Konungariket Sverige, Kingdom of Sweden

Con el pasar de los días, para lamento de Lukas, mi melancolía se fue transformando en miradas hostiles y gestos agresivos. La impotencia me tomaba con fuerzas indescriptibles al observar el paso de las tardes, tan tranquilas y amenas que me desesperaban; no tenía idea alguna de cómo lidiar con todos los sentimientos que aguardaban por manifestarse, lo que, al final de cuentas, devino en un mal humor.

Discutí varias veces con Lukas e incluso, lo insulté diciendo que era un cómodo y un insensible. No parecía afectado por la muerte de Tino y realmente llegué a creer que estaba disfrutando estas "vacaciones forzadas". Una noche en que todos nos sentamos en el fogón al centro de la comunidad, pude ver por el rabillo del ojo como guiñaba el ojo a una joven que después, soltó una risa aguda y estúpida. Me enfurecí tanto que aquella noche peleamos al borde de casi golpearnos, pero Lukas dijo que sus puños eran demasiado valiosos como para armarse líos con un bruto como yo. A la mañana siguiente me pidió disculpas en forma de caminata por el bosque, buscando leña; prefirió él llevar los troncos más grandes.

Dos días antes de Año Nuevo, me encontraba jugando con una navaja y un trozo de madera, cuando Lukas apareció de entre los árboles y exigió mi atención.

― Berwald, Tarja ― dijo, refiriéndose a la joven con la que de vez en cuando coqueteaba ― me contó que encontraron a la persona que esperábamos.

Alcé la vista y dejé mi tosca artesanía de lado; precisamente, aquel día se cumplían dos semanas, tal como lo prometieron.

Me levanté del lugar y me uní a la carrera de Lukas.

― ¿Dónde está? ― pregunté nervioso, caminando aprisa, pisando el suelo húmedo entre hojas muertas y nieve.

― No lo sé, llegó un mensajero a caballo avisando que están cerca.

Me detuve un momento para respirar y analizar la situación.

¿Qué nos tenían que decir con respecto a la muerte de Tino?

Nos quedamos quietos un momento, sin más acompañamiento que los misteriosos sonidos del bosque. Lukas meditó un momento y luego, se dirigió a mí:

― ¿Estás listo para oír lo que tengan que decir? ― Lukas se interpuso entre mis ojos y un tocón. Desvié la vista algo molesto.

― Obviamente no, Lukas ― contesté de mala manera. Mi hermano torció el gesto y prefirió cerrar la boca.

Tardó aproximadamente una hora en aparecer una especie de caravana el cual traían un trineo dañado y en un caballo, un hombre envuelto en mantas y capas. Lukas se apresuró en ayudar y más temprano que tarde, nos enteramos que el hombre abrigado era a quien esperábamos.

Con impaciencia esperé a que el hombre aquel se dirigiera a una de las casas más grandes donde todos entramos. Lo atendieron y le dieron comida y bebidas calientes, además de curar sus heridas. Pasó muchísimo tiempo mientras lo amparaban, que tuvimos que aceptar una merienda.

Se armó una pequeña conversación entre los habitantes fugitivos y aquel hombre. Hablaban cosas como la caza en el bosque más profundo y lo terrible que eran los nevazones sin amparo; nada parecía encausarse hacia nosotros. Lukas ya algo superado, se levantó y se dirigió a la mesa de madera, donde algunos bebían cerveza y comían distintos tipos de pan.

― Siento ser impaciente ― comenzó cordial Lukas ― pero hemos esperado demasiado por su llegada. Necesitamos saber qué ocurrió con la muerte de Finlandia.

Se hizo presente un silencio profundo e incómodo. Al parecer Lukas habló de más. Algunos de los presentes intercambiaban miradas colmadas de interrogantes. Lukas observó a su alrededor y le sorprendió que la gran mayoría se hiciera la desentendida. El hombre, quién tomó un sorbo de cerveza, dejó su vaso y se aclaró la garganta.

― Ustedes dos ― dijo, con voz rasposa ― deben ser Noruega y Suecia.

Lukas no le quitó la mirada de encima, haciendo presión sobre él. El forastero tomó un trozo de pan y alzó la mano.

― Fuera todos.

Como si fuese una orden militar, la conversa y los tintineos de vasos cesaron y enseguida, pasos apresurados se escuchaban por el suelo de madera. El hombre, de contextura robusta, continuó comiendo y bebiendo, incluso mucho después de que la última persona saliera de la casa. Lukas permanecía de pie y fui a su lado.

― Siéntense ― ofreció, señalando las sillas desocupadas. Lukas y yo nos miramos y accedimos.

Aquel hombre nos observó durante un momento, mientras masticaba su alimento. Tomó un trozo de carne rostizada y la combinó con un trozo de pan.

― Por favor, sírvanse. ¿Quieren cerveza? ― Se levantó de su asiento y tomó dos vasos tallados en madera y se encaminó a un barril dispuesto en una esquina, de donde sacó ambos vasos llenos de espumosa cerveza. Los colocó frente a nosotros y volvió a sentarse.

― Nos dijeron que esperáramos por ti. Nos urge saber qué ocurrió.

Lukas accedió a beber cerveza para lucir menos hostil que yo. Mantuve mi mirada sobre una miga de pan abandonada.

― Al parecer, tu eres Lukas, ¿No? ― mi hermano, sorprendido porque él supiera su nombre asintió ―. Y tú, Berwald ― añadió señalándome. Alcé la vista como pidiendo explicaciones.

― Disculpe, ¿Cómo…?

― Ya voy a ello ― adelantó el hombre, disfrutando su trozo de pan ―. Mi nombre es Markko y para evitar las dilataciones, Tino está vivo.

