sabía lo que deseaba -lo que su cuerpo anhelaba-, pero también sabía lo que le decía su mente en momentos más racionales.

Parecía que la mente y el cuerpo se contradecían en lo que se refería a Bella Swan.

Aun así, necesitaba descansar, ¿no? Y hacerlo significaba volver a sus habitaciones. El hecho de que sus pasos se acelerasen cuando se acercaba a la puerta que llevaba a las bodegas tenía más que ver con la llamada de su cama que con el hecho de que Bella también estaría ahí, tumbada en su camastro al otro lado de la habitación.

Suave y cálida, dócil mientras dormía.

Edward tragó con dificultad, sacudiendo la cabeza para aclarársela. Era un hombre adulto, por el amor de Dios, no un chico de colegio enamorado. Su vida estaba ante él. Una vida en el mar -una vida seguramente corta- centrada en la venganza, el tesoro, el placer...

Placer.

Un recuerdo le asaltó: Bella en sus brazos, agarrándose a su cuello mientras su boca se abría para él. La cálida humedad de su lengua... las suaves curvas rindiéndose tentadoras a sus dedos... los bajos gemidos...

Edward se detuvo abruptamente en el exterior de su puerta, luchando contra la necesidad de golpear la madera con el puño. Necesitaba recuperar el control sobre sí mismo. Bella Swan, a pesar de la reciente evidencia que probaba lo contrario, era una dama -una dama destinada a volver a la sociedad, un lugar en que él nunca podría volver a poner los pies. Una vez que hubiera encontrado justicia por la muerte de su padre, cogería su parte del tesoro y se haría una vida... se casaría... tendría una familia.

Otro hombre sentiría sus placeres un día, un hombre que lo mereciese más. Un hombre capaz de darle a Bella lo que él no podía. El pensamiento dejó un sabor amargo en la boca de Edward, pero sabía que era la única manera.

Después de todo, Edward conocía las realidades del mundo. Había damas. Había sirvientas. Y había putas.

Y sabia muy bien cuál estaba destinada para él.

Así que, respirando profundamente para solidificar su resolución, Edward cuadró los hombros y entró en la habitación.

No tenía porqué haberse preocupado, sin embargo, porque cuando miró hacia el camastro de Bella, encontró la cama bien hecha. Barrió la habitación con la mirada.

―¿Smith?

Pero no hubo respuesta. Frunciendo el ceño, fue hasta su escritorio para encender un farol, pero la iluminación siguió sin revelar su presencia.

¿Dónde estaba?

Edward llevó el farol hasta la puerta y asomó la cabeza fuera, examinando rápidamente el pasillo.

―¿Smith?

Cuando solo recibió silencio en las bodegas y los débiles sonidos de la parte superior, los pensamientos de Edward volaron a Newton en primer lugar. No sería raro que la moza se hubiera puesto a vagar por el barco en medio de la noche sin pensar en su seguridad y, a pesar de su reciente castigo, Newton no dudaría en aprovecharse. El bastardo no era de los que pensaban en las consecuencias de sus actos, y unos momentos de placer superarían cualquier dolor que quedara del látigo, o del cubo de Bella, ya que estamos.

Por no mencionar que Edward estaba seguro de que Newton sentía que tenía que devolvérsela a Bella. Su orgullo había sido golpeado y Edward había notado las miradas de odio que le lanzaba a ella; era posible que les hubiera quitado importancia cuando debería haber hecho algo. Con un estremecimiento de determinación, cruzó resueltamente la cubierta, ignorando la mirada inquisitiva de Crowley, y bajó a la cubierta de los cañones. Mantuvo el farol en alto, mirando entre los cañones y las pilas de balas y munición, y moviéndose entre las hamacas llenas de hombres que roncaban. Se detuvo ante la puerta de la pequeña habitación en que dormía el Artillero Jefe, mirando a su alrededor antes de levantar el puño para llamar.

Se detuvo con la mano a medio levantar por los característicos sonidos que venían del interior. Conteniendo el aliento, Edward presionó la oreja a la puerta y el asombro se convirtió en furia por los masculinos gemidos de placer desinhibido que atravesaban la madera. Sin pensarlo dos veces, atravesó la puerta, agarrando el farol tan fuerte que tenía los nudillos blancos.

―¡Suéltala! ―exclamó, con la mirada enloquecida mientras llevaba la mano a la espada.

No tendría que haberse molestado.

