DETRÁS DEL VELO
14. Irem.
Esta Ciudad de los Pilares se encontraba en un nexo de extrañas fuerzas y eran Ellas de las que hablo como si fuesen un mástil de Energía; por tanto era más fácil abrir la Puerta en este sitio que en cualquier otro lugar de la Tierra. Así que yo mismo, Alhazred, fui el primero en abrir el Portal en la propia Irem una noche negra cuando la Luna fría se estremecía y ocultaba su rostro y extrañas estrellas rojas refulgían como poderosa Señal.
Abdul Alhazred
Dos días después los tres magos esperaban en algún lugar de la campiña. Kingsley observaba su reloj, Ojoloco miraba a su alrededor con su ojo de cristal y Remus simplemente aguardaba.
Desde que Ojoloco se puso en contacto con Sirius el licántropo no había pronunciado palabra. Había caído en una especie de sopor que lo hacía insensible a todo, aunque de vez en cuando lo veían llevarse las manos a la cabeza para acabar gimiendo desesperado palabras ininteligibles. Nunca hablaba de lo que veía o sentía en aquellos momentos de trance. Los ataques, sin embargo, pasaban rápido y pronto volvía a su mutismo. Shackelbolt estaba preocupado porque pensaba que era efecto de la droga, pero Moody aseguraba que tarde o temprano se le pasaría, que los terrores dejarían de acosarlo y volvería a ser el mismo de siempre: el dulce lobito con piel de cordero capaz de comprar a todos con su sonrisa.
-Es la hora.
Kingsley se agachó para tocar una botella rota que había a sus pies. Moody y Lupin lo imitaron y el traslador se puso en marcha.
Unos segundos después la suave campiña inglesa había desaparecido para dar lugar a una extensión enorme de fina arena dorada.
-No sé cuánto tardaremos en llegar. No pude establecer el traslador más cerca porque el lugar no era seguro –Kingsley sacó su varita y le lanzó un hechizo para convertirla en una brújula-. No sé exactamente por dónde…
-Guarda eso –Ojoloco hizo un gesto de reproche-. Estamos justo en el límite del Espacio Vacío, aquí no te servirá de nada ese chisme. Desde ahora sólo nos pueden guiar las palabras de Alhazred –mientras hablaba sacó una hoja llena de garabatos, apuntes sobre el Libro Maldito, y la consultó unos instantes-. Creo que es por ahí.
Habían salido de la húmeda Inglaterra para aterrizar en un desierto seco y caluroso, así que tuvieron que aligerar sus ropas. Avanzaban despacio, porque sus pies se hundían constantemente en la blanda arena. Lupin iba el último y a menudo tenían que pararse a esperar que los alcanzara.
Sabían por el Necronomicón el lugar al que debían dirigirse. Alhazred hablaba de tres ciudades secretas entre las arenas: la primera era la Ciudad sin Nombre en la que moraron los Hijos de la Serpiente. La segunda, la Ciudad Negra en cuyo trono se sentaba la momia de Xulthltan que, según la leyenda, sujetaba una Gema reluciente entre sus huesudos dedos. Pero ellos tenían que ir a la tercera: Irem, la Ciudad de los Pilares. Sin embargo no sabían su emplazamiento exacto.
Cuando Alhazred hizo su viaje, tuvo que enfrentarse a un sinfín de horrores e incluso hablaba en su libro de una terrible tasa que tuvieron que pagar al líder de los Devoradores Abominables de las arenas, tasa que serviría como salvoconducto para atravesar aquellas tierras sin peligro. Afortunadamente esos tiempos habían pasado y los trasladores permitían conectar con lugares a los que antes era imposible acceder. Pero aún así no resultaría fácil encontrar la ciudad sin seguir los consejos del árabe loco.
Remus apenas se dio cuenta de lo que ocurrió durante tan extraño viaje. Iba inmerso en su propio mundo y no entendía nada de lo que pasaba a su alrededor. Para él todo su mundo se centraba en aquel torrente interno que lo atormentaba: Sirius. Sólo él. No podía pensar en otra cosa y tampoco quería hacerlo.
