Para mi amiga Reeven, con cariño. Gracias por tu apoyo. Ya sabes: Enjoy it!

ADVERTENCIA: Lectura propia para adultos solamente.

Capítulo 14

SIN RENUNCIAR

Primera parte: Perdonar Rápido

Los largos y raudos pasos del esposo lo llevaron de inmediato a su ventana donde se posó con pesadez y desolación. Pensaba en miles de cosas, como si estuviese en el vórtice de un tornado mirando pasar girando en torno a él miles de burlas del destino. No había nada claro en su mente, solo multitudes de ideas probables. En un segundo pasaron por sus ojos los planes que había hecho para su nueva familia; tanto los pequeños como los más ambiciosos: Pensaba tener en su estudio una enorme fotografía familiar, pensaba comprar caballos pequeños para sus hijos, deseaba crear una nueva rosa que representara la pasión que su esposa despertaba en él, serían médicos exitosos, crearía una clínica siempre apoyado y aconsejado por ella. El muchacho apretaba en su puño el anillo de compromiso que había retornado a él. Pero no… eso era insuficiente: Candy seguía siendo su esposa; por lo menos hasta el momento.

Hacia tan solo un mes atrás su vida estaba llena de sueños, hoy, el recuento de los hechos arrojaban terribles daños a los mismos; desencantos… sinsabores… Sintió el frío que le provocaba la ausencia de ella. No era posible que su matrimonio hubiese durado tan solo unas cuantas semanas y sin poder siquiera gritárselo al mundo. Acompañarse orgulloso con ella de su brazo constantemente, contemplarla desenvolverse como la dama buena y noble que era. Soportar las miradas de envidia de los hombres y de celos de las mujeres. Pero sobre todo: Envolverse en su magia, sentirse vivo porque ella estaría con él. ¿Sería en verdad capaz de arrojarse al lúgubre poso en el que había vivido añorando su presencia durante años? ¿Podría resistir el resto de su vida sin ella Candy después de haber alcanzado el mismo cielo por ella?

Estaba en una intensa lucha en contra de la desolación. El reloj continuaba avanzando pues el tiempo es lo único que no se detiene midiendo en esta ocasión, parámetros de orgullo contra humildad. Jamás había vivido una realidad tan palpable como los días en que había compartido con su esposa, la bella mujer que se había entregado a él; ¿Cómo los celos y el orgullo pueden ser tan fuertes que tienen capacidad de enemistar a personas cuyos corazones se aman? El joven Brown no podía aceptar que hubiese vivido una mentira; él sabía cuán verídicos habían sido los momentos y las experiencias compartidas. Sabía que era una verdad que le pertenecía totalmente; esa sola idea de "propiedad" alentó tenazmente el ánimo del esposo. Necesitaba ahora luchar contra su orgullo antes de que fuera demasiado tarde. Solo ella, su esposa, podía rescatarlo de ese sentimiento. Perderla era como perderse a sí mismo. Como si todo su ser se drenara imparable. Ella era su mundo, su cimiento, su vida misma.

Por su parte, Candy se había detenido a contemplar por unos momentos la enorme mansión en la que había albergado sus más grandes ilusiones. En la que se había convertido en mujer en los brazos del hombre que amaba. Sus amigos y su madre la dejaron sola para permitirle despedirse de sus memorias. Se adelantaron a los pasos de la joven, quien permanecía en un trance. ¡No podía! ¡No lo deseaba! Ahí dentro estaba abandonado lo que más valor tenía en su vida y se sentía miserable por semejante pérdida. Justo cuando Anthony salía al balcón para contemplar la partida de su esposa, notó que ella se giraba para empezar su éxodo. Los lentos pasos de Candy impedían que los huéspedes abandonaran la propiedad de los Andrew. La chica sentía que sus pies pesaban, que su corazón se destrozaba lentamente dejando sus pedazos regados por el largo sendero que conducía no solo hacia el portal, sino a su absoluta soledad. A una vida sin él: Sin Anthony. Le dolía aceptar su nueva realidad. Su debilidad estaba cobrando un costo demasiado alto para saldar.

Caminaba cabizbaja guardando muy bien en su memoria el momento que vivía. Obviamente era uno de los más difíciles y crueles que había experimentado. El resto de sus acompañantes estaban casi en el portal principal mientras que ella había avanzado apenas unos pasos de la mansión.

Desde la ventana de su alcoba Anthony ni siquiera parpadeaba al mirar a su esposa. Experimentaba las mismas sensaciones que la joven quien, aunque rodeada de una escolta de seres que la amaban, se sentía como si estuviese en un abismo que la recibía para devorarla. Le dolía al máximo esa caída libre. Se lanzaba al vacío sin paracaídas y se sentía aterrada. Temía que después del amor de Anthony, ya no habría nada en su vida.

La joven percibió un calor bastante familiar para ella. Su corazón latió más a prisa, sus mejillas se sonrojaron y la piel de su nuca empezó a arder. Ese delicioso calor se propagó con suavidad al principio y después con intensidad hacia cada rincón de su cuerpo de tal forma que no hubo un solo poro de su piel que no se erizara. Ella sabía de dónde provenía ese sentimiento; era parte de ella ya, se había metido hasta la médula de sus huesos y era ya indispensable en su vida. Anthony Brown era parte de ella misma irremediablemente.

-¡Vuelve! ¡Ven! -, el sonido no logró emitirse de la garganta del heredero. Simplemente sus labios se movieron ligeramente repitiendo una y otra vez las mismas palabras. El muchacho era preso de un enorme nudo en su garganta que le impedía gritarle a la mujer que amaba lo que su corazón y su mente expresaban desesperados. Lo único que logró hacer fue que su corazón hablara, pero no sus labios.

-¡Vuelve! ¡Ven! -, Candy se detuvo suavemente. Continuaba experimentado ese calor en su cuerpo que ardía con más fuerza en su pecho cada vez. La delicada, suave, varonil y triste voz de su esposo la llamaba cada vez con mayor insistencia. Ella podía escuchar esa voz como si le estuviese hablando al oído. Giró para mirar directamente hacia dónde provenía el calor que la invadía. Reconoció de inmediato la silueta de Anthony que, sin duda alguna, la miraba fijamente. Era imposible no ver sus ojos a la distancia en que se encontraban, ambos sintieron la urgente necesidad de ser uno. Se rindió a los sentimientos que su esposo provocaba dentro de ella. La joven no pudo continuar su andar; se quedó petrificada como deseando inundar su alma de la presencia de Anthony, aunque estuviera lejos de ella. La verdad es que ya lo extrañaba.

Anthony, estaba manteniendo una terrible gesta para elegir entre su felicidad o la de la mujer que amaba-. Pero ni siquiera la he dejado hablar -, pensó al recordar la breve porfía sostenida por ellos apenas unos minutos atrás-. Sintió que las fuerzas de sus piernas le fallaban, y se aferró al marco del enorme ventanal. Jamás la desolación se había apoderado de un hombre con tanta fuerza como lo hacía en esta ocasión en el alma de Anthony. Sus manos estaban vacías mientras anhelaban posarse en la cintura de su mujer, sus ojos estaban tristes ambicionando llenarse de la luz de las esmeraldas que tantas veces le habían dicho que lo amaban, sus labios estaban secos exigiendo beber de la rosa boca que lo podía llevar al paraíso. Sin embargo, había mucha distancia entre ellos, no solo de sus cuerpos, sus corazones podían percibir cuán lejos estaban, incrementando la añoranza mutua.

Candy estaba contemplando en éxtasis la casi derrotada figura de su esposo. Sus miradas estaban sumidas una en la otra, ambos lo sabían. Ella hacía un esfuerzo sobre humano por no derrumbarse y evitar que las lágrimas la traicionaran; sin embargo, su mirada triste se mezclaba con la temerosa mirada de Anthony.

En una total sintonía; la pareja emprendió una complicada jornada. Candy dio media vuelta para emprender su camino nuevamente. Sus pasos eran lentos e inseguros; sentía la incertidumbre de su situación actual y los motivos que la habían ocasionado eran algo que pesaba para la rubia. Sin atreverse a correr Candy reanudó su viaje. Pero su esposo no pudo soportar ser testigo de su partida y abandonó el balcón antes de que las fuerzas lo abandonaran.

La chica ya casi no podía con su dolor, sus pensamientos la llevaban a los hechos compartidos diariamente con su compañero, a las tardes de pasión en su jardín, las noches de entrega en su alcoba, la mañana en que se juraron permanecer unidos… definitivamente su dolor era algo casi imposible de soportar. Se había sumergido en un mundo que había creado con su compañero, con quien pensó, compartiría su vida. No podía escuchar absolutamente nada de los ruidos a su alrededor, no podía sentir el calor del sol sobre su rostro, no percibía cuán hermosa se veía con su cabello moviéndose al viento bañado de los haces que generosamente Huitzolopochtli dejaba reposar sobre ella.

-"Escucha pequeña: Si crees que puedes besarme y salir huyendo me temo que tengo que sacarte del error" –. Inesperadamente Anthony había alcanzado a su esposa y citaba textualmente cada palabra que le había dirigido después de aquél sorpresivo primer beso en el lago y nuevamente le hablaba al oído rodeando con firme ternura la cintura de Candy atrayéndola posesivamente hacia él-. Y aún más: Si crees que puedes entregarte a mí… ser mi mujer… llevarme al cielo… y luego dejarme caer; también tendré que sacarte del error-. Le hablaba al oído pero no con la seducción de entonces; en esta ocasión su voz sonaba desesperada, entrecortada, vibrante y trémula. Nuevamente, como meses atrás, mientras le hablaba estaba mordisqueando suavemente el lóbulo de la oreja ocasionando, para su beneplácito, que la poca resistencia que pudiese haber encontrado cayera casi de súbito pues las fuerzas que sostenían a la chica la abandonaron; como consecuencia, el peso total de la joven recayó sobre el fuerte pecho de Anthony quien la sostenía como si quisiera fundir ambos cuerpos, de ser posible. Sentir la agitación de la mujer en sus brazos, la forma en que ella confiaba en su soporte, el erótico llamado de sus cuerpos que se correspondieron en la perfecta forma y medida, logró que Anthony se sintiera más seguro-. Lo siento mi amor, en verdad lo intenté: Quise dejarte ir para que seas feliz, pero no puedo. No me abandones mi amor, te lo suplico-. La respiración de la pareja se aceleró acompasada por sus pulsaciones. Ambos corazones se sincronizaron latiendo juntamente y sus cuerpos reaccionaron a su contacto con deseo y paz: Sabían que estaban completos, al menos, por el momento. El heredero la giró para mirarla de frente-: Quédate a mi lado.

