XIV

Nunca volví a hablar ni saber de TK.


1 año después…

— ¿A dónde vas? —la voz de Alex me hizo detenerme y apretar los ojos. Tenía la esperanza de que no me hubiera escuchado al despertar.

— Sólo iré a caminar un rato y comprar un café —me acomodé la blusa que se había levantado al colgarme mi bolso. Alex se cruzó de brazos. Estaba despeinado, tenía la almohada marcada en el rostro y una expresión muy seria.

— Sabe que no debes salir sola. ¿Y si alguien intenta secuestrarte?

— ¡Nadie va a secuestrarme!

— ¡Kari! —sentí una profunda desesperación y tuve que cerrar los ojos para no estallar.

— No puedo quedarme un segundo más aquí encerrada, Alex —él pareció relajarse y suspiró fuerte.

— Y yo no puedo tenerte encerrada pero no me perdonaría si algo te sucede y yo no hice nada para evitarlo.

— Ya te dije que no va a pasarme nada —se acercó a mí y así sin más me dio un beso—. No me vas a convencer con eso.

— ¿Ah no? —levantó su ceja izquierda y volvió a besarme, esta vez bajando sus manos a mi pantalón para desabrocharlo.

— No, Alex… —me aparté de él.

— Está bien, está bien. Dejaré que vayas con una condición.

— ¿Cuál?

— Yo voy contigo.


El mundo había entrado en una extraña faceta en la que una enfermedad, que llevaban investigando por meses, consumía hasta la muerte a las mujeres, específicamente jóvenes de entre 15 y 35 años de edad. Todo comenzaba con dolor de cabeza, fiebre, vómito hasta la pérdida de los sentidos y finalmente muerte cerebral. Al principio se creía que se trataba de un parásito pero la hipótesis quedó descartada. Ahora se decía que era viral y por lo tanto, entre las medidas de precaución se aconsejaba quedarse en casa todo el tiempo.

Todo el tiempo.

Yo llevaba una semana encerrada y me parecía una eternidad. Si bien, la ventaja de no vivir sola es que Alex se encargaba de ir por lo que hiciera falta al supermercado pero en ese lapso yo ya había ordenado y desordenado el pequeño departamento al menos unas seis veces.

Como era de suponerse, las clases fueron suspendidas. Ya sólo se veía a hombres y niños en las calles. Dado que un gran número de mujeres habían sido afectadas, la población había disminuido considerablemente en cuestión de meses. ¿Y qué hacer? Sino sólo esperar.


Tres años después…

— ¿Cómo te llamas? —preguntó una joven, de unos doce años de edad, de cabello castaño y ojos color miel. Tenía el rostro cubierto de pecas y un moretón en la sien.

— Ka… Kari —respondí entre sollozos, intentando calmar el dolor del pecho.

— Tranquila, Kari. Aquí estás a salvo —la jovencita me abrazó intentando darme consuelo y voltee a ver a una señora, ya cuarentona, de cabello rubio y ojos verdes quien me sonrió cálidamente.

— ¿A dónde se dirigen? —en ese momento me percaté de que íbamos aproximadamente unas ocho mujeres en la Ven, entre ellas, un par de adolescentes quienes estaban en la parte de atrás. Iba conduciendo una mujer afroamericana, robusta y de buen aspecto. Su cabello era largo y rizado y parecía andar por las calles sin preocupación de que nos detuvieran.

— Por ahora sólo queremos encontrar un lugar seguro donde podamos bajarnos a comer algo y descansar —respondió la ojiverde—. Me llamo Magdalena pero puedes decirme Maggy.

— Mucho gusto, Maggy —respondí y ella sonrió.

— Yo soy Betty —dijo la pequeña de doce años—. Y ella es Rhonda —señaló a la conductora quien me miró de reojo por el espejo retrovisor y me sonrió—. ¿De dónde eres, Kari?

— ¿Yo? Pues, soy de Odaiba, Japón, pero hace tres años vine a California para estudiar la universidad.

— ¿Y tienes familia aquí? —preguntó Rhonda y yo negué con la cabeza.

— Descuida, no vamos a dejarte sola —añadió Maggy—. Por ahora descansa.

Me recargué en el asiento, cerrando los ojos e intentando evitar las imágenes de Alex, ensangrentado, pidiéndome que me fuera del departamento. Todavía no quería caer en cuenta de que lo había perdido y muy posiblemente no volvería a verlo. La enfermedad me había arrebatado lo único seguro que tenía en éste jodido mundo ¿y ahora? ¿Qué sería de mí? ¿Huir por el resto de mi vida para no ser presa de un violador o asesino? Me negaba rotundamente a esa idea.

Para cuando desperté íbamos llegando a San Francisco. Sin darme cuenta Rhonda estuvo conduciendo casi seis horas sin parar. Todas estaban dormidas excepto Maggy y otra chica pelirroja que iba en el asiento de copiloto. Ambas platicaban con la morena para que no se quedara dormida.

