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John Biles & Rod M. Presentan
Un Mundo Alternativo de Neon Genesis Evangelion

Hijos de un Dios Ancestral

Parte 14

Salvar a los muertos
parte 2 de 3
La ruta a Aldebarán

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En el mundo de los sueños, Asuka y Toji estaban de pie en un pastizal,
escenario del combate recién acontecido entre los dos. Pero ahora el
combate era lo último que se les cruzaba por la cabeza.

El susurro de un muchacho muerto había llegado a sus oídos, desde un
lugar desconocido, invisible.

—Ayúdenmeee...

Toji, descontrolado, volvía la cabeza en todas direcciones, buscando
desesperadamente el origen de esa voz, la voz de su mejor amigo,
Kensuke Aida.

—¡Ken! ¡¿Dónde andas?! ¡Ken!

—¡Kensuke! —exclamó Asuka.

La voz del muchacho musitó en el viento una vez más, aunque esta vez
fue apenas audible, y se apagó hasta el silencio al pronunciar la última
letra.

—El Reino... de la alegría.

Prorrumpieron en gritos angustiosos, instando a su amigo a decir más,
pero no recibieron mayor respuesta. Enloquecido por ver a su amigo otra
vez, Toji siguió gritando.

—¡Ken! ¡Habla algo, carajo! ¡Ken!

Aún sin respuesta, estaba a punto de echar a correr hacia el horizonte
cuando Asuka lo asió firmemente del hombro.

—¡Oye, suéltame, carajo!

—No pierdas el tiempo —le dijo ella, solemne.

—¡Pero perra 'e mierda, que no tienes alma! ¡Es mi amigo!

—¡¿Tienes idea de para dónde diablos quieres salir corriendo?! ¡¿Eh?
—largó ella de vuelta, airada.

—Me... Este... —Toji se sosegó, pareciendo vencido—. Algo tengo que
hacer...

—Debí darme cuenta de que esto era posible —masculló Asuka, sumida
en reflexión—. El yo onírico de Kensuke sigue con vida.

—¿Yo onírico? ¿Qu...?

—Puede que su cuerpo se lo haya quitado el Rey de amarillo, pero su
alma todavía no desaparece. En alguna parte de las Tierras Oníricas su
alma sigue viva. —Frunció el ceño, y se sentó en una roca—. Pero, ¿en
el Reino de la Alegría?

—¿Sabes dónde queda? —preguntó Toji.

Dummkopf, ¿no te acuerdas de dónde se ambientaba la obra?

Toji pestañeó, pensó un poco, luego abrió más los ojos al comprender
de pronto:

—¿El lugar ese... es de verdad?

—Por lo visto, sí —dijo Asuka.

Buscó detrás de la roca, y sorprendió a Toji al extraer una reluciente
armadura metálica, como sacada de la edad media. Lo volvió a
sorprender, cuando chifló, y un caballo apareció de la nada galopando
en respuesta a su llamado.

—¿Qué diablos? —preguntó Toji, mirando a Asuka pasar de indumentaria
moderna a indumentaria de magia y espada, con espada y todo—. ¿Qué
estás haciendo?

—Me pongo mi uniforme —contestó Asuka, con tono de férrea seriedad—.
Soy la Caballera Roja de Celephais.

—Caballera Roja de... Yaaaa... ¿Y se pude saber pa dónde vas?

—A buscar a Kensuke —contestó ella, ensillando su caballo—. Puede que
alguien en Celephais sepa cómo llegar al Reino de la Alegría.

—No te mueves de aquí si no voy yo.

—Déjate de chistes, tarado —dijo Asuka—. Vas a andar de estorbo.

—Es mi mejor amigo —volvió a decir Toji—. Ya le fallé una vez, y no lo
vuelvo a hacer.

Asuka estaba lista para atortillarlo con un sólido trastazo de su espada
envainada, pero la solemnidad en las facciones torvas del muchacho le
hizo detenerse.

—Te... Ya, bueno, súbete. Pero cuidado con estarme agarrando, o esta
misma espada te la clavo por el culo.

Toji pestañeó:

—Ah, mierda, ¿nos vamos en el mismo caballo?

Iba a ser un viaje largo.

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La cabalgata hasta Celephais debería haber durado meses. Tal vez así
fue, pero, para Toji, no parecieron sino minutos. En retrospectiva, podía
recordar muchas jornadas de travesía, pero nada que sucediera en
dichos días. Pero él no se iba a quejar por no vivir la experiencia de
pasarse meses viajando con Asuka.

Por fin, un día remontaron una loma, y Toji avistó Celephais por vez
primera, rodeada por el esplendor sublime de sus muros de mármol y
surcada por el río Naraxa, que formaba una cinta azul en el verdor del
paisaje. Había siete portales, cada uno coronado con la formidable
estatua de un caballero; para sorpresa suya, Toji reconoció a Asuka en
una de las estatuas, que lucía la misma armadura que ahora la muchacha
traía puesta. Muchas más estatuas caballerescas de bronce coronaban
a intervalos los muros, honrando a pasados paladines de la Ciudad de
las Delicias. Minaretes con forma de cebollas enchapadas en metales
bruñidos relucían con los rayos del sol, que rasaban por sobre las murallas,
y Toji pudo ver, en el corazón de la urbe, el magnificente Palacio de las
Setenta Delicias, labrado en cristal de rosa.

Un litoral se extendía hacia el norte y sur de la ciudad; y en la ancha
desembocadura del Naraxa, uniendo desde hacía milenios ambas mitades
del puerto de la ciudad, estaba el colosal puente de piedra, con una
hilera de construcciones erigidas a cada costado a modo de parapetos.
Cientos, quizá miles de naves aglomeraban el puerto e, incluso desde
aquella distancia, el muchacho pudo ver el afanoso trajín de los hombres
en torno a los navíos, cargando y descargándolos. Por el mar, naves
llegaban y partían, con aparejos de cruz, de cuchillo y mixtos; goletas,
carabelas, balandras, queches, chalupas y hasta un único clíper que
parecía un tanto perdido.

Las calles de la ciudad bullían también de vida: hombres y mujeres por
miles en las más variadas formas de atavío, de tez que abarcaba de
negra a albina y cabello que cruzaba igual gama, y muchas otras
raramente halladas en el mundo de la vigilia. Las construcciones eran
eclécticas en su estilo, aunque, a vista de Toji, muchas evocaban a
Rusia o al Oriente Medio, con domos en forma de cebolla, alminares y
arte geométrico.

Y entonces la vista se le arremolinó, y la ciudad estuvo muy lejos, como
debía haber estado, en vez de exhibírsele con la cercanía suficiente para
ver con muchísima más facilidad que la posible desde aquel mirador.
Sacudió la cabeza y se restregó los ojos.

—Yo creía que las ciudades medievales eran chicas.

Asuka se rió. —Celephais ya era vieja cuando César murió, era vieja
cuando Alejandro conquistaba, era vieja cuando los faraones mandaban
sus ejércitos a invadir a todos sus vecinos. El templo de Nath-Horthath
ha durado más de diez mil años. Y ni siquiera es la construcción más
vieja. Vamos, si nos damos prisa, alcanzamos a almorzar y nos queda
casi todo el día para buscar pistas en la Gran Biblioteca. —Empezó el
descenso loma abajo.

Toji se percató de algo:

—No tengo ni pa un chicle.

Asuka dejó ver una sonrisa apretada.

—No me pierdas de vista y eso no va a ser problema. Si te pierdes, vas
a terminar en una cuneta.

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—¿El Reino de la Alegría? —preguntó el viejo bibliotecario.

Perdió la vista en las paredes y se rascó con su brazo de plata la delgada
franja de pelusa cana que apenas le colgaba por el borde de la calva.
El brazo estaba hábilmente confeccionado, reproducción exacta de un
brazo humano en plata, incluyendo los vellos del antebrazo, los dedos
idénticos a los reales. Toji hubiera pensado que el brazo del hombre
simplemente estaba pintado de plateado, de no haber saltado a la
vista las amarras que lo adosaban al hombro. La correa de cuero era
extrañamente burda en comparación con la avezada manufactura del
brazo.

La Gran Biblioteca de las Tierras Oníricas se expandía en torno a ellos
en toda dirección desde el atrio pentagonal, construida con el —por lo
visto— ubicuo mármol blanco que constituía uno de los componentes
primordiales de la arquitectura de Celephais. Un lado del pentágono
contenía la salida al exterior, en tanto los demás lados daban acceso a
enormes galerías, cada una dividida en cuatro corredores más pequeños
por estanterías de piso a techo. Las estanterías estaban hechas de
madera al natural o pintada de colores lustrosos, y albergaban altos
de libros, rollos y losas de piedra tallada.

El atrio contenía decenas de mesas para lectura, y bibliotecarios de
vestimenta austera, compuesta por túnicas pardas y rojas, circulaban
entre la concurrencia, trayendo los libros solicitados. Uno de esos
bibliotecarios era el hombre del brazo de plata con quien Asuka y Toji
se hallaban hablando.

Asuka dijo:

—Sí, el Reino de la Alegría. Tenemos que encontrarlo, o al menos saber
dónde estaba.

—Humm. Muy bien, les buscaré el Atlas Astinus de lo Desconocido y el
Atlas Histórico Cymbelline. Creo que pueden ser un buen comienzo.
Mientras consultan aquellos, quizá pueda indagar algunas referencias
más. Vuelvo enseguida. —Dio media vuelta y salió con parsimonia hacia
la galería del extremo derecho.

Toji y Asuka se sentaron a una mesa y esperaron. Asuka examinó a la
concurrencia mientras Toji empezaba a tamborilear impacientemente la
mesa con los dedos.

—Hombre, ¿qué clase biblioteca es esta, que te hacen esperar mientras
otro va a buscar los libros? —se quejó Toji.

—Una sin catálogo y con muchos libros invaluables que no están en
ninguna otra parte —dijo Asuka—. Hay millones de libros, y nadie más
que ellos los sabe encontrar. Además, casi todos están en idiomas que
nosotros no sabemos.

—Anda... Ahora que me acuerdo, ¿no que uno no puede leer en los
sueños? ¿Cómo diablos vamos a leer alguna cosa?

Asuka le sonrió como quien le sonríe a un niño de muy pocas luces.

—Este sueño es distinto —explicó—. No es como un sueño normal.
Uno no tiene mucho control sobre este, y este tiene una existencia
independiente de cualquier humano. Es casi como proyectarse
astralmente en otro mundo, o una cosa así. Pero bueno, vas a poder
leer. —Hizo una pausa, luego le dio una semisonrisa—. ¿Sabes leer,
verdad?

Perra, pensó el muchacho. Si no te necesitara, con esta misma silla te
daría por la cabeza. Pero cómo salvo a Kensuke sin ti. Carajo.

—Sí, sé leer.

Un hombre de color azul, vestido con pieles, llegó desde uno de los
corredores hasta una mesa y se sentó. Toji pestañeó.

—Anda —dijo—, la de mamarrachos que andan en este mundo.

—Que no te oiga —dijo Asuka—. Los hijos de Ymir son conocidos por
sacarle los brazos de raíz a la gente que los mira raro. Y se creen
hijos de uno de los Magnos, así que tienen un tremendo orgullo.

—¿Hijos de qué? ¿Qué cosa es, un club de gente linda?

Asuka soltó una carcajada. —Los Magnos son los dioses de las Tierras
Oníricas, como Nath-Horthath, patrono de Celephais; o Bast, la diosa
de los gatos; o Ariel, dios de la verdad; o Karakal, señor del fuego. Viven
en un palacio fabuloso de la ciudad de Kadath, en el Páramo Yerto,
vigilando a sus seguidores predilectos y entrometiéndose sin cesar.

—Como los dioses griegos allá en el Olimpo.

—Exacto. Ahora, piensa en Hércules. Tanto los Pilotos como Ymir son
todos como él, o eso se supone; mitad dioses y mitad mortales.

Toji se reclinó en la silla.

—Eso —dijo— sí que sería súper, tener un papá dios. Aunque supongo
que tal vez harían algo harto feo si uno se olvida de sacar la basura.
Pero igual valdría la pena... Uno sería bien forzudo.

—Pues ser hijos de un dios los hizo sumamente engreídos además de
intratables —dijo Asuka, mirando de reojo para comprobar que el Hijo
de Ymir no la hubiese oído.

¿Y esta no tendrá espejo?, pensó Toji.

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Les pareció que el bibliotecario tardó apenas una eternidad en encontrar
y traerles los dos atlas. Los depositó en la mesa, luego se fue de vuelta
a las estanterías mientras ellos ponían manos a la obra. Toji cogió el
Atlas Astinus de lo Desconocido, porque la clase de historia era la cosa
más aburrida del universo, de modo que un atlas histórico quizá no fuera
mucho mejor. Dejó que lo viera Asuka y trató de no tocar el mamotreto
aquel, temiendo que le contagiara la monotonía.

