Hola, hola. ¿Qué tal todo? Siento el retraso, pero ya os dije que lo de actualizar seguido iba a ser un poco difícil este verano. Por lo menos espero que el capi compense la espera, aunque lo dudo... :S
Muchas, muchas gracias por los reviews, contestarlos ahora me resulta imposible pero los leo todos y me encantan todos. Y gracias también a Titania por echarme una mano con el capi.
Una pequeña aclaración antes de empezar: este capi es sobre la fiesta de cumpleaños de Rosalie. Aquí no es cuando Edward quiere proponerle matrimonio, eso lo tiene previsto hacer en la fiesta de Nochevieja.
Disclaimer: no soy Stephenie Meyer, por lo que ni los personajes ni el universo Twilight me pertenecen.
MISTER ARROGANTE SEDUCTOR
[AH, AU]: A ratos un engreído insoportable, a ratos un seductor. Bella Swan no sabe si Edward Cullen es bipolar, pero tiene una cosa clara: trabajar para él es un castigo. Y no sabe qué ha hecho para merecérselo. Continuación de El Soltero de Oro.
CAPÍTULO 13. EL CUMPLEAÑOS
Inspiré profundamente un par de veces, mientras me mentalizaba para lo que estaba a punto de hacer. Cuando creí estar preparada mentalmente, agarré con fuerza la tela del vestido y di un tirón brusco hacia arriba. Contemplé mi reflejo en el espejo de mi habitación y un gemido frustrado se escapó de mis labios en cuanto comprobé que el maldito vestido continuaba a la altura de mis muslos. Esa pieza de tela infernal iba a acabar conmigo.
Vamos, Bella. Sólo es un vestido. Inspira, mete tripa y arriba.
Me dispuse a repetir la operación, pero el sonido de mi teléfono me interrumpió. Avancé como pude hasta mi cama, dando pequeños pasos y con el vestido todavía enredado entre mis piernas. Me sentía sudorosa a causa del esfuerzo, pegajosa y totalmente asquerosa. Y eso que me acababa de duchar.
Mierda de vestido.
—¿Sí? —alcancé a decir en un jadeo en cuanto logré descolgar el teléfono.
—¡Bella!
Dejé caer los párpados, compadeciéndome de mi patética existencia. Me encontraba tirada sobre mi cama de mala manera, con un vestido a medio poner que amenazaba con asfixiarme y con una Rosalie Hale completamente fuera de sí al otro lado de la línea. A primera hora de la mañana había temido morir a manos de una supermodelo histérica. Tras su llamada número veintiocho del día, seguía habiendo una vida en peligro, pero ya no era la mía.
—¿Sí, Rosalie? —volví a decir, esforzándome por mantener mi tono de voz neutro.
—¡Entrantes de melocotón! —exclamó, como si esas tres palabras tuvieran sentido propio por sí solas— ¿Por qué demonios los incluiste en el menú?
—Los elegiste tú, Rosalie —le recordé, cuidándome mucho de que mis palabras no sonaran con insolencia—. ¿Qué problema hay con ellos?
—Mi hermano es alérgico al melocotón.
Lo dijo como si yo tuviera que saberlo. Como si mi obligación fuera conocerme de memoria el historial médico de la familia Hale. Joder. ¿Cómo coño iba a saber que Jasper Hale era alérgico al melocotón si ella no me lo contaba? Apenas había intercambiado unas cuantas palabras con él y, definitivamente, la conversación no había sido del tipo "eh, Jasper, ¿me cuentas todas tus filias, fobias y alergias?". Dudaba incluso que la propia Rosalie estuviera al corriente de ello cuando confeccionamos el menú.
—Entonces le pondré al tanto de los platos que llevan melocotón para que se mantenga alejado de ellos —dije, proponiendo la solución más evidente.
—Y si en la fiesta se enrolla con una chica que los haya probado, entonces tú corres con los gastos del entierro, ¿no? —preguntó con cinismo.
Elevé los ojos al cielo. Rosalie debería replantearse la posibilidad de emprender carrera como actriz porque lo de dramatizar se le daba de fábula.
—Dile al chef que elimine ese plato del menú —ordenó bruscamente, sin darme la oportunidad de replicar—. Y por el amor de Dios, haz bien tu trabajo por una vez.
Exhalé el aire en un suspiro aliviado en cuanto Rosalie colgó. Ataque de histeria número veintiocho, superado con éxito.
Volví de inmediato a la difícil tarea de colocarme el vestido. Ni siquiera reparé en el comentario injusto e injustificado de Rosalie. Sabía de sobra que hacía mi trabajo de forma impecable y una niñata malcriada con demasiado dinero en su cuenta corriente no iba a ser capaz de minar mi autoestima profesional. Si tuviera que enfrentarse a la titánica labor de organizar un gran evento y lidiar con clientes gilipollas como ella, se le caerían las bragas antes incluso de empezar.
Veinte minutos y una batalla a muerte con el vestido después, cerré la puerta de mi apartamento y me precipité escaleras abajo, mientras por el teléfono trataba de convencer al chef para que eliminara del menú uno de sus platos estrella.