Newton le miró con la boca abierta desde donde estaba tumbado en su estrecho camastro, las sábanas estaban caídas alrededor de sus piernas. Miró al capitán helado por el asombro, su cara estaba pálida en la luz del farol, el morado en sus ojos y en su nariz hinchada hacía un oscuro contraste contra su piel. Edward frunció el ceño por la confusión un momento después cuando se dio cuenta de que el Artillero Jefe estaba solo en la cama. Se giró rápidamente, buscando a Bella, pero la habitación estaba vacía. Volviéndose a Newton, que todavía no se había movido, su mirada vagó por la figura del hombre, abriendo los ojos como platos en entendimiento cuando encontró su mano todavía en su polla.

Edward volvió a mirar rápidamente a la cara de Newton. El armador parecía haber recuperado sus facultades, porque se sentó rápidamente y bajó la mano para subirse las sábanas hasta el regazo antes de aclararse la garganta.

―¿Hay algún problema, Capitán? ―preguntó―. ¿Nos atacan? ―Estiró la mano por el borde de la cama para coger sus pantalones, listo para ir a su puesto.

Edward sacudió la cabeza, apartando la mirada del hombre. ―No... no... creí... había oído... ―tartamudeó, incapaz de formar una frase coherente.

Newton se tensó un poco. ―No hay reglas sobre que los hombres obtengan placer en su tiempo libre, ¿no? ―preguntó.

―Por supuesto que no. ―Edward caminó de espaldas hacia la puerta―. Solo... asegúrate de obtener suficientes horas de sueño, ―soltó, cubriendo su vergüenza con una brusca orden―. ¡No toleraré que te duermas en tu puesto!

Newton le miró con cautela antes de volver a tumbarse en la cama. ―Sí, Capitán.

Edward asintió, girándose hacia la puerta. ―Continúe, ―murmuró antes de salir y cerrar fuertemente la puerta detrás de él. Se inclinó hacia atrás, golpeándola ligeramente con la cabeza.

―¿Señor? ―dijo Newton desde el interior.

―Nada, ―contestó Edward, girándose para marcharse antes de avergonzarse más.

Se lo sacudió y sus pensamientos volvieron rápidamente a su tarea. Sosteniendo el farol en alto, cruzó de nuevo la cubierta de los cañones, deteniéndose al ver la enorme figura de Jacob Black, con los brazos y las piernas colgando de su hamaca mientras roncaba ligeramente. Se acercó a él, estirando el brazo para darle un golpecito en el hombro.

―Black, ―siseó. Luego más fuerte―, ¡Black!

Jacob se despertó sobresaltado, casi cayéndose de la hamaca mientras intentaba ponerse de pie. Se rindió, medio sentándose en su lugar.

―¿Capitán? ¿Qué sucede? ―preguntó, frotándose los ojos.

―¿Has visto a Bella?

―¿Bella? ―repitió―. No, no desde que volvisteis de tierra firme. ―Los pensamientos de Jacob siguieron obviamente el mismo camino que los de Edward, porque se enderezó y se puso alerta―. Newton, ―dijo.

―No, ―le aseguró Edward―. Acabo de mirar. Newton está... solo.

―Oh, bueno, eso está bien entonces. ―Jacob se relajó ligeramente pero intentó bajarse de la hamaca―. Te ayudaré a buscarla.

―No. ―Edward levantó una mano―. No es necesario. Lo más seguro es que hubiera ido a dar un paseo por el barco y ya esté de vuelta en mis habitaciones.

―¿Estás seguro? ―preguntó Jacob, pero ya estaba bostezando.

―Duerme. Volveré si te necesito.

Jacob solo asintió y cerró los ojos cuando Edward se fue por el pasillo que llevaba a la bodega de carga. Era posible que Bella hubiera estado curioseando -le pegaba mucho- y hubiera pedido la noción del tiempo. Asomó la cabeza en varias salas de almacenaje mientras caminaba metódicamente por el pasillo, mirando entre montones de cajas y barriles. Medio creía que se encontraría también con Jasper; el hombre raramente bebía, pero no sería extraño que tras una visita a Charles Towne su primer oficial terminara en una esquina oscura con una botella o dos de ron. Edward lo pasaba por algo en su mayor parte porque Jasper siempre estaba en su puesto la mañana siguiente, listo para trabajar y siendo los ojos enrojecidos y la mandíbula sin afeitar las únicas muestras de sus actividades de la noche anterior.