Al parecer Astinus había esnifado unos cuantos alucinógenos antes de
hacer su atlas, hasta donde Toji podía dar fe. La mitad de los mapas
estaban escritos con insólitos garrapatos y colores arremolinados. Tres
de los mapas no decían absolutamente nada salvo por un rótulo. La mayor
parte de los demás tenía nombres estrafalarios como "Tierra Media",
"Revelstone", "Torreón de los Confines", "Melnibone", "Ciudad Noche" y
"Pax Tharkas". Había también un mapa de Oz, de la cual Toji al menos
recordaba el nombre, un mapa de "El Mundo Conocido", aunque por cierto
que no conocido por él, y un mapa de algo que se parecía sospechosamente
al patio trasero de su primo Hayao.

Los mapas empezaron a embrollársele, indistintos, en la mente; un mar
de nombres estrambóticos, colores extraños y el singular olor mohoso de
las páginas. Varias veces las yemas de los dedos se le cubrieron con el
tenue polvo amarillo de las páginas.

Por último, encontró un mapa que llamó su atención. Estaba rotulado como
"Hali y Sus Alrededores". Un gran lago dominaba el centro del mapa, junto
a una ciudad de buen tamaño designada como "Carcosa". Del otro lado del
lago había otra ciudad, designada "Las Ruinas de la Alegría". A lo mejor
este era. El Reino de la Alegría había sido destruido, después de todo.

—Parece que ya lo encontré.

Asuka quitó la vista de su libro. —¿La ubicación?

—Eso. —Le mostró el mapa—. A que es este.

Se sentía glorioso; aquí le enseñé quién es el que sabe lo que hace, pensó.

—¿Y dónde está ese lago? No me suena —dijo ella.

Él reprimió la sensación de desinflamiento.

—A lo mejor el bibliotecario sabe —dijo.

El cuasi calvo bibliotecario tiró una pila de doce libros de alto sobre la
mesa, haciéndola remecerse.

—¿Saber qué? —dijo.

Toji se asustó, luego dijo:

—¿Le suena Hali?

—¿El lago de Hali?

—Eso.

El bibliotecario calló un momento, e hizo un ademán, al parecer
inconsciente, que semejó trazar una estrella de cinco puntas al nivel
del pecho.

—Un nombre maldito —dijo—. Aquel Que No Debe Nombrarse habita allí,
en la ciudad de Carcosa.

—Lamentablemente, parece que tenemos que ir pa'llá.

Los ojos del hombre parecieron brillar, luego siguieron normales:

—Les compadezco. Necesitarán un navío volador para llegar allá.

—¿Por qué?

—Se halla en un planeta que gira en torno a Aldebarán.

—¿Ese que explotó en "La guerra de las galaxias"?

—Ese es Alderaan —dijo Asuka a secas—. Bueno, quizá pueda conseguir
que el Rey nos facilite un barco.

—¿Tanto conoces al Rey? —preguntó el bibliotecario.

—Soy la Caballero Rojo de Celephais. Él me conoce bien.

—Ahh. Yo no soy de Celephais —dijo él—. Cuesta trabajo mantenerse
informado de cómo cambian las cosas, cuando se llega a mi edad.

Asuka ladeó la cabeza. —Celephais nunca cambia.

—Tú no eres el último Caballero Rojo del que supe.

Ella pareció levemente abochornada.

—Bueno —dijo—, nada en Celephais cambia, pero los caballeros tienen
que salir de ahí para defenderla, así que..., bueno..., ehh... ¡Gracias
por la ayuda!

—Es un gusto servir —dijo el hombre, con una venia—. Que la
bienaventuranza de los Magnos les acompañe en su gesta.

—Y que derramen su luz sobre usted —dijo Asuka, levantándose y
correspondiendo la venia.

—Esteee, que le cunda —dijo Toji, sintiendo el impulso de aportar, pero
sin saber qué decir.

El hombre pestañeó, luego sonrió.

—Trataré —dijo.

Empezó a reunir los libros nuevamente, y los jóvenes partieron.

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Hallándose los dos fuera de la residencia del rey de Celephais, junto a
la ribera del río, Toji dijo:

—¿Te puedo hacer una pregunta?

—Claro —dijo Asuka, pasándole los caballos de ambos al mozo de la
cuadra junto a la cual se encontraban.

—¿Qué carajo hace el rey de Celephais en este cagadero de choza
primitiva, cuando podría estar ese tremendo palacio que tiene?

Toji miraba el caserío que se extendía junto al río. Parecía como si alguien
se hubiera robado una aldea de pescadores inglesa del siglo dieciocho
para ir a enclavarla junto a una ciudad de maravillas. En comparación a
Celephais, era mísera, aunque era limpia y bien construida a juzgar por
su estilo.

—Echará de menos sus orígenes, yo creo —dijo Asuka—. Lleva tanto
tiempo gobernando en Celephais que a veces quiere dárselas de persona
normal.

—Ahí me entra la duda de si el papá de Shinji tendrá algo así escondido
en el Geo-Domo.

Asuka se rió.

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El rey Kuranes no tenía, a juicio de Toji, mucha pinta de rey. Parecía
sacado de una película de Sherlock Holmes, y depositado en una casa
primitiva y vestido con ropa atrasada un siglo. Tenía el pelo negro, y un
recio bigotazo, pero el hombre no exudaba realeza, en opinión de Toji.
Y tampoco esperaría uno que los reyes estén jugando billar cuando uno
los conoce.

—Ahh, mi Caballera Roja. Me complace en gran manera verte, Doncella
de Fuego. ¿Te interesa un juego de billar? —Se dirigió a Toji—. Gusto en
conocerte. Todo amigo de Asuka es amigo mío.

Toji se mordió el impulso de negar toda conexión con la señorita Nazi.

—Mucho gusto, su alteza —dijo. Se escarbó los sesos buscando algún
mendrugo de idea de cómo saludar a la monarquía. Se conformó con una
reverencia honda—. Yo soy Suzuhara Toji. Asuka y yo somos... —Pugnó
por idear cómo explicar su vínculo.

—Ambos somos guerreros en el Mundo de la Vigilia, Kuranes-sama —dijo
Asuka—. Toji es mi... escudero, al que estoy entrenando. Hemos venido
en busca del yo onírico de un amigo que ha caído presa de uno de
nuestros adversarios.

—¡Yo no soy ningún escudero! —largó Toji.

Asuka no lo tomó en cuenta y se lanzó en una prolongada explicación,
mientras Toji miraba en todas direcciones de la estancia, murmurando
entre dientes.

El salón era muy suntuoso según las convenciones arcaicas aplicadas a
todo aquel lugar, con un grato papel mural estampado de flores azules,
amarillas y rojas, una alfombra espesa que producía a Toji ganas de
sacarse las botas, y montones de muebles gratamente almohadillados,
tapizados con exquisito gusto en verdes y azules. Había una biblioteca
junto a la chimenea amplia, que tenía un pequeño cesto de leña junto
a esta, hecho de bronce. La mesa de billar misma se distinguía en poco
de una moderna, salvo por estar hecha de caoba.

El contrincante del rey era una mujer esbelta, con radiantes ojos verdes
y pelo castaño oscuro que bajaba ondeando en una cascada que le
rodeaba los hombros y caía por su espalda, hasta casi la parte inferior
de los omóplatos. Ella también lucía un vestido del siglo diecinueve; su
atuendo era más bien recatado, en tonos de azul y violeta; ocultaba la
mayor parte de su piel en pliegues de tela, con la salvedad de su cuello,
manos y rostro. El cuello le quedaba a su vez oculto por una gargantilla,
abrochada con una cruz de plata que tenía una rosa enroscada en torno
a esta. Parecía estar entrando en los treinta años, hasta donde Toji
podía aventurar. La dama le sonrió a Toji, luego apoyó su taco de billar
contra la mesa y se sentó en un sillón cercano, cruzada de piernas.

Asuka concluyó con:

—Quedaríamos enormemente agradecidos si nos pudiera facilitar un
navío volador.

—Con todo gusto. Sin embargo...

—¿Sin embargo? —preguntó Toji.

Aquí es donde nos pide que rescatemos el Santo Grial o algo por el estilo,
pensó.

—No es nada. Es solo que nunca había sabido de un bibliotecario con un
brazo de plata en la Gran Biblioteca. Ha de tener una historia interesante
que contar acerca de cómo lo obtuvo.

O no era bibliotecario, dijo una minúscula vocecilla en la cabeza de Toji.
Pisoteó aquella voz. Total, ¿por qué iba el rey a conocer a todos los
bibliotecarios de tamaña biblioteca?

—O acaso no era un bibliotecario —dijo la mujer, con voz suave.

—Por favor, Mina, pecas de desconfiada otra vez —dijo el rey, dirigiéndose
a ella—. Los bibliotecarios de la Gran Biblioteca son muy duros con los
impostores, de modo que pocos tienen la locura suficiente para intentarlo.

Volvió a dirigirse a Toji y Asuka:

—Les escribiré una carta para que lleven a los muelles. Será necesario
transportarles a Serranian para que consigan uno de los mapas celestes
del Museo Real. De modo que necesitarán una carta para eso también.
Mina, ¿puedes sonar la campanilla para que los sirvientes nos traigan de
comer? Esto tardará un rato.

Ella sonrió sutilmente, se levantó y fue hasta la campana junto a la
puerta; la golpeó con el llamador incorporado.

—¿Lo de siempre? —preguntó la mujer.

—Desde luego. —El rey hizo un alto y se volvió hacia Toji—. ¿Te gusta
el rosbif, imagino?

La boca de Toji se aguó ante la idea:

—No he comido nada decente desde hace... un tiempo. Me viene de
perillas.

—Muy bien. Hágase según mandato real. —El rey se rió—. ¿Tendrán
tiempo para uno o dos juegos antes de que los dos se marchen, verdad?

Asuka empezó a decir que no, pero Toji se metió:

—Claro. Y como usted es rey, prometo irme despacito.

Mina se rió con eso. —Intuyo que será ameno.

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Terminaron pernoctando allí y partiendo en la mañana, luego de que
Kuranes y Toji jugaran billar hasta las tantas. En la mañana, Toji dijo:

—Caramba, el tipo ese podría dejar pelado el circuito de pool. Mi viejo
parece chiquilín al lado de él —mientras iban cabalgando hacia los
muelles.

Asuka se rió. —Creo que él tiene la única mesa de billar de las Tierras
Oníricas.

—Qué mala onda. Yo esperaba poder encontrarme otra gente con quien
jugar. —Miró atrás, pensativo—. ¿Y quién era la flaca, a todo esto? ¿Su
señora?

—Ella es la Caballera Rosa, su guardaespaldas.

Toji se volvió a mirar a Asuka.

—¿Era caballera? No le vi pinta de muy forzuda.

—Te podría haber ensartado el corazón con el taco de billar como en
tres segundos. Así mató a un vampiro una vez.

—¿Vampiros? Carajo, ¿andan vampiros por estos lados? —Toji miró el
entorno con gesto nervioso.

—Eso. Y cosas bien peores. ¿Te da miedo seguir? —La voz de la muchacha
era menos burlesca de lo que podría haberse esperado—. Las Tierras
Oníricas son bellísimas, pero también hay partes hechas de pesadilla.

—No tengo un carajo de miedo —dijo Toji—. Si todavía no te da miedo a ti,
entonces no tengo de qué preocuparme.

Deberías tener miedo, pensó Asuka. Este viaje tiene el potencial de
volverse muchísimo peor.

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Para Toji, lo de muchísimo peor empezó por vomitar hasta las tripas
cuatro veces por la borda del navío rumbo a Serranian, y no ser capaz
de retener comida alguna. Por fin, después del tercer día, el estómago se
le asentó y consiguió comer, aunque comer galleta no era la cosa más
sabrosa, pero en algo paliaba el hambre, más o menos. Era mejor que
sentir el estómago gorgoreando como lavadora, en todo caso.

Así, cuando el primer atisbo de Serranian pudo entreverse en el
horizonte, el muchacho se vio anegado con un grado de júbilo que rara
vez había experimentado. Por fin me voy a bajar de este barco del carajo,
pensó.

Serranian tenía en un principio la apariencia de un peñasco ingrávido
coronado por una nube color gris rosáceo, pero, al ir aproximándose,
el joven pudo ver que era una isla flotante, cubierta en su mayor parte
por una ciudad magnífica, constituida principalmente de mármol con vetas
rosadas. Cinco templos colosales se empinaban por sobre las demás
edificaciones, cada uno con un pórtico de magnos pilares en su frontis
y caracteres griegos que seguían la línea del techo. Más alto aún, un
imponente faro blanco dominaba el perfil de la urbe, desde su posición
cercana al puerto. Un segundo faro podía verse sobresalir por la parte
inferior de la isla; Toji se preguntó cómo no se caía. Pero la más
admirable de todas las construcciones era el portentoso castillo y su
cúpula en el centro de la ciudad, coronado con una enorme semiesfera
de bronce que relucía encandilante a la luz del sol.