—Lo sé, Carlo, pero Rosalie me ha llamado expresamente para…
—¡Esa niña no tiene ni idea de alta cocina! —exclamó él al otro lado de la línea, con voz chillona y afectada— Quitar uno de mis mejores platos, ¡qué estupidez!
—Carlo, el hermano de Rosalie es alérgico. Sólo queremos evitarnos un disgusto.
Fuera, el aire soplaba con fuerza. Me arrebujé en mi abrigo y divisé el llamativo coche amarillo de Alice al otro lado de la calle, esperándome.
—Una vulgar alergia no va a estropear mi menú —dijo con vehemencia—. ¡Me niego!
—Está bien, Carlo. Déjame explicártelo de la forma más gráfica posible —le pedí, al tiempo que cruzaba la calle en dirección al coche de Alice—. Si por alguna casualidad de estas que tanto abundan en la vida, el hermano de Rosalie resulta intoxicado en la fiesta, la propia Rosalie me obsequiará con una muerte lenta y dolorosa. Pero ten por seguro de que te llevaré conmigo a la tumba.
Se hizo una breve silencio al otro lado de la línea. Abrí la puerta trasera del coche de Alice y me refugié del viento cortante en su cálido interior.
—De acuerdo —aceptó finalmente—. Lo quitaré, pero sólo porque este mundo no se merece quedarse sin uno de sus grandes genios tan pronto.
Puse los ojos en blanco, pero aún así esbocé una sonrisa triunfal cuando colgué el teléfono. Desde los asientos delanteros, Alice y Angela me lanzaron sendas miradas interrogantes.
—Cambios en el menú a última hora —fue lo único que dije a modo de explicación; ellas lo entenderían.
Alice frunció los labios e hizo un gesto de dolor.
—Lo peor que puede pasar el mismo día de la fiesta.
Asentí en señal de acuerdo. Tan sólo había una cosa más difícil que lidiar con clientes insoportables y caprichosos: tratar de convencer a un chef para que modificara su menú el mismo día del evento. Sus almas de artista no solían tolerar bien tal agravio.
—¿Activaste el protocolo de emergencia? —quiso saber Angela.
—No hubo tiempo. Me ha tocado bajar a la arena y pelearme directamente con el chef. He logrado convencerle con una amenaza mortal —dije, relatando la breve conversación que acababa de tener—. Era su muerte o la mía. Rosalie me ha llamado histérica porque el menú incluía melocotón y su hermano es alérgico. Podías habérmelo dicho —añadí, lanzándole una breve mirada a Alice a través del espejo retrovisor.
—¿Cómo demonios iba a saberlo? —preguntó, al tiempo que arrancaba el motor y ponía el coche en marcha.
—No lo sé, pero es algo que quizás deberías tener en cuenta.
—¿Para qué?
Esbocé una rápida sonrisa antes de contestar.
—Por si algún día quieres matar a Jasper Hale.
Alice rió entre dientes, pero no dijo nada más.
Era viernes y a esa hora de la tarde, el tráfico en el centro de Chicago era aún más denso de lo habitual. Desvié la mirada hacia la ventanilla, en un intento por dejar la mente en blanco. Me concentré en los edificios que íbamos dejando atrás a medida que Alice conseguía avanzar, pero mi cabeza volvía una y otra vez al lago y a la tarde del día anterior con Edward.
Y eso era un grave error. A dos horas de un gran evento, el único pensamiento que debía tener cabida en mi mente era la fiesta de Rosalie.
—¿Estás nerviosa?
La voz de Angela se filtró en mi mente con unos cuantos segundos de retraso. Fue entonces cuando reparé en el movimiento tenso de mis dedos, que tamborileaban sin cesar sobre el asiento.
—Distraída.
—Eso es bastante peor que nerviosa —me hizo ver Angela.
Asentí con la cabeza, pero guardé silencio.
—¿Edward? —preguntó Alice, cruzando miradas conmigo a través del espejo retrovisor.
Un nuevo asentimiento. Edward. Siempre era Edward.
La sensación de que algo iba a salir rematadamente mal no había desaparecido del todo cuando Alice aparcó el coche delante del Penthouse Lounge. Al salir a la calle, inspiré un bar de bocanadas del aire gélido, en un intento por despejar mi mente y concentrarme en la dura noche que me esperaba por delante. Alice y Angela se habían prestado a echarme una mano, por lo que en cuanto entramos en el club, comencé a asignarles tareas sin darles ni un segundo de tregua.
—De acuerdo, Angela. Sube a la azotea y controla que todo esta en orden. Decoración, catering, música. Todo. Y en cuanto Jacob llegue, avísame, por favor. Hay que hacer una última prueba de luces, antes de que esta locura comience.
Angela asintió y, de forma diligente, desapareció tras la escalera que conducía a la enorme terraza del club. Me volví hacia Alice y me sentí repentinamente mejor al comprobar que volvía a recuperar poco a poco el control. Cualquier pensamiento sobre Edward había desaparecido de mi mente. Tenía una fiesta que conducir y aquel capullo encantador no iba a impedirlo.
Tan sólo esperaba que mi firme determinación no flaqueara cuando le viera aparecer por la puerta.
—Alice, tú y yo nos quedamos aquí a la entrada con la lista de invitados.
