Capítulo 14: Maestros & Alumnos.

Milo sabía que no iba a ser tan sencillo habituarse a aquel lugar. Primero que nada, levantarse tan temprano por las mañanas no es algo que le pareciera tan divertido. Además, teniendo en cuenta que en aquel lugar nunca había nada para comer (o al menos, algo que le saciara por completo el hambre) su maestro era de esas personas que no te levantaban precisamente con una sonrisa.

Todas las mañanas tenía que soportar su mal humor por "madrugar" a las 7 de la mañana y como se desesperaba cuando Milo hacía mención de que esa vez también se le había olvidado ir a Rhodorio por al menos, algo de pan y leche. Para Eetrin, claro, no había problema alguno. Parecía que una sola taza de café agrio y lo suficientemente caliente era lo único que requería para despertarse por completo.

Además, Milo tenía que admitir que estaba un poco harto de los amigos de sus maestros que indistintamente llegaban a escuchar su maravillosa historia de supervivencia y de resistencia contra la muerte (que el niño ya se la sabía de memoria) aunque pensándolo bien, después del primer par de días toda aquella algarabía inicial se había ido disminuyendo paulatinamente para beneplácito de Eetrin, pues ya podía pasarse una tarde entera escribiendo en una especie de diario que había tomado por hábito sin ningún tipo de interrupción mas que la de…

— ¿Eetrin, estás aquí?

— ¡Por acá! — Gritó desde el fondo del templo el escorpión.

Siroe le regaló una gran sonrisa a Milo, que estaba "concentrado" tratando de elevar su cosmos, aunque en realidad no dejaba de pensar en lo aburrido que estaba.

El León dorado se dirigió hasta donde estaba el egipcio.

— ¿Ocurre algo? — Inquirió Eetrin.

—No, en realidad —contestó Siroe, mirando curioso a Milo.

—Ah. — Contestó distraído el escorpión.

— ¿Qué se supone que está haciendo Milo?

—Concentrándose. Espero que esta vez lo logre sin dormir en el intento.

— ¿Cómo va el entrenamiento?

—Apenas son dos días, realmente no espero que tenga avances hasta en unos cinco años.

—Que poca fe le tienes.

Eetrin sonrió. En realidad, no es que le tuviera poca fe sino que sabía que el niño aún tenía problemas para adaptarse al Santuario y por lo mismo, no había salido demasiado desde su llegada.

"Tal vez le haga falta compañía más agradable que la mía", pensó Eetrin mirando a Siroe de nuevo. Milo abrió un ojo y al notar que su maestro se había distraído, se echó al suelo a dormir. Siroe sonrió fingiendo ignorar lo que el niño había hecho.

—Como sea, he venido a despedirme.

— ¿Eh? — Reaccionó el egipcio.

—Despedirme, marcharme… tengo una misión —anunció con orgullo mal fingido el quinto Santo.

— ¿Adónde?

—La Isla de la Reina Muerte. Parece que hay revueltas de nuevo y dado que ando demasiado aburrido últimamente, parece que el Patriarca ha decidido hacer algo al respecto.

—Conozco ese lugar —murmuró Eetrin—. ¿Cuándo te vas?

—Hoy en la noche.

El Escorpión no contestó. Sabía que esas misiones no eran cualquier cosa, aunque lo pareciera. Se trataba de que todo estuviera en orden, de que sí había alguna revuelta tuvieran que acabarla… y precisamente, la Isla de la Reina Muerte era el peor lugar al que podrían enviar a alguien.

—Iré contigo. — Dijo Eetrin apretando los puños.

— ¿Bromeas? Tienes que quedarte con tu alumno, no sé cuanto tiempo me tome… además, son sólo Santos autoproclamados. No significan nada.

—Pero…

—Yo podré hacerlo¿sí? — Le lanzó una mirada retadora Siroe.

—No te confíes, Siroe. Son demasiados.

—Y yo soy un Santo dorado¿qué más podría pasar?

—Que te confíes demasiado, como ahora.

—No me pasará nada¿sí? Te veo luego. — Dijo Siroe dándose la media vuelta.

—Espera. — Lo detuvo Eetrin.

— ¿Y ahora qué? —Resopló el Santo de Leo con fastidio.

—Sólo… sólo cuídate¿sí?

—Lo haré. — Sonrió el león dorado.