El navío viró por avante hacia el lado oriente de la isla, hasta el puerto,
una gran bahía semicircular llena de esponjosas nubes blancas, sobre las
cuales recaló el navío volador. Las nubes ondularon en torno al barco,
que las surcó dejando una estela. Decenas de embarcaciones colmaban
el puerto. En su mayoría exhibían bandera de los Seis Reinos, pero podían
verse además las velas color limón de Sarrub, las azules velas latinas de
Ashur y los navíos alados, semejantes a pájaros, de los aeries de Alilod.

El Lucero del Alba atracó en uno de los muelles Reales, junto al
Haragrimand y el Trafalgar, ambos grandes carabelas como el Lucero del
Alba. El capitán Ashtoneth, un hombre muy feo, de cuarenta o cincuenta
y tantos, pelo negro, nariz chueca y tres cicatrices horizontales en la
mejilla izquierda, se volvió a mirarlos:

—Estaré esperando aquí cuando regresen. ¿Necesitan indicaciones de
cómo llegar al museo?

—Se lo agradecería —dijo Asuka—. Y una bolsa de mareo para mi
escudero Toji. —Mostró una sonrisa traviesa.

—¡Que no soy tu puto escudero y no necesito ninguna bolsa de mareo!

—Un barril de mareo, entonces —dijo ella, y luego de eso perdieron algún
rato peleando a gritos.

««««o»»»»

El museo se erigía en una loma situada al extremo oriental de la isla; los
pies les dolían para cuando llegaron allá, habiendo cometido el desacierto
de cubrir la distancia a pie. Debieron pasar por una angosta pasarela
flanqueada por dos bardas de un codo de alto, con una caída de
fácilmente un kilómetro a cada lado. Toji hizo cuanto pudo por mantener
los ojos apuntados derecho al frente, y lo propio hizo Asuka.

Como muchas edificaciones de Serranian, el museo era circular, estaba
coronado por un gran domo de cristal, y muchas ventanas del mismo
cristal transparente estaban dispuestas a intervalos acompasados en su
muro exterior. Se erigía al interior de una empalizada de un piso de alto,
interrumpida por un arco donde la pasarela la intersectaba.

Una vez que traspusieron el arco, se encontraron ante una estatua de
Kuranes, ataviado con indumentaria mucho más monárquica que la
exhibida en la pasada reunión, con una espada empuñada en una mano,
apuntada hacia el suelo, y una antorcha encendida en la otra, blandida
en alto. Desde aquí, un viajero podía sentarse en los escaños cercanos,
entrar al templo por sus enormes puertas de bronce, o dar vueltas en
torno al edificio por el patio angosto y ver qué había del otro lado.

Toji y Asuka simplemente se sentaron a descansar los pies fatigados.

—De vuelta nos vamos en carroza —dijo Asuka.

—Ni loco a pata.

Una vez que los pies les dejaron de doler tanto, entraron. Una gran
galería se extendía ante ellos, con piso embaldosado en una alternancia
de azul y amarillo, las paredes decoradas con motivos geométricos de
color reluciente. La galería se prolongaba dominando varias decenas de
metros, luego se abría a la izquierda y derecha para curvarse siguiendo el
muro exterior, con dos grandes escalas elevándose hasta las galerías de
la planta alta en la intersección. La pared derecha aledaña a la entrada
contaba con tres puertas, rotuladas "Excusado", "Bodega" y "Curador",
respectivamente.

Cientos de artículos se hallaban en exhibición dentro de las vitrinas.
Armaduras, desde los cueros primigenios hasta las corazas articuladas
y pulidas al máximo, de chapa exquisitamente grabada, se parapetaban
contra las paredes, formando una progresión desde las simples, cercanas
a las puertas, hasta las dos armaduras acorazadas que montaban
centinela junto a las escalas. Pinturas con paisajes de hermosura etérea;
hidalgos caballeros y orondos hacendados se disputaban el espacio en
las paredes con tapices de espléndido tramado, que mostraban aves
al vuelo, peces surcando el agua, campos en flor y fábulas de dioses y
hombres.

Cuatro filas de vitrinas corrían paralelas por la longitud del vestíbulo;
contenían monedas de muchos reinos, alhajas de avezada factura, joyas
de buena orfebrería, báculos, cetros y coronas. Estaban alternadas con
esculturas, desde la arcilla cocida al mármol, oro y acero. Las estatuas
cubrían la gama desde bustos de hombres, mujeres, dioses, monstruos y
demonios, hasta estatuas de tamaño completo, natural, o, en dos casos,
mucho mayor al natural.

Cercana a la entrada del museo había una estatua de cinco metros, de
un hombre gallardo vestido con túnicas griegas, enarbolando en su mano
izquierda una gran antorcha. Una cinta para el pelo evitaba que su
cabello ensortijado le estorbase los ojos, y su expresión era adusta.
Tenía ojos largos y delgados, orejas de lóbulos largos, nariz angosta y un
mentón más puntiagudo que lo típico en los hombres. Esculpido en puro
mármol blanco, comunicaba majestad.

Al fondo del vestíbulo, cerca de las escaleras, se erguía otra estatua de
cinco metros de alto, esta esculpida en el mármol veteado de rosa,
característico de Serranian. La mujer lucía también vestimenta al antiguo
estilo griego, aunque su indumentaria incluía una lanza larga, un yelmo
con la visera arriba, esta grabada para semejar un rostro terrorífico, y un
amplio escudo ornado en oro con el Signo Ancestral, que protegía su lado
izquierdo desde los hombros hasta justo por sobre las rodillas. De ojos
grandes, con una nariz fuerte, tenía cabello rizado hasta los hombros y
sonreía triunfante hacia las puertas del frontis del museo.

Toji estuvo inmóvil unos segundos, limitándose a mirarlo todo, arrobado.

—Con todo este cachivache podría..., digo..., comprarme una ciudad
para mí solo.

—El rey Kuranes podría construirse su propio Tokio-3 si quisiera uno.
—Asuka enfiló a la puerta del curador—. Ve a echar un vistazo; yo voy
a consultar al personal.

Toji pronto descubrió que el museo tenía una molesta particularidad...
Nada estaba rotulado. Al parecer se esperaba que uno fuera adivino y
supiera qué era todo. Aún así, estaba lleno de cosas bellas.

Una joven, quizá apenas uno o dos años mayor que él, se acercó a Toji,
vestida con una simple túnica azul. Tenía largo pelo castaño en trenzas
que le bajaban por la espalda, y ojos de un azul suave. Era de piel
cuprosa, y su cutis era uno de los mejores que Toji hubiera visto en
alguien aún adolescente. Llevaba en cada muñeca un brazalete
confeccionado a semejanza de plumas entrelazadas.

—¿Puedo servirte en algo? —preguntó.

—Este, sí. Venimos a ver si tienen algún mapa de por dónde se llega a
Aldebarán. Tenemos que encontrar... Andamos en una pesquisa. —Se
sentía extraño diciéndole a alguien que se hallaba buscando el alma de
Kensuke.

—Ahh, la sala de mapas. Ten la bondad de acompañarme —La joven dio
media vuelta para ir.

Al muchacho se le ocurrió ir a buscar a Asuka, pero decidió que prefería
estar un rato con una persona simpática.

—Vamos. Me llamo Suzuhara Toji.

—Yo soy Gwenhwyfar. Mucho gusto —dijo ella—. Este es mi primer año
aquí, y es posible que no logre encontrar lo que quieres, pero haré lo
mejor que pueda.

—Pues, yo también soy nuevo en todo esto.

Pronto llegaron a las escaleras, un poco más rápido de lo que Toji
hubiera creído posible, y con igual rapidez las ascendieron hasta la
planta alta. Cuando estaban a punto de torcer a la derecha, oyeron
varios encontronazos violentos en una ventana cercana. Tres
Querubines intentaban romper la ventana para entrar.

Gwenhwyfar se paralizó de horror; Toji, por su parte, desenfundó la
espada y deseó haber sabido usarla. Los Querubines clavaron la vista
en él a través del cristal, traspasando al muchacho con sus oscuros
ojos facetados. Toji pudo ver reflejos deformes de su propia cara,
tergiversada en formas atroces e, instintivamente, retrocedió unos
pasos. Hasta las escaleras, por las cuales rodó hasta la mitad.

Aquello rompió el trance de Gwenhwyfar, que bajó corriendo las
escaleras, gritando:

—¡Curador Hartin! ¡Curador Hartin! ¡Nos atacan!

Una vez que Toji se puso en pie, pudo ver a Asuka al final del vestíbulo
con un hombre quizá cincuentón, panzudo y de calvicie incipiente, que
vestía una simple túnica azul ceñida con un cinturón provisto de muchos
saquillos. Los dos se habían vuelto a mirarlo, y ahora el hombre dijo:

—¿De qué ataque se trata?

Las puertas se abrieron en silencio, y cuatro Querubines más entraron
volando por ellas.

—De ESO se trata —dijo Toji, señalando.

Los dos giraron, Asuka desenfundando su espada y blasfemando en
fuerte alemán. El Curador Hartin arrojó uno de los saquillos al piso, y un
polvo chispeante surgió de este mientras él pronunciaba varias palabras
que a Toji le sonaron conocidas, aunque no pudo descifrar el significado,
salvo algo con relación al fuego. El polvo brotó en llamas, y cogió a dos
de los cuatro asaltantes en la tormenta, les abrasó las alas y les hizo
desplomarse al suelo. Asuka se ocupó del tercero con su espada, y el
cuarto empezó a volar el trecho del corredor en dirección a Gwenhwyfar
y Toji.

El muchacho se plantó, desenfundó su espada y se olvidó de lo que
ahora ocurría al final del vestíbulo. Evocando desesperadamente el
puñado de películas de fantasía que había visto en su vida, se puso en
lo que esperó fuese una postura de esgrima.

—Ponte detrás mío —le dijo a Gwenhwyfar.

—Puede volar por sobre de ti, de todos modos —dijo ella, pero obedeció—.
Si lo puedes repeler el tiempo suficiente, puedo poner un conjuro de
fuerza en ti. Lo uso más que nada para mover estatuas, pero puede
darte el poder para encargarte de él con facilidad.

—Ehh, ya —dijo Toji.

La idea de que le echaran un hechizo era bastante sui géneris, y no
podía terminar de convencerse de que fuera real, aunque no habría sido
mucho más extraño que las demás cosas que había visto últimamente.

El Querubín llegó a él con las garras por delante, atacando de manera
más bien torpe, y Toji eludió fácilmente el embate, incluso con su mínima
destreza. El engendro aterrizó y empezó a intentar abalanzársele
repetidamente. Varias veces el muchacho debió ceder terreno, pero la
criatura no consiguió ni rasguñarlo.

Uy, qué talento que tengo, pensó él, a menos que el espantajo este sea
bien inútil. Su oponente tenía varios cortes profundos en los brazos, de
los que brotaba una secreción espesa de color negro violáceo, y Toji logró
además infligirle un feo tajo en la pierna.

Tras él, Gwenhwyfar entonó un cántico, y de pronto el muchacho sintió
una infusión de energía que no había sentido desde la vez en que había
ganado un torneo de básquetbol uno contra uno, hacía cuatro meses. La
sensación de invencibilidad lo compelió. El Querubín cedió terreno, casi
perdiendo un brazo, luego casi paga una pierna en una estocada.

Justo al arrinconarlo contra la estatua de la guerrera, la ventana de
cristal en la parte superior de la escalera fue arrasada y atravesada por
más Querubines. Uno bajó volando las escaleras, en tanto los otros dos
cortaron por el corredor de la derecha.

Toji echó una puteada, incapaz de estar en dos lugares a un tiempo. Se
vio, pues, aliviado cuando Asuka acometió para rematar al que estaba
enfrentando él, lo que dejó libre al muchacho para correr escaleras arriba
a encontrarse con el Querubín que venía en picada. Garra y espada
chocaron. Toji le quitó el brazo izquierdo, pero la velocidad que la
criatura traía envió al muchacho otra vez cayendo a tumbos por la
escalera. Dolió peor esta vez, aunque el Querubín absorbió parte de
los impactos en la rodada.

Hubo un grito, un estampido y un fogonazo de luz al otro lado de la
galería, luego unos pasos presurosos se acercaron. Él estaba en una
desesperada lucha cuerpo a cuerpo con la criatura, resistiendo la garra
derecha a apenas dos centímetros de los ojos. Era difícil asir el
resbaladizo exoesqueleto.

Mierda, pensó. No me voy a morir. No para que Asuka me diga que la
cagué. Así que te tienes que morir, desgraciado.

Con un potente esfuerzo, le arrancó de raíz el brazo derecho a la
criatura, y un chorro de sangre violácea manó desde el muñón. La cosa
soltó un bramido estridente, y soltó otro más estridente aún cuando
Asuka lo atravesó con la espada. Toji se quitó de encima el cadáver y le
dijo a Hartin, que ahora llegaba:

—¿Esto no pasa muy seguido, o sí?