—Estupendo —dijo Alice con fingida alegría—. Será divertido ver desfilar a tanto niñato pijo malcriado.
Alice estaba en lo cierto. Quince minutos después, cuando abrimos las impresionantes dobles puertas de madera que conducían al club y comenzamos a dar paso a la gente que ya hacía cola, esperando su turno para entrar, comprobamos con horror que los invitados a la fiesta eran una fotocopia de Rosalie Hale: altos, ricos y asquerosamente guapos. Todos parecían directamente sacados de la edición de septiembre de Vogue.
—¿Los hacen en serie o qué? —murmuró Alice, mientras le dábamos el pase a la rubia número cincuenta de la noche.
—Por lo visto —repliqué entre dientes, al tiempo que le echaba un enésimo vistazo a la lista de invitados para comprobar que un tal Philibert estaba en ella… ¿en serio, quién coño le ponía ese nombre a un hijo? —. Rosalie sólo se rodea de gente guapa.
—Entonces ya entiendo qué hacemos tú y yo aquí —bromeó Alice, volviéndose hacia mí rápidamente para guiñarme el ojo.
Alce las cejas y dejé escapar una risita.
—¿También explica que Jasper Hale vaya a estar hoy aquí?
—Jasper es familia —respondió ella de inmediato.
—Y guapo —dije, señalando lo evidente.
—Sí, y guapo. Mucho.
Había dejado escapar esas palabras en un suspiro anhelante totalmente impropio de ella, por lo que aparté la mirada de la lista de invitados y me giré bruscamente para escudriñar su rostro. Entorné los ojos con suspicacia al observar la expresión soñadora y alelada que había crispado sus rasgos.
—¿Qué coño pasa? —solté con brusquedad.
Ella dio el pase a otro de los invitados, sonriéndole con educación, antes de volverse hacia mí.
—¿De qué hablas?
—De ti y de esa cara de… de… —dudé, en busca de la palabra más adecuada, y abrí los ojos con sorpresa cuando di con ella—… oh, joder. ¿Estás enamorada?
Alice puso los ojos en blanco, volviéndose de nuevo hacia la fila de invitados que aguardaban su turno para entrar. Pero a pesar de sus burdas tácticas de distracción, no se me escapó la sonrisa que se había dibujado en sus labios.
—Estás enamorada —repetí, esa vez en una afirmación y totalmente segura de ello.
Ella no lo confirmó, pero tampoco se empeñó en negarlo. Ni siquiera me dedicó una de esas miradas airadas que me dirigía cada vez que sacaba a Jasper Hale a colación en alguna de nuestras conversaciones. Y por si todo aquello no fuera suficiente, de repente reparé en un detalle muy pequeño, pero también muy revelador: llevábamos cinco minutos hablando de Jasper Hale y Alice todavía no me había recordado lo gilipollas que era.
Aquello era todo lo que necesitaba saber para confirmar mis sospechas.
—Te has enrollado con él.
—Oh, Bella —murmuró ella, rodando los ojos—. Es mucho más que eso.
Me llevé una mano a la boca, completamente horrorizada, pero antes de que pudiera decir nada más, el invitado que esperaba su turno en la cola carraspeó sonoramente para llamar mi atención. Me volví hacia él de mala gana, hice la comprobación rutinaria de que su nombre figuraba en la lista, y le despaché rápidamente.
—¿Estás con él? ¿Con Jasper Hale?
Alice me flasheó con una sonrisa deslumbrante a modo de respuesta.
—Pero dijiste… ¡joder, Alice! Prometió llamarte y no lo hizo.
—Creo que llevo esperándole toda mi vida. ¿Qué importa que no me llamara al día siguiente? —dijo ella, encogiéndose de hombros.
¿Qué coño…?
—¿Qué ha pasado, Alice? Ayer le odiabas y hoy le declaras amor eterno… —dejé la frase en suspenso y ahogué un grito al contemplar una horrible posibilidad— ¿Te has drogado? ¿Te ha drogado?
Tenía que ser eso. Era la única explicación razonable. Porque Alice no creía en los felices para siempre. Alice despreciaba las comedias románticas y prefería un buen polvo antes que una declaración de amor eterno. Y ahora, en tan sólo veinticuatro horas, había mutado en una especie de quinceañera hormonada, de ojos brillantes y mariposas en el estómago.
—No, Bella. No ha habido sustancias psicotrópicas de por medio, pero gracias por preocuparte por mi salud —murmuró, súbitamente malhumorada.
—¿Entonces puedes explicarme qué ha pasado? —repetí por enésima vez.
Alice guardó silencio durante un largo rato. Dejó que unos cuantos invitados más pasaran a la fiesta, antes de volverse de nuevo hacia mí.
—Verás, Jasper me contó ayer una anécdota muy curiosa sobre la noche que nos conocimos. —Vaciló unos segundos y luego se arrancó a hablar a una velocidad asombrosa, cuchicheando para que nadie más pudiera escuchar lo que decía—. Esa noche yo le di mi número de teléfono. Recuerdo que lo apuntó en una servilleta porque su móvil se había quedado sin batería… y, bueno, seguramente te suene a excusa barata, pero guardó la servilleta en el bolsillo de sus pantalones. Al día siguiente los echó a lavar y cuando se dio cuenta de que mi número estaba allí, ya era demasiado tarde.
