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.:XIII:.
"Dibujos en el Pizarrón"

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Al día siguiente el sol brilló con la intensidad propia del verano. El cegador resplandor blanco que producía la refracción de la luz en la nieve aún acumulada en las calles daba a la ciudad un aire distinto, cálido y alegre, como los dibujos de los niños de kindergarden.

Si se mantenía, tal vez para la mañana siguiente ya no quedaran rastros de las nevadas anteriores.

Las húmedas suelas de los zapatos de los alumnos chirriaban en los pasillos y dejaban huellas de un difuso color café que los auxiliares de aseo limpiaban con esmero, refunfuñando tras los jóvenes que, ajenos a sus esfuerzos, caminaban a sus salones de clase, donde los pisos flotantes estaban hechos un desastre.

— ¡Esto en inconcebible…!— rugió indignada la maestra de lengua y literatura, tras llevarse una desagradable sorpresa en su pantalón blanco.

Al parecer uno de los estudiantes había usado su silla para encaramarse y encender el proyector que colgaba desde el techo, y en medio del trasero de la profesora figuraba la perfecta silueta de una huella de zapato talla cuarenta que ni siquiera podía ser cubierta por su sweater. Los estudiantes contenían sus risas mientras aguardaban de pie tras sus sillas a que la maestra se calmara y diera comienzo a su cátedra.

— ¡Miren este salón, Dios santo…! ¡Es un verdadero chiquero! — chilló espantada, tapándose la cara de vergüenza — ¡¿Quién es el grupo de aseo de esta semana…?!

Tímidamente, Maricela, Xiao Mei y Kim Ly alzaron las manos.

— Chicas, lamento que esta labor recaiga sobre ustedes cuando la responsabilidad es de todos los que ocupamos este espacio. Pero hoy tendrán que hablar con el personal de aseo para que les faciliten algunos implementos y puedan dejar esta sala DECENTE, con menos trabajo para el personal a cargo de la limpieza— dijo la profesora. Normalmente la labor del grupo de aseo de la semana era simplemente recoger los papeles, limpiar los borradores de pizarra y ordenar las mesas — No les tomará más de veinte minutos, o a lo sumo media hora… ¡Solo quiero que una vez que todos salgan este barro desaparezca…!— echó otro vistazo a la parte posterior de su pantalón, y volvió a hacer una rabieta: — ¡UY!

Sería tedioso, pero justo y necesario. Las carcajadas de los muchachos se perdieron en medio del barullo que produjeron las sillas cuando por fin la docente les permitió tomar asiento.

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Esa tarde Kim Ly almorzó con sus amigas. Hyung comprendió su decisión –aunque no tuvieron oportunidad de hablar al respecto-, y durante el receso sintió miradas de recriminación de todos lados del casino. Tal vez fuese un indeseable efecto de la culpa y la paranoia, o del cansancio que lo atormentaba al no haber podido dormir del todo bien la noche anterior.

Entendería también si su amiga decidía caminar sola a casa después de clases.

"No vaya a ser que decida robarte otro beso, o hacer algo peor", pensó con angustiosa ironía mientras se alejaba con su bandeja vacía hacia el mesón de ventas, y la dejaba a un lado para que las cocineras la lavaran. Caminó de regreso al salón de clases, masticando con amargura la idea de que quizás hubiese puesto fin a una hermosa amistad solo por haber sido un bobo impulsivo, y que jamás iba a recuperarla.

Debería hacerse ya de los recursos para afrontar la soledad a la que ya había perdido costumbre en los últimos meses: libros para leer mientras almorzara, un reproductor de música con el cual ignorar a todo el mundo durante el recreo, y por supuesto, comprar cuanto antes un paraguas nuevo...

Sin embargo, no podía irse como si nada de la vida de su amiga. Hablaría con ella después de clases, le pediría disculpas, y luego asumiría las consecuencias de su atrevimiento del día anterior, como buen hombre que era.

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Preparó mentalmente su discurso durante toda la última hora de clases, sumiéndose hasta tal punto en sus pensamientos que su distracción no pasó desapercibida para el profesor de su curso optativo de idiomas –en su caso: ruso- y se llevó varios llamados de atención. Para cuando la campana sonó, Hyung se dirigió rápidamente a la salida con la esperanza de sorprender a Kim Ly antes que corriera a casa, sin embargo, a medio camino recordó que estaba en el grupo de aseo que le tocaba limpiar a fondo el salón a petición de la maestra de lengua y literatura.

Los pasillos casi desiertos le sirvieron como sala de espera. Oía las risas de las amigas de la vietnamita desde el interior del salón. A los quince minutos, las vio salir con sus bolsos, hablando entre ellas y compartiendo bromas privadas. Pero solo abandonaban el aula Maricela y Xiao Mei, que al toparse frente a frente con el coreano, cesaron inmediatamente con sus carcajadas.

