La historia y los personajes no me pertenecen, es una adaptación del libro "La Bella de la Bestia" de Hannah Howell con los personajes de Naruto de Masashi Kishimoto.

Capítulo 13.

Hinata casi luchaba por no recuperar la conciencia, pues con ella venía el dolor.

Un agudo pinchazo, una pulsación dolorosa, le desgarraba la cabeza, por dentro y por fuera. Voces roncas y profundas se abrían paso a través de la neblina que poblaba su mente. Empezó a darse cuenta de que había movimiento, y cada balanceo cada y bache le producían más dolor.

Con suma cautela abrió los ojos, resignada a no seguir sumida en la dulce inconsciencia. Al principio, la luz no hizo más que agudizar el dolor de cabeza que tenía, y en lugar de ayudarla a espabilarse, le nubló la visión. Cuando al fin pudo ver claramente, echó un vistazo alrededor y vio que estaba atada de manos y pies.

Viajaba en una carreta, entre una variada y absurda mezcla de barriles y sacos. Vio que el cielo pasaba a mucha velocidad sobre su cabeza, y así confirmó la impresión de que marchaban con gran rapidez. Las sacudidas eran constantes.

Hinata intentó olvidar el dolor que sentía mientras se arrastraba hasta los sacos y se acurrucaba lo más cómodamente que podía entre ellos, para que le amortiguaran los golpes que sufría en la carreta por culpa de los desniveles del camino. Pensó que esos movimientos bruscos no debían de ser buenos para el bebé. Le habían dicho que, una vez asegurado en el útero materno, como lo estaba el suyo, se necesitaban muchas sacudidas para que se desprendiera el feto. Sin embargo, le resultaba imposible discernir cuántas serían «muchas sacudidas», así que decidió no correr ningún riesgo.

La carreta redujo la velocidad, lo que fue un alivio para su torturada cabeza.

Maldijo crudamente a lady Shion. Todo era una trampa en la que ella había caído como una ingenua, o peor aún, como una rematada idiota. Enviar a la taimada lady Shion a los más profundos y ardientes fosos del infierno no le parecía castigo suficiente. Hinata trató de imaginar algo peor. Deseaba ardientemente que sus maldiciones tuvieran resultado.

En su mente apareció una imagen clara y completa de lo sucedido en la hostería, y entonces recordó a Bek. La preocupación y el horror la embargaron al recordar el estado en que se encontraba el muchacho justo antes de que la atacaran también a ella. Lady Shion había permitido que alguien golpeara a su hijo con tanta fuerza que acabó inconsciente y sangrando. Hinata dudaba que la mujer hubiera hecho algo para ayudar al pequeño después del golpe. Seguro que Shion había abandonado a toda prisa la hostería para evitar que la cogieran.

Volvió la cabeza y miró hacia la parte delantera de la carreta. Al ver las dos espaldas anchas de los hombres que la conducían consideró la posibilidad de preguntarles qué había pasado con Bek. En ese momento, uno de ellos miró hacia atrás y la vio.

—Bien, ya se ha despertado —murmuró.

— ¿Y el chico? —preguntó Hinata, notando que tenía la garganta tan seca que le dolía al hablar.

—Lo dejamos en la hostería. No lo necesitábamos.

— ¿Cómo estaba? —preguntó de nuevo.

— ¿Quién puede saberlo? —Contestó el hombre encogiéndose de hombros—. No tuve tiempo de mirar. Tampoco esa dama noble lo hizo. Pasó por encima de él y salió a escape lo más rápido que pudo. ¿Por qué habría de quedarse? Hizo lo que dijo que haría.

—Sí... entregarme a Otsutsuki.

—Eres lista, señora. —Y ambos empezaron a reírse.

Hinata les dio la espalda y se acomodó de nuevo entre los sacos. Había adivinado que Hamura Otsutsuki estaba detrás de todo lo sucedido. Sin embargo, escuchar la confirmación de boca de aquellos hombres acabó con la poca presencia de ánimo que le quedaba.

Su desconsuelo empeoraba por la incertidumbre sobre el destino de Bek. Si al menos le hubieran dicho que el chico estaba vivo o que lady Shion había mostrado una pizca de instinto maternal para atenderlo antes de huir, estaría más tranquila. Pero, en lugar de eso, sólo le quedaba la imagen de la última vez que vio al niño, una imagen que sólo podía atormentarla.

