Fandom: LHDP
Pareja: Pepa/Silvia
Disclaimer: La mayoría de los personajes presentes en esta historia pertenecen a Antena 3 y Globomedia, yo sólo los he cogido prestados durante un rato para escribirla.
Los comentarios y opiniones de cualquier índole son simpre bienvenidos. :)
Capítulo 14
–¿Qué coño…ha pasado, Paco?
Las palabras de Pepa resonaban aún en los oídos de Paco, al igual que el batir de la puerta al cerrarse, pero el Inspector no contestó a la pregunta de su hermana.
–¿Paco?
El hombre la miró por fin, y respondió a su mirada inquisitiva con una sonrisa forzada.
–¿Qué va a pasar, Pepa? –Paco no dejaba de darle palmaditas en el brazo, y Pepa no sabía si la intención era tratar de calmarla a ella o calmarse a sí mismo–. Que estamos muy contentos de que estés bien, ¿eh?. ¡Que menudo susto, leche!
–Paco –el tono de Pepa era de advertencia. A la morena le resultaba cada vez más fácil elaborar sus frases, pero la garganta le seguía doliendo como si hubiera bebido ácido. El dolor unido a la duda y la ansiedad que la situación le estaba provocando no ayudaba ni mucho menos a su, ya de por sí, poca paciencia.
–En serio, cariño –Paco trató de desviar el tema nuevamente–. No hay nada que contar. Tú no te preocupes por nada, lo importante es que te repongas, ¿vale? –las palmaditas volvían a hacer acto de presencia en el brazo de Pepa.
–Paco, ¡joder! –Pepa apartó su brazo como pudo, y miró a su hermano con dureza–. Silvia se comporta conmigo…como si estuviera catatónica, y a Lola…le ha faltado tragarse la lengua al…mencionarme antes la comisaría. ¿Me vas a contar…qué pasa, o tengo…que levantarme e ir a…averiguarlo yo misma? –la morena tomó aire para reponerse, aún le costaba hablar de corrido. Al ver que su hermano no reaccionaba hizo el amago de apartar las sábanas que cubrían su cuerpo para levantarse, pero un movimiento rápido del Inspector se lo impidió.
–Silvia lo ha pasado realmente mal, Pepa –Paco trató de suavizar sus palabras ante la mirada angustiada de su hermana–. Es normal que esté un poco rara con todo esto, ya sabes cómo es –Paco cogió la mano de Pepa que tenía más cerca y la apretó tratando de conferirle ánimos–. En cuanto organice las cosas en su cabeza volverá a ser la de siempre. Ya verás.
Su hermano sonrió de nuevo, tratando de animarla, pero Pepa sabía que seguía habiendo algo más que no quería contarle. Los ojos de Paco habían reflejado pánico cuando había mencionado la comisaría, pero Pepa era consciente de que su hermano no iba a ser quien le contara lo ocurrido. Estaba demasiado preocupado por ella como para causarle más ansiedad. Así que Pepa volvió a relajarse contra la almohada y cerró los ojos, tratando de convencerse de que las cosas iban bien y era ella la que estaba desubicada después del trauma sufrido. Después de todo, hasta que alguien tuviera el valor de hablarle de lo ocurrido, no tenía mucho sentido hacer conjeturas al respecto. Sin embargo, Pepa era incapaz de sacudirse de encima la sensación de que algo iba terriblemente mal.
–Lo que tú…digas, Paquito –Pepa apretó la mano que aún sujetaba la suya, pero no dijo nada más. Simplemente se quedó allí tendida, deseando que las horas y los días pasaran lo antes posible para poder salir de aquel hospital y dejar de sentirse tan sumamente impotente.
Lola y Silvia caminaban sin rumbo fijo después del desayuno, Lola tenía toda la intención de que su hermana descansara lo máximo posible antes de volver al hospital, pero algo le decía que con el millón de cosas que debían estar rondándole la cabeza, iba a ser imposible que lo hiciera, así que había propuesto un paseo antes de dirigirse hacia la casa de la pelirroja.