El niño miró con atención aquellos rostros. Las bocas torcidas en rictus que dejaban ver que habían padecido un dolor abominable, el rostro hinchado y las cicatrices que aún adornaban la cara. Sintió como un escalofrío le recorría el cuerpo. Pensar que constantemente se ufanaba cuando podía asesinar a cualquier tipo de animal y mirar ahora que lo que aquel hombre coleccionaba no eran mariposas, escarabajos o tarántulas: eran seres humanos. De nueva cuenta le echó otra mirada a la pared. Lo hórrido no era ver aquellos rostros descompuestos, sino saber que alguna vez pertenecieron a alguien¿por qué fue así, no? Sí, aquellos semblantes los delataban, aquellos ojos cristalinos y quizá un poco el hedor al que ya se había acostumbrado.

Agradeció que al menos el templo no estuviera tapizado por aquellos rostros. Sólo era una pared, una pared que le recordaba toda la infamia, la crueldad humana que habita en cada uno de nosotros y que inevitablemente, siempre tratamos de ocultar. Lo curioso sería realmente averiguar cuál era el propósito de aquel espectáculo más deprimente.

—El placer de hacerlo, supongo. — Dijo una voz tras él. El niño dio un respingo.

—Maestro, disculpe ya iba a alcanzarlo…

—Dijiste eso hace media hora. — Dijo Johan enarcando una ceja. El niño Máscara Mortal bajó la vista.

—Es que… digamos que donde yo vivía, no era frecuente encontrarse este papel tapiz.

—No es un papel tapiz. Es una forma de recordarme lo efímero de la vida.

— ¿Qué?

—Míralos bien. Muchos de ellos ni siquiera son tan mayores como el Patriarca. Estaban en la plenitud de su vida, cuando creemos que somos invencibles… y al asesinarlos les hice ver que no era así.

— ¿Usted?

—Por supuesto que yo. Pero he pensado en deshacerme de ellos, quizá no sea buena idea tenerlos aquí cuando tú estás. No quiero traumarte tu infancia. — Rió el Santo de Cáncer.

Máscara Mortal no respondió. ¿Una lección? A él le parecían trofeos. Sí, premios que se otorgaba a uno mismo por su poder, su fortaleza. Si habían sido asesinados, es que se lo merecían¿no era así? Todo era parte de la justicia poética: los malos acaban mal, los buenos con bien. Quizá como Santo, su misión era precisamente esa… acabar con el mal, burlarse del bien. Después de todo, cuando era aún más pequeño y andaba por las calles áridas de Sicilia, siempre veía a aquellos ángeles con sus espadas, seres que en el nombre del bien, exterminaban al mal. O lo que ellos creían que era el mal.

Porque al final de cuentas, nadie sabía realmente en que consistía hacer el bien o el mal. Todo dependía del punto de vista.

Recordaba aquellos sermones religiosos a los que le obligaban a asistir, cuando el sacerdote alzaba aquél cáliz repitiendo que esa era la sangre de Cristo. Rememoró la muerte de su padre, con aquel hilillo de sangre saliéndole de las orejas y de la boca. ¿Qué diferencia había entre esas sangres? Al final todo se resume a eso: a esa sustancia viscosa.

— ¿Te quedarás ahí todo el día o vendrás a entrenar? — Masculló con fastidio Johan saliendo del templo.

El niño salió de su letargo y siguió a su maestro. Mientras caminaba, pensaba en que tal vez el rostro de aquel hombre sería uno de sus primeros trofeos.


—El Patriarca no está nada contento contigo.

—Jamás lo ha estado; un disgusto más en su vida desafortunadamente no le ocasionará un paro cardíaco.

—Eres un grosero, Kratos.

El romano ignoró el comentario de la amazona dorada. Apenas acababa de llegar y no tenía nada de ganas de estar soportando comentarios que él ya sabía. Sí, se había quedado un par de días en Rhodorio porque francamente, no quería llegar al Santuario para comenzar un entrenamiento que… eh… no tenía la menor idea de cómo comenzar.

Helga miró al pequeño que lo acompañaba y sonrió.

—Supongo que eres Camus¿verdad?

—Supones bien. — Contestó Kratos.

—Le estoy hablando a él. — Le reprochó enojada la amazona. — ¿Cómo estás, Camus?

—Bien, creo. — Contestó el francés.

—Bueno, es mejor que un "que te importa" que usualmente contesta tu maestro.

—Es que aún no aprende. — Gruñó el Santo de Acuario.