Puesto que no había ninguna manera de conseguir una respuesta que apaciguara sus preocupaciones, decidió concentrar sus pensamientos en su propia situación, bastante precaria. Miró atentamente al cielo, lo que debilitó su esperanza de que la rescataran pronto. El día casi había llegado a su fin, así que estaba claro que ya tendrían que intentar salvarla cuando estuviera en manos de Otsutsuki. Por ahora, sólo ella podía hacer algo por su propia seguridad.

Con un estremecimiento de alarma, cayó en la cuenta de que si ella estaba en las garras de Otsutsuki, eso significaba que la vida de Naruto corría peligro. La iban a usar como cebo para atraer a su marido hacia su propio asesinato. Era un pensamiento demasiado horrible para detenerse mucho tiempo en él, pero no podía quitárselo de la cabeza. Por el bien de Naruto era importante que ella mirase cara a cara al peligro.

Si existía cualquier posibilidad de frustrar los planes de Otsutsuki, por pequeña que fuera, tenía que estar alerta y preparada para aprovecharla rápidamente.

Cerró los ojos y decidió que era inútil negar que estaba en una situación insostenible. Una sensación de derrota inevitable se apoderó de su ánimo, y por un momento se abandonó a ella. Estaba cansada, le dolía la cabeza, le molestaba todo el cuerpo y tenía una tremenda necesidad de soltarse. Por todo ello, su angustia iba haciéndose más y más desesperada.

La carreta se detuvo, lo que la sacó de su autocompasión. Cuando se dio la vuelta para ver dónde estaban, sintió un nuevo malestar: bajó la mirada hacia sus muñecas atadas y vio que las tenía hinchadas. No se tomó la molestia de mirarse los tobillos, pues sabía que estarían igual.

Hinata gritó de miedo cuando uno de los hombres, el más bajo y fornido, la levantó y la sacó de la carreta. Cuando la puso de pie, estuvo a punto de desvanecerse, pero evitó caerse al suelo agarrándose, con sus manos atadas, a la parte trasera de la carreta. Miró enfurecida a los dos hombres, que se habían puesto a plantar el campamento olvidándose completamente de su situación.

—Necesito ayuda —les dijo, usando un tono arrogante e imperioso, para aliviar en algo la rabia que le daba tener que pedirles auxilio.

—Ah, caramba, Henry, escucha su tono mandón —dijo el hombre que la había sacado de la carreta—. Ayúdate tú misma, señora.

—Si no necesitara ayuda, ni siquiera me rebajaría a hablaros. La cuerda con la que me han amarrado ha hecho que se me hinchen las manos y los tobillos, y me duelen. Y si intento moverme sin ayuda, podría caerme, lo que puede hacerle daño al bebé.

—Entonces gatea —le dijo Henry encogiéndose de hombros—. John y yo tenemos muchas cosas que hacer.

—Y es probable que Otsutsuki esté complacido —añadió John— si pierdes ese hijo.

—Puede ser que así sea, pero mi marido, el Demonio Rojo, seguramente pensará otra cosa, y ya saben que su cólera es una fuerza homicida.

—Pues que se encolerice si le place. Estará muerto antes de que pueda hacer nada. John y yo no tenemos ninguna razón para temerlo.

— ¿No? ¿Creéis que será tan fácil matarlo?

—Pues Otsutsuki planea... —empezó John, pero ella le interrumpió.

—Los planes no siempre salen como le gustaría a quien los idea. —Hinata casi sonrió cuando vio que la preocupación asomaba al rostro del esbirro—. Un hombre inteligente sopesaría sus movimientos con cuidado.

— ¿Qué quieres decir? —preguntó Henry.

—Quiero decir que un hombre inteligente pensaría qué puede hacer para complacer a ambos bandos. O, por lo menos, para aplacarlos. Es la mejor manera de salvar el pellejo.

—Nadie puede hacer eso —soltó John con desdén nervioso.

— ¿No? Pickney quiere que me lleven a él con vida. El Demonio Rojo también me quiere viva, a mí y a su hijo. De momento, cuidándome complacéis a los dos. En fin, de todas formas recordad que el Demonio Rojo es bien conocido por ganar sus batallas. ¿Cuántas ha ganado Hamura Otsutsuki?

—Ve a ayudarla, John.

