Estoy vivaaaa... *hace ruidos de dinosaurio saliendo de un huevo al estilo jurassic park*

Si... si, *se limpia la ropa polvosa despues de tanto tiempo de inactividad*

Madre también los extrañó, a ustedes los shippers y a mis bebes de snk.

Lamentablemente (para mi), este será el ultimo capítulo de esta historia... pero como se alargó un poco (mas de 9000 palabras) el final final saldra en un epilogo CORTO, de verdad solo unas cositas que han quedado fuera de explicacion. Nada más. Unas mil palabras mas que finalicen esta historia. Si, es una buena decisión, mjmmm esto es lo mejor. Ya van a ver como lo visualizo en mi mente *lo visualiza en la mente*.

Los quiero mis lectores, de verdad he hecho muchas amigas después de este fic. Guardo cada recuerdo en mi corazon de otaku obsesionada con hombres besándose.

Ya no los detengo, sigan con la historia.

P.D: cambie la clasificación a M.


Capítulo 14. Estaré contigo

Traer a alguien del mundo de los muertos no era una tarea fácil.

Marco sabía que se hicieron muchos cambios en los reportes del día de Trost, en los informes que llevaban su nombre, en el registro de las defunciones de los soldados en ese año y en el recuento de personas que trabajaban al servicio de la ley.

Estaba vivo, por eso hubo que cambiar todo lo escrito en papel que decía que no era así; y a pesar de todo el trabajo que eso pretendía, había algo más difícil de hacer:

Decirle a una madre que su hijo no está muerto después de todo.

No tenía idea de cómo era posible hacer algo así.

Erwin tomó ese trabajo en sus manos, actuando como el líder que velaba por el bienestar de sus hombres. También como la persona con la suficiente astucia e inteligencia para llevar a cabo una tarea que necesitaba mucho tacto y empatía.

De alguna forma el comandante siempre tenía las respuestas correctas.

Se le había enviado una carta a la madre de Marco, donde se relataba que él fue contado como fallecido cuando lo identificó otro soldado.

¿Cómo podían borrar ese hecho?

Jean estuvo dispuesto a cargar con la culpa.

La carta que Erwin Smith se encargó de escribir decía que el soldado se había equivocado con la identificación, debido a la deformación del cuerpo por la destrucción parcial ocasionada por un titán. Cualquiera podría confundirse de persona cuando tenía miedo, había presenciado muchas muertes y estaba en shock frente a un cuerpo desfigurado por un monstruo gigante.

La carta también se encargaba de decir que las Tropas de reclutamiento no volvieron a ver a Marco, y que él no se enlistó en una división militar. Por lo que nadie sabía de su condición de estar vivo.

Marco era el único que podría decir dónde había estado todos esos meses.

Erwin se encargó de instruirlo también.

Fracturas, golpes, heridas… toda esa carga física que necesitó que él estuviera en cuidados intensivos por un tiempo imposible de cuantificar con exactitud. ¿Quién sería el misterioso médico que lo trató? ¿Ese buen samaritano? No importaba realmente, Hanji o incluso Grisha Jeager… Marco no tenía buena memoria de una época en la que su cabeza estaba más dañada que su cuerpo.

Marco sanó, pero su memoria no era la mejor. No se unió a ningún equipo militar. Pero trabajó con una familia humilde ayudándolos en un cultivo o algo así de cursi que él probablemente haría (esas fueron ideas y palabras de Jean, que estaba seguro que encajaban con su personalidad). Hasta que fue encontrado por la Legión de Reconocimiento y reconocido por sus antiguos compañeros. El tiempo se encargó de devolverle su memoria poco a poco.

Trabajaron toda la noche, los líderes, Marco y Jean, intentando pulir los detalles; Armin incluyó más ideas que también usaron. Era todo un embrollo meterse en esa mentira, pero la condición de titán y los nuevos poderes del pecoso eran un secreto de estado. La familia de Marco peligraría si se enteraban de ese hecho. Nadie fuera del círculo militar debía saberlo, lenguas traicioneras podrían llevarlo a oídos de sus enemigos; los titanes cambiantes que traicionaron a la humanidad no debían enterarse de lo ocurrido.

Después de afinar la gran mentira que crearía de su vida, Marco escribió una nueva carta a su madre. Con su propio puño y letra donde afirmaba que estaba vivo y quería visitarla, dio aviso de esto una semana antes de partir a Jinae.

Era lo recomendable para no darle un ataque al corazón.

Quería que estuviera preparada mentalmente, por lo que dejó escrito una fecha y hora aproximada de su llegada.

Repasaba en su mente lo que diría, una y otra vez, como un mantra. Mantener la mentira en pie, no quebrarse, sonreír e intentar ignorar la culpa de ser tan deshonesto con alguien que lo quería tanto.

Es para protegerlas, se decía a sí mismo. Eso no lo hacía sentir mejor.

La carga era pesada, la emoción se mezclaba con ansiedad y culpa.

No podía hacer esto solo.


Le sorprendió un poco que Marco le pidiera ir con él.

Jean consideraba que sería algo que el pecoso querría hacer solo. Aunque claro que, si se lo pedía, iría con él. Por supuesto que aceptó acompañarlo.

Cabalgaron en el camino, Jean se adecuó al paso de Marco. Iba bastante lento, el caballo sólo caminaba, llevar este ritmo les tomaría más tiempo en llegar. Aun así, no dijo nada.

Harían todo a la manera que el chico de pecas deseaba.

Jean guardó silencio gran parte del camino, miraba de reojo a su mejor amigo, quien mantenía su vista al frente con la mirada seria. Marco movía sus dedos, jugaba con las riendas del caballo, mordía sus labios de vez en cuando, los pequeños gestos evidenciaban su ansiedad.

El silencio no era algo con lo que Jean fuera muy bueno.

—¿Estás nervioso? —preguntó.

Marco pareció sorprenderse, como si alguien lo hubiera sacado de su mundo interno a la fuerza. Quizás eso era exactamente lo que había pasado.

—Ah… eh… no —dijo con una sonrisa. Diablos, era esa maldita sonrisa.

Jean se concentró en controlar su rostro para no regresarla.

—Es obvio que lo estás, no me tomes por idiota. —Eso hizo que el pecoso dejara de sonreír—. Si no te sientes cómodo con esto, podemos dar vuelta atrás y volver en otra ocasión.

—¡No! —Jean no pudo evitar abrir más sus ojos, el otro no solía levantar su voz a menudo—. Es decir, no. Tiene que ser hoy y tengo que hacer esto. Quiero hacerlo y sé que puedo.

—Lo que tú digas, Marco.

—Lamento haber gritado.

¿En serio estaba disculpándose por eso?

—No es la gran cosa, ¿sabes? Todos lo hacemos —le dijo—. Pero creo que hay otras cosas más serias por las que debes disculparte.

Marco pareció realmente sorprendido de escuchar eso.

—¿De verdad?

—Claro. Digo, no tienes idea de lo mucho que has dañado a otros.

Marco lucía verdaderamente preocupado.

—¿Qué? Dime qué hice.

—A mí más que a nadie.

—¡Por Sina! ¿Cómo te dañé?

—Me hiciste creer que habías muerto, Marco.

—¿Qué?

—Así es. No tienes idea de lo mucho que eso me afectó. No pude comer bien, no dormía bien.

—Me hiciste creer que habías muerto, Marco.

—¿Qué?

—Así es. No tienes idea de lo mucho que eso me afectó. No pude comer bien, no dormía bien.

—¿Estás hablando en serio? —la sorpresa se había ido de los ojos de Marco.

