—JAZMÍN ROJO BAJO LLUVIA DE SANGRE—
Por Zury Himura
Gracias a Claudia Gazziero, que aunque no beteo este capitulo estuvo conmigo a lo largo de la historia. Gracias!
Disclaimer: No son y nunca fueron míos.
Notas de autor: Fue maravilloso trabajar en esta historia. Espero que disfruten y me hagan saber los que les pareció mi trabajo. Gracias desde los que comentaron al principio hasta los que lo hicieron al final. Fue un verdadero honor trabajar en este fandom.
Capítulo 14: Recuerdos de un amor.
I
Kenshin caminó a paso veloz, mezclándose entre las calles más oscuras de la ciudad mientras empuñaba el mango de su katana con fuerza. Había perdido tiempo valioso y nunca se perdonaría si le pasaba algo a Kaoru por su retraso.
Los recuerdos lo bombearon e insistieron que todos las imágenes se quedaran en su mente, acompañando muy bien a su culpabilidad:
Sus manos habían ido instintivamente hacia el pecho de la mujer de ojos negros, empujándola sin ser consciente del nivel de energía que había aplicado para alejarla. En seguida, sus puños se habían aferrado a la tela de su gi azul marino, reprimiendo la ira que le envolvía por haber sido tocado nuevamente por su ex esposa.
—¡Vete de aquí y no regreses! —demandó Kenshin al observar a Tomoe intentar acercarse nuevamente.
—Pero, ¡tú lo sentiste! —gritó Tomoe, desesperada—. Te entregué todo en aquel beso —confesó sin dejar de secar sus lágrimas con la manga de su kimono rosado.
—Tomoe —Kenshin se giró, dándole la espalda una vez más. Ya estaba desesperado y sabía que era tiempo de irse—, la razón por la cual no sentí nada es porque mis pensamientos ya no están enfocados en ti. ¿A caso es necesario humillarte más de lo que ya has logrado para que lo entiendas?
La pelinegra negó con tristeza. Aunque quería seguir luchando por él, sabía que en un futuro podría encontrar alguna otra manera sin tener que ser rechazada. Cabizbaja, e despidió de su tacto con agonía, recuperando su compostura y dignidad que había dejado a lado momentos atrás. Se giró y se alejó, aletargando el dolor que le causaba esa última despedida.
Kenshin saltó a uno de los árboles, desatendiendo el asunto que le evocaba malos recuerdos. Más sereno, enfocó su vista nuevamente en el camino, bajando de las ramas verdes al reconocer al delgado hombre que corría en en dirección contraria de la guarida Ishinshishi.
—¡Lizuka! —lo llamó Battousai, presintiendo lo peor.
El hombre de cabello negro se giró, exponiendo las grabes heridas de su cuerpo.
—Battosuai, la posada está siendo atacada por los Shinshengumi.
El pelirrojo frunció el ceño. Tomoe le había dicho la verdad. ¡Era un imbécil! La debió haber retenido para obtener más información y mantenerla bajo vigilancia.
—¡No puedo! Kaoru… —explicó el pelirrojo sin saber que hacer—. No puedo abandonarla.
—¡¿Eres idiota?! —Lizuka lo empujó. Estaba molesto—. Ella... —tartamudeó antes de seguir hablando. Sabía que el hitokiri no podría trabajar después de la noticia que le daría, así que decidió omitir detalles y moldear la historia solo un poco—. Déjame comenzar diciéndote que Enishi, el hermano menor de tu ex esposa, llegó a la posada pidiendo ayuda desesperadamente.
—¿Enishi? —dudó, zafándose del hombre después de lo que le había dicho. Conocía al pequeño y no se explicaba el descuido de Tomoe al involucrarlo en aquel infierno creado por Okina.
—Sí, el niño dijo que Okita y Kaoru estaban juntos y hasta anotó la dirección donde podríamos encontrarlos. Katzura me obligó a ir junto con otro espía solo para confirmar. Al llegar ahí, observé a Kaoru peleando con un viejecillo —añadió el hombre de cabellera oscura.
Kenshin estaba indeciso, no podía poner sus prioridades en orden con semejante presión. Había jurado lealtad a los Ishinshishi pero también había entregado su vida a Kaoru al convertirla en su esposa. Si los Shinshengumi estaban atacando el cuartel, entonces seguramente allí estaría Okita y podría arrancarle la información que necesitaba.
—Se movía torpemente —agregó el mensajero a su relato—. Los dos estaban en muy malas condiciones pero no pude escuchar lo que hablaban. Suko, el otro espía, debía ser el que escucharía todo ya que estaba dentro de la casa. Así que solo observé atentamente —Lizuka se limpió la sangre que escurría de su ceja abierta—. Tu mujer Battousai, ella estaba llorando...
