CAPITULO 14

Isabella

Ahora que estaba de vuelta en el castillo, la vida volvió a la normalidad. Me sentaba en el patio y leía mientras Edward trabajaba el día entero. Me tomó un tiempo sobreponerme a los hechos de la fiesta de apertura: que Tanya era una hermosa duquesa aún prendada de Edward, que Jacob no había recuperado a su hermana, que Bones seguía siendo un monstruo vil y que Joseph había arriesgado estúpidamente el cuello para sacarme de allí.

El castillo nunca me había parecido tan cómodo.

Quería quedarme dentro de aquellos muros para siempre y disfrutar de la paz de estar escondida. Joseph no podía atraparme si estaba rodeada de muros de piedra sólida. Sin duda no podía llegar hasta mí, no con todos los hombres de Edward vigilando constantemente la propiedad.

Por fin podía relajarme.

Edward entró en el jardín, vestido con su traje y corbata negros. Había empezado a ser una costumbre entre nosotros almorzar juntos. Con cada semana que pasaba, íbamos creando una rutina que mezclaba comidas, sexo y ejercicio.

Llevaba puestas sus gafas de sol de aviador, lo que le daba pinta de estar de vacaciones y no en el trabajo. Cuando llegó a mi silla, agarró ambos reposabrazos y se agachó para besarme. No me dio mucho tiempo para prepararme, y claramente lo había hecho adrede. Me dio un fuerte beso en los labios antes de sentarse en la silla que había junto a mí. Las doncellas me habían traído una tetera y un poco de leche. Antes de llegar al castillo no había acostumbrado a beber té, pero le había cogido el gusto en unos meses.

—¿Disfrutando del día?

—Sí. —Cerré el libro y lo dejé sobre la mesa—. He salido a correr y he hecho algunas pesas. Luego me he duchado y he bajado aquí. Es agradable tomar un poco el sol. —Ya que era mi única oportunidad de salir al aire libre.

—Ya me parecía que estabas más sexy de lo normal. —Sonrió de un modo que se suponía que debía ser arrogante pero que, por supuesto, le quedaba sexy. Todo lo que hacía era sexy, a pesar de que nunca se lo diría a la cara.

—Qué va. Estoy flácida como de costumbre.

—No estás flácida —dijo entre risitas—. Eres perfecta de todos los modos posibles.

El cuerpo se me llenó de calidez al oír aquello. Que lo estuviese diciendo de verdad me hizo sentir especial. Me decía cosas muy dulces cuando menos lo esperaba. Era romántico y cariñoso, completamente opuesto a cuando nos habíamos conocido.

—Quizás te parezca que ser flácida es perfecto.

—Creo que ser tú es perfecto. —Cogió mi taza de té y le dio un trago.

—Deberías dedicarte a la diplomacia.

—Siempre sé lo que hay que decir, ¿eh? —Sirvió más té caliente en la taza y añadió una gota de miel antes de recostarse y bebérselo.

Ya apenas lo veía beber whisky, y su humor era notablemente más alegre. Sabía que no estaba completamente sobrio, pero al menos bebía una cantidad razonable. También parecía más feliz, pero era posible que aquello se debiese a razones diferentes.

—¿Has trabajado mucho hoy?

—A los días le faltan horas, incluso con Siobhan trabajando el doble que yo.

—Ofrecería mi ayuda, pero dudo que pudiera serte útil.

—Aunque lo fueses, preferiría que te relajaras.

Y yo preferiría terminar mi educación para poder hacer algo productivo con mi vida, no quedarme sentada todo el día y engordar.

—¿Cómo está Jacob?

Agitó el té con la cucharilla antes de dejarla en el platillo de café. Era un adulto de manos enormes, así que resultaba bastante gracioso verlo beber de una taza diminuta, como si fuese una mujer desayunando.

—Está bien. —Su humor empeoró nada más mencionar a su cliente—. Ojalá Bones hubiese traído a Vanessa. Es una lástima.

—Me siento muy mal por él.

—Seguro que encontrará la forma de recuperarla. Cuando se trata de la familia, nunca paras.

Esperaba por el bien de ella que Jacob y Jared averiguasen la forma de salvarla. Ninguna mujer debería verse sometida a aquel monstruo. Ni siquiera me gustaba que me mirase; que me tocase sería pura tortura.

—Ya…

Tomó otro sorbo del té antes de devolvérmelo.

—¿Lo has probado alguna vez con miel?

—No que yo sepa.

—Pruébalo.

Bebí un poco y disfruté de la sutil dulzura que noté en la lengua.

—No está mal.

—Así es como solía beberlo mi madre.

—Oh… —Me sorprendió que recordase algo así.

Me observó desde su asiento, con los ojos ocultos tras las gafas y por lo tanto un misterio para mí. No me gustaba que hubiese algo obstruyendo su rostro; me resultaba difícil averiguar lo que estaba pensando.

Me incliné hacia él y le quité lentamente las gafas del puente de la nariz, dejándolas sobre la mesa.

—Ya está. Así es mejor.

—¿Sí?

—Sí. —Me recosté sobre la mesa apoyando los hombros en ella y le di un beso en la boca—. Puedo verte los ojos. Y son mis favoritos. —Me aparté, viendo su expresión; tenía los ojos entrecerrados.

Una pequeña sonrisa apareció en sus labios y sus ojos se fijaron atentamente en mi rostro. Me miró, concentrado, haciéndome sentir como si fuera lo único que importaba en este mundo. Era una mirada que me enfriaba y calentaba a la vez.

—¿Por qué?

—Porque en ellos veo tu humor y tus pensamientos.

—¿Puedes leerme la mente? —susurró.