No se percató del interés de Moody y Kingsley por buscar agua. Nada le interesaba. En un momento determinado, Ojoloco surgió del interior de una extraña caverna, trayendo consigo un curioso manjar: arañas. Arañas pequeñas, blanquísimas y casi luminosas. Remus recordó vagamente haber leído algo en el libro de Alhazred. Sí, las arañas servirían para localizar la ciudad de Irem. Al parecer, había que consumir tres de aquellos insectos. Tres. Ni uno más ni uno menos, y entonces se despertaría una especie de Segunda Visión. Con ella serían capaces de ver cosas que para el ojo humano pasarían desapercibidas. Aceptó su parte del manjar sin rechistar y cuando Ojoloco se lo ordenó las comió.
Todo se transformó en un segundo: bajo la luz de la luna todos los horrores se hicieron visibles y surgió una nueva pesadilla: espectros blancos que guardaban sus propias tumbas a lo largo del camino, devoradores de almas, criaturas de la noche invisibles al ojo humano, que sólo aparecían cuando se consumían aquellas arañas de las profundidades. Remus no participó en los tratos que Ojoloco y Kingsley hicieron con aquellos Devoradores, jamás supo el precio que tuvieron que pagar para que los guiaran hasta su destino. Pero al cabo de un tiempo, el perfil de una ciudad surgió en la lejanía. Podía ver las cúpulas luminosas en la distancia, refulgiendo como la plata líquida.
Irem: la Ciudad de los Pilares.
Hacia allí se dirigieron. Cuando alcanzaron la ciudad vieron un pórtico de luz. Lo atravesaron, y nada más hacerlo, toda la gloria de la ciudad desapareció y sólo quedaron las ruinas.
La extraña ciudadela parecía víctima de una salvaje y antigua guerra: todos sus edificios parecían derrumbados, abandonados, y sin embargo entre ellos se alzaban gran número de pilares, altos como edificios de una gran ciudad. En medio de todos ellos se erguía una Torre. Era alta, y negra, y parecía tener una extraña aura zumbando a su alrededor.
-Es ahí.
Era la primera vez que Remus hablaba desde hacía horas. Su dedo extendido señalaba la curiosa construcción.
-¿Estás seguro? -Remus asintió y Ojoloco trató de disimular su alegría por haberlo oído hablar-. Entonces¿a qué esperamos?
Caminaron hacia la Torre en silencio. Había algo en el ambiente que los conminaba a intentar pasar desapercibidos. Sobre los derruidos pilares, la sombra de extraños seres los observaba.
Remus era incapaz de controlar sus pensamientos. No sabía si seguir con sus locas esperanzas o darse de una vez por vencido. ¿Adónde conducía todo aquello¿Qué iba a conseguir con su estúpida obstinación? Su ánimo había cambiado en el mismo momento en que Daniel fue a visitarlo. Hasta ese instante había estado luchando, debatiéndose por conseguir su objetivo. Había peleado con furia cuando Ojoloco lo ató a la cama. Incluso había estado dispuesto a enfrentarse a él. Y todo por salvar a Sirius y traerlo de vuelta.
¿Qué pasó entonces?
Al principio Remus pensó que era culpa de la droga, que le había alterado la mente y por ende los pensamientos. Se rindió. No hubo razón, sólo pasó. Sirius no iba a volver. ¿Cómo había estado tan ciego? Fue entonces cuando empezó a oír aquella voz en su cabeza, una voz que le incitaba a abandonar. A dejar las cosas como estaban.
Tu pasado no volverá. Tuviste tu tiempo, y lo desperdiciaste. Él podía haber sido tuyo si hubieras sido un poco más valiente, si hubieras confiado más en ti mismo. Pero todo ha pasado. Ahora es imposible. Él no va a volver.
Remus odiaba aquella voz. Cuando aparecía, rogaba para que se marchara y se sujetaba la cabeza con desesperación, como si así pudiera expulsarla. Pero la voz sólo callaba durante unos minutos y luego volvía a la carga.
¿Creías que podías salvarlo¿Tú? Ni siquiera puedes salvarte a ti mismo. ¿Por qué no lo olvidas? Aún puedes ser feliz, sin él.
Olvidar. Olvidar sus ojos transparentes, la magia de su sonrisa. Olvidar sus gestos confiados, su voz profunda y dulce. Olvidar sus manos, el roce de su piel, sus labios…
Olvídalo.
Imposible. Sirius había sido parte de su vida durante demasiado tiempo.
Olvídalo.
Lo había protegido, lo había ayudado.
Olvídalo.