—Lloré unas cuantas veces, te dejaba flores cada semana. Fue una época muy oscura para mí.

—No puedo creer que me estés diciendo esto.

—Exacto, Marco. Yo tampoco puedo creerlo, y ahora vienes y me dices que todo este tiempo has estado vivo. Quiero una compensación por todo el dolor infligido. Fue como un golpe emocional que te dieras el atrevimiento de aparecer como un enorme titán que coqueteaba conmigo.

—¿Quieres que me disculpe por morir?

—Por hacerme creer que estabas muerto cuando claramente no lo estabas.

—¡Eres increíble! Y no lo digo en el buen sentido, de verdad es difícil de creer que una persona normal diría eso.

—Quiero dos disculpas por ese insulto.

—¡Estás loco!

—Ya son tres.

Marco hizo un sonido exasperado.

—Dijiste que me veo nervioso, ¿ésta es tu manera de hacerme sentir mejor?

—No soy muy bueno consolando gente.

—Claramente, no puedo creer que esto fue lo mejor que se ocurrió.

—No realmente. Pensé en besarte, pero estás muy lejos. Si no fuera por los caballos…

Marco se rio.

—¡No puedo creer que me esté riendo! ¡Estoy muy molesto contigo!

—No te escuchas muy arrepentido.

—¿Arrepent…? ¡Oh cállate, Jean! No puedo creer el novio que tengo.

—Entonces, ¿somos novios?

Marco se quedó perplejo y sonrojado, luego miró hacia otro lado.

—No actúes lindo cuando intento enfadarme contigo. —Lo escuchó decir con la cabeza a un lado.

—Tú eres el que actúa lindo.

Jean sonrió en el momento en que vio a Marco llevarse las manos a la cara.

—Me gusta la idea de llamarte novio —dijo el castaño, sintiendo un calor subir a su rostro. Probablemente también se estaba sonrojando.

El resto del camino Marco dejó de hacer sus movimientos nerviosos.


Se bajaron de los caballos en la entrada de Jinae, recorrerían el resto del camino a pie. Le daría tiempo a Marco de prepararse mentalmente.

—¿Crees que tu madre me odie?

Marco se rio.

—Mi mamá no odia a nadie, es muy amable.

Jean dejó de caminar, con los ojos muy abiertos, dijo.

—Si eres tú quien dice eso… ella debe ser el epítome de la amabilidad.

—Basta —le indicó—. Sólo espero que no note tu fachada de chico malo.

—No tengo una fachada de chico malo.

—¿Ah no? Jean, eres ruidoso, dices lo que piensas sin importarte lo que otros opinan, a veces hasta hablas con tono más fuerte porque quieres que todos escuchen y luego te metes en enfrentamientos por eso, pero también parece que disfrutas los argumentos y las peleas.

—Eso me hace un hijo de puta.

—Eso te hace un chico malo.

—Pero no es una fachada, de verdad soy una mierdecilla.

—Claro que no. Un chico malo me gustaría; pero alguien que es honesto a pesar de todo, que se preocupa por otros, que está dispuesto a ayudar, que piensa en los demás a pesar de él y que se unió a la Legión Militar porque sabía que era el lugar donde haría una diferencia aún al costo de su propia vida; ese es alguien del que me puedo enamorar.

Marco fue tomado por sorpresa cuando las manos de Jean se posaron en su rostro de manera tan repentina, aún tenía sus ojos abiertos cuando el otro lo besó.

Cerró sus ojos de manera inconsciente, y no los abrió cuando Jean se separó de él. Hizo un sonido complacido cuando sintió que sus frentes se tocaron.

—Es muy fácil enamorarse de ti. —Escuchó a Jean susurrar, su aliento caliente rozó los labios de Marco—. Ahora sigamos caminando, que la gente nos está mirando.

Marco lo intentó, pero su cabeza se sentía muy ligera y sus rodillas débiles. No estaba seguro si era el beso o las palabras de Jean.


A pesar que Marco actuó con tranquilidad durante toda la hora que caminaron, Jean pudo darse cuenta que se acercaban cuando él volvió a jugar con sus dedos y a morderse los labios. Puso una mano en el hombro del otro a manera de tranquilizarlo, pero no estaba seguro si él la había sentido. Era como si se hubiera aislado de cualquier toque externo y de nuevo estaba en una burbuja solitaria de ansiedad y miedo.

Y no había nada que Jean pudiera hacer para sacarlo de ahí.

—¿Es aquí? —preguntó tontamente cuando se detuvieron frente a una pequeña casa del pueblo.

Vio a Marco asentir, se alegró que por lo menos fuera capaz de escucharlo y responder.

—Todo saldrá bien —le dijo suavemente—. Están esperándote, quieren verte de nuevo, estarán muy felices.

Creyó que decir eso era lo más adecuado, y lo que el otro necesitaba escuchar.

Pudo ver cuando Marco levantó la mano y sus dedos temblaban, la hizo un puño que se agitaba levemente. Vio el rostro de su mejor amigo que se contraía en un deseo por no derrumbarse ahí mismo.

La temblorosa mano tocó a la puerta.

No produjo ningún sonido.

Jean se sintió movido a tocar en su lugar, pero controló su impulso. Esperó a que el otro tocara otra vez.

Marco golpeó la puerta con más fuerza.

Jean vio la manzana de Adán subir y bajar cuando el chico de pecas tragó.

La puerta se abrió.

Detrás había una señora canosa con ojos cansados, su pelo amarrado detrás en un holgado moño. La sonrisa de la mujer fue tan amplia que creaba arrugas en las esquinas de sus ojos. No vio nada más que al joven frente a ella, si hubiera habido un titán en ese lugar, habría pasado desapercibido de su mirada.

Ella se arrojó a los brazos de su hijo, él la abrazó fuertemente. Ambos se arrodillaron sin soltarse, se postraron ahí mismo, en el marco de la puerta de su hogar.

Una niña se arrojó al par.

—¡Hermano mayor! —gritó con voz aguda y conmocionada.

Jean sintió que estaba invadiendo esa privacidad, se hizo a un lado y se dio la vuelta para dejar de mirar, topó su espalda a la pared de la pequeña casa. Sintió la dura superficie contra la parte trasera de su cabeza. Inspiró profundamente, y luego espiró, se quedó en silencio intentando ignorar el llanto de esas dos personas. Tragó saliva.

No supo exactamente cuánto tiempo estuvo ahí, suspirando mientras escuchaba una conversación de la que él no era parte, confesiones que no sabía si debía escuchar, promesas que no le concernían.

—Mamá, él es Jean —escuchó a Marco decir, levantó su cabeza al escuchar su nombre.

La voz del pecoso sonaba ronca, sus ojos estaban rojos y húmedos, unos rastros de agua marcaban sus mejillas. Jean quiso apoyar una mano en el rostro de su novio, pero se abstuvo. La señora se limpiaba las lágrimas de su cara sin parar, la niña miraba hacia abajo respirando con dificultad, las gotas claras brotaban de sus ojos como una fuente incesante.

La mujer abrazó a Jean sin parar de llorar.

—Gracias por traerme a mi hijo —musitó entrecortadamente.

El castaño miró a Marco, quien también secaba sus ojos con el dorso de la mano.

Fue un buen reencuentro familiar, una madre que recuperó a su hijo y una niña que recobró a su hermano.

Margaret y Marianella Bodt eran buenas personas, Jean lo sabía, y aunque no las conociera, le agradaban sólo por el hecho de ser familiares de Marco. Aunque le parecía una locura que sus nombres fueran todos tan similares, no comentó nada al respecto.

