—¡Bienvenida a casa! —Barry exclamó cuando abrió la puerta de la residencia de los West (¿podía llamarla suya cuando llevaba tiempo sin realmente vivir bajo ese techo? Aquello no lo sabía) con una sonrisa enorme. Todos gritaron «sorpresa» al mismo tiempo, y algunos le fruncieron el ceño por su falta de coordinación, mirándolo como si le hubiera crecido una segunda cabeza. Frotó la parte posterior de su cuello y su sonrisa se convirtió en una llena de timidez—. Lo siento, olvidé lo que tenía que decir, pero estaba emocionado porque finalmente saliste del hospital, y quería decir eso... Y sé que está no es tu casa... Quiero decir, sí lo es... —Gruñó un poco, frustrado por no poder decir lo que quería—. A lo que me refería era a que no vives aquí y probablemente solo querías ir a tu cama a descansar y nosotros interferimos con tu plan... Perdón, nadie pudo controlar a Iris y Felicity cuando dijeron que harían algo y esto pasó. ¿Quieres que te lleve a casa? Puedo hacer...
Ella le sonrió, haciendo que su corazón se saltara un latido. Colocó una de sus manos en su antebrazo para detener sus balbuceos, y funcionó. Él sonrió, tímido, y absorbió su presencia de la misma manera que había estado haciendo desde que se había deshecho de la bata del hospital. Lo cálido de sus grandes ojos cafés, los largos rizos de color caramelo cayendo sobre sus hombros, sus labios —que habían recuperado su color natural y, maldición, si dijera que lo que veía no le gustaba sería una vil mentira— y la manera cautivadora en que se curvaban sus comisuras ofreciéndole el mundo entero. Todo en ella era perfecto. Y estaba ahí, a su lado, a salvo.
—Está bien —ella le ofreció con amabilidad, para calmarlo.
—¿Y qué, se van a quedar todo el día en la entrada? —Cisco preguntó, reventando la burbuja en la que se hallaron por preciosos segundos antes de su interrupción—. ¡Esto es una fiesta, chicos!
El hecho de que rompiera su momento, y los regresara a la realidad no los molestó. El entusiasmo de su amigo era contagioso —y había demasiados pares de ojos sobre ellos como para comportarse así—, y ambos le sonrieron. Caitlin se giró un poco en su dirección para observar a todas las personas que se encontraban ahí y su sonrisa relajada se convirtió en una tímida, llena de disculpas.
—Gracias, chicos. Realmente aprecio el gesto, pero no tenían que hacer nada de esto.
—¡No hay nada que debas agradecer, chica! —Felicity casi cantó—. Estamos felices de que estés aquí. Así que, ¿qué te parece si tienes un poco de diversión tranquila ahora que todo está bien?
Caitlin sintió a Barry tensarse bajo el toque de su mano ante aquel comentario. Había estado intentando —sin éxito, claro, solo por el hecho de encontrarse en una cama de hospital— de convencerlo de que no era su culpa y sabía que sería muy difícil hacerlo comprender que la situación había estado fuera de su alcance, y que la razón por la que ella se encontraba viva era gracias a él. Lo conocía bien y sabía que él no iba a aceptar aquello por un buen tiempo, y odiaba eso. Su mano se deslizó por su brazo hasta que tomó su mano y le dio un suave apretón, sabiendo exactamente adónde se dirigían sus pensamientos.
—Sí —ella murmuró de manera distraída, viendo a su amigo por el rabillo del ojo—. Creo que diversión tranquila es lo que necesitamos.
—Bien, hay que hacer todo en orden, ¿no? —Cisco intervino, aún irradiando ese entusiasmo extremo que Caitlin no podía clasificar con seguridad. Estaba segura de que había otro motivo además de su regreso para mantenerlo en ese estado. Parecía un niño visitando una juguetería por primera vez—. ¡Tenemos que abrir los regalos!
Se giró hacia Barry una vez más, dejando caer su mano para que nadie notara la cercanía que se había convertido en natural para ellos. Arrugó la nariz en su dirección.
—¿Acaba de decir regalos?
Su amigo se encogió de hombros antes de guiarla a uno de los sillones en la sala de estar. Quería que se sintiera tan cómoda como pudiera, y tenerla de pie no parecía ideal después de las dos semanas que pasó recostada en una camilla.