En ese momento Archie estacionó el auto justo al lado de sus primos tal como Anthony se lo había pedido unos segundos atrás, antes de poner un pie fuera de la mansión en su frenética carrera por detener a la mujer que amaba. En los ojos de Archivald se notaba la compenetración con el dolor de la pareja. Dejó las llaves puestas y se alejó sin emitir palabra alguna.

-Anthony yo… -el joven tuvo miedo. No esperó por la respuesta de su esposa. De la misma forma que después de su primer beso; Anthony la levantó en sus brazos, sentía que la perdería pero no lo permitiría. Con rápidos movimientos la introdujo en su auto y sin dar explicación alguna sacó a su mujer de los límites de la mansión pisando el acelerador hasta el fondo como un último recurso ante la mirada atónita de todos los que presenciaron la escena.

La alejaría de inmediato, se la llevaría lejos, era su esposa… Sí: Ella era suya-. No puedo permitir que la historia se repita. No puedo pasar por lo mismo nuevamente. Me moriría-. Pensó la rubia. Su rostro estaba un poco descompuesto por la angustia; tenía que intentarlo una vez más. Esta vez, si era necesario, lo obligaría a escucharla. Ella tenía que decir lo que sentía de una u otra manera.

Si el joven esposo hubiese podido leer lo que había en el corazón de la mujer que viajaba a su lado habría dejado de apretar el volante de su auto. Llevaba su vista fija en el camino frente a él; de alguna forma la presencia de ella a su lado lo tranquilizaba pero seguía sin atreverse a preguntar. Le había abierto su corazón, la había sentido temblar en sus brazos nuevamente; sin embargo aún sentía el temor de descubrir que sus conclusiones fuesen verídicas y que no hubiese más lugar para él en la vida de la mujer que idolatraba.

-¿A dónde vamos Anthony?-, había curiosidad y cierto entusiasmo en la voz de Candy.

-A donde debí haberte llevado desde que te hice mi esposa-. El muchacho adivinó las interrogantes de su compañera, así que continuó-: Vamos a casa.

-¡Pe…pe… pero Anthony!-, Candy estaba sorprendida por la decisión que había tomado el joven. Se suponía que estaban guardando las apariencias y eso fue lo que le transmitió con su mirada.

-¡No me importa Candy! -. Su voz sonó firme y en sus ojos se asomó su rebelde carácter. Estaba cansado de guardar el secreto. Anthony estaba en realidad resuelto a llevarla consigo. Sentía que era su responsabilidad salvaguardar la estabilidad de su matrimonio-. ¡No me importa nada!-, Anthony detuvo por un momento el motor del auto y la miró invitándola a confiar en él. A permitirle protegerla-. ¡Solo me importas tú! Eres mi mujer y necesitamos estar solos así que he decidido alejarnos de todos. Solo por esta vez, déjate llevar por mí; hablaremos en casa.

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Ojos que nunca me veis,
por recelo o por decoro,
ojos de esmeralda y oro,
fuerza es que me contempléis;
quiero que me consoléis
hermosos ojos que adoro;
¡
Estoy triste y os imploro
puesta en tierra la rodilla!
¡Piedad para el que se humilla,
ojos de esmeralda y oro!

Ojos en que reverbera
la estrella crepuscular,
ojos verdes como el mar,
como el mar por la ribera,
ojos de lumbre hechicera
que ignoráis lo que es llorar,
¡Glorificad mi penar!
¡No me desoléis así!
¡Tened compasión de mí
Ojos verdes como el mar!

Ojos cuyo amor anhelo
porque alegran cuanto alcanza,
ojos color de esperanza,
con lejanías de cielo:
ojos que a través del velo
radian bienaventuranza,
mi alma a vosotros se lanza
en alas de la embriaguez,
miradme una solo vez,
ojos color de esperanza.

Cese ya vuestro desvío,
ojos que me dais congojas;
ojos con aspecto de hojas
empapadas de rocío.
Húmedo esplendor de río
que por esquivo me enojas.
Luz que la del sol sonrojas
y cuyos toques son besos,
derrámate en mí por esos
ojos con aspecto de hojas.

(Ojos Verdes, Salvador Díaz Mirón)

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La pareja no volvió emitir una sola palabra. Ella estaba preocupada por la actitud de Anthony y él estaba sumido en sus meditaciones, haciendo una y mil estrategias para convencerla de quedarse con él. Sin embargo, fuertes dudas lo asaltaban y era necesario eliminarlas.

Tras una hora de camino, Anthony detuvo el auto frente al Portal de las Rosas. Para su sorpresa estaba abierto; sin embargo no se atrevió a entrar, quería dejar afuera cualquier sentimiento negativo. Candice había deseado durante todo el camino un contacto con el cuerpo de Anthony, aunque fuese solo un leve roce.

-¡Es tan guapo! ¡Y me ha dicho que no quiere que me vaya de su lado! -. Sus románticos pensamientos eran ocultados tras el gracioso sombrero que cubría su sonrojo con tan solo la inclinación de su cabeza.

-La deseo tanto. Es mi vida entera-. Anthony había preferido concentrarse en manejar el vehículo para llegar a su destino con seguridad aunque la joven a su lado estuviese despertando sus más íntimos anhelos masculinos.

El heredero suspiró profundo buscando dentro de sí la fuerza que necesitaba para luchar por regresar a su hogar. Miró hacia su hermosa compañera ¡Cuánto deseaba arrebatarle el vestido y tomarla ahí mismo! Con tranquilidad fingida abrió la puerta de su auto para ayudar a salir a Candice. Ella se sorprendió de que el joven no llevara el vehículo hasta la mansión. Lo vio rodear el auto hasta acercarse a ella.

La figura erguida del muchacho la extasiaba totalmente. Sus ojos, sus brazos, su porte, su andar… todo era un manjar suculento delante de ella. Por fin Anthony abrió la puerta del copiloto y extendió la mano con caballerosidad. Se esforzaba por permanecer cauto pero era casi imposible. Cuando ella le extendió su mano, Anthony sintió un soplo de vida invadiéndolo cálidamente. Sin liberarla, entrelazó los dedos de sus manos y la llevó con paso lento hacia el mismo pilar donde para él había comenzado todo.

Se sentó nuevamente en él. Ahora era mucho más alto que cuatro años atrás y sus pies alcanzaban firmemente el suelo. Abrió sus piernas y atrajo hacia él a la muchacha que empezaba a comprender cuán importante era ese pilar en sus vidas. Anthony abrazó a Candy con firmeza; no había espacio entre ellos, sus caderas estaban en un contacto íntimo y atrevido. El joven no decía nada, no sabía por dónde empezar, no sabía qué decir, la miraba con un amor deseoso de ser correspondido. Con dulzura, levantó el mentón de Candy para buscar sus ojos. Los anaranjados y azulados colores en el cielo daban un resplandor bastante romántico durante el ocaso. No había nadie cerca de ellos, solo estaba un aire que les gritaba que se pertenecían. Como solía hacerlo, Anthony golpeó ligeramente con su puño el mentón de Candy logrando como respuesta una tímida sonrisa de la chica. El muchacho reflejaba cierto temor en su rostro; sin embargo sabía que era mejor arriesgarse a escuchar lo que tanto miedo tenía. El corazón de Anthony dio un brinco al descubrir que el rostro de su hermosa mujer se acercaba delicadamente hacia él; sin embargo, aunque se moría por besar los labios que se ofrecían, prefería esperar el momento adecuado, cuando todo estuviera claro entre ellos. Candy estaba confundida: Las fuertes manos del joven la atraían hacia él pero no tomaba la casi súplica por un beso. Para el joven no era sencillo pasar por alto lo que había ocurrido; pero el hecho de que ella estuviese con él, lejos de todos, era algo que agradecía.

Después de unos segundos sus rostros estaban más cerca todavía. Sin embargo, ninguno se atrevió a cerrar por completo la distancia. Había algunos pocos centímetros entre ellos. Sus miradas tristes y a la vez contritas mostraban su mutuo arrepentimiento y cuán abatidos se sentían. Anthony se arrepentía de no haberla escuchado y ella de haberlo lastimado, de haberle faltado a su relación. Aunque sus miradas estaban tristes, había fuego en los ojos de ambos.

-¿Crees que podamos hablar?-. Preguntó el joven sin abandonar su pose, que pese a su tribulación se mantenía gallarda.

-¿Crees que pueda decirte algo capaz de hacerte a olvidar y perdonar?-. La chica quería que la ayudara a sentirse más cómoda.

-Candy: No voy a engañarte-. La voz del muchacho sonaba con un enorme esfuerzo por mantenerse modulada-. Quisiera no tocar el tema y llevarte a la cama, hacerte mía -, se atrevió a confesar hablándole al oído mientras acariciaba sus brazos con deseo; esa caricia logró erizar la piel de la rubia-. Estoy enojado, molesto, indignado y por el momento solo espero escuchar algo que me dé una razón para que hablemos. Porque sí… lo sabes: Tenemos que hablar y hay algo que puede ayudarme a olvidar y perdonar, como tú lo has expresado-. Anthony no cesaba de hablar al oído de ella con su cabeza hundida en su cuello, moviendo sus manos lentamente de un lado a otro: Por sus costados abriendo al máximo sus palmas para abarcar la mayor área posible, por su pelo para enredarlas casi desesperadamente en los bucles, por su cadera de una manera candente y delicada-. Sé que fui muy rudo cuando me lo pediste, pero mi cabeza y mi corazón se están contradiciendo. Allá en Chicago, quise ser yo quien te levantara cuando caíste de rodillas-, un rápido movimiento de su rostro puso las miradas de ambos una frente a la otra-, pero tu amigo se adelantó y eso lo único que logró fue que mis celos se incrementaran-. Le reveló. Un brillo de celos apareció en los ojos que le había robado al cielo y por un momento los músculos de su rostro se tensaron. El chico se esforzaba por ser sincero sin volver a lastimarla: Por explicarle en dónde estaba su herida, para que ella le ayudara a sanar-. Por favor Candy, te lo suplico ahora… dame una razón, solo una razón para escucharte-. Le solicitó casi desesperado adueñándose de su rostro para que no se perdiera su contacto visual. Más que nunca requería de la luz que la otorgaban-. Sé que puede interpretarse como orgullo, y bueno, sí… pero quiero, con todo mi corazón… quiero escucharte y luchar contra este horrible sentimiento de traición y celos. Ayúdame Candy-, los ojos del muchacho se perdían en las maravillosas esmeraldas que lo analizaban curiosas. Su voz había sido modulada totalmente por sus sentimientos.

