Disclαimer αpplied.
Bαlαs de sαlvα
XIV
El idiotα
Conoció a Roy Mustang un día perdido de otoño, cuando las cosas eran más sencillas y estaba en su primer año de academia. Y le cayó mal desde el primer momento.
Aunque admiraba a las personas llenas de determinación, había algo en Roy que impedía que naciera en él ese sentimiento, y desconocía el por qué. Entonces hizo lo que solía hacer en esos casos: observarlo.
Para Hughes, una persona optimista y llena de alegría, era extraño sentir aquello; viéndolo objetivamente, Mustang no había hecho nada para que le cayera tan mal, y tampoco nada para que le cayera en gracia, pero definitivamente…
Hasta el día en que Roy decidió que Hughes era una competencia. Ese día lo cambió todo.
Le gustaban los retos, así que se calzó los lentes correctamente y aceptó el desafío.
Era un hueso duro de roer, se dijo. Ambos competían por quién ocupaba los primeros puestos de su clase en todas las disciplinas, y pronto sus compañeros encontraron divertido apostar por alguno de ellos, y los dos siempre iban tan parejos que nadie nuca podía adivinar el resultado.
—Jodido ishvalita —soltó uno de sus compañeros de mesa, fastidiado
—¿Qué hizo ahora? —preguntó Hughes a la ligera, sin prestar demasiada atención al diálogo.
—Existir. —Y sus demás compañeros celebraron la ocurrencia con sendas carcajadas que llenaron el comedor. Hughes frunció el ceño contrariado. Sus superiores podían ser así de insufribles en algunas ocasiones, en especial cuando la conversación giraba en torno al ishvalita que tanto les molestaba. Suspiró.
Él, nacido y criado como amestriano puro fue educado por sus padres para entender la diferencia entre ellos las demás razas que poblaban el país, especialmente la ishvalita. Pero cuando creció y formó su propia opinión, se dio cuenta de que lo único que los separaba era el color de sus ojos y de su piel. En todo lo demás eran iguales; por ello le resultaba sumamente irritante la actitud de sus superiores, racistas a ultranza. Sin embargo, debía esperar. Todavía no era tiempo de actuar.
Levantó la vista y observó que Mustang lo miraba desde el otro lado del comedor con rabia.
—*—
La ironía y el azar hicieron que las cosas se colocaran en su lugar, como era de costumbre.
Sus superiores finalmente se habían revelado como las personas que realmente eran, atacando al ishvalita una vez que lo encontraron solo. Él no dudó en coger un arma y apuntarlos, demostrando en ese acto todo el asco que les guardaba.
Y, como era de esperarse, allí también se encontraba Roy Mustang.
Por primera vez en su vida hicieron equipo los dos juntos por una buena causa, y a pesar del castigo que a la postre recibieron, sintió que cada magulladura en su cuerpo valía toda la pena del mundo.
Como es natural, él y Mustang terminaron por estrecharse las manos, sellando así una amistad que los acompañaría por el resto de su vida. Porque hay cosas en la vida, razonó, que no se pueden compartir sin terminar unidos después. Y derribar a los superiores para compartir castigo después era una de ellas.
No dejó de observar a Roy sin embargo. Todo lo contrario: a medida que su amistad iba estrechándose más, su capacidad de observación iba en aumento, descubriendo cosas en Roy que acaso el mundo desconocía.
Mustang era reservado y tranquilo, a diferencia de él, expresivo y carismático. Por alguna razón, empero, ambos funcionaban juntos a la perfección, como si los engranajes encajaran de forma correcta, y cuando Roy se abría, él lo encontraba.
Roy le hablaba de su sueño, le contaba de sus días en la vieja casona de su maestro en donde aprendió lo básico de la alquimia durante cuatro años de su vida. Y al verlo así, con el entusiasmo brillando en sus orbes de obsidiana, lo descubrió.
Roy Mustang era un idiota.
Un idiota al que nadie dudaría siquiera un segundo en seguir, porque era un idiota puro y lleno de sueños dulces.
Con la sombra de la guerra pisándole los talones, Maes Hughes rogó a los cielos porque la llama que ardía en los ojos de Roy no se apagara jamás.