Kesnhin se descolocó al escucharlo. Su plan de tortura contra el viejo se iba intensificando entre más tiempo pasaba. Para ese punto del relato se preguntó qué era lo que había pasado entre ellos. Okina no era tan estúpido como para delatarse a sí mismo. Así que algo más había provocado a Kaoru.
—Cuando Okina estuvo a punto de atacarla escuché el grito de un hombre, era Suko. Lo habían descubierto. Así que corrí a auxiliar a mi compañero para sólo encontrarme con su cuerpo sin vida…
Lizuka paró un segundo después de relatar la muerte de su compañero. Estaba diciendo la verdad hasta ese momento, pero le debía ocultar a su compañero lo que le había traumatizado: el cuerpo de Kaoru bañado en sangre, haciendo difícil identificar que los miembros regados en el porche eran de ella.
Nadie estaba cerca, así que había intentado saltar la barda y asistirla, o al menos sacar su cuerpo de ahí. Pero entonces, alrededor de veinte soldados Shinshengumi habían aparecido de la nada, impidiéndole ejecutar lo planeado.
El mensajero agachó la cabeza, pensativo. Estaba seguro de que el idiota de Battousai mandaría a los Ishinshishi al demonio una vez se enterara sobre la muerte de Kaoru.
—¿Entonces? —preguntó Kenshin, impaciente. Quería noticias sobre su esposa y aunque se escuchara cruel, admitía que la muerte de cualquier otra persona significaba nada comparado a cualquier información que pudiera obtener sobre la ex Shinshengumi.
—Entonces… —repitió el mensajero—. Creo que tienes que ir a la posada y sacarles el resto a los Shinshengumi.
—Kaoru esta sin vida, en el piso de madera de aquella residencia —Era lo que Lizuka en verdad había querido decir. Las heridas en la chica, la cantidad de sangre a su alrededor… todo apuntaban a lo que tanto temía confesarle a su compañero.
Battousa no volvió a decir nada durante el camino a la posada. Había supuesto, con el último comentario de Lizuka que los Shinshengumi serían los únicos que podrían llevarle al paradero de su mujer.
II
El asesino observó un edificio envuelto en llamas al llegar a la posada. Decenas de hombres peleaban entre ellos mientras otros sufrían de heridas mortales o ya estaban sin vida en el suelo.
La blanca mano de Kenshin apretó la empuñadura de su espada japonesa y de un solo salto se colocó en medio de los hombres que luchaban. Sus cabellos escarlata se movían al compás de cada uno de sus movimientos, ondulándose y viajando de una forma majestuosa y delicada mientras se fusionaban con las gotas de sangre que volaban por el aire.
Battousai se abrió camino entre los hombres, ladeando su sable diestramente y desasiéndose de los ilusos que insistían en proteger a Okita. Más que pelear aquella noche por un ideal lo hacía por una realidad. Aquella que lo sacudía con la sombra de sus cielos cada vez que le miraban, la mujer que le erizaba el último bello con la suavidad y delicadeza de su tacto, y la que le había enseñado la decencia de recibir amor al elegirlo.
Sacó de un solo movimiento la espada compañera de su katana y la movió con maestría, haciendo cortes con la misma letalidad que ocasionaba la espada más larga. La sangre corría bajo sus pies y se expandía como una verdadera lluvia sobre su cabeza.
Okita dio media vuelta después de asesinar a un Ishinshishi y con una la sonrisa de satisfacción en sus labios lo recibió, abriendo cínicamente sus brazos en el aire.
—Battousai… o, es verdad —Sonrió el capital—… ¿Cómo dijo Kaoru? —Rascó su barbilla, aparentando no recordar—. Oh si, Kenshin… —se burló Okita al enfundar su espada lentamente.
El Ishinshishi detuvo sus pasos en medio de los demás soldados. Su semblante frio se inmortalizó en las mentes de las docenas de rostros ensangrentados y horrorizados que le observaban, esperando ser testigos de su primer movimiento.
—¡¿Dónde está Kaoru?! —exigió saber el de cabello de fuego al utilizar una de sus técnicas para atacarlo.
Okita parpadeó sorprendido. Nunca, en todos los encuentros que habían tenido lo había visto tan decidido y acelerado como en ese ataque. Era obvio que los motivos de su lucha habían cambiado. Así que con la misma agilidad y rapidez apenas pudo bloquear el ataque del hitokiri más temido de su clan.