-¿Solo una razón?-, preguntó Candy con un hilo de voz. Lentamente la chica sentía que la vida volvía hacia ella. Las manos de su esposo prodigando las atrevidas caricias y sus ojos la envolvieron en esa magia que habían creado solo para ellos.

Anthony ya no pudo contestarle con palabras. Su mirada prácticamente suplicaba por una razón para salvar lo que era su mayor tesoro. Por descubrir de una vez por todas si ella tenía las mismas intenciones y si esa razón era la que él deseaba escuchar… mucho mejor. Una suave brisa irrumpió juguetona entre la pareja; los dedos del viento se colaron en los espirales del cabello de Candy y mecieron suavemente el rubio cabello de Anthony. Era una brisa fresca, renovadora, revitalizante… Nuevamente Venus iniciaba su viaje en la bóveda celeste; al parecer se había convertido ya en cómplice de la pareja.

-Te amo -, le respondió su esposa al momento que llevaba una de sus manos para acariciar el rostro de Anthony con ternura infinita. No es tan difícil decir lo que sientes-. Esa, creo, que es una buena razón-, agregó mientras quitaba del rostro amado un mechón fuera de lugar pero Anthony alcanzó la mano de la muchacha para conservarla cerca de sí, justo sobre su mejilla. El fuego que su contacto encendía en su cuerpo era chispeante-. Pero tengo otra razón Anthony Brown que te obliga a escucharme-, ahora fue la rubia quien acunó el rostro de Anthony entre sus manos. Sus ojos tristes la conmovían y la hacían sentir realmente mal, culpable, tonta. Lentamente la joven cobró fuerza para reclamar su lugar en el corazón del hombre frente a ella. Candy simplemente agregó-: Soy tu esposa, esa es otra buena razón para que me escuches-. Y, sin decir más. La joven atrajo el rostro de Anthony hacia ella, pero no para besarlo, unió sus frentes. Ella miraba hacia el suelo logrando respirar el aliento de su esposo-. Soy tu esposa y me precio de serlo-. Confesó con emoción. Tenía su mano derecha aprisionando la cabeza de su esposo y la mano izquierda jugueteando sobre su pecho. Se entregó al sentimiento de las caricias de Anthony sobre su espalda y su cadera.

El muchacho entonces no pudo resistirlo más. Terminó por eliminar toda distancia con la mujer de su vida y la estrechó en sus brazos muy ceñida hacia él. ¡Se sentía tan bien tenerla así! ¡Ella era suya! Candy correspondió al abrazo de Anthony con la misma desesperación que él depositaba en el contacto. Lloraron sin poder evitarlo y se abrazaron víctimas de sus emociones.

-Te extraño amor -, las palabras de Anthony estaban llenas de sinceridad. Apenas y había logrado terminar el enunciado -, ¡Cielos! Tuve tanto miedo de pasar por lo mismo-. Anthony no separó su nariz de la de ella y pasó así algunos segundos para controlarse y permitir que las lágrimas que recorrían sus mejillas lavaran su miseria. Después, ya más dueño de sí mismo, agregó-: Desde que te vi en este mismo sitio supe que serías para mí. No dejé de pensarte en todo el tiempo que estuvimos separados. No podría dejarte ir, no podría-. Anthony paseó delicadamente su mano por las mejillas de Candy para limpiar las lágrimas de la chica sin apartar sus rostros. Mientras que con su otra mano mantenía el firme contacto que le permitía sentir el loco palpitar del corazón de su mujer.

-Yo también te he extrañado mi amor -, la rubia presionó suavemente su cuerpo con el de Anthony. Hasta el momento Anthony solo mantenía el firme contacto con la cintura de la joven, sin embargo, Candy acercó su pecho al del heredero, logrando que la tibieza de sus senos enviara dulces y apasionadas emociones-. Quiero arriesgarme por ti, por lo nuestro. Volvería a hacerlo una y otra vez-. Le dijo rodeando el cuello del hombre frente a ella con sus brazos. El hielo se derretía cada vez con más premura.

-Me has atrapado mi vida. Te he dado mi corazón, por favor, cuídalo-, el muchacho le hablaba de tal forma que solo ella podría escuchar mientras recorría el lloroso rostro suavemente con sus labios, sin que un solo centímetro escapara de su humedad-. Me volvería loco si te perdiera-. Los labios del hombre se llenaron de la presencia de su amada-. No sé que me diste. No comprendo cuáles fueron los hechizos que me llevaron directo a tus redes ¿El dulce mirar en tus ojos?-. Anthony recogió con sus labios las últimas lágrimas que aún eran contenidas en las ventanas de Candy-. Tus delicadas mejillas-, su voz se estaba excitando con los gemidos placenteros que su esposa emitía. Candy escuchaba perfectamente el sensual tono aunque el volumen del joven era casi imperceptible-, o quizás fue la forma en que me miraste la primera vez que nos encontramos. Esa mirada que llevo clavada en mi memoria y a la que he recurrido en mis más oscuros momentos ¡Por piedad Candy! ¡Tus múltiples encantos me hacen perder la cordura!

-Tú tienes todas mis ilusiones Anthony -, los ojos cerrados de ambos jóvenes les permitían disfrutar más de las sensaciones de su contacto y del bajo volumen de su voz. Cada poro de su piel estaba erizado, sus cuerpos se habían añorado avasallantemente.

Ella escondió su rostro en el pecho extrañado las últimas noches en su alcoba embriagándose con la colonia varonil que cosquilleaba dulcemente su nariz y él aspiró el perfume que tanto amaba. Con caricias posesivas paseó sus manos nuevamente entre los rizos que adoraba y hundió nuevamente su cara en el cuello de la chica; para permanecer así por algún tiempo que les pareció un parpadeo, cuando en realidad habían sido unos minutos. Hasta el momento Anthony no se había atrevido a besar los labios que lo enloquecían; sin embargo ellos eran la chispa que encenderían las brasas que deseaban a arder en ambos corazones; escapar de la prisión a la que habían sido condenados por un tiempo comparado a la eternidad.

Lentamente sus labios se buscaron para fundirse en un dulce beso. Anthony amaba los momentos en que ella temblaba reaccionando a sus frenéticos intercambios. Absorbió de esa boca la vida misma; pues ese beso le dio el motivo para empezar a profundizar el encuentro. El deseo se hizo presente, yendo y viniendo de uno a otro, envolviendo a la pareja en un delicioso vuelo directo a la imaginación de sus más atrevidos sueños tornados en realidad. Directo al erotismo puro. El contacto de los labios creció enriquecido prácticamente del aire que se filtraba atrevido hasta su más íntimo rincón.

-¿Te has dado cuenta que cada vez que hemos hecho el amor ha sido en tu alcoba? -. Las palabras de Anthony llevaban una invitación que la joven esperaba desde que se entregó a él. Estaba a punto de contestar pero los labios de Anthony no se lo permitían: Tenía su lengua jugando atrevidamente dentro de la boca de su mujer. Estaba muy ocupado succionando el amor que ella le ofrecía-. Me pregunto si tienes idea del deseo que tengo de conducirte a mi mundo. A mi habitación-. Le dijo liberando sus labios para besar el cuello blanco y delicioso que lo llamaba para ser atendido también. Anthony se dispuso a devorarlo uniendo sus labios a la piel blanca de la joven. El empeño e insistencia de sus besos mostraron cuán grande encarecimiento el joven desprendía por la belleza de su esposa.

-Sí amor -, apenas pudo mencionar pues el heredero delicadamente besó el lóbulo de su oreja; solo un poco, ya que lo que en realidad deseaba era mordisquearlo. La respiración de ella se aceleró y la piel de su espalda se erizó emocionada; reconociendo el erótico preludio de una posible entrega -, sé que siempre has sido tú quien se ha escabullido dentro de mi cama.

-Eso no es justo-, Anthony continuó paseado sus labios entre la oreja de la joven y su hombro izquierdo, lamiendo con dulzura cada centímetro. Colocando sus manos peligrosamente justo en los glúteos de su esposa para acercarla aún más. Adoraba tomarla por sorpresa. Y le excitaba muchísimo que estuvieran allí… justo a la entrada de la Mansión de las Rosas, arriesgándose a ser descubiertos.

-¿No es justo? -, ella por su parte, además de disfrutar el tremendo deseo que despertaba dentro de sí por las palabras y caricias de Anthony presionó sus dedos en los fuertes brazos que la sostenían. Su voz empezaba a delatar la agitación dentro de ella.

-Por supuesto que no-, aseguró apasionado sin dejar de complacer a su mujer-. ¿Tienes idea de la cantidad de veces que te he soñado en mi cama desde que mi cuerpo empezó a cambiar? –preguntó atrevidamente.

-¡Anthony!... -, la chica se ruborizó ligeramente. Ese gesto logró que su esposo sonriera aún más seductor y atrapara nuevamente sus labios para que ella no se atreviera a desviar lo que él deseaba confesarle. Su lengua se complacía con la forma en que la lengua femenina le correspondía en un delicioso intercambio.

-¿Qué pasa mi amor?-, interrumpió el beso-. ¿Lo sabes? ¿Sabes la cantidad de veces que te he pensado en mi cama colmándote de caricias… -, Anthony llevó sus manos delicadamente por la espalda de la chica-, …haciendo de la humedad de mis besos una segunda piel para tu cuerpo?-, esa voz seductora enloquecía a la chica que desesperadamente buscaba esa boca que la llenaba de frases eróticas incrementando su respiración. Sin embargo, la joven estaba comprendiendo el juego de introducción a la entrega. Trataba de controlarse para disfrutar de las íntimas confesiones del joven-.