Nos detuvimos en una iglesia al centro de la ciudad en donde un par de monjas nos dieron la bienvenida y nos dijeron que ahí hallaríamos refugio. Se trataba de la iglesia de San Patricio. Se había convertido en un albergue para mujeres como nosotras y adentro había aproximadamente unas treinta más. La hermana Margot, quien era la que dirigía ahí, nos guio hacia las habitaciones. Entramos a una en donde había ocho camas individuales. Nos señaló dónde podíamos asearnos y posteriormente pasar al comedor a servirnos de cenar.

— Descuiden, mis niñas, aquí estarán seguras. Sólo no salgan ni se fíen de nadie. Recuerden que todas estamos aquí porque pasamos por lo mismo y lo mejor es encontrar consuelo y apoyo entre nosotras —por alguna razón la manera en que decía las cosas me hacía sentir tranquila.

Decidí ir al comedor acompañada de Betty mientras las demás descansaban y se aseaban. La pequeña parlanchina vivía con su papá en Santa Bárbara y Maggy era su tía quien la había rescatado de su progenitor. No entró en detalles y yo no quise preguntar. Estaba por entrar a la secundaria cuando todo éste incidente ocurrió y lo que más le dolía era ya no ver a sus amigos, aunque era una niña muy fuerte, muy madura diría yo.

Aquél pastel de carne con papas me supo a gloria. Durante la comida platicamos con Rose, una chica de Pasadena a quien un grupo de soldados habían secuestrado y llevado hasta ahí, por fortunada antes de que le hicieran algo logró escapar y la hermana Margot la encontró a media carretera. Nos contó que el grupo de soldados tenía presas a más mujeres y Rose estaba convencida de que tenía que hacer algo para rescatarlas. Lo cual yo veía muy poco probable pero no se lo dije para no desanimarla. Ellos contaban con armas y mucha más fuerza que nosotras así que en cuestión de segundos terminaríamos siendo presas también.


Era una fría noche en la ciudad de Winsconsin. Había estado lloviendo durante una semana seguida y poca gente andaba en las calles.

Al centro de la ciudad en uno de los bares que anteriormente había sido muy concurrido, se hallaba un grupo de hombres, entre ellos militares, celebrando el único placer que les quedaba en vida: embriagarse. Increíblemente no había ni una sola alma femenina como solía verse ahí pero eso no le restaba diversión al momento, excepto para algunos que, ya pasados de copas, exigían otro tipo de placer.

— ¡Takaishi! ¡Otra ronda! —gritó Max, un joven veinteañero que acababa de unirse al ejército de los Estados Unidos. Proveniente de Portland, crecido en Chicago, ahora, dadas sus dotes de liderazgo, lo habían elegido Principal del grupo. El abuelo de Max había sido militar así que él había crecido con mucho conocimiento acerca de la profesión por lo que se le daba bien. Tenía los ojos grises y el cabello rubio dorado.

— Claro —sonrió el rubio quien estaba en la barra esperando a que le sirvieran otra cerveza. Revisó el celular que llevaba siempre guardado en un bolsillo interior de su chamarra y como por inercia abrió la aplicación para ver sus mensajes y sin darse cuenta se le dibujó una media sonrisa en el rostro al ver el nombre que encabezaba la lista de mensajes: Kari. «TK, por favor vuelve. Necesito hablar contigo. Fui una tonta y tuve miedo, pero yo también te quiero muchísimo. Por favor llámame.» suspiró, como muchas otras tantas veces había hecho al leer el mensaje y volvió a guardar el aparato—. Aquí tienen —dejó la bandeja con tarros de cerveza sobre la mesa y se sentó junto a Max quien había derramado un poco de la suya al beber.

— ¿Te estás divirtiendo, viejo?

— Claro —respondió el rubio, no muy entusiasmado.

— Excelente. Disfruta la noche porque mañana no vamos a California —TK se atragantó apenas escuchó aquella palabra y empezó a toser.

— ¿Qué? ¿Qué has dicho? —Max estaba concentrado en el desastroso juego de cartas que sus colegas ebrios intentaban mantener y volteó sonriendo a ver a TK.

— Que nos vamos a California. El General me pidió que fuéramos a interferir un refugio que localizaron en San Francisco. Ya te había dicho, ¿no? —TK negó con la cabeza y se llevó una mano al cabello despeinándose.

— California… —murmuró en voz baja. Habían pasado ya tres años desde que dejó aquél estado y no había vuelto a saber nada de él o de quienes vivían ahí.

— Relájate. Allá tendremos féminas, por eso no te preocupes… de hecho… —Max volteó hacia el interior del bar, los ojos azules del rubio lo siguieron con la mirada y alcanzó a vislumbrar a una chica en la cocina—. A nosotros dos nos tienen preparado el postre —susurró quedamente.


Disfruten! :)