—Ya sé lo que vas a decir —Cisco se adelantó, mostrándole las palmas de sus manos para que no empezara a quejarse aún—. «Cisco, no necesito regalos»; «Cisco, no había necesidad de que les pidieras que trajeran algo». Pero no pedí nada y esto solo es de parte mía y Felicity... y no es solo para ti, así que no tienes nada de que preocuparte.
—¿Ah, sí? —ella preguntó, alzando una ceja sin creerle del todo—. Entonces deberías explicar qué está pasando aquí.
Frunció el ceño, mirando a todos los que la rodeaban; nadie parecía tener una pista de lo que estaba pasando, al igual que ella. Estaban mirando la escena con atención.
—Es para todos —Felicity aclaró cuando Cisco salió de la casa, de manera presumible para traer lo que lo había puesto de tan buen humor. La sonrisa de la rubia se desvaneció, adoptando una expresión más seria cuando se aclaró la garganta. No dejó de mirar a su amiga—. Estábamos trabajando en ello antes de que todo pasara, y lo dejamos en pausa cuando ingresaste al hospital porque no podíamos concentrarnos en ello. Lo importante ahora es que están terminados y listos para usarse. Creemos que serán de mucha utilidad dada la vida a la que estamos acostumbrados.
En ese momento entró Cisco cargando una caja con el logo de STAR Labs en todas sus caras. La colocó en la mesita de centro y comenzó a sacar lo que había ahí.
—Los llamamos botones de pánico —explicó, pasándole una cadena a Caitlin y a Barry, que eran los más cercanos a él en ese momento—. Pero no quiero ser yo el que los aburra con explicaciones... —Miró a su cómplice, pero ella negó con la cabeza, instándole a seguir.
—Es tu invención —ella se justificó.
—Oh, vamos, tú ayudaste también —él se quejó—. Para empezar, fue tu idea.
—Cisco.
Él alzó las manos, rindiéndose, antes de dejarlas caer a los costados.
—Bien, bien, pero luego no digas que no te di el crédito necesario. —Tomó otro de los colgantes entre sus manos y lo alzó para que todos en la habitación fueran capaces de verlo—. Esto es un botón de pánico.
—Pues yo veo algo que parece un collar —señaló Thea, con una sonrisa. Había viajado hasta allá solo por petición de Felicity, que quería al equipo completo ahí, incluso aunque ella ya no saliera a pelear contra el crimen aquello no quería decir que la iban a hacer a un lado. Además, ella y Diggle habían estado protegiendo Star City mientras Oliver y Felicity ayudaban a mantener todo bajo control en la ciudad que estaban visitando en ese momento.
—Shhh —Cisco le dijo, sin molestarse por su comentario. Sus ojos brillaban con orgullo ante su nuevo invento—. Este aparato establece una señal de auxilio si alguien está en problemas, solo tienen que apretarla tres veces.
—¿Por qué tres veces? —Joe preguntó con curiosidad cuando le pasó el suyo. Se dio cuenta de que tenía un rayo de luz en él. Viendo de reojo a los demás en la habitación, se dio cuenta de que todos los de su equipo eran iguales.
—Bueno, no queremos asustarnos si solo lo aplastan por accidente, y creímos que era lo más adecuado —Felicity comentó. El creador de aquello asintió en su dirección, estando de acuerdo—. Instalé un sistema que rastreará su ubicación y la enviará de inmediato a las computadoras en STAR Labs, así como a todos los teléfonos del equipo, así quien esté más cerca puede ir a ayudar.
—Vaya, sí que se esforzaron en esto —Diggle señaló, admirando el objeto cuando Cisco le entregó el suyo. Tenía la forma de una flecha, y aquello le hizo sonreír un poco. Claro, tenían que imponer una marca; no serían ellos de lo contrario.
—Esto es... —Barry no tenía palabras. El nudo en su garganta apareció porque, si hubieran llegado antes con aquella idea, habrían salvado a Caitlin de estar en una situación peligrosa como la que pasó—. Es grandioso, chicos. Hicieron un gran trabajo.