-Anthony…-, susurró la chica cerrando sus ojos escuchando complacida. Sin atreverse a hablar más.

-Te he hecho mía desde siempre. Te he tenido jugueteando entre mis sábanas -, confesó en su oído nuevamente mordisqueándolo atreviéndose a posar una de sus manos en uno de sus senos envolviéndolo completamente. Sí, estaba tal como había adivinado: Firme, dispuesto, con su pezón erecto, podía percibirlo a través de la tela.

-No es cierto. Lo dices solo por seducirme-, sonrió coqueta gimiendo entre palabras por la caricia de Anthony en su seno, que ahora masajeaba delicadamente. Mientras en su cuello sentía los varoniles y hambrientos labios recorriéndola. Se acercó más a él introduciendo sus dedos en el cabello rubio del muchacho.

-No-. Siempre con voz a bajo volumen-. Muchas veces he anhelado contemplar tu nívea piel contrastando con la oscuridad de mis sábanas-. El atrevimiento del chico se incrementó al abandonar el seno de Candy y levantar sus piernas para rodear con ellas su masculino cuerpo que seguía cómodamente sentado en el pilar del portal.

Para entonces la noche los había encontrado. Los tonos vespertinos se habían tornado en un delicado violeta. La luna era nueva y la oscuridad deliciosamente envolvente. A lo lejos, en la mansión, estaba encendida solamente la luz del pórtico.

Entonces buscó sus labios nuevamente con un enorme, apasionado y candente beso que se extendió por varios segundos sin interrupción. El nocturno manto los resguardaba. El beso subió de intensidad, al igual que los atrevimientos de Anthony; de tal forma que el joven esposo con audacia recogió la falda del vestido de su esposa para pasear sus manos por los muslos y los glúteos de la chica.

Con mayor ímpetu la joven se sostuvo de los fuertes hombros del muchacho gimiendo, llenando los oídos de su compañero con la urgente necesidad de estar más cerca de él. Las manos más audaces ahora de Anthony acariciaron totalmente las piernas descubiertas. Sus caricias eran tan atrevidas como dulces. Sentía también la necesidad de ella.

-Aún no he realizado el sueño de verte despertar -, su voz ahora sonaba como una propuesta -, siempre he abandonado tu recámara como un ladrón-. El chico se excitaba aún más por la íntima posición que conservaban-. Quiero verte despertar en mis brazos para amarte nuevamente mientras despunta el alba.

El deseo y la pasión se apoderaron de la pareja. Con ágiles manos, Candy liberó cada botón de la camisa de Anthony hasta darse el placer anhelado de acariciar el firme pecho y el abdomen del muchacho. Sus manos danzaban delicadamente sobre los pectorales bien formados; sus ojos se maravillaron de la vista delante de ella mientras que él, víctima de sus deseos, apretaba con sus manos sus glúteos atrayéndola hacia su virilidad deliciosamente erecta. Candy se sintió complacida por esas reacciones y estimuló a Anthony con besos ardientes en su pecho.

-No puedo controlar mis instintos -, confesó sosteniéndola con una de sus manos firmemente hacia él para liberar la otra y continuar masajeando suavemente uno de sus senos-, no sé hasta dónde pueda contenerme -, su ronca voz, sus ojos oscurecidos ardiendo por el deseo y después, nuevamente el contacto de sus labios estaban conduciendo a la pareja a una sincronía maravillosa de sus corazones.

Con su mano libre Anthony atrajo la espalda de ella eliminado definitivamente cualquier distancia. Se habían olvidado del lugar en el que estaban, al suave perfume de las rosas los inundaba, Venus continuaba su curso en la bóveda celeste más arriba en el cenit, era la única luz que apenas se percibía en el oscuro cielo de esa noche; solo las pequeñas luces de las luciérnagas en su baile y cortejo alumbraban el romance.

-Yo tampoco puedo controlarlo ya-, la respiración apresurada de Candy encendió el fuego del joven. Ella se aferraba a él sintiendo la masculinidad de Anthony en su entrepierna-, no puedo describirte lo que siento cuando estoy contigo-. Correspondía con la misma intensidad a las caricias y besos recibidos. Besaba a Anthony en su cuello, mordisqueaba su oreja, acariciaba su pecho desnudo desarrollando delicados cosquilleos en su esposo. Su intimidad estaba deliciosamente húmeda llevándola a exigir con sus caricias ser correspondida para saciar lo que su cuerpo necesitaba.

Él simplemente se dejó llevar por sus instintos y, amparado por la profundidad de la noche, por ese azul infinito falto de estrellas hasta donde no percibe nuestra vista, el joven colocó a su esposa justo sobre la erección de su pene para embestirla suavemente. Los gemidos de la joven excitaron aún más a Anthony incrementado sus embates ayudado por el candente movimiento de la cadera de Candy sostenida virilmente por las manos de quien la amaba, esa noche… lógicamente el esposo se convertía en amante vaciando su alma en ese encuentro. Los murmullos de la noche fue el acompañamiento perfecto, la música de los árboles meciéndose suavemente, el cantar de los grillos y aún el croar de alguna rana con su sonido grave, ambientaron a los amantes que gemían placenteros por el reencuentro deseado. Por sentirse mutuamente, por ser uno. La humedad inundó a la chica íntimamente y las palpitaciones femeninas aparecieron esperando la gloria, aumentando el placer.

-Anthony-, lo urgió la joven.

-Candy-, el muchacho aceptó el reto de dar placer. Ciñó completamente el cuerpo de Candy hacia él, sus pechos estaban unidos, la sostuvo de su espalda mientras continuaba embistiéndola. Ella curvó su espalda invitándolo a continuar.

-Anthony, Anthony…

-Sí Candy. No sabes cuánto me gusta escuchar que me llamas-, le recordó-, pero sobre todo, no sabes cuánto lo necesito-, confesó -, llámame mi amor: Repite mi nombre -, susurró al tiempo que identificaba que no habría regreso.

-Anthony, Anthony… ¡Anthony! -, exclamó placenteramente.

-Candy, te amo -, entregó la vida en cada palabra mencionada excitadamente; la atrajo con más fuerza contemplando complacido cómo ella disfrutaba. Liberando su deseo y su amor por ella-. ¡Te amo!

-Te amo-, su voz de cortó de súbito-, ¡Te amo Anthony!

Los dos llegaron al cielo. Al climax. Finalmente ella escondió su cabeza en uno de los hombros de él mientras Anthony continuaba sujetándola y atrayéndola posesivamente hacia su pecho, acariciando su espalda delicadamente con movimientos lentos. Sus corazones se habían sincronizado nuevamente. Estaban latiendo como si fueran uno y se tranquilizaban juntamente.

Y fue hasta que Anthony escuchó los gemidos placenteros de Candy perdiéndose entre la música nocturna que, reconoció el lugar y trató de hacer volver la cordura entre ellos. Lo enloquecía la erótica imagen del movimiento de vaivén de los senos de Candy y en esta ocasión, ese movimiento era lo último que necesitaba para tranquilizarse, sin embargo era imposible que la chica controlara la respiración de un momento a otro. Anthony se esforzó por no mirar, pero… ¡Por Dios! Su propio pecho semidesnudo recibiendo el movimiento de esos senos cuyo sabor deseaba, hacía más complicada la tarea. Finalmente, faltos de respiración, Anthony liberó a su esposa y ella abrochó nuevamente la camisa del joven. Se sonrieron de esa forma que habían desarrollado, con picardía y con amor. Se sintieron nuevamente como el par de chiquillos que habían hecho una travesura. Anthony la ayudó a incorporarse y la abrazó. No deseaba liberarla nunca más. Sus brazos eran su hogar y ella también lo sabía. Anthony la condujo de la mano y abrió la puerta de su auto para ayudar a subir a su esposa. Todavía, antes de que ella se introdujera, el joven la giró para besarla nuevamente apasionado. La chica no quiso detenerlo y se entregó a la caricia. Pero el muchacho tenía otros planes en mente.

-Es hora de entrar a casa-, la invitó sonriendo ilusionado. Era cierto: Era la primera vez que entraban a la Mansión de las Rosas como los señores de la casa. Ella comprendió la idea y sonrió nerviosa.

-¡Vamos! Lo harás bien. No tengas miedo-. El chico comprendió que su esposa no se sentía del todo confiada con su papel como dama de sociedad-. Yo estaré contigo. No permitiré que te equivoques, te ayudaré. Ven.

Finalmente entraron al auto. Sin embargo, había algo que impidió al joven esposo encender el auto.

Anthony sabía que no había preguntado lo que más le atormentaba. Así que finalmente se decidió-: Todo lo que quiero saber ahora es ¿Cuándo sucedió?-. Era complicada tal interrogante pero el muchacho necesitaba saber la respuesta porque sus dudas lo estaban consumiendo.

-Poco antes de que mi padre me encontrara-, la voz de la joven sonó avergonzada. Inclinó su cabeza incapaz de sostener la mirada del hombre que estaba a su lado mientras que un arrollador color rojo cubría sus mejillas.

De inmediato la ágil mente de Anthony Brown recreó el entorno completo de la situación: Poco después del secuestro, la novedad del reencuentro, la segura depresión post trauma. No la justificó, pero se esforzó porque la visión total lo ayudara. Por lo menos ahora tenía la seguridad de que había sido antes de hacerla su esposa. Sus celos y ego herido disminuyeron un poco: Verla cabizbaja, abochornada, arrepentida, despertó en Anthony el deseo de abrazarla. Soltó el volante y con su mano derecha alcanzó el rostro de Candy para acercarse y besarla dulcemente.

-Ya no hay nada más que quiera saber; ya he escuchado lo suficiente-. Le aseguró con ternura-. Quiero que permanezcamos aquí por el hecho simple de que eres mi esposa y es hora de que tomes el lugar que te corresponde. Esta casa es mía, debemos empezar a vivir como lo que somos; de otra forma, no puedo protegerte-. Anthony notó que sus explicaciones no eran muy claras. Con cierta reserva encendió el motor-: Entremos ya.

