Capítulo 14

Al despertar de un sueño profundo se produce un momento de ingravidez, un espacio en blanco donde solo hay paz e incertidumbre hasta que la vida se reordena y encaja pieza a pieza. Para Grantaire, ese lento descubrimiento era el momento más dulce del día: despertar cada mañana en una cama que no era familiar todavía, envuelto en la luz blanca del amanecer, y atisbar, a través de la niebla del sueño, el primer reflejo de esa luz en su cabello.

Rayo de sol…

Descubrirle a él a su lado hacía que cada día fuera un regalo.

Grantaire sonreía y buscaba instintivamente su piel tibia; se refugiaba en su cuello y Enjolras lo acogía entre sus brazos incluso sin estar despierto. Enjolras parecía muy joven cuando dormía, casi demasiado. Sus párpados cerrados formaban una delicada curva dibujada por sus rubias pestañas mientras entreabría aquellos labios que tan fácilmente se fruncían disgustados. Grantaire solo podía pensar en besarlos, y a veces no se resistía a despertarlo con un beso tras otro. Enjolras se dejaba querer, recibía con placer cada caricia y se las devolvía, y cuando metía los dedos entre su pelo y le arañaba suavemente sabía muy bien lo que estaba haciendo. El despertador no siempre sonaba en el mejor momento...

No era de extrañar que Grantaire despertara con la mente en blanco. Allí dormía tan profundamente que no soñaba. Ni el alcohol ni las pastillas le habían proporcionado nunca una paz semejante, y aunque no podía decir que estuviera libre de tentaciones, le miraba a él y se sentía fuerte.

Sentía que podría acostumbrarse a aquella vida. Parecía una vida de verdad, en una casa de verdad y no sacada de una revista, con una persona que, de verdad… aunque pareciera mentira… de verdad, lo quería.

Enjolras vivía en el Barrio Latino de París, en un apartamento que no se parecía en nada a su piso de Manhattan. Era acogedor y sencillo, y estaba en la cuarta planta de un edificio de cinco, más cerca del suelo que del cielo, aunque desde la terraza se alcanzaba a ver el río. Allí pasaban todo el tiempo que podían, gran parte de él en la cama, aunque también hacían cosas cotidianas que para Grantaire no lo eran tanto. No había pisado un supermercado en años, aunque la experiencia perdía su carácter de epifanía cuando la gente enloquecía al verle. Puede que en Nueva York pasara un poco desapercibido, pero en su país todo el mundo sabía quién era. También reconocían a Enjolras, claro, pero a él estaban más acostumbrados a verle y lo saludaban como si lo conocieran.

Los fans ya no se apelotonaban en la puerta de su edificio como al principio, pero la cosa volvió a complicarse cuando se supo que Grantaire estaba allí, y cada vez que entraban o salían tenían que abrirse paso entre una multitud de gente que llenó de fotos suyas las redes sociales mientras los periodistas hacían lo que fuera para sonsacar a Grantaire sobre los dos meses que había estado desaparecido después del incidente del Madison Square Garden. Grantaire ya no recordaba la última vez que atravesó una de aquellas multitudes sin que lo acompañara un guardaespaldas. Tener los pies en el suelo estaba bien, pensaba, pero a veces lo preocupaba que Enjolras no se tomara en serio su propia seguridad. Grantaire no sabía qué hacía con el dinero que ganaba, pero estaba seguro de que ganaba mucho, y el dinero suele atraer a cierta clase indeseable de gente. A Grantaire lo habían desvalijado dos veces antes de mudarse a Park Avenue, y a Montparnasse intentaron secuestrarlo, por no hablar de la vez que se le metió en su casa (y en su cama) una pirada que por suerte no era peligrosa. A Grantaire no le gustaba quejarse de los fans pero, en serio, algunas personas… Había razones de sobra para que la gente como ellos se rodeara de gente como Dave el portero, que era un ex combatiente del ejército. Tendría que hablar con Enjolras de eso.

Le hubiera gustado tener más tiempo para estar los dos a solas pero, lamentablemente, Enjolras no estaba de vacaciones como él. Iniciaban una gira en cuestión de semanas que no iba a ser tan modesta como las primeras. Tenían más músicos, más espectáculo… todo un circo montado. Grantaire estaba bastante impresionado, y no porque Minette no hubiera tirado la casa por la ventana más de una vez. Pero detrás de aquel montaje no había tanto dinero como imaginación: la que derrochaban aquellos chicos y su equipo.