Siempre había estado a su lado en los momentos difíciles.
Él te abandonó.
Mentira.
Desconfió de ti y por culpa de ello James y Lily murieron.
No fue culpa suya. Ni mía. No fue culpa de nadie…
Te abandonó.
Estaba asustado. Tenía miedo. Se sentía culpable por la muerte de su mejor amigo.
Y prefirió Azkaban a ti. Él te olvidó¿por qué no habrías tú de hacer lo mismo?
Y Remus luchaba sin tregua contra aquella incansable voz que se había metido en su cabeza. ¿Sería capaz de olvidarle? Después de todo lo que habían pasado… ¿Iba a abandonarlo?
El interior de la Torre estaba oscuro y Kingsley y Alastor tuvieron que alzar sus varitas para dar un poco de luz al lugar. Cuando al fin se iluminó vieron una escalera de caracol subiendo por la pared interna de la Torre de forma que en el centro quedaba un amplio cilindro hueco. Era imposible divisar el final de aquel camino, que se perdía en las sombras.
-Subamos.
No podían hacer otra cosa. Ojoloco marchaba el primero, con la varita en alto para asegurarse de no dar ningún paso en falso. Le seguía Remus, concentrado en los desiguales escalones, y Kingsley cerraba la marcha, vigilando la retaguardia.
La Torre era alta, la escalera subía y subía remontando por el borde del muro en una continua espiral, sin barandilla, interrumpida sólo en algunos rellanos que parecían conducir a abandonadas habitaciones ahora selladas.
No supieron cuánto tiempo tardaron en llegar arriba, pero cuando al fin alcanzaron la última puerta se encontraban exhaustos. Remus se recostó en la pared mientras Ojoloco y Kingsley probaban distintos hechizos para abrir la oxidada cerradura. Finalmente, después de varios intentos, ésta soltó un crujido y el cerrojo se partió por la mitad.
-Camino despejado.
Entraron. Había algo espeluznante en aquel lugar, algo que no podían describir con palabras. Una sensación de pérdida, de miedo… y de soledad. Estaban en lo que parecía el laboratorio secreto de un mago. El suelo, cubierto del polvo de siglos, amortiguaba el sonido de sus pasos. Se desperdigaron por la habitación y cada uno se retiró a un rincón a investigar.
Había viejas estanterías repletas de antiguos libros de hechizos y tarros de cristal con hierbas secas y curiosos polvos para pociones. En un rincón, divisaron algunos esqueletos de inconcebible criaturas que se enroscaban en el fondo de pequeñas y sucias jaulas.
Remus pasó los dedos por la enorme mesa que había en uno de los extremos de la sala: estaba cubierta por una pesada losa de mármol negro grabada con antiguas y misteriosas runas. Había un libro sobre ella, abierto y olvidado. Se inclinó un poco sobre él para tratar de descifrarlo, pero justo en ese momento el grito impresionado de Kingsley llamó su atención.
-¡Lo encontré!
Ojoloco y Remus se apresuraron junto a él. Su mano aún sujetaba el cordón dorado de seda de la pesada cortina que acababa de descorrer. Allí, bajo sus pliegues de terciopelo púrpura, estaba lo que habían ido a buscar.
-El Portal…
Cinco cabezas metálicas de dragón vigilaban un acceso vacío y oscuro. Remus contuvo la respiración mientras las observaba con curiosidad y respeto; cada una era de un color: azul, verde, rojo, blanco y negro.
-Impresionante –murmuró Ojoloco.
El licántropo dio un paso al frente y subió el par de escalones que llevaban al Portal. Entonces alargó la mano hacia una de las cabezas, pero Moody lo sujetó por el brazo.
-¡Detente! Es peligroso.
-Es aquí –murmuraba Kingsley, con los brillantes ojos fijos en el misterioso Portal-. Jamás pensé que lo vería. Es tan… impresionante.
Todos conocían la leyenda de aquel lugar, habían tenido que estudiarla en la escuela: el poderoso hechicero Raistlin Majere (el mismo que Ojoloco y Lupin habían tratado de invocar) fue uno de los pocos en conseguir cruzar el Portal. De hecho, perdió la vida en aquel lugar y muchos pensaban que pasó el resto de sus días en el Abismo.
-Bien –Ojoloco parecía nervioso-. Bien… Será mejor que nos pongamos manos a la obra enseguida…
-¡Me engañaste!