—¡Dime! —gruñó Kesnhin nuevamente.
—¡Está muerta!
¡No era verdad! su corazón rechazó de inmediato la confesión. Seguramente Okita planeaba distraerlo para tomar ventaja sobre él. Ansioso, aumentó su velocidad y en su siguiente movimiento, atacó la parte inferior del capitán.
Okita soltó un grito y se dejó caer al piso al ser herido en su pierna derecha.
—¡Battousai! —Kenshin escuchó la voz familiar de otro Ishinshishi.
Uno de sus compañeros gritaba desesperadamente desde el otro lado de la calle. Si la mano derecha de Kogoro lo llamaba eso significaba que el líder se encontraba en problemas. Indeciso, miró a Okita en el suelo sin poder moverse y, en seguida, regresó su vista hacia la vieja avenida, contemplando a un Kogoro ensangrentado que se recargaba en una de las paredes para poder sostenerse.
—Es la última vez que preguntaré —advirtió Kenshin, apuntando con la punta de su espada hacia el cuello del castaño—. ¡¿Dónde está Kaoru?!
Okita se carcajeó y alzó su mano lentamente para sostener la hoja de la espada. La enterró poco a poco en su piel sorprendiendo a todos los que lo miraban—. Ya te dije, está muerta. Ella nos desafió y traicionó al Shinshengumi. Nos encargamos de ella esta tarde.
Battousai sintió cada uno de sus músculos tensarse con dolor. Se negaba a creerlo, ¡se negaba a escucharlo! ¡Ella no estaba muerta, simplemente no lo estaba! Arrebatado, recibió la duda de pérdida y se entregó a ella al instante. Lo cogió del cuello de su gi y con furia lo golpeó insistentemente expresando su impotencia.
¡Kaoru no estaba a muerta! aquella mujer era fuerte y poderosa. Nunca se dejaría vencer tan fácilmente; ella poseía una voluntad y un espíritu inquebrantable, así que tan solo considerarlo era perder la cordura. El color de la muerte no combinaba con el color de sus ojos sino la alegría de la vida. Sus labios resaltaban su energía y vitalidad. Por eso su muerte era simplemente imposible…
Él quería compartir su vida y disfrutarla con ella: su apariencia, cuerpo y sonrisa, su actitud y su existencia… Todo aquello no podía ser devorado por la boca de la ausencia y por las manos frías del olvido.
Ella…su Kaoru…
Había dicho que era suya entre gemidos, entre susurros y hasta en medio de sus sueños. No podía irse así, sin esperarlo, sin coger su mano e ir atados hacia un mundo nuevo. Era por eso que las palabras de aquella serpiente mentirosa tenían que ser aplacadas por sus manos, por sus ganas de ignorar los posibles hechos y encontrar la luz de su sendero…
Quería encontrar a su esposa.
—Okita —Kenshin soltó al chico al escuchar la voz de Saitou—, y …Battousai.
El Ishinshishi se limpió la sangre de su rostro con la manga de su gi. Después, al sentir el vendaje de su mejilla caer al piso, observó inquieto la nueva imagen que reflejaba su katana.
Una cruz. Tomoe y… Kaoru…
—Dime, Saitou —suplicó Kenshin, alzando la barbilla y sin ser consiente del tono que utilizaba—. ¿Dónde está Kaoru? Una vez que me digas te juro que no escapare. Tendrás un duelo limpio conmigo.
Saitou examinó de reojo a Okita y después de señalar al joven Seta asistir a su capitán, se dirigió al asesino nuevamente.
—Vaya, vaya… me siento como un dios cuando me suplicas de esta manera —ironizó el lobo, dando un sablazo en el aire para remover el exceso de sangre que se había acumulado en el arma.
—No me importa cómo te sientas y ni siquiera me importa cómo me veas en estos momentos. Si quieres tomarlo como una súplica y una promesa… entonces que así sea —Kenshin enfundó su espada después de limpiar su katana de la misma forma—. Solo quiero alejarla de esta absurda guerra.
—¿Absurda? ¡Tú eres parte de los rebeldes, los que empezaron la guerra! —se mofó el capitán de la tropa tres tras la lucida solicitud del hombre.
Kenshin se revolvió en su lugar, encerrando en sus puños la esperanza que había guardado durante las últimas horas.
Saitou comprendió el temor de perdida al verlo desviar la mirada con impotencia. Él tenía a su esposa Tokio, y si estuviera en la misma situación le gustaría que le dieran una oportunidad de ver a la que amaba, una última vez.