Jean explicó lo que había ocurrido con Marco todo ese tiempo (la mentira que crearon con Erwin), pero ellas no preguntaron nada al respecto. Para ambas lo único que importaba era tener a su hijo y hermano de nuevo, todo lo demás era irrelevante. Jean se había preparado para responder cualquier tipo de pregunta sobre Marco, pero al final no fue necesario. Quizás la madre de Marco entendió que algunas cosas jamás podría saberlas, o quizás presintió que le estaban mintiendo, porque no presionó más.

Ella debía saber cómo funcionaba el mundo.

La señora Bodt había preparado una comida para su hijo, y también le sirvió un poco a su acompañante, mientras la pequeña Mary corría a mostrarle todo lo que había aprendido en la escuela, también le enseñaba dibujos que había hecho de él y del resto de la familia. Incluso había dibujado a su padre, cosa que hizo que Marco tragara con dificultad.

—¿Sabías que Jean dibuja también? —comentó Marco casualmente.

—¿Mm? —preguntó el aludido mientras se introducía una cucharada de sopa de tomate a la boca (un almuerzo de tomates, varios tipos de quesos y hierbas deliciosas que Marco había dicho que era una receta familiar especial que se había mantenido en su gente desde hace cientos de años, desde antes de la existencia de las murallas, cuando las personas vivían separadas por razas y países.)—. Si… yo dibujo muy mal —dijo después de tragar.

—¿Tienes un dibujo aquí? —preguntó la pequeña con timidez.

—Eh… no… princesa, yo… los tengo en la Legión —no estaba seguro de cómo hablarle a los niños, Jean era terrible para eso.

—No soy una princesa.

—Ah… ¿no? —lo estaba haciendo mal y lo sabía—. E-entiendo, ¿entonces, qué eres?

—Un soldado —dijo ella con completa seriedad—. Así como mi hermano.

—Ermm… No, Mary… ¿no crees que es mucho mejor ser una princesa? —intervino Marco, nervioso.

—Pero tú haces cosas importantes y he visto a los soldados volar entre los muros y se ven geniales —contradijo ella—, yo también quiero ser una heroína.

Jean vio a Marco y creyó poder empatizar con el pánico que estaba experimentando en ese momento. El pecoso acababa de regresar de la muerte después de haber sido un soldado, había tenido una suerte que no muchos conseguían. Su familia había sufrido su pérdida y experimentado el gozo de tenerlo de regreso. Jean jamás desearía que alguien que él amara tuviera un trabajo tan peligroso. Si tan sólo pudiera convencer a Marco que renunciara…

—Aún tengo varios años para convencerte que no lo hagas —le respondió el hermano mayor suavemente a la pequeña, le acarició el cabello mientras le hablaba.

—Además las camas de los soldados son muy incómodas, y la comida es fea —probó decir Jean, sin tener una idea clara de que hacer para ayudar.

La niña se puso una mano debajo de su barbilla para pensar.

—Creo que mientras los niños no apesten mucho, podré soportarlo.

—Los niños apestosos no son la mayor de tus preocupaciones —dijo Marco con seriedad—. Más bien, es tu vida la que correría pel…

—Aunque claro, desde que te fuiste extrañé el feo olor de un niño. Tu peste ya no me molesta como antes.

—¡Mary! ¡Yo no apesto! —gritó Marco con su cara completamente roja.

Jean no pudo evitar echarse a reír.

—De verdad, hermano mayor, yo te quiero pero es un alivio que no te gusten las niñas… Ninguna te querría.

Jean dejó de reír ante lo que ella insinuó, abrió la boca en sorpresa. Mary lo miró cuando él guardó silencio. Ella se puso seria.

—Mi hermano es gay —explicó y se cruzó de brazos en defensiva—. Eso quiere decir que le gustan los niños, ¿tienes algún problema con eso?

—¡Mary! —el chico de pecas estaba más rojo que antes.

—¡No, claro que no! Eso no es ningún problema —aclaró Jean con sus manos frente a él como si estuviera rindiéndose.

¿Así que la niña sabía? Era un tanto inspirador que su mejor amigo no se hubiera ocultado de su familia, quería decir que no se avergonzaba de quien era.

—Marco… —preguntó la niña con temor—. ¿Qué pasó con aquel chico que te gustaba? ¿Está bien?

—¿Marco te dijo quién le gustaba? —preguntó Jean mirando al pecoso, quien se había cubierto el rostro con ambas manos.

—Si… Cuando mi hermano se fue a entrenar para ser soldado, mamá le preguntó en una ocasión si estaba saliendo con alguien y él le dijo que no pero que había un chico que le gustaba mucho. —Esta vez la pequeña dirigió su mirada al mayor, quien aún no quitaba las manos de su cara, pero se le podía apreciar un tinte rojo en las orejas— ¿Está vivo?

—Jean Kirschtein, a tus órdenes —se presentó Jean ante el silencio del otro, guiñándole un ojo a la chica—. Estoy muy vivo.

Mary tardó unos segundos en entender a lo que el castaño se refería. Parpadeó unas cuantas veces y sus cejas se elevaron junto a sus ojos. Abrió su boca y luego la cerró sin decir nada. Se acercó a su hermano mayor y le habló al oído. Susurró sin realmente bajar su voz a un nivel inaudible, porque Jean pudo escuchar todo lo que dijo sin ningún problema.

—Tienes buenos gustos.

—G-gracias, Mary —respondió Marco suavemente, sin dirigirle la mirada a nadie.

La niña sonrió satisfecha y luego se dio la vuelta; corrió hacia el lado contrario, dejándolos a ambos solos.

—Felicidades por tus buenos gustos, cariño —dijo el castaño dedicándole su mejor sonrisa de lado, de completa auto-satisfacción, con una ceja levantada y mirada arrogante.

—Ella es pésima para susurrar… —le contestó su mejor amigo, separando sus dedos para mirarlo a la cara, sin quitar las manos del rostro— Te odio.

—Aww, esa no es manera de tratar a tu novio —continuó molestándolo—. Ven acá y dame un be…

—Mamá, es él. Te dije que era su novio —decía Mary mientras tiraba la manga de su madre.

—Ya veo, bienvenido a la familia, Jean —dijo la señora de manera muy amable—. Es la primera vez que nuestro Marco trae un chico a la casa, debe ser algo muy serio y especial. No nos había dicho de una relación, así que pensé que eran amigos. Pero me alegra mucho que haya alguien más que lo cuide donde nosotras no podemos estar con él —ella sonrió de manera agradecida.

Jean no se creyó capaz de articular palabra alguna, además sintió un calor subir a su rostro. Lidiar con adultos no era su fuerte. Solamente pudo asentir con su cabeza en respuesta.

—Normalmente Jean no es tan tímido, ¿no es así, "cariño"? —dijo Marco.

Estaba vengándose, el castaño lo sabía. Y él no podía hacer nada para mejorar su situación. Sintió una gran responsabilidad ante la señora Bodt, y estaba ahí con ella, como un estúpido, mirándola sin decir nada.

—Oh, no te sonrojes. Eres un chico bien parecido, no te pongas nervioso, sólo soy tu suegra —agregó mamá Bodt, para mayor mortificación del castaño.

Los Bodt no eran ángeles, ninguno de ellos. Todos ocultaban una maldad interna, un deseo por matar a Jean de la vergüenza. Se ocultaban muy bien, vaya que sí, perfectamente debajo de esas sonrisas amables que las personas adoraban de ellos, pero su verdadera misión era hacer que el castaño se sintiera pequeñito. Jean quería que se abriera un agujero en la tierra tan grande como para que lo tragara entero y jamás nadie volviera a escuchar de él y su historia.