—Nunca antes estas criaturas. Y raro es verlas a la luz del día, muy raro,
sin duda. Alguna fuerza poderosa ha de estarles provocando. ¿Puedes
tenerte en pie? —Le ofreció una mano a Toji.

Toji asió la mano y se levantó tambaleante.

—Vamos a darle —declaró.

Asuka lo miró con el ceño fruncido un momento, le dio un vistazo general,
luego asintió.

—Antes de que puedan causar más daño —dijo.

Encontraron a los Querubines en el proceso de arrasar la sala de mapas,
que estaba llena de mapas raros y valiosos. Las mesas de lectura
estaban volcadas, el libro de índice tirado a un lado. Varios mapas de
vitela habían sido despegados de la pared, y uno de los Querubines comía
cuanto mapa agarraba.

Hartin pronunció varias palabras, en voz recia, y Toji se sintió vibrar los
huesos; no fue una sensación bonita. Menos bonita fue para el Querubín,
que se volvió de un color gris mórbido y se paralizó, para luego empezar
a desmoronarse, convertido en polvo. El otro Querubín hizo un alto en su
devastación y se arrojó de lleno contra el cuarteto, que apenas trasponía
la puerta. Asuka le ensartó la cabeza con la espada, y la cosa cayó al
suelo, muerta.

Gwenhwyfar miraba de hito en hito la devastación.

—Tantos mapas maravillosos... perdidos en minutos. Y los demás...
Llevará una eternidad ordenarlo todo.

Hartin asintió:

—Gwen, desecha a los intrusos. Yo ayudaré a nuestros huéspedes a
encontrar el mapa que necesitan, si es que ha sobrevivido.

Se dirigió a Toji y Asuka:

—¿Necesitan ayuda?

—Yo estoy bien —dijo el muchacho.

Acto seguido, y sin otra palabra, cayó desmayado.

««««o»»»»

El mapa que querían estaba destruido. Pero quedaban rescoldos de
esperanza, ya que habían sobrevivido varios mapas que mostraban
algunas de las principales rutas entre las estrellas, y dos de ellos
mostraban el rumbo a su próximo destino, la Biblioteca de Celeano, donde
una civilización ahora extinta pero otrora magnificente había acopiado
milenios de erudición. Era ya mítica a causa de su gran Mapa de las
Estrellas, un edificio dedicado íntegramente al registro de las rutas desde
mundo a mundo. Allí, sin duda encontrarían el rumbo a Aldebarán.

Y así, abordaron el navío, y cada cual se fue a acostar para descansar
de sus largas excursiones y del combate. Y con aquel reposo, reingresaron
al mundo de la vigilia hasta la próxima vez que volvieran a dormir.

««««o»»»»

Misato entró muy campante al apartamento, con una cara semejante a
la del gato que no solo se comió al canario, sino que además se zampó al
pez, exilió a sus rivales y botó al perro del tren. Shinji podía casi sentir el
risueñismo irradiar de ella como ondas de calor.

—¡Qué tal, chiquillos! —anunció la oficial—. Hoy falten al colegio con toda
confianza si quieren. Yo les escribo una excusa si hace falta. Es más, ¿por
qué no nos subimos a un tren y vamos al zoológico o algo así?

Asuka la miró con ojos de hartazgo:

—Acabamos de llegar del colegio.

—Ah, claro. Bueno, ¿qué tal si...? Oye, no tienes muy buena cara.

—No dormí muy bien —dijo Asuka.

—¿Adónde fuiste anoche? —preguntó Shinji—. Estábamos bien preocupados,
como no llegaste.

Misato fue hasta la mesa casi a saltitos.

—Bueno —dijo—, como que me anduve quedando encerrada en un
ascensor con Kaji, y empezamos a hablar de los viejos tiempos y...
Bueno, estamos juntos otra vez. Estaba con él. —Se estiró en la silla—.
¡Hacía años que no me sentía tan vigorosa! —Volvió a ponerse en pie—.
¿Alguien quiere ir a trotar o algo así?

—No, yo voy a hacer mi tarea, voy a comer y me voy a acostar —dijo
Asuka amargamente. Se levantó y salió a pisotones.

—Caramba, qué bicho le... Ah —dijo Misato.

—Salió corriendo a la calle en plena noche después de que te llamó. Tuve
que buscarla por todas partes, y si Rei no la hubiera encontrado, tal vez
todavía la estaría buscando. —Había una tenue pizca de aspereza en la
voz de Shinji.

Misato arrugó el entrecejo. —Debería hablar con ella.

—Creo que le hace falta que la dejen sola un rato. —Quedó mirando
hacia donde la muchacha se había ido y suspiró, luego volvió a dirigirse
a Misato—. Pero felicidades por que tú y Kaji hayan vuelto.

—Bien, pues... Vamos a caminar. Tengo que hablar del amor, de florcitas
y demases, y tú estás a mano.

««««o»»»»

Hikari miró con curiosidad a Toji, estando los dos dando un paseo. Él
daba hoy la impresión de estar más solemne que de costumbre, aunque
no tanto como cuando Kensuke...

—¿Hikari?

—¿Hm?

Sacada de su cavilar, la muchacha miró dónde se encontraban. La había
traído de vuelta al lugar aquel, la vista espléndida de Tokio-3, con el sol
rojo derramando sus últimas claridades en la lontananza del horizonte.

Toji se puso serio, rascándose la nuca, con la concentración arrugándole
el entrecejo. Al parecer tenía algo que decir, pero no sabía cómo decirlo.

—Yo... Ehh... —Suspiró, y para sorpresa de Hikari, la asió de las manos—.
Mira, andamos en tejemanejes medio peligrosos... No puedo decir mucho...

En realidad, andar de aventuras en las Tierras Oníricas, ahora que hacía
el empeño de decirlo en voz alta, sonaba muchísimo más idiota de lo que
había considerado, y decidió que mantener la vaguedad era lo más
aconsejable.

—¿Peligrosos? —preguntó Hikari, las manos temblándole un tanto.

—Me... Mira, no sé adónde irán a parar todas las cosas, pero nada más
quería que supieras que..., este...

Un visible rubor acometió las facciones del muchacho, junto con una
sonrisa nerviosa:

—Me alegro... Me alegro de conocernos. —Pestañeó, luego arrugó la
cara—. Sonó ñoño, ¿cierto? Caramba, yo esperaba que me fuera a salir
mejor. Me...

Hikari lo acalló con un dedo en los labios. Sonrió, aunque tenía
preocupación en los ojos.

—Creo que lo dijiste más que bien, Toji. —Lo abrazó, aunque no muy
apretado. Lo último que quería era que pareciera despedida.

Apartándose un poquito, le dio un beso en la mejilla, luego le susurró
al oído:

—Nada más vuelve a mí.

Él la fue dejar a su casa, recibió otro beso en la mejilla al llegar a la
puerta, luego caminó a su respectiva casa, solo con sus pensamientos.
Se fue silbando, sintiéndose de repente mejor con respecto a todo en
general.

—Anda —le dijo a nadie en particular—. Ni me había esperado que me
fuera a ir tan bien.

Ahora, cómo hacerlo para estar con Hikari en sus sueños, en vez de andar
con la energúmena euro-perra de Asuka.

««««o»»»»

Shinji se hallaba a la mesa de la cocina, intentando idear un modo astuto
de agenciarse una muestra de la letra de Rei sin pedírsela directamente.
Pero la inventiva le hizo el quite, y después de un rato el muchacho
suspiró y empezó a tamborilear con los dedos en la mesa.

El golpeteo rítmico pronto atrajo la atención de Misato desde el otro lado
de la estancia, donde se hallaba viendo "Guardianes de la bahía: La nueva
generación".

—No es tambor, Shinji —dijo, luego señaló la tele—. AHÍ sí que hay nalgas
de lujo.

Shinji dijo:

—Si necesitaras ver cómo es la letra de alguien sin que la persona lo sepa,
¿cómo lo harías?

—Mandaría a mis espías de la Sección Siete —dijo Misato—. Le escarbarían
la basura hasta encontrar alguna nota o algo así, y de ahí me la traerían. Si
tuviéramos tiempo y la cosa fuera bien importante, simplemente haríamos
que se contrate a alguien de la S7 como recolector de basura en esa ruta.
¿Qué, quieres averiguar quién es tu admiradora secreta?

—No. —Shinji movió la cabeza de lado a lado—. No. —Hizo un pausa—. Sí.
—Suspiró—. Me parece que es Rei.

—Se entiende, sobre todo después de leerlas —dijo Misato.

Shinji se puso rojo como tomate:

—¿Las LEÍSTE?

—Bueno, dejaste una encima de la mesa, y no me pude resistir. —Soltó
unas risitas—. Si quieres, le puedo ordenar que confiese.

Shinji pudo visualizar en su fuero interno cómo procedería aquello, y
sacudió prestamente la cabeza:

—No, es que... Digo..., si no es ella, entonces me va a mirar como si
estuviera trastornado si se lo pregunto. Ya sabes cómo es Rei.

—¿Quieres que sea Rei? —Se acercó y se sentó a la mesa con él,
observándolo atentamente.

El muchacho clavó la vista a la mesa, tratando de encontrar la respuesta
en las vetas de la madera. Si bien logró apenas distinguir algo que se
parecía más o menos al kanji de "tortuga", dudó que eso fuera lo que
el universo le ofrecía como guía.

—No sé —dijo—. Digo, me agrada, pero no sé si... Digo, cuando sonríe,
es magnífico, pero me... —Se tomó un momento para organizarse—. No
sé qué quiero.

Misato estiró una mano y le despelotó el pelo, suscitando protestas.

—No esperes mucho para decidirte. Te voy a conseguir algo con su letra,
¿sí?

—Bueno.

««««o»»»»

Toji casi sufrió un infarto al emerger en El Sueño, cuando salió a la
cubierta del Lucero del Alba. El navío singlaba por un vacío oscuro
moteado de estrellas. Muy por detrás, pudo ver un punto azul verdoso
con un minúsculo puntito blanco muy cerca... ¿Era la Tierra?

La comprensión le cayó de pronto. Estaba en el espacio. No solo en
el espacio, sino que más adentro del espacio que cualquier otro ser
humano, hasta donde él sabía. Fue simultáneamente el momento más
terrorífico de su vida hasta la fecha, y el más increíblemente espectacular.
Momento... ¿No que la cabeza debería explotarme?, se preguntó. Por
alguna razón no se le había ocurrido eso antes, pero estaba bien seguro
de que no era cosa de llegar y respirar en el espacio. A lo mejor es algún
tipo de magia, pensó.

Captó con el rabillo del ojo un chispazo de rojo. Asuka.

—Es bellísimo —dijo ella en voz queda.

—Eso. Aunque en parte me pregunto cuándo nos van a atacar unas naves
a lo "Guerra de las galaxias".

Asuka se rió. —Demasiado pronto, no me cabe duda. —Blandió un brazo,
abarcando una amplia porción del firmamento—. Hay tantas estrellas que
no se pueden ver desde la Tierra. No sé muy bien si es porque aquí no hay
luz que impida verlas, o si los cielos de las Tierras Oníricas en realidad son
distintos.

—No sé, pero es entretenido para mirarlo —dijo Toji.

Y, durante un rato, se sumieron en la simpleza de perderse en las estrellas.

««««o»»»»

Querubines atacaron dos veces en el trayecto, pero en ambas ocasiones
la tripulación los repelió a punta de flechas, espadas y magia. Cada vez,
el capitán se volvía más preocupado y cascarrabias.

Siete grandes estrellas dominaron paulatinamente la vista de más adelante,
cada una de un tono blanco azuloso, y, raudamente, una de ellas pasó a
dominar la vista en su totalidad. Entraron a las vecindades de la cuarta
de las Pléyades, en torno a la cual orbitaban diecisiete mundos, siendo el
cuarto, Celeano mismo, su destino. Tierra negra y parda descollaba
marcadamente contra los mares violáceos, que dominaban al mundo como
los mares en la Tierra. Los consabidos casquetes polares coronaban los
extremos superior e inferior del planeta, y nubes de gris violáceo ocultaban
gran parte de este a la observación.

Mientras el capitán hacía descender el barco a la atmósfera, Toji le preguntó
a Asuka:

—Bueno y ¿qué clase de gente vive en este mundo?

—Murieron todos —dijo Asuka—. Hubo una guerra entre este mundo y algún
otro hace decenas de miles de años, o tal vez más tiempo, y la gente de
Celeano fue exterminada. Pero su biblioteca sobrevivió, conservada por la
magia que tenían, y se dice que los Dioses Ancestrales la custodian para
aumentar los conocimientos que hay ahí. Uno puede copiar cosas, pero al
parecer hay una especie de guardia que se come a cualquiera que trate de
robar algo.

—¿Cómo vamos a leer algo allá? ¿No hablaban japonés, o sí?

—...

Toji se echó a reír. —¡Ja! ¡No se te había ocurrido eso, lumbrera!