— ¿Por qué tenemos que escucharla? —gruñó John mientras caminaba hacia Hinata para ayudarla.

—Porque demuestra que tiene bastante inteligencia para ser una mujer.

Mientras John casi la arrastraba hacia un lugar cerca del fuego, Hinata se mordió la lengua para no responder agriamente el comentario del individuo. Se obligó a pensar en otra cosa mucho más importante: era preciso que la ataran de otra manera.

La hinchazón que le había causado la cuerda no sólo era muy dolorosa, sino que, estaba segura, tenía que ser mala para su salud. Puesto que era obvio que los dos hombres temían a Naruto, decidió aprovecharse de ello lo más que pudiera.

— ¿Crees que es cierto lo que ella dice? —le preguntó John a su camarada poniéndose en cuclillas frente a la hoguera.

—Sí. Puede que Otsutsuki tenga muy buenos planes, pero no podemos olvidar a quién se enfrenta. El Demonio Rojo ha luchado con mejores hombres que Otsutsuki, y ha sobrevivido. Además, recuerda que sigue vivo, a pesar de que Otsutsuki lleva años tratando de matarlo.

—Y si piensas todo esto, ¿por qué hemos elegido el bando de Otsutsuki? —le espetó John.

—Pues porque nos paga bien, idiota, y hasta ahora las cosas no le han salido mal. El otro heredero no resultó ser problema a pesar de su reputación como guerrero.

—Pero él no tenía nada que ver con la fuerza y la destreza del Demonio Rojo.

—Cierto, pero hay una cosa en su contra: el Demonio Rojo lucha limpiamente.

Otsutsuki actúa de forma taimada, es de los que apuñala por la espalda. Creo que eso le da una ventaja. —Henry miró con enfado a su prisionera—. Ahora me pregunto... El Demonio Rojo ha sobrevivido a los subterfugios de Otsutsuki hasta ahora. Es probable que sea un guerrero lo suficientemente bueno como para ganar a pesar de todo lo que Otsutsuki haga contra él. Incluso puede ser que, pese a su fama de guerrero caballeroso, sepa uno o dos trucos y los use cuando se vea obligado a ello.

— ¿Entonces nos vamos? ¿Abandonamos la trampa antes de que se cierre la puerta y nos deje dentro?

—No, no podemos hacer eso. Otsutsuki nos matará si lo hacemos. Escogimos este camino y debemos recorrerlo hasta el final. Lo que sí podemos hacer es procurar que la dama del Demonio Rojo no sufra ningún daño mientras esté en nuestras manos.

— ¡Pero si la secuestramos! —John casi gritó esas palabras, sintiendo que el miedo se apoderaba de él.

— Otsutsuki nos ordenó que lo hiciéramos. No somos más que siervos, cumplimos órdenes. Eso puede salvarnos. El Demonio atacará a Otsutsuki y a ese estúpido muchacho, Toneri, no a sus subalternos. Lo tendrá en cuenta si cuidamos a su señora. Ahora, deja ya de portarte como un redomado cobarde. Debemos comer y descansar. Otsutsuki nos espera temprano por la mañana, y es mejor que estemos allí a tiempo.

Cuando John obedeció a Henry hoscamente, Hinata maldijo para sus adentros.

Por un momento había tenido la esperanza de que el creciente miedo de John lo hiciera huir tanto de Naruto como de Otsutsuki. Tristemente, Henry no sólo era más inteligente, sino que tenía una naturaleza más calmada y reflexiva, que le permitía imponer su criterio a hombres como John. Por unos segundos, Hinata creyó que podría reducir a uno el número de sus oponentes; e incluso llegó a pensar que el miedo de John se transmitiría a Henry y ambos acabarían huyendo. La suerte, sin embargo, no estaba de su lado. Por lo menos, todavía no lo estaba. «Entonces —se dijo a sí misma— voy a obtener el mayor alivio que pueda». Levantó las manos atadas y habló en voz alta.

—Necesito que me desatéis.

Henry la miró y después estalló en carcajadas.

— ¿Crees que somos imbéciles, mujer?

Hinata se mordió el labio y contuvo el impulso de responderle. Quería asustarlos para lograr que su viaje fuera lo menos desagradable posible. Si respondía a esa pregunta con las duras palabras que tenía en la punta de la lengua sólo lograría enfadarlos y no sacaría ninguna ventaja, todo lo contrario.

