Lazos Rotos
.
.
En la lejanía, tras las montañas, el sol se ocultaba. Shunrei estaba en el mismo lugar de siempre, el mismo lugar donde más de una vez se había sentado a esperar por Shiryu y el mismo lugar en que tantas veces había sentido ese nudo en el estómago cada que lo veía volver…también cada que lo veía irse.
Ella miró hacia el camino, mientras los últimos rayos de sol teñían de rojo la tierra y hacían su piel naranja. La suave luz iluminó al muchacho que, como muchas otras veces, caminaba con una parsimonia estresante. Su cabello negro se mecía al ritmo de su andar y a su espalda, cargaba el cofre de bronce que reflejaba la luz y la obligaba a ella a entrecerrar los ojos. No vio, hasta que él se acercó un poco más, que no traía vendaje y que sus ojos la miraban.
Él sonrió y ella correspondió por pura costumbre.
Algo extraño pasó entonces: Shiryu dejó caer el cofre y corrió a abrazarla, la estrechó tan fuerte que por un momento no pudo respirar y al instante siguiente le plantó un beso en la frente. Pero Shunrei no lloró de felicidad como antes, ni se sintió desfallecer por el alivio de que él volviera vivo. Tampoco sintió emoción y no tembló de alegría cuando él se arrodilló a sus pies y le juró que esa, por su vida, era la última vez que la dejaba atrás.
Shunrei sonrió porque sintió que eso era lo que debía de hacer y quien sabe qué habrá visto el Dragón en su cara que la sonrisa se le borró y los ojos se le llenaron de lágrimas. Cuando Shiryu la jaló de la mano para abrazarla de nuevo, se dejó hacer. La estrechó con fuerza, medio desesperado por lo que había visto en los ojos de ella, negándose a creer que algo había cambiado, que algo entre ellos se había roto. Y él lloró.
Ya venía siendo hora que alguien más llorara además de Shunrei.