El Guía no contestó y aquello enfureció aún más al mago, que se puso en pie con los puños apretados y los ojos encendidos.
-¡¿Por qué?!
-Ya te lo dije. Nadie escapa de detrás del Velo.
Sirius soltó un gemido de rabia e impotencia.
-¿Y a ti qué te importa¡¡Te dije que no quería tu compañía!! Iba a salir de aquí, mis amigos intentaban ayudarme y por tu culpa… Por tu culpa…
No pudo seguir, se deshizo en sollozos. No aguantaba más. Todo empezaba a derrumbarse sobre él. Por un momento había creído que podría salir de allí. Se sintió seguro de ello cuando Remus contactó con él y cuando leyó aquella inscripción en el viejo muro de Koth sus esperanzas se renovaron. Pero todo se había vuelto a desvanecer otra vez con aquel duro golpe. Se había equivocado de camino y volvía a estar solo.
El Guía se acercó a él y habló en voz baja, junto a su oído, para asegurarse de que lo escuchaba.
-Era inútil. Aunque no hubiera manipulado la inscripción no habría servido de nada. Tus amigos no podían ayudarte. Tendrías que haber visto su cara cuando se dio cuenta de lo que iba a hacer, cuando comprendió que iba a manipular su mensaje.
Sirius se secó las lágrimas con la palma de la mano.
-¿Lo viste? –su voz temblaba-. ¿Viste a Remus?
-Un hombre delgado y enfermo. Tenía ojos de animal –siguió el Guía. Podía intuirse la sonrisa bajo la capucha-. Se manifestó en Koth y escribió el mensaje con una piedra. Yo le dejé hacer. Cuando me vio, comprendió lo que iba a pasar, pero no pudo hacer nada –Sirius miraba al suelo con los ojos abiertos y la respiración entrecortada-. Valiente. E insensato. Venir a Koth requiere una gran cantidad de energía. Es posible que no haya sobrevivido.
Sirius sabía que no serviría de nada, pero fue superior a él. No pudo controlarse. El Guía había puesto en palabras sus propios pensamientos¿Por qué había aparecido Ojoloco¿Por qué no Remus, si era él quien había contactado con él hasta el momento¿Acaso estaba…?
Muerto…
-¡¡¡NOOO!!!
Su acto desesperado cogió al Guía por sorpresa y Sirius consiguió aferrarse a él durante una fracción de segundo antes de que éste lograra escapar. Fue suficiente para golpearle el rostro y retirar por fin la enorme capucha que lo cubría. El Guía se apartó de él casi enseguida, pero no se molestó en volver a cubrir sus rasgos y Sirius se fijó en él, con los puños todavía apretados.
Su rostro parecía cubierto por una máscara dorada, efecto debido al color enfermizo de la piel. El pelo era blanco y enmarcaba unos rasgos angulosos y puntiagudos, como los de una estatua mal acabada. Y los ojos… Pupilas siniestras, con la forma de relojes de arena, alargadas en los iris dorados.
-No está mal. Nadie ha conseguido tocarme desde que estoy aquí, y te aseguro que eso es mucho tiempo.
Sirius apretó los dientes, tratando de no dejarse sorprender.
-Pues yo te aseguro que si vuelvo a tener la oportunidad no sólo te tocaré. Acabaré contigo, no me importa cómo.
El Guía soltó una carcajada que sonó falsa y metálica como el chirrido de un metal arañando el cristal.
-Te aseguro que me gustaría ver cómo lo intentas –el animago se irguió con orgullo-, pero no ahora. Verás, la verdad es que todo esto me resulta bastante… desconcertante.
Sirius se limitó a apretar los labios.
-Me refiero a tus amigos. Y al hecho de que no se den por vencidos. Al igual que tú. Curioso… tanta determinación indica un espíritu inquieto y tal vez valiente.
-No me importa lo que pienses -Sirius se dio la vuelta-. He perdido demasiado tiempo. Me marcho.
-¿Aún no te rindes?
-Nunca.
-Interesante… Pero antes de seguir, tal vez te gustaría saber en qué dirección queda el lugar al que intentas llegar.
Sirius se detuvo, pero no se volvió.
-¿Por qué habría de confiar en ti? Acabas de confesar que tú manipulaste el mensaje y me trajiste aquí a traición para acabar conmigo.