Dejó de hablar y silencio cayó entre las dos. Me quedé con la boca semiabierta, sin saber muy bien ni qué decir, ni qué pensar, y de repente, estallé en carcajadas.
—Supongo que no te has creído esa mentira.
Alice bufó, indignada.
—No es ninguna mentira y… ¡ah! Hola, cariño.
Me giré hacia la fila de invitados y contemplé, horrorizada, como delante de mis ojos, Jasper Hale y Alice se saludaban con un beso en los labios sin ningún pudor. Al separarse, se dedicaron sendas sonrisas azucaradas y me vi en la obligación de interrumpir el momento, antes de que alguno de los tres descubriera que era diabético.
—Definitivamente, te ha drogado —afirme sombríamente, clavando mis ojos sobre Alice e ignorando deliberadamente a Jasper Hale, el corruptor de mejores amigas—. Estás dopada de hormonas del amor.
Como toda respuesta, Alice me dedicó una sonrisa maliciosa.
—Entonces tendré que acusar a Edward de lo mismo.
Eso era todo lo que estaba dispuesta a oír. Enfurruñada, dejé la lista de invitados sobre el pequeño atril que habíamos colocado a la entrada y me di la vuelta, encaminándome como una exhalación hacia la escalera que conducía a la azotea. Tenía que compartir con Angela la terrible noticia de que Alice se había enamorado. Ella comprendería mi frustración.
—¡Ang! —exclamé en cuanto abrí la puerta y salí a la enorme terraza.
El espacio se había cerrado para la ocasión y, a pesar de que fuera el viento frío soplaba con fuerza, la temperatura allí arriba era ideal. Ideal para que Rosalie y sus invitadas mostraran sus cuerpos perfectos enfundadas en vestidos mínimos que dejaban demasiada piel al descubierto, se entiende.
—¿Qué ocurre? —preguntó Angela, dándose la vuelta y examinándome sobre sus gafas de montura cuadrada.
Le eché un rápido vistazo a mi alrededor. Quedaban escasos cinco minutos para que la fiesta comenzara y todo parecía estar en orden. La música sonaba de fondo, creando el ambiente de expectación necesario para la entrada de Rosalie. Los invitados llenaban ya casi por completo el espacio de la azotea y los camareros se paseaban discretamente entre ellos, ofreciendo las primeras bebidas.
—¿Habéis revisado las luces?
—Sí, Jacob anda por ahí, todo está perfecto —aseguró Angela con profesionalidad.
—Te dije que me avisaras cuando…
—Bella —me interrumpió ella, tomándome de los hombros y lanzándome una mirada seria—. Tranquilízate. Todo va a salir bien. Tú sólo tienes que relajarte… y procurar no quedarte colgada cuando Edward Cullen aparezca —dejó caer justo al final, frunciendo los labios en señal de desagrado.
Fácil decirlo. Jodidamente jodido hacerlo.
—Eso no va a ocurrir —repliqué, con una falsa seguridad que no sentía—. Pero tenemos otra amenaza potencial.
Angela alzó las cejas, indicándome sin palabras que me explicara.
—Alice y Jasper Hale. Juntos. Se han besado delante de mis narices. Y Alice parece… ya sabes… —dije, inclinándome sobre ella para pronunciar en un susurro conspiratorio esa palabra fatídica— enamorada.
Escudriñé con atención el rostro de Angela y sentí la sombra de la traición planear sobre nosotras al comprobar que no parecía sorprendida en absoluto.
—Ya lo sabías —afirmé, sin el menor rastro de duda.
Angela alzó las manos en señal de rendición.
—Sí, lo sabía. Pero sólo desde ayer —agregó rápidamente, antes de que pudiera acusarla de traidora—. Aunque… bueno, realmente llevan saliendo sólo desde ayer.
—¿Desde ayer? —repetí, abriendo los ojos con incredulidad— ¿Y ya está dispuesta a prometerle amor eterno? ¿Qué coño ha pasado?
—Ni idea —aseguró Angela, negando con la cabeza—. Sólo sé que ayer Jasper se presentó a última hora de la tarde en la oficina. Hablaron y ahora Alice se ha convertido en una romántica empalagosa. Espero que a ti no te pase lo mismo con Edward Cullen.
Me lanzó una última mirada de advertencia, antes de darse media vuelta y desaparecer entre la multitud, que abarrotaba ya la terraza. Le eché un rápido vistazo a mi reloj; apenas quedaban un par de minutos para que Rosalie hiciera su aparición estelar y la fiesta diera comienzo.
—Bella.
La voz de Alice se filtró por el walkie que llevaba en la mano.
—Todos los invitados están ya dentro —informó.
—Perfecto. Cierra las puertas, esto está a punto de empezar. Ya puedes buscar un rincón oscuro para incrustar tu lengua en la garganta de Jasper sin que nadie os moleste —añadí, frunciendo los labios—. Pero ten el walkie encendido, puede que te necesite.
Escuché la risita de Alice y no pude evitar poner los ojos en blanco con exasperación.
—Descuida, lo haré. Buena suerte.