—¿Me das tu palabra? —inquirió Saito, ya que no estaba muy seguro de que volvería a verlo de nuevo después de aquel día.
Kenshin asintió, apresurado.
—Justo a un lado del restaurante Shoshi, hay una mansión. Una antigua residencia de uno de nuestros líderes, ahí encontrarás lo que buscas. Entra y sal enseguida pues el Shinshengumi tiene que hacer guardia en ese lugar… —Saitou se dio media vuelta y comenzó a alejarse—. Ah y Battousai… Tienes que estar orgulloso de ella. No cualquiera ama y da la vida por personas como nosotros. Yo se lo he dicho esta tarde, ella es una mujer excepcional.
Después de aquellas palabras el lobo de Mibu desapareció de su rango de visión, dejando un amargo sabor en su boca y mortificando a su corazón tras el misterio en sus palabras.
Kenshin fue hasta Kogoro Katzura, quien se alejaba junto con los demás sobrevivientes hacia una casa de seguridad. Debía avisarle sobre su elección. El Shinshengumi se quedaría en la posada registrando los escombros y dándoles a ellos la oportunidad para escapar.
III
—Seta, puedes dejarme aquí.
—¿Esta seguro, señor Okita? —preguntó el aludido. Su superior le había pedido llevarlo a un puerto después de ir a la base y cambiarse de ropas, haciendo que se preguntara a sí mismo si iría de vacaciones en un momento tan crucial como ese.
—Regresa y auxilia a los heridos —ordenó el líder, dando un paso firme y sorprendiendo al niño de verlo caminar con normalidad a pesar de su herida.
—Pensé que usted estaba…
—¡Ve! —repitió el capitán, logrando espantar a su joven acompañante.
Okita subió a uno de los barcos que estaba por partir, sacando y desdoblando de entre sus ropas el boleto que había comprado esa misma tarde.
—Solo para confirmar, señor… ¿A dónde se dirige? —Un empleado del barco se acercó para asistir al que cojeaba en la cubierta.
—Hacia Edo, tengo familia esperándome —contestó sonriente al ofrecerle el boleto al otro hombre.
—Muy bien señor, estamos a punto de zarpar. Esperamos que tenga un lindo paseo.
—Así será, así será —aseguró Okita y con una sonrisa de lado a lado, contempló a lo lejos la ciudad que era consumida por las llamas.
Todo había salido bien, por fin podría salir de esa vida y tener una mejor. Y, aunque no todo había salido como lo había planeado había ganado la jugada.
—Ese Okina… bastardo.
Lo había usado y también a Kaoru pero afortunadamente se había deshecho de él. Lo único que lamentaba eran las vidas de aquellos Shinshengumi que había tenido que tomar para crear su cuartada. Lo sentía por ellos, pero habían sido de gran utilidad.
De repente, llevó una de sus manos hacia su boca al no poder controlar el espontaneo ataque de tos que se había apoderado de su cuerpo. Con curiosidad, miró atento la palma de su mano y con sorpresa en sus pupilas, observó las grandes manchas de sangre impregnadas en ella.
—Vaya, algo nuevo después de todo… —musitó, restándole importancia al asunto. Pronto tendría una casa a la que volver y dónde al fin estaría en paz.
IV
Después de quince minutos de camino, avistó el letrero del restaurante señalado por Saito. Su corazón latía rápidamente, desbocándose de emociones y sobrepasando su razonamiento y autocontrol. Sus ansias de verla y constatar que se encontraba bien se acumulaban en la boca de su estómago, dificultándole la habilidad para respirar.
Ávido, entró golpeando y abriendo las puertas de la residencia de par en par. Con prisa, caminó, cruzando en unos cuantos pasos el patio que lo separaba de la casa principal. Al instante, un olor conocido llenó sus sentidos y lo descontroló a un nivel irracional. Algo estaba mal, su corazón se lo decía cada vez que golpeaba estrepitosamente contra sus costillas.
Se plantó estático en la puerta que daba al porche, mirado horrorizado el escenario frente a él. Había pedazos de cuerpo humano, esparcidos y distribuidos sin interés en el piso ensangrentado. Eran irreconocibles. Sus rodillas no aguantaron más y el peso de su cuerpo lo venció, obligándolo a doblegarse a lo que posiblemente era la mujer que amaba.
Se arrastró por el piso, y sin importar ser empapado por el líquido rojo que se impregnaba en su piel y en sus ropas, se acercó. Se derbordo en seguida al repasar con las yemas de sus dedos el uniforme de Kaoru, aquel con el que la habían visto salir aquel día de la posada. Era ella, era su mujer, a la que no había protegido cuando más lo había necesitado.
