Capítulo 12

Candy pasó el resto de la tarde con las mujeres del clan haciendo inventario de la despensa y organizando cómo y dónde dormirían los invitados durante los dos días de fiesta decretados. Cuando llegó la hora de la cena estaba tan cansada que apenas tenía apetito, no obstante, se presentó en el salón dispuesta a ocupar su lugar al lado de Albert Este aún no había llegado, ni Anthony tampoco, pero su suegro ya estaba sentado a la mesa y la invitó a hacerlo junto a él. Era un hombre imponente, al igual que sus hijos, pero la enfermedad parecía haberlo hecho encoger. De vez en cuando, un acceso de tos lo hacía doblarse por la mitad y sus manos temblaban cuando tomaba la copa para acercarla a sus labios. Pero eso no impidió que entablaran una agradable conversación y que Willian la pusiera al tanto de los clanes que los visitarían.

—Los McDylon, los McDougal y los Gordon, que son nuestros vecinos más cercanos y…

—¿Puedo haceros una pregunta? —lo interrumpió.

—Claro, muchacha. Decidme.

—¿Qué ocurrió para que los Gordon y los Andrew hayan estado enfrentados durante años?

—¿Te refieres a esta última enemistad o a la anterior?

—A la anterior, tengo entendido que de esta última nadie sabe el porqué.

Willian asintió, tomó su jarra de cerveza y dio un largo trago antes de empezar a relatar la historia.

—Supongo que os habréis percatado de la espada que hay a vuestra espalda. — Candy giró la cabeza y asintió. ¿Cómo no darse cuenta, si era la más grande e imponente que había visto en su vida? Reparó en ella desde que entró en el salón por primera vez—. Era de mi padre. Albert Andrew, era el hombre más grande y fuerte de estas tierras, el Gigante, lo llamaban. Sus cualidades físicas así como su sentido del honor le precedían. Era un buen laird, se preocupaba por su clan y jamás desatendía sus obligaciones. Pero bueno, es de los Gordon que queréis que os hable, os he contado esto para que empecéis a entender, ya sabréis por qué. Como os iba diciendo, el principal conflicto que hemos tenido con los Gordon ha sido siempre por las tierras; ellos afirmaban que el vado que hay al este y el molino les pertenecían, mientras que los Andrew hemos sabido que esas tierras eran nuestras. Un día, llegó hasta aquí uno de los trabajadores del molino, ensangrentado y casi inconsciente. Los Gordon lo estaban atacando, sabían que gran parte de los hombres del clan habían marchado a por provisiones y los Andrew estábamos en inferioridad. Intentamos por todos los medios impedir que mi padre fuera. Mi madre y yo le rogamos que esperara el regreso del resto del clan, pero su sentido del honor no se lo permitió. Jamás dejaría que su gente sufriera y muriera mientras él se quedaba de brazos cruzados. Con apenas cinco hombres más, marchó al encuentro de los Gordon. Todo un clan contra un gigante. Según cuentan, pues yo era todavía un niño y no pude verlo, la visión de mi padre blandiendo esa espada atemorizó a los Gordon durante años. No obstante, nadie es inmune a la muerte. Necesitaron veinte hombres para trasladar el cadáver de mi padre, y no fueron de nuestro clan. El laird Gordon alabó el valor y el sentido de la justicia de mi padre cuando nos trajeron su cuerpo inerte. La acción de mi padre lo había dejado en evidencia, había arriesgado su vida por la de su clan mientras que él había atacado a traición, cuando sabía que éramos más vulnerables. Avergonzado, el anterior Douglas Gordon pactó la paz con los Andrew. El molino todavía nos pertenece, pero el vado es de los Gordon. Desde entonces, nuestras relaciones han sido tirantes pero cordiales, hasta hace cinco años que nos prohibieron pisar sus tierras.

—Mi padre nos contó a Camille y a mí la historia del gigante de las Highlands cuando éramos pequeñas, pero jamás pensé que fuera cierta.

—Muchacha, estáis desposada con el nieto del Gigante. A veces pienso si no será su espíritu el que habita el cuerpo de mi hijo. Son tan iguales… Su sentido del honor, de la justicia. Anthony no es así, es más como yo. Sopesamos los pros y los contras antes de tomar una decisión. Pero Albert…, no sé si al ponerle el nombre de su abuelo, marcamos su destino y definimos su carácter.

Candy estaba todavía conmocionada por las palabras de Willian cuando Dorothy apareció junto a ella.

—Mi señora. —Se agachó para susurrarle al oído—. Vuestro esposo ha ordenado que se os sirva la cena en vuestros aposentos y os retiréis del salón de inmediato.

—¿Con qué motivo? ¿No cenaré con él?

—El laird ya os está esperando allí, señora

—Oh… —Candy enrojeció y, presta, se puso en pie—. Si me disculpáis, mi señor, cenaré en mis aposentos. Muchas gracias por contarme la historia de nuevo, habéis despertado recuerdos agradables en mí, pues fue mi padre el primero en narrarme las hazañas del Gigante, al tiempo que me habéis ayudado a comprender mejor a mi esposo.

Se despidió de su suegro con un cálido beso en la mejilla y marchó con rapidez.

