La familia onírica atiende a Phantasos, mientras se lamenta que no se cure con la velocidad que les gustaría, pero Huitzi decide que ya fue suficiente y desata una xochiyáoyotl, aunque eso vaya en contra de las costumbres de los dioses griegos. Y una vez iniciada, no se detendrá muy fácil. Cameo especial.


¡HOLA A TODOS! Para referencias a mi estilo y a ciertos aspectos del fic, lean 'Littera Minima' y sus secuelas. En esta ocasión, sumen 5 años a las edades del canon. O si les resulta más fácil y menos complejo, dense una vuelta por el perfil de Ekléctica, donde encontrarán la línea de tiempo oficial: al principio de cada año aparecen las edades.

Un especial agradecimiento a Seika Lerki, Tsuyu Ryu y Ekléctica (El Concilio del Fic), madrinas y lectoras de prueba de este fic, que además de incentivarme y animarme a escribir, aplacaron mis instintos asesinos y varios personajes vivieron para contarlo.

Una recomendación especial, si quieren ver este universo expandido, lean "Madness of Love", de Lady Seika Lerki y el omake "Lo que Sueño de ti" y las adorables miniserie "Familia" y "Futuro" de Ekléctica. Finalmente, "Luz Amatista", de Tsuyu Ryu, es una joya. Las conversaciones que las inspiraron a ellas, de paso me inspiraron a mí para retomar este hábito mío de escribir fanfictions. ¡VAYAN A LEER! =D

Saint Seiya, la trama y sus personajes pertenecen al genialísimo Masami Kurumada y a quienes han pagado por el derecho respectivo. No estoy ganando dinero con esto, nada más entretengo a mi imaginación y le doy más trabajo a mi Musa. D8 ¡NO TENGO FINES DE LUCRO!


ADVERTENCIA.

Cualquier coincidencia con la realidad, con situaciones reales y semejanzas con personas vivas o muertas, es una mera coincidencia. Se pide criterio y discreción por parte de los lectores. Debido a la naturaleza de algunas escenas gráficas, se pide extra cuidado. No me hago responsable de castigos, lesiones, o penas capitales derivados de la lectura de este capítulo. ¡No intenten nada de esto en casa!


Capítulo 13: Xochiyáoyotl

Habitación de Phantasos.

Día siguiente. 27 de Julio. 7:00 horas.

Si estaba seguro de algo, es que nunca tendría la capacidad de acostumbrarse a ver a su hija así. Intentó recordar por todos los medios cuando había sido la última vez que la había visto en esas condiciones, pero solo se le vino a la mente aquella vez cuando era una beba de meses (cuando no pudo soltarla) y el año anterior. Un gran vacío llenaba el espacio entre ambos eventos, y no sabía si considerarlo una bendición o maldición. Ni siquiera recordaba haber preguntado por ella. Hypnos meció a Phantasos un poco: la tenía en sus brazos mientras su mamá y Morpheus cambiaban las sábanas. La diosa era más liviana de lo que se veía y estaba a medio dormir. Sus ojos apenas estaban abiertos y jadeaba quedita, mientras con una mano sujetaba débilmente sus ropas.

"¿Hypnos?" Lo llamó Pasitea.

"¡Cinco minutos más!" Exclamó de pronto, apartándose incluso. Hypnos se mordió el labio cuando vio la mirada que le dio Pasitea y suspiró resignado. Asintió y se acercó a la cama, en donde depositó a su hija con cuidado.

"De alguna manera creo que fue bueno que Phanti se enfermara." Dijo Morpheus mientras ayudaba a arroparla. "Así se convence que vas en serio, papá."

"Puede que tengas un poco de razón, Morpheus." Apoyó su madre. "Pero me hubiera gustado que no hubiera sido tan extremo."

Hypnos no respondió, quizás por vergüenza. Se cruzó de brazos mientras veía a su hija descansando sobre la cama, agotada y sufriendo quizás qué dolores. Se imaginó como hubiera lucido siendo una niña, quizás abrazando una muñeca que nunca tuvo. Recordaba haberle regalado una Gala cuando cumplió siete años… ¿Qué juguetes había tenido Phantasos?

"Le gustaba jugar a la guerra." Dijo de pronto Morpheus, como adivinando sus pensamientos. "Era más inquieta que Gala y tenía la costumbre de saltarnos encima. Al principio nos dábamos cuenta, pero luego le agarró el chiste a eso de las emboscadas. Fue cuando nos empezó a seguir a la palestra a entrenar."

"Así le enseñaron a pelear." Gruñó Pasitea. "¡Qué lindo! ¡Una señorita en la palestra aprendiendo a dar golpes!" Rezongó la gracia. "Al menos aprendió bien a pelear."

Hypnos asintió y volvió a posar sus ojos en su hija, notando que Pillín se acomodaba en la mesita de noche, entre unos calcetines que habían dejado para ese propósito. ¡Tanto que se había perdido y apenas comenzaba a tomarle el peso! Gala aprendió de mala gana a pelear y no era buena luchadora, nunca quiso usar su armadura, en cambio Phantasos prácticamente había aprendido sola y rogado por el derecho de usar el kamei que su hermana había rechazado. Ni modo, no había caso cambiar el pasado, solo restaba cuidar la relación con su hija.