Les Amis, sí. Les Amis no eran solo cinco. Eran por lo menos nueve y Grantaire no los redondeaba. Los conoció en el estudio donde ensayaban y el encuentro fue justo como esperaba, es decir, incómodo y rarísimo. Porque (primero) él era R la súper estrella, que (segundo) se había reído de ellos en público antes de que (tercero) su bajista agrediera a Enjolras, quien (cuarto) ahora salía con él a pesar de todo lo anterior y de que (quinto) Grantaire lo había disgustado muchísimo cuando estuvo a punto de palmarla también en público, lo que venía a cerrar el círculo con alguna clase de justicia divina un poco desproporcionada.

Así que Courfeyrac bromeaba con él aunque en el fondo recelara; su novio Combeferre lo tragaba todavía menos; Feuilly era cordial pero mantenía las distancias; Bahorel balbuceaba porque Grantaire (es decir, R) lo intimidaba; Musichetta siempre estaba ocupada, y el único que se comportaba con cierta normalidad era Jehan suponiendo que la palabra "normal" en cualquiera de sus variantes pudiera aplicarse a ese chico de pelo azul celeste que era un maldito genio superdotado de dieci-nueve-años.

¡Por dios santo! A los diecinueve, Grantaire todavía actuaba en bares por una miseria y se ganaba la vida trabajando de pipa para otros grupos que a veces lo trataban a patadas. Tenía buenos hombros y buen oído, pero no buena suerte ni buenos padrinos. Hubo que darle a la suerte un empujoncito…

―Bueno, no es para tanto ―le dijo Jehan, solidario―. Los demás son casi tan viejos como tú. Feuilly ya tiene veintiocho y Bahorel es de tu edad, ¿verdad, Bahorel?

―Jajá. Es increíble que tengas mi edad, jajá.

Increíble, sí. Fue increíble que sobreviviera al primer día y que volviese por allí, pero aquella era la vida de Enjolras y Grantaire tendría que esforzarse por encajar si quería formar parte de ella. Por suerte, tuvo un poco de ayuda: Cosette, la hermana melliza de Enjolras, se erigió en su ángel de la guarda personal.

Lo de ángel no era exagerado. La chica era preciosa y tan rubia como su hermano, pero con un aura de candor y dulzura que en Enjolras estaba oculta bajo muchas capas de gravedad ceñuda. Enjolras había tenido siempre un aire trágico de héroe victoriano; le brillaban los ojos cuando hablaba e inclinaba la frente cuando estaba pensando, y aunque fuera muy dulce cuando sonreía, no sonreía demasiado. Cosette era más reservada, aunque pudiera parecer al contrario. Se guardaba para ella sus pensamientos profundos y se esforzaba por ser atenta y agradable, quizá porque, a pesar de ser mellizos, no los habían educado igual a ambos. Sea como fuere, los dos eran generosos y se ponían a sí mismos en último lugar. Tenían, en definitiva, el mismo sentido de la responsabilidad.

Grantaire la conoció una mañana cuando ella se presentó mientras desayunaban. Quería conocer a Grantaire, dijo abiertamente, porque todos le conocían menos ella, y de paso le traía una propuesta:

―Parece que no tienes nada que hacer, y yo tengo que probar catorce pasteles de boda ―le explicó mientras se bebía una taza de café muy cargado. Enjolras estaba apoyado en la encimera de la cocina haciendo exactamente lo mismo―. ¿Te gusta la tarta?

―¿Y a quién no? ―dijo Grantaire.

―A mi prometido no le gusta…

―No te cases con él.

―Ni a mi hermano ―concluyó Cosette.

Grantaire se quedó mirando a Enjolras, que se encogió de hombros y no se defendió de la infame acusación.

―Está bien, fuguémonos tú y yo.

xxx

Y ese fue el comienzo de una hermosa amistad. Aunque, por desgracia, también de una indigestión de tarta. Grantaire no podía probar ni un bocado más, pero Cosette seguía comiendo sin parar. Puede que sufriera ansiedad prenupcial.

Para su sorpresa, ella no lo había secuestrado para darle la charla, y no le dijo, con el cuchillo de plata en la mano y como quien no quiere la cosa, lo mucho que quería a su hermanito y cuánto la disgustaría que alguien le rompiera el corazón. Pero tampoco hizo lo opuesto ni dio por hecho que lo que tenían era para toda la vida y que Grantaire ya era parte de su familia. Le dijo que le gustaría que asistiera a su boda, pero que lo entendía si tenía otros planes o si le parecía muy pronto para eso. Lo había hablado con Enjolras, le explicó, y él estaba de acuerdo. También le dijo que tuviera paciencia con los chicos, que todos tenían sus "cosillas" pero que ya se les pasaría. Grantaire lo entendió entonces.