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Al llegar al pórtico de la mansión la joven estaba nerviosa todavía. Apenas su corazón se tranquilizaba de la carrera explosiva que sus deseos y pasiones habían desencadenado en ese lugar que ya era un santuario en su vida. Habían estado donde su historia había iniciado y habían arrojado fuera de sus vidas el lóbrego vacío en el que se hundieron.

Sus ojos revelaron la evocación del momento compartido. Anthony la atrajo nuevamente hacia él para besarla fugazmente. Sonrió satisfecho ante la vida que se alzaba prometedora delante de ellos. Buscó en los bolsillos de su pantalón la llave que abriría una vida nueva amalgamando la existencia de ambos enamorados. Ya no habría más soledad helada para ellos.

Tomó a su esposa de la mano para maniobrar en la cerradura.

-La tradición ante todo-, jugó el chico y levantó en brazos a su esposa.

-¡Anthony!-, ella se sumergió en la altiva figura de su esposo. Su perfecto perfil era un imán para los ojos femeninos. Anthony Brown: Esbelto, alto, gallardo, airoso, atlético.

-Dejemos todo atrás mi amor-. Sugirió-. Quiero pensar que hemos estado siempre juntos, que nunca nos separamos.

Candy se acunó en el pecho de Anthony permitiéndose fundir su cuerpo, su aliento, su deseo en el de él. Adentro los sorprendió una atmósfera acogedora. Perfume de rosas inundaba el ambiente. Los chicos se impresionaron al descubrir varios arreglos de rosas que al parecer les daban la bienvenida. Sonrieron ante la postal y nuevamente amalgamaron sus labios en un beso. Estaban en su hogar: Uno en brazos del otro.

Tiernamente Anthony depositó a Candy en el piso sin liberarla de sus brazos. Un llamado se anunció en la puerta principal, la pareja se puso nerviosa, no deseaban dar explicaciones. Resignado, Anthony la abrió; una sibilante brisa penetró el recibidor anunciando la posible caída de la temperatura. Tras la brisa, la imponente figura de William Albert Andrew.

-Tío-, el rubio se sorprendió.

-Señor William-, la ceremoniosa voz del mayordomo proveniente de la cocina interrumpió la probable respuesta del magnate-. Lo esperábamos.

-Orson, buenas noches. Solo he venido para informarte algo: Hasta hoy has obedecido mis órdenes, sin embargo, mi sobrino Anthony es el propietario de esta villa. A partir de hoy estarás al servicio de él y Candy, su esposa-, sin más explicaciones Albert abrazó a los muchachos frente a él-. Me alegra que estén juntos. Tuve el presentimiento de que vendrían hacia aquí -, les dijo al oído-. No se preocupen por nada. Los veré en un mes en Chicago.

La pareja se sorprendió de la visita inesperada y breve. Tras un beso a Candy y un abrazo a Anthony, Albert salió de la Mansión de las Rosas. George lo esperaba en el auto. El magnate se sentía mucho más tranquilo de haber comprobado el paradero de la pareja y haber alertado a la servidumbre para que tuvieran todo listo para su llegada.

-Señor, señora-, con una sencilla reverencia el mayordomo indicó-: La cena está lista y la mesa está puesta. Deben estar hambrientos. También la recámara principal está dispuesta. Solo las pertenencias de la señora continúan en su recámara. No habíamos recibido las nuevas. Felicidades-. Había una sincera sonrisa en el mayordomo que apreciaba a la pareja y sus palabras también estaban cargadas de alegría-. ¿Quieren que ahora mismo le pida a una mucama que pase las cosas de la señora a la recámara principal?

La joven se sonrojó. Anthony adoraba esa imagen y se apresuró a responder.

-No te preocupes Orson-, besó la mano de su esposa para tranquilizarla-, mañana estará bien.

Candy y Anthony de inmediato pasaron al comedor esmeradamente presentado. Quizás fue la estimulación de la suculenta cena que imaginó lo que ocasionó una queja en el estómago de la muchacha que se manifestó mediante un gruñido ocasionando un terrible sonrojo.

-Lo siento-, su voz sonaba apenada y divertida. Estaban solos en el comedor pues el mayordomo había ido a la cocina.

-Mi amor lo siento-, el chico soltó la silla que había retirado para ayudarla a sentarse a fin de abrazarla nuevamente y acariciar su pelo-, debí haberme asegurado que comieras algo antes-, adoraba el más mínimo pretexto para sentirla refugiada en su pecho. A regañadientes la liberó para disfrutar de la cena.

La disposición de la mesa era solo el principio. Los platillos presentados fueron en verdad deliciosos, estaban esmeradamente preparados para los señores de la casa. Era extraño para ambos muchachos el papel que empezaban a ejercer. Anthony se sentía nervioso. Sí. ¡El también estaba nervioso! Aunque lo disimulaba muy bien. Mientras cenaban acariciaba el dorso de la mano de su esposa y parecía que no la liberaría nunca. Ella estaba aún como en una nube; esa nueva realidad sobrepasaba sus expectativas de felicidad en la vida. Lentamente la conversación relajó a la pareja. El tiempo pasó sin que lo notaran hablando como siempre lo hacían: De todo un poco; riendo de sus travesuras, sus recuerdos e intercambiando experiencias del tiempo que pasaron alejados. Brindaron con Champagne por su nueva etapa, la misma que por lo menos él, había añorado durante mucho tiempo. Pronto recordó que su esposa no era muy buena con el alcohol aunque fuera en pequeñas cantidades y no deseaba que precisamente esa noche ella perdiera el control de sí misma. Con amor retiró la copa de sus manos. El tiempo de sobremesa estaba a punto de terminar. Acarició la rodilla de Candy enviando mensajes de deseo por ella. El estímulo del joven tuvo el efecto deseado. Hacía tiempo ya que habían despedido al mayordomo y este a su vez, había enviado al resto de la servidumbre a sus habitaciones. La pareja estaba sola en su enorme casa.

Anthony levantó a su esposa de la mesa sorprendiéndole al preguntarle-:

-¿Quieres bailar?-, el joven estaba depositando su mano en la cintura de ella.

-Pero no hay música-, respondió confundida.

-¿No la escuchas? -. Anthony se susurró el oído-: Es lo único que yo escucho cuando estoy contigo.

La joven se estremeció con los besos de él que no se cansaban de su oído y su cuello. Sin embargo, Anthony interrumpió la tarea para hacer bailar a su esposa. Los ojos del muchacho eran fuego puro que se clavaban como dardos en las esmeraldas que los contemplaban. Su alma, su cuerpo… todo estaba encendido en él. No eran necesarias las palabras, sus cuerpos estaban en perfecta armonía. Sus pies se movieron solos. Sonrieron animados y cautivados uno por el otro. Era verdad: Había música entre ellos, ella también podía escucharla. Era su vals, el mismo que habían bailado en su primer baile.

-Recuerdo que mi primera fiesta yo no vestía adecuadamente-, sus palabras no sonaban tristes, sino con cierta melancolía.

-En cuanto te vi, mi corazón dio un brinco Candy-, respondió sin dejar de bailar-. Toda la mañana estuve pensando en ti, en que me hubiese gustado invitarte a la fiesta y de pronto ahí estabas: Extendiendo tus blancas manos a cada uno de mis primos y sonriendo como nunca lo había visto.

-Recuerdo que no quería venir, pero Dorothy insistió en que Stear y Archie me habían invitado a mí… no al vestido-.

-Hiciste bien venir-, su voz sonó seductora-, quería verte, tenerte en mis brazos, aunque no con tanto deseo como ahora-. Los labios de Anthony paseaban por todo el rostro de la joven.

-Después Stear y Archie me contaban entre risas frustradas que los habías dejado trabajando en mi vestido para "hacerme compañía" mientras estaba listo-. Candy ahora sonrió con cierta complicidad, ella anhelaba estar con Anthony en aquélla ocasión también.

-¡JaJaJa!-, una risa cristalina y relajante cambió ligeramente el ambiente romántico-. Debes saber que desde entonces decidí que… intentaría ganarme tu corazón-. Su hermoso cuerpo se irguió-: Estaba feliz de que estuvieras aquí-. Puso sus manos en su espalda y la atrajo hacia él sintiendo verberar sus rizos entre sus manos por el choque del viento que en ese momento incrementó su fuerza-. Noté el interés de mis primos en ti, pero no quise detenerme, no pude hacerlo-. El frío proveniente de las ventanas abiertas sorprendió al joven-. Es extraño, hace un momento estaba el clima agradable pero al parecer va a cambiar, el viento se siente húmedo-. Pero no obtuvo respuesta.

-"Cuando bailo con Anthony recuerdo mi aroma favorito de la Colina y el viento sopla más dulce que cuando encontré al Príncipe por primera vez"-, recordó la muchacha en un ensueño (1)

-¿Candy, me escuchaste?-, Anthony la llamó, pero los ojos de su esposa lo enternecieron. De inmediato detuvo el baile y la tomó de la mano para juntos cerrar los ventanales.

Después de haberlo hecho, Anthony tomó a su esposa, que aún no había vuelto a hablar, y la levantó en sus brazos para conducirla a su habitación. La que sería de ambos a partir de esa noche. La facilidad con que levantaba a su esposa cada vez, ocasionaba en ella plena confianza. Los brazos de Anthony eran su lugar favorito.

Candy Candy. Capítulo 9 "Un baile Maravilloso" Mizuki e Igarashi. Taoe Animation Co., Ltd 1976.

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Pasaron frente a la recámara de Candy y Anthony le sonrió enviándole el mensaje de que ni siquiera pensara en que dormiría en ese lugar. Por supuesto que a la joven no le causó el menor problema: Esa era la primera de todas las nuevas noches… y no planeaba alejarse de su esposo en ninguna de ellas. De cualquier forma se atrevió a decir-:

-Anthony… creo que debo tomar alguna ropa para dormir. No puedo usar este vestido.

-No te preocupes-, le dijo sin detenerse-, no necesitarás nada en esta noche-. La despreocupada e ilusionada voz de su esposo surgió como una delicada invitación al placer.