— ¿Veis lo que han causado estas cuerdas? —Después de que ambos hombres fruncieran el ceño al ver sus muñecas hinchadas, Hinata se levantó ligeramente el vestido, para dejar al descubierto los tobillos, que estaban igual de inflamados.

—No es nada, no debes asustarse, mujer.

—No me sorprende que no sean capaces de ver los problemas que estas hinchazones me pueden causar. Dudo que alguno de ustedes tenga hijos. —Hinata se tragó rápidamente otro insulto que estuvo a punto de añadir a esas palabras—. Estas lesiones pueden ser muy malas para una mujer embarazada.

—Que lo sean o no, importa poco. —A pesar de su desinterés, Henry caminó hacia Hinata, se detuvo frente a ella y frunció el ceño al verle las muñecas de cerca—. ¿Cómo podremos vigilarte y mantenerte con nosotros si te desatamos, mujerzuela tonta?

—Estoy segura de que a unos hombres tan inteligentes como ustedes se les ocurrirá algo. —Se dio cuenta de que no había sido capaz de esconder del todo la burla latente en el tono de su voz, pero imaginó que ellos la atribuirían a su arrogancia aristocrática—. Podéis pensarlo mientras me dejáis un momento de intimidad después de desatarme. —Le ofreció nuevamente sus manos atadas.

Cuando vio que Henry vacilaba, Hinata lo presionó—. Hay otra cosa que una mujer embarazada necesita enormemente, y me temo que es una necesidad constante: momentos de soledad, momentos privados. Si sigues vacilando mucho más tiempo, sabrás que digo la verdad, y los dos pasaremos un momento de intensa vergüenza.

Henry decidió finalmente desatarle las muñecas y los tobillos.

—Entiendo lo que quieres decir, pero no vas a ir sola.

—Ir sola es lo que hace que sea un momento de privacidad. —No sin disgusto, tuvo que aceptar ayuda para ponerse de pie.

—Pues tu momento de intimidad tendrá lugar conmigo dándote la espalda. Vamos.

Tambaleándose, Hinata caminó junto al hombre, que se dirigió hacia unos arbustos. Su necesidad era tan desesperada que no hizo ningún intento más de discutir con él. Dudaba que hubiera ningún argumento que lograra alejarlo de ella.

Pero, a pesar de saber todo eso, no pudo evitar sentir una terrible vergüenza por tenerlo tan cerca, dándole la espalda, mientras se acuclillaba entre los arbustos. Era humillante. Y, para empeorar las cosas, tuvo que pedir ayuda al hombre para poder regresar al campamento. Estaba entumecida, y aunque la hinchazón de las muñecas y los tobillos estaba cediendo, le dolían terriblemente.

Una vez que se sentaron frente al fuego, John le pasó un tazón de gachas y una cuchara de madera retorcida. El comistrajo era espeso, lleno de grumos, cualquier cosa menos apetitoso, pero Hinata tenía tanta hambre que ni se quejó. La textura era apenas tolerable y casi no sabía a nada; sin embargo, se lo comió todo y bebió el vino ligeramente avinagrado que le sirvieron. Su cuerpo, que necesitaba alimentar al bebé que llevaba en el vientre, la ayudó a hacer caso omiso de la ineptitud del cocinero.

Cuando Henry se acercó a ella con la cuerda en las manos, retrocedió; la hinchazón y el dolor no se habían desvanecido del todo. Para evitar que la atara de nuevo, estuvo a punto de jurar que no trataría de escaparse.

—Vamos, mujer, que no te voy a atar como antes —gruñó Henry con voz áspera.

—Tienes que atarla —protestó John—. De lo contrario huirá.

—La voy a atar a mí: cintura con cintura. Tú lo has querido, mujer.

Hinata se pasó una mano sobre su redonda barriga y frunció el ceño ligeramente.

—No puedes atarme por la cintura. El bebé...

—Te voy a atar por encima de la barriga. ¿Comprendes?

Después de vacilar un momento, Hinata asintió con la cabeza. Cualquier cosa tenía que ser mejor que lo sufrido antes. Si se sentía incómoda atada de esa manera, volvería a protestar y a amenazarlos.