―Gracias por rescatarme ―le dijo.

Ella sonrió mientras chupaba su cuchara.

―Bueno, ¿tenemos veredicto?

A Grantaire le gustaba la de chocolate porque no era muy sofisticado gastronómicamente hablando, pero ella eligió la de limón y azahar. Puaj.

Por la tarde, mientras volvían paseando para bajar la tarta, Grantaire le habló de su colaboración con el grupo y de lo impresionado que estaba. Cosette aceptó el cumplido y le dio las gracias, pero cuando Grantaire le preguntó si había pensado en hacer carrera en la música, ella no pareció entusiasmada.

―Me han hecho algunas ofertas, pero no me interesa demasiado ―le confesó mientras se apartaba el pelo de la cara. Hacía viento y estaba lloviznando, y habían tenido que comprar un paraguas bajo el que caminaban cogidos del brazo―. Cuando veo lo estresados que están mi hermano y los chicos... Yo admiro lo que hacen y sé que es importante, pero siempre están ocupados, siempre viajando. Algunos han dejado de estudiar, apenas ven a sus familias, no tienen tiempo para nada más. Y tanta atención yo no la soportaría, que me espiaran y me persiguieran como a vosotros dos. Como ahora, por ejemplo. Toda esa gente en la puerta de su apartamento… No pienso volver, por cierto. Se quieres verme, tendrá que ser en otro sitio.

Grantaire la entendía. No todo el mundo estaba hecho para esa vida. Puede que, en el fondo, nadie lo estuviera…

―Además, tengo mi trabajo. Y me gusta lo que hago ―siguió diciendo Cosette―. Voy a casarme y quiero pasar tiempo con Marius. Queremos tener hijos. No inmediatamente, claro, pero dentro de algunos años… Oye… ¿te ocurre algo?

―No… ―musitó él, volviendo al mundo de los vivos―. Perdona, es que…

Había una chica sentada en una parada de autobús. Bajo el gorro de lana que llevaba asomaba una melena oscura y larga, y cuando se puso el pelo detrás de la oreja para ajustarse los auriculares, Grantaire le vio parte de la cara y se fijó en sus uñas pintadas de negro.

No era ella, por supuesto. No la había visto en diez años, ya no tendría el mismo aspecto. Pero, por un momento, el corazón le había dado un vuelco.

Se sacudió a la fuerza aquellos pensamientos.

―¿Quieres un café? ―le dijo a Cosette.

Lo que él quería era un trago, pero no podía ser.

xxx

Pasó por el supermercado antes de volver y compró algunas cosas para llenar la nevera. Enjolras no estaba en casa, así que Grantaire cogió su guitarra e intentó componer hasta que decidió que aquel tampoco era su día. Se rindió y se quedó mirando el techo, sentado en el suelo junto a la cama como cuando era un crío y fumaba en su habitación con la ventana abierta y la puerta cerrada. Su abuela siempre lo pillaba…

Poc, poc, poc.

El golpeteo lo sobresaltó y lo arrancó de su ensoñación. Se giró hacia la ventana y descubrió…

…que había un pájaro allí posado, un ave negra de gran tamaño que picoteaba el cristal con insistencia.

Poc, poc.

Poc, poc, poc.

Lo recorrió un escalofrío de los pies a la cabeza. ¿Estaba soñando? No, para nada. El cuervo estaba justo allí y seguía dando picotazos, pero de pronto miró hacia adentro y levantó el vuelo con un brusco aleteo.

―Otra vez ese pájaro… ―dijo Enjolras, que había entrado sin que lo oyera.

Grantaire se volvió hacia él.

―¿Otra vez? ―preguntó con más inquietud de la que pretendía, aunque Enjolras no pareció notarlo y se sentó en el suelo a su lado.

―Vive por aquí. Es bastante pesado ―le explicó―. Hace días que no lo veía. Pensé que lo habrías asustado.

Grantaire se quedó mudo.

―¿Ocurre algo? ―preguntó Enjolras al ver cómo lo miraba.

Grantaire tuvo que preguntárselo:

―¿Por qué has dicho eso?

―¿Qué he dicho?

―Lo de… asustar al pájaro.