—Reponed fuerzas, muchacha, y agotadlas después. ¡Quién fuera joven de nuevo! —Willian levantó la jarra y brindó por su nuera mientras la veía irse a toda prisa al encuentro de su hijo. Una sonrisa cómplice asomó a sus labios, esa pareja estaba hecha el uno para el otro. Albert había encontrado su mitad, ahora solo faltaba Anthony…

Candy subió rápido las escaleras, demasiado, pues cuando llegó a la puerta de su habitación tenía la respiración tan acelerada que incluso jadeaba. Inspiró hondo varias veces hasta que se decidió a entrar. Estaba mentalizada para ver a Albert allí, pero no para encontrárselo de esa guisa. Se había quitado la camisa y llevaba el cordón de los calzones de cuero aflojado. Apoyado sobre el alféizar de la ventana y cruzado de brazos, la devoraba con la mirada.

—Cierra la puerta —ordenó.

Despacio, y sin quitarle ojo de encima, Candy obedeció y apoyó la espalda en la hoja de madera. Seguía respirando con dificultad, pero ahora no sabía si era por la subida de las escaleras o por el extraño y excitante ambiente de la habitación.

—Acércate —volvió a exigir.

Candy dudó durante unos instantes, pero como atraída por una fuerza invisible, comenzó a caminar hacia él. Apenas se detuvo a unos pasos de distancia, pero lo suficientemente cerca como para que Albert estirara el brazo, enlazara su cintura y la pegara con rudeza a su cuerpo. Sorprendida por aquel arrebato, volvió a jadear entre sus brazos, un suspiro corto que murió sobre la boca de Albert cuando este, sin más preámbulos, la besó con hambre y desesperación, como si la cena fuera ella. Candy tan solo tardó unos instantes en reaccionar antes de aferrarse a sus hombros y entregarse a la pasión. Respondió saliendo al encuentro de su lengua y paladeó el sabor de la bebida espirituosa que, de seguro, su esposo había estado tomando mientras la esperaba. También absorbió el ronco sonido que salió de su garganta y se deleitó con la caricia de sus manos sobre su talle y el ascenso lento pero seguro, hacia sus pechos. Tiró del cabello de Candy para que dejara al descubierto su cuello y la piel marfileña de su escote, agachó la cabeza y mordió allí donde latía el pulso acelerado de la muchacha al tiempo que empezaba a tirar del corpiño para liberarla de la ropa.

—No… —murmuró.

Albert apenas apartó la boca de su piel.

—¿No? ¿No a qué, esposa? —respondió irónico.

—No me rompas el vestido… —Un escalofrío recorrió su cuerpo al sentir el aliento de Albert sobre la humedad de sus besos

—Ordenaré que te cosan más, cuantos desees. —Y sin más preámbulos rasgó la tela y la deslizó por sus hombros. La dejó desnuda de cintura para arriba para tener libre acceso a su busto. Se dejó caer hasta el suelo, de rodillas, y comenzó una tortuosa y excitante adoración de sus pechos. Los succionó, mordió y calmó con su lengua hasta hacerla enloquecer. Candy no estaba segura de poder seguir manteniéndose en pie, el temblor de sus rodillas así lo atestiguaba. Candy, atento a las reacciones de su esposa y a la debilidad que empezaba a notar en sus piernas, se levantó, la tomó en brazos y la recostó sobre la cama. Terminó de quitarle el vestido, inservible —uno más—, y la dejó totalmente desnuda para su deleite. La estudió con detenimiento, cada lunar, cada depresión y montículo. Y ella se dejó mirar. Dejó que Albert adorara su cuerpo y fantaseó con la idea de que el deseo también se convirtiera en amor, que algún día esa devoción también significara que le había entregado su corazón.

—No sabes lo que me provocas. No eres consciente del poder que tienes sobre mí y que no soy capaz de controlar —confesó Albert

—No quiero que lo controles. Quiero que me lo demuestres.

Albert sonrió de medio lado.

—Así sea.

Bajo la atenta mirada de Candy retiró sus calzones y mostró su desnudez sin pudor alguno, preparado para hacerlos disfrutar a ambos de una noche de entrega sin reservas.

Sobre el jergón, separó una de las piernas de su mujer y comenzó besando su empeine, siguió con sus atenciones hasta llegar al muslo y posicionarse en su objetivo. Candy se tensó e intentó cerrar las piernas. No comprendía qué pretendía Albert hacer ahí abajo. Pero él no se lo permitió, la resistencia duró lo que tardó la boca de su esposo en colocarse sobre ella. Arqueó su espalda y abrió los ojos, incapaz de comprender cómo aquello podía proporcionarle tanta satisfacción. Comenzó a moverse inquieta y a retorcerse mientras Albert conquistaba y reclamaba esa parte íntima.

Excitado y satisfecho por las reacciones de Candy a sus atenciones, no cejó hasta que ella alcanzó el éxtasis y gritó su nombre. Orgulloso e incapaz de contenerse, se cernió sobre ella, sujetó su cabeza para que ella lo mirara a los ojos, y conectados por sus miradas, se deslizó dentro de su cuerpo, húmedo y suave, que lo acogía y abrazaba con desesperación.

Juntos llegaron al clímax y así, unidos, permanecieron hasta que sus respiraciones se normalizaron y Albert se dejó caer a su lado. Sintió a Candy moverse, quizá con la intención de cubrirse o incluso alejarse del lecho, así que alargó el brazo y tiró de ella hasta que la recostó sobre su pecho.

—Todavía no estoy listo para moverme.

—Deberíamos cubrirnos.

—¿Tienes frío?

Candy se acurrucó contra él cuando un pequeño escalofrío la recorrió. No era la temperatura de la estancia lo que provocaba esa reacción de su cuerpo. No cabía duda de que en el lecho se entendían, pero fuera de él… Y ahora que habían terminado, volverían las discusiones y los reproches.