—Bueno, yo hablo tres idiomas distintos de las Tierras Oníricas, y sé que
otra gente ha venido acá para... —Asuka se oía más bien nerviosa.

—Te voy a desarmar el culo de una patada si al final estamos na' más
perdiendo el tiempo. —La sonrisilla de Toji desmentía sus palabras.

Asuka no contestó.

««««o»»»»

El océano estaba extrañamente calmo, un vasto mar de placidez, con un
olor a agua salada inmensamente poderoso, que produjo náuseas en Toji.
Perdió su almuerzo cuando aterrizaron, y luego echó fuera casi todas sus
demás comidas del día que tardaron en llegar a los grandes muelles
extendidos a lo largo de la costa.

Saltó del navío antes de que terminara de atracar, contento de estar en
terreno firme y sólido. Asuka lo siguió prestamente y, con un grupillo de
cuatro marineros que habían sentido curiosidad, se dirigieron a la
biblioteca.

Estaba labrada en granito sólido, diseñada más para resistir que para
ser bella. Había dos enormes piscinas de agua salobre y purpúrea a cada
lado de la pasarela elevada que conducía a las puertas principales, cada
puerta de al menos cinco metros de altura, con grandes anillas de bronce
para abrirlas. Runas ignotas se veían talladas en cada puerta, y sobre las
puertas se leía escrito (en kanji): "Gran Biblioteca de Celeano. Ingresa,
peregrino, y aprende la sabiduría de tiempos idos, mas no tomes lo que
no es tuyo. La Verdad es una espada de dos filos; mira que no se vuelva
en tus manos. Presenta el Signo de los Guardianes y entra". Debajo de
las palabras, el Signo Ancestral aparecía grabado en cada puerta.

—¿El Signo de los Guardianes?

Asuka sacó un pedazo de piedra rústicamente circular, con un Signo
Ancestral grabado en él. Este fosforeció, y las puertas empezaron a
abrirse.

—A los Dioses Ancestrales les dicen a veces Guardianes. Guardianes de
qué, no tengo idea; tal vez de este lugar.

La biblioteca era inmensa, un conjunto formidable de pilares, mesas, sillas
y estantería tras estantería de libros, rollos, tomos, cuadernos, tablillas
esculpidas, pellejos grabados al aguafuerte, y toda otra forma de
almacenamiento de datos inventada por mil veces mil razas. Algún
estudioso pretérito había dejado en una mesa un conjunto de hebras
con cuentecillas de color vivo junto a un pergamino de cuero de vaca,
enrollado; y otro al parecer había estado cavilando ante varias hojas
de vitela cubiertas de puntos agrupados en distorsionados patrones
pentagonales. Una tercera mesa tenía un cilindro de cristal, de unos
setenta centímetros de alto, en que relucía un denso patrón de puntos,
de colores relucientes.

—Alguien debería apurarse en inventar los catálogos de tarjeta —dijo
Toji, recorriendo con la mirada el fárrago aquel.

Asuka exhibió una minúscula gota de sudor:

—Nos vamos a tardar un poquito.

—Bueno, por lo menos alguien sabía japonés como para escribir en la
puerta —dijo Toji, luego se rascó la cabeza—. ¿Cómo lo habrán leído los
demás que vinieron?

—Aquí muchos idiomas se funden en uno —dijo Asuka—. Bueno, ahora
hay que trabajar, supongo.

««««o»»»»

Los cuatro marineros se habían dispersado por la Biblioteca, perdiéndose
de vista entre los altos de libros, mientras Toji y Asuka deambulaban
intentando dilucidar dónde podían estar los mapas. Aunque Toji dio
con algunas historietas de Ásterix traducidas al japonés, de mucho no
servían. Había por todas partes rótulos que quizá daban indicaciones
de cómo encontrar cosas, pero el sistema de runas le era totalmente
desconocido a Asuka.

Toji se sentó por último a una mesa y empezó darle golpazos con el
puño.

—¡Carajo! ¡Esto es más ridículo que andar p'atrás! No vamos a encontrar
nunca los mapas, y si los encontramos, fijo que no los vamos a poder leer.

—Es lo más probable —dijo uno de los marineros. Era alto y atezado,
con brazos musculosos y un bigote espeso. Llevaba una túnica negra y
pantalones café, más un medallón con una esfinge dorada—. No fue muy
astuto venir hasta acá sin ser capaces de hablar aklo.

Asuka humeaba de rabia. Toji asintió lánguidamente.

—Eso —dijo Toji—. ¿Entonces todos los letreros de ayuda están en el
famoso aklo ese?

—Así es. Un grupo de Gente Serpiente, eruditos, los puso hace millones
de años para ayudarse al indagar en la biblioteca, y nadie ha tenido los
recursos o el tiempo para añadir ayudas en idiomas menos muertos.
—El marinero se apoyó contra uno de los estantes—. Ahora lo hablan
únicamente los hechiceros y los últimos vestigios envilecidos de la otrora
orgullosa Gente Serpiente. Pero los hechiceros tienden a ser un círculo
cerrado, y de la Gente Serpiente no esperen ayuda alguna. Y aunque
les quisieran prestar ayuda, ni ellos ni los hechiceros están a la mano.
Imagino que tú y tu compañera tendrán que irse a sus casas, a menos
que planeen quedarse siglos aquí, buscando. La Biblioteca es muchísimo
más grande por dentro que por fuera, y hay acumulados aquí incalculables
eones de conocimiento... Aunque ya nadie se acuerda de cómo leer la
gran mayoría.

Tomó de un anaquel lo que daba la impresión de ser una lámpara de lava.

—Esto, por ejemplo. Los humanos todavía se escondían de los dinosaurios
cuando los xicillianos se extinguieron. Se necesita visión de electrones para
leer una de estas cosas.

—Sabes bastante para ser marinero —dijo Asuka.

—Oye, los marineros van a todas partes, ven de todo —dijo el hombre—.
He andado en miles de mundos, y he visto civilizaciones elevarse y caer.
Al final, todo se hace polvo, para no dejar más que chucherías como esta.
Y hasta las chucherías terminan perdiéndose irremediablemente. —Volvió
a dejarla en el anaquel—. ¿Sabes para qué se construyó este lugar?

—Era el gran depósito de todo el conocimiento de Celeano, ¿no? —preguntó
Asuka—. ¿Y me imagino que no sabrás leer aklo?

—Sí, sé —dijo el hombre—. Esta biblioteca tenía por objeto conservar el
conocimiento de este mundo, de modo que algún día sus dioses patronos
pudieran vengar la muerte de todos los que aquí vivieron. Sabían que iban
a morir, pero tenían la esperanza de que alguien se vengara por ellos. Así
pues, sellaron el edificio contra todas las fuerzas de aquellos dioses que
habían ayudado a Xoth a exterminarlos, también contra los Cinco Paladines
de los Dioses Exteriores y todos sus sirvientes, con el sello de si diosa
principal, N'tse-Kaambl, la llamada "Desgarradora de Mundos". —Soltó
una carcajada larga y vital—. Vaya título grandilocuente para la que no ha
logrado siquiera una vez detener por largo plazo los planes de los Dioses
Exteriores. Hasta donde pueda decirse que tengan "planes", y no
simplemente que sigan los designios de su naturaleza. En fin, estoy
empezando a divagar.

—¿Nos puedes traducir estos símbolos? —preguntó Asuka, ávida—. ¡El
rey Kuranes te recompensará bien si nos ayudas!

—El rey Kuranes no puede recompensarse ni a sí mismo —dijo el marino—.
Se creó un paraíso personal y ahora se hartó de él, para vivir en una triste
recreación del pueblo de su niñez. Pero sabe que todo no es sino una farsa,
y que se aferra a un pasado que no puede salvarlo. Y al final, hasta la
inmutable Celephais sabrá de cambio y decadencia, porque no hay nada,
menos aún los sueños, que dure para siempre.

—Tiene que haber ALGO que te podamos ofrecer —dijo Asuka.

El marino se acarició la barbilla:

—¿Tu cuerpo, quizá?

Los ojos de Asuka se engrandecieron, y se cruzó instintivamente los brazos
por delante del busto.

—¡Ni loca!

—Bien, pues, si tu dignidad es más importante que el alma de tu amigo...
—Se dio vuelta, tomó otra de las lámparas de lava y la miró un momento—.
El que haya escrito esto era un poeta espantoso.

La arrojó a un lado, pero rebotó en vez de quebrarse. La vio rebotar, y dio
la impresión de haberse sorprendido durante un momento casi infinitesimal.

—No... ¡no puedes venir a pedir algo así! —dijo Toji.

—¡Sí, eso mismo! —exclamó Asuka.

—¡Además en una de esas te mata por accidente, y no vale la pena que
te contamines en el proceso!

—¡Contaminado tendrás el culo, Toji! ¡Ninguna mujer en su sano juicio
haría nada contigo que no sea RAJARTE A PATADAS!

—¡PERRA NAZI del carajo!

Empezaron a darse con los muebles; mientras, el marinero examinaba
los anaqueles, desentendido del asunto.

Toji tardó poco en llevarse la peor parte, al brincar Asuka a una mesa
y ejecutar una patada voladora a la cabeza, que estrelló al muchacho
contra una estantería. Decenas de anaqueles se fueron abajo
desperdigando cientos, quizá miles de medios de almacenamiento de
información, que salieron volando.

Toji salió a gatas del desbarajuste y empezó a arrojarle tablillas de piedra
a su colega, la cual comenzó a esquivar desesperadamente.

Es muy posible que se hubieran noqueado mutuamente si uno de los
letreros escritos en aklo no le hubiera dado a Asuka en la cabeza, luego
de que Toji se lo tirara. Le cayó posteriormente en las manos y, por un
solo momento, la muchacha comprendió su significado. "Biología", decía.
Con esa noción llegó un recuerdo.

Estaba en un aula de clases bastante fría y provista de un domo alto.
Rodeada por varias decenas de compañeros de clase, se vio escribiendo
runas con un lápiz de cristal azul que no dejaba de resbalarse entre sus
dedos color gris verdoso. Era otra soporífera serie de ejercicios, que
consistían en escribir caracteres una y otra vez, al igual que todos los
demás ejercicios que Y'geeth-sensei siempres les obligaba a hacer. Tan
rematadamente aburrido, cuando su lugar estaba allá fuera combatiendo
monstruos. Y de todos modos, ¿para qué me va a servir este idioma que
no le importa a nadie?, se preguntó.

Y entonces el recuerdo se esfumó, y fue otra vez Asuka Langley, sin
saber bien quién acababa de ser o si quería averiguarlo. Toji la miraba
de hito en hito.

—¿No te dejé tonta, o sí? —consultó el joven.

—Tocada por un ángel, has sido —dijo el marinero, con una semisonrisa—.
Y dejó trozos de él, por lo que veo. O, quizá más precisamente, devoraste
su alma. Y te gustó.

—¿De qué mierda estás hablando? —preguntó Toji.

Asuka se volvió de un solo giro. —¿Sabes de los ángeles?

—¿Creíste acaso que ustedes son los únicos que viajan del sueño a la
vigilia y vice versa? —preguntó el hombre—. La Segunda Niña y el Cuarto.
En el mundo de la vigilia, pilotan una Eva, aunque no muy bien.

Asuka no estaba contenta:

—¡Nunca he perdido un combate!

—Porque Rei y Shinji te salvan.

—¡Al segundo ángel le gané YO SOLA!

—Un niño de cinco años con una Eva podría haber vencido a Rhan-Tegoth
—dijo el marino—. Toji podría haberlo hecho. Sin perder la mano de su Eva.

—De que daba lástima el bicho, daba lástima —dijo Toji—. Era solamente
un melón con tentáculos enrabiado.

—Bueno y ¿QUIÉN eres tú? —preguntó Asuka—. ¡Si eres el papá de Shinji,
te descuaderno a patadas!

El marinero se echó a carcajear tan fuerte que casi se cae.

—Los nombres tienen poder —dijo—, y no se han de dar a la ligera. Pero
pueden decirme Ismael, y yo te llamaré Asuka Devoraalmas, porque eso
eres. Acaso en los fragmentos que contienes, puedas encontrar las
respuestas que buscas. Desde luego, es muy posible que el abrirte a una
experiencia así te destroce la mente en mil pedazos, porque tienes
talento, pero careces de destreza.

—¿Quieres POR FAVOR explicar de qué carajo estás hablando? —preguntó
Toji.

Y Asuka entendió. Por algún motivo, uno de los seres vencidos por ella
sabía aklo, e Ismael sabía que ese conocimiento estaba ahora implantado
en ella. Pero si se abría a tal conocimiento... Tenía que correr el riesgo.
Aunque significara... No quería ni pensar en qué significaba.

Cogió la tablilla y se obligó a recordar su significado. El significado de
todo. El mundo se hundió, extinto, y no quedaron sino la tablilla y los
recuerdos a los que era Asuka incapaz de resignarse, pero que necesitaba
desesperadamente. Se vio rodeada de un mar de estrellas, y cada estrella
era un recuerdo. Un cúmulo de estrellas rutilaron en la distancia; eran los
recuerdos que deseaba. Pero no podía alcanzarlos sin tocar las demás
estrellas, y, al hacerlo, afloraron recuerdos de los que hubiera preferido
no ser dueña.