—*—
La última vez que vio a Roy después de la graduación, este le comentó con entusiasmo que estaba estudiando con renovado ardor para los exámenes de selección de Alquimistas Estatales.
Quiso decirle que se detuviera. ¿No veía acaso que su alma se mancillaría si lo mandaban a la guerra? ¿A dónde iría el joven puro y entusiasmado que le hablaba en esos momentos?
Pero calló, le sonrió y de deseó suerte. Y Roy se marchó feliz detrás de sus sueños.
Y en el campo de batalla lo volvió a encontrar, justo de la manera en la que temía que lo encontraría: mancillado, sucio de sangre y cubierto de culpa.
Como él: una criatura despreciable.
Se culpó a sí mismo y se preguntó en el silencio de la noche qué hubiera pasado si él lo hubiera detenido esa vez antes del examen. Roy pareció leer sus pensamientos porque negó suavemente con la cabeza.
—Nadie hubiera podido detenerme —afirmó—. Este camino lo escogí yo.
Pero aun así, sentía un ligero resquemor en la conciencia que no podía evitar.
La cadete Riza Hawkeye hizo su aparición en el medio de la guerra, para horror de Roy. Hughes lo observó atentamente, porque estaba seguro de que aquella muchacha significaba algo para su amigo, una cosa que no le había contado pero que estaba ahí, palpable.
Las palabras del Alquimista Carmesí lanzaron sendas flechas en los corazones de Roy y la chica, Hughes pudo verlo, y comprendió que él y la jovencita compartían un lazo fuerte. ¿Una promesa, un sueño tal vez? Hughes no lo sabía, pero estaba seguro de que sus deducciones no estaban demasiado lejos de la verdad.
Esa noche encontró a Roy devolviendo el contenido de su estómago sobre sus botas de cuero.
—¿Pero qué se supone que estamos haciendo, Hughes? —le preguntó, descompuesto.
—La guerra —le contestó. No supo el porqué, pero su voz adquirió un tono endurecido.
—Esto es una maldita masacre. Damos asco.
—Es por Hawkeye, ¿verdad? —indagó—. Desde que ella hizo su aparición en aquella torre que te encuentras así. —Roy lo miró confuso—. ¿Qué pasa entre ella y tú?
—Hawkeye… —Volvió a sucumbir ante la urgencia de sus náuseas—. Ella y yo…
—¿Es tu amante, mayor Mustang? —Se mantenía alejado de él, con la voz dura y sus ojos fijos en la cabeza inclinada de su amigo—. ¿Por qué no me lo contaste?
—Ella es… Ella es la hija de mi maestro —confesó.
Y todas las fichas cayeron en su lugar. Roy había vivido con ella durante mucho tiempo, y el lazo que los unía era más fuerte de lo que él creía. Sintió un escalofrío repentino.
—Roy…
—Le hice una promesa. Ella confió en mí.
—¡Roy!
—Yo le fallé, Hughes. —Levantó la cabeza—. ¿Entiendes eso?
—Fallaste, pero aún estás a tiempo de salvarte. Levántate de ese asqueroso lugar y continúa luchando. ¿Recuerdas nuestros sueños de la academia? ¿Recuerdas tus días con ella? Levántate en nombre de esos recuerdos.
Le tomó una hora calmar a su amigo y llevarlo de vuelta al campamento. Algo se había roto dentro de él, Hughes lo sabía: la inocencia. Nunca más, hasta después, con el incidente con Heathcliff, lo había visto en ese estado. Temió que se quebrara como muchos de sus compañeros que se apuntaban a sí mismos con un arma para volver a casa, pero si algo tenía Roy era una fuerza de voluntad arrolladora.
Al final de la guerra, cuando los dos se hallaban parados frente a aquella atalaya derruida, Hughes lo confirmó al escucharlo hablar a su lado.
Roy Mustang era un idiota.
Pero un idiota al que valía la pena seguir.
Agitó el vaso de whisky distraído en sus pensamientos.
—Entonces es Hawkeye —le dijo clavando sus ojos verdes en él.
—No, no es ella —negó Roy, pero solo intentaba defender lo indefendible. Si Hughes afirmaba algo, es porque ya lo sabía.
—No te vendría una esposa como ella, Roy. —El aludido se sobresaltó y lo miró irritado.