Ante la falta de respuesta de Candy. Albert se incorporó y los cubrió a ambos con las pieles que había a los pies de la cama.

—Solucionado.

—Debéis tener hambre —murmuró junto a su cuello.

Albert cerró los ojos con fuerza y suspiró, decepcionado.

—Candy, deja de tratarme con cortesía. No lo haces mientras hacemos el amor, ¿por qué lo sigues haciendo después?

—Porque tengo miedo —se sinceró.

—¿De mí? —Albert levantó la barbilla de Candy para que lo mirara a los ojos—. ¿Te he asustado?

—No son vuestros actos lo que temo, sino las palabras que me dedicáis, que me duelen más que cualquier golpe. —Candy apretó el colgante, como hacía cada vez que temía que él la hiriera.

—No quiero hacerte daño —su mirada torturada así lo afirmaba.

—Que no sea queriendo no quiere decir que no duela.

—Sé qué es lo que te gustaría oír…

Ahí estaba otra vez, iba a hacerla sufrir de nuevo, se removió entre sus brazos hasta sentarse al borde del lecho y darle la espalda al tiempo que se cubría.

—No te vayas, Candy. Escúchame, por favor. —Albert se incorporó y se acercó a su espalda; aunque ni siquiera la rozaba, Candy notó el calor de su cuerpo tras ella— Tendría que ser un necio para no ver lo importante que eres para mí, mucho más de lo que pensaba. Prometo medir mis palabras para no hacerte sufrir, pero no quiero que sigas alejándote de mí y marcando las distancias con ese trato frío e impersonal. Nos pertenecemos, y yo cuido lo que es mío. Tú, eres mía.

Besó con suavidad la curva de su hombro, la abrazó por la cintura y la volvió a recostar. Se pegó contra su espalda y acarició la curva de sus caderas esperando una respuesta de su parte. Pero Candy estaba demasiado emocionada para pronunciar sonido alguno que no fuera un sollozo. ¿Albert sentía algo por ella? Su pecho estaba a punto de explotar de gozo, sin embargo, también existía la posibilidad de que su severo sentido del honor fuera el que lo hubiese hecho reaccionar. Era su esposa y debía tratarla y corresponder como tal. Sea como fuere, no quiso negarse el placer de disfrutar de ese momento. Se apretó contra él, tomó la mano que acariciaba sus caderas y la acercó a sus labios. La besó con devoción y la apretó contra su pecho. Albert enterró la cabeza entre la maraña de rizos del cabello de su esposa y suspiró aliviado.

—Yo sí tengo hambre —murmuró Candy—. ¿Quieres…, quieres que acerque los platos?

Albert sonrió, satisfecho.

—Me encantaría.

Despacio, salió de la cama, intentó cubrirse para acercarse a la mesa sobre la que había un plato de queso, pan, cecina y algo de fruta, pero en el último momento, Albert tiró de la tela y la dejó desnuda. Sonrió de medio lado apoyado sobre un codo, mientras la retaba a caminar desnuda.

Sorprendida, pero no dispuesta a dejarse avergonzar, se levantó y anduvo por la estancia con su contoneo natural. El cabello desordenado se mecía sobre su espalda y algunas puntas acariciaban su trasero.

Albert no perdió detalle de ninguna de las bondades de su cuerpo, y menos cuando Candy giró sobre sus talones, con los platos en la mano y caminó hacia él, ruborizada, pero con la cabeza erguida. El cuerpo de Albert hacía rato que estaba dispuesto, ahora estaba desesperado por poseerla de nuevo. Dejó la comida sobre el mueble que había junto a su esposo y se dispuso a regresar a su lado de la cama cuando Albert la sujetó por la muñeca y tiró de ella hasta hacerla rodar y posicionarse sobre ella.

—¿No tenías hambre? —sonrió Candy bajo su cuerpo.

—Y la tengo. Pero de ti.

Cuando el sol se coló por la ventana, Candy amaneció con una sonrisa imborrable en su rostro y un agradable agarrotamiento de sus músculos que le recordaban la increíble noche que acababa de compartir con su esposo. Estiró el brazo, pero como era de esperar, Albert ya se había levantado. Se desperezó en la cama y aspiró el aroma del lado en el que había dormido su marido. ¿Podría el amor crecer? ¿Podría amarlo más de lo que ya lo amaba? Hacía unos meses habría creído que no. Ahora comprendía que cada día que pasaba junto a su esposo el sentimiento crecía embriagándola de una sensación de euforia e ilusión que jamás había sentido.

Remoloneó durante un tiempo hasta que decidió levantarse, se aseó y tomó uno de los pocos vestidos que le quedaban; a ese paso, o acababa andando desnuda por el castillo o encerrada en la habitación por falta de ropa.

Cuando bajó al salón, todos habían desayunado ya y la vida en Lakewood seguía su habitual ajetreo. Se dirigió a las cocinas, donde encontró a Dorothy y al resto de mujeres.

—El laird ordenó que os dejáramos dormir —explicó la mujer con una sonrisa comprensiva.

Candy enrojeció, asintió y después de tomar el desayuno, organizó con las mujeres el aseo de las habitaciones de los invitados. Las airearon, cambiaron la ropa de cama, limpiaron e incluso ordenó que se recogieran flores para colocar en todas las estancias el día que empezaran a llegar los clanes.