De repente escuchó a los Bodt reír e indicarle que sólo estaban bromeando con él. A pesar que se sintió menos tenso que antes, sabía que su sonrojo no desaparecería hasta dentro de unas horas.


Faltaban sólo unas cuantas horas de luz.

Jean se alejó un poco para dejarlos despedirse sin inmiscuirse en momentos tan íntimos y familiares. Cuando quiso darle la mano a la señora, esta lo abrazó y la pequeña Mary también. Ambas tenían los ojos rojos y húmedos, y Marco también parecía que aguantaba las ganas de llorar. El pecoso les prometió que las volvería a visitar otra vez, y que no dejaría que pasara tanto tiempo.

—Espero que mi hermano no apeste mucho para ti —le dijo Mary—. Marco, tienes que bañarte todos los días.

—Mary, ¡ya basta! —dijo Marco volviéndose a sonrojar.

—Para mí hueles bien —opinó Jean.

—Ew, tu nariz no sirve —contrarrestó la niña.

Jean se rio.

—No sé qué le pasó, Jean. Ella solía ser tan dulce.

Al castaño le había gustado esa familia, realmente quería volver a visitarlos en el futuro. Él y su novio se dieron la vuelta y emprendieron el viaje de regreso a su hogar en la Legión de Reconocimiento.

—Vamos a tu casa la próxima vez, aún no he conocido a tu madre —dijo Marco de repente cuando ambos cabalgaban. Nadie iba con ellos, estaban solos una vez más.

—Meh, mi mamá es muy vergonzosa. No va a ser nada agradable.

—¡Claro que lo será! Me encantaría conocer a la mujer que te trajo al mundo —exclamó el chico de pecas con una gran sonrisa.

—Me equivoqué, tú eres el vergonzoso.

Marco se rio.

—Ya en serio, apuesto a que comeríamos Omurice.

Jean lo volvió a ver, con expresión en blanco.

—¿Cómo sabes…?

—Es tu comida favorita, ¿no? Es lo que ella siempre te prepara —dijo el otro levantando una ceja.

—Si… así es.

La memoria de Marco de verdad había mejorado.

Jean sintió algo dentro de él moverse con calidez, al escuchar que el pecoso recordaba esos detalles, después de tanto tiempo.


Marco estaba parado firmemente, se había quitado las botas. Quería sentir el césped bajo sus pies. Cerró sus ojos porque quería que sus demás sentidos se agudizaran. Respiró profundamente y lo dejó salir con lentitud.

—¿Te sientes en tu elemento? —escuchó que le preguntó una voz.

—Eren, deja que se concentre —dijo otra más aguda, femenina.

—Debe sentirse en su elemento —explicó Eren.

—¿Qué quiere decir eso? —preguntó Marco.

—¡No abras tus ojos, te saldrás de tu elemento! —gritó Hanji.

Marco estaba muy confundido, no estaba seguro de lo que "estar en su elemento" realmente significaba. Pero igual volvió a cerrarlos para intentar ignorar a Eren y Hanji, Levi era el único que no hablaba.

—Ahora lleva tu mano a tu boca y muerde con fuerza para sacar sangre —dijo el castaño.

El pecoso hizo una mueca.

—¿No hay otra forma de hacer esto? —preguntó.

—Podemos darte una navaja —alentó Hanji.

—Pero tiene que haber sangre —agregó Eren nuevamente.

—Niño, hablas como todo un carnicero —finalmente agregó Levi. Marco no lo conocía bien, pero le pareció que el sargento lucía entretenido.

—¡Pero es verdad! —se defendió el de ojos verdes.

—Mocoso, estoy seguro que eso funciona muy bien para ti —estableció el pelinegro, luego se dirigió al pecoso—. Marco, debes encontrar el método que te resulte mejor. Es obvio que cada titán será diferente.

Marco agradeció en silencio. Se miró a sí mismo y sacó una de las cuchillas del equipo de maniobras. Respiró profundamente y se hizo una cortada rápida en la mano izquierda. Siseó ante el agudo dolor.

Vio como dejó de sangrar en segundos.

—No me sorprende —opinó Hanji llevándose una mano a la barbilla—. Lo mismo ocurrió con Eren.

—Lo que pasa es que no luces como alguien que está listo para luchar, debes sentir esa necesidad de poner todas tus fuerzas en tu objetivo. Como si estuvieras listo para matar cien mil titanes.

—Que acabo de decir, ¿no me escuchaste? Él no es igual que tú —dijo Levi poniendo su mano en la cabeza de Eren, presionando hacia abajo; logrando que el otro se agachara a su nivel.

—Ow, ow, de acuerdo. Lo siento —se disculpó el de ojos verdes.

Marco vio su mano nuevamente y la herida se había cerrado sin dejar ni una sola marca. Cuando levantó la mirada se dio cuenta que Hanji caminaba hacia él.

—Marco, dime la verdad. ¿Quieres transformarte en titán? —preguntó.

—¡Claro! De verdad quiero ayudar —exclamó.

—¿No tienes ninguna duda al respecto?

Él guardó silencio unos momentos y lo pensó. Quería ser útil y sabía que no era el mejor soldado por sí solo, sabía que si se transformaba se convertiría en una ayuda extra que marcaría una diferencia en un momento decisivo. Mejoraría exponencialmente la fuerza en combate de la Legión, y demostraría que el Generalísimo se había equivocado cuando pensó que él era un peligro para la humanidad.

Nada quería más que eso.

Pero…

—Temo que si me convierto en titán no podré regresar —dijo, desvió la mirada y continuó su confesión—. ¿Y qué pasa que si no puedo controlarme? O si puedo hacerlo y pierdo la memoria otra vez.

—Todo eso puede pasar —dijo Levi—, tienes razón tal vez no deberías transformarte.

Marco se le quedó mirando al sargento, era imposible que hablara en serio. Debía estar tomándolo del pelo, eso era sarcasmo, ¿cierto?

—¿Qué? —Fue lo único que pudo articular.

—Nadie puede obligarte a que lo hagas, si no tienes la motivación.

—¡Quiero ayudar! —dijo el chico de pecas.

—Todos quieren ayudar, chico —objetó el pelinegro—. Eso nunca ha sido fácil. Es posible que tengas que hacer un sacrificio, o que tengas que superar esos miedos.

—Levi tiene razón —agregó Hanji—. Pensar en las cosas que te retengan no te ayudará si tomas la decisión de convertirte.

—Creo que deberías intentarlo, Marco —opinó Eren—. Me gusta que haya alguien más que sepa lo que se siente. Es increíble que también puedas hacerlo, y que mi papá lo haya hecho… —el chico de ojos verdes miró el césped cuando volvió a hablar, esta vez con mayor suavidad—. Creo que es genial sentir que toda la carga de ser la "esperanza de la humanidad" se vuelve un poco más ligera contigo.

Todo este tiempo Eren había cargado con esa responsabilidad completamente solo.

Y Marco ahora podía ayudar. No sería tan bueno como él, no tenía la misma rapidez o habilidades en la lucha, pero podía hacerlo. Tendría la fuerza y el poder de ser un titán. Podría cargar con esa esperanza y llevarla a la meta para ganar esta guerra.

—Lo intentaré de nuevo —anunció con la determinación que envidiaba de Eren.


Cuando Jean vio a Marco regresar, notó que las cosas no habían salido bien.

Cabalgó a su encuentro, hizo el saludo militar a sus superiores y ellos hicieron un gesto para despacharlo, Eren sólo lo miró. No hubo una remarcación o un intento por discutir de su parte, el chico lucía cansado. Marco parecía decepcionado.

Se quedó en silencio esperando a que el pecoso hablara, ya tenía una idea vaga de lo que diría.