Sí, suerte era lo que iba a necesitar esa noche. En cantidades industriales.
Le eché un rápido vistazo de nuevo a la terraza para comprobar que todo estaba en orden. Justo entonces, la música comenzó a bajar gradualmente de volumen y los invitados interpretaron correctamente la señal porque, sin más preámbulo, el murmullo de las conversaciones cesó. La iluminación se atenuó hasta casi desaparecer y un único foco de luz centró la atención sobre el escenario que habíamos colocado en el centro de la azotea.
Conté mentalmente hasta tres y, de una puerta situada al otro lado de la gran terraza, apareció la inconfundible cabellera rubia de Rosalie Hale. Iba enfundada en un vestido blanco, ajustado y terriblemente corto, y sus piernas interminables caminaban con garbo. Arqueé una ceja al ver la sonrisa deslumbrante que adornaba sus labios porque, en fin, Rosalie Hale era una arpía y esa sonrisa encantadora no era más que un burdo disfraz.
Fue entonces, mientras recorría con mi mirada el camino que marcaban sus injustamente largas piernas de supermodelo, cuando reparé en la mano que rodeaba posesivamente su cintura. Alcé la mirada bruscamente y el aire se me quedó atascado en la garganta al toparme con esa sonrisa torcida que se había convertido en mi perdición.
Edward.
Observé aquella escena con la boca abierta, como si un horrible crimen se estuviera cometiendo ante mis ojos. Incapaz de moverme, incapaz de apartar la mirada.
Rosalie caminaba con soltura, iluminada por ese único foco de luz, con todas las miradas clavadas sobre ella. Repartía saludos y sonrisas con generosidad entre sus invitados, como si de repente hubiera mutado en una persona amable y agradable. Estaba encantada de haberse conocido. Y Edward…
Dios. Edward estaba más irresistible que de costumbre. Llevaba traje, gris marengo esa noche. Caminaba al lado de Rosalie, tratando de mantenerse en un discreto segundo plano, pero con él era imposible. Llamaba la atención de todos los presentes sin ni siquiera proponérselo. Una media sonrisa condescendiente desafiaba a todos desde sus labios y sentí un hormigueo recorrer la palma de mis manos, hasta la punta de mis dedos, al reparar en su mata de pelo, tan desordenada como siempre. Me moría de ganas por hundir mis dedos en ella.
Pero no eran mis manos las que se encontraban cerca de él. Y tampoco era mi cintura la que él agarraba. Rosalie y Edward llegaron hasta el escenario y, cuando creía que nada podía superar aquella imagen, observé horrorizada cómo Edward se inclinaba sobre Rosalie y dejaba un breve beso sobre sus labios.
Me di la vuelta de inmediato para escabullirme entre los invitados, en busca de un escondite seguro. Un rincón en el que no me atormentara la imagen de Edward besando a Rosalie Hale.
Había sido una ingenua. Ingenua, inocente y gilipollas. Sabía que esa noche tendría que enfrentarme al otro Edward, al que pretendía proponerle matrimonio a Rosalie. Me había preparado mentalmente para ello. Era consciente de los riesgos.
Pero nadie me había avisado de que iba a doler tanto.
—No sabía que estuvieran juntos.
Ni siquiera me di la vuelta para contestar. Sabía que si lo hacía, tendría que enfrentarme a la visión de Edward, charlando animadamente con los invitados, fingiendo ser el gilipollas encantador que en realidad no era. Y sin despegarse de Rosalie. No lo había hecho en toda la noche.
—Yo tampoco —murmuré.
Me apoyé contra la pared, agitando con desgana la copa de champán que sostenía entre mis manos. Tenía como norma inquebrantable no beber en las fiestas que organizaba. Pero también tenía como norma inquebrantable no liarme con arrogantes irresistibles que pretendían proponerle matrimonio a una supermodelo. Y ahí estaba.
—Creo que tienes mal ojo para los hombres.
Reí entre dientes, pero el sonido no tenía ni pizca de humor. A mi lado, Jacob Black me imitó.
—Y creo que tú tienes mal ojo con las mujeres —repliqué, antes de darle un largo trago al champán.
—¿Bebiendo mientras trabajas?
—No me ha dejado más opción que darme a la bebida —bromeé.
Excepto por la parte de que mis palabras iban en serio.
No era necesario explicar a quién me refería. Y tampoco me apetecía mencionar su nombre. Jacob parecía haber llegado a un silencioso entendimiento sobre lo que acababa de ocurrir en esa fiesta. Y el no tener que dar explicaciones era un alivio. Me había pasado la noche huyendo de Edward para no tener que enfrentarme a la dura realidad. Huyendo también de Alice y de Angela para no tener que explicar lo que estaba pasando. Estaba cansada de huir. Y con Jacob todo era jodidamente fácil.
—Conmigo todo sería mucho más sencillo, Bella —habló de repente, como si me hubiera leído la mente.
Me volví hacia él por primera vez desde que empezamos a hablar, lanzándole una mirada implorante. No quería pensar en eso. No cuando llevaba toda la noche sintiéndome como una mierda.
—Vamos —insistió, ignorando mi súplica muda—, se te nota en la cara. He visto cómo le miras y… ¿por qué pierdes el tiempo persiguiendo algo imposible?