Había sido su culpa.
Él había matado a Kaoru.
Se entregó a su locura, postrándose completamente en el suelo y maldiciéndose por haber estado sumido en su egoísmo y no haberla seguido. Desesperadamente, golpeó el piso de madera, arrastrando y encerrando con sus brazos el cuerpo sumergido en aquel lago de sangre. Empuñó sus manos en su cabello, desatándolo mientras gritaba el nombre de Kaoru, su Kaoru.
Estaba demente y aterrado de aceptar la realidad. Lo que más había amado en su vida. El único motivo para dejar de ser Himura Battousai, estaba ahí y a la misma vez ausente. Estaba perdido sin ella, se sentía como un niño sin saber a dónde ir. Tenía miedo y por primera vez en su vida temió nunca más volver a verla. Ese pensamiento lo desquiciaba por completo, hasta el punto de desear parar de respirar.
—¿Por qué no me esperaste, Kaoru? … ¡¿Por qué, maldita sea?!
No era un reproche, sino una súplica, una que nunca en su vida había planeado manifestarla en voz alta. Él quería ir con ella, donde sus sonrisas llenaran de calor y luz su vida llena de oscuridad y muerte; quería ser capaz de contemplar su pálido rostro contra el reflejo de la luna, tal y como lo había conocido en la primera noche de su historia. Quería intercambiar su vida con quien fuera por la de ella y lo haría sin hesitar… porque la amaba. Podría entregar hasta su aliento con tal de oírla respirar una vez más, y regalar sus latidos por sus rebosantes sonrisas conformadas de piedad y alegría.
Si tenía que morir… quería morir amándola.
Sus ojos se apretaron dejando la abundancia de líquido claro rodar lentamente por sus mejillas. Una lagrima tras otra, limpiaban con su rastro la sangre y la suciedad adquiridas en el campo de batalla. Sus mejillas ardían mientras su garganta se apretaba con cada grito desesperado y desgarrador que lanzaba al cielo.
Vencido, se dejó caer completamente en el suelo soltando lamentos por su perdida. Su cabello se fusionaba rápidamente con el líquido carmesí estancado en la madera, sintiendo que solo de aquella manera podría acercarse más a su esposa.
—¡¿Por qué, si yo te amaba?!
La extrañaba y sentía que la vida se le iba con cada ráfaga de aire al palpar su cuerpo. Su alma se estremecía en sus adentros, como si quisiera escapar y seguir a la dueña de su corazón en el más allá. Su vida ya no sería vida desde ese punto, nada tendría sentido para él.
Nada…
La luz que alguna vez había reconocido como esperanza se había extinguido al cerrar sus ojos. Él solo era débil y nunca lo había admitido hasta que Kaoru había entrado a su vida. Hasta esos momentos lo hacía, cuando perdía a la persona más especial para él, su única dependencia y su única necesidad.
… Lo reconocía cuando los parpados comenzaban a pesarle y él comenzaba a entregarse al cansancio de seguir vivo y sin su razón de existir.
Quería irse con ella, con ella…
—Kaoru Himura…
V
Incomodo, se revolvió en su lugar, sintiendo la dureza del árbol contra su espalda. Estiró sus manos, soltando un largo bostezo que revelaba la ausencia de reposo en los últimos días. Con lentitud, abrió los ojos y contempló el paisaje de aquella mañana fría a través del líquido cristalino de sus ojos.
Llevó con cansancio su mano derecha a su rostro para limpiar las frescas lágrimas de sus mejillas. Era el aniversario de la muerte de su esposa y como todos los meses, volvía a ella como devotamente lo había hecho después de aquella noche oscura en la que su vida había acabado.
Era un sentimiento que no podía ahogar, dolía a pesar de que los años habían pasado, él seguía sufriendo. También, había perdido la noción del tiempo. Cada día parecía una eternidad que disfrutaba torturarle con el recuerdo de ella. Y es que su cuerpo le extrañaba, sus manos estaban limitadas a tocar solo el aire libre de los campos mientras que sus ojos están confinados en soledad a ver las noches y los días través de sus lágrimas… sin ella. Él era un mero exiliado de su presencia, un maldito que había sido desterrado de su existencia y el desgraciado que quería dejar de aferrase a la vida.
Porque él quería estar con ella,
La extrañaba…
Su vida había cambiado por completo. Él ya no era el mismo, sus ojos ya no eran los mismos asesinos de antes, en su lugar un leve color lavanda pálido se reflejaba en sus pupilas. Después de la muerte de Kaoru Himura, la influencia de su existencia le había ayudado en muchos aspectos y no solo a él sino también a Tomoe.