—Dioses, espero que no lo haga nunca. — Rió divertida la amazona.

—Camus, ve a acomodarte en tu nueva habitación. Y apresúrate, que tenemos que comenzar a entrenar. — Ordenó Kratos.

El niño obedeció y se retiró.

— ¿Y bien? No habrás corrido a Camus por mi mala influencia, supongo. — Dijo distraídamente Helga.

—No, ya tendrá tiempo de impregnarse de ella en el futuro. Quería preguntarte cómo está Eetrin.

— ¿Eetrin, estamos hablando de la misma persona…, el ebrio, sarcástico, manipulador, cínico de Escorpión al que detestas?

—Supongo que no conozco a otro. — Dijo Kratos encogiéndose de hombros.

—Pues vivo, al menos. Si quieres escuchar su historia, estará encantado de relatarla.

—No me interesa hablar con él, sólo quería saber si está bien.

—Eres extraño, Kratos. — El Santo le dirigió una mirada asesina a la amazona. — Pero sí, está bien. Parece que intentó hacerla de héroe cuando cayó de un bote y estuvo a punto de ahogarse. Fuera de eso, no ha querido dar demasiados detalles aunque ha estado algo raro, demasiado pensativo para alguien como él.

Al menos estaba bien, pensó Kratos. Hubiera sido una lástima que muriera sin que hubieran podido tener una pelea más digna de recordarse que todas sus discusiones tontas.

— ¿Y a ti cómo te fue? — Inquirió Helga.

—Perfectamente¿acaso lo dudabas? — Sonrió el Santo de Acuario.

La amazona lo miró extrañada. ¿Eso había una sonrisa genuina o se estaba burlando de ella?

—Entonces sería bueno recordarte que el Patriarca te está esperando. Te recomendaría que fueras lo antes posible, si quieres me quedo con Camus.

—Ah, detesto que me arruinen el día. Bien¿y tú alumno?

—En mi templo, cultivando rosas.

Kratos pensó que ya habían sido demasiadas preguntas para un sólo día.


Cualquiera que mirase al Santo de Géminis, pensaría que alguien le había robado toda su juventud. Su mirada lucía vacía, su rostro por demás inexpresivo y las ojeras que le daban sombra a sus ojos lo hacían ver más deprimente. Y parecía que en realidad, no tenía ninguna razón para estar en ese estado de ánimo. Saga y Kanon, sus alumnos, últimamente preferían "entrenar solos" y se iban largas horas a… bueno, se iban a algún lado mientras él se quedaba en su templo solo, con un largo y tedioso libro que lo sacara de su aburrimiento.

No sentía que tuviera algo útil que ofrecer. Había enseñado todo lo que sabía, quizá hasta lo que no debería. Recordó aquellas horas en la madrugada en las que Saga se le acercaba a despertarlo para enseñarle que ya había perfeccionado su técnica. Complacido, Haeilk no tenía más que sonreír y acompañar al chico a las afueras para que le mostrara su avance. Era sorprendente el cosmos que irradiaba, con que facilidad asesinaba aquellos animales nocturnos que se atrevían a cruzarse en su camino.

Pero esos eran otros tiempos, pensó el Santo de géminis. Cuando los niños eran precisamente eso y confiaban ciegamente en él, cuando era alguien omnipotente. Hoy todo había cambiado y lo sabía. Sentía la mirada furiosa de Kanon, el alarde de superioridad de Saga y sus juegos infantiles que habían pasado a ser violentos, de resistencia… muchas veces incluso había sangre.

Un estremecimiento le recorrió el cuerpo. Si, recordaba aquellas heridas que se habían provocado apenas el día anterior, cuando Kanon había arremetido contra Saga y por instinto, el último se había defendido… muy brutalmente. Cuando Haeilk había llegado, el menor de los gemelos yacía inconsciente ante un desesperado Saga que no dejaba de clamar que "era un error, todo había pasado muy rápido."

El Santo de géminis suspiró. Sentía, algo le decía que su fin estaba próximo. Y extrañamente, esa perspectiva no lo inquietaba, sino todo lo contrario. Había sido un fiel Santo de Athena, un maestro por demás respetable… un mal padre, quizá. Pero a él no le dijeron que habría tenido que ser padre. Su deber era ser maestro.

Y su fin, morir a manos de sus alumnos. Sólo de esa manera sabría que estaban listos.