Dio un paso, y estuvo en una gran ciudad de roca azul, haciendo llover
muerte y riéndose de todos cuantos la miraban y quedaban inmóviles,
transmutados en piedra. Otro paso más, y estuvo rodeada por el frío del
espacio, en un semiletargo durante los siglos del viaje entre mundo y
mundo, percibiendo apenas, como entre una bruma, a las mil veces mil
criaturas rosáceas, zumbantes, que tenían la falsa impresión de que
podían utilizarla. Un tercer paso, y nadó por las amarillas aguas sulfurosas
de un mundo hecho cenizas mucho tiempo atrás, disfrutando la sensación
de la corriente en su piel.

Un cuarto paso, e iba corriendo en una ventisca, suscitando e impeliendo
una gran tempestad por delante de ella, hasta una aldea, para luego ver
hasta el último de los habitantes volverse azul y congelarse a hielo, luego
fundirse al sol al retirar ella su poder. Un quinto paso, e iba saltando
entre los mundos, cabalgando los vientos del éter, sintiendo hormigueos
con el contacto de los rayos que solo ella podía ver. Un sexto paso, e
iba montando un trineo de ylithris, fustigando con el látigo al ylithri de
pelambrera azul para que moviera sus seis patas más rápido, y corriera
la voz de que el gran frío se movía hacia el sur a devorar otra comarca.

Un paso séptimo, y estuvo dormitando en un templo, rodeada de risibles
pero sabrosas mascotas que le traían comida y la adoraban. Sus
alabanzas eran naderías, pero gratas de todos modos para alguien que
no conocía las alabanzas. Los recuerdos vinieron más veloces, y los pasos
se hicieron erráticos. Un octavo paso, y devoró a uno de sus rivales,
succionando sus fluidos, agasajándose con cada gota suculenta. Se
hacía difícil seguir, pero, en alguna parte, alguien dio un noveno paso.
Hubo una guerra, una batalla de dioses de poca monta que incendió los
bosques, envenenó los mares y envileció el aire. Sus peones habían
caído, y se habían vuelto cascajos secos, devorados por el detestable
Shelob, a quien siempre ella había aborrecido. Ahora, se vería obligada
a ponerse en fuga.

Más pasos, más recuerdos, recuerdos que no concordaban ni entre sí ni
con los del cuerpo de aquella que seguía dando pasos, o acaso era solo
la sombra de ese cuerpo, en un espacio que no era espacio. Dio ímpetu al
frío y vio a los dinosaurios morir, y cazó a los sobrevivientes. Engatusó a
una raza de crustáceos, que la llevaron de un mundo agónico a uno lleno
de vida y apto para sus propósitos. A su orden, los mortales entablaron
guerras y se masacraron para diversión suya, mientras ella soñaba, ahíta
y satisfecha, sobre un gran altar. Pasaron decenas de mundos y cientos
de razas, a la deriva, la mayoría destruidos y desaparecidos cuando los
humanos todavía se escondían de los lagartos gigantes.

Cambio, cambio, cambio, todo era cambio, incesante y en apariencia
inútil. Guerras y hostilidades inacabables, catástrofes sin tregua, la guerra
de los hombres contra los hombres y de los dioses contra los dioses y de
los dioses contra los hombres. Y detrás de todo, el miedo acechante de
que la suerte daría un vuelco, y que aquellos cuyos recuerdos ella ahora
poseía un día caerían, así como el azar les había encumbrado.

De haber sido más largo el viaje, o más recóndito el conocimiento que
ella buscaba, hubiera sucumbido a la oleada de recuerdos, incapaz de
retener su yo, pero la voluntad le dio pujanza, y muchos de los recuerdos
contenían el saber que buscaba. De modo que echó mano de un puñado
de luz, y el aklo, un idioma más antiguo que el hombre, más viejo que los
hombres serpiente que dominaron su uso, más viejo que los dueños de
los recuerdos ahora en poder de ella, un idioma en que cada palabra
tenía poder, le inundó la mente.

Toji la estaba sacudiendo.

—¿Qué diablos estás haciendo? ¡Si te vas a chalar, te dejo en la LUNA
de una patá' en el culo cuando despertemos! Aunque me tenga que ir a
meter al manicomio a buscarte.

Asuka no hacía sino mirar a Ismael. Luego dijo:

—Asuka uno, dioses cero.

Dirigiéndose a Toji, dijo, temblorosa:

—Bien, vamos por el mapa.

Los demás recuerdos menguaron, y los bloqueó, pero resolvió que
después tendría que meditar y dar orden a las cosas que había visto.

Toji miró al hombre.

—¿Bueno y quién carajo eres tú? ¿Y qué es eso de andar "comiéndose
almas"?

Ismael sonrió. —Ya lo descubrirás, y bien pronto.

Los siguió, viéndolos hurgar entre altos de mapas polvorientos.
Extrañamente, había un espacio sin polvo entre los mapas.

—Alguien se llevó uno —dijo Asuka.

Una rápida búsqueda y una revisión del índice, hallado cerca de allí,
reveló que el desaparecido era exactamente el mapa que querían.

—Me cago —dijo Toji.

Un sonido de gritos resonó por la biblioteca, y un estampido como de
escopeta reverberó por los altos de mapas.

—Qué mier...

—Espantos Cazadores —dijo Ismael—. Una vez oculto el sol, descendieron
sobre la nave y la están destruyendo.

Asuka desenvainó la espada:

—Mierda. No sé si le puedo ganar a uno de esos... He sabido que son
bien duros. Toji, mejor te quedas aquí, si no quieres que te maten.

—¡Oye, yo me puedo cuidar solo! ¡Ni que fuera de porcelana! —Toji
desenvainó su espada y deseó haber tenido más tiempo para aprender
a usarla.

—¿Pueden pelear contra ocho? —preguntó Ismael.

Asuka se puso pálida. —¿OCHO?

Ismael ladeó un tanto la cabeza.

—Perdón, miento. Nueve.

Asuka palideció. —Tal vez pueda distraerlos el tiempo suficiente para que
todos se refugien aquí dentro, y podemos trancar las puertas...

—Quizá podamos hacer un pequeño convenio —dijo Ismael—. La verdad,
no me interesa si la tripulación vive o muere... Me interesan ustedes dos.
Juren servirme, y dejo que los demás vivan. Hasta les daré el mapa que
necesitan en su misión. —Blandió dicho mapa por un momento, y luego
este volvió a desaparecer.

—¿No serás Satanás o algo por ahí? —consultó Toji.

Ismael soltó una carcajada:

—No soy ningún demonio, sino un ángel, según la acepción más antigua:
un mensajero, voz y heraldo de los Dioses Exteriores. Hablo y expreso la
voluntad de ellos. Ellos desean que ustedes les sirvan, y ustedes lo harán.
Es el destino tuyo y de los demás. La única elección que tienen tú y todos
es si les van a servir con cadenas y sufrimiento, o si van a servirles
voluntariamente y beneficiarse con dicha servidumbre. Porque la voluntad
de ellos no puede discutirse.

—Eso a mí me suena al diablo —dijo Toji cruzándose de brazos—. Lo
siento mucho, socio, pero yo soy budista. No tengo na' que ver en tu
guerra con tu creador o cuanta cosa. Pero llévate el alma de Asuka si se
te antoja.

—¡OYE!

—No soy Satanás —dijo Ismael—. Ese no es sino una sombra, un reflejo
distorsionado de mí. Yo sirvo fielmente a mis creadores, y estoy por
sobre las definiciones banales de bien y mal que ustedes tienen. Estoy
unificado con los verdaderos poderes del universo, muchísimo mayores
que el insignificante y resentido dios tribal que ustedes los humanos
pretenden exaltar a hacedor de toda la creación.

—Sí, sí, y si llamamos ahora nos regalas también un cuchillo para filetear
y un exprimidor de jugo con la venta de nuestra alma —dijo Toji—. Seré
bruto, pero no tanto pa' estarte vendiendo el alma, porque los demonios
viven haciendo trampa. Y si de verdad no tuviéramos elección, no te
molestarías en preguntarnos. —Se dirigió a Asuka—. Saca una cruz y
mándalo de vuelta al infierno pa que podamos tratar de salvar el barco.

Asuka intentó recordar dónde había oído hablar de un heraldo de los
Dioses Exteriores, pero no se le vino a la cabeza el nombre o por qué era
conocido. Los Dioses Exteriores eran los protectores de los Magnos, eso
lo tenía claro. Pensar en eso hizo que los recuerdos no deseados por ella
intentaran agolparse contra su dique mental, así que dejó la idea de lado:

—No creo que sea vampiro, Toji.

—Una cruz no es más que un pedazo de palo, piedra o metal. Adelante,
traten de expulsarme. Nada logran.

—Sí, cómo no. Vamos —dijo Toji, y echó a correr.

Asuka asintió y salió corriendo tras él.

—¡Oigan, a mí no me vienen a IGNORAR! —vociferó Ismael.

Eso hicieron.

Al salir corriendo puertas afuera, pudieron ver los despojos del barco
desmoronarse, reducidos a astillas, junto con no poco de los muelles.
Había cadávares triturados y aplastados, tirados por la playa y el
malecón. Un cuerpo decapitado flotaba pecho abajo en uno de los
estanques que flanqueaban las puertas. Serpientes de dieciocho metros
de largo y tres metros de ancho volaban por doquier, arrebatando a los
últimos marineros sobrevivientes. El torso del capitán estaba en uno de
los muelles, mientras su mitad inferior asomaba del hocico de una de las
criaturas.

Toji tuvo que tragarse la cosa avinagrada que le subió por la garganta.
Asuka echó un raudal de maldiciones y le corrieron lágrimas por la cara.
Se estaba aprontando para atacar, pero Toji la sujetó del brazo.

—No podemos pelear contra todas esas... no sé ni qué mierda son.

Se oyeron pasos tras ellos, y salió Ismael, con el mapa en una mano.

—Puedo ordenar a los Espantos que los lleven a ambos adonde quieren ir
—dijo—, si los dos juran servirme. Si no, les van a quitar la vida, y el alma
de su amigo quedará en manos del Rey de amarillo para siempre, porque
si mueren ustedes aquí, nunca más podrán volver a las Tierras Oníricas.

Se volvieron a mirarlo, e, inadvertidos por los tres, los dos estanques
empezaron a borbotar y revolverse. Toji dijo:

—Ni loco. Los demonios siempre andan haciendo trampa. No nos vas a dar
lo que queremos.

Asuka asintió. —Nos podemos esconder en la biblioteca, si es necesario.
Ahora que puedo leerlo todo, puede que encuentre alguna manera de llegar
allá sin usar el barco. —Lo apuntó con la espada—. Y no voy a dejar que te
estés interpo...

Fue interrumpida por enormes tentáculos verdiazules que surgieron
súbitamente de los dos estanques. Azotaron las puertas de la biblioteca
y las cerraron, luego se envolvieron en torno a las piernas y brazos de
Ismael y lo alzaron en el aire, suspendido con las extremidades
completamente extendidas.

Asuka retrocedió:

—El guardián. ¡Hay que irse de aquí hasta que se calme!

—¿Y qué diablos hacemos?

—¡Sígueme!

Echaron a correr, y dejaron a Ismael farfullando en una jerigonza que no
entendieron, pero que les hizo sentirse enfermos con solo oírla. A Asuka
le sonó parecido al aklo, pero más antiguo aún, el idioma del que el aklo
no era sino una sombra.

««««o»»»»

Se fueron corriendo por la playa, hasta un área muy rocosa, llena de
imponentes peñascos y toneladas de grava. Podían ver la biblioteca a la
distancia; cuatro de las serpientes aladas atacaban al guardián, mientras
otras dos remataban el barco, y tres perseguían a Toji y a Asuka.

—Bueno, al menos estamos mejor que antes —dijo Asuka, mientras se
abrían paso por el laberinto de rocas.

—Deberíamos habernos quedado en Celephais a organizar un campeonato
de pool —masculló Toji—. ¿Se te ocurre alguna otra manera de meternos
en camorras?

—Hola, Asuka —dijo un gato de pelaje blanco. Era gordo y de aspecto
haragán, sentado en una roca.

Asuka se dio vuelta de un giro:

—Oye, si eres igual a...

—No me he olvidado de la vez que me echaste purgante en la comida
—dijo el gato, lengüeteándose una pata con gran soltura—. Pero Oscar sí
me quiere porque es falto de cariño, y la Madre de Todos los Gatos desea
hablar, de modo que, aunque yo preferiría que te comieran, vas a hacer
un viaje.

Más gatos empezaron a surgir de las rocas: calicós, persas, malteses,
siameses, turquesados y azabaches. Machos y hembras llegaron, a la
conglomeración de una marea de cientos y cientos de gatos. Muy por
arriba, los Espantos Cazadores que se abatían sobre ellos titubearon, y
empezaron a volar en círculos y a observar.