Enjolras le tiró de la manga del jersey para desvelar los tatuajes de su antebrazo. Grantaire se sintió como un idiota paranoico. Pues claro...

―Da un poco de miedo ―opinó Enjolras, mirando el tatuaje del espantapájaros.

―Sí, supongo ―murmuró Grantaire―. Estoy pensando en quitármelo.

―No he dicho que no me guste ―le aclaró Enjolras―. ¿Qué tal tu día?

Grantaire forzó una sonrisa. El temor supersticioso ya se le estaba pasando. Estaban en París, joder. Había cuervos por todos lados.

―Extra azucarado ―respondió a la pregunta.

Enjolras le dio un beso para comprobarlo y lo endulzó con una leve sonrisa. Grantaire se derritió como la mantequilla.

―Creí que no te gustaba la tarta ―le recordó.

Enjolras lo miró de reojo y no dijo nada. Tenía su forma de coquetear, pero las bromas y los dobles sentidos no eran su estilo. Era más bien de mirarle y dejarle adivinar lo que estaba pensando. Sabía ser muy, muy, gráfico.

Lo hicieron bajo el agua caliente de la ducha. Allí se besaron mientras se recorrían con las manos, mojados, sin dejar ni un centímetro de piel intacto. Cuando Enjolras se giró de espaldas, Grantaire se permitió admirar su cuerpo con los ojos y con las manos, recorriéndolo desde los hombros hasta las muñecas para acabar entrelazando sus dedos y poniendo sus manos contra la pared. Le dijo al oído lo que iba a hacer y Enjolras dijo que sí con la cabeza. A Grantaire lo enloquecía follarlo de aquella manera; no solo porque la situación lo sedujera, sino porque la postura forzada que Enjolras se veía obligado a mantener hacía que estuviera tenso y eso...

Dios, oh, joder…

Enjolras no se quejaba; estaba claro que le gustaba rozar la línea y que aquello lo excitaba tanto como a él. Gemía con fuerza cuando le sentía justo donde le gustaba, y cuando Grantaire empezó a tocarle notó cómo su cuerpo se tensaba. Podrían haber acabado así, pero Grantaire quería un poco más. Se sentía más enérgico desde que había dejado de beber, y no pudo resistirse a girar a Enjolras hacia él para levantarlo en brazos y follarlo como quiso hacer la primera vez. Se corrieron así, salvajemente y al mismo tiempo, Enjolras con la cabeza echada hacia atrás mientras Grantaire inclinaba la suya como un penitente en la curva de su cuello.

De los gemidos de placer a los jadeos sin aliento solo había eso: unos segundos de agonía que barrían el mundo entero. Te dejaban vacío; por fuera y por dentro. Respiraron frente contra frente mientras el agua seguía resbalando por sus cuerpos. Despertar de ese momento era como hacerlo de un profundo sueño: un regalo, un descubrimiento.

xxx

Y hablando de regalos, el veinticinco de marzo cumplió treinta años. No se sintió diferente, ni más viejo ni más sabio, aunque cuando Enjolras le susurró aquel feliz cumpleaños contra los labios se sintió como debió sentirse el presidente Kennedy cuando la Monroe armó el famoso escándalo.

Para entonces, su relación con sus amigos había mejorado. Ya no lo trataban como a un intruso ni como a un extraño, y aunque el que más y el que menos siguiera recelando (algo que Grantaire encontraba plenamente justificado), le habían dado una oportunidad que él procuraba aprovechar. Con Feuilly hablaba un poco más desde que los unía la solidaridad entre fumadores desterrados, y Bahorel, que había dejado de balbucear cuando descubrió que era un tío de lo más normal, oyó que le gustaba boxear y lo invitó a acompañarlo a su gimnasio. Grantaire intentó no tomárselo como una venganza personal cuando acabó tumbado en el primer asalto. La culpa era suya por olvidar que a los baterías les gustaba aporrearlo todo.

Jehan, por su parte, estaba abierto a todos los consejos que Grantaire pudiera darle, cosa que parecía molestar a los demás debido a la creencia general de que Jehan era un pequeño tirano arrogante que imponía su criterio y no dejaba participar a nadie. Enjolras y él discutían con frecuencia, y pobre del que osara meterse en medio. Puede que Enjolras fuera un líder natural, pero no estaba muy claro que liderara su grupo realmente. Aunque, para ser justos, también era más que discutible que Grantaire fuera el líder del suyo. Él componía las canciones y las interpretaba, y el resto pasaba como por arte de magia. Sabía muy bien que, en realidad, pasaba lo que quería Montparnasse, pero solía darle igual. Montparnasse sabía cómo funcionaba el negocio, y lidiar con todo eso era un trabajo ingrato y complicado.