Todos comenzaron a hablar a su alrededor, también felicitándolos por los regalos recibidos. Nadie notó el ligero cambio en Barry, pero la mujer a su lado lo hizo sin esforzarse. Oh, lo conocía tan bien, y pareció perdido en sus pensamientos, muy lejos de la habitación.
—Hey —Caitlin susurró con calma, tomando una de sus manos y ofreciéndole una sonrisa tranquilizadora—. Estoy bien.
Él parpadeó en su dirección—luego de salir del rincón oscuro al que iba algunas veces—, como si no creyera aún aquellas palabras. Como si estuviera en un sueño y tuviera miedo de despertar y no encontrarla cuando abriera los ojos.
—Estás bien —él musitó, tratando de aceptar aquello como lo que era: un hecho.
Un suspiro tembloroso salió de sus labios y, sin pensarlo mucho, la atrajo hacia él para un abrazo sin cambiar sus posiciones en el sillón. Las cadenas se quedaron descansando en el respaldo del mueble, mientras ella le correspondía el gesto sin un segundo de duda, pese a lo incómodo que era abrazarlo cuando estaban sentados en el sofá.
A ninguno de los dos les importó que algunos de sus acompañantes los miraran con curiosidad —aunque, claro, aquello se debió a que ninguno notó la atención obtenida—; Oliver y Cisco compartieron una mirada conspiradora, pero nadie más notó lo que estaba pasando ahí.
—Bien, ya que abrimos los regalos, hay que comer. Estoy famélico —Cisco anunció, tratando de desviar la atención de sus amigos. Todos se echaron a reír en cuando escucharon su estómago gruñir, como si estuviera enfatizando su punto.
Barry no se separó de ella después del incidente. No después de estar a punto de perderla. Había estado tan cerca de hacerlo que el solo recuerdo le provocaba un dolor de cabeza que le desequilibraba por completo y odiaba sentirse de aquel modo.
Luego de que le dieran a Caitlin el alta del hospital, el equipo Flecha se marchó a su ciudad al día siguiente, diciendo a modo de broma que la habían descuidado por estar ahí. Barry se dio cuenta de que él era el culpable —otra vez—, y empezó a disculparse hasta que tuvieron que subirse al tren. Después de todo, mientras que la mujer de cabello castaño se recuperaba, él hizo lo posible por no despegarse de su lado, ni siquiera cuando ella le rogaba que se tomara un descanso para dormir un poco. Ella había hecho lo mismo por él un millón de veces antes, así que no entendió al inicio el motivo por el que no lo quería ahí, mas no tardó demasiado en comprenderlo: era la Doctora Caitlin Snow, una mujer independiente que no quería que nadie viera por ella. Sin embargo, entender aquello no lo hizo marcharse.
Lo más difícil fue mantenerse al corriente con sus dos trabajos durante esas dos semanas. Por suerte, el equipo Flecha ya se hallaba ahí y ayudaron en todo lo que pudieron para mantener a salvo a la ciudad mientras Flash se preocupaba de cuidar a su compañera. Fue un poco más complicado para el científico forense: Joe tuvo que hablar durante horas con el Capitán Singh para poderle permitir tomarse un descanso, prometiendo que iría a hacer el trabajo en las noches. Usó su velocidad para no separarse de Caitlin por mucho tiempo, pero aquello nadie lo supo.
Nada cambió en su rutina después de regresar a la normalidad. O, bueno, casi nada. Siguieron como antes: pasaban el día en STAR Labs, él le llevaba café y a veces desayunaban juntos en su departamento, y en la noche dormían juntos en la misma cama. Todo eso sonaba raro viniendo de dos personas que no eran más que amigos, pero habían aprendido con el tiempo a no pensar mucho en ello. Como fuera, las pesadillas azotaron a Barry con frecuencia una vez más, y su amiga se sentía culpable porque sabía que era el motivo detrás de aquello.
Él, de cualquier manera, no podía dejar de pensar en todas las conversaciones que había tenido de manera reciente con el vigilante de Star City. Había sido bueno tenerlo cerca por un tiempo, sí, pero...
—Snart la puso al frente de las cámaras y anunció a todos tus enemigos quién trabaja contigo, Barry —Oliver le había dicho, antes de marcharse. Aquello lo preocupó aún más porque era cierto—. No la alejes porque piensas que estará mejor de esa manera, eso no va a funcionar. Tienes que cuidarla.