Entonces sentí su mano enredándose con cautela entre mi pelo. Suspiré. Porque sabía exactamente lo que venía a continuación. Porque esa noche no me sentía con ánimos para frenarle. Y porque no entendía porqué demonios no me conformaba con lo fácil y me obsesionaba con lo imposible.
—Jacob… no —logré decir, justo cuando sus labios se encontraban a escasos centímetros de distancia de los míos.
Cerró los ojos durante unos instantes y asintió con la cabeza, apartándose de mí. Le agradecí con una débil sonrisa que no insistiera porque no estaba segura de poder frenar un segundo intento. Tenía el autoestima por los suelos, una copa de champán entre mis manos y pensamientos de lo más confuso. Podía cometer cualquier tontería.
—¿Quieres un consejo? —murmuró Jacob en voz baja después de un prolongado silencio.
—¿Que me beba una botella más de champán y busque un rincón oscuro para enrollarme contigo?
Jacob rió entre dientes.
—Aparte.
Me volví de nuevo hacia él. En sus labios bailaba una blanca sonrisa, pero no era burlona, ni condescendiente. No era ni siquiera un "tú te lo has buscado". Era comprensiva y, de repente, sentí mis piernas flaquear. Tenía ganas de llorar como no lo había hecho en años.
—Aléjate de él —volvió a murmurar—. Te va a hacer daño.
Bajé la mirada, parpadeando rápidamente para mantener mis emociones bajo control. Porque si abría las compuertas, si dejaba que la primera lágrima se escapara, iba a ser imposible parar.
—¿Sabes lo peor de todo? —pregunté en un susurro apenas audible, volviendo a alzar la mirada para clavar mis ojos sobre los suyos—. Que ya me lo ha hecho.
Y ni siquiera podía echarle la culpa. Porque ya sabía lo que había desde el principio.
—¿Isabella?
Me reprendí mentalmente por sentir ese vuelco en el estómago al escuchar su voz. No quería darme la vuelta. No quería enfrentarle. No quería que viera lo mucho que me había afectado el darme de bruces contra la realidad.
Pero no tenía más remedio, así que compuse mi expresión más impertérrita y me volví hacia él, cuidándome de clavar la mirada en un punto neutro, a la altura de sus ojos, y no desviarla por nada del mundo.
Contuve la respiración, porque de cerca, a escasos centímetros de distancia, estaba incluso más atractivo. Me observaba con cautela y… ¿una nota de arrepentimiento?
No. Debía de estar imaginándomelo.
—Llevo toda la noche buscándote —dijo.
¿Ah, sí?
—Supongo que el hecho de no haber apartado la mirada de Rosalie ha dificultado bastante la tarea —dije, encogiéndome de hombros con indiferencia.
—Isabella —volvió a decir.
No se me escapó la advertencia que escondía el tono de su voz. Sabía perfectamente lo que intentaba decirme sin palabras. Que ambos conocíamos las reglas del juego desde el principio. Que, a pesar de todo, yo me había arriesgado a apostar y había perdido.
—Black —le oí murmurar de repente, como si acabara de reparar en la presencia de Jacob.
—Cullen —correspondió Jacob y, a pesar de que no le estaba mirando, pude escuchar perfectamente la sonrisa burlona que desafiaba a Edward desde sus labios—. Menuda fiesta, ¿eh? Llena de sorpresas.
Los tres sabíamos a lo que se refería. Hasta esa noche, nadie estaba al tanto de que Edward Cullen y Rosalie Hale estaban juntos. Nadie, excepto los dos implicados.
Y la idiota que había decidido jugar a escondidas con Edward.
—Toda buena fiesta siempre guarda alguna sorpresa —respondió Edward con calculada frialdad.
—Quien lo iba a decir… —dejó caer Jacob con falso aire casual—. Aunque no sé de qué me sorprendo. Pareces exactamente el tipo de gilipollas capaz de jugar a dos bandas.
—Cuida tus palabras, Black.
No pude evitar rodar las ojos. Oh, por favor. ¿Ahora iba a fingirse ofendido?
Había abierto la boca para decir algo, cualquier insulto malsonante o frase cortante, pero me quedé muda cuando sentí el brazo de Jacob rodear mis hombros. Me giré bruscamente hacia él, buscándole con la mirada, pero él se limitó a sonreír burlonamente con sus ojos clavados sobre Edward.
—Hoy la has jodido, Cullen —murmuró con un deje de satisfacción—. La partida. Acabas de echar por tierra toda tu ventaja.
No sabía de qué coño hablaba, pero comprendí que Jacob estaba inmerso en uno de sus momentos de macho alfa que tanto odiaba. Después de lo comprensivo que había sido, después de que le hubiera rechazado cuando había estado a punto de besarme… todavía le quedaban fuerzas para comportarse como un gallo de pelea. Otro gilipollas. Otro bipolar más. Pensándolo bien, puede que todos los hombres lo fueran. Gilipollas bipolares cuyo único propósito en la vida era joderme la existencia.
A pesar del agarre de Jacob sobre mis hombros, mantuve todo el cuerpo rígido en abierta actitud hostil. No quería corresponder a su gesto, no quería seguirle el juego porque…
Bueno.