Les Amis eran un grupo más equilibrado. El talento creativo de Jehan era innegable y muy superior al de los demás, pero cada uno aportaba algo al conjunto: Enjolras les daba voz y pulso, poseía un carisma que valía su peso en oro y que era la fuerza de atracción del grupo; Courfeyrac era el corazón, el estallido de energía que ponía al público en movimiento del primer acorde al último, y Bahorel, natural y honesto, era un soplo de aire fresco en un mundo marcado por las apariencias, mientras Feuilly, un soñador en secreto, era quien les mantenía los pies en el suelo. Pero incluso los que no eran miembros de la banda formaban parte de ella a su manera: Cosette, Marius, Combeferre, Musichetta… Pasaban con ellos todo el tiempo que podían, y estaban en el estudio aquella mañana cuando llegaron Grantaire y Enjolras.

―¡Sorpresa! ―gritaron.

Y Grantaire se quedó de piedra. Había una tarta, y globos, y una pancarta…, y alguien le tiró confeti a la cara. Intentó no mirar a Enjolras de forma acusadora. Más tarde descubriría que él no sabía nada.

La tarta era la de chocolate que él mismo eligió, aunque eso quedó entre él y Cosette, que le dedicó un guiño de complicidad. A través de las llamas (porque habían puesto las treinta velas sin dejarse ni una) se podía ver que habían escrito "Grantaire", y no "R", encima del glaseado.

―Pide un deseo ―le dijeron cuando sopló las velas.

Grantaire procuró no mirar a Enjolras, pero les tomaron el pelo de todas maneras.

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Cuidado con lo que deseas. ¿No dicen eso? Es porque los sueños cumplidos nos dejan vacíos y hambrientos de sueños nuevos, o nos decepcionan, o tienen consecuencias que no leímos en la letra pequeña. Pero a veces nos hacen felices, y eso es lo que más asusta. Da miedo que se acabe en cualquier momento. Da miedo pensar "no me lo merezco". Quizá tampoco mereciera la fama ni el dinero, pero ninguna de esas cosas lo había hecho nunca tan feliz como aquello.

Pensó en ello mientras se fumaba un pitillo en la terraza. Enjolras se estaba duchando, así que Grantaire aprovechó para hacer un par de llamadas. Habló un rato con Bossuet y con Joly, que lo habían llamado antes para felicitarle, y respondió unos cuantos mensajes. Por último, y después de pensárselo mucho, le devolvió la llamada a Montparnasse.

―Bueno, ¿qué? ¿Te has divertido en tu fiestecita del té? ―se burló él. Había visto fotos en Instagram y le había hecho gracia―. Está bien que hayas dejado la bebida, R, pero tienes una reputación que mantener. Cuando vuelvas lo celebraremos a lo grande, ¿eh?

Grantaire le dijo que sí para seguirle la corriente y colgó a la primera ocasión que tuvo. Aunque Montparnasse lo había dejado en paz durante los primeros días, sus llamadas se estaban volviendo más frecuentes y últimamente se mostraba demasiado impaciente con respecto a su regreso. El hecho de que estuviera al corriente de lo que hacía tampoco le gustaba mucho. Las fotos que había visto las habían publicado los chicos, no él mismo. Hacía meses que ni miraba sus redes, pero al hacerlo descubrió que alguien (que en teoría era él) había dado las gracias a sus seguidores por las felicitaciones de cumpleaños. Eran miles y miles, igual que todos los años. Leyó algunas y, por alguna razón, sintió curiosidad y siguió leyendo.

Lo hizo durante un rato antes de irse a la cama. Aquella avalancha de buenos deseos anónimos le resultó extrañamente conmovedora, pero quizá estuviera un poco saturado de emociones esa noche. No había publicado nada en persona desde el verano anterior, cuando le escribió un breve mensaje a aquella chica que se llamaba a sí misma "león cobarde". Había leído la emocionada respuesta de ella, pero no las otras: las de todas las personas que se unieron a él para apoyarla y darle fuerzas. Tampoco había visto la foto que ella publicó meses después y donde se la veía en la playa con otros chicos de su edad. Tenía una sonrisa tímida y asustadiza, pero que traslucía cierta forma de alegría. No, alegría no; era orgullo. Estaba orgullosa de su logro. Igual que él después de casi tres meses sobrio.