Afuera el oscuro cielo empezaba a poblarse de nubes negras que, amenazaban con lanzar su contenido de un momento a otro. Entraron a la habitación del joven y fue hasta entonces que Candy fue puesta de pie, justo frente a él. De inmediato la chica sintió frío al perder el contacto con el pecho de Anthony, pero, además, por el viento que irrumpía a la pieza a través del enorme ventanal ocasionando un extraordinario baile de las cortinas. Candy se dirigió al balcón a llenar sus pulmones de la brisa y la humedad que envolvieron la mansión. Se sujetó del barandal sintiéndose plena. Incluso, después fue más allá y se sentó sobre él. Adentro, Anthony la contemplaba y se preguntaba cuándo había sido la última vez que se había sentido de tal manera: Tan pleno. ¿Cuando había sido la última vez que se había sentido como ahora?

Evocó su encuentro en el portal y la forma en que ella le había confesado que tampoco era capaz de detenerse. Miró el cabello de la rubia meciéndose con el fuerte viento y adivinó que seguramente ella sonreía, pues estaba de espaldas a él. Definitivamente esa joven actuaba como un desfibrilador, pues desde que se había enterado de que vivía, desde entonces, él mismo había vuelto a la vida.

En su cuarto hacía frío porque los ventanales habían estado abiertos por completo durante toda la tarde. Se agachó para poder encender la leña en la chimenea. Una vez terminada la tarea fue hasta el balcón para acompañar a Candy. Pero antes se detuvo frente a su armario para sacar una capa y cubrir a su esposa.

-Debes protegerte-, dijo mientras tiernamente le colocaba la capa a la joven y la sostenía por la cintura-, hace frío aquí.

-Ven. Siéntate conmigo-, la rubia señaló el lugar del barandal a lado de ella. Sonrió agradecida por el gesto protector de su esposo y lo miró colocarse a su lado.

-Se siente bien estar aquí, ¿Verdad?-, el muchacho también aspiró al aire frío y húmedo como lo había hecho su esposa.

-Sí, muy bien-, era gracioso ver a la pareja. Si la tía los hubiese descubierto seguramente los habría regañado por la audacia de sentarse sobre el balcón con sus pies hacia el vacío.

-Ven-, esta vez la invitación vino de Anthony, mientras la atraía hacia él delicadamente con uno de sus brazos. La chica aceptó la invitación y se apoyó en el hombro del heredero mientras que él la rodeaba. En ese momento el reloj de la torre del sur anunció las diez de la noche y la joven se estremeció totalmente. Aunque fue el pretexto perfecto para cerrar toda distancia con Anthony.

-¡JaJaJa!-, Anthony la recibió en sus brazos muy relajado y feliz. Recordó la razón del estremecimiento de su esposa-. Candy, no puedo creer que aún no hayas olvidado esa tonta historia que compartimos mis primos y yo contigo-, al notar que Candy no respondía trató de sonar más formal-: Si hubiese sabido que pasarían años para que lo dejaras atrás, jamás habría incitado a mis primos a asustarte. No hay tal hombre de capa negra y sombrero de copa, no te preocupes.

-Es inevitable mi amor-, respondió Candy, tratando de normalizar su respiración ofreciendo sus manos para que Anthony las cubriera con su mano libre, pues con la otra la mantenía abrazada por dos razones: Porque amaba el contacto de sus cuerpos y porque la protegía del frío.

No dijeron nada más. Esta vez el silencio acompañó el encuentro. Se extasiaron de la vista nocturna frente a ellos. Después de unos minutos ella rompió el silencio.

-Me alegro de que estés aquí, conmigo-. Depositó un beso en la mejilla de Anthony y se acurrucó nuevamente en su hombro.

-Yo creo que no hay otro lugar mejor para mí-. Anthony depositó un beso en el pelo de ella-. ¿Recuerdas la carta que te envié con la paloma mensajera cuando la tía nos separó?-.

-Sí claro. Dijiste que harías lo posible por mejorar a los Andrew y me pediste que hiciéramos lo mejor-. La chica continuaba poyada en su hombro, también hablando con bajo volumen, emocionada al recordar esa carta-. Siempre que perdía toda esperanza de que la tía cambiase conmigo, recordaba tus deseos y ello fue lo único que me mantuvo tranquila después de haberle enviado la solicitud de repudio al "Tío Abuelo William." Me resigné a su falta de respuesta con serenidad. Pensé que si el Tío no me repudiaba era por ti, porque no deseaba ir en contra de una petición tuya, y lo acepté.

-Solo contigo podría hacerlo-, le dijo a media voz-. Creo que hacemos buen equipo.

Sus ojos la miraron intensamente y, sin poder evitarlo sus labios nuevamente se unieron. El frío estaba incrementándose sin previo aviso y súbitamente una suave lluvia encontró a la pareja. Pero ellos no detuvieron el beso de inmediato. Anthony, después de un rato, se separó de ella para brincar hacia el balcón y ayudarla a reunirse con él. Justo ahí, en el balcón de la alcoba matrimonial, Anthony besó a su esposa bajo la lluvia de una forma casi desesperada, su lengua ya tenía libre acceso a la boca de Candy y ella correspondía a ese beso explorando también la boca masculina que la llevaba al cielo. Anthony no deseaba que ella se enfermara, así que decidió que era mejor entrar a la alcoba. Cerró los ventanales y le ofreció una toalla para que se secara los bucles que habían adquirido un delicado color cobrizo. La miró secarse el pelo y se acercó para retirar la húmeda capa de sus hombros.

Como si adivinara los pensamientos de su esposo, la chica se giró para encontrar los cielos del muchacho que la contemplaban extasiado, extendió su mano para invitarlo a acercarse a ella.

-¡Dios! ¡Es que él es simplemente tan atractivo y tan dueño de sí mismo que es prácticamente imposible no ceder a sus encantos-. Candy sintió su cuerpo como un autómata; rigiéndose por sí mismo para satisfacer sus deseos.

Aún con los íntimos encuentros que habían tenido ya, el corazón de Anthony brincó emocionado. La mujer que contemplaba era tan deliciosa y seductora que desbordaba sensualidad en cada movimiento. ¡De verdad ella no se percataba del increíble poder que ejercía sobre él? El suave contacto de la mano de Candy, dulce y nívea; sus dedos delgados y largos le estaban transmitiendo un mensaje que el muchacho no pensaba ignorar. Todo lo contrario. Aprisionó las manos que adoraba entre las suyas y las llevó hacia sus labios. Candy sintió un delicioso calor nacido por ese delicado contacto, apretó ligeramente sus manos disfrutando de la propagación del aumento de su temperatura corporal. Ella pude percibir perfectamente que el calor llegó a sus mejillas y, que una vez más ese hombre había logrado que se sonrojara. De pronto Anthony contempló aquélla chiquilla en la propiedad de los Legan que escondía sus maltratadas manos como consecuencia del arduo trabajo al que era sometida. Con adoración absoluta Anthony besó cada uno de los dedos de la joven; paseó su lengua sensualmente disfrutando de la suavidad de los mismos y del estremecimiento que lograba en su esposa. Sus mejillas sonrojadas, sus ojos mirándolo con al amor más grande y sus pupilas delicadamente dilatadas ofrecieron al muchacho una visión tentadora. Por su parte, ella se estremeció por las sensaciones de todo su cuerpo, sí, todo su cuerpo estaba a merced del este nocturno caballero ocasionando que sus emociones buscaran una salida para escapar. Cada poro de la chica se abrió de inmediato, para evitar que ella explotara, su piel estaba erizada totalmente. ¿En qué momento Anthony Brown había adquirido semejante poder sobre ella? ¿Fue quizás en la ocasión en que lo vio sentado en el portal cuando eran niños? ¿O tal vez cuando lo contempló con sus brazos cruzados posado en el pilar de la mansión la tarde de su primer baile? ¿Cómo saberlo? Lo cierto era que Anthony había vuelto a su vida para satisfacer cada necesidad de la joven. Desde la mínima de su alma, hasta las más exigentes de su joven cuerpo.

La pareja se aisló por completo. El mundo les fue indiferente. Lo único que importaba en este mágico momento era el amor que sentían mutuamente. La fuerte atracción de sus cuerpos que pedían… ¡No!... Que exigían ser satisfechas de inmediato. Las delicias que experimentaban cuando sus cuerpos reaccionaban al contacto con el otro eran incontrolables e ilimitadas.

El fuego de la chimenea encontraba su perfecto lugar en el cuerpo de la joven; brillaba sobre su piel como las pequeñas luces que habían contemplado en el jardín a causa de las luciérnagas. Anthony hubiese deseado ser ese centelleo que bailaba eróticamente sobre la piel de su esposa. Tener la habilidad de acariciar la piel femenina de la misma forma suave y cálida. El millonario heredero hubiese querido que sus manos se deslizaran de igual manera por las formas femeninas frente a él: Rítmicamente compasadas, ardientes, delicadas. De igual forma, las yemas de sus dedos deseaban recorrer la nívea piel con una desmedida urgencia. El amor que sentía hacía su esposa se complementaba perfectamente con la pasión que ella despertaba en sus instintos que corrían por sus venas como caballos desbocados.

Quiso entonces articular alguna palabra, decirle algo, seducirla... como siempre lo hacía; de pronto se sintió pequeño ante la visión que idolatraba… ¿Qué decir? ¿De qué hablar? Por primera vez se había quedado sin palabras; por primera vez su cerebro estaba bloqueado. Ninguna de las experiencias de sus acalorados debates en su escuela en Suiza eran suficientes para prepararlo ante lo que estaba contemplando; no hubo absolutamente nada que le diera una pequeña señal de qué debía decir. Estaba tan absorto en su imagen, en la idea de finalmente tenerla en su mundo que las palabras no salían de su garganta. No podía pensar en nada; por lo menos no con claridad. Un característico y conocido dolor en su entrepierna le ayudó a comprender que la mujer frente a él podía hacerle lo que deseara; que estaba a su merced, que estaba perdido por ella, por sus encantos.