Algernón miró una vez más a Aioros. El futuro portador de la armadura de Sagitario estaba enseñándole algo a Aioria que él no alcanzaba a escuchar, pero bastaba mirar fijamente a Aioros para darse cuenta de cómo se esforzaba, con que paciencia atendía a su hermanito y como repetía, repetía… hasta que el niño aprendiera.

Y si, Aioria era pequeño. Pero tenía una gran fiereza de espíritu que no se comparaba a la de nadie. Y su cosmos lo denotaba por igual.

—Santo dorado de Leo, eh. — Irrumpió una voz al lado de Algernón.

—Sí, el niño no lo hace nada mal. — Contestó el Santo de Sagitario.

—Bueno, quizá debería agradecer a Aioros el que me haya ahorrado tener un alumno. — La voz era de Siroe que observaba, no sin cierta nostalgia, a Aioria.

—Podrías ayudarlo. Desde que el discípulo de Iván llegó, Aioros hizo una buena amistad con él y prefiere pasar la tarde ahí. — Dijo Algernón, en referencia al Santo de Capricornio y su alumno Shura.

— ¿En verdad crees que podría enseñarle algo?

—Claro, al fin de cuentas debió haber sido tu alumno. — Sonrió el sagitario. — ¿Puedes venir mañana?

—Uhm, no. Tengo que partir hoy a la Isla de la Reina Muerte.

— ¿Misión?

—Controlar a un grupo de rebeldes. Sus horrendas armaduras negras están provocando enojo en el Patriarca y ya que ustedes están demasiado ocupados con sus alumnos, yo he de ir.

—No creo que sea un gran problema. Te deseo suerte.

El Santo dorado de leo sonrió. Sí, ya casi era hora de partir. La idea le aburría, pero la perspectiva de volver y enseñar un poco de lo que sabía a alguien que en un futuro tendría su armadura era sumamente emocionante.

Se despidió de Algernón y partió rumbo al Recinto del Patriarca. No olvidaba que aquel hombre le había dicho que antes de partir debería de presentarse con él.


— ¿Señor?

El Santo de Acuario se paseó aburrido por todo el Recinto. Sí el Patriarca lo había mandado a llamar¿dónde demonios se supone que estaba?

—Kratos, me alegra verte de nuevo. — Dijo la máxima autoridad del Santuario, apareciendo tras una puerta.

—Me gustaría poder decir lo mismo, Excelencia. — Respondió el Santo con su típica sonrisa de autosuficiencia.

No es que no lo hubiera escuchado, pero realmente Shion no tenía demasiadas ganas de discutir con nadie. Mucho menos con él.

—Los guardias me informaron que estás aquí desde hace tres días¿por qué no llegaste de inmediato al Santuario¿Acaso la presencia de Eetrin provocó ese infantil comportamiento?

—En lo absoluto, señor. Simplemente trataba de retrasar este momento agónico y esta escena incómoda.

—Ya veo. ¿Y tú alumno?

—En mi templo.

—No te portaste muy bien en París¿verdad, Kratos?

El romano no contestó. Bien, si pelearse con una monja era no portarse bien entonces efectivamente así era. Ah, es que esa mujer le era exasperante. Ella y su odioso despacho con esas imágenes escalofriantes y el terrible olor a naftalina que sepan los dioses de donde provenía.

—Lo supuse. — Rió el Patriarca. — Sé que detestas quedarte en el Santuario, Kratos. Pero no te preocupes, el entrenamiento de Camus implica que vaya a Siberia contigo.

— ¿Es que quiere matarlo?

—No, pero ten en cuenta que él portará esa armadura que llevas. Debe aprender a manipular el hielo, a ser un maestro con él.

—Lo veo algo difícil, pero ya que insiste…

—No lo subestimes, Santo de Acuario.

El aludido inclinó la cabeza. Esperaba ansiosamente que el discurso de bienvenida acabara.

—Espero que lo cuides bien, Kratos. — Finalizó el Patriarca. — Sabes que Madeleine te lo agradecería.

El romano dio un respingo. ¿Cómo diablos sabía ese hombre prácticamente TODO?

— ¿Madeleine, señor?... — Inquirió ingenuamente Kratos.

—Sí, la madre del niño. Sé que la conociste. Claro que cuando tuviste que abandonar París para convertirte en un Santo de Athena dejaste de saber de ella.

—Sí, la recuerdo… escasamente.