Aquella curiosidad no lo abandonó inmediatamente, y a lo largo de los días siguientes, mientras el grupo ultimaba detalles y se concentraba en los ensayos, Grantaire solía estar abstraído en su teléfono, y en un momento dado acabó descubriendo que Les Amis tenían no una, sino muchas historias parecidas. Miles de ellas.

¿Por qué? ¿Por sus canciones beligerantes e ingenuas?

No iban a cambiar el mundo con canciones, con discursos grandilocuentes ni con protestas callejeras. El mundo no cambiaba ni con crisis y guerras. Pero, para muchas personas, personas individuales, ellos habían marcado una diferencia; había personas que querían creer con todas sus fuerzas, y otras que creyeron en ellos porque no podían creer en otra cosa. Muchos les contaban sus historias: las cotidianas ("he tenido un mal día, un mal año, una mala racha…") y las excepcionales, las de personas que habían superado adicciones, abusos, pérdidas…, situaciones jodidas como para mandarlo todo a la mierda. Había gente necesitada de un clavo ardiendo al que agarrarse y ellos intentaban tenderles la mano. Habían… estaban… salvando vidas.

Ahora mismo. Mientras se divertían.

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Grantaire se acostó tarde la última noche que estaría allí. Regresaba a Nueva York al día siguiente, la misma noche que Les Amis iniciaban en París su gira de cuatro meses. Enjolras se había ido a la cama y le había pedido que no tardara. Había que estar loco para dejarlo esperando, pero quizá lo estuviera. Lo que estaba pensando parecía una locura, así que lo consultó con Bossuet esta vez.

―Si es importante para ti, adelante ―fue su respuesta―. Por si acaso no lo sabes, soy tu amigo antes que tu manager.

―Por si nunca te lo he dicho, eres el mejor de los amigos ―le respondió Grantaire.

Lo que hizo a continuación fue contarle al mundo lo que la prensa quería saber tan desesperadamente: qué había pasado realmente en el Madison Square Garden y dónde había estado los dos meses siguientes.

Y después se fue a la cama y dejó que las redes se incendiaran.

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Enjolras se enteró por la mañana. Grantaire acababa de salir de la ducha, y cuando regresó al dormitorio lo encontró sentado en la cama, con su móvil en las manos y todavía en pantalones de pijama. Nunca lo había mirado como aquella vez; ni siquiera cuando llegó a París después de salir de rehabilitación.

―No ha sido para robarte el protagonismo, lo juro ―se burló Grantaire para quitarle importancia al asunto.

―Eres muy valiente ―le dijo Enjolras.

―Eso les dirás a todos ―sonrió Grantaire. Sabía que era verdad. Y le parecía bien.

―¿Por qué lo has hecho? ―le preguntó Enjolras mientras Grantaire cogía ropa limpia de su maleta a medio hacer.

―¿No es obvio? Intentaba impresionarte.

―Sé serio, Grantaire.

Él sonrió sin responder. Lo sorprendía que Enjolras aún no supiera que siempre hablaba en serio. Acabó de vestirse y se recostó en la cama junto a él. Enjolras le apartó el pelo húmedo de la frente para deleite de Grantaire, que adoraba el roce de aquellos dedos delicados en su piel.

―¿Por qué? ―insistió Enjolras.

―No lo sé, rayo de sol ―suspiró él―. Me ha sentado bien confesarme. Supongo que eso me hace egoísta, pero no creo que importe mucho si… le sirve de algo a alguien. ―Torció el gesto al escucharse, sintiéndose inseguro y estúpido a la vez―. ¿Es una tontería?

Enjolras negó con la cabeza sin dejar de mirarle.

―No ―susurró―. No lo es.

xxx

Horas después, al caer la tarde de aquel uno de abril, noventa mil personas llenaron el estadio Parc des Princes de París. Visto desde el cielo, el recinto era una explosión de luz y sonido y bullía como un hormiguero. Cánticos, gritos y silbidos se unían en un clamor que iba creciendo mientras el sol descendía. Había algo mágico en aquella hora del día, en la intensa luz anaranjada que lo envolvía todo como una llamarada.