Tampoco es que Edward fuera a negarle a su amigo una noche de ahogar sus penas. Se lo había ganado más que de sobra.

Edward dobló una esquina y se detuvo, inclinando la cabeza al oír los sonidos ahogados detrás de la puerta que tenía delante. No pudo entender lo que decían pero, un momento después, estalló una risa estridente y pudo identificar una de las voces como decididamente femenina.

Bella.

Edward soltó un suspiro de alivio, seguido rápidamente de un rechinar de dientes por la frustración y el enfado. Ahí estaba él, preocupado por la seguridad de Bella, despertando a su tripulación debido a su preocupación, y ella había estado ahí abajo riendo sin una preocupación en el mundo con―

¿Con quién estaba?

Ella rio de nuevo y se escuchó una risita de tono más bajo que acompañó al sonido. Edward no pudo soportarlo más. Abrió de golpe la puerta, listo para aplastarle la cabeza a cualquiera que fuera el hombre que hubiera tenido la audacia de acercarse a su mujer... de reír con ella... de...

Se detuvo abruptamente al ver la escena que tenía delante ―Bella apoyada en una caja girada frente a Jasper, que aparentemente había abandonado su propia caja para espatarrarse en el suelo con la espalda apoyada contra la pared. Había un pequeño farol en otra caja entre ellos, una jarra de ron peligrosamente colocada en el borde y una segunda jarra vacía en el suelo a los pies de Bella. La risa se cortó cuando él entró y los dos le miraron con expresiones iguales ―las bocas ligeramente abiertas y los ojos abiertos como platos y pestañeando lentamente.

―¿Qué está pasando aquí?

―¡Edward! ―Bella se puso de pie de un salto―. Quiero decir... Capitán... Quiero decir... ¡Capitán Edward! ―Empezó a caminar hacia él, tropezando ligeramente cuando golpeó con el pie la jarra de ron vacía. Ella la miró fijamente, como si se sintiera ofendida un momento antes de seguir.

―¿Smith? ¿Estás borracha? ―Miró acusadoramente a Jasper, pero el primer oficial solo se encogió de hombros, cogiendo su jarra para tomar otro trago.

―¡No estoy borracha! ―exclamó ella, balanceándose frente a él ligeramente y luego hipando. Se presionó los dedos contra los labios―. Perdón, ―dijo, echando una mirada a Jasper antes de estallar en risitas. Jasper empezó a reír también, deslizándose incluso más por la pared, y Edward luchó contra la necesidad de tirarles a los dos por la borda.

―¡Whitlock! ¡Se ha bebido hasta el agua del mar! ¿Cómo has podido dejar que se pusiera así?

―¡Hey! ―Bella entrecerró los ojos y le golpeó con el dedo en el pecho―. ¡No te enfades con Jasper! ―le golpeó de nuevo―. Él es un buen ―golpe― hombre. ―Golpe―. Incluso para ser un pirata.

―¡Oh, yo también te quiero! ―gritó Jasper desde el suelo, levantando la jarra en un saludo militar. Al ver la mirada furiosa de Edward, añadió―, no es culpa mía, Capitán. A la moza le gusta el ron. ―Eructó sonoramente y Bella soltó risitas de nuevo.

―Perdón, ―dijo, arrastrando la palabra.

―Me gusta, ―susurró Bella audiblemente, inclinándose hacia Edward guiñándole un ojo conspiratoriamente―. Me hace sentir... cálida. ―Se balanceó de un lado a otro y estiró el brazo para enderezarse, su palma aterrizó en el pecho de Edward. Él siseó por el roce, tomado por sorpresa por el calor que su mano radiaba a través de su camisa. Ella levantó la mirada hacia él, con los ojos vidriados, y se humedeció los labios con la lengua; bajó la mirada a su boca antes de levantarla lentamente a sus ojos. La respiración de Edward se atascó, estaba maravillado por la invitación que vio en sus ojos y, por un momento, consideró aceptarla.

Entonces hipó de nuevo y empezó a soltar risitas, y Edward abandonó todo pensamiento romántico con ella en el estado en que se encontraba.

―Vamos entonces, Smith, ―dijo con una risa de resignación―. Vamos a llevarte a la cama, ¿sí?

―¡A la cama, ! ―exclamó con una sonrisa maliciosa, girándose para despedirse de Jasper con la mano―. Buenas noches, Jasper. ¡Me voy a la cama con Edward! ―Rio de nuevo, estirando la mano hacia el brazo de Edward mientras él abría la puerta.