Toji miraba atónito a Asuka:

—¿Y qué diablos te dio por maullarle al gato? ¿Y qué carajo hace este
gato acá, y por qué no estamos corriendo por nuestras...? Oye, ¿de dónde
salió tanto gato?

Deben haberme echado drogas en el LCL o algo así, concluyó. Esto debe
ser flor de delirio.

—Con todo gusto contestaremos a su convocatoria —dijo Asuka—. Llévanos
con ella.

—¡Asuka, para de maullar! —Los gatos se sobaban contra las piernas de
Toji y trataban de brincar a sus hombros—. ¿Agarro a patadas a los gatos?
¿Sí o no?

Genial, la nazi se chaló, pensó Toji. Aquí sí que cagamos feo.

El gato señaló con una pata a los Espantos Cazadores:

—Mátenlos.

Gatos afluyeron de las rocas, saltaron al aire y aterrizaron en multitudes
sobre el trío de espantos, hundiendo las garras y colmillos en las criaturas.
Los espantos cayeron y se desintegraron en medio de los arañazos,
dentelladas y zarpazos de las nubes moteadas de pelajes variopintos. Por
un momento, a Toji le pareció haber visto un puma morado, un lince rojo
y un extraño león humanoide entre las legiones de felinos.

Y entonces se vio rodeado de gatos, un mar de pelaje que le envolvió el
cuerpo. Sus pies se separaron del suelo, y sintió movimiento. Le invadió
el pánico y trató de gritar, pero no pudo inspirar, por tener un gato
apretado contra la boca. Pequeños mordiscos y arañazos accidentales le
cubrían el cuerpo, conforme los gatos, en sus saltos, se agarraban de él,
llevándolo de un modo increíblemente desagradable.

Intentó quitárselos de encima, pero no podía moverse, no podía gritar,
no podía respirar, no podía hacer nada salvo existir y aullar dentro de su
cabeza. Se movía, con creciente rapidez, llevado por los gatos a quién
sabe dónde.

Y luego todo terminó, y los gatos chorrearon de encima del muchacho,
fluyendo como un cauce por la franja de césped junto al río que corría
a su izquierda. Por delante de él se erigía un magnífico palacio hecho de
mármol blanco con vetas rosadas. Tenía un pórtico enorme, que estaba
lleno de gatos apoltronados, disfrutando del sol radiante, y más allá del
pórtico había puertas de oro cubiertas con jeroglíficos, contando cada
puerta con una portezuela para gatos a nivel del piso.

Del otro lado del río, una segunda franja de césped se extendía casi un
kilómetro, y más allá de eso había un desierto de arenas grisáceas, y, en
la distancia, un imponente macizo de montañas. En efecto, al girar Toji
en redondo, pudo ver que estaban en un valle muy grande, de forma
aproximadamente redonda, de quizá quince o veinte kilómetros de
diámetro, dividido por el gran río que se despeñaba de las montañas
hasta el valle y se zambullía al otro extremo de este, en una gran
caverna semejante a unas fauces. Otros templos moteaban también el
valle, y, lejos hacia el Norte, cerca de las cataratas, había una aldea en
torno al más grande de los templos.

Toji le dio un vistazo de reojo a Asuka:

—Este... Dale las gracias a los gatos, diría yo.

—El taradín les da las gracias —le dijo Asuka al gato—. Y te doy las
gracias yo. Y perdón por el purgante. De haber sabido que eras
inteligente...

—Suelo decir lo mismo de los humanos —dijo el fofo persa—. Muchas
veces me cuesta distinguir.

Se miraron gato y muchacha, y entonces una gran campana tañó al
interior del templo.

—La Madre de Todos los Gatos te convoca —dijo el persa—. Pero sugiero
que te tomes un momento para lamerte, o usar el río. Los dos tienen un
aspecto lamentable.

Fueron, y se lavaron la cara y se limpiaron la mugre y el sudor lo mejor
que pudieron. Toji se dio una peinada casi inútil, Asuka se cepilló el pelo
a toda velocidad, y los dos desearon no tener la ropa deshilachada y raída,
luego dieron media vuelta y partieron a conocer a la Madre de Todos los
Felinos.

««««o»»»»

Había un segundo pórtico, más bien un atrio al entrar por las imponentes
puertas de oro, con cielo raso abierto al firmamento, el piso embaldosado
de blanco y negro, cubierto con cada especie de gato que Toji hubiera
visto jamás, y montones más de especies extrañas que nunca había
visto. En mitad de la estancia, había un largo diván de terciopelo blanco,
y sobre este yacía una mujer casi desnuda, con cabeza de gato color
pardo, sobre cuya frente podía verse una tiara de plata con varias gemas
engarzadas. El resto de su cuerpo era muy humano. Había sandalias en
el piso cerca de sus pies, y grandes brazaletes de oro adornaban cada
muñeca y antebrazo, en tanto una falda de algodón blanco le cubría de
la cintura hasta justo por encima de las rodillas. Un escudo oval con la
cabeza de un león grabada en oro yacía apoyado contra el diván junto a
su mano izquierda, y había un carcaj de jabalinas cerca de su derecha.
Eso aparte, estaba desnuda a menos que uno contase los más o menos
veinte collares de oro y plata que bajaban por el valle de sus pequeños
senos desnudos. Un par de metros a su derecha, hallábase acurrucada
una leona, al parecer dormida.

Toji volvió la cabeza a un lado; mirar a diosas semidesnudas era pedir
la muerte a gritos, según los relatos que había oído, aunque no pudo
resistirse de echarle otra miradita de contrabando.

Asuka agachó la cabeza y trató de recordar qué hacían los egipcios
cuando querían ser corteses, pero no tuvo la más peregrina idea.

—Emm... ¿Llamaste? —profirió.

La mujer se incorporó, y sonrió:

—Pasa a mi salón, dijo la araña a la mosca. —Los miró de arriba abajo,
luego dijo—: ¿Son todos los varones de la vigilia tan dados al pudor hoy
en día?

—Toji es un mero cobarde sin pantalones. No lo tome en cuenta —dijo
Asuka—. Además, no es más que mi escudero.

—¡QUE NO SOY TU PUTO ESCUDERO! —dijo Toji—. ¡A diferencia de ti, yo
sé que echarle el ojo a diosas sin ropa es buena forma de morir gritando!

Bast se rió:

—No me molesta. Si no deseara que se me contemple, usaría más ropa.
Pero es prudente de tu parte el proceder con cautela, pues no tenías
forma de saber eso. Vengan, y les haré servir comida, y luego debemos
irnos, puesto que se les convoca ante los Magnos de la Tierra.

Asuka abrió los ojos de par en par.

—¿En serio? ¿Nosotros?

—El Tiempo de la Tribulación se avecina, y la suerte de todos los sueños
de los hombres pende de un hilo. Ustedes están entre los Elegidos, que
salvarán a la humanidad o la destruirán. No diré más, pues hay otros
que pueden contar esta historia mejor que yo.

Toji se pasó la comida entera deseando que ella hubiera dejado que
otros contaran lo poco que había dicho.

««««o»»»»

Kadath se erige en la cima de una gran montaña, un palacio bellísimo
labrado en toda especie de piedra, y decorado para el deleite de los
sentidos, el aire lleno del aroma de perfumes dulces, e impregnado
constantemente con la serenata de una sinfonía exquisita, eterna. En
las entrañas del palacio se yergue un vestíbulo portentoso, su cielo raso
pendiendo a treinta metros en el aire, sostenido por doce pilares de fino
labrado, cada uno simbolizando uno de los signos del zodiaco. Los muros
están cubiertos con mosaicos de las supremas hazañas de los Magnos,
y las enormes puertas de bronce están selladas con el Signo Ancestral.
El piso está embaldosado a modo de arcoiris y, al fondo, contrapuestas
a las puertas, hay doce sitiales, cada uno un asiento labrado a partir de
una gema única, enorme y perfecta, instalados sobre un estrado de jade
puro.

Seis hombres y seis mujeres se hallaban en dichos asientos, posando la
mirada en Toji y Asuka, que se sentían próximos al derretimiento. Bast los
había vestido con simples túnicas blancas ceñidas con un cinto, pero los
dos se sentían desnudos ante la mirada de aquellos seres, y los dos se
habían arrodillado por instinto.

A algunos los conocían. Bast se hallaba entre ellos, al igual que un dios
y una diosa que se parecían a las enormes estatuas del museo del rey
Kuranes, salvo por estar vivos y ser más chicos. Otra mujer hizo a Toji
acordarse de Kuan Yin, al menos de como la veía en el santuario al que
había ido unas cuantas veces. Y el que estaba envuelto en llamas se
parecía a una estatua que el rey Kuranes tenía cerca de la chimenea.
Asuka reconoció a Nath-Hortath, un hombre rubio con piel color negro
intenso y ojos plateados sin pupilas, patrono de Celephais.

Los demás no les eran conocidos, aunque la mayoría suscitaba
reconocimientos imprecisos en la mente de Asuka. Sobre todo ese con
el brazo de plata, sentado en la silla más alta. Con un respingo, lo
reconoció. Era el bibliotecario de la Gran Biblioteca.

Este les sonrió y dijo:

—De pie, Niños, pues sangre de dioses corre en sus venas, y tienen
derecho de estar entre nosotros.

Toji sintió un tiritón.

—¿Cómo? —dijo, pero se puso en pie. Le dolían las rodillas de tanto
arrodillarse.

El hombre de la linterna habló:

—Ustedes son los Niños de quienes se hablaba en profecías, cuando este
mundo era aún joven y el poderoso Eibon estudiada sus ciencias y miraba
el futuro. La sangre antigua es fuerte en sus venas, y es compelida a
despertar, para que puedan enfrentar a aquellos que una vez reinaron en
la Tierra y buscan volver a reinar, los Ángeles, según les llaman ustedes.
Algunos de nosotros somos sueños de los hombres, y a otros la humanidad
simplemente nos ha adoptado, pero ninguno de nosotros desea ver perecer
a nuestra raza a manos de Ángeles de menor monta. Solo con palabras
podemos ayudarles a ustedes en el mundo de la vigilia, pero aquí en las
Tierras Oníricas podemos socorrerles, porque ustedes son sangre de nuestra
sangre, y carne de nuestra carne, aunque no sepamos por qué.

—A ver, espérense un rato —dijo Toji—. ¿Me están diciendo que uno de
ustedes es papá mío, pero no saben QUIÉN?

El hombre negó con la cabeza:

—Alguna vez, el mundo fue joven, y muchos de nosotros andábamos
entre los mundos. Algunos lo hacemos aún. —Miró fugazmente al hombre
del brazo de plata—. Muchas veces, hemos tenido amantes de tu raza, y
nuestra sangre sigue aflorando de cuando en cuando. Y ahora, la música
de las esferas canta una era nueva, y llama el despertar de ustedes, que
tendrán el poder de salvar a la Tierra o condenarla, aunque no sabemos
cómo ni por qué los elegidos fueron ustedes, salvo porque tienen nuestro
poder y el potencial de volverse como nosotros.

—O como nuestros enemigos —dijo la mujer de la lanza—. Esta no es sino
una de las muchas pruebas, juicios y tentaciones que deberéis afrontar,
pero este es uno en el que podemos ayudaros en vez de limitarnos a
observar, aunque, incluso aquí, existen límites para lo que podemos hacer.
Pero os vamos a socorrer en la medida que podamos.

El hombre de la linterna se la entregó a Asuka:

—Yo soy Ariel, buscador de la verdad, y he aquí mi linterna, cuya luz
expulsa todo lo falso.

Un hombre corpulento de pelo castaño y barba espesa, vestido con pieles
de caza, se acercó y entregó su lanza a Toji.

—Yo soy Orión el Cazador. He aquí mi lanza, que nunca yerra y siempre
es fiel en su acierto. Mientras la empuñes, no responderá a otro amo más
que a ti, hasta que la legues por voluntad.

Toji la recibió con ademán nervioso, y rezó por no dejarla olvidada en
alguna parte.

El hombre envuelto en llamas rojas y anaranjadas dio un paso al frente, y
entregó a Asuka su gran espada de bronce. Las llamas siguieron lamiendo
la longitud de la hoja, hasta que él la envainó y se la entregó a ella.

—Soy Karakal, Señor de las Flamas. Lo que con mi espada golpeares,
arderá.

Ella hizo una reverencia y se la colgó al cinto.

La mujer con el Signo Ancestral en su escudo dio un paso al frente.

—Soy N'tse-Kaambl, Desgarradora de Mundos, y te doy mi escudo, sobre
el cual está el signo de los Dioses Ancestrales, emblema de nuestro poder.
Jamás se romperá.

El muchacho lo recibió he hizo una reverencia:

—Gracias.