Hughes los había observado desde que volvieron de la guerra. Siempre juntos, ella dos pasos detrás del coronel, vigilándolo con paciencia tibetana. Él, dos pasos al frente, sin dejar de mirarla a ella.
Él sabía de los maliciosos rumores que corrían por los cuarteles del Este sobre el coronel y su subordinada, pero también sabía que su amigo era demasiado honorable como para que estos fueran ciertos.
Lo sabía muy bien. Que los demás murmuraran todo lo que quisieran, jamás se acercarían a la verdad de la relación de aquellos dos: un lazo de sangre, pólvora y culpa.
—No pienso casarme con nadie, Hughes. —Roy apretó los dientes—. Y Hawkeye…
—Formarías una linda familia con ella. Aunque no una tan bella como la de Gracia y la mía. —Le gustaba hacerlo enojar, porque así Roy revelaba más de lo que debería, y Hughes no dudaba en tomarlo con la guardia baja.
—Tonterías —se sirvió otro shot de whisky—. Además las leyes…
—¿Ves que te delatas solo? —Hughes rio—. Esas leyes no son justas.
—Para nada. —Abrió los ojos con sorpresa y se llevó la palma a la cara—. Olvida que dije eso.
Hughes volvió a reír.
—Eres un idiota, Roy.
—Me estás ofendiendo, Hughes.
—Eres un buen idiota —continuó este sin hacerle caso—. No niego que me gustaría verte con una buena mujer a tu lado, especialmente si esa mujer es Riza Hawkeye, pero no estoy tan ciego como para darme cuenta de que ustedes van más allá de la relación superior-subordinada. Y no, no me creo el cuento de que se ven a escondidas, así que no te preocupes.
» Ambos están marcados por Ishval, amigo. Sellaron una promesa con sangre y fuego, y estoy seguro de que no pararán hasta cumplirla. Eres esa clase de idiota, Roy. Un idiota soñador al que nadie dudaría en seguir, incluso ella.
—¿Cómo es que sabes todo eso, Hughes? —preguntó sorprendido—. No recuerdo haberte dicho ni la mitad de lo que dijiste.
—Observándote —respondió con tranquilidad—. Eres como un libro abierto para mí, coronel. Y, aunque no lo creas, ella también. Tus metas no te dejan ver más allá, pero piensa, Roy. ¿Qué harás una vez en la cima? ¿Cuándo empezarás a vivir? Piensa en las posibilidades y déjate llevar. Han esperado tanto, esperarán mucho más. ¿Pero y después?
» Vive tu vida, Roy. Ella forma parte de tu vida. Comienza ahora.
Maes Hughes lo confirmaba todos los días después del final de la guerra.
Roy Mustang era un idiota.
Pero un idiota por el que valía arriesgar la vida.
Y Riza iba por el mismo camino.
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¿Se merece un review?
Bitácorα de Jαz: Pasó que me enamoré perdidamente de Viktor Nikiforov y Yūri Katsuki, porque DIOS QUÉ LINDO ANIMÉ QUE YA ES. Detrás de eso vino una oleada de inspiración y un bucle de ver el animé over and over again, y hasta conseguí arrastrar a mi mejor amiga al hype de la serie. Y me siento re feliz con eso.
Presentadas las excusas pertinentes quiero decir que volví. Extrañé mucho escribir sobre la otepé, pero no fue hasta que decidí abrir Word que me di cuenta de eso. Yuri! on Ice no fue lo único que pasó debajo de este puente.
Es un capítulo sencillo donde hay una referencia a Harry Potter y El Idiota, de Dostoyevski. Y, sobre todo, cómo ve Hughes a Roy y al Royai. Siempre lo pensé como alguien observador desde joven, así que no me cuesta imaginarlo mirando atentamente en la distancia a Roy y Riza, descubriendo de ellos más cosas de las que dejaba ver. La guerra como siempre presente, la culpa y los lazos. Y esa charla de amigos más que reveladora.
Espero que les haya gustado, temo que estoy saliendo de un bloqueo. Disculpen si hay errores.
»meiosis2.
»LawAlchemist10.
»DolcePiano.
¡Gracias totales por sus reviews!
¡Jajohecha pevẽ!
P.S.: ¡Feliz día de Royai! –retrasado-
14 de junio de 2017, miércoles.
