CAPÍTULO 12:

-Cada vez hay más silencio- había pasado una hora desde el hundimiento y Rachel seguía agarrada, aferrada a Quinn.

-Qui… qui… quizás ta… ta…tarden un par de- las palabras no le salían, Quinn estaba encogelada- de minutos en organizar los botes- intentaba no quedarse dormida, pero cada vez era peor el frio y el aguantar despierta- No se tú…. Tú, pero pi… pensó escri…. bir una ca… carta de reclamación so sobre todo es es e e esto- cerró un momento sus ojos.

-Te quiero, Quinn- Rachel casi ni se movía, su cuerpo estaba encogelado.

Esta la miró, sabía que se acercaba su hora, Rachel iba a morir antes que Quinn, lo sabía:

-No hagas eso- la miró directamente a los ojos- no te despidas de mí, aún no, ¿me has entendido?- Rachel asintió, pero no aguantaba más.

-Tengo mucho frío.

-Escucha, Rachel- Quinn agarró lo más que pudo la fría mano de Rachel- Vas a salir de esta, seguirás adelante. Vas a tener muchos bebes y les verás crecer- Rachel quiso llorar, sabía que aquello si era su despedida- y morirás siendo una viejecita tendida en tu cama. No aquí, no esta noche, no de este modo; ¿me has entendido?- esta asintió como pudo.

-No siento mi cuerpo- notaba la fría mano de la muerte sobre su hombro.

-Ganar el pasaje es lo mejor que me ha ocurrido jamás, ¿me escuchas, Rachel?- tenía que mantenerla despierta, despierta hasta que llegaran los botes- Me ha llevado a ti. Estoy agradecida a eso, Rachel- si esta perdía a Quinn no se lo iba a perdonar- Muy agradecido- agarró con su otra mano las de Rachel- ¿Me concederás ese honor? De debes prometerme que sobrevivirás- sus palabras eran últimas, casi salían del fondo de sus pulmones- Que. No. Te. Rendirás jamás. No importa que ocurra. No importa lo desesperada que estés- cogió aire e intentó una vez más- Prométemelo ahora, Rachel. Y no rompas nunca esa promesa.

-Lo prometo- quería llorar, pero hasta sus lágrimas estaban encogelada- No me rendiré jamás, Quinn. No me rendiré- y en lo más profundo de su corazón, supo que aquel era el final.

Quinn sonrió y a duras peas consiguió besar aquellas heladas manos. Ambas quedaron frente a frente, con sus manos entrelazadas, esperando la salvación que cada vez más y más parecía no llegar.

Rachel no supo cuanto tiempo estuvo allí, tendida sobre aquella tabla, la única que la salvaba de aquella agua llena de muerte. Su mirada estaba en el vacío, pidiendo a Dios, a alguien; que sacara de allí a Quinn y a ella. Notaba su mano aferrada a la de Quinn que seguía aferrada a ella, callada. Estaba allí, todo en silencio, todo el mundo muerto. Sus vidas habían viajado a un lugar mejor.

-She took the midnight train going to anywhere…- cantaba para no helarse y dormir, lucharía, lucharía aunque fuese lo último que hiciera, lo había prometido.

De repente miró, como la luz de un ángel, la luz de una de las linternas de las barcas se acercaba a ellas. Su cuerpo se movió, rompiendo el hielo que se cernía sobre ella y lo vio. Como había dicho Quinn, volvían por ellas:

-Quinn, Quinn- Rachel intentaba llamar la atención con las fuerzas que le quedaban- Quinn- se giró y le llamó la atención, no se movía- Quinn, es un bote- ni un mínimo movimiento- Quinn- de repente, Rachel se dio cuenta, su corazón se lo dijo- Quinn, Quinn- había muerto- Quinn- no era imposible- Es un bote, Quinn- pero no, no respondía.

Quinn Fabray había fallecido. Rachel se acercó a sus manos y las acarició. Quería quedarse allí con ella, para siempre. Si no podía estar con ella, no quería estar con nadie más. Si Quinn moría, lo iba a dejar todo. Se habían prometido tantas cosas, se habían dicho tantas cosas… Quinn le había hecho prometer luchar, pero ella no lo había hecho… Pero de repente recordó. Le prometió luchar, que pasase lo que pasase, jamás se diera por vencida. Se lo había prometido y las promesas tenían que cumplirse:

-¡Vuelvan, vuelvan!- su voz no se escuchaba, también estaba encogelada- Vuelva, vuelva…- lloraba ante la impotencia- vuelvan.

El barco se alejaba en la distancia. Si lo dejaba pasar, moriría allí y no complacería a Quinn que le había prometido luchar. Miró su mano, aun aferrada a la de Quinn. La fue moviendo poco a poco hasta que se deshizo de ella:

-Nunca me rendiré- le dio un último beso en la mano- Te lo prometo.