–¿Lola? –Silvia rompió el silencio que las acompañaba casi desde que habían salido de la cafetería.
–¿Hmm? –la respuesta de Lola fue un mero ruido, tan absorta estaba en descifrar como conseguir hacer hablar a su hermana pequeña, que las palabras de esta la cogieron por sorpresa.
–¿A qué ha venido lo del hospital?
Lola la miró como si no supiera de qué estaba hablando, pero desistió en cuanto vio la ceja arqueada de Silvia retándola a negar la evidencia.
–Ay, yo que sé, Silvia. Es ver a esa mujer y perder los papeles. No me preguntes por qué.
–Pero vamos a ver, Lola, que Marina ni siquiera estaba en la habitación, y te ha faltado aniquilar al pobre Paco con la mirada –Silvia la miraba como no dando crédito.
–¡Pero qué pobre Paco ni qué pobre Paco!. Que anda paseándola por todo San Antonio como si fueran quinceañeros. Que el día menos pensado nos dice que se casa, que…
–¡Lola! –la voz de Silvia interrumpió la retahíla de despropósitos que no paraban de salir de la boca de su hermana–. ¿Pero tú te estás escuchando?
La mayor de los Castro se frenó en seco como si hubiera recibido una bofetada, y de nuevo se llevó la mano a la boca tal como había hecho momentos antes en el hospital, como si de nuevo las palabras se hubieran escapado de sus labios sin su permiso.
–No me digas que estás celosa, Lola –Silvia hizo la pregunta bromeando, pero la cara de su hermana provocó que su gesto cambiara inmediatamente–. ¿Lola?
–Que no, Silvia. Pero ¿cómo voy a estar celosa?. Si fui yo la que se fue, ¿recuerdas? –Lola retomó el camino, no queriendo dar más importancia al asunto–. Es sólo que esa mujer tiene un talento especial para conseguir irritarme.
Silvia apuró sus pasos para alcanzar a una Lola que parecía tener prisa por llegar a algún sitio, y se agarró de su brazo para conseguir mantener la cadencia que llevaba su hermana.
–Lola –Silvia no quiso dejar la conversación tan fácilmente–. Sólo te digo que pienses bien lo que haces, Paco se quedó hecho polvo cuando te fuiste. No sería justo que ahora lo culparas por rehacer su vida después de dos años.
Lola no dijo nada, se limitó a seguir caminando con el rostro serio, pero Silvia sabía que la había escuchado, y con eso le bastaba. Después de todo, su hermana era la cuerda de la familia, Lola pensaba las cosas antes de hacerlas.
¿Y tú? –fue la pregunta de Lola tras unos minutos de silencio, Silvia la miró extrañada.
–No me mires así, Silvia. ¿Me vas a explicar qué demonios te pasa?
–¿A mi qué me va a pasar, Lola? –Silvia se soltó del brazo de su hermana y siguió caminando a su lado, apurando de nuevo el paso.
–Ah no, ahora no me salgas con las prisas, ¿eh? –Lola alcanzó la mano de Silvia y tiró de ella hasta que esta se paró, su mirada fija en el suelo del parque hasta el que las habían llevado sus pasos.
–¿Silvia? –pero Silvia seguía sin contestar–. Mírame, anda.
La pelirroja levantó la cabeza para encontrarse con la mirada preocupada de su hermana, pero el rostro de Silvia seguía reflejando un fingido desinterés por el tema. –En serio, Lola. Debe ser el cansancio, que me vuelve más irritable de lo normal –Silvia acompañó sus palabras de una tímida sonrisa, pero Lola no fue tan fácil de convencer.
–¿Tú me has visto cara de tonta, hermana? –la pelirroja la miró sin saber qué decir–. Pero vamos a ver, Silvia, que hace dos días parecías una lapa pegada a Pepa y hoy que está despierta te alejas de ella como si tuviera la lepra.
–¿Pero de qué hablas? Si cuando has llegado estaba durmiendo en su cama, Lola. Anda, vamos a casa y no digas más sandeces. –Silvia intentó retomar el paso, pero Lola volvió a impedírselo.