Él sacudió la cabeza mientras la miraba con una media sonrisa divertida. ―Asegúrate de apagar el farol, ―le dijo a Jasper―. No toleraré que quemes mi barco.

―Sí, Capitán, ―dijo Jasper arrastrando las palabras, inclinándose hacia delante para apagar el farol de un soplido antes de acurrucarse en el suelo y echarse su abrigo sobre los hombros como una improvisada manta. Ya estaba medio dormido cuando Edward cerró la puerta tras ellos.

Bella tropezó, colgándose a su brazo, y él se soltó de su agarre, moviéndola para sostenerla por la cintura. Ella se inclinó pesadamente contra él, su esencia se mezcló con la del ron en su aliento de una forma sorprendentemente agradable. Edward la llevó por el pasillo, inclinándose para susurrar mientras se acercaban a la cubierta de los cañones.

―Ahora guarda silencio, ―murmuró, rozándole la oreja con los labios―. Los hombres necesitan descansar.

Bella tembló como respuesta, pero no dijo nada mientras atravesaban la atestada cubierta de los cañones, saliendo después a la cubierta principal y al aire fresco. Ella se inclinó hacia atrás, casi cayéndose.

―¡Mira todas las estrellas! ―exclamó, tropezando y saliéndose de su agarre y cayendo al suelo, con todas las faldas a su alrededor. Pestañeó sorprendida y luego estalló en risas. Edward oyó otra risita ahogada al otro lado de la cubierta, donde Crowley les miraba divertido.

―¿Va todo bien, Capitán? ―preguntó sarcásticamente.

―Vuelve a tu puesto, ―murmuró Edward, agachándose para levantar a Bella en sus brazos. Ella medio gritó, rodeándole el cuello con los brazos mientras él ajustaba su agarre.

―¿Qué estás haciendo? ―preguntó ella. Su tono era una mezcla de indignación y confusión―. Soy completamente capaz de caminar, ¿sabes?

―Aparentemente no, ―contestó Edward mientras seguía caminando hacia sus habitaciones, el farol colgaba de sus dedos al lado de ella―. Maldición, Smith. Realmente no puedes contener tus espíritus, ¿verdad?

―Puedo contenerlos perfectamente, gracias, ―gruñó ella―. Aunque, si lo piensas, es bastante ridículo, ¿no? ―Hipó―. ¿Cómo puedes contener espíritus? Se te deslizarían entre los dedos. ―Movió los dedos para enfatizar su punto―. A no ser que tengas una copa... ―Dejó de hablar cuando Edward la acercó a él, protegiéndole la cabeza mientras cruzaban el umbral que llevaba a las bodegas. Edward sintió su nariz presionada contra su cuello, y ella inhaló profundamente.

Él aflojó su agarre, mirándola con cautela. ―¿Acabas de olerme, Smith?

―Hueles bien, ―murmuró, pestañeando somnolientamente―. Como a jabón y cuero y... hombre. ―Echó la cabeza atrás y él creyó oírla añadir―, delicioso, ―pero no estaba seguro.

Con un poco de dificultad, llegó a sus habitaciones y depositó a Bella en su cama con tanto cuidado como pudo. Cuando se enderezó para apartarse, ella le agarró con un gemido.

―No te vayas, ―murmuró.

Edward no pudo evitar una sonrisa de cariño mientras le apartaba el pelo de la cara sonrojada. ―Dormiré en el camastro esta noche.

―No.

―¿No?

Bella le miró brevemente antes de cerrar los ojos de nuevo. ―Puede que tenga un mal sueño. Puede que tú tengas un mal sueño. Deberías... quedarte conmigo... solo por si acaso.

Edward vaciló, inseguro de cómo proceder. No quería aprovecharse de Bella en el estado en que estaba pero, al mismo tiempo, ese camastro tenía una pinta extremadamente incómoda. Lo miró con cautela, removiéndose en su lugar por la indecisión.

―¿Ahora eres un caballero? ―preguntó Bella sarcásticamente.

Edward resopló. ―No soy- ―empezó―. Vale, apártate, ―murmuró, sentándose en el borde de la cama y quitándose las botas. Se quitó la camisa y los pantalones y se metió en la cama, tapándoles con las mantas a los dos―. No digas que no he intentado proteger tu virtud, ―dijo, mirando a Bella que estaba acurrucada a su lado. Ella solo roncó ligeramente como respuesta, dormida ya.