—No pude transformarme —escuchó al otro decir.

—Ya veo —respondió solamente.

Los demás se adelantaron cuando Marco dejó de caminar. Jean se quedó con él.

—¿Vamos a practicar con el equipo de maniobras? —ofreció.

—Sólo quiero llegar a la habitación.

—El aire fresco te hará bien —presionó.

—Asegúrense de no perderse la cena —les dijo Hanji desde lejos.

Marco suspiró pesadamente.

—Vamos —dijo sin sonreír.

Subió al mismo caballo, lo hizo correr por un sendero que acabó unos kilómetros hacia el interior del bosque. Luego lo amarró a un árbol, dejándolo cerca de una angosta corriente de agua proveniente de un río cercano. Se bajó del equino y Marco lo siguió.

Caminó a su lado en silencio, su mejor amigo debía pensar en mil cosas a la vez. Jean no entendía con exactitud lo difícil que era convertirse en titán, era imposible que pudiera simpatizar completamente con los humanos cambiantes, pero sabía que Eren tuvo muchas dificultades para aprender a dominarlo. La impotencia debía ser frustrante para Marco.

No sabía cómo ayudarlo, no estaba seguro de qué decir. Lo único que podía hacer era quedarse a su lado mientras le aconsejaba respirar aire fresco, o que practicaran combates cuerpo-cuerpo o con el equipo de maniobras. Nunca había sido el tipo de persona que sabía cómo consolar a otros.

Marco parecía estar a punto de gritar; aunque su autocontrol siempre había sido muy bueno, mejor que el de Jean.

—¿Marco…?

—No quiero hablar de eso.

Jean hizo una mueca.

—No tenemos que hacerlo si no quieres, te dije que sólo veníamos a caminar. El aire fresco y toda esa mierda.

Caminaron unos veinte minutos de esa manera, en línea recta sin ver atrás. Ninguno dijo nada. El silencio no era tan incómodo.

—Así que no pudiste transformarte —dijo Jean de repente.

—Te dije que no quie… —Marco hizo un sonido exasperado—. Escucha, si esta es tu manera de hacerme sentir mejor…

—Sólo estoy preguntando, quería saber qué era lo que te tenía tan mal.

—Era un poco obvio.

—Bueno, yo soy un idiota.

—No estoy diciendo eso.

—¿Quieres pelear, Bodt?

—¿Por qué querría pelear contigo?

Para cuando dijo eso, Jean ya estaba colocándose en posición.

—¿Tienes miedo que te gane?

Marco suspiró.

—De acuerdo.

Jean miró al chico de pecas acercarse a él, pero ya estaba listo para recibirlo. Lo esquivó sin dificultad, luego bloqueó los siguientes intentos de Marco por golpearlo. Uno y otro, levantó la pierna para bloquear una patada en su dirección. Se giró tomándolo del brazo para detener otro golpe, se agachó para esquivarlo de nuevo y golpeó con la palma de su mano en el pecho del otro para empujarlo.

—Dime que eres mejor que eso —molestó al otro.

—Siempre fuiste más rápido que yo —se defendió Marco.

—¿Será que no quieres golpearme por lo que sientes por mí?

—Te crees mucho, Kirschtein.

Marco volvió a intentar atacar, Jean volvió a defenderse. Ambos movieron su mano al mismo tiempo y golpearon la mejilla del otro. Retrocedieron.

—Lo siento —se disculpó el de pecas.

—No, está bien. Ya sabemos que eres fuerte, además también te golpeé.

—Sí, pero yo sano más rápido.

—Ah, demonios, es cierto —dijo Jean llevándose una mano a la mejilla para calmar el dolor—. Es un poder genial, Marco.

La expresión del otro cambió.

—En este estado es un poder inútil.

Jean dejó su pose de pelea.

—No es cierto —le dijo—. Nadie más que los titanes cambiantes puede hacerlo.

—"Titán cambiante" —repitió su mejor amigo—. No sé si pueda llamarme así.

—Sólo han pasado unos meses.

—Eso es demasiado.

—No estás en peligro, ¿sabes? No hay tanta prisa. Nadie va a hacerte daño, ¿crees que ejecutaran a un humano porque no puede volverse un titán? ¿Qué importa si no puedes transformarte? Sólo te conviertes en un soldado más y, por lo tanto, estás a salvo como todos nosotros.

Marco suspiró.

—Respóndeme una cosa, ¿sí? ¿De qué sirve estar vivo si no hago algo notable?

—Pero estás esforzándote demasiado, te he visto. No es necesario que te hagas daño para lograr…

—Tengo esta segunda oportunidad, creo que a veces el dolor es necesario.

—No eres el único que lastimas con esa actitud.

Marco se quedó quieto, Jean volvió su rostro hacia otro lado. No quería sacarlo de esa manera, no había sido su intención decirlo. Pero ver a Marco herirse y quebrarse huesos, verlo tan molesto y frustrado consigo mismo, escucharlo llorar en silencio por las noches, estar a la par suya sin poder ayudarlo era doloroso. Se sentía muy impotente.

—Jean…

—¿Ya adivinaste dónde estamos? —lo interrumpió.

El pecoso miró a su alrededor con una expresión de confusión. Parpadeó unas cuantas veces intentando recordar.

—¿Me das una pista? —le pidió después de unos minutos.

—Debes imaginarlo desde una vista aérea. Más o menos diecisiete metros de altura —explicó guiñándole un ojo.

Marco guardó silencio unos segundos.

—¿Aquí es donde estaba cuando era un titán?

—Bienvenido a Ragako, el pueblo de infancia de Connie.

—Vaya —dijo el otro mirando a todas partes, hacia el río, los árboles y el claro verde tan extenso hasta donde sus ojos alcanzaban—. Luce tan diferente, es enorme.

Podría contarle a Marco que si seguían hacia el este, cien metros entre los árboles, encontrarían unas casas destruidas. Podría decirle lo que la Legión había descubierto, como el pueblo había quedado destruido sin marcas de sangre o cadáveres, o rastro de personas. También sombre el ominoso titán que habían encontrado que llamó a Connie por su nombre, y el curioso y extraño parecido que éste guardaba con su madre.

Pero no lo hizo, nada de eso, este no era el momento para más pensamientos negativos.

Jean sintió una gota de sudor bajar por su cuello.

El sol estaba en lo más alto del cielo, sus sombras estaban directamente debajo de ellos. Ya debía ser mediodía.

—¿Tienes un poco de agua? —Escuchó que le preguntaron. Vio a Marco con su cántaro abierto y lo movía de lado a lado sin producir ese característico sonido del agua cuando choca contra las paredes de su contenedor—. Me acabé la mía en la mañana, con todo eso de volverse titán.

—Aquí hay un río, ¿recuerdas? —le dijo.

Marco se quedó en silencio, probablemente recuperando más detalles de sus recuerdos.

Por supuesto que Marco tenía calor, era un humano de nuevo. El Titán Gentil se encontraba en su mayor dinamismo y energía, hablaba más y se movía mejor en esta parte del día; y a Jean le tocaba soportar la fuerte luz del sol, con tal de aprovechar para enseñarle a su titán sobre su mundo alrededor.

Lo guió hacia el lugar, el contraste del fresco verde de los árboles con el suave azul del agua al reflejar el cielo hacía que fuera un escenario muy agradable.

—Es mucho más bonito de cerca —dijo. Marco caminó hacia el agua y se dispuso a llenar su cántaro nuevamente, bebió todo lo que había metido al contenedor, y después lo volvió a llenar.