La manera en que la ató, uniéndola a él, con la cuerda por encima del abultado vientre y justo debajo de los senos, implicaba una gran proximidad entre ellos. Hinata procuró dejar a un lado su repugnancia y guardó silencio, incluso cuando se vio obligada a compartir una manta con él durante la noche. Puso toda la distancia que pudo entre los dos y cerró los ojos, tratando de buscar el reconfortante olvido del sueño.

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—Allí están.

Tras el brusco anuncio de Henry, Hinata se volvió para mirar. Limitaba sus movimientos la cuerda que tenía alrededor del cuerpo, que la ataba firmemente a la carreta. El nudo principal estaba justo al lado de Henry, lo que hacía que ella no tuviera ninguna oportunidad de desatarse, aunque de momento no tenía intención de intentarlo siquiera. Saltar de una carreta en movimiento podía ser un riesgo demasiado alto para su hijo y para su propia salud. Sin embargo, cuando vio en la distancia a Hamura Otsutsuki, consideró por un momento la posibilidad de hacerlo, pensando que un golpe sería el menor de los males.

La carreta se detuvo justo en las afueras del campamento de Hamura Otsutsuki, y Hinata se dio cuenta rápidamente de que el hombre tenía apenas dos docenas de hombres armados a su servicio. Toneri y Otsutsuki caminaron hacia la carreta para verla. Ella los miró con una mezcla de atención y desafiante arrogancia. Se asustó un poco por la mirada que Otsutsuki lanzó a su abdomen, pero se esforzó en disimular su miedo. Toneri, por su parte, como notó Hinata rápidamente, estaba profundamente afligido. Hizo caso omiso de ello. Era a Otsutsuki a quien debía prestar atención, él era el jefe, el peligro verdadero.

—Estás embarazada. —Otsutsuki apretó los puños con fuerza, tratando de controlar un evidente deseo de golpear a Hinata.

—Qué ojo tan agudo tienes. Sí, estoy embarazada. Es algo que les pasa con frecuencia a las mujeres que tienen marido.

—Guárdate tus impertinencias. Maldito sea ese hombre y maldita seas tú — siseó, frotándose las manos con rabia contenida—. Pero no te preocupes, eso lo tendremos que arreglar.

Las frías palabras de Otsutsuki consiguieron que estremecimientos de miedo recorrieran el cuerpo de Hinata. Notó que a Toneri se le dibujaba por un instante una expresión de horror en el rostro. Estaba claro que había cosas que él no podía pasar por alto. Lo que Hinata necesitaba descubrir ahora era si Toneri sería capaz de reunir el valor necesario para detener lo que tan claramente lo horrorizaba. Y también estaba por ver, pensó antes de devolver toda su atención a Otsutsuki, si ella misma sería capaz de infundirle esa presencia de ánimo que le hacía falta.

—Yo, en tu lugar, no haría tantos planes —dijo Hinata a Otsutsuki, con voz fría, sin tomarse la molestia de disimular el odio que sentía por él.

— ¿Insinúas que eres tan tonta como para creer que tu gran Demonio Rojo puede ganar esta vez?

— ¿Insinúas que eres tan tonto como para pensar que no?

—Mujer, te tengo a mi merced y, gracias a eso, pronto me apoderaré de la Casa Konoha. Tengo bien agarrado a ese bastardo rubio.

—Todavía no.

Otsutsuki se inclinó sobre el borde de la carreta y apuntó hacia ella, amenazador, el dedo índice.

—Deberías tener cuidado, mi señora. Ahora estás en mi poder.

—Pues lo mejor que puedes hacer es mantenerme segura y a salvo, señor. Es posible que yo sea lo único que se interpone entre tu persona y una muy merecida muerte a manos de mi marido. Disfrutas como si ya hubieras ganado, pero es mejor no alardear demasiado pronto, teniendo en cuenta que la batalla todavía no se ha librado.

Toneri se dio cuenta de que las palabras de Hinata estaban enfureciendo a su tío, y entonces decidió intervenir.

—Cuida tus palabras, Hinata.

—Sí, escucha al estúpido de mi sobrino. No es buena idea azuzarme. Basta ya de tonterías. ¡Es hora de partir hacia la Casa Konoha! —gritó mientras caminaba hacia sus hombres.