-Cierto. Pero tu actitud me ha sorprendido y estoy empezando a pensar que mereces una nueva oportunidad.
Sirius gimió desesperado. ¿Qué hacer?
-Lo siento. Es muy tarde para eso. Ya no confío en ti.
Dio un par de pasos pero casi al momento el Guía se plantó ante él cortándole el paso.
-Es una lástima porque yo podría llevarte al Portal. Ellos te esperan al otro lado y tú… quieres volver a verle. ¿Verdad?
Sirius tomó aire y alzó la mirada. Sus ojos grises habían perdido todo el brillo y había surcos de lágrimas secas en su rostro.
-¿Por qué iba a creerte?
El Guía adoptó una expresión seria. Sus ojos dorados se estremecieron.
-Porque yo también pasé años soñando con que vinieran a buscarme.
No supo por qué, pero Sirius creyó aquellas palabras. Aún así, se sentía inseguro y no quería volver a caer en una trampa.
-Dijiste que no se podía escapar de este lugar.
-Yo no pude. Pero tú tienes a alguien que se preocupa por ti al otro lado. Alguien que está dispuesto a dar su vida por devolverte la tuya. Eso merece una oportunidad.
-¿Sabes… dónde está el Portal?
-Por supuesto.
Sirius tragó saliva.
-¿Y… me guiarás hasta allí?
El Guía sonrió y volvió a colocarse la capucha para dejar su rostro en sombras.
-Lo haré. Soy tu Guía.
Por fin anochecía y empezaron a hacer los preparativos. El conjuro que iban a realizar no era complicado, pero debían asegurarse de que todo salía bien. El más mínimo error podía resultar fatal, y todos lo sabían.
Kingsley empezó a sacar cosas de su mochila y las fue dejando por el suelo mientras Moody machacaba unas plantas en un almirez para hacer la mezcla para el conjuro. Remus pasó casi todo el tiempo asomado a una de las pequeñas ventanas del laboratorio, viendo cómo la luna brillaba en el horizonte.
Pensaba en él. En el rumbo que había tomado su vida desde aquel fatídico día en que el lobo clavó los colmillos en su garganta. Llevaba mucho tiempo sin compadecerse de sí mismo, pero ahora no podía evitar hacerlo. El lobo estaba inquieto en su interior y él no sabía qué hacer para calmarlo.
-Lupin, ven aquí.
La voz autoritaria de Ojoloco lo sacó de sus pensamientos. Se retiró de la ventana y avanzó hacia él. Moody le entregó el espejo comunicador.
-Toma. Tú te encargarás de esto.
Lupin asintió, pero no dijo nada. Kingsley se ponía en pie en ese momento, sacudiendo sus manos.
-Bien. Parece que todo está listo. Será mejor repasarlo todo una vez más –Ojoloco asintió para que siguiera hablando-. Moody se encargará del conjuro que abrirá el acceso. Se colocará dentro de una estrella de cinco puntas y dirá las palabras que abrirán el Portal. Yo me ocuparé del hechizo de protección, para evitar que otras criaturas no deseadas entren en este mundo. Y, Remus, tú te encargarás del espejo. Sólo tienes que mantenerlo en alto. Realizaré un hechizo de atracción sobre él para que el espejo que lleva Sirius actúe con éste como un imán. Así no equivocará el camino. ¿Entendido?
-Entendido –dijo Ojoloco con alegría. Remus sólo inclinó la cabeza en señal de comprensión.
-Los hechizos no son muy complicados pero es esencial mantener la concentración. Ojoloco y yo estaremos hablando a la vez y es muy importante no equivocar las palabras.
-Tengo práctica en los hechizos múltiples. No te preocupes por mí.
Kingsley sonrió.
-Va a salir bien.
Se acercó a Remus y le cogió el espejo. Lo situó en el suelo y pronunció algunas palabras.
-Listo –Remus lo cogió de nuevo-. ¿Te encuentras bien? –preguntó Kingsley en voz baja.
-Sí.
Remus alzó un poco la cabeza para mirarlo a los ojos y Kingsley sonrió con tristeza al ver su expresión.
-Ya falta poco –murmuró. Y le dio un par de palmadas en el hombro.
-Sólo puedo acompañarte hasta aquí.
