Capitulo catorce
Bienvenida a Coney Island
El día había llegado a su inicio, dejando ver su resplandeciente luz, dejando a la oscuridad atrás, Kagome no había podido dormir en toda la noche pensando en ese viaje que en ese día harían a América, de hecho la sola idea de alejarse de Paris le era complicada, y para sentirse más incomoda se sentía extraña, ya hacía tiempo que no interpretaba nada, excepto las canciones que cantaba para su hijo, porque después del incendio de la opera que se llevo prácticamente sus sueños no lo había hecho, se sentía incapaz de interpretar algo que no la llenase como lo hacían las melodías sobrenaturales de su maestro, lo sabia no podía olvidar como cada nota musical escrita por él llenaba sus sentidos, de un sinnúmero de sentimientos que aun no podía comprender, extrañaba su presencia, pero él se había ido para siempre, había dejado de existir, pero ella seguía ahí tratando de seguir con su vida, y aunque algo en su interior le decía que ese viaje cambiaria su vida, se subió al barco con dirección a América junto con su esposo el vizconde Inuyasha y su hijo Sado.
Mientras tanto una persona estaba a la espera de sus futuros huéspedes, era una espera que lo estaba volviendo loco, deseaba verla una vez más, sentir como su voz lo elevaba al firmamento y iluminaba su mundo que estaba envuelto de oscuridad, como su ángel lo cubría con su hermosura, pero la cuestión era que no vendría sola, traería a su familia, una familia que soñó que fuese suya, pero se sentía sin ningún derecho, un monstruo como él no podía tener una familia, ni a Kagome, y sus mismos pensamientos lo contradecían a cada momento porque a pesar de pensar no merecerla la quería, en su egoísmo quería ver a Kagome y tenerla una vez más entre sus alas, pero su dolor aumentaba al saberla de otro, que se había casado con el vizconde poco después de su supuesta muerte, y además tenía un hijo con él, eso le llenaba de odio el alma, ese pedazo de ser era algo que amaba por ser una parte de Kagome, pero lo odiaba por tener la sangre del hombre que le arrebato la mujer que amaba .
Siempre se había sentido miserable en toda su vida, había conocido la crueldad del mundo en su propia piel, su desmedido odio y repulsión había dejado en él una estela de rencor que permanecía indeleble en su alma, lo único que había acallado tanto odio y resentimiento era Kagome, su Kagome, llena de virtud como un ángel era la única cosa por la cual cambiaria todo su mundo, la única por la cual su desmedido desprecio por la humanidad cesaría un poco, sin embargo no la tenía, la había dejado ir por miedo a su maldad y a la de la misma humanidad que lo despreciaban desde la cuna hasta ese momento, solo por ser diferente y harían la vida de Kagome tan despreciable como la suya, además sabia que ese día en la opera la había decepcionado como a nadie al convertirse en un asesino frente a sus ojos y lo peor era que no se arrepentía de ello, lo volvería hacer por tan solo la ilusión de poder tener a Kagome en sus brazos.
Recordaba el incendio que el mismo había provocado en la casa de la opera diez años atrás, como anteriormente lo había hecho con la opera de palier para que se llevara a cabo la construcción de la ópera Garnier que él había ayudado a diseñar, su alma deseaba a Kagome con todas sus fuerzas pero al no poder tenerla quería morir, pero después se arrepintió, tenía una tarea que realizar, salvaguardar su música antes de cualquier cosa y huyo, pero antes de partir había visto a Kagome llorando y tratando de entrar a la opera totalmente desesperada, y en ese momento lo supo ella lo amaba pero él no merecía su amor debía dejarla y así lo hizo pero ahora ya no soportaba su mundo de tinieblas que cada día lo engullía en la oscuridad sin ella que lo rescatara con su luz, debía tenerla a costa de lo que sea hasta de su propia sangre si era preciso, su música y ella eran su mundo, el día que la tuviera de nuevo entre sus brazos de nuevo su mundo estaría completo y esta vez no permitiría que nada se interpusiera, se aseguraría de acabar con el que lo intentase.
Después de un largo trayecto en barco de demasiados días Kagome y su familia llegaron a las costas de América, al bajar del navío la brisa marina le pegaba de frente a la bella mujer moviendo grácilmente su cabello ondulado, sintió un calor recorrerle su piel blanca, fue cuando tuvo el presentimiento y la sensación de ser observada, miro hacia todos lados sin ningún resultado pero ahí seguía esa sensación, su hijo se acerco a ella y le dio un abrazo, ella correspondió con ternura.