—Tu mente no. Sólo tus emociones.

—¿Y qué siento ahora mismo?

Aquello era fácil.

—Que quieres seguir besándome. Sólo besándome. No quieres llevarlo al dormitorio, donde la ropa se quitaría de en medio. Sólo quieres sentir cómo se juntan nuestras bocas, cómo bailan nuestras lenguas. Quieres que suba y baje las manos por tu pecho mientras tú me coges del pelo. Y quieres seguir haciéndolo… hasta que sea hora de marcharte. —No estaba segura si realmente lo pensaba, pero sí era lo que pensaba yo. Notaba cuándo se encontraba de un humor puramente sexual, y aquél no era el caso. Pero sin duda estaba cariñoso, y era cálido.

Sus ojos se entrecerraron todavía más y la sonrisa desapareció de su rostro.

—Tal vez sí que puedes leerme la mente.

—Tus ojos te delatan.

—Entonces debería ponerme otra vez las gafas de sol.

—No. —Las aparté más de su alcance para poder ver su hermoso rostro al completo—. Quiero mirarte. Es mucho más agradable que el paisaje.

Se recostó en su silla y me observó; sus ojos se oscurecieron de un modo que nunca había visto antes. No dijo ni una palabra más y su humor juguetón se esfumó. El silencio se extendió entre los dos, pero no era incómodo. Era pesado, lleno de palabras silenciosas, atracción ardiente y todo lo que existía entre nosotros.

No podía leer su humor como solía hacer porque sus pensamientos eran distintos a los habituales. Algo había cambiado. Lo sentía en el aire y lo veía en sus ojos, sólo que no estaba segura de qué cambio se trataba.

Esperaba descubrirlo.

...

HACÍA jogging en torno al castillo, aprovechando los caminos de tierra que se habrían paso entre la hierba y los árboles. Sus guardias estaban por todas partes alrededor de la propiedad, así que nunca me sentía sin supervisión. Todos debían saber, obviamente, que tenía permiso para ir a donde quisiese, porque nunca intentaron detenerme.

Me saqué los auriculares de los oídos y fui parando hasta pasar a andar. Me dolía el costado, así que intenté relajar los músculos de la cintura. Me puse las manos en las caderas e inhalé por la nariz y exhalé por la boca; sabía que Edward corría por aquel camino todos los días, pero él salía al amanecer, cuando yo seguía dormida.

No podía levantarme temprano ni para comer, no hablemos ya de hacer ejercicio. Casi salto de la sorpresa cuando Alistair emergió de entre los árboles, vistiendo pantalones vaqueros y una camiseta, todo de color negro. De repente me di cuenta de lo solos que estábamos. No había ninguno de los demás guardias cerca. Edward jamás oiría mis gritos por muy altos que fuesen.

Así que tendría que matarlo.

Tenía un iPod en las manos y podría rompérselo en la nariz si era necesario. Alistair parecía querer estrangularme, romperme el cuello como si fuera un pollo de corral. Se detuvo a tres metros de mí y no se acercó ni un centímetro más. Lo observé, aferrándome al dispositivo de música.

—¿Quieres algo?

—Voy a decirte una cosa, pero no lo has sabido por mí. Si me acusas, lo negaré.

Enarqué una ceja. No tenía ni idea de a dónde iba aquello.

—Vale…

—El dispositivo que Edward metió en la cabeza de tu hermano no es real. —Sus cejas pobladas se movían cada vez que hablaba. Su expresión mostró la severidad del momento.

—¿Qué?

—No está conectado a ningún pulso eléctrico. Sólo lleva una señal para mostrar una imagen de rayos X.

Me aferré a mi cintura mientras lo escuchaba.

—¿Por qué iba a hacer Edward una cosa así?

—Porque no quería matar a tu hermano. Sólo quería que pensases que lo haría.

—¿Por qué…?

—Porque así os mantiene a los dos en vuestro sitio.

Ahora que lo pensaba, nunca había visto a Edward con el control remoto. Tampoco me había amenazado jamás con el explosivo.

—Si eso es cierto, ¿por qué me lo estás diciendo?

—¿No es obvio? —siseó—. Desde que apareciste, has saboteado todos mis movimientos…

—Eso no es verdad.

—Sí, lo es. Edward está tan obsesionado contigo que está perdiendo la perspectiva. Sé que lo has estado manipulando desde el principio, y Siobhan concuerda conmigo. Vas a hacer que recorra un camino del que no podrá recuperarse. Pero ahora que sabes la verdad, puedes irte. Encuentra una ruta de escape y vete.

Alistair no era de fiar y no sabía si podía creer una palabra de lo que decía, pero sí creía en sus motivos. Me quería fuera de allí desde que había llegado. No había tenido problemas en estrangularme y abofetearme. Tanto él como Siobhan me querían lejos de la vida de Edward, y aquella era la mejor forma para deshacerse de mí.

—¿Cómo sé que no estás mintiendo? ¿Cómo sé que no estás intentando que nos maten a mi hermano y a mí?

—No me importa que muráis ninguno de los dos. Sólo quiero que desaparezcas. ¿Quieres saber por qué soy sincero? Piensa en Edward. Es un hombre duro, pero no cruel. No te vendió a Bones porque se volvió blando, no te ha hecho daño porque es amable. Te defendió de mí porque es caballeroso. ¿De verdad crees que haría daño a la mujer en torno a la cual gira su universo entero?

Cuando dijo aquello, no hubo duda alguna en mi mente.

Estaba diciendo la verdad.

No había una bomba en la cabeza de mi hermano.

No había nada que me retuviese allí.

Lo único que tenía que hacer era planear mi siguiente movimiento.

Y podría ser libre.