Estaba atareada revisando de nuevo la despensa mientras las doncellas tendían la ropa, cuando notó una presencia a su espalda y escuchó la puerta cerrarse, dejándola encerrada allí dentro junto a alguien más. Nerviosa, se movió hacia la puerta, pero un brazo la sujetó y la pegó a una de las estanterías. A punto estuvo de gritar hasta que reconoció el inconfundible tacto de las manos de Albert sobre su rostro antes de que su boca se cerniera sobre ella y la besara hasta robarle el aliento. Cuando se separaron no estaba segura de no desmayarse.

—Ya puedes seguir —le anunció con voz ronca antes de abrir la despensa y salir con una sonrisa en los labios—. Señoras…

Saludó a la cocinera y demás sirvientas que lo miraron anonadadas para dirigir de inmediato la mirada hacia la despensa y ver salir a Candy con la misma sonrisa en el rostro hasta que se percató de la presencia de las mujeres y se retiró, ruborizada. Detrás de ella dejó risas y comentarios picantes que todavía la hicieron enrojecer más.

Necesitada de tomar aire fresco, anduvo un rato por el patio, pero los muros no hacían más que asfixiarla. Subió hasta las almenas y respiró hondo. Mientras su mirada se perdía en el lago se acarició los labios con la yema de los dedos. Todavía sentía el beso de Albert sobre ellos.

—¿Y esa sonrisa?

Anthony apareció a su espalda sobresaltándola.

—¡Me has asustado!

—Lo lamento, no era mi intención. Venía a buscarte por si te apetecía dar un paseo por el bosque. —Levantó las cejas varias veces al tiempo que de detrás de la espalda se sacaba la pequeña espada que le había regalado.

—¡Oh! —exclamó doblemente ilusionada, por poder salir del castillo y por empezar a entrenar con Anthony—, ¿podemos?

—En realidad, he sido un oportunista. Albert pensaba acompañarte a pasear por los alrededores, pero se ha visto en la obligación de atender un asunto urgente del clan y me he ofrecido a hacerlo yo. Si las miradas matasen, ahora mismo estarías llorando mi cadáver, pero al final ha accedido. Así que, mi señora —tendió el brazo—, ¿me concedéis el placer de un paseo?

Candy saltó de emoción y corrió a apoyarse sobre su cuñado. Por fin podría salir de Lakewood y, además, entrenar con la espada.

Traspasaron las puertas del castillo sonrientes, acompañados, cómo no, de Akir —esta vez por orden de Albert—, pero ajenos a la persona que los vigilaba oculta hasta que se perdieron en la espesura del bosque.

Candy sabía que adiestrarse en el manejo de la espada sería cansado y complejo, pero no pensó que tanto. Primero, Anthony le enseñó a sujetarla correctamente, y luego a golpear.

—Nadie esperará que sepas usar una espada, así que finge no saber. Lo primero que harán será intentar desarmarte, para lo cual, lo más seguro es que hagan este movimiento. —Anthony se lo mostró. Golpeó con su espada la de Candy y esta voló por los aires. Ante el enfurruñamiento de la joven, Anthony rió y Akir, solícito, puso los ojos en blanco y le devolvió la espada a su señora—. Por lo que para evitar que te desarmen, debes hacer esto.

Anthony se aferró con fuerza a su claymore y le enseñó el movimiento. Repitieron varias veces hasta que Candy fue capaz de no perder el arma. Tiempo después, agotada, con el sudor perlando su frente y resbalando entre sus pechos, las manos doloridas y un moretón en el trasero tras haber terminado con sus posaderas en el suelo al intentar repeler un ataque de su cuñado, Candy entró en sus aposentos dispuesta a darse un baño. Anthony se había excusado infinidad de veces, y aunque no había sido culpa suya, se sentía responsable, por lo que ella le había asegurado que no sentía dolor, cuando lo cierto era que apenas podía andar sin cojear.

Mientras se fue despojando de la ropa, algunas de las mujeres se dedicaron a llenar la bañera de madera, las despachó antes de quedarse desnuda por completo para que no apreciaran el golpe y se quedó a solas con Dorothy, que la ayudó a entrar en el agua.

—¿Ordeno que suban vuestra comida aquí, señora?

—No, Dorothy. Bajaré de inmediato, solo necesito unos momentos para que mis músculos se relajen.

—¿Habéis salido a pasear o a talar árboles?

—¡Oh, Dorothy! Si supieras…

—Dejadlo. No me lo digáis. No quiero ser cómplice de vuestras travesuras. —Negando con la cabeza, la mujer salió de la estancia cargada con el vestido de Candy para lavarlo y cerró tras de sí.

Sola, se permitió relajarse. Cerró los ojos y apoyó la cabeza sobre el borde de la tina. Ni siquiera cuando la puerta se abrió se percató. Solo cuando una mano se coló dentro del agua y comenzó a acariciar su pierna se incorporó con rapidez, lo que provocó que su dolorido trasero se resintiera e hiciera una mueca de dolor.

—¿Qué te ocurre? —Albert entrecerró los ojos y la miró con atención.

—Nada. Es que me habéis…, me has asustado —rectificó.

Su busto sobresalía ahora del agua y la atención de Albert se centró en las gotas que resbalaban por él y regresaban a su origen. Se incorporó y tendió una mano para que ella hiciera lo propio. Dudó un instante, pero estaba segura de que si no obedecía, sería capaz de levantarla él mismo. Tomó su mano y se levantó despacio, dejando que el agua se deslizara por su cuerpo. No fue un intento de seducción, más bien una combinación de movimientos cautos para mitigar el dolor de su nalga. No obstante, para su esposo resultó sumamente excitante. Se acercó a ella y la tomó en brazos sin importar que su ropa acabara mojada. De hecho, desde que había entrado en la estancia había pensado quitársela.