–Ya, claro que sí. Y ha sido abrir los ojos y verla y saltar de la cama como si estuviera llena chinches. ¿Pero tú te crees que me chupo el dedo, Silvia? –la voz de Lola era seria, pero su mirada reflejaba comprensión–. Estás muerta de miedo, y por muchas sonrisitas que intentes ponerme, a mi no me la das –Lola se paró para comprobar si sus palabras estaban teniendo efecto en su hermana, y cuando vio que parecía entender lo que le estaba diciendo continuó–. Y a Pepa tampoco.
Silvia se quedó mirando a Lola unos segundos, y cuando la mayor de las Castro ya creía que su hermana iba a volver a intentar evitar el tema, vio como sus ojos se llenaban de lágrimas. Lola no espero a que dijera nada más, simplemente la envolvió en un fuerte abrazo, y Silvia se agarró a su hermana sin saber qué otra cosa hacer.
–Ya está, cariño mío –Lola le decía tratando de calmarla–. Échalo todo fuera, eso es.
Silvia ni siquiera escuchaba las palabras de Lola, el llanto sacudía su cuerpo como si de descargas eléctricas se tratara, y aunque hubiera querido, no habría sido capaz de articular palabra. Lola dejó que llorara, dejó que expulsara toda la tensión acumulada durante las últimas semanas. Los motivos de su llanto podían esperar a ser revelados, lo importante para Lola era que su hermana no se lo guardara dentro.
Y así estuvieron durante un buen rato, con los extraños que pasaban por el parque sorteándolas sin apenas dedicarles una mirada curiosa a las dos mujeres que seguían fundidas en un abrazo en medio del camino. Si Lola hubiera sido una persona con más sentido del ridículo se habría preocupado por el espectáculo que estaban dando allí en medio, pero a la mayor de las Castro nunca le habían preocupado demasiado las apariencias, su única preocupación en ese momento era consolar a su hermana.
Finalmente, el llanto de Silvia pareció remitir, y a pesar de que la pelirroja seguía sin soltarse del abrazo de su hermana, éste ya no era un abrazo desesperado. Era como si simplemente buscara la seguridad y el consuelo que le proporcionaba la presencia de Lola allí con ella.
Lola, notando el cambio en su hermana, se atrevió a aventurar una mirada hacia el rostro de su hermana. –¿Mejor? –le preguntó cuando se encontró con los ojos de una avergonzada Silvia, que se limitó a asentir a la vez que sonreía tímidamente.
–Me alegro –Lola depositó un cariñoso beso en la frente de su hermana, y deshizo un poco el abrazo para poder limpiar los restos de lágrimas de las mejillas de su hermana–. Mucho mejor –dijo cuando terminó, y se quedó mirando unos segundos a Silvia, sin decir nada. La pelirroja miró a su alrededor y de nuevo se sonrojó avergonzada al darse cuenta de donde estaban.
–Anda que vaya dos –dijo, dándole a su hermana un golpecito cariñoso en el brazo, al tiempo que deshacía el abrazo por completo y se llevaba las manos a la cara, intentando borrar cualquier resto que pudiera quedar de su reciente episodio de llanto. Una risa nerviosa se escapó de sus labios, y cuando separó las manos de su cara, Lola pudo apreciar que, aunque el miedo seguía allí, al menos parte de la angustia había desaparecido.
–Habla por ti, maja –le dijo Lola devolviéndole el golpe y la sonrisa–. Que la que por poco deja seco el planeta no he sido yo.
Silvia la miró con los ojos entrecerrados, y cuando Lola ya creía que su comentario para aliviar la tensión había fracasado, su hermana se enganchó de nuevo de su brazo y retomó el camino hacia su casa como si nada hubiera pasado.
–Primero te pinchan para que te desahogues y luego se ríen de una cuando lo hace. Nunca voy a entender a esta familia –farfulló la pequeña de las Castro a la vez que resoplaba exageradamente. Lola se rió y apretó el brazo que estaba enlazado con el suyo, dejándose guiar por Silvia hacia su apartamento.