— A-ah…

— Disculpen… ¿dónde está Kim? — preguntó, tratando de sonar lo más amable posible frente a las jovencitas. La taiwanesa se atragantó con sus propios titubeos, y la filipina, sin emitir palabra alguna, indicó el interior del salón de clases. El muchacho asintió con la cabeza, como si pidiera permiso para retirarse. Ninguna de las dos se atrevió a detenerlo.

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Las luces anaranjadas del atardecer entraban por los grandes ventanales del lado oeste de la sala, tenuemente debilitados por los visillos blancos que se anteponían a los cristales. Tonos ambarinos y castaños bañaban las mesas pulidas y el suelo aún húmedo por el paso del trapero, y recortaban la silueta de la joven vietnamita a contraluz. Parecía concentrada en algo. Estaba escribiendo con tiza en el centro del pizarrón, ajena a la entrada del muchacho en el aula. Le parecía ver que movía los labios, como si tarareara algo o hablara consigo misma, pero sin emitir ningún sonido.

De pronto, se separó del tablón y se sentó en la mesa del profesor, contemplando lo que había escrito.

— Eh… ¿Tienes un momento?

Kim Ly dio un respingo de sorpresa, y se volvió hacia Hyung con cautelosa lentitud.

— Claro.

— Pues… ¿por dónde comienzo? — se cuestionó, acercándose más a la chica. Cuando estuvo a casi medio metro de distancia de ella, miró al pizarrón, y se dio cuenta de que la joven había hecho un dibujo.

Un sencillo diagrama cuya forma principal era un triángulo. Había un corazón en su arista superior, desde el cual nacía una recta que cortaba al polígono por la mitad y se proyectaba por debajo de su base. Era un paraguas.

Bajo la representación de la sombrilla, había dos nombres. Kim Ly se apresuró a dar un brinco desde la mesa para taparlos con ambas manos, debido a que el borrador estaba recién sacudido y reposaba en una saliente del marco de la pizarra que estaba lejos de su alcance.

— ¿Puedes esperar un momento afuera? ¡Tengo que borrar esto!

El joven de trenza avanzó un poco más, tratando de apartar las manos de su amiga del diagrama en el pizarrón, pero ella en un desesperado intento por esconderlo lo difuminó con los dedos. Su cara estaba encendida en un acusador sonrojo, un detalle encantador que no pasó desapercibido para Hyung.

— Quiero hablar contigo por lo que sucedió ayer…

— L-la verdad… es que no estoy molesta—interrumpió la vietnamita desviando la mirada — No tienes que disculparte, después de todo yo también…— se detuvo ahí, y permaneció con los ojos clavados en el suelo.

— Fue una locura. Realmente lo siento.

— ¡Te dije que no te disculparas…!— lo retó compungida, mostrándose repentinamente enfadada. Parecía a punto de quebrarse en llanto — Maldición… ¿por qué me haces esto?

— ¿Qué estoy haciendo?

— ¡Esto! — chilló aún más furiosa — ¡No puedes hacerme esto, Hyung! ¡No puedes simplemente besarme, enamorarme, despertar todas estas… sensaciones en mí…! — sus manos indicaron confusamente su pecho y estómago —…Y luego decir que todo es una equivocación… eres muy cruel.

El coreano movió confundido la cabeza, como si quisiera sacudirse algo de encima. Había oído fuerte y claro a su amiga, pero ¿en verdad era consciente de lo que estaba diciendo…?

— ¿Te escuchas cuando hablas? — inquirió en tono querellante — Acabas de decir que yo… te… ay, no…— masajeó sus sienes en señal de desconsuelo — Te gusta ponerme entre la espada y la pared, ¿cierto?

— ¿Uh?

— ¿Me vas a obligar a decirlo a mí también? ¡Ya había asumido que me odiabas por lo que hice! Y ahora esto… no, Kim. La única que está actuando con crueldad aquí eres tú— acusó en una carcajada incrédula. Dio otro paso al frente, y la vietnamita retrocedió asustada, auto-acorralándose contra la pared donde se alineaban las ventanas del salón.

— No entiendo qué estás diciendo.

— ¿No lo comprendes? ¡No puede ser más obvio! — resopló el coreano, volviendo a avanzar, sin dejarle posibilidad de escapatoria a su compañera. Ella tragó espesamente su saliva, y se apretó aún más contra las ventanas, tiritando por lo nerviosa que estaba —… me gustas mucho, Kim Ly...

Kim Ly abrió sus ojos de par en par.

— Había pensado en decírtelo antes, pero por diversos motivos siempre acababa arrepintiéndome— explicó el muchacho — Sentía que había muchos factores en contra: los rumores, las opiniones de los demás, la desconfianza de tus amigas y la posibilidad de que me rechazaras. No soportaba la idea de arruinar la única amistad sincera que había hecho en todo este tiempo por actuar de manera apresurada, pero ayer… simplemente no pude contenerme más.

La muchacha, aún incapaz de articular palabra alguna, llevó una mano a sus labios.