Había seguido su consejo al pie de la letra. ¿No lo hacía siempre? Oliver Queen siempre tenía razón.
Cuidarla no era una tarea complicada cuando no había villanos rondando cerca de ella. Era pacífico pasar las noches a su lado; hablando, viendo una película o mirándola en silencio hasta que a uno de los dos le vencía el sueño...
Pero algo había cambiado, y ambos podían sentirlo. El hecho de que él casi la perdiera—la desesperación que sintió se había convertido en un eco que lo embargaba cuando menos lo esperaba—, que casi confesara lo que sentía en un momento de desesperación—lo que no habría sido la mejor idea, dado que él quería decirle«te amo» en mejores circunstancias—, que casi—maldición, esa palabra lo estaba sofocando— no fuera capaz de salvarla... Bueno, todos esos pensamientos se estaban llevando el poco control que tenía para pretender que no sentía nada hacia la bio-ingeniera que, en aquel momento, se hallaba cómoda con la cabeza recargada en su hombro.
Porque sí, era de noche y se encontraban viendo un documental. Probablemente iba a la mitad ya, pero él no había estado prestando mucha atención y ni siquiera tenía idea de lo que trataba. Su mente estaba demasiado ocupada en todo y nada. Su cuerpo estaba concentrándose en notar cualquier cambio en la mujer que lo acompañaba, listo para llevarla al hospital si se sentía mal. Los doctores ahí—y la misma Caitlin, cuando supo todas las circunstancias que la habían llevado a aquel lugar— habían insistido que si había algo anormal en su condición tenía que regresar por más chequeos, ya que nadie sabía cómo era posible que sobreviviera a una experiencia así.
Por su parte, al héroe no le importaba el cómo. Lo importante era que estaba viva, aunque eso no le impedía preocuparse por si algo salía mal. Al parecer, aquella era su especialidad.
—No estás poniendo atención.
El hecho que Caitlin anunció en voz alta lo puso tenso un momento, sabiendo que había sido descubierto y probablemente aquello lo metería en problemas. Cuando no contestó, ella levantó la cabeza de su lugar anterior —¿quién hubiera dicho que el hombro de un velocista sería tan cómodo? No, no de un velocista. Aquello no tenía nada que ver con sus poderes, y todo con el hecho de que era Barry— y lo miró alzando una ceja, esperando una explicación.
Estuvo a punto de balbucear algo—porque claro, se hallaba con ella y su función del habla no trabajaba muy bien en ocasiones así—, justo cuando se dio cuenta de lo cerca que se encontraban.
Podía sentir el aire que ella exhalaba golpeando contra su mejilla como una ligera brisa. Pudo haber contado sus pestañas si lo hubiera querido. Y, sin embargo, solo se quedó ahí, mirándola como si nunca antes lo hubiera hecho.
Todo pasó a un segundo plano. El tiempo pareció correr de manera más lenta; su alrededor se disolvió como si estuviese en una habitación llena de niebla—aquello fue lo único que le hizo saber que no había accedido a la Fuerza de Velocidad por accidente ya que, cuando lo hacía, pasaba todo lo contrario— y tuvo que obligarse a recordar cómo respirar. El sonido de la televisión ya no era audible, y todo en lo que podía concentrarse era en la mujer que había frente a él.
Ella también sintió algo, aquello pudo notarlo de inmediato. Pese a la poca luz que había en su sala, la observó tensarse también cuando se dio cuenta de su proximidad.
Sus ojos se cerraron y Barry observó con atención la manera en la que sus pestañas acariciaron sus pómulos mientras un suspiro entrecortado salía de sus labios. Notó que estaba esforzándose por respirar con normalidad... justo como él. ¿Qué había en el aire que era tan difícil recordar los dos pasos para el proceso?
Fue algo sorpresivo para ambos cuando él llegó a una decisión. Se giró un poco en su dirección, y una de sus manos se alzó hasta que acarició la mejilla de Caitlin. Cada movimiento que realizó fue suave, lento y cuidadoso. Todo porque temía que el momento se rompería de alguna manera, como siempre.