Jean se sentó a la sombra de uno de los árboles más cercanos y se quitó la chaqueta de cuero que era parte de su uniforme.

Marco lo miró y lo imitó. Dobló la chaqueta y la puso a un lado, de forma ordenada. Se sentó a la par suya.

—Recuerdo que me encantaba que saliera el sol —comentó el pecoso por lo bajo.

—Era tu alimento, eso decía Hanji.

Jean comenzó a desabrocharse las correas de cuero del uniforme.

Marco se le quedó mirando con una expresión de duda.

Cuando el castaño comenzó a desabotonarse la camisa, el otro habló.

—¿Q-qué estás haciendo?

—¿Quieres ir a nadar? —contestó Jean con otra pregunta.

Marco se sonrojó y miró a otro lado cuando Jean comenzó a desabrocharse el pantalón.

—¿Tenemos tiempo?

—Nos esperan para la cena, creo que asumen que haremos el almuerzo en otro lado. —Jean ya tenía el pantalón por sus tobillos, Marco le dedicó una mirada breve a sus piernas.

—¿No tienes hambre? —preguntó.

—Si la tienes, eres libre de irte a cazar algo. Yo me quedaré un rato a nadar —Jean se quitó la ropa interior.

Marco no lo miró, en lugar de eso se concentró en abrir los botones de su camisa.

Jean corrió hacia la orilla y se arrojó al agua. Sintió su cuerpo ser rodeado por el claro líquido y cerró los ojos mientras aguantaba la respiración. El contraste del frío con su cuerpo caliente lo hizo sentir muy bien. Sus pies no tocaron el fondo, pero podía nadar. Salió a la superficie para tomar una bocanada de aire. Se sentía muy refrescado.

—Deberías tener cuidado, si hay piedras en el fondo te puedes lastimar —advirtió Marco, todavía quitándose el pantalón.

—Ya he estado aquí antes, mamá. No voy a hacerme daño —le dijo desde lejos. Desde esta distancia no podía discernir cada detalle del cuerpo del otro, pensó.

Vio a Marco mover la boca, no pudo entender lo que dijo.

—¿Qué? —preguntó.

—Que voy a envejecer rápido por lo que paso preocupándome por ti —le repitió en voz más alta.

—Estoy bien, pecas. Ahora ven acá, el agua está deliciosa.

—Voy, voy.

Jean se sumergió nuevamente, sintiendo el agua cubrir su rostro, deslizarse por su cabello. Abrió los ojos y miró unos cuantos peces borrosos y algas iluminadas por el sol. Extendió su mano hacia ellos y los vio alejarse. Cuando sintió que le faltaba el aire, regresó a la superficie. Vio a Marco más cerca de él, con el agua a nivel de la cintura.

—Cada vez que me asoleo, termino con más pecas —se quejó el pelinegro.

—Aww… esas son buenas noticias —sonrió Jean.

—Bromeas, ¿cierto?

—Para nada, hasta me vas a gustar más —declaró.

Recibió agua en el rostro que Marco empujó hacia él.

Jean se rio e hizo lo mismo, ambos salpicaron agua hacia el otro. Cerró los ojos y salpicó con fuerza hasta que sus manos se cansaron. Abrió sus ojos al dejar de sentir el ataque acuático de su contrincante.

Marco aún los mantenía cerrados, con el dorso de su mano se limpiaba la cara. Reía con fuerza y su pelo, completamente mojado, caía en su frente pegándose a su cara. El sol iluminaba su rostro y sus pecas, el agua formaba pequeños arroyos que se deslizaban hacia su barbilla y caían en forma de gotas cristalinas.

Cuando Marco abrió los ojos, Jean seguía mirándolo fijamente.

—Estás rojo… —comentó.

—Bésame —fue la respuesta del castaño. Las palabras provocaron que el pecoso se sonrojara también.

No tuvo que pedirlo nuevamente porque Marco se acercó a él, no necesitó nada más y unió su boca con la de su mejor amigo. Comenzó como el roce de un par de labios, que se acariciaban mutuamente en movimientos lentos y rítmicos; pero Jean sintió a su compañero entreabrirlos y él hizo lo mismo. Sacó su lengua de entre sus dientes y acarició el labio inferior de Marco. Escuchó un pequeño quejido provenir de él y sintió la mano del otro en su nuca para acercarlo más.

Jean no opuso resistencia, se dejó guiar hacia el otro, sintió sus dientes colisionar con los de Marco con algo de fuerza. Escuchó al otro reír en medio del beso y aprovechó para meter su lengua dentro de la boca ajena. Sintió que Marco la succionó y luego que con su lengua lo acariciaba.

Dejó de sentir la lengua de Marco, y en su lugar sintió sus dientes. El pecoso lo mordisqueó y Jean gimió dentro del beso. En venganza, Jean sacó su lengua de la boca del otro para morder su labio inferior. Marco se quejó, alejándose un poco de él.

—Ow, duele —dijo en una voz que Jean encontró muy tentadora.

—Tú comenzaste —repuso él.

Marco se rio.

—No es una competencia.

—Shh, ven acá.

Jean volvió a besarlo y Marco respondió de inmediato. Sintió la mano del otro subir desde su nuca hasta la parte de atrás de su cabeza, moviéndose, acariciando el pelo que se rapaba. Así que el castaño puso sus manos en la cintura del otro, lo sostuvo firmemente, lo acercaba poco a poco, casi sin darse cuenta. Necesitaba mayor contacto, quería estar más cerca de él.

En un momento sintió que sus pelvis se rozaron.

Detuvo el beso, abrió los ojos y miró a Marco alejarse de él.

—L-lo siento —el pecoso estaba sonrojado, probablemente Jean se veía igual.

—¿Por qué te disculpas?

—¿Bromeas, verdad? —Marco parecía que no lo podía creer.

—¿Por qué habría de bromear? —él de verdad no lo entendía.

Marco se miró a sí mismo, la parte de su cuerpo que estaba debajo del agua. Jean intentó echar un vistazo, pero lo único que pudo divisar fue la piel de un tono más oscuro del chico de pecas.

—¿A qué le temes? —preguntó al otro, pero no obtuvo respuesta inmediata. Lo pensó por un momento y una idea le pareció muy molesta—. Sé que eres un chico, Marco.

—Lo sé…

—¿Entonces, cuál es el problema? ¿Crees que algo me va a sorprender?

El pelinegro miró hacia abajo, se mordió el labio. Todavía no hablaba.

—¿Es por Mikasa?

—¡No!... bueno, si… no, eh… quizás… No lo sé. —No era común que Marco tartamudeara tanto al hablar—. Es… sólo que, eh… no te suelen gustar los chicos… Y, Mikasa… sólo has besado niñas.

—…Y crees que todos los besos que te he dado han sido parte de mi fase de bicuriosidad.

—No dije eso.

Jean chasqueó la lengua.

—Me da igual que no lo digas.

—Jean. —Marco parecía entrar en pánico—. Lo siento. Yo… no quiero que te parezca que vamos rápido.

El castaño se rio.

—¿Rápido? No me jodas. Ocho meses sin mi mejor amigo. Tres meses de él convertido en titán, y luego dos meses donde tuviste que aprender a controlar tu cuerpo de humano, a caminar, a pelear y a usar el equipo de maniobras. No sé lo que piensas, pero a mí me parece que somos lo opuesto a "muy rápido".

—¿Tanto ha pasado?

—Has estado dormido una buena parte de ese tiempo, por eso no lo sientes tanto.

Esta vez fue el turno de Marco de reír.

—Aun así, creo que puede ser un poco extraño para ti.

—No entiendo, ¿cuál es la diferencia entre tú y yo?