Aquello fue como un golpe en el estómago, pero un golpe de sorpresa: ¿Cómo es posible que todo lo que he querido escuchar estos días, de pronto vino, así como si nada? Miré a Lukas, quién se quedó con los ojos abiertos de par en par, mirando al tal Markko.

― ¿Qué?…

Me quedé de piedra, intentando no sonreír. Deseaba no despertar. ¿O ya desperté?

― A ver ― Markko se levantó de su asiento para servirse más cerveza. Regreso y se sentó ya más cómodo, colocando los pies sobre un taburete ―, supongo necesitan oír toda la historia.

No me percaté que tomé el antebrazo de Lukas debajo de la mesa. Él se dio cuenta que un leve temblor tomaba mis manos. Para pasar desapercibido, tomé el vaso y di un sorbo a la cerveza; qué líquido más delicioso.

Markko meditó un momento los acontecimientos y procedió con ello:

― Lo planeamos. De esto no sabemos más que unas cuantas personas. Es secreto de alto estado, por decirlo de alguna manera. Diría que sólo unas ocho personas estamos al tanto de esto. Una sirvienta del palacio de Helsinki escuchó que planeaban asesinar a Tino, por lo que una misión fugaz llevamos a cabo; pedimos desde la universidad de Estocolmo una droga que induce a una persona en estado cataléptico. Pensábamos correr el riesgo de que Tino tomara aquella medicina y lo dieran por muerto. Era todo o nada ― hizo una pausa para pasar su mano por la barba descuidada ―. El médico personal del gobernador, quién los trajo hasta aquí, se encargó de darlo por muerto. Por suerte la opinión de otros dos médicos fue la misma. Obviamente el gobierno ruso le vino como anillo al dedo su muerte, puesto no tuvieron que mancharse las manos. El médico del gobernador, quienes eran amigos cercanos, le recomendó que hiciera todo rápido, así la población no se terminaba de enterar. No pasó por la morgue ni por análisis forenses. Fue en ese lapsus de tiempo en que cambiamos su cuerpo por el de un joven muerto con características similares a las de él. La verdad, la misión fue un tanto arriesgada ― Markko hizo una seña con las cejas y se empinó el resto de cerveza en su vaso ―. Al final salió todo bien. Los rusos piensan que enterraron a Tino, pero en realidad, yo me lo llevé.

― ¿A dónde?, ¿Dónde está? ¿Cómo está? ― pregunté sin hacerme desear. Markko levantó la mano, pidiéndome calma.

― Tino se fue conmigo a los bosques del norte de Helsinki. Lejos de aquí. Probablemente ahora esté en Karelia. No sabría decirte dónde está precisamente. Tuve que abandonarlo.

Me levanté de mi asiento y tiré un vaso de cerveza vacío. Lukas tomó mi antebrazo y me incitó a sentarme.

― ¡¿Solo?! ― bramé en dirección a Markko ― ¿Cómo se supone que aquello es un buen plan?

Lukas me empujó para que me sentara y lo hice de mala gana. Markko suspiró y puso ambos codos sobre la mesa para acercarse a nosotros.

― No nos podemos fiar de nadie más que de ustedes y el mismo Tino. Prometí que mandaría por él apenas llegara a Helsinki. Además ― hizo una pausa y se acercó más a nosotros ― en las carreteras del norte, los ejércitos rusos cruzan las fronteras como si nada.

Me quedé estupefacto.

― Con mayor razón, no era buena idea dejarlo solo ― dije en tono bajo, guardando el ambiente entre nosotros.

― No subestimes a tu hermano, Berwald. Él me habló de ustedes y él dijo que vendrían aquí por él. Tal cual, aquí están ustedes. Sólo ustedes pueden abatir a ejércitos completos. Confía en Tino, es mucho más fuerte de lo que yo mismo creí.

― Iré por él ― dije sin pensar, pero con determinación.

Lukas me miró entre sorprendido y asustado.

― Berwald, jamás hemos cruzado bosques finlandeses, no sabes cómo son.

― He vivido meses en bosques, dudo que sean muy diferentes a los que conozco. Iré por él y lo llevaré a Suecia. Lo juro.

Markko asintió y levantó un dedo.

― Mientras menos gente sepa de su existencia, mejor. Nosotros no podíamos sacarlo de aquí, pero confió en que ustedes lo harán. Tino no confiaría en nadie más que en sus hermanos. Lo hubiésemos hecho nosotros, pero Tino está hostil. Salven Finlandia.

Decidido, asentí y me tomé el resto de mi cerveza.

― Quiero partir esta noche.

Lukas exasperó y replicó.

― Berwald por Dios, no hay necesidad de apresurarse. Mejor partamos en la mañana y así vemos como son los bosques, ir de noche no te dará ninguna ventaja.

Lamentablemente, tenía razón.

― Yo me encargaré de hacerles un equipaje decente. Diremos que irán por los bosques evitando la ciudad para luego embarcarse a sus países. Ni una palabra a nadie sobre esto. Tino está muerto y punto.

Lukas se acercó a Markko

― Todos querían saber qué pasó con la muerte de Tino, el médico del gobernador no tuvo suficiente tacto como para develar lo necesario.

Markko resopló.

― Diremos que en realidad descubrimos que asesinaron a Tino, no que murió de un infarto cómo se había estipulado. Eso los mantendrá con motivos para luchar.

― Perfecto ― solté, bastante animado.

― Lamento mucho que perdieran a su hermano ― terminó Markko, levantándose para abrir la puerta y decir la noticia que todos estaban esperando.

Aquella noche, mi corazón volvió a latir. Definitivamente no dormiría en toda la noche, ansioso de partir luego en busca de Tino. Me llevé una mano al pecho y tanteé mi cruz de plata.

Quizás Dios sí existe.