-¡Cielos! ¡Candy logra que me extravíe totalmente! ¡Y lo disfruto! ¡Amo sentirme así por ella!-, masculló para sí mismo. Anthony era incapaz de desviar su mirada de cielo del cuerpo de Candy. Una vez más su cielo se había tornado en un huracán apasionado. Recorrió cada centímetro de su esposa con deseo desmedido. Conocía cada línea, cada monte, cada valle del cuerpo bajo ese vestido. Sabía identificar a la perfección esos puntos en que explotaba con un poco de su cercanía, con el más leve contacto de las yemas de sus dedos, inclusive, con solo posar la mirada sobre ella. Sabía, lo que provocaba y ese sentimiento de poder sobre ella lo satisfacía enormemente. Ese conocimiento le dio un seguridad al muchacho. Identificaba el exacto punto donde debía colocar su aliento para estremecerla, sabía dónde debía colocar cada dedo y dónde pasear sus labios. Sonrió coqueto y seductor tras estudiar a su esposa que se encontraba tan estática como él ante la gallarda visión de su esposo.

Con paso firme se acercó a ella sin perder un solo detalle de la mirada de la rubia; de hecho no habría podido evitar sus ojos pues lo tenían completamente hipnotizado. Lentamente su sangre le exigía un mayor encuentro así que la tomó en sus brazos. A pesar de la delicada tela en que estaba confeccionado el vestido, Anthony percibió el delicioso calor que surgía del cuerpo de ella. Recibió ese calor con gozo y su masculino cuerpo respondió con el mismo calor hacia ella. Continuó aprisionando en sus fuertes brazos un cuerpo que deseaba entregarse a él, tocarlo, besarlo y, el mismo tiempo, tomar para sí lo que anhelaba: El deseable y atlético cuerpo de Anthony Brown. La pareja deseaba unirse en esa danza conocida ya por ambos que prometía ser diferente esta noche.

Al tener en contacto el cuerpo de Candy, Anthony la sintió temblar emocionado; ese escalofrío que viajó por el cuerpo femenino logró que él también se estremeciera-. ¡Cielos Candy! ¡Basta con descubrir un poco de tus sensaciones para que mi deseo por ti las comparta! Ese estremecimiento tuyo ha logrado que yo también me estremezca contigo mi amor. Estoy perdido-. Comprendió.

-Candy-, susurró mientras llevaba sus labios sensuales en un placentero recorrido por el rostro de la joven acariciándolo sensualmente con deseo. La joven se sintió desfallecer cuando la tibieza y humedad de la boca masculina se apoderó de sus instintos-. Candy, pequeña, mi amor-. La voz de Anthony apenas se escuchaba, era ese delicado código que habían creado. Sus labios continuaban deslizándose sensualmente desde la frente hasta que su recorrido lo llevó a la blanca torre de su cuello.

Candy hizo su cabeza hacia atrás para darle libre acceso a Anthony a su cuello, invitándolo a tomar de ella lo que deseara, ofreciéndole satisfacer su deseo. La invitación era cada vez más poderosa y para el chico era irresistible. Pero Anthony no se detuvo en el cuello; no, ella lo había invitado a tomarla y él complacería a su mujer totalmente. Audazmente continuó hasta el escote que lo enloquecía con su delicada danza de arriba hacia abajo.

Mientras su lengua satisfacía traviesa los instintos y deseos de la pareja Anthony percibió el acelerado palpitar del corazón de Candy, tan acelerado como el suyo. El fuente bombeo del corazón atrajo al joven de tal manera que no podía abandonar el lugar que colmaba de seductores besos. Sus manos jugueteaban con la espalda de Candy mientras ella cerraba sus ojos disfrutando del aire erótico del ambiente. Después fueron hacia sus muslos y, finalmente… los abandonó para complacer los senos de Candy. Los encontró dispuestos al juego del amor y sin dudarlo dirigió sus dedos a los botones del vestido, que estaban coquetamente alineados desde los senos hasta la cintura. Uno a uno los fue liberando, disfrutando de la visión que descubría. Definitivamente, lo que más disfrutaba del preludio a la entrega era el agitado respirar de su compañera, que, ocasionaba que sus senos se desplazaran arriba y abajo, arriba y abajo… pero ¡Cielos! Cuando subían, sí, cuando subían era la mejor parte. Con movimientos varoniles, deslizó el vestido por el cuerpo de Candy hasta que finalmente la prenda llegó al piso. Ambos podían escuchar el sonido de su respiración e inclusive el de su sangre corriendo en su cuerpo con rapidez, necesitaba satisfacer los requerimientos de las emociones de la pareja.

Anthony llevó sus labios hasta los pezones cubiertos por el delicado corsé. La humedad de sus besos sobre la prenda logró suavizarla. Pudo sentir cómo sus botones se habían endurecido cuando los mordisqueó. Candy arqueó su espalda para ofrecerle su cuerpo mientras clavaba sus uñas en sus fuerte brazos y pequeños gemidos de placer empezaban a escapar de su garganta. Sintió cómo la lengua del joven seguía los suaves contornos de sus senos con su lengua. Entonces él lamió y succionó con mayor fuerza mientras se esforzaba por eliminar el corsé que le impedía el gozo del contacto de sus labios con los bellos montes de su esposa. Sus dedos se movían ya magistralmente deslizando el delicado listón de los ojales. ¡Cuánto disfrutaba el juego de desprenderla del corsé, siempre había estimulado sus instintos! Cuando finalmente terminó, dibujó una sonrisa que ella no notó porque él continuaba besando sus pezones a través de la prenda que de inmediato se reunió con el vestido que yacía en el suelo atrapando todavía en los tobillos de la joven. Con ambas manos unió los senos al centro del cuerpo de ella y los chupó con más y más fuerza. Era prácticamente imposible ser delicado y gentil; ella lo enloquecía y él poseía una naturaleza apasionada y entregada. Necesitaba asegurarse que era ella, que estaba presente, que no lo había abandonado, que seguía siendo suya por completo.

Cuando por fin sus labios abandonaron los sensuales senos, se deslizaron lentamente hacia el cuello nuevamente mientras que con los dedos pulgar e índice de cada mano pellizcaba todavía los pezones de la rubia para continuar atendiéndolos.

-Candy-, dijo con voz totalmente excitada cuando llegó nuevamente a su oreja… se escuchaba enronquecida y aterciopelada al mismo tiempo -, me enloqueces.

Esos eran los mensajes que la chica amaba; la forma en que Anthony se atrevía a manifestar su deseo por ella. El delicioso vocabulario que la hacía sentirse segura a su lado. Continuó con la espalda arqueada mientras él besaba su cuello. Las manos de la joven continuaban aferrándose a los fuertes brazos de su esposo inclusive con las uñas. Estaba dejándose llevar por él, a su paso, a su manera, ofreciendo total libertad de hacer cuanto quisiera con ella. Se puso en manos de su esposo para disfrutar de cada una de las caricias que recibía de él. Un nuevo y placentero gemido se escapó de la garganta de Candy y Anthony no tuvo opción diferente a continuar con el disfrute de eliminar las prendas del cuerpo de Candy. Sus manos abandonaron los senos para buscar en su espalda desnuda el botón de la crinolina que aún cubría las piernas de su mujer. Ella quedó semi desnuda ante él. Ante él aparecía la imagen de Candy usando una ropa interior de delicado encaje compuesta de su panty y unos ligueros sensuales que sujetaban sus medias. Sus zapatos de tacón incrementaban la sexy imagen.

Anthony sintió que se desvanecía ante la imagen de su mujer semidesnuda. Más que nunca un claro aviso en su entrepierna le hizo recordar que estaba dispuesto.

-Eres deliciosamente bella-, exclamó excitado, sin atreverse a tocarla. Estaba encantado mirándola. Sus pupilas continuaban dilatadas y su respiración estaba totalmente agitada pese a sus esfuerzos por controlarse.

Un delicioso escalofrío recorrió el cuerpo de Candy. Estaba justo frente a la chimenea y nuevamente las sombras danzantes de las llamas sobre el cuerpo de Candy sirvieron para estimular más la excitación de su esposo. Su cuerpo brillaba a consecuencia del fuego que se reflejaba en su piel. La mirada de su esposo escudriñando sus formas la hicieron sentir deseada, segura, femenina. Su corazón se aceleró mientras un delicado sonrojo aparecía en sus mejillas.

-Esto no es justo -, Candy repitió las mismas palabras de Anthony en el portal -, aún estás vestido. La joven se acercó para arrancar del cuerpo de Anthony su saco y su corbata. Esa acción era fuego total para el muchacho: La mujer de su vida casi sin ropa lo estaba desnudando. Contuvo la respiración por instinto, para intentar controlar su loco corazón. La besó apasionado mientras ella deslizaba las mangas de su camisa por sus brazos, dejando su maravilloso torso al descubierto. Se entretuvo mordiendo el labio inferior de Anthony juguetonamente durante el tiempo que le llevó deshacerse de las mancuernillas en los puños de su camisa mientras que su esposo sentía que explotaría.

Cuando Candy logró arrojar la camisa lejos de ellos, la chica separó sus labios de su esposo para contemplarlo. Ella se enloquecía con los pectorales del joven y delicadamente paseó su dedo índice por ellos, muy despacio lo llevó hasta su abdomen jugueteando entre sus bien formados músculos. Luego, nuevamente él se apoderó de los labios femeninos apresurando la erótica tarea que no habían realizado por completo en el portal. La forma en que ella se mordía el labio inferior lo enloquecía, quiso investigar por qué lo hacía, y él mismo lo mordió con suavidad.

-Ahora comprendo-, masculló-, es delicioso. Continuó saboreándolo mientras suavemente tiraba de él. Su pulso se aceleró al escucharla gemir complacida con las atenciones recibidas. No había nada que impidiera que continuara besándola, penetró su boca con su lengua para explorarla, como si fuera la primera vez que se adentraba en ella. Lamió sus labios, los continuó mordiendo y succionando mientras sentía cómo ella apretaba su cadera hacia él prácticamente con urgencia. Eso lo confundió ligeramente, la deseaba como nunca antes, y temía que esta vez sus instintos pudieran llevarlo a hacer algo que pudiese ofenderla… pero no, eso no era posible; ella sabía que la amaba. Confió en que lo detendría si algo no le gustara.