—Que yo he pensado muchas veces en eso, he tenido sueños y me he acostumbrado a la idea de estar con un chico. Y ése no es tu caso.

—¿Has soñado conmigo?

—¡Jean! —Levantó la voz, exasperado.

—Marco… ey… si pasa algo. Si me siento muy extraño, te lo diré.

—No quiero que te sientas extraño, quisiera que te resultara tan natural como a mí. —Marco habló en un susurro, mirando hacia abajo.

Jean lo besó otra vez, sintió que el otro respondió con facilidad. Posó una mano en el rostro de Marco y se separó de él lo suficiente para verlo a los ojos.

—Hagámoslo despacio.

Miró a Marco hacer una expresión de duda, pero guardó silencio, pensó en explicarlo con acciones.

Jean bajó sus manos del rostro del otro para pasarlas por sus hombros, acarició sus brazos hasta los codos y luego las llevó al pecho de Marco. Sintió la piel lisa que escondía músculos tonificados por debajo, sus pectorales, y debajo los músculos de su abdomen.

Miró el ombligo de Marco y pasó un dedo por debajo de él, siguiendo la línea de vello que hacía un camino hacia el sur. La línea oscura desaparecía en el agua, junto al resto del cuerpo del chico de pecas. No veía más abajo, así que solo se dejó guiar por su mano.

Su dedo se hundió en el agua del río y no requirió de mucho tiempo. Sintió que la línea de vello terminaba en una zona donde se hacía más espeso. Bajó un poco más y tocó a Marco. Estaba medio duro. Rodeó su miembro con su mano.

Escuchó al chico de pecas succionar aire entre dientes, así levantó su mirada. Marco lo veía intensamente, con sus labios entreabiertos.

Jean comenzó a masturbarlo. Hizo ese movimiento que usaba en sí mismo, primero lento, tirando hacia atrás y adelante con suavidad.

Vio como Marco comenzaba a respirar por la boca.

Aún lo miraba a los ojos.

Jean movió su mano más rápido.

El pecoso cerró sus ojos con fuerza, estaba jadeando ahora.

El castaño se lamió los labios, los sentía muy secos.

—¡Jean! —llamó su atención el otro, escuchó su nombre salir en forma de un gemido—. Jean, espera. —Marco le tomaba la muñeca para detenerlo—. Yo también quiero tocarte.

Antes que pudiera decir algo, Marco se lanzó hacia él. Este beso fue diferente, no se comparaba con otro que hubieran tenido. Se sentía hambriento, desesperado. Marco lo besaba como un hombre envenenado que buscaba el antídoto detrás de los dientes de Jean.

Sintió las manos del otro en su espalda, luego bajaron hasta su trasero. Sintió que lo agarraba con fuerza.

No pudo evitar gemir.

Marco se alejó de nuevo, y Jean se quejó en voz alta.

—Shh… sígueme.

El pecoso lo tomó de la mano y caminó hacia la orilla. Jean se dejó guiar, sentía que estaba a punto de derretirse.

Caminaron hasta que el agua les llegó a los tobillos, y luego un poco más. Jean sintió el césped debajo de sus pies y un escalofrío recorrer su cuerpo al tener contacto con el viento. Miró a Marco de reojo, y notó que el otro lo estaba mirando sin disimular.

De hecho, los ojos del pecoso estaban fijos en la mitad inferior del cuerpo de Jean.

—Ey, mis ojos están arriba —bromeó nervioso, se sentía muy consciente de sí mismo.

—No puedo creer que estés desnudo —escuchó al otro decir—. Mi mejor amigo está desnudo conmigo.

—Ya, no es para tanto… —comentó él.

—No tienes idea… de cuánto he esperado para que esto pase.

—No sé qué responder a eso.

—Déjame ponerlo en mi boca.

—¿Qué?

—Quiero probarlo, quiero ver a que sabe.

Jean se quedó boquiabierto.

Ese definitivamente no podía ser el angelical Marco que él creía conocer.

—Yo…

—Lo siento, Jean. —Marco cambió su expresión, esta vez lucía verdaderamente avergonzado, sus manos cubrían su rostro—. Fui muy franco, lo siento. Es que aún pienso que esto puede ser un sueño.

—Eh… no lo es. Pero, no conocía este lado tuyo. Estoy sorprendido, es… todo.

—Si quieres podemos deten…

—¡No! No, no. Para nada. Yo. —Respiró profundamente, para intentar no sonar tan desesperado—. Quiero hacer todo esto, ¿sabes?

—Si te parece que vamos muy…

—No digas "rápido", porque no lo es —contradijo el castaño—. Quizás no he pensado en hacer esto el tiempo que tú lo has hecho, pero eso no quiere decir que no quiera intentarlo.

—Puede resultar extraño para alguien que no está acostumbrado a que le gusten los hom…

—Basta con esa mierda. ¿Cuánto tiempo más vas a castigarme por Mikasa?

Jean comenzaba a perder su erección.

—No te estoy castigando por nada. Yo… sólo quiero que estés cómodo.

—Deja que yo me preocupe por mi propia comodidad, ¿entendido?

—Lo siento.

—Ya. Disculpa aceptada, ahora ven acá y déjame comerte.

Marco se sorprendió ante las palabras. Estaba más rojo que antes. El chico de pecas se mordió el labio inferior y pareció pensar en lo siguiente que diría.

—Me gustaría, si quieres, pero tienes que acostarte.

Jean obedeció sin más. Aún estaba un poco molesto, pero el no tener idea de lo que Marco quería hacer despertó el interés en su mitad inferior.

Colocó sus manos detrás de su cabeza para tener algo en que apoyarse, miró a Marco arrodillarse frente a él, y la sensación de algo caliente y húmedo rodear su miembro lo hizo gemir.

—Oh, por Syna… ¡Marco! ¡Mierda! Hazlo otra vez.

—¿Te gustó?

—Mierda…

Sintió de nuevo las atenciones y suspiró.

Aunque la idea de ser el único que disfrutaba de eso no le gustaba, no quería ser egoísta. Quería que Marco también sintiera placer.

—¿Qué hay de ti? —le preguntó.

—Hacerte esto me gusta —comentó el otro y volvió a meter el pene en su boca.

—No… yo ah, M-Marco. No es justo.

Con toda la dificultad de esforzarse en ese momento, Jean levantó la mitad superior de su cuerpo, ayudándose con sus brazos, y miró a Marco con la cabeza entre sus muslos. Posó una mano en la cabeza del chico de pecas y con todo el pesar de su alma lo instó a detenerse.

Miró su miembro salir lentamente de la boca de Marco, dejando un hilo de saliva o líquido preseminal o lo que fuere que conectaba su glande con los labios del pelinegro. La imagen lo hizo estremecerse.

—Tengo una idea que puede gustarte —sugirió cuando pudo confiar en su propia voz.

El pecoso ladeó su cabeza como un cachorro, y Jean se preguntó cómo alguien podía tener una apariencia tan adorable y a la vez ser capaz de meter penes enteros en su boca como una prostituta profesional de la ciudad subterránea.

—¿Dime?

Jean no dijo nada. En lugar de eso, se irguió e instó a Marco a acostarse boca arriba, y él se colocó encima, poniendo una pierna de cada lado. Como si estuviera montándolo.

Luego se dio la vuelta, a manera de quedarse mirando en dirección a los pies de Marco y darle la espalda a su rostro. Después se puso en cuatro y gateó hasta que su rostro estuvo enfrente del erecto miembro del otro chico.

Esperó a que Marco dijera algo, algún comentario nervioso, o que hiciera la estúpida pregunta de si todo estaba bien.

