Un héroe
Disclaimer: 犬夜叉 (Inu-Yasha) pertenece única y exclusivamente a Takahashi Rumiko.
Advertencias: ñe...
Fanfic dedicado a Sara Y. Croft
Siento decepcionar a quienes querían Lemon, pero quiero mantener la historia en rating T
Sorry, XD
Nota a Corazón de Mazapán: ¡Contesta cuando te envían PM! D:
{*—Capítulo catorce—*}
—Oye, InuYasha.
Con pereza abrió un ojo y dirigió la vista a su esposa, quien estaba sentada en el futón junto a él, con el cabello alborotado, las mejillas levemente sonrosadas, una mano sobre el vientre y su haori puesto, tapando su desnudez.
Él, en cambio, seguía acostado sobre el futón con las piernas y los brazos extendidos, con el pecho descubierto pero con su hakama puesto.
— ¿Te preocupa algo? —le preguntó. —Estás algo ido.
— ¿Eso crees? —murmuró.
Sí, estaba pensando en Yumi, la chica nueva, en el beso que había recibido por parte de ella y en sus palabras sobre las mujeres que se van y buscan otra pareja mejor que la anterior.
No estaba muy seguro de por qué lo había hecho, pero sabía que esa chica quería algo de él que jamás obtendría.
¿Cómo pudo hacerlo dudar durante unos breves instantes?
Kagome le había prometido que estaría a su lado para siempre, o bien, el tiempo que él quisiera que se quedara con él, que, para el caso, era lo mismo. Además, ella estaba encinta y había abandonado su época por estar junto a él. Kagome era suya, jamás se iría de su lado. Aunque, si era así, ¿por qué seguía dándole vueltas al asunto en su cabeza?
—Oye, oye. —le llamó con las manos en el pecho masculino, zarandeándolo levemente y luego apoyándose en él con los codos. — ¿No has pensado en cómo podemos llamar al bebé? —intentó distraerlo.
Él parpadeo y, ahora prestándole verdadera atención y con la cabeza levemente levantada, contestó.
—Nah, aún falta mucho para eso. —dejó caer la cabeza con despreocupación.
—Tres meses no es tanto. —le dijo. —Y el bebé crece deprisa, podría nacer antes. Además, como tú eres mitad demonio, podría ser que el embarazo no sea como los demás.
La miró por el rabillo del ojo.
—Oye, Kagome…—comenzó. —Para cuando vayas a parir…—hizo una pequeña pausa. — ¿Por qué no me quitas esta cosa? —preguntó, señalando el rosario en su cuello.
Ella parpadeó, confundida.
— ¿Por qué? —preguntó en un murmullo.
— ¡Porque terminarás matándome! —exclamó mientras se incorporaba un poco, apoyándose en sus codos. —Si Sango amenaza siempre a Miroku con castrarlo, ¡tú pasarás todo ese tiempo mandándome al suelo!
—Ohh…—murmuró. —Bueno, tú me dejaste preñada. Tal vez te lo merezcas. —sonrió divertida.
—No es divertido. —murmuró.
Ella le sonrió con ganas.
—Vale, te lo quitaré cuando el parto esté cerca, pero te lo pondré luego de eso. —hizo el trato.
Él se quedó un minuto en silencio.
— ¿Y si mejor lo tiras?
— ¿Y si mejor aprender a comportarte? —se burló.
—Me tratas como una mascota. —se quejó.
Ella rió aunque él no estuviera bromeando y le pasó un brazo por encima de su torso, acomodando su cabeza sobre él y suspiró relajada.
—Es que eres como un perrito. —rió, alcanzando una de las peludas orejas con su mano y rozándola con sus dedos.
—Keh.
Ella devolvió el brazo a la posición anterior, dejándolo reposar sobre el pecho de su esposo y comenzó a trazar líneas imaginarias con sus dedos, acariciando con cariño la piel masculina.
Él se dedicó a olfatear su cabellera distraídamente.
Le gustaba el olor de Kagome. Le gustaba mucho.
Siempre le pareció que era un aroma muy tierno, aunque ella tuviera a veces un carácter de los mil demonios.
—Oye, Kagome…—le llamó en tono dudoso.
— ¿Umh? —se levantó un poco, lo suficiente para verlo a los ojos.
—Tú…—dudó. —No te irías con otro, ¿cierto?
Iba a reclamarle por una pregunta tan estúpida, pero al ver la expresión abatida en sus ojos no pudo hacerlo. ¿Qué estaría pasando por la mente de InuYasha?
—InuYasha…—sonrió con ternura. —Dejé mi antigua vida y mi antiguo mundo por ti, tonto. —se arrimó un poco más a él. —Te he dejado claro mis sentimientos, y están también aquí. —guió una de las manos masculinas a su vientre y sonrió. —Yo no me iré nunca de tu lado, InuYasha. —apretó un poco la mano que había apoyado en su abultado vientre. —Porque yo te amo, idiota.
Y dicho esto, le dio un pequeño beso en los labios y le sonrió.
Sintió como él la estrechaba entre sus brazos y volvió a acomodarse como estaba antes.
—Tonto.