Por un momento pareció que Toneri le iba a hablar, pero al final se limitó a salir corriendo detrás de su tío. La discusión se había terminado demasiado pronto para lo que hubiera deseado Hinata. Estaba claro que Otsutsuki no quería correr el riesgo de que Naruto lo encontrara en campo abierto. Cuando dejó de mirar a los hombres que cabalgaban delante de la carreta, Hinata se tropezó con la mirada de Henry. La sorprendió descubrir una sombra de preocupación en los oscuros ojos del hombre.

—El tonto de Toneri ha dicho la verdad —comentó Henry al cabo de un instante—. Ten cuidado, mi señora. Otsutsuki tiene tendencia a dejarse dominar por una rabia ciega. Puede ser que su plan sea casarla con ese debilucho al que llama sobrino, pero eso no lo detendrá si te empeñas en exacerbar su furia. Te matará. —Se dio la vuelta y le dijo a John en voz baja que arreara a los caballos para que acelerasen el paso.

Hinata se recostó sobre los sacos, en la parte de atrás de la carreta. No pensaba tanto en la advertencia de Henry como en la razón por la que se había tomado la molestia de hacérsela. De repente se dio cuenta de que había considerado a John y a Henry como individuos peores de lo que realmente eran. En verdad, no la habían tratado mal, tal vez con brusquedad, pero no con crueldad. Sólo hacían aquello para lo que los habían contratado, ni más ni menos. Pero ahora parecía que ellos también le ponían límites a lo que estaban dispuestos a hacer. Cerró los ojos y decidió descansar. Medio dormida, buscó la forma de aprovechar lo que acababa de descubrir.

—Está dormida —oyó decir Hinata a Henry un rato después.

— ¿Cómo puede dormir con semejante traqueteo de la carreta? —murmuró John.

—He oído decir que las mujeres embarazadas pueden dormir casi en cualquier parte. Es extraño, pero creo que debe de ser cierto.

—Hay otra cosa que seguro que es cierta: nos hemos metido en algo mucho más grave de lo que nos dijeron.

—Maldito sea ese bastardo de Otsutsuki. Quería deshacerse de un heredero, dijo.

Se trataba de casar a la mujer con ese imbécil de Toneri, dijo. Y le creímos. Nos dejamos engañar por el tintineo de las monedas, tontos de nosotros. Pero lo que se nos pide de verdad es mucho más grave que librarse de un heredero problemático. Y mucho más peligroso.

—Y puede que el viejo loco nos arrastre al infierno con él. ¿Crees que su amenaza era real? —susurró John—. ¿La de matar al bebé que la mujer lleva dentro?

— ¿Tienes noticia de alguna vez que ese hombre haya pronunciado una amenaza que luego no haya cumplido?

—Santo Dios. Me siento un poco mal por el asesinato de los otros dos hombres, pero al menos ellos podían luchar, y así son las cosas de la nobleza. Pero raptar a una esposa... —John se encogió de hombros—. Podría aceptarse, sucede con cierta frecuencia. No es un gran daño, al fin y al cabo. Pero ahora habla de matar a un niño que aún no ha nacido. Un bebé, Henry. Y creo que también quiere asesinarla a ella cuando ya no le sirva de nada.

—Sí, pienso lo mismo que tú. Puf. Matar a mujeres y niños... —Henry sacudió la cabeza—. Tengo en mi conciencia un millón de pecados, pero nada comparable con eso. No cargo con la sangre de mujeres y bebés. Y la verdad es que no quiero cargar nunca, eso no.

—Entonces, ¿huimos? ¿Abandonamos esta trampa antes de que las cosas vayan más lejos?

—Pero ¿cómo lo hacemos? Si nos escapamos sin más, si nos marchamos, Otsutsuki vendrá tras nosotros y seremos hombres muertos. No nos preguntará por qué lo hacemos, sencillamente nos matará, sin vacilar.

—Entonces estamos atrapados.

—Puede que sí, y puede que no. Esperemos, veamos qué pasa en la Casa Konoha.

Hinata escuchaba, haciéndose la dormida.

El corazón estaba a punto de estallarle.

Los dos hombres no dijeron nada más. «Tengo que aprovechar esta oportunidad», pensó la joven, pero luchó por no dejar que sus esperanzas fueran demasiado grandes. Era posible que Henry y John tuvieran algo de bondad en su corazón, pero eso no significaba que pudiera persuadirlos de que la ayudaran.