Edward exhaló pesadamente. ―Smith, vas a ser mi muerte, me temo, ―murmuró, estirando la mano para bajar un dedo por su mejilla. Ella suspiró, acercándose a su roce ligeramente, y él se apartó, mirándola dormir un momento. Incapaz de resistirse, se incorporó un poco y se agachó para presionar un casto beso a un lado de su boca.

―Buenas noches, Smith. Dulces sueños.

Los labios de ella se curvaron un poco como respuesta y Edward rio por lo bajo mientras estiraba el brazo para apagar el farol y caer en un necesitado sueño.

- . - . - . - . -

En la costa de Carolina del Sur, el Comodoro James Hunter estaba sentado a su escritorio en sus habitaciones, molesto y taciturno. Ni siquiera se molestó en encender un farol, su humor era tan malo que la oscuridad era bienvenida, dejando que le rodeara en una ciega nube para que no necesitase poner los ojos en aquellos que le habían fallado tan completamente.

El teniente Cameron entró con su propio farol y el comodoro entrecerró los ojos por la luz. Cameron se puso rápidamente el farol tras la espalda para atenuarla ligeramente.

―¿Alguna noticia? ―gruñó Hunter.

―Nada de utilidad, Señor, ―contestó Cameron―. El primer oficial, Whitlock, ha sido visto en el pueblo haciendo preguntas, pero nadie ha mencionado a Cullen.

―Por supuesto que no, ―escupió Hunter, poniéndose de pie tan rápido que su silla cayó al suelo―. Pero, donde está Whitlock, está Cullen. Todo el mundo lo sabe.

Cameron no tenía ni idea de como responder a eso, así que no dijo nada.

―¿Qué pasa con la bruja? ―preguntó. Hunter sabía que Cullen consultaba a su medio-hermana, una adivinadora de cierto peso en la zona. Se enorgullecía de su conocimiento sobre la familia del pirata y mantenía la información protegida. Él era el que atraparía a Cullen, no alguna nueva promesa en busca de arrebatarle su ascenso en sus narices. No, él ―y algunos pocos de sus tripulantes de confianza― era los únicos que conocían la conexión de Cullen con Carolina del Sur, y Hunter pretendía que siguiera siendo así.

―Clama no haber visto a Cullen en casi un año.

―Por supuesto que sí, ―soltó―. ¿La presionaste?

Hunter pudo oír a Cameron tragar con dificultad, sus siguientes palabras fueron bien medidas. ―Su padre es un vizconde, Señor.

―¡Sé que su padre es un vizconde, teniente! ―El Comodoro conocía bastante bien el hecho. Deshonrado por el escándalo y viviendo casi en aislamiento, Lord Cullen todavía tenía el título y la riqueza, lo que significaba que Hunter no podía utilizar medios de persuasión más agresivos―. Asumo que Lord Cullen ha sido igualmente poco útil.

―Me aseguró que se había lavado las manos en lo concerniente a su hijo, ―contestó Cameron―, y, que si le encontraba, él mismo le entregaría a la Corona.

Hunter rio sin humor. ―Que noble ciudadano, ―murmuró―. Así que Cullen ha estado aquí y se nos ha escapado, seguramente solo por unas horas o incluso unos minutos. ¿Cómo se ha escabullido ese bastardo?

Cameron se aclaró la garganta. ―Podemos enviar más hombres por la mañana, ―ofreció―. Sondear el pueblo... interrogar a la gente más a fondo.

Hunter movió una mano, enderezando su silla y tomando asiento. ―No tiene sentido. Cullen es listo. No habrá dejado señales de a dónde se dirige. ―Finalmente encendió un farol, examinando el mapa que tenía sobre su escritorio―. No hay nada más que hacer que dirigirnos al sur. Sabes que va tras Aro, y tengo noticias de que se le ha visto cerca de La Española.

―Sí, Capitán.

―Diles a los hombres que mantengan un ojo por su aparece Cullen. Demonios, por cualquier barco que nos encontremos por el camino.

―Sí, Señor.

―Márchate.

Cameron inclinó la cabeza y se marchó para seguir las órdenes del comodoro. Hunter examinó el mapa que tenía delante, pasando un dedo por los bordes de las masas de tierra y moviéndolo en círculos por el azul del mar.

―¿Dónde estás, Eddie 'Un-Ojo'? ―murmuró para sí―. ¿Qué te propones?