Un anciano un tanto flácido, de largo pelo cano, vestido con una simple
túnica azul, se acercó a ellos, examinó a cada uno, luego entregó a Toji
una jarra de arcilla, cerrada con un tapón. Líquido sonaba en su interior
al moverse y, por su peso diríase bastante llena.

—Soy Oukranos, y esta jarra te doy, que jamás se vaciará, porque toma
de mi esencia. —Sonrió tenuemente—. Sugiero no la acerques a la espada
de Karakal.

Por último, el hombre del brazo de plata, ahora vestido con una túnica
celeste y calzas cafés, avanzó:

—Yo soy Nuada, llamado también Nodens, y a ustedes hago el obsequio
de ir a Aldebarán y volver. —Entregó un silbato a Asuka, hecho de plata
como su brazo—. Este silbato llamará a mis descarnados de la noche, que
les llevarán a Aldebarán y les regresarán a las Tierras Oníricas cuando
estén listos para partir.

Asuka y Toji hicieron una reverencia.

—Gracias por todo —dijo Asuka—. Con gusto y respeto aceptamos vuestro
socorro.

—Bueno y ¿cuánto nos va a costar? —dijo Toji—. Nadie hace nada gratis.

—¿Quién te paga a ti por emprender tu gesta? —le preguntó Ariel con voz
severa.

Toji se paralizó como ciervo delante de faros.

—Tu sangre es la nuestra —dijo Nodens—. Tus enemigos son nuestros
enemigos. Acaso las palabras de Nyarlathotep sean ciertas, y la venida de
los Dioses Exteriores y sus sirvientes no pueda ser resistida. Acaso la era
del hombre toca a su fin, y el invierno se asiente sobre todas las cosas,
el invierno del que muchos de nosotros huimos en nuestro éxodo a la Tierra.
Pero no nos rendiremos. Cada victoria, por muy pequeña, no deja de ser
victoria. De cierto, no podemos ganar si no luchamos.

—Él viene —anunció una mujer ciega, con una venda cubriéndole los ojos
y una balanza en una mano—. Debéis marcharos ahora, antes de que
Nyarlathotep os encuentre.

—¿Quién es ese Nyarlathotep? —preguntó Toji mientras Asuka soplaba el
silbato.

—El Caos Reptante, el Viajero, el Simio Ciego De La Verdad, La Lengua
Sangrante, y por muchos otros títulos se le conoce —dijo la ciega—. Es
el heraldo y voz de los Dioses Exteriores, cuerdo y loco a la vez, maléfico
y benévolo, una conjunción de contradicciones. No puede desoírsele, y
empero es menester desoírle. No estamos por declarar la guerra a los
Dioses Exteriores, no todavía, quizá nunca, y, así, si él exige que seáis
vosotros entregados, no nos atrevemos a rehusar, por vergonzoso que
esto sea. Pero si os habéis ido ya, entonces podemos decirle verazmente
que no hay nada que podamos hacer. Id con nuestra bendición, y sabed
que volveremos a encontrarnos. Lo he visto.

Entonces las puertas se abrieron, y dos figuras humanoides entraron
al vuelo, cada una con largas colas terminadas en un extremo filoso
semejante a las "picas" de un mazo de cartas, y grandes alas similares
a las de los murciélagos. No tenían rostro ni voz, y, normalmente, Asuka
y Toji hubieran luchado contra ellos o huido. En cambio, miraron a las
criaturas aterrizar y hacer una venia ante Nodens, luego los jóvenes se
dejaron alzar en brazos por las criaturas y ser cargados puertas afuera.
Toji se agarró desesperadamente de la lanza y el escudo, y rogó por que
no se le fueran a caer en alguna parte del espacio.

Cuando se hubieron marchado, todos los presentes se volvieron hacia la
ciega. Ariel dijo:

—¿Has previsto que vuelvan ilesos?

—En un plato de la balanza, han vuelto ilesos. En el otro, han caído, y
toda la luz del mundo ha empezado a morir. De estos vástagos tiernos,
en cuyo interior nuestra sangre no arde sino tenue, depende el futuro de
todos nosostros. Me llena de pavor.

—Dentro del muchacho la sangre es delgada, pero la sangre de ella canta
—dijo Nath-Hortath—. Y acaso la de él cante también cuando aprenda a
oír la canción. Pude sentir su sangre fortalecerse un poco de solo estar
ante nosotros. Ella pronto afrontará a la criba de selección, y también él
se verá ante esta, considero.

—¿Pero sobrevivirán, o les quebrantará? —preguntó Bast.

—Lo ignoro —dijo Nath-Hortath—. El poder de los Dioses Exteriores es
también fuerte en ella. Ahora entiendo las profecías mucho mejor, y el
que los mismos niños puedan ser semillas de las que tanto salvación
como condena pueden florecer en igual medida. Pero por ahora, todo
cuanto podemos hacer es esperar y observar.

—Van por los cielos, alzándose hacia el Sur —dijo la ciega—. Ahora todo
está en sus manos.

««««o»»»»

Para viajar por el espacio, existen maneras peores que ser sujetado
férreamente por humanoides sin rostro, con alas de murciélago y colas
terminadas en aguijón, pero Asuka y Toji no habían experimentado
ninguna de ellas. El espacio era frío, y este empeoraba con el "viento"
al que se veían expuestos por la velocidad a que se movían. Los
descarnados iban en silencio absoluto, kilómetro tras kilómetro, hora
tras hora, no dejándoles a Asuka y a Toji más que la compañía mutua.

Habían terminado de pelear hacía horas, tal vez días, y ahora viajaban
en silencio, remojándose en sus respectivas cogitaciones durante aquel
vuelo por el vacío alumbrado de estrellas. Los astros le parecían
sutilmente inexactos a Toji; algunos estaban donde correspondía, pero
otros se habían desplazado como él nunca había visto antes. Ojalá
pasaran películas en estos viajes, pensó.

Entonces comenzó la música, o acaso siempre había estado allí y él no la
había advertido. Era suave y rítmica, como un batir de tambores, o lluvia
sobre un techo metálico, como los latidos del universo. Era calmante en
su regularidad. Pronto, instrumentos de viento se incorporaron, y cuerdas.

Asuka cuchicheó. —¿Lo oyes?

—Sí —dijo él a media voz.

—Es la melodía esa —dijo ella.

—¿Melodía de qué?

—No sé. Shinji y yo la tocamos en el viaje a Estados Unidos, pero no nos
acordábamos de dónde la habíamos oído antes. Ahora suena más compleja,
pero... es la misma melodía.

La melodía empezó a oscurecerse y volverse discorde, y los descarnados
viraron hacia la izquierda. Despacio, las discordancias se emparejaron y
la melodía volvió a la normalidad. Toji dijo:

—¿Crees que...?

—Tal vez es un radar de guía para los descarnados, o una cosa así
—dijo Asuka débilmente—. Pero eso no explica por qué la podemos oír
nosotros.

Muy hacia la derecha, un punto en la distancia empezó a crecer, y
pasaron junto él, para luego dejarlo atrás en la trayectoria del viaje
de ambos. Era una cosa deforme, contrahecha, como un lagarto
contorsionado casi a modo de círculo, persiguiéndose la propia cola
con brazos rechonchos que no la alcanzaban. Tenía una frente lisa, los
ojos eran vacíos negros que reflejaban las estrellas. Brillaba con una
fosforescencia verde amarillenta, y era de casi trescientos metros, con
alas vestigiales y una segunda cola atrofiada que brotaba desde mitad
del lomo.

Al pasar por su lado, los dos pilotos pudieron oír vagamente la
discordancia, con un estrépito de tambores y el sonido de un violín
destemplado. Asuka arrugó la cara, y los descarnados de la noche viraron
más a la izquierda, hasta que la discordancia volvió a cesar. La cosa
deforme siguió en su deriva, como flotando en una corriente que de
pronto cayó en picada, hasta perderse de vista.

—Qué mier... —dijo Toji por último.

—Hombre, la gente del SETI quedaría fascinada con esto —dijo Asuka.

Pasó el tiempo, y más criaturas torcidas e irregulares pasaron, ingrávidas,
cada una precedida por variaciones en la música que Asuka y Toji oían.

—Caramba, esto es como estar en una casa del terror para drogadictos,
o por ahí. La Casa de Los Mamarrachos de la Naturaleza, o no sé qué
—dijo Toji en cierto momento.

—Tal vez ellos piensan que los mamarrachos somos nosotros —dijo Asuka.

—Bueno, en tu caso tendrían razón, pero...

—Mamarracha tu abuela, escudero —dijo Asuka.

—¡Mamarracha la abuela TUYA, bruja salchichera!

Y vuelta la mula al trigo.

««««o»»»»

Aldebarán por fin estuvo a la vista. La portentosa estrella blanca azulosa
hallábase instalada hacia la izquierda, y los descarnados se ladearon a la
derecha, enfilando hacia el cuarto de los ocho mundos rocosos que la
circundaban. Nubes gris oscuro amortajaban gran parte de la superficie
de aquel mundo, pero, en torno al ecuador y a los polos, las nubes se
abrían, revelando manchones negros en los polos y grandes expansiones
de tierra café, dividida en tres continentes. El más grande se mostraba
con forma semejante a una luna creciente, hasta donde podían ver, con
una larga cordillera, que corría cual columna vertebral, de Oeste a Este.
Un enorme lago negro se hallaba al borde de las montañas, orientado
más o menos de Norte a Sur, y su forma era semejante al contorno de los
párpados en un ojo humano.

Empezando unos kilómetros al Oeste del lago, había un único parche de
forma irregular, aunque vagamente circular, verde su color, incluyendo
el verde oscuro de bosques en su mitad norte, que se traslapaba con
el borde austral de las montañas. Y en la ribera oriental del lago estaba
enclavada una ciudad superlativa, de tamaño suficiente para ser vista
desde gran altitud.

Era el crepúsculo y, al descender los descarnados, sombras corrían por
la tierra, bañándola en tinieblas. Y desde las tinieblas, desde la ciudad,
se alzó una bandada de Querubines, volando en dirección a ellos. Los
descarnados viraron y cayeron en picada por entre los atacantes, en
dirección al pastizal verde, pero no con suficiente rapidez, no con
pasajeros en brazos.

—Sabes qué, me vengo dando cuenta de que no tenemos paracaídas
—dijo Toji.

Asuka desenvainó la espada flamígera:

—¿Quieren de esto? ¡VENGAN POR MÍ!

Toji empuñó el escudo y la lanza lo mejor que pudo al ir cargado en
brazos, y le sorprendió descubrir que no estaba ni la mitad de lo
agarrotado que debía haber estado, al ser cargado por las criaturas
durante esas horas o días o quién diablos sabía cuánto tiempo llevaban
en el espacio. Será magia, conjeturó, deseando haber tenido una
ametralladora.

—¡Vengan pa'cá, atorrantes! ¡Hasta Shinji los puede matar a ustedes,
fracasados!

Dos Querubines se abatieron sobre ellos. A uno el cráneo le fue traspasado
con una lanza y reventó como un globo, se deshinchó y cayó. El otro se
vio con las garras carbonizadas, luego el pecho abierto en canal. Cayó
también. Mataron a una decena de aquellas criaturas. Por desgracia,
los jóvenes no tenían modo de defender las espaldas de los descarnados
que les cargaban. Jamás supieron bien si los descarnados ya no habían
podido sostenerles o si habían muerto, pero, de súbito y sin ninguna
advertencia, Asuka y Toji cayeron.

—Anda, si es verdad eso de que uno se muere en la vida real si se muere
en un sueño, ¡en el más allá te voy a encontrar y te voy a DESCOYUNTAR
A PATADAS, Langley!

Toji intentó hacerse despertar a pura fuerza de voluntad, pero no sirvió
de nada. Sintió un vahído, y le costó un esfuerzo supremo mantener
aferrados la lanza y el escudo; la jarra la llevaba atada al cinto.

—Hmm —dijo—. ¿Qué pasa si me pongo encima del escudo irrompible?
¿Crees que absorba el impacto?

—Creo que vas a quedar hecho tortilla contra el lado de adentro —dijo
ella—. Pero lo único que muere es tu yo onírico. Matar un cuerpo no
mata al otro. Por eso Kuranes sigue vivo aquí, aunque lleva mucho
tiempo muerto en el mundo de la vigilia.

Asuka tuvo que luchar por no sucumbir al terror. Podía ver el suelo
acercarse cada vez más. Solo la noción de que sí había gente que a
veces sobrevivía a caer de aquella altura, desde aviones y demases,
evitó que la muchacha estuviera histérica. Eso, y el no aceptar jamás
que Toji la viera asustada.

—Esto es todo culpa tuya —dijo el muchacho.

—¡Discúlpame, pero esos Querubines no eran los MÍOS! —vociferó ella,
luego se sintió asaltada por una oleada de desfallecimiento.

Riñeron un poco más, pero, mucho antes de chocar contra el suelo fueron
presas del espanto y del vértigo, y perdieron el conocimiento, muy por
encima de los árboles que cubrían el suelo de allá abajo.

««««o»»»»

- fin parte 14 -