Acababan de llegar a lo alto de una pequeña colina desde la cual se divisaba por fin la ciudad de Yuggoth. Sirius lo miró espantado.
-¿Qué?
Desde su posición se veía perfectamente la ciudadela. Sus calles, si es que podían llamarse así, estaban atestadas de horripilantes criaturas. Monstruos de todas clases, que se amontonaban entre sí, guardando la entrada de una alta torre negra. El Guía la señaló.
-Allí está el Portal.
Sirius tragó saliva. No quería suplicar, pero el terror lo había apresado.
-No puedes dejarme ahora –gimió-. ¡Esos monstruos me devorarán!
-Es el último paso. Y debes darlo solo.
-¡Pero…!
-Lo siento. No puedo acompañarte.
Sirius tomó aire antes de volver a fijarse en la ciudadela. ¿Cómo lograría pasar solo? Negó lentamente con la cabeza, mordiéndose los labios.
-Está tan cerca –sollozó.
-Puedes llegar allí.
-¡Sí, muerto!
-¿Te estás rindiendo?
Apretó con tanta fuerza sus puños que las uñas se clavaron en la palma de sus manos.
-No.
-Bien. Porque me decepcionarías.
Sirius tomó aire con calma y el Guía contuvo una sonrisa.
-No debes preocuparte. No será tan difícil cruzar. No con el amuleto.
-¿El amuleto? -Sirius rebuscó entre sus ropas hasta encontrar el amuleto de Koth. Aquel que había cogido cuando leyó el mensaje que luego resultó estar equivocado-. ¿De verdad funciona?
-Sí.
-¿Y cómo…¿Qué tengo que hacer con él?
-Sólo mantenlo en alto. Quizás no sea protección suficiente, pero te ayudará.
Sirius asintió un poco más tranquilo.
-Será mejor que te marches. Él te está esperando.
El animago sintió su corazón estremecerse.
-Gracias –murmuró.
-No me las des… aún.
Sirius esbozó una sonrisa y sin más empezó a caminar hacia Yuggoth. Si todo salía bien, si no moría en el intento, dentro de poco tendría a Remus en sus brazos. Si todo iba bien, muy pronto aquella pesadilla terminaría.
No se giró ni una sola vez. Su corazón le indicaba que debía caminar, seguir avanzando, y no dedicó otra mirada de despedida al Guía que lo había acompañado hasta allí. Sin embargo, unos ojos dorados lo siguieron durante todo su trayecto hasta la ciudad.
-Espero que lo consigas. Serías el primero en mucho, mucho tiempo.
-¡Adelante!
A la señal de Moody, Kingsley y él empezaron a recitar sus respectivos conjuros. La sala no tardó en llenarse de murmullos apagados, palabras que se entrelazaban y fluían a la vez. Había tres estrellas de tiza pintadas en el suelo y cada uno de ellos ocupaba una. La de Remus era la que estaba más cerca del Portal y él fue el primero en ver los ojos de los dragones brillar como gemas relucientes. Fue extraño: parecía como si de pronto aquellas figuras hubieran cobrado vida. En lugar de estatuas viejas y desgastadas, parecían verdaderos dragones dormidos: sus escamas brillaban y sus ojos de reptil parecían contemplar a los tres magos. Remus casi podía jurar que sintió su cálido aliento golpeándole el cuello.
-De la oscuridad a la oscuridad, el eco de mi voz resuena en el vacío –con las primeras palabras de Ojoloco, el brillo de las cabezas se hizo deslumbrante-. De este mundo al otro, mi voz clama, exultante de vida. De la oscuridad a las tinieblas, llamo. Bajo mis pies el suelo es firme. Tiempo: detén el curso de tu marcha.
Los colores de las cuatro cabezas se fundieron en un torbellino de color que empezó a girar alrededor del Portal, definiendo el punto de oscuridad del acceso. Sólo la estrella de protección impedía que los tres magos fueran absorbidos por el potente vórtice.
Remus alzó el espejo y un haz de luz brillante y pura salió de él hasta desaparecer en el negro agujero que se había formado. El espejo llamaba a su compañero.
-¡Sirius! –llamó-. ¡SIRIUS!
Una potente ráfaga de magia inundó el laboratorio: los libros cayeron de las estanterías y los tarros de cristal estallaron.
-¡SIRIUS BLACK!