Porque yo misma no era un juego. Y esos dos gilipollas parecían estar tratándome como si fuera un suculento premio.
—No deberías tocar lo que no es tuyo, Black —dijo Edward de forma cortante.
Analicé su postura aparentemente relajada, pero le conocía demasiado bien como para saber que aquello no era más que una falsa fachada, una máscara para disfrazar la rabia que burbujeaba en su interior. La fina línea que formaban labios le delataba. Y el modo en el que apretaba con fuerza sus puños bajo la tela de los bolsillos del pantalón, también.
Estaba celoso.
Aquella era la señal que necesitaba para tirar por la ventana el poco sentido común que me quedaba esa noche. Jacob me había dado la oportunidad perfecta para ponerle celoso y no la iba a desaprovechar. Ya no me importaba si, después de haberle rechazado, Jacob se llevaba la impresión equivocada. No me importaba tampoco si mi maniobra iba a resultar desesperada o si potenciar el cabreo que Edward ya tenía era jodidamente peligroso. Decidí responder a su impertinente comentario con palabras mudas, relajando todo mi cuerpo y apoyándome contra Jacob de forma deliberada, al tiempo que jugueteaba en mis labios con una sonrisa falsamente encantadora.
—A ti no pareció importarte tocar cosas ajenas cuando lo tuyo esperaba en casa, Edward —le recordé, sin borrar la sonrisa de mi cara.
A Edward no se le escapó mi repentino cambio de actitud. Lo supe, porque en cuanto respondí al tacto de Jacob y deslicé esas palabras por mi boca, sus ojos brillaron con ira. El muy gilipollas tenía la cara de enfadarse, cuando él se había pasado la noche pavoneándose por la fiesta, con su mano firmemente sujeta a la cintura de Rosalie.
Maldito imbécil.
Sostuve su mirada con firmeza, sin que en ningún momento flaqueara mi determinación. Jacob parecía haber desaparecido del mapa y la partida tenía dos nuevos jugadores.
—Black —gruñó, sin despegar sus ojos de los míos—. Vuelve al trabajo. Rose no hace más que quejarse de que la iluminación es demasiado fuerte.
Enarqué las cejas con insolencia. ¿Rose? Qué encantador.
El peso del brazo de Jacob sobre mis hombros desapareció casi al instante. No me volví hacia él, pero oí sus pasos alejándose de nosotros. Me sentía incapaz de apartar la mirada de Edward. Sus ojos verdes coleaban con ira y sentí una secreta satisfacción por ello.
—El intento de ponerme celoso no ha funcionado —aseguró con frialdad cuando Jacob hubo desaparecido.
—¿Tú crees? —repliqué, ladeando la cabeza con curiosidad al tiempo que me cruzaba de brazos.
Me observó en el más absoluto silencio durante lo que me pareció una eternidad. La fiesta continuaba en todo su apogeo, pero el sonido de la música y de las animadas conversaciones no era más que un murmullo lejano, el recuerdo difuso de que no estábamos solos.
—Tú también deberías volver al trabajo, Isabella —dijo en voz baja al cabo de un rato—. No estás aquí para divertirte.
Por supuesto que no. Estaba ahí para despertarme del sueño de los últimos días. Estaba ahí para caerme de culo en la vida real y recordar que el Edward encantador de los últimos días no había sido más que una ilusión. Estaba ahí para darme cuenta de que había sido una estúpida, de que había dejado caer todas mis barreras. Y ahora volver a levantarlas iba a ser jodidamente difícil.
Le lancé una última mirada, antes de largarme de allí. Esa noche me había roto por dentro, pero no estaba dispuesta a dejar que viera el desastre que había dejado a su paso.
—Gilipollas —murmuré cuando pasé por su lado.
Escuché su risa entre dientes y el sonido recorrió todo mi cuerpo de arriba abajo mientras caminaba para alejarme de él. Había olvidado lo mucho que le gustaba que le llamara así.
—Todo tiene que estar recogido antes de la una. Encárgate de ello.
Rosalie me lanzó una última mirada desdeñosa, antes de recoger su diminuto bolso y salir por la puerta del club. Ni un "gracias". Ni un "buen trabajo". Ni un "la fiesta ha salido jodidamente bien".
Dejé escapar un largo suspiro en cuanto el cuerpo de medidas perfectas de Rosalie desapareció de mi vista. Edward no la acompañaba, al menos que yo supiera, y no supe si alegrarme por ello. Debería darme igual. Esa noche tenía que ser el punto de inflexión, el sonoro tortazo que necesitaba para despertar de mi estupidez congénita y comenzar a actuar como una mujer razonable.
Pero, por alguna extraña razón, continuaba buscándole inconscientemente con la mirada. Y mi mente no era más que un borrón de pensamientos caóticos sobre él.
—Una noche dura, ¿eh?
Alcé la cabeza para encontrarme con la mirada severa de Angela. Ambas sabíamos que no se refería precisamente a la fiesta.
—Vete a casa —dijo, entonando sus palabras con suavidad y sustituyendo su mueca dura por una de preocupación.