Ella había sido la que lo había encontrado aquella noche. Le había asistido a llevar los restos de Kaoru a un cementerio en Tokio y lo había cuidado por alrededor de un año, compartiendo su sufrimiento. Después de un año de hacerse compañía, sus caminos se habían separado por la dura actitud de su hermano menor, Enishi. Ella, antes de marcharse, le había dicho:
—Cuando estés listo y cuando la dejes ir recuerda que siempre puedes buscarme.
Su corazón sabía que había sido lo mejor. Tomoe esperaba recibir amor y poder formar una familia a su lado. Sin embargo, él no estaba listo, seguía alimentando sus días con la esperanza de evocar y tocar la figura de la única para él, aunque solamente fuera en sus sueños.
Luego de algunos meses, la guerra se había desatado, orillándolo a un callejón sin salida. El Ishinshishi se había coronado como el ganador y vencedor de la contienda contra el imperio Tokugawa, facilitándole su salida de aquel mundo absurdo que había destrozado sus ansias de vivir. Después de su retirada, se despertaba solo para ser un muerto en vida, vagando por el camino. Se vestía de nuevo y caminaba sin rumbo por las calles de Tokio.
Él quería llegar a su tumba, solo para llegar a su hogar.
Donde Kaoru Himura en esos momentos descansaba en paz.
Se levantó, sacudiendo sus ropas del pasto seco y la escasa escarcha que se comenzaba a juntar en la tierra. Una vez tranquilo, empacó sus pocas pertenencias en el pequeño morral que descansaba a su lado y tomó la sakabattou que al final de la guerra había conseguido como símbolo de su nueva vida. Tal vez así como había renunciado a su vida de asesino debía renunciar a su recuerdo. Debía dejarla ir…
¿Dejarla ir?
Una lágrima solitaria salió de sus fatigados orbes lavandas, entristecidos y cansados por el dolor.
Nunca podría dejarla ir…
Ella era lo que más había amado en la época más oscura de su pasado,
Y la que seguía amando hasta ese día.
Ella le había devuelto un sentido a su vida y también se lo había quitado al morir,
Y, a pesar de eso, se negaba a dejarla ir…
La mañana era fría y la nieve se acumulaba con rapidez. Colocó sobre sus hombros la capa descolorida y desgastada con bordados de jazmines para protegerse del frio. Siguió caminando hasta llegar a la fría lapida donde reposaba un ramo de flores frescas y el trompo de madera envuelto en una bufanda azul, regalos que algún día habían intercambiado. Sonrió con aflicción, él las había colocado ahí. No era época de jazmines así que se las había ingeniado para colocar el ramo más hermoso que había podido conseguir.
Se hincó, colocando las baritas de olor en el pavimento y dándose a la tarea de limpiar la tumba hasta dejarla despejada y decente. Una vez terminada su labor, cerró los ojos y juntó sus manos, esperando que sus palabras de amor fueran escuchadas.
—Dejarte ir… nunca, nunca podría, porque eres mi amor —añadió y con la voz quebrantada dijo:—. Kaoru...
—¿Disculpe?
Como si fuera una señal del cielo, los ojos de Kenshin se abrieron de golpe tras escuchar aquella suave y reconocible voz. Su corazón se aceleró, desatando un remolino de miedo y ansiedad en su interior. Estaba loco, estaba seguro que para ese punto y para escuchar aquella voz, la cordura ya lo había abandonado. De nuevo, cerró los ojos, convenciéndose de que sus anhelos le están ganando terreno a su sanidad.
Él no vería fantasmas donde no los había.
—Disculpe… —repitió una mujer de larga cabellera negra y un kimono de invierno, acercándose con curiosidad al chico de melera carmín.
El espadachín abrió los ojos lentamente. Esta vez era real, podía escuchar los pasos comprimiendo la nieve en el suelo y acercándose a él por detrás. Se percató de la joven mujer que acababa de hincarse junto a él. Sus cabellos negros cubrían la mayor parte de su rostro.
¿Por qué su corazón parecía saltar de emoción? ¿Acaso aquella chica le recordaba a…
—Escuché mi nombre y me llamó la atención —confesó la chica en un susurro, girando su rostro para ofrecerle una sonrisa.
Himura sintió como si el piso bajo sus pies se desaparecía lentamente, su alrededor giraba y se desboronaba tras la mujer. En un impulso dejo lo que hacía y sin pensarlo dos veces, la cogió entre sus brazos, atrayéndola hacia su cuerpo como si temiera verla desaparecer.