Estarían preocupados por salvar su propio pellejo. Ahora que se habían dado cuenta de cuál era el crimen que se iba a cometer, sólo pensaban en cómo escapar para no tomar parte en él, pero no en cómo evitarlo.

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—Despierta, mi señora. La Casa Konoha se alza frente a nosotros.

—Sí, Henry. —Hinata pestañeó, agotada, y se sentó—. Estoy despierta... más o menos.

—Bueno, no has hecho más que dormir durante todo el viaje —gruñó John.

—Así se me pasa el tiempo más rápido —murmuró Hinata mientras observaba la Casa Konoha.

Redujeron el paso para que su acercamiento no pareciera amenazador. Hinata se sintió desconsolada cuando un hombre apostado en el muro exterior los saludó alegremente. Tenía la esperanza de que su marido hubiera podido dar la alarma a los habitantes de la casa. Pero la velocidad a la que habían viajado hizo imposible que llegara cualquier mensajero antes que ellos. Por un instante pensó en ponerse a gritar, y estaba a punto de hacerlo cuando Otsutsuki, que había cabalgado hacia la carreta, la detuvo.

—Ni una palabra, mujer. Ni una sola palabra. — Otsutsuki cogió la capa de Hinata y se la echó encima, para esconder la cuerda que la amarraba a la carreta.

Hinata no pudo soltar el grito de advertencia que deseaba. Todo lo que pudo hacer fue rezar, larga y fervorosamente, para que su silencio no causara la muerte de los hombres que custodiaban el castillo. El miedo que sentía por su hijo le contuvo la lengua. Rezó también para que el precio que había que pagar para salvar esa pequeña vida no fuera sangriento.

—Ponte de pie ya —le ordenó Otsutsuki una vez que estuvieron dentro de los muros del castillo—. Levántate, para que todos vean que eres mi prisionera.

En el mismo momento en que Hinata obedeció y fue evidente que estaba atada a la carreta, se escuchó el inconfundible ruido de espadas desenvainándose. Otsutsuki desenfundó la suya y la apuntó contra Hinata. La punta helada del arma le tocó la garganta. La mujer a duras penas se atrevió a tragar saliva. Todos los hombres que estaban apostados en los muros del castillo se quedaron inmóviles.

—Quiero que todos los hombres, armados o no, vengan y se coloquen frente a mí. ¡Ya! Quiero que todos depongan las armas. — Otsutsuki siguió gritando mientras todos los hombres del castillo se agrupaban, reticentes, frente a él—. Que ninguno trate de hacerse el valiente, porque mataré a su señora. Y con ella morirá el heredero de su señor... el Demonio Rojo.

Nadie opuso resistencia, pese a la evidente tensión del momento. Y para alivio de Hinata, Otsutsuki no mató a ningún prisionero desarmado. En lugar de ello, ordenó a sus hombres que los metieran en las mazmorras. Hasta que Otsutsuki no estuvo seguro de que sus órdenes habían sido cumplidas, no retiró la espada de la garganta de Hinata. Ella sintió debilidad en las rodillas y se desplomó sobre los sacos de la carreta. Después, Otsutsuki la dejó bajo la custodia de Henry y John, mientras él se encargaba de ocupar militarmente la Casa Konoha.

—Parece que la clave para apoderarse de una heredad es una mujer —dijo Henry con voz neutra mientras llevaban la carreta hacia los establos.

—Dudo que funcione con todas las mujeres —murmuró John, tras lo cual saltó de la carreta y empezó a soltar a los caballos para llevarlos a comer.

Hinata prestó atención a un nuevo sonido: llanto de mujeres. Henry la ayudó a bajar de la carreta. Vio a Otsutsuki y a sus hombres rodear a las mujeres y a los niños.

Al ver que los arreaban, como si fueran ganado, para que se agrupasen en un círculo, la dama embarazada se puso muy nerviosa. Compartía totalmente el miedo que las mujeres y los niños no podían ocultar. Nadie sabía lo que pensaba hacer Otsutsuki con ellos.

— ¿Qué les va a pasar? —le preguntó Hinata a Henry, que tenía el ceño fruncido.

— Otsutsuki pretende encerrarlos también. No quiere que nadie trate de ayudarte a ti o a los prisioneros, ni tampoco —añadió mirando nerviosamente hacia las puertas cerradas— al Demonio Rojo, que estará a punto de llegar. Venga. — Sosteniendo a Hinata por un brazo, Henry empezó a caminar hacia el castillo—. Debemos llevarte a la habitación de la torre occidental.