—Nos deben estar esperando para comer —susurró Candy junto a su boca.

—Que esperen. Su laird tiene asuntos importantes que atender.

—¿Cómo de importantes?

—Inaplazables.

Albert no sabía qué le estaba pasando. No entendía esa necesidad de buscarla a cada momento, de aspirar su aroma, besarla hasta quedarse sin aliento y sí, poseer su cuerpo. Sin duda aquella mujer lo había embrujado, pero que nadie rompiera aquel hechizo porque jamás se había sentido como cuando la tenía entre sus brazos.

La dejó de pie frente a la cama mientras se quitaba la ropa. Sonrió cuando los dedos de Candy lo ayudaron a quedarse desnudo y cuando su cuerpo que pegó al suyo para sentir su piel. Enredó una mano en su cabello y descendió la otra hasta apretar su trasero contra su pelvis. La soltó de inmediato cuando un grito de dolor salió de la garganta de Candy.

—¿Qué ocurre? —Sin esperar respuesta, le dio la vuelta y descubrió el cardenal de su nalga—. ¿Qué demonios es esto?

Despacio, Candy se giró para encararlo.

—En mi paseo, tropecé y caí sobre las raíces de un árbol.

—¿Caminabas hacia atrás? —preguntó sorprendido.

—¡No! Es que resbalé.

—¿Tropezaste o resbalaste?

—¿Qué importancia tiene, Albert?

—Si has corrido algún peligro, mataré a mi hermano.

—He estado a salvo en todo momento. —Se acercó hasta él y le rodeó el cuello con los brazos—. No ha sido culpa de nadie, sino de mi torpeza.

Acercó la boca a la base de su cuello y comenzó a recorrerlo con besos cortos.

Para Albert esa explicación fue más que suficiente. Su cerebro no podía pensar con claridad. Cierta parte de su anatomía reclamaba atenciones de manera inmediata.

—Esto nos obliga a modificar la posición inicial.

Se acostó en la cama y la puso a horcajadas sobre él. La duda se reflejaba en los ojos de Candy, pero después de los primeros movimientos, no tuvo nada que objetar y tomó las riendas de la situación.

Una semana después, apostados a las puertas de Lakewood, recibían al primer clan en acudir al festejo por su matrimonio. Candy no recordaba haber sido más feliz jamás. Durante el día se había ocupado de preparar la fiesta, había entrenado a escondidas con Anthony, y por la noche había hecho el amor con Albert. Todos los días. Ninguno de los dos parecía tener suficiente del otro y el hecho de que él la necesitara, que buscara su compañía e incluso le pidiera consejo sobre cómo solucionar algunos problemas del clan, era motivo más que suficiente para sentirse dichosa. Hacía noches que no tenía pesadillas y si algún mal sueño la atormentaba, Albert la acunaba entre sus brazos hasta que volvía a quedarse dormida.

Los McDylon resultaron ser un clan muy cordial. Su laird, un hombre orondo, de barba larga y sonrisa perenne, se deshizo en halagos sobre la nueva señora de Lakewood. Su cháchara competía con la de su esposa, que tampoco dejó de declamar y alabar el buen gusto de Albert. Sus hijos, copias idénticas del padre, no dejaron de mirarla con admiración, hasta que Albert carraspeó y los instó a entrar en el salón. Apenas habían tomado asiento, cuando anunciaron que los McDougal se acercaban. Albert la tomó por la cintura y la acompañó hacia las puertas del castillo. Al igual que los otros invitados, fueron saludados con efusividad y abrazos de cariño. Al contrario que Gilmer McDylon, Alistair McDougal era alto y espigado, de lengua afilada y humor inteligente; parecía tener especial interés en mofarse de los McDylon, ofensas que estos últimos se tomaban a risa y, por tanto, hacían que los McDougal se empecinaran una y otra vez en hacerlos desesperar. Los tres clanes en el salón empezaron a dar buena cuenta de la comida y la bebida, que corría a raudales de mesa en mesa. Entre risas y buena armonía discurrían conversaciones entre todos ellos. Entre todos, menos con Anthony, que permanecía sentado al lado de Candy con la mirada perdida en la puerta del salón, a la espera de que el vigía les avisara de la llegada de los Gordon.

—No vendrá… —murmuró.

No lo suficientemente bajo como para que Candy no lo escuchara.

—Sí lo hará —se acercó para susurrarle al oído— Los Gordon aceptaron la invitación.

—Pero aunque así sea, no es garantía suficiente de que ella venga. ¿Y cómo demonios sabéis de quién hablo? —se sorprendió.

—He atado cabos. Ellos se sienten ofendidos por los Andrew desde hace unos cinco años, y tú dices haber comprometido a una dama hace unos cinco años… —Apretó la mano de su cuñado sobre la mesa—. No tienes por qué preocuparte, ¿no dices que desea verte muerto? —Anthony asintió y la miró sin comprender—. Entonces vendrá para verlo con sus propios ojos.

—Ya veo que las cosas con Albert avanzan satisfactoriamente. Este buen humor y ganas de chanza así lo atestiguan.

—Ves bien —sonrió y se giró al otro lado a atender a Fiona McDylon, que volvía a reclamar su atención.