Con mucho esfuerzo, se tiró a aquella agua fría y empezó a nadar, no sin antes dar un último vistazo a Quinn, que permanecería por siempre aferrada en aquella tabla, aquella en la que su único y verdadero amor, quedaría muerta. Nunca la olvidaría.

Nadó fuertemente hacia un oficial que muerto, había quedado con un silbato pegado en sus labios. Le costaba, con una mano encogelada, la otra era la única que aún la sangre le permitía mover. Rachel sacó fuerzas y se lo arrebató de sus frías y muertas manos y, como pudo, empezó a soltar aire y hacer sonar aquel silbato. Una y otra vez, con fuerza extrahumana, pero lo hacía sonar, sonar aunque fuese su último aliento.

De repente, como un milagro, el bote que había pasado en busca de algún superviviente la escuchó y empezó a dar la vuelta. Lo había conseguido, había sobrevivido ante todo, había sido su última cosa antes de darse por vencida, pero lo había hecho. Por ella, por Quinn que permanecería en su recuerdo para siempre.

Las manos de aquellos oficiales fueron como las del mismo Dios sobre ella. Respiró aliviada, respiró a gusto cuando notó miles de mantas cubriéndose el cuerpo. No se había dado por vencida, y nunca lo haría.

Mil quinientas personas perecieron en el mar, entre ellas, Quinn; cuando el Titanic se hundió bajo sus pies. Hubo veinte botes con supervivientes y solo uno regresó para ayudar, ese bote que le había salvado la vida. Uno. Seis personas pudieron ser recuperadas con vidas incluyéndo a Rachel. Seis… de mil quinientos. Después, las setecientas personas de los botes tuvieron que resignarse a esperar. Esperar a morir, esperar a vivir…. Esperar una absolución que nunca llegaría.

Finn, con toda su soberbia, había conseguido vivir a causa de la infancia. Shelby, que creyó perder a su única hija, se resignó a vivir con el haber utilizado a su hija para su beneficio no dejándola vivir su vida. Holly, bueno, ella mantendría el recuerdo de las dos personas que más había querido en ese barco y que ambas creían muertas.

Rachel… bueno, esta ni se enteró que había llegado al Carpathia, el encargado de llevarla a Nueva York, faltándole lo que más le había lastimado perder: Quinn. Cuando subió al barco pudo ver la imagen, miles de familias desfallecidas, muertas en vida por ver presenciado tan tremendo terror; muertas en vida por haber dicho adiós. El horror continuaba para Rachel.

Y de repente, lo vio. La única persona que tendría que haber muerto aquel día estaba viva y coleando entre aquellos pobres diablos: Finn Christopher Hudson había sobrevivido a aquel desastre. Rachel no deseaba verlo, así que se tapó. Mejor sería que se quedara así, que se le remordiera la conciencia pensando en que la había perdido. Gracias a él, ella había perdido a alguien más importante. Aquella fue la última vez que lo vio. Se casó, naturalmente y heredó sus millones, pero el crack del 29 afectó sus negocios y ese año se puso una pistola en la boca y dijo adiós.

Poco a poco, la mente de Rachel viajo hasta darse cuenta de que habían llegado a Nueva York. La estatua de la libertad se alzó frente a sus ojos. Allí estaba, apareciendo a aquellos sobrevivientes que tanto había pasado, o que tanto habían perdido. Su mente volvió de nuevo a Quinn. Esta había deseado con todas sus fuerzas ver la estatua de la libertad, verla con ella, pero siempre la mantendría en su mente, ella la vería por las dos.

-Perdone, señora, ¿me dice su nombre?- un marinero se acercó a Rachel.

Esta lo miró y tras un momento, respondió:

-Fabray, Rachel Fabray.

-Está bien, muchas gracias- Rachel volvió de nuevo su mirada hacia la Estatua de la Libertad.

Ya estaba, todo había sido dicho. Nada se encontró de Quinn en los archivos tras el hundimiento, supongo que no lo estaría. Además, nunca se habló nada de ella, nadie supo de su existencia. Rachel no habló nada de ella, el corazón de una mujer es un profundo océano de secretos, pero ahora todo el mundo conoce a una mujer llamada Quinn Fabray y que ella salvó a Rachel en todos los sentidos en que puede cambiarse a una persona.

Ni si quiera un retrato de ella quedó. Ahora solo existe en su mente, y en la de todo aquel que haya leído esta historia, pero no os apenéis. Se dice que en algún momento de la vida, cuando ya todo lo que tenías que hacer en ella lo has hecho, vuelves a reunirte en el mejor momento de tu vida y fue en ese en el que Rachel Y Quinn se unieron. Donde su amor vivió, el Titanic, donde Quinn la esperaría, el reloj; allí, donde todo se había parado, Quinn y Rachel se unieron de nuevo en el más dulce beso.