Si era aquello un sueño, que así fuera. Renunciaba a la vida con tal de quedarse con el reflejo de su apreciación.
Kaoru se sobresaltó sonrojada y estuvo a punto de alejarse y golpearlo fuertemente hasta dejarlo inconsciente por su atrevimiento. Sin embargo un sentimiento en su interior la detuvo. Extrañamente se quedó ahí, parada y gustando de la cercanía de un nuevo cuerpo contra el suyo. Llevó sus pequeñas manos hacia la espalda del guerrero con gentileza, aferrándose inconscientemente a su gi rojo.
¡Kaoru… era Kaoru! O… ¿no? Habían pasado cinco años después de su muerte y la mujer era idéntica aunque sus facciones se mostraban maduras a comparación de las de su mujer. Tantas eran sus ansias de verla que probablemente se trataba de otra dama y la estaba confundiendo.
Pero sus ojos,… sus ojos eran los mismos, aunque no le miraran igual.
—La debes de amar mucho para que estés aquí y de esta manera. ¿Cómo te llamas? —susurró la chica contra la cuenca de su cuello. Aquel hombre parecía necesitar un abrazo, lo sabía porque sus ojos tristes lo delataban.
—Sí, aún la amo —repuso el espadachín, sin quitarle la vista de encima y disfrutando del gesto. ¿Por qué se sentía así tan… familiar? ¿Podría ser? Su voz…—. ¿Cómo te llamas?
Su corazón de Himura latió expectante después de preguntar y su cuerpo se paralizó al ver los labios de la pelinegra desplegarse levemente.
—Kaoru… Kaoru Souji —Se alejó y realizó una reverencia al presentarse.
El pelirrojo dejó caer sus hombros. Estaba errado al creer que su Kaoru podría seguir viva en aquella época. Esta era otra mujer, parecida, pero al final de cuentas era otra extraña en esa era.
—Kenshin Himura, mucho gusto.
La recién llegada se revolvió inconforme, algo dentro de ella se había alegrado de haber escuchado aquel nombre. Por otra parte, estaba segura que nunca en su vida lo había visto… bueno, no al menos desde que recordaba. Suponía que aquel rostro hermoso y aquel llamativo color de cabello serían muy fáciles de recordar si lo hubiese conocido.
—Y tú, ¿por quién has venido? —preguntó el que acomodaba las flores y desenvolvía el trompo de la tela azul.
—Mi esposo —contestó consternada tras observar al viudo paralizar sus movimientos—. El murió algunos años tras enfermar gravemente. Ahora he venido con mi hijo. Él se ha quedado allá afuera cogiendo algunas ramas… 'bonitas'.
El pelirrojo alzó una ceja sin lograr entender el asunto de las ramas.
—Es su ofrenda —explicó la mujer —. Cuando mi esposo me salvó de morir ahogada en un rio, me explicó que nuestra boda sería muy pronto. Yo no entendía, no porque fuera idiota o algo así —rio, sobándose la barbilla—, pero porque no recordaba nada más que un árbol seco en una colina a las afueras de una ciudad —confesó avergonzada—. Ese árbol nunca abandonó mis sueños. Después, cuando mi hijo vino al mundo, mi esposo le contó que algún día viajaríamos hasta encontrar el bendito árbol del que yo hablaba, cumpliendo así mi insistente petición —sonrió sonrojada.
¿Un árbol a las afueras de la ciudad? ¡Era mucha coincidencia! él también había viajado hacia Kioto para ver el árbol seco en el cual se había encontrado muchas veces en el pasado con su Kaoru.
—Al parecer ese árbol era especial para mí pues una vez, viajando hacia Kioto lo encontré y sentí algo irreconocible en mi interior. Pienso que tal vez, dentro de mis lagunas mentales se encuentra algo de valor en ese árbol.
—Mami… —le llamó una pequeña figura encapuchada que se acercaba arrastrando una rama enorme por el piso.
—Amor, ¿por qué has traído esa rama gigantesca? —le reprendió apenada mientras miraba a su alrededor. No estaba segura de donde había sacado aquello su pequeño.
—Mami, le quité los frutos que tenía y lo he traído —confesó el infante orgulloso. En seguida, el niño desvió su atención al de gi rojo—. Mira mami, él es como yo —dijo el niño entusiasmado al quitarse la capucha de su cabellera—. ¡Rojo! —señaló, dejando expuesta la melena flameante bajo la tela para mostrarle.
Kenshin entró en shock. Su corazón parecía haberse caído hasta su estómago. Sus piernas comenzaban a temblar y sus manos a sudar.