Los demás hombres, tanto los McDylon como los McDougal, intentaban sonsacar información a Albert sobre Bruce. La intriga sobre quién se alzaría finalmente con el trono de Escocia, y las acciones que realizaría Bruce para garantizar su nombramiento, eran el tema preferido en las reuniones de clanes. Los Andrew no tenían ninguna duda sobre la fidelidad de sus invitados, aun así, los temas que trataba con Robert Bruce eran privados y no pensaba desvelarlos.

—Así que dentro de un mes, Bruce organizará unos juegos —comentó Alistair a Albert—. ¿Con qué propósito? ¿Quiere hacer ver a Escocia lo buen gobernante que puede llegar a ser? ¿O busca alianzas?

—Ambas cosas, supongo —respondió Albert de forma ambigua.

—El señor de Annandale sabe que cuenta con nuestro apoyo—levantó la copa Gilmer.

—Y con otra copa más, hasta apoyarías que nos gobernara un inglés— ironizó Alistair.

—¡Jamás! —Se levantó fingiéndose ofendido, alzó la copa, tomó la jarra y se la rellenó—. Haría falta más de una copa —rio a carcajadas.

La comida se alargó hasta la tarde. El sol estaba a punto de ponerse cuando la entrada del vigía en el salón detuvo la música y el rumor de las conversaciones. Tal y como había estado esperando Anthony, se anunció la llegada de los Gordon. Se puso de pie de inmediato, dispuesto a salir sin más demora, pero Albert lo retuvo cuando se proponía ir hacia el portón.

—Los recibiremos mi esposa y yo. Después de vuestra última pelea no creo que sea prudente que seas tú quien les abra las puertas.

A regañadientes, se quedó de pie en el salón, moviéndose inquieto de un lado a otro.

Candy no podía evitar sentirse ansiosa por conocer al clan vecino, caminaba con rapidez y estiraba el cuello para verlos cuanto antes. Al igual que las veces anteriores, Albert la sujetó por la cintura y la pegó a su cuerpo, pero esta vez la apretaba con más fuerza.

—Seguro que todo sale bien —intentó animarlo.

Por toda respuesta, Albert siguió mirando al frente, serio, y asintió con brevedad.

En cuanto los Gordon traspasaron las puertas de Lakewood, Candy no tuvo ninguna duda sobre la mujer que ocupaba el corazón de Anthony. Annie Gordon, tal y como se la presentaron más tarde, era una auténtica belleza. Su cabello negro, largo y ondulado en las puntas, y sus ojos de azul intenso enmarcados por oscuras y tupidas pestañas contrastaban con su piel blanca y perfecta. Candy no pudo evitar pensar que luciría mucho más bonita si en lugar del rictus serio de su rostro y mirada de indiferencia, sonriera y se mostrara más afable.

—Douglas Gordon, sed bienvenido a mi hogar. —Albert tendió el brazo y esperó a que el laird respondiera a su gesto.

—No estoy aquí por los Andrew —aclaró sin rodeos antes de apretar el antebrazo de Albert—. He venido porque así me lo pidió Bruce.

Albert apretó los dientes.

—Bienvenidos igualmente. —Candy presionó la mano que tenía enlazada en su cintura. Sin darse cuenta, la estrechaba con demasiada fuerza. Al percatarse, Albert aflojó su agarre—. Os presento a mi esposa, Candice Andrew.

La mirada de Douglas se dirigió a ella por primera vez, la miró de arriba abajo y ladeó la cabeza; la mano de Albert se crispó aún más en su cintura.

Finalmente, Douglas inclinó la cabeza y la saludó.

—Nos habían llegado rumores sobre las cualidades de la nueva señora de Lakewood —Tomó la mano de Candy y la besó—. Hay un hecho innegable: pese a todos sus defectos, los Andrew tienen buen ojo para las mujeres. Por desgracia.

Candy sonrió con timidez y asintió. Era evidente a quién iba dirigida esa frase. Al menos para Candy, ya que Albert entrecerró los ojos y lo miró sin comprender. No obstante, no quiso ahondar en la cuestión y se hizo a un lado para cederle acceso al salón.

El clan Gordon consistía en su laird Douglas, sus hijos Neal y Alec, su hija Annie y la doncella de esta, que apenas tendría unos años más que Candy y se mantenía en un discreto segundo plano. Aparte de ellos, los cinco guerreros que les acompañaban se quedaron fuera de las murallas en señal de respeto y confianza.

Saludaron a todos ellos. Especial interés en ella mostró el primogénito de los Gordon, era un guerrero imponente de cabellos oscuros y ojos marrones . Retuvo durante demasiado tiempo su mano e incluso se permitió una ligera caricia a su muñeca antes de que Candy retirara la mano con rapidez, sorprendida por el atrevimiento de aquel hombre. Menos mal que Albert no se había dado cuenta, ya que saludaba a Annie en esos momentos, si no, los problemas con aquel clan se habrían agravado considerablemente. Cuando llegó el turno de saludar a Annie, Candy sonrió con afecto. Los hombres entraron y las dejaron atrás.

—Estaba deseando conoceros.

—¿Por qué motivo? —su invitada levantó las cejas recelosa.

—Sois, junto con vuestra dama de compañía, la única mujer joven de la fiesta. Por fin alguien afín con la que poder departir —sonrió Candy.

Annie pareció dudar durante unos instantes, observó cómo se alejaban su padre y sus hermanos, y se volvió a mirarla.

—No es mi dama de compañía, es mi hermana Patricia —susurró.