Pero en lugar de todo eso, volvió a sentir que su erección entraba a una cavidad húmeda y caliente. Gimió de nuevo. Abrió los ojos y sin perder su concentración, se dispuso a meter a Marco en su boca. Succionó con profundidad.

Escuchó al otro gemir, el sonido gutural provocaba vibraciones que chocaban con su glande.

Así que lo imitó, hizo sonidos con su boca para que vibraran contra Marco.

Sintió los muslos del otro cerrarse en torno a su cabeza, presionar entre ellos y luego separarse. Marco parecía estar a punto de volverse loco.

Jean solía ser competitivo, así que cada vez que Marco hacía succión, él se aseguraba de hacerlo con mayor fuerza. A fin de provocarle tanto placer a su novio como lo hacía con él.

Sintió unos dedos acariciar su miembro, dentro de la boca de Marco. Premió al otro lamiendo debajo de su pene. Jean separó sus labios y se dedicó a lamer al otro con besos alternados.

Sintió unos dedos en medio de su trasero.

—¿Qué mie-? —preguntó un tanto alarmado.

—¿Duele? ¿Te molesta? Yo creo que te sentirás bien.

Jean se preguntó cómo el otro tenía alguna idea de eso. Hasta donde entendía, Marco era virgen ¿cierto? ¿Entonces quien había hecho esas cosas con él? ¿Había sido él mismo?

El dedo que entró en él no lo dejó pensar.

—¡Ah!

—¿Quieres que pare?

—N-no.

Jean jadeó. Sus piernas se iban debilitando a medida que ese dedo penetraba en él con lentitud. Luego se detuvo y sintió el dígito salir, pero antes que se relajara otra vez, volvió a penetrarlo. Lo sintió muy profundo, más que la primera vez, y no pudo más. Sus rodillas dejaron de sostenerlo y se fue de lado, impactando con su hombro en el césped.

El condenado dedo de Marco no salió de él.

—¿Estás bien? —escuchó que le preguntaron.

—S-sí…

Su respuesta fue, más que nada, un gemido; escuchó a su supuesto mejor amigo reír con suavidad.

Apretó los dientes, si Marco quería jugar a esto, él lo haría también.

De todas formas, acostado de lado era mucho más fácil, el acceso a su novio era mucho más factible. No tenía que preocuparse por cosas tontas como mantenerse erguido.

Se metió un dedo en la boca para humedecerlo, lo sacó y lo puso justo en la entrada de Marco. Quiso tentarlo un poco acariciándolo por fuera y sintió un fuerte apretón en su miembro, que seguramente era la mano del otro tensándose. Jean sonrió con autosatisfacción.

Quiso aprovechar ese momento que podía pensar con mayor claridad sin la lengua de Marco sobre su miembro.

Introdujo el dedo con lentitud, y escuchó a Marco gemir en voz alta. Lo penetró hasta que estuvo a nivel de su nudillo, y luego lo curvó hacia abajo. Arrancó reacciones guturales del otro.

—Jean… eres —se quejaba el otro, el castaño sonreía—, mmm… me gustaría que fueras tú.

—Soy yo —alegó él.

—Es tu… dedo. Ah —gimió cuando Jean volvió a sacarlo y meterlo.

—La próxima —aseguró él.

—¿Lo prometes? —Marco se escuchaba ilusionado.

—Por supuesto —prometió.

Ambos retomaron su actividad. Jean metió el miembro de Marco en su boca y sintió que el otro hizo lo mismo. Lo penetró con un dedo mientras sintió que le introdujeron uno. Ya ni siquiera sabía si estaban compitiendo o no, no le importaba mucho. Se entregó completamente al placer.

Lamía y succionaba, asegurándose de controlarse para no gemir demasiado. Se estaba volviendo sumamente difícil la simple actividad de respirar. Y encima tenía ese cuidado de no lastimar a Marco con sus dientes, eran muchas cosas en que pensar con su cabeza en las nubes, tan ligera como una pluma. Su mirada estaba nublada en medio de toda esa lujuria.

Cerró los ojos y se concentró en los movimientos de su boca.

Escuchó a Marco jadear, y comenzar a masturbarlo con una mano. Lo hacía tan rápido que dejó a Jean sin respiración.

Tampoco pudo seguir succionando por más tiempo, sacó el miembro de su boca y respiró en forma de cansados jadeos. Usó ambas manos, una para bombear su pene y la otra para acariciar su próstata desde adentro.

No sabía lo que su boca estaba haciendo ahora que ya no ejercía succión. Recordaba haber rechinado los dientes hasta que su mandíbula dolió, así que la abrió para relajarse. Escuchó fuertes gemidos y ya no sabía si eran suyos o de Marco, todo sonaba igual.

Comenzó a ver borroso y sabía que estaba cerca de terminar. Su mano sobre Marco se movió tan rápido como pudo. Y sentía que el otro hacía lo mismo. Escuchó al otro gritar su nombre, eyaculando sobre su mano, y luego apartándola de él por su hipersensibilidad. Marco no dejó de tocarlo, así que Jean pudo concentrarse en su propio placer. Su vista se nubló y sus oídos se taparon. Sintió su cuerpo estremecerse y su espalda arquearse, escuchó sus propios alaridos mientras llenaba de semen la mano del otro. Jadeó por encima de su orgasmo.

Su respiración era errática y sentía como si estuviera a punto de ahogarse. Respiraba por la boca intentando recuperar su aliento.

Cuando recobró sus sentidos escuchó al otro jadear todavía, cada vez más despacio hasta que fue haciéndose más silente. Después de varios segundos dejó de escuchar al otro. No hubo más sonidos hasta que Marco suspiró profundamente.

—Eso fue…

—Lo sé —contestó el castaño.

—No puedo esperar a que me penetres.

Jean se hubiera sonrojado si no sintiera su rostro caliente ya.

—Lo haré. Me encantaría hacerlo.

—O que yo lo haga.

—Eso también me gustaría.

—Jean… —El pecoso se dio la vuelta y se acostó a la par suya, para mirarlo a los ojos—. Te amo, ¿sabes?

El castaño lo besó, diferente, más como un roce suave de labios. Como fue el primer beso que le dio.

—Yo también. No importa que no puedas convertirte en un titán ahora. Lo harás eventualmente.

—¿Tú crees?

—Claro. Tienes más tiempo del que crees, las cosas no van a cambiar. Hoy no es tan diferente a ayer, y mañana no va a ser tan diferente a hoy. Tú estarás aquí y yo estaré contigo, y eso es todo lo que realmente importa, supongo.

Se preguntó en silencio si Marco encontraría sentido en esas palabras.

—Creo que tienes razón.

Al parecer si lo había encontrado.

—Ey, Marco.

—¿Mmm? —El aludido lo miró.

—Vamos a meternos al río otra vez, quiero limpiar el semen de mi abdomen.

—Siempre tan romántico, Jean.


Ok, el prometido lemon.

Quizás no es lo que esperaban, pero cuando es la primera vez de chicos vírgenes e inexpertos... las cosas no deberían salir en la mejor película porno, jajaja. No sé, me parece más real así.

Otra cosa, esta chica HinataHanato hizo un fanart de ETG, es realmente bueno, me encanta... De verdad estoy muy feliz de que esta historia haya inspirado a algunas personas a dibujar *llora*... Es un gran honor que gasten tiempo y esfuerzo en mi pequeño aporte al fandom de jeanmarco :D

Muchas gracias, Hinata. Aqui esta (busquen en deviant art punto com pleca) art/The-gentle-titan-499969236

Gracias a todos por acompañarme en esta historia.

Como siempre, un pequeño review me haría muy feliz. ;)