Los labios abiertos de Candy invitándolo a continuar y profundizar lo enloquecieron. La necesitaba más que nunca, deseaba olvidar cualquier motivo de celos, deseaba adueñarse de ella de tal forma que supiera que se pertenecían mutuamente. Borrar de su boca el sabor de labios extraños. Saberse el único privilegiado de penetrar totalmente en su mundo y en su cuerpo. Volver a grabar solo su nombre en su piel, en cada rincón, en cada palabra.

-Si tuvieras por lo menos una idea de cuánto me excitas-, le susurró mientras mantenía su frente en contacto con la de ella, de tal forma que la joven se bebió su aliento.

Ella se acercó peligrosamente a él, con una mezcla de traviesa seducción; paseo su cadera de un lado de la pelvis masculina arrancando de su esposo un placentero gemido hasta hacerlo casi explotar de deseo. Su pecho desnudo, sus ojos encendidos, su cabello libre sobre su espalda… todo llevó al heredero al inicio de un placentero viaje.

-¿Es verdad lo que dijiste?-, Candy estaba aprendiendo a jugar eróticamente en el preludio-, ¿Así que te excito?-, respondió con un gesto que le recordó a Anthony que era ella el centro de su vida. La que lograba que todo tuviera sentido. Incluso el sexo. La que lograba que todo brillara cuando estaba a su lado y la que podía hundirlo en un abismo. Lo había comprobado-. Me gusta cómo suenan esas palabras en tus labios-, continuó su esposa.

-Es mucho más que una declaración, mi amor. Lo que me haces sentir va mucho más allá de las palabras-, aclaró Anthony sujetando la cadera de Candy para que no se moviera ni un centímetro del contacto que había provocado-, puedes tomar de mí lo que desees, es una entrega -, besó delicadamente el rostro tan bien amado-. Tus ojos, tus labios, tu cuello, quiero acariciar con mis labios tu cuerpo… tus hombros, tus senos-, el muchacho acarició con su rostro uno de sus erectos pezones, paseando alrededor de él, luego hizo lo mismo con el otro. Ella tuvo que ahogar un grito placentero porque su esposo comenzaba a llevarla al cielo, lo percibió porque sus senos estaban hinchados, llenos de deseo, firmes y duros, de tal forma que no se inmutaron e irradiaron un delicioso calor hacia el rostro del muchacho que se perdía en medio de ellos besándolos apasionado. Lo hizo por poco tiempo para arrodillarse frente a ella y besar su abdomen; se entretuvo en el ombligo femenino, jugueteando con su lengua, mientras masajeaba sus senos con movimientos delicados, anhelaba conservar el aroma de la mujer temblando por sus atrevimientos, deseaba llenarse del sabor de la piel de la joven.

Después de un tiempo de deleitar sus oídos con los gemidos femeninos se puso de pie. Era tiempo de llevarla a la cama. La tomó en sus brazos y la depositó delicadamente sobre el lecho. Los ojos de ambos se perdían en los del otro reflejando el más puro amor y deseo. Se arrodilló con ella entre sus piernas totalmente y se inclinó lentamente para alcanzar nuevamente sus senos desnudos y meterlos en su boca. Candy deseaba que Anthony continuara con esa deliciosa entrega y se aseguró de detener su cabeza en ese lugar en el que jugueteaba; el muchacho comprendió el deseo de su esposa y comenzó a chupar sus pezones, rosas, erectos, deliciosos.

Entonces apoyó sus manos en la cama para levantar su cuerpo. Miró detenidamente los músculos de Candy; estaban tensos, dispuestos. Regresó a su placentera tarea de besar su vientre con la vista ligeramente levantada pues amaba ver cómo ella disfrutaba de la intimidad entre ellos. Los labios de su esposa eran presa de los dientes femeninos, pues Candy no dejaba de mordérselos; ya estaban hinchados y eso excitó aún más a Anthony al descubrir los ojos entreabiertos de ella.

Había fuego entre ambos. La pareja personificaba perfectamente el deseo puro, pero no solo eso... había amor; sus corazones nuevamente se sincronizaron, latiendo al mismo ritmo; como si fuesen uno solo. Además, un cierto aire de lujuria desprendía por los poros de la pareja.

En todo lo que Anthony podía pensar era en poseerla. En hacerla su mujer una y otra vez de tal forma que a ella no le quedara duda que se pertenecían mutuamente porque así lo habían decidido.

-Candy. No podría vivir sin ti jamás. Ya nunca podría-, se recostó al lado de ella para acariciar su cadera dentro de la ropa que aún llevaba.

Ella sonrió con picardía girándose hacia él. Pero Anthony la obligó a permanecer acostada.

-No te muevas, quiero tocarte, acariciarte, con mis manos y mi mirada-, ella lo atrajo para que besara sus labios y mordisquear los de él. Anthony continuó acariciando la piel de Candy debajo de su ropa para empezar a despojar a la joven de sus últimas prendas. Lo hizo delicadamente, sin prisa. Era tan erótico ver como la desnudez de su esposa iba revelándose ante sus ojos.

-Anthony-, la voz de Candy se escuchaba deseosa de ser tomada por Anthony-, te necesito ahora. Ya no puedo más -, la cadera de Candy empezó a contonearse con desesperación-, penétrame. Sé uno conmigo. Ven.

-Aún no Candy, espera un poco más -, respondió a media voz. El esposo había aprendido que mientras más estimulara a la joven, mayor era la posibilidad de que experimentara un orgasmo. El estaba más que listo para hacerla suya; pero anhelaba disfrutar más aquél momento.

El delicioso calor proporcionado por el fuego en la chimenea no se comparaba con el incendio dentro de los cuerpos de los amantes. La sangre de ambos jóvenes era bombeada con fuerza. Necesitaban ser uno solo a fin de mitigar su ardiente necesidad uno del otro. Esa era la única forma de lograr tranquilizarse, saciando sus demandas.

Tras un delicioso paseo por el cuerpo de Candy, las manos de Anthony finalmente encontraron la más delicada intimidad femenina; sus dedos se posaron juguetones para después, muy despacio, terminar de despojar a su esposa de su ropa. Se regaló la erótica visión del cuerpo de su amada desnuda completamente… ¡En su cama! Finalmente había logrado su sueño. El amor por ella se escapaba por todos los sentidos del muchacho; no había absolutamente nada que no clamara ser saciado con la deliciosa presencia de ella en su cama.

Anthony sintió la manifestación más fuertemente que nunca en su virilidad, su respiración empezaba a agitarse con el delicioso manjar visual que estaba disfrutando, sus manos se movían autónomas por cada rincón... ya los conocía muy bien, sin embargo, cada noche era como si fuera la primera vez que tocaba ese cuerpo.

Candy podía sentir su tremenda humedad inundándola y el tremendo palpitar de su feminidad. Se levantó decidida; arrodillándose para por primera vez ser ella quien despojara a Anthony de su ropa.

Cuando finalmente la desnudez de Anthony estuvo tan expuesta como la de ella, la chica nuevamente miró complacida la erecta virilidad del joven. Se sintió como siempre, halagada de causar esos sentimientos en alguien tan maravilloso como Anthony Brown. Repentinamente él la recostó y fue directo a beber de su intimidad acariciándola con su lengua. Era como si quisiera extraer de ella su propia energía.

Ella se estremeció de nuevo y emitió un placentero gemido.

-No pares Anthony, por favor…-, no pudo terminar. La sensual lengua de su esposo provocaba fugaces colapsos en su cuerpo-, por favor no te detengas-. Candy apretó su cuerpo por instinto. Cada músculo de su cuerpo estaba contraído listo para explotar.

Era imposible para el joven heredero detener el delicioso manjar que estaba saboreando. Jugueteó con su lengua apasionadamente para saborearla aún más, para obtener lo que necesitaba de ella, hasta que estuvo listo para introducirse en su cuerpo. Su sangre hirvió de solo pensar en la entrega total de sus almas y sus cuerpos. Se emocionó en extremo al ver la mirada ardiente y casi suplicante de su amada para que la condujera a su cielo, a su mundo, a donde podían ser uno solo.

Con delicadeza abrió sus piernas y se posó sobre ella para entrar más, un poco más, y más… en un candente y exigente ascenso y descenso. Movimientos suaves y acompasados de ambos jóvenes en un sincronizado arriba y abajo, arriba y abajo, arriba y abajo, eran revelados por las sombras proyectadas en la pared de la alcoba

Anthony la tomó para él abriendo más sus piernas. Las separó más a fin de entrar completamente en ella. Candy estaba gimiendo placentera, suplicando por más, emitiendo sonidos que encontraron eco en los sonidos de él que se esforzaba por darle de acuerdo a lo que pedía.

Delicadamente postrada bajo el cuerpo de Anthony, los músculos de Candy se tensaron. Se ofreció a su esposo levantando su cadera a fin de que él la tomara para sí. Ofreció todo su ser en ese momento y Anthony lo aceptó, se apoderó de su mujer y la besó hambriento en los labios una y otra vez disfrutando del intenso orgasmo que se habían ofrecido mutuamente.

Una vez más terminó agotado sobre el cuerpo de su esposa, permaneció dentro de ella solo unos instantes y después se recostó a su lado: Cansado, feliz, extasiado.

-Te amo Candy-, le recordó mientras acariciaba su cabello para quitar algunos risos de su rostro y atraerla dulcemente hacia él. Sus ojos de tormenta huracanada aún estaban oscurecidos. Sin embargo se convirtió en el hombre más gentil tras haberla hecho suya nuevamente.

-Te amo Anthony-, le susurró también como respuesta.

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De mi escritorio: Hola nenas! Muchas gracias a todas por seguir conmigo en este tren de vagones con diferentes nombres. Creo que hoy me las llevé al vagón de la pasión. Espero que no haya sido demasiado.

Usualmente suelo dar respuesta a sus reviews pero espero que hoy me exenten nenas lindas. En verdad estoy exhausta, pero a todas: Muchas gracias por leer y por ayudarme a mejorar. Dividí al capítulo para dejarlas disfrutar de este aire erótico., pero pronto tendrán la parte final y les plantearé los problemas en los que me metí con las de York. Hasta aquí y la segunda parte de este capítulo es lo que yo escribí como "Sin Renunciar." Ya les he comentado que al escribir nuevamente los capítulos, se me ocurren cosas diferentes, como estas escenas del portal y de alcoba que no están en el fic original.