Una vez dentro de esa estancia, la mujer se sentó en la cama. Se sentía extremadamente cansada, totalmente vencida. Pronto llegaría Naruto y ella no había encontrado ninguna manera de ayudarlo, ni de ayudarse a sí misma o evitar que Otsutsuki la usara como cebo para que su marido cayera en la trampa. Sólo podía rezar para que Naruto mantuviera fría la cabeza y actuara con astucia, porque empezaba a estar convencida de que sólo con artimañas y traiciones se podría derrotar a Otsutsuki.

Se asomó a la ventana y miró hacia abajo. Los hombres de Otsutsuki trabajaban deprisa, aprestándose para la llegada de Naruto. Se preguntó por qué se preparaban tanto para una batalla que Otsutsuki no tenía intención de librar. El secuestrador la utilizaría para asesinar a Naruto, y después la utilizaría de nuevo como escudo, para evitar que los hombres de su marido buscaran venganza.

Por un momento deseó no estar embarazada y lamentó la existencia de la nueva vida que llevaba en el vientre. El bebé lo complicaba todo y la inmovilizaba cuando necesitaba actuar. Tenía que sopesar cada uno de sus movimientos a causa del embarazo. Pero enseguida reaccionó, se acarició la barriga y se disculpó en silencio con el bebé. Otsutsuki, y sólo Otsutsuki, era el culpable del terrible enredo en el que se hallaba metida.

Sus pensamientos desconsolados se vieron interrumpidos por el sonido de la puerta al abrirse. La prisionera se dio la vuelta y se encontró con Otsutsuki y sus dos hombres de confianza, Thomas y Bertrand, que estaban entrando en la habitación. La enfureció la expresión de júbilo impresa en la cara taimada del viejo y sintió unas ganas incontenibles de destrozársela a golpes.

—Muy pronto, lady Hinata—el tono de voz de Otsutsuki hizo que el título sonara como un insulto—, serás testigo de la muerte del Demonio Rojo.

— ¿En serio? Yo creo, señor, que lo que voy a presenciar pronto es tu muerte. Y rezo a Dios para que tengas una agonía lenta y dolorosa, aunque me temo que mi marido es incapaz de esperar. Acabará contigo en un instante, para tu suerte.

Otsutsuki le dio un bofetón con el dorso de la mano. Hinata soltó un quejido mientras retrocedía tambaleándose, hasta chocar contra la pared. El sabor cálido y salado de la sangre le llenó la boca. Tanteó con la lengua el interior de su boca y descubrió que el golpe le había producido un profundo corte en el interior de la mejilla. Recordó la advertencia de Henry y trató de no dejarse dominar por la furia que sentía. Aquel hombre estaba lleno de odio y furia, y ambos sentimientos se dirigían ahora especialmente contra ella. No debía exacerbarlos.

—He triunfado, pero es evidente que necesitas alguna prueba más para aceptar mi victoria. — Otsutsuki sonrió y por un frío momento mostró sus dientes amarillos y retorcidos—. Y la tendrás. Pronto, muy pronto, pondré en tus manos la arrogante cabeza del Demonio Rojo.

De repente, Hinata sintió náuseas por la imagen que invocaban las palabras de Otsutsuki, pero luchó por controlarse. Rehusó tenazmente mostrar alguna señal de debilidad ante él.

—Algún día, señor, vas a pagar por todos estos crímenes que cometes tan alegremente. —Antes de que pudiera continuar, una cabeza se asomó por la puerta.

—Hombres armados se aproximan a las murallas, señor —anunció el soldado.

Otsutsuki asintió con la cabeza.

—Bertrand, cuando te haga una señal, coloca a la mujer en la ventana, para que su hombre pueda verla claramente. —Se rio en tono bajo y echó un prolongado vistazo a Hinata antes de dirigirse hacia la puerta de la habitación, con Thomas y el otro hombre siguiéndole—. Al parecer, mi señora, tu marido está de lo más ansioso por morir.

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Hola hola hola

Lo siento, este capítulo esta hecho de manera muy rápida jejejeje tengo salir y eso es dejar la compu por un rato, no se preocupen espero subir el siguiente capítulo más al rato.

Lo se Akime, Shion es una malvada ¬¬'

Saludos