Hablando de Phantasos… comenzó a resoplar de dolor y a quejarse remolonamente. Pasitea no perdió tiempo en correr a refrescarla y él se vio a sí mismo apretando con fuerza los puños, demasiado consciente de lo inútil que se sentía. Morpheus le dio un codazo cómplice.

"Papá… en serio, vas a ver que Phantasos se va a quedar con este recuerdo por siempre."

"¡Apenas sí he sabido cómo cuidarla!"

"Mamá es la única que sabe, viejo. Los demás somos tan o más inútiles que tú."

"¡Más respeto, Morpheus!"

"Pero es la verdad. ¿Te acuerdas cuando el año pasado…?"

"Sí, sí, claro que sí: estoy harto de escuchar lo mal que estuvo Phantasos el año pasado…"

"Estuvo tres veces peor que ahora. En serio: casi se le licuó el cerebro."

Hypnos miró espantado a Morpheus, y la expresión de gravedad que tenía su hijo no lo dejó para nada tranquilo. Trató de sacudirse el pensamiento de la cabeza, sin mucho éxito.

"Nunca se olvidó que fuiste tú quien se dio cuenta que estaba enfermita y que la cargó a casa. Nunca."

"Hmpf. Me desentendí ni bien la dejé a salvo. No sé qué me pasó."

"Phanti nunca se olvidó de eso. Le diste mucha esperanza." Morpheus suspiró.

Pasitea tomó sorpresivamente a Hypnos y Morpheus por el brazo y les miró con cansancio. Asintió por unos instantes y forzó una sonrisa. Tenía ganas locas de llorar, pero mientras Phantasos no se curase, no lo haría. Ambos dioses entendieron que necesitaba un apapacho y la abrazaron al mismo tiempo.

"Phantasos está dando una soberbia pelea. ¡Cómo me gustaría que se curase ya!" Sollozó Pasitea a medias. Morpheus se mordió el labio.

"¿Por qué Apolo no la cura y ya? Se supone que es el dios de la medicina…"

"Entre otros muchos talentos, hijo, pero no funciona así en este caso." Explicó Hypnos. "Los dioses médicos que tenemos son capaces de curar incluso las dolencias más atroces de todas, pero en los mortales. Apolo nos explicó que en el caso de Phantasos, sus habilidades no funcionan del mismo modo. Es como si un médico mortal sin habilidades divinas estuviera tratando a un paciente mortal."

"¡Qué mentira más grande! Ni le da ni hipo a Apolo cuando maldice a algún dios con una de sus enfermedades. Él, Asclepios o los demás no tienen problemas para curar al incauto. ¡Fue lo que pasó con el tío Thanatos!"

"Porque son provocadas, no adquiridas naturalmente, hijo." Explicó Pasitea. "Le pregunté lo mismo y me dijo que cuando algún dios maldice a otro, se sabe cómo se echó a perder y se puede revertir dicho efecto, pero como es una enfermedad no causada por ellos… pues están de manos atadas."

Morpheus asintió no muy conforme, mirando a su hermana de reojo. ¡Cómo detestaba verla enferma! Nuevamente tendrían que esperar a que se le pasara el sarampión solo. Suspiró: al menos no moriría… y esta vez su sufrimiento había sido muy controlado. Hypnos se adelantó y se sentó en la cama junto a su hija, a quien le acarició los cabellos.

"Yo la cuidaré esta noche." El dios los miró con una sonrisa. "Trataré de hacerlo bien."

"¿Estás seguro, Hypnos? Nunca antes…"

"Siempre hay una primera vez, y necesitas dormir, Pasi." Le dijo Hypnos, antes de volverse a su hijo. "Llévate a tu mamá a dormir y tráeme algún libro, por favor."

Morpheus asintió callado y tomó a su mamá del brazo. La diosa se resistió, pero en un acto de fe accedió a la petición del padre de su hija, dejándose llevar por Morpheus. En el fondo tenía razón, necesitaba descansar o no sería de mucha ayuda.

"Nos avisas cualquier cosa…"

"Claro que sí."

Pasitea al fin salió de la habitación, dejando a Hypnos solo con Phantasos quien, como si se hubiera percatado, abrió un poco más los ojos, algo más alerta, pero sin fuerzas para hablar. Hypnos le guiñó el ojo.

"Sé que estás bien grandota, pero ¿quieres que te cuente un cuento?" Hypnos miró de reojo hacia la ventana, cuyas cortinas estaban cerradas. "Para que luego te quejes con ese colibrí tuyo que te vigila desde fuera que te aburro con mis tonterías."

La débil sonrisa y el brillito casi inocente en los ojos de Phantasos fueron toda la aceptación que Hypnos necesitó antes de acomodarse a narrar alguna historia que se inventó a medida que hablaba.

Fuera del castillo y sentado en una de las gárgola del techo