— ¿Escasamente, Kratos? Que ingrato eres, teniendo en cuenta que si mal no recuerdo ella fue tu amiga durante mucho tiempo.

Un leve rubor tiñó las mejillas del Acuariano. Shion sonrió para sus adentros. "¿Quién ganó ahora, Kratos?", pensó divertido.


Milo había logrado huir momentáneamente de su maestro. Vamos, que cuando Eetrin se ponía a cantar no se daba cuenta de lo que ocurría a su alrededor.

Caminó perdido unos minutos, tratando de encontrar algo en qué divertirse. Pero teniendo en cuenta que sólo había rocas, insectos, sol, más rocas y niños con el ceño fruncido pronto se dio por vencido.

Estaba dispuesto a regresar a su templo, cuando observó a alguien que no precisamente tenía la pinta de estar molesto, sino tan aburrido como él. No perdía nada intentando darle alcance.

— ¡Oye, tú! — Gritó cuando ya estaba cerca. El niño lo miró estoicamente. Milo se detuvo en seco.

— ¿Qué quieres? — Contestó.

—Pues… quitarme el aburrimiento¿tú? — Inquirió Milo.

—Huir de aquí.

El pequeño escorpión lo miró con atención. Apenas entendía un poco de su griego, pues el niño tenía un chistoso acento del que supo que era mejor no reírse por la cara de pocos amigos que tenía.

—Yo sé como hacerlo. — Se ufanó Milo.

— ¿Ah, sí? Dímelo. — Contestó con presteza el niño.

—Soy Milo.

—Camus. — Contestó confundido. — ¿Qué tiene que ver eso con huir de aquí?

—Nada, pero quería saber tu nombre… pero mira, ahora que he estado deambulando he…

— ¡Camus! — Gritó una amazona.

El mencionado puso cara de fastidio.

— ¿Es tu maestra? — Preguntó Milo.

—No, se quedó "a cuidarme" mientras volvía mi maestro. Pero se entretiene muy fácil husmeando en el templo de mi maestro.

—Mi maestro ni siquiera se dio cuenta de que salí. — Rió Milo.

La amazona se acercó a ellos.

—Supongo que tú debes de ser Milo, el alumno de Eetrin.

—Sí. — Contestó débilmente.

— ¿Qué haces aquí, el irresponsable de Eetrin te dejó merodear solo?

—Sí… bueno, no. Es que… estoy tomándome un descanso. — Sonrió Milo.

Durante esa conversación, Camus había aprovechado para volver al templo. No tenía nada de ganas de fomentar amistades con nadie y sí su maestro regresaba en cualquier momento sería bueno que encontrara al menos a alguien ahí.

Milo lo observó marcharse y dio un suspiro de resignación: — ¿Todos en este Santuario son tan apáticos? — Dijo, en una pregunta que era más bien retórica.

—Te acostumbrarás, — dijo la pisciana poniéndose en marcha — o enloquecerás. Lo que ocurra primero. De todas formas tendrás que quedarte.

Era innegable la magnificencia del Santuario. Contemplar aquel lugar que durante eones había sido habitado por los mismos dioses. Donde el tiempo parecía detenerse, donde el olor a sangre aún podía sentirse…

Milo sintió la inmensidad del Santuario y su propia pequeñez. Cerró los ojos. Era increíble como su vida había cambiado en menos de una semana; todo un mundo diferente, complejo se abría ante él. Pensó en la tumba de su familia, en como apenas unos días él era sólo un pescador más en aquel pueblo, sin saber lo que el destino le tenía preparado.

Y lo peor, es que Milo sabía que esto era sólo el comienzo.


—Ten cuidado. Es todo lo que puedo decirte.

—Lo tendré, Excelencia.

Y con una reverencia, el Santo de Leo abandonó el lugar.

"Adiós".


N/A: ¿Me tardé un poco?, lo siento. Con eso de que soy de las que empiezan un proyecto y le cuesta darle continuidad. Menos mal que con esta historia ya voy algo avanzada, je. ¡Ah!, este último diálogo anónimo (bueno, ni tanto) lo acabo de agregar. Ya sé que no debo improvisar en los fics, pero me pareció bastante necesario para lo que se desarrollará en los siguientes capítulos que PROMETO que se pondrá mejor.

Gracias a los que se han molestado en leerme. Y mil gracias más a quienes incluso me han dejado un review¡se cuidan!