Respiré aliviada, al tiempo que asentía con la cabeza, rindiéndome sin ni siquiera presentar batalla. Le dediqué una breve sonrisa de agradecimiento, porque aquel no era el momento para la retahíla interminable de "te lo dije", ni para el interrogatorio exhaustivo que sabía me esperaba, y ella parecía haberse dado cuenta de ello. Angela estaba dispuesta a dejarlo pasar, por lo menos por esa noche.
—Yo me encargo de asegurarme de que todo queda recogido. Alice te llevará a casa.
—Dile que la espero en la calle. Y que deje de despedirse de Jasper de una maldita vez —añadí, poniendo los ojos en blanco.
Fuera, el aire soplaba con fuerza y la temperatura era gélida. Pero a pesar del frío y del silbido del viento, sentía la cabeza embotada y el cuerpo entumecido. Tan sólo quería que Alice me llevara a casa, encerrarme en mi pequeño apartamento y dar por terminada de una vez aquella noche infernal.
Estaba contemplando seriamente la posibilidad de largarme andando, aunque para ello tuviera que recorrerme medio Chicago a pie hasta mi casa, cuando una voz me sorprendió a mi espalda.
—Isabella.
Cerré los ojos, antes de darme la vuelta. ¿Es que no iba a dejarme nunca en paz?
—¿Qué quieres? —pregunté con agresividad.
No contestó de inmediato. Hundió las manos en el bolsillo de su pantalón y se apoyó contra la pared, observándome fijamente en una actitud aparentemente relajada. El Edward controlador estaba de vuelta. Yo no era más que un manojo de nervios a punto de romperme por completo, pero a él la situación no parecía afectarle lo más mínimo.
—Quiero que dejes de complicar las cosas —dijo, pronunciando las palabras lentamente en un murmullo grave—. Ya están bastante jodidas sin tu ayuda.
Ignoré su comentario e ignoré también el matiz de advertencia que afilaba sus palabras.
—¿Le ha gustado a Rosalie su regalo de cumpleaños?
Edward alzó una ceja y sostuvo mi mirada desafiante, impasible.
—¿De verdad quieres hablar ahora de Rosalie?
Dejé escapar el aire en una carcajada silenciosa, pero la situación no tenía ni puta gracia.
—He sido sincero contigo desde el principio, Isabella.
Aquello era lo peor de todo. Si me hubiera engañado, si no me hubiera descubierto sus cartas desde el primer momento, ahora podría culparle del melodrama patético en el que se había convertido mi vida y nadie podría reprochármelo. Pero no había sido así. El muy gilipollas se había cubierto las espaldas desde el principio y ahora me negaba la posibilidad de echarle en cara lo que había ocurrido.
De repente, sentí su respiración a escasos centímetros de mí. Su aliento acariciaba la piel de mi cuello y no fue necesario alzar la mirada para saber que había borrado la distancia que nos separaba, colocándose peligrosamente cerca de mí.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté en un susurro.
Su mano serpenteó por mi brazo, hasta alcanzar mi cuello. Se inclinó sobre mí y mis párpados cedieron ante su cercanía, cerrándose.
—Besarte —murmuró, manteniendo sus labios sobre los míos, pero sin llegar a tocarme—. Lo estás deseando.
Mi cuerpo reaccionó antes incluso de que mi mente fuera consciente de lo que estaba sucediendo. Coloqué mis manos sobre sus antebrazos y le aparté de mí con un fuerte empujón. Ni siquiera le lancé una última mirada antes de darme la vuelta y largarme de allí lo más rápido posible. No me importó que fuera de madrugada. No me importó que Alice probablemente me estuviera esperando para llevarme de vuelta a casa.
Sólo quería huir de allí, lejos y rápido. Huir de su presencia tóxica. Huir del vuelco en el estómago que sentía cada vez que se acercaba a mí. Huir del modo en el que todas mis defensas desaparecían con la más leve de sus caricias. Huir de sus palabras, de su jodida bipolaridad, de lo mucho que complicaba mi vida.
De lo mucho que me gustaba que complicara mi vida.
Besarte. Lo estás deseando.
Sus palabras resonaban una y otra vez en mis oídos, mientras recorría a toda prisa las silenciosas calles de Chicago.
Si me hubiera dicho que él lo deseaba, esbozando esa sonrisa encantadora, sabía que hubiera caído sin ni siquiera sentirme culpable por ello. Pero no lo había hecho. Y siempre encontraba la manera de hacerme sentir mal conmigo misma, de señalar mis propios errores y colocarme un escalón por debajo de él.
Capi depresivo y de bajón, lo sé. Nos habíamos acostumbrado demasiado rápido al Edward encantador, pero todo el tema de Rosalie estaba ahí y en algún momento tenía que salir. ¿Qué os ha parecido?
El siguiente capi tardará más o menos lo mismo que este. En cuanto lo tenga, aviso por facebook y cuelgo adelanto en mi blog (laspalabrasdebarbara . blogspot . com, sin los espacios).
¡Ah! Y si os aburrís esperando por el capullo, he empezado a subir un nuevo fic, se titula Los chicos buenos siempre dicen la verdad. Es muy cortito, ligero, divertido y con un Edward totalmente diferente a éste. Si os animáis, os espero por allí ;)
Nos leemos.
Bars