Grantaire presenció el mismo atardecer desde un lugar distinto. A través de los ventanales del aeropuerto se veía brillar el sol en el fuselaje de los aviones que levantaban el vuelo. Justo a aquella hora, Les Amis estarían saliendo al escenario. Grantaire podía imaginarlos apareciendo en un estallido de luz frente a un mar multicolor de puños en alto. Lo había tentado la idea de quedarse para ver por lo menos aquel concierto, pero mucho se temía que no se iría nunca si empezaba a retrasar el momento de su regreso.

Su teléfono volvió a sonar y lo arrancó de sus pensamientos. Grantaire colgó sin mirarlo. Una azafata se acercó para informarlo de que su vuelo embarcaría en unos minutos y le preguntó si se le ofrecía algo. Cuando su móvil sonó una vez más, Grantaire tuvo ganas de pedirle una copa y que dejara la botella, de paso.

Contestó con un suspiro resignado.

―Ocho horas ―dijo en tono cansado―. En ocho horas estaré en Nueva York para que hablemos en persona, ¿de acuerdo? ¿Por qué no me esperas con flores en el aeropuerto?

―¿Sabes quién va a estar esperándote, y no precisamente con flores? ―le dijo Montparnasse―. Nuestro productor. Sus abogados. Y la prensa, R. Toda la jodida prensa del negocio queriendo sacar tajada de cada gilipollez que se te ocurre hacer.

―Suena un poco desalentador…

―Sí, claro, tú ríete de todo. ¿Dónde está la gracia, eh? Porque yo no se la veo.

―No me estoy riendo ―dijo Grantaire.

―Joder ―siseó Montparnasse, que no parecía encontrar ninguna forma mejor de expresar su frustración―. Joder, R, no estoy diciendo que vuelvas a beber. ¿Pero a qué viene airearlo de esa manera como si fueras un jodido ex convicto que ha encontrado a Jesucristo? Ese es el final del camino ¡y lo sabes muy bien! Si quieres acabar con la banda, ¿por qué no lo haces de una vez?

―Sé muy bien lo que he hecho ―trató de explicarle Grantaire―. Conozco los riesgos, pero tenía que hacerlo. Sé que no lo comprendes, por eso quiero que hablemos.

―¿Y por qué no coges el puto teléfono?

―¡Porque quiero hablar en persona! ―estalló Grantaire, sobresaltando a los pasajeros que había en la sala de primera clase. Recibió unas cuantas miradas de discreta desaprobación desde los reservados cercanos.

―Sé sincero, R ―le dijo Montparnasse. Grantaire se hundió en su asiento. Ya sabía lo que venía a continuación―. Ha sido idea suya, ¿no?

Un whisky, sí. Dorado, escocés, con aroma a humo y a roble. O uno peleón, le daba lo mismo.

―Ocho horas, Parnasse ―repitió, masajeándose la sien―. En ocho horas estaré allí y podremos hablar de todo esto.

―No hace ninguna falta ―dijo él con frialdad―. Si lo que quieres es hundirnos, puedes hacerlo mientras le das por el culo a ese parásito engreído. Pero que no se te olvide, R: es él quien te está jodiendo a ti. Y, por cierto, que te jodan.

Colgó. Grantaire no se lo esperaba, aunque a decir verdad tampoco se sorprendió tanto. Ya no contaba con que Montparnasse se comportara de forma coherente dos veces seguidas.

Había oscurecido mientras hablaban, y ahora los grandes ventanales le devolvían su propio reflejo superpuesto a las luces parpadeantes de las pistas del aeropuerto. La azafata reapareció caminando con elegancia.

―Señor, ¿me acompaña?

xxx

Les Amis llevaban una hora de concierto cuando sucedió. La grada entera estaba en pie y coreaba con una sola voz el estribillo de Patria cuando un pequeño tumulto estalló hacia el centro del estadio. En las primeras filas no lo notaron, pero desde algunos puntos de las gradas empezaron a señalarlo. ¿Qué estaba pasando? La seguridad del recinto se puso en movimiento para averiguarlo, pero el desorden aumentó hasta que fue visible desde el escenario.

Courfeyrac fue el primero en dejar de tocar. Enjolras llevaba un buen rato en silencio porque tenía el micro apuntando hacia el público cuando empezó a suceder aquello. No se movió de donde estaba, pero la inquietud era visible en su mirada, sin duda porque recordaba demasiado bien el lamentable incidente de hacía un año.