— Lamento si te puse en una situación incómoda con ese beso. Hasta ahora no sabía cómo disculparme contigo por lo que hice, y cómo afrontar la enorme probabilidad de que decidieras dejar de hablarme por haber vulnerado tu libertad de elegir si querías que hiciera eso o no… comprendo si estás molesta por mi osadía.

— No estoy molesta… bueno, no tanto. Es que… fue tan repentino— musitó la joven con debilidad — No supe cómo reaccionar. Venía… venía deseando eso desde hace mucho tiempo, pero como todas las cosas que uno planea, no se dio en las mejores condiciones… no me sentía preparada para eso, y mucho menos para una confesión…

La vietnamita se atrevió a levantar poco a poco la vista, y Hyung pudo contemplar con todo detalle cómo la luz del crepúsculo caía como un velo de suaves matices otoñales sobre los femeniles rasgos de la chica, dándole un aire misterioso que resultaba innegablemente atractivo. Con sus mejillas sonrojadas y esa mirada tímida lucía más hermosa que nunca, delicada y cautivadora, y la leve sonrisa que curvó sus labios provocó que el ritmo de los latidos del corazón del joven se disparara en su pecho.

De forma casi imprevista, la muchacha se adelantó y le echó los brazos a la cintura, abrazándolo con la cara oculta en el torso del coreano. Hyung atinó a abrazarla, cuidando de no apretarla demasiado, mientras repasaba la larga coleta de la chica con una de sus manos. Se quedaron así por bastante tiempo, hasta que los ritmos vitales de cada uno comenzaron a apaciguarse. La vietnamita se separó del chico para mirarlo a la cara.

— Yo… también te quiero, Hyung…

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Tras un largo rato contemplándose hipnotizados, la pareja estuvo a punto de culminar la romántica confesión con el tan anhelado –y esta vez consensuado- beso que "oficializaba" la declaración; sin embargo, oyeron que alguien carraspeaba con la garganta desde la puerta del aula.

— No es por interrumpirlos, pero… ya deben salir del salón— avisó Maricela.

— La señora encargada del aseo está esperando hace ya bastante rato— completó la taiwanesa.

Tras compartir una risa avergonzada, Kim Ly y Hyung salieron del aula y la mujer que llevaba el carrito con los productos de limpieza entró, no sin antes dirigirles una mirada de reprobación. El cuarteto de estudiantes se encaminó a la salida, con Xiao Mei y Maricela a la cabeza del grupo, y la vietnamita y su compañero rezagados por algunos metros. Cuando llegaron al pasillo de los casilleros, las dos muchachas que se habían adelantado oyeron un estrepitoso ruido tras de ellas, como si alguien hubiese cerrado de golpe la puerta de una de las taquillas, y se volvieron preocupadas a ver lo que lo había ocasionado.

Sorprendieron a Kim Ly, que había acorralado a Hyung contra uno de los casilleros, y atrayéndolo hacia ella por el cuello del uniforme le había plantado un beso en los labios. La filipina y la taiwanesa dejaron caer sus mandíbulas por la sorpresa, y observaron a la pareja hasta que la vietnamita se separó de su amigo.

— ¿K-Kim…?

— ¿Por qué tanta rudeza? — preguntó confundido el joven de trenza, arrimándose a los casilleros que tenía detrás de él. La vietnamita sonrió traviesamente antes de responderle:

— Considéralo como una devolución de lo que me quitaste ayer.

— ¡Pero yo no fui tan brusco contigo…!— reclamó en una risa incrédula, abalanzándose sobre la chica para abrazarla por la cintura y levantarla en sus brazos. Después de apartarse de los casilleros, volvió a besar a su enamorada de una forma mucho más delicada de lo que ella había hecho, ante la mirada impaciente de sus compañeras.

— ¡Ay, por favor! ¡¿Vamos a tener que soportar que hagan esto todos los días de hoy en adelante?! — reclamó la filipina en un suspiro.

— ¡¿No les enseñaron a no comer pan frente a los pobres?! — secundó la taiwanesa con un dejo de tristeza.

Tal vez a las dos les iba a tomar un tiempo acostumbrarse a las muestras de afecto que de ahí en más compartiría la nueva pareja. Sin embargo, y a pesar de todos los sentimientos de contrariedad que les producía verlos, muy en el fondo se sentían partícipes de la inmensa alegría que ambos irradiaban.

Tal vez con el tiempo pudiesen aceptar el hecho de que Hyung era quien producía en Kim Ly aquélla infinita y sincera felicidad.

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Notas de la Autora:

¡Tachá~n! ¿Les ha gustado?
Bueno, no es el final-final de la historia... ¡pero sí que estamos muy cerca de él! X3

Al igual que en cada actualización, agradezco a las personas que comentaron el capítulo anterior: Kayra Isis, GinYang98, Park Yong Soo y Julchen awesome Beilschmidt.

¡Nos leemos el viernes, con el final de "Ai Ai Gasa"! X3