—Mamá es hermoso, me gustaría aprender a nadar ¿verdad que me enseñaras? —pregunto Sado con ojos soñadores.
Kagome miro a su hijo, su razón de vivir, le dio un beso en la mejilla—claro que si mi amor, aprenderás a nadar, te lo prometo—expreso con una sonrisa mientras alzaba su mano en forma de promesa.
Inuyasha se encontraba indicando a los encargados de bajar su equipaje que debían tener cuidado, al estar frente a Kagome mostro una cara de disgusto, buscando a alguien que los viniera a recoger, fue cuando vieron a dos personas que se acercaron a ellos, por su aspecto, Kagome pudo deducir que eran personas que trabajaban en una feria o parque de diversiones.
—Buenas tardes mi lady—hablo un hombre alto vestido con un traje extravagante rojo mientras inclinaba un poco su cuerpo en forma de reverencia—mi nombre es Gilles, primero que nada bienvenidos, fui enviado por el señor Y. para recogerlos y llevarlos a lo que será su estancia en Coney Island, al igual que mis compañeros.
La mujer que los acompañaba considerablemente baja se inclino hacia ellos—mi nombre es Catarina, un placer mi lord—miro a Inuyasha para luego mirar a Kagome—mi lady.
Inuyasha mostro su descontento—¿Cómo puede ser posible que nuestro huésped no haya venido por nosotros? —Dijo con el seño fruncido—es el colmo la falta de cortesía de este sujeto.
—El señor Y es un hombre considerablemente ocupado, pero tiene planeado platicar con usted señor vizconde de lo consiguiente al pago de los honorarios de la vizcondesa y todo lo que respecte al contrato, así que, es mejor que salgamos de aquí ya que la gente se aglomera demasiado ha esta hora del día.
Inuyasha seguía con un rictus en la cara de inconformidad, sin embargo se dejo encaminar hacia el carruaje mas extraño que hubiese visto, Kagome se asombro bastante al ver un carruaje que no utilizaba caballos, tenia curiosidad de preguntar cómo se movía, pero permaneció callada al igual que Inuyasha, mientras Sado sonreía con vitalidad, sus ojos viajaron hasta el puente del muelle, cuando lo miro, visualizo una figura oscura observándolos, como un fantasma que vigilaba sus pasos, miro como esa sombra se alejaba de su visión, para el que no sabía quién era solo un hombre curioso, tal vez tan curioso como el al querer saber de todo y mas sobre la música, un amor que en su mente iba creciendo.
….
Sesshomaru al verla bajar de ese barco sintió como si sus fuerzas se renovaran, su corazón marchito y penitente se encontraba en un alegórico palpitar rítmico, su mirada se posaba sobre Kagome, el viento movió grácilmente el cabello ondulado de la prima donna, ella no había cambiado mucho, solo lo había hecho en proporciones corporales, su cuerpo era más escultural y curvilíneo, su rostro era el mismo juvenil y encantador que lo había enamorado, deseaba estrecharla fuertemente entre sus brazos para no soltarla nunca, fue cuando lo vio salir detrás de su Kagome, un niño con una mirada inocente pero a la vez que mostraba un refulgente atisbo de curiosidad e inteligencia, se fijo en el, tenía un parecido a Kagome cuando era niña, pero veía algo en él mas allá de lo físico, fue cuando pensó que ese ser hubiera podido ser suyo y de su Kagome, miro como ella le regalaba una sonrisa tierna a su pequeño hijo y le daba un beso en la mejilla, se sentía en paz al ver esa escena, en ese momento salió el hombre que mas odiaba, el que le había quitado lo que más amaba, sintió una furia recorrer su cuerpo con ganas de saltar sobre su cuello y apretarlo, pero no debía hacerlo y lo sabía, vio como llegaron a recogerlos, cuando subieron al carruaje, el siguió su mirada directa hacia el lugar, fue cuando observo que el niño lo veía, se alejo del puente y bajo lentamente por este.
—Ven a mi ángel de música, yo soy tu ángel de música—hablo para sí mismo como si se lo dijese en una petición a Kagome, como si tratara de transmitirle a su amada una muda invitación a su reino de oscuridad
Continuara…..
Hola aquí les traigo la continuación espero sus comentarios y gracias por leer, los quiero.