–Ay, hermana. Di que sí, que a veces un hinchón de llorar hace milagros con el alma –Lola dio un último apretón al brazo de Silvia, y volvió a mirar al frente sin decir nada más.
Las dos hermanas continuaron el camino en silencio durante un buen rato, cada una absorta en sus pensamientos, pensando en qué demonios les depararía el futuro después de todo lo que había pasado. Las dos tenían la sensación de que las cosas habían cambiado en su pequeña familia de San Antonio durante estas últimas semanas, pero ninguna de las dos estaba segura de saber lo que esos cambios iban a significar.
–Estoy muerta de miedo, Lola –Silvia por fin se atrevió a decir, y Lola simplemente la miró, sin decir nada–. Estoy aterrada y ni siquiera sabría decirte por qué, sólo sé que es ver a Pepa y paralizarme, no soy capaz de acercarme a ella ni de hablarle. Y ya sé que es ridículo, que debería de estar loca de alegría –ante la mirada preocupada de Lola, Silvia se explicó–, y lo estoy, créeme. Cuando Pepa abrió los ojos, creí que el corazón iba a salírseme del pecho.
–¿Pero? –Lola preguntó con ternura.
–Pero –Silvia miró al suelo, dejando que sus pies la guiaran como tantas otras veces hasta su destino. Cuando levantó la vista pareció perderse por unos segundos en el infinito–, no sé explicarlo Lola, ni yo lo entiendo.
Lola no intentó presionarla, dejó que su hermana aclarara sus ideas a su ritmo.
–No sé, Lola –los ojos de Silvia volvieron a llenarse de lágrimas por un momento–. Es como si hubiera una barrera invisible que me impide acercarme a ella.
Lola no supo qué decirle, la mirada perdida de Silvia hablaba por sí misma. Había creído que dejando que su hermana se desahogara, las cosas volverían a la normalidad. Pero si ni siquiera Silvia sabía qué era lo que le provocaba ese miedo que se reflejaba en sus ojos, no había nada que Lola pudiera hacer, excepto estar allí para apoyarla cuando lo necesitase. Siguieron caminando en silencio, el bloque de apartamentos de Silvia ya se dibujaba en el horizonte.
Pepa abrió los ojos y se dio cuenta de que la luz en la habitación había disminuido considerablemente. Al parecer todos los tests y pruebas que le habían hecho a lo largo de la mañana la habían dejado mucho más cansada de lo que pensaba, y la pequeña siesta que le había dicho a Paco que se iba a tomar se había tornado, a juzgar por la tenue luz de media tarde que se colaba por la ventana, en unas cuantas horas de sueño. Fue precisamente frente a la ventana donde vio parada a la figura de don Lorenzo, observando las calles de Madrid.
–Suegro –dijo en apenas un susurro, no queriendo sobresaltar al hombre.
Don Lorenzo se giró sorprendido, no esperando oír la voz de Pepa, pero la sorpresa dio paso a una alegría desbordante que se reflejó por medio de una sonrisa en el rostro del austero Comisario, sus ojos empañándose rápidamente, a pesar de que el hombre estaba haciendo grandes esfuerzos por contener las lágrimas.
–Pepa –la mano del comisario encontró la que Pepa le había tendido al verlo girarse hacia ella, y la apretó con fuerza, las palabras parecían fallarle.
–¿Qué? –le dijo Pepa divertida, tratando de restarle gravedad a la situación–. ¿Nada de…Miranda?
El Comisario se rió, y la mano que tenía libre se desplazó sospechosamente hacia la comisura de sus ojos. El hombre tosió débilmente, como tratando de librarse de un nudo en la garganta.
–¿Ni un des…potenciada, ni nada? –Pepa insistió, fingiendo estar dolida.
Esta vez el Comisario soltó una carcajada en toda regla, y una lágrima consiguió escaparse rodando por su mejilla, pero no hizo nada por frenarla, se limitó a apretar la mano de la morena. –No hija, nada de eso.