Miró fijamente el mapa hasta bien entrada la noche, quedándose finalmente dormido con la cabeza apoyada en los brazos y su compromiso por atrapar al escurridizo pirata ardiendo en su pecho.

- . - . - . - . -

Un rugido chirriante que amenazaba con partir la cabeza de Bella en dos la despertó de su profundo sueño. Luchó por obligar a sus párpados a abrirse, pero parecían estar pegados y el solo movimiento envió una ola de dolor por sus cuencas. Gimió e inmediatamente se arrepintió cuando otra ola de dolor se disparó por su cabeza.

¿Qué iba mal con ella? ¿Se estaba muriendo?

¿Y qué era ese maldito ruido?

Intentó estirarse, pero se encontró incapaz de hacerlo; había algo cálido y duro presionado contra su costado, su mano descansaba en...

Santo Dios.

Lentamente, tomó conciencia de su entorno, dándose cuenta de que no estaba en su camastro sino en la grande y, tenía que admitir, particularmente cómoda cama de Edward.

Y no estaba sola.

Tumbado a su lado y roncando fuertemente ―el ruido que la había despertado de forma tan inconveniente. ¿Por qué era tan malditamente fuerte?― estaba Edward, tirado sobre su espalda y con un brazo sobre la cara.

Pero eso no era lo peor.

Bella estaba echada medio encima de él, vestida con solo su ropa interior, que en ese momento estaba recogida alrededor de sus muslos. Su pierna estaba sobre la de él, rodeándole la pantorrilla, su mano bajo la camisa de él y descansando en su cálido y musculoso pecho.

¿Qué había hecho?

La noche anterior era un borrón de ron y risas... imágenes borrosas de Jasper... y Edward. Sí, Edward estaba ahí.

Rodó los ojos y luego luchó contra otro gemido por la resultante agonía que se extendió por su cabeza. Por supuesto que Edward estaba ahí; de otra manera, ¿por qué estaría ella en ese momento en la cama con él?

Estaba en la cama con Edward.

Maldición.

Bella se preparó contra el dolor, moviéndose lenta y silenciosamente para no despertarle. Intentó apartar su brazo, pero Edward se removió y su mano voló a detener su movimiento.

Se quedó helada, conteniendo el aliento mientras le miraba. A lo mejor simplemente volvía a quedarse dormido.

Su ojo bueno se abrió.

No había tanta suerte.

Se giró hacia ella, pestañeando con somnolienta sorpresa un momento; luego sus labios se retorcieron en su sonrisita satisfecha registrada.

―Buenos días, Smith, ―dijo, su voz rasposa envió una inexplicable ola de calor por el cuerpo de Bella. Su respiración se aceleró y él lo notó, bajando su caliente mirada a los labios separados de ella. Él rodó, apoyándose en su codo, y estiró el brazo hacia ella, ahuecando su mano en su nuca.

―Podría acostumbrarme a esto, ―murmuró, inclinándose hacia ella. Iba a besarla. El corazón de Bella latió con fuerza... su cabeza latía con fuerza... su estómago...

Su estómago...

―Oh Dios, ―murmuró, tragando con dificultad por las náuseas. Se llevó la mano a la boca―. Creo que voy a-

Edward se estremeció. ―El orinal está en el suelo, ―dijo justo antes de que Bella se arrastrara al otro lado de la cama, dejando la cabeza colgar por el borde mientras tenía lamentables arcadas.

―Bueno, Smith, ―dijo Edward, volviendo a tumbarse y poniéndose las manos tras la cabeza mientras ella vomitaba lo que parecía todo su ser en ese orinal―. Tengo que decir que realmente sabes como arruinar el momento.

Bella solo gimió y deseó ―bastante fervientemente― poder hacerse una bola y morir.


Hola!

Este capitulo va dedicado a todas las que queríais que Edward pillase a Bella borracha, jejeje.

Espero que lo hayais disfrutado, la tensión sexual solo va a ir en aumento desde aquí, ya veremos como acaba porque con estos dos... bueno, bien podrían acabar matándose el uno al otro, jejeje.

Muchas gracias por leer, comentar y añadir la historia a alertas y favoritos. El miércoles es nochebuena y no estaré en casa, así que el adelanto del capitulo 15 lo dejaré el jueves por la noche (hora española).

Nos leemos el próximo sábado o domingo. Espero que paséis una muy feliz navidad.

-Bells :)