Candy sorprendida, se fijó en la mujer que se mantenía con la cabeza gacha y en segundo plano. Eran evidentes las diferencias entre ambas hermanas, ya no solo físicas, puesto que Patricia tenía el cabello castaño y lacio, y un cuerpo algo más redondeado que el de su espigada hermana. También vestían de manera diferente. Mientras una llevaba un elaborado vestido, la otra vestía con sencillez y telas mucho más corrientes.

Candy se acercó hasta ella y tomó la mano de aquella mujer entre las suyas.

—Encantada de conoceros —sonrió afectuosa.

Patricia levantó la cabeza sorprendida y miró con sus grandes ojos ambarinos , asustada, a ambos lados, por si alguien la estaba observando. Era más bonita de lo que en un principio parecía, pero estaba demasiado pálida y lucía un atuendo descuidado.

Candy se obligó a soltarla ante la evidente incomodidad de la joven, que al momento se alejó de ella y se situó detrás de Annie.

—Os lo he dicho porque la aprecio y no quiero que se la trate como una criada, aunque haya venido aquí en esa calidad. Todos deben creer que viene como mi dama de compañía y no se separará de mí en ningún momento —soltó Annie a bocajarro.

—No entiendo.

—No tenéis nada que entender, tan solo comportaos como os he dicho —replicó la joven con dureza.

—Como deseéis. Pero yo jamás permitiría que mi hermana no ocupara su lugar junto a mí en la mesa. —Candy hizo un gesto con la mano y la invitó a entrar—. Adelante.

Por un instante, en los ojos de Annie apareció la duda, pero fue sustituida de inmediato por la frialdad. Inspiró hondo y entró en el salón.

Hacía meses que Anthony no la veía. Aunque se había adentrado a escondidas en sus tierras, no había tenido la suerte de verla ni de lejos. Al momento sus miradas se encontraron, intensas y de mensaje diferente. Mientras él deseaba acercarse, cargársela al hombro y desaparecer de allí, ella lo miró indiferente y desvió la mirada. Como si no significara nada.

—¡Maldición! —masculló. Prefería su odio a su indiferencia. Aprovechando la ocasión de que estaba con su cuñada, caminó resuelto hacia ella, sin desviar la mirada ni una sola vez. Tan solo Candy y Willian Andrew habían esperado y rezado para que no tuviera esa reacción. Para el padre de Anthony y Albert, aquello era la confirmación de sus sospechas. Más tarde tendría una conversación en privado con su hijo.

Para los Gordon, la reacción de Anthony no tardó en tener consecuencias. Al momento, Neal y Alec flanqueaban a Annie y a Patricia, y le impedían el acceso a su hermana.

Apretando los dientes, Anthony los miró con desprecio y pasó por su lado hasta situarse al lado de Candy.

—Si das un solo paso en dirección a mi hermana, poco me importará romper esta tregua y saltarme vuestra hospitalidad. Ensartaré mi espada en tu cuerpo con la facilidad que corta el cuchillo el queso—lo amenazó Neal en voz baja.

Anthony sonrió de medio lado, indolente.

—Cuando lo haga, no solo daré un paso. —Annie abrió los ojos desmesuradamente por su atrevimiento. Anthony sonrió. Un gesto de advertencia hacia la joven, que en ese momento entendió que el ratón había entrado en la trampa del gato.

Anthony tendió el brazo a Candy, que tenía la misma expresión de sorpresa que Annie

—Te acompañaré a la mesa, querida.

Cogida del brazo de su cuñado en dirección a la gran mesa, se aferró con fuerza a él.

—No es solo que ella quiera que te maten, es que tú te lo estás buscando.

—¿Sabes qué les pasa a las polillas cuando se acercan al fuego? No pueden evitar ir hacia su luz, aunque sepan que van a morir. Yo moriría por ella.

Dicho esto, la dejó acomodada al lado de Albert, que captó de inmediato su nerviosismo.

—¿Ocurre algo?

—No, es solo que estoy cansada. Ha sido una semana muy intensa.

Se acercó a su cuello y murmuró bajo su oreja:

—Quizá debería dejarte descansar alguna noche.

—Quizá. —La respuesta de Candy no pareció ser del agrado de Albert, lo que provocó que ella riera a carcajadas—. O quizá, debería recuperarme de esta semana permaneciendo más tiempo en la cama. A tu disposición.

—No te quepa duda, mujer. Así será.

—¡No me extraña que estéis tan enamorado de vuestra esposa, laird Andrew! —interrumpió el momento Fiona McDylon—. Además de una belleza es una perfecta anfitriona.

Candy se ruborizó súbitamente. Por un instante, temió que Albert negara estar enamorado de ella delante de sus invitados, no obstante, este se limitó a levantar su copa y a brindar por las palabras de Fiona. La esperanza que durante estos días se había instalado en el pecho de Candy creció y se expandió. Agarró su colgante y rezó para que las palabras de aquella mujer fueran ciertas y Albert empezara a quererla.

Después de que la cena transcurriera dentro de un ambiente relajado, excepto por las miradas cruzadas de Anthony con Annie y la actitud de los hermanos de esta, Candy estaba deseando que empezara el baile y poder levantarse. En cuanto la música sonó, miró a Albert impaciente para que la acompañara, pero estaba demasiado ocupado hablando con los hombres. Todos menos uno estaban pendientes de la conversación. Anthony se levantó y se acercó hasta ella, le tendió la mano y la invitó a bailar. La sonrisa de agradecimiento de Candy no fue lo suficientemente grande.