Pepa le devolvió la sonrisa y añadió. –Bueno, pues si va a ser…Pepa a partir de ahora, al menos…deme un abrazo, ¿no, suegro?
Don Lorenzo la miró, y vio la necesidad de ese abrazo reflejada en los ojos de Pepa, por mucho que la morena tratara de camuflarlo con bromas. El Comisario sintió un profundo sentimiento de protección hacia la mujer que había salvado la vida de su hija; el verla tan vulnerable en esa cama de hospital lo inquietaba terriblemente. Sin dudarlo, se acercó a la cama y se sentó en el borde, abriendo sus brazos, y sin apenas darle tiempo a reaccionar, se encontró con Pepa abrazada a él como si fuera el único salvavidas en todo el océano.
El Comisario la apretó contra sí con cariño, y Pepa se abrazó a él con fuerza, a ese hombre que parecía mantenerse en pie ante cualquier tempestad, no importaba cuan fuerte el viento o las olas trataran de derribarlo. Pepa necesitaba esa fortaleza ahora, porque se sentía perdida como una niña, y don Lorenzo pareció entenderlo. Así que lejos de dejar el abrazo en un simple gesto de cariño, la sostuvo entre sus brazos como tantas veces había hecho con sus hijas cuando eran pequeñas y se despertaban en plena noche asustadas por una pesadilla.
Así permanecieron durante un buen rato, sin necesidad de decir nada, hasta que finalmente Pepa se separó un poco y se dejó caer de nuevo sobre la almohada que reposaba en la cama ligeramente elevada. Los dos se sonrieron sin saber muy bien qué más hacer, los ojos de ambos nublados por las lágrimas que los dos se negaban a dejar caer; y es que en el fondo, Pepa y su suegro no eran tan diferentes, siempre tratando de mantener oculto su lado más vulnerable. El hecho de dejarlo aflorar delante del otro suponía un acto de confianza entre ellos que a ambos les resultaba, cuando menos, curioso teniendo en cuenta su pasado.
Los dos carraspearon casi en el mismo momento tratando de recuperar la compostura, y ese fue el detonante para que ambos estallaran en risas, la intensidad del reencuentro totalmente disipada.
–¿Y Paco? –preguntó Pepa echando un ojo por la habitación a la vez que se llevaba la mano a los ojos para eliminar las lágrimas que se habían acumulado fruto de la risa y la emoción.
–Pues –el Comisario volvió a carraspear antes de contestar–, salió a hacer unos recados hace como media hora.
Pepa asintió con la cabeza y desplazó su mirada hacia la ventana, y así se quedó unos segundos, contemplando el atardecer de Madrid desde su habitación de hospital.
–¿Cuánto tiempo llevo aquí? –preguntó, sin apartar su vista del ventanal.
El Comisario se la quedó mirando unos instantes, apreciando la confusión que reflejaba su voz; era evidente que Pepa no estaba contemplando el atardecer, simplemente miraba al infinito sin saber qué otra cosa hacer en aquella habitación.
–Unos dos meses, Pepa –don Lorenzo respondió a su pregunta al tiempo que tomaba de nuevo su mano.
La cabeza de Pepa se volvió rápidamente hacia el comisario, sus ojos llenos de incredulidad.
–¿Dos…? –Pepa tragó saliva con dificultad, era como si las palabras del comisario la hubieran dejado sin aliento–. ¿Dos meses?
Don Lorenzo se limitó a asentir, y Pepa volvió a dirigir su vista hacia la ventana, de nuevo pensativa.
–Usted sí va a contarme lo que ha pasado, ¿verdad que sí, don Lorenzo?
La voz de Pepa sonaba tan perdida, que el Comisario no pudo hacer más que preguntar.
–¿Qué quieres saber, hija?
Y Pepa se volvió nuevamente hacia su suegro y respondió.
–Todo.
Continuará...
Pues esto es todo por ahora. No dudéis en compartir vuestra opinión conmigo, siempre ayuda conocer vuestra perspectiva de la historia. ¡Gracias por leer!