―No sé qué está pasando, pero os pido a todos que mantengáis la calma ―dijo cuando vio que la multitud se agitaba peligrosamente, e ignoró a la voz de su audífono que le pedía que saliera del escenario. Sabía que no enviarían a los guardaespaldas a por él porque eso haría que cundiera el pánico―. Y si alguien está buscando problemas ―continuó, alzando su voz dorada―, es mejor que sepa que no nos da ningún miedo. ¡No nos harán callar por la fuerza porque somos más fuertes que ellos!

La respuesta del público fue ensordecedora. Hubo puños en alto y gritos de guerra, y Les Amis cerraron filas en torno a Enjolras. La primera vez los habían cogido por sorpresa, pero eso no se repetiría. De haber habido una amenaza real, las tornas se hubieran cambiado muy deprisa.

Pero, cuando el estadio entero contuvo el aliento, lo que se oyó desde la parte agitada del campo fue a un puñado de gente riendo. Enjolras frunció el ceño.

―¡Eso ha sido impresionante! ―gritó alguien a pleno pulmón, aunque estaba tan lejos que lo que llegó al escenario fue un murmullo ininteligible.

Entonces levantaron a hombros a alguien, y la gente que lo vio empezó a gritar y a señalar en su dirección. Enjolras se hizo sombra sobre los ojos para ver mejor.

―¡Solo soy yo! ―gritó Grantaire, haciendo bocina con las manos―. ¡Siento mucho decepcionarte!

Aunque Enjolras solo lo distinguía como una figura diminuta en la lejanía, Grantaire lo veía a él con todo detalle en las grandes pantallas del escenario. Cuando Enjolras sonrió aliviado, fue como si el sol hubiera cambiado de planes y hubiese decidido volver a aquel estadio. Grantaire no podría juzgarlo. En ese momento, su asiento en primera volaba vacío rumbo al Atlántico.

―¿Qué pasa, R? ¿Es que tienes que sabotearnos siempre? ―lo increpó Courfeyrac desde el escenario.

―¡Debería bajar ahí y patearte el culo, súper estrella! ―le dijo Bahorel.

―¡Todavía nos debes una por lo que dijiste de nosotros! ―le recordó Jehan con aire beligerante.

―Seguro que ni has pagado la entrada ―lo acusó Feuilly con gran acierto. Hacía meses que estaban agotadas, pero para la gente como él no había puertas cerradas.

―Tú tranquilo, R, aquí estás a salvo ―le dijo el tío cachas que lo tenía a hombros y que lo había salvado de que lo aplastaran.

Grantaire aún notaba que le tiraban de la ropa y que la gente intentaba tocarlo como si fuera alguna clase de amuleto sagrado. Había intentado pasar desapercibido y lo había logrado durante un rato, pero tenía que haber sabido que no duraría demasiado. Sin embargo, lo emocionó comprobar que el público de Les Amis lo quería tanto a pesar de todo. Aquella calurosa reacción fue algo inesperado.

Lo dejaron en el suelo, y la agitación que su repentina aparición había causado se calmó lo suficiente para permitirle avanzar hacia el escenario entre exclamaciones, fotos y apretones de manos. Hubo también algunas manos largas, y se llevó por lo menos tres besos espontáneos (uno de ellos bastante apasionado), pero también recibió palmadas en la espalda y otras muestras de solidaridad y apoyo por su reciente confesión. Grantaire se sintió abrumado, pero hizo de tripas corazón y sonrió cuando llegó sin aliento a la primera fila. Desde allí alzó la vista hacia su Apolo, que lo miraba desde su pedestal en el escenario; su silueta recortada por la luz de los focos y su cabello una aureola de rizos dorados.

Desde el público les gritaban que no se hicieran los estrechos. Le decían a Grantaire que subiera al escenario a tocar con ellos o por lo menos a darle a Enjolras "un buen morreo", pero Grantaire ya había llegado todo lo lejos que pretendía llegar y no pensaba dar ni un paso más.

―¿Y bien? ―dijo con una sonrisa provocativa―. ¿A quién hay que meterle un dólar en la bragueta para ver un buen espectáculo?

Enjolras no le concedió una segunda sonrisa por respuesta, pero sus ojos parecían brillar más que nunca cuando le dijo:

―Tú observa.

Fue su mejor concierto hasta la fecha, aunque todavía les quedaba mucho camino por delante y tendrían ocasiones de superarse. Cosette, Marius, Combeferre y Musichetta (que corrieron desde el backstage al encuentro de Grantaire y saltaron la valla para reunirse con él) no les acompañarían durante la gira, pero Grantaire estaba decidido a hacerlo si se lo permitían. Montparnasse y su grupo tendrían que esperar un poco más.