Kaoru lo detuvo, suficiente tenía con las habladurías del pueblo: que si era del lechero o del panadero, de todos menos de su esposo. Estuvo por reprender al pequeño cuando fue interrumpida otra vez.
—¿Cómo te llamas, pequeño? —preguntó el espadachín mostrándose calmado y entusiasmado con el de la enorme rama.
—Kenji —respondió el pequeño, corriendo a su alrededor y pateando la nieve que se amontonaba en el camino.
—Discúlpalo, a veces mi hijo es un poquito rarito —se excusó la madre.
Kaoru realizó una reverencia dispuesta a retirarse a lado de su hijo después de un silencio incomodo como respuesta. Al parecer su Kenji había asustado al visitante, así que juntó sus pasos y comenzó a caminar. ¿Por qué todos los pelirrojos eran extraños? ¿O estaba generalizando por la culpa de Kenji?
—¡Kaoru! –gritó el pelirrojo.
La joven ladeó su rostro y sonrió—. ¿Sí?
—¿Puedo saber cómo se llamaba tu esposo?
—Okita, Okita Souji…
Kenshin sonrió y se acercó a ella nuevamente.
—Fue un gusto conocerte Kaoru —Kenshin la imitó e hizo una reverencia—. Tú y Kenji son personas muy especiales —Son mi familia- estuvo a punto de decir emocionado—, y merecen lo mejor. He venido a la ciudad para quedarme así que creo que nos veremos muy seguido —confesó el hombre dando media vuelta para salir del cementerio.
Kaoru asintió y estuvo a punto de seguir su camino cuando un sentimiento de pérdida y nostalgia la abordó al instante. Había sonreído con aquel hombre, se había sentido segura y alegre… la primera vez que se sentía de aquella manera desde el nacimiento de su hijo. Se giró lentamente, observando la figura del joven abandonando el cementerio.
¿Por qué…?
¿Por qué sus pupilas azules habían comenzado a llorar de repente? Suspiró, y alzando la falda de su kimono de invierno, corrió por el estrecho camino siguiendo las pisadas del pelirrojo hasta darle alcance.
—Kenshin —sollozó, tirándole de la manga de su gi y abrazándolo por su espalda—. No sé… qué me pasa… pero, no te vayas.
Que fácil y ofrecida seguramente se veía, pero en esos momentos era difícil controlarse. Era como si su cuerpo hubiera tomado control sobre de ella y al final de cuentas también necesitara un abrazo del hombre.
—Kaoru…
—¿Por qué viniste? —preguntó ella suplicante. Quería entender el porqué de ese sentimiento tan raro que le había invadido el corazón al tocarlo.
¿Acaso era el amor a primera vista de lo que todos hablaban? Se preguntó la madre.
—Yo… yo… —El ex Ishinshishi se dio media vuelta y la cubrió con sus brazos, aceptando el tímido pero consiente gesto que su amor le había ofrecido—. Te he estado buscando…
La ex Shinshengumi asintió rosando su suave mejilla contra su pecho expuesto al frio, y aferrándose más fuerte contra él, degustó de los brazos masculinos rodeándola y protegiéndola de la frescura de la mañana.
Kaoru Himura… si tengo que morir algún día, quiero hacerlo amándote…
—Te estaba esperando.
Fin
Notas generales del autor: Jazmín Rojo fue sin duda un reto para mí, fue mi primer trabajo pero también fue el que me ayudó a descubrir mi estilo y género. Pensé que este fic sería solo un pequeño experimento con el cual podría hacer y deshacer, pero lo subestimé. Al escribir me di cuenta que quería dar lo mejor de mí en cada capítulo, quería plasmar lo que me imaginaba que se sufría realmente durante el Bakamatsu pero también implemente muchas técnicas.
En fin quiero agradecer a las personas que me motivaron a terminar este fic: Naty (por hacerme promoción :)) Edison y Mayra! Gracias chiquillos rebeldes!
Mensaje en general del fic: El perdón y la decisión. La mayoría de las veces nos dejamos llevar por los recuerdos, las ofensas o las pequeñas acciones que lamentablemente nos llevan al rencor. Con esto, las únicas personas que sufren somos nosotros ya que nos sentimos heridos y no podemos dejar ir el dolor. Esto hace de nuestras vidas miserables e infelices. Si nos decidimos a perdonar podemos ver de diferente manera a las personas que nos rodean. Por otra parte… en lo que también quise hacer hincapié fue en la parte en la que Kaoru decide su propio destino y escoge a Kenshin.
Escoge lo que te haga feliz que solo así podrás averiguar si fue lo correcto al final.