Kingsley permanecía con los ojos cerrados, concentrado en su propio hechizo. Su voz, un poco más apagada, parecía un murmullo monótono y repetitivo. Remus tenía que hacer esfuerzos por permanecer con los ojos abiertos, el fuerte viento estrellándose en su rostro le arrancaba lágrimas de los dorados ojos. Parpadeó con fuerza antes de volver a fijarse en el acceso y gritó una vez más el nombre del animago. ¿Por qué no venía¿Es que no lo oía¿No veía el rayo de luz que lo guiaba a su lado¿Por qué tardaba tanto?
-¡¡SIRIUS!! –su grito fue ahora desesperado, tan desgarrador que Kingsley dudó un segundo al escucharlo. Pero volvió a centrarse enseguida.
Remus bajó un poco el espejo, que hasta entonces había mantenido alzado sobre su cabeza.
No venía. Sirius no venía.
Volverás a quedarte solo.
Asustado y preocupado dio un paso al frente. Moody se revolvió a su lado, pero no paró su conjuro, aquello habría supuesto el final del hechizo. Remus avanzó un poco y se detuvo cuando sus pies rozaban los trazos de tiza en el suelo.
-Por favor, Sirius… -repitió con la voz rota-. ¡Vuelve!
Ya no había nada que hacer. Si él no venía ahora, si no acudía a su llamada, todo habría acabado. La luz del espejo parpadeó y Remus bajó la mano, vencido. Lo había perdido. El espejo resbaló de sus dedos temblorosos y justo cuando se estrellaba contra el suelo, una luz cegadora inundó la habitación. Remus alzó la cabeza y lo mismo hicieron Kingsley y Moody desde sus respectivas posiciones. El acceso se había abierto, las bocas de los dragones gruñeron con fuerza a la vez y una salvaje ventisca sacudió la estancia. A través de las lágrimas congeladas de su rostro, Remus pudo divisar una figura, avanzando hacia él desde el interior del Portal. Reconocería aquella forma en cualquier parte.
No hizo caso del grito de Moody, ni se dio cuenta de que Kingsley detenía su retahíla de palabras durante unos segundos. Salió de la estrella dibujada en el suelo y se acercó a la imagen que avanzaba hacia él. La figura cruzó al fin el Portal y toda la luz que lo envolvía se apagó de golpe, dejando un cuerpo marchito y un rostro asustado.
-¿Remus?
Lupin dejó de pensar por un momento. Se lanzó hacia la figura que acababa de llegar, sin hacer caso a los terroríficos seres que le acompañaban. No vio la ansiedad de su rostro, ni el amuleto que alzaba en su mano. Sólo lo vio a él. Lo abrazó con fuerza, entre sollozos.
Lo había recuperado.
Sirius no entendía qué había pasado. Sólo era consciente de los cálidos brazos de su amigo rodeándolo.
Lo había conseguido.
Con un suspiro de alivio, se dejó arropar por la calidez del licántropo y perdió el conocimiento.
Continuará…
N/A¡Por fin¡¡SIRIUS HA VUELTO!! El licántropo lo consiguió y Sirius vuelve a estar entre nosotros. ¡Nuestro querido animago ha vuelto! Después de tanto sufrimiento… Espero que la espera haya valido la pena.
Quizás esta última parte está narrada con demasiada prisa, pero realmente ya estaba impaciente por traerlo de vuelta y juntarlos. Ahora soy muy, muy feliz
Por cierto, tengo que aclarar que la descripción de la Torre de Irem está basada en el Laboratorio de Raistlin Majere, los que hayáis leído la Dragonlance os habréis dado cuenta enseguida
Y como lo prometido es deuda, aquí os dejo la referencia de los libros que me han servido de inspiración para este relato. Casi todo lo he tomado del primero, pero también me guié por algunas cosas del segundo. Aquí están:
--CARTER, Lin. El Necronomicón: la traducción de Dee .- En: H.P. Lovecraft y otros. Madrid: Puzzle, 2005.
--TYSON, Donald. Necronomicón: el libro maldito de Alhazred .- Madrid: EDAF, 2005.
Muchas, muchas gracias a todos los que me seguís todavía. Ya falta muy poco para el final: sólo dos capítulos.
¡Nos vemos en el próximo!
Ahora, más que nunca, la estrella de Sirius brillará con fuerza en el cielo.
DAIA BLACK.
M.O.S.