—No sabes el favor que me has hecho. Ya empezaban a dormírseme las piernas.

—Lo he hecho por ti, pero también por mí. Necesitaba algo de acción o acabaría haciendo una locura. —Giró su muñeca e hizo rodar a Candy sobre sí misma.

— Prométeme que tendrás cuidado.

—¿En qué?

—¡Oh, vamos, Anthony! No te pediré que no te acerques a ella porque sé que no lo vas a hacer, pero prométeme que tomarás precauciones.

—Me conoces demasiado bien.

—Prométemelo —le exigió—. No solo está en juego vuestra relación. Albert tiene esperanzas de que las relaciones con los Gordon se suavicen a partir de hoy.

—No os pondré en peligro —fue la respuesta con la que Candy se tuvo que conformar.

Todavía no había terminado la pieza, cuando el laird McDylon quiso ocupar el lugar de Anthony. Candy miró a Albert, pero este seguía departiendo sin prestarle atención. Bailó con él y disfrutó de la torpeza de aquel entrañable hombre, hasta que otra mano poderosa la tomó por la cintura y la apartó del viejo Gilmer. Candy se dio de bruces contra un pecho ancho y musculoso, pero supo de inmediato que no era el de su esposo.

Neal Gordon la sujetaba con excesiva intimidad y se empeñaba en acercarse demasiado. Candy volvió a mirar a hacia su marido, pero este seguía ignorándola. El primogénito del clan vecino chistó, gesto que llamó la atención de Candy.

—Si fuerais mía, no os quitaría ojo de encima.

—Pero no lo soy.

—Cierto, pero nunca se sabe. —Candy intentó alejarse de él, pero este se las arregló para hacer una pirueta e impedir su marcha— Tengo entendido que tampoco ibais a ser de Albert. Que él estaba enamorado de vuestra hermana.

—No creo que sean de vuestra incumbencia los pormenores de mi matrimonio —le respondió con dureza.

Neal la había herido. Le había dado donde más le dolía.

—Cierto también. Pero seguro que añoráis a un hombre que no piensa en otra mientras yace con vos. Sois lo suficiente mujer para nublar el juicio de cualquier varón, ¿por qué perder el tiempo con uno que no sabe apreciaros?

Candy quedó tan conmocionada que no supo qué contestar. ¿Sería cierto que Albert pensaba en Camille mientras hacía el amor con ella? Un nudo se instaló en su garganta y comenzó a respirar con rapidez.

—Buscaos a otra mujer, Gordon. Esta es mía. —Albert apareció de la nada. Con su gesto imperturbable y la frialdad de su voz los sorprendió a ambos.

—Afortunado vos. —Neal hizo una pequeña reverencia y desapareció.

—Vamos. —Tomó a Candy del brazo y la condujo escaleras arriba hasta su dormitorio.

Una vez dentro, cerró la puerta con fuerza y la traspasó con la mirada. Parecía enfadado y Candy no sabía por qué. En apenas dos zancadas lo tuvo frente a ella, acorralándola contra la pared.

—¿Por qué has bailado con Neal Gordon?

—También lo he hecho con Anthony y con Gilmer McDylon. ¿Por qué no tendría que haberlo hecho con él?

—Porque a diferencia de mi hermano y el viejo Gilmer, Neal no había pedido mi permiso, y desde luego no se estaba comportando como ellos.

—Bueno, pues no me culpes a mí. Yo no podría saberlo. —Intentó empujarlo pero no lo movió ni un ápice de su sitio.

—Parecías disgustada, ¿qué te ha dicho? ¿Ha hecho algo que te haya molestado?

Candy se debatió entre decirle la verdad, lo que provocaría un enfrentamiento entre ambos clanes y mandar al traste las intenciones de paz, o callar. Se decidió por esto último.

—Si estaba disgustada no era por él — mintió—. Sino porque no me habéis prestado atención.

—¿No me mientes? —la miró con suspicacia.

—Que tu no me extrañes o mi presencia no te importe no quiere decir que yo sienta lo mismo.

—¿A qué viene esto?

—¿Piensas en ella? —no pudo evitar preguntar, a sabiendas de que su respuesta podría herirla.

—¿De quién estamos hablando? —la miró confuso.

Candy examinó su reacción, por un momento creyó que la había olvidado. ¿Sería posible? Quizá su imagen no había acudido a su mente. Pero sus esperanzas murieron cuando Albert comprendió y pronunció su nombre.

—Hablamos de Camille —afirmó.

Candy cerró los ojos con fuerza y se apoyó contra la pared.

—Siempre la recordaré. —Candy intentó alejarse de él, pero Albert la retuvo sujetándola por los hombros y obligándola a mirarlo a los ojos—. Pero desaparece cuando estoy contigo. Cuando tu recuerdo, recurrente, nubla mi mente. Cuando te tengo entre mis brazos. Ni siquiera prometido con ella pude retenerla en mi pensamiento cuando te tenía cerca. Camille es mi pasado, Candy. Está muerta. Tú eres mi futuro.

Gruesas lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas. Sollozó y se lanzó a sus brazos. Albert la estrechó y la consoló hasta que logró que se calmara. La colmó de besos, la acostó sobre la cama y le hizo el amor. Lenta, delicadamente.

Tiempo después, mientras Candy dormía, Albert se levantó y desde la ventana de su habitación observó la luna reflejada en el lago. Estaba seguro de que Candy le había mentido. Neal Gordon tramaba algo.

Continuara...