Eliminó el espacio que había entre ellos con lentitud, dándole la oportunidad de separarse de él si no se sentía cómoda con lo que estaba punto de hacer. Aquello no pasó. Y, entonces, sus labios se rozaron con los de ella con tanta delicadeza que un estremecimiento los recorrió de pies a cabeza. Hubo otro roce, igual de delicado; luego otro, igual de breve. Sin embargo, justo cuando pensaba que podría quedarse ahí con ella toda la tarde descubriendo cómo sabían sus labios, su teléfono comenzó a vibrar en el bolsillo y el sonido de una llamada entrante rompió la burbuja en la que se encontraban, haciéndolos separarse de inmediato.
Con un suspiro, después de haber leído quién estaba llamando, contestó sin dejar de mirar a su amiga —aunque aquel título no le parecía adecuado; no después de aquel beso— mientras se pasaba una mano por el rostro en exasperación debido a que lo habían interrumpido una vez más en medio de algo que era importante. Aunque, en serio, ya debía haberse acostumbrado para entonces.
—Cisco, ¿qué sucede?
—Metahumano en Jitters—contestó su amigo de manera apresurada—. Iris quiso estrenar su botón de pánico en este momento, así que apresúrate.
Sostuvo su celular contra su oído con más fuerza de la necesaria. Miró a Caitlin, quien no parecía querer mirarlo a los ojos, y aquel hecho lo hizo temblar. Una idea descabellada llegó a su mente.
—Cisco, no es el mejor momento... ¿No puedes encargarte tú?
—¿Q-qué? ¡Barry! Hace apenas una semana dijiste que no podía tomar las responsabilidades por mi cuenta, y mientras tenemos esta conversación estamos poniendo vidas en riesgo. ¿Por qué no puedes venir? ¿Qué tan lejos te encuentras? Oh-oh, ¿estás en una situación comprometedora? Porque si es así, creo que yo podría...
—No, tienes razón, me encargo. —Finalizó la llamada y le dio una mirada llena de disculpas a Caitlin—. Cisco me necesita. Hay un metahumano atacando Jitters ahora, me tengo que ir.
Sin embargo, no se marchó. Aún cuando se levantó, parecía que sus pies estaban pegados al suelo. Tenía que decir algo, ¿no? No podía dejarla ahí, sola a la mitad de su apartamento, no después de lo que acababa de pasar. No sin hablar, sin decirle del remolino de emociones que había en su pecho.
—Caitlin... —él empezó.
Pero, ya que no quería escuchar razones ni disculpas por lo que había pasado, ella se adelantó.
—No tienes que decir nada —lo interrumpió—. Fue un error, y lo entiendo. Estábamos cerca y pasó, no te disculpes. Tienes que irte.
Ni siquiera tuvo el valor de mirarlo mientras lo dijo. ¿Tanto lamentaba aquello? Barry sintió que todas sus extremidades se volvieron más pesadas de lo normal, pero no tuvo el valor de decir nada. Una presión se instaló en su pecho y la única explicación para ello era la palabra con «e» que Caitlin había pronunciado. La miró con dolor, con anhelo, pero ella no notó ninguna emoción. No pudo. No tuvo el valor de ver su rostro antes de que se marchara; se encontraba demasiado ocupada viendo fijamente sus pies, temiendo encontrarse con arrepentimiento en el rostro de su compañero.
Él suspiró, sabiendo que lo necesitaban en otra parte, y entonces comenzó a correr en dirección al peligro; su única intención era atrapar al metahumano y sacar de su cabeza lo que acababa de pasar.
Sin embargo, no tuvo éxito con lo segundo. Lo único que había en su mente era el momento en el que sus labios se habían encontrado con los de Caitlin y la manera en la que sus labios cosquilleaban todavía, incluso aunque ya no se hallaba en su departamento. Nada podía distraerlo de eso, ni del dolor que le había provocado cuando ella dijo que había sido un error.
Si era un error —cosa de la que estaba tratando de convencerse mientras hacía su trabajo; por Caitlin, por su amistad—, ¿por qué estaba peleando contra una intensa necesidad de regresar a su apartamento y besarla una vez más?
Recordó la manera firme en la que Oliver lo había empujado a hacer aquello. Las palabras que usó... no parecía que hablara de una pequeña posibilidad, sino un hecho inevitable.
Tal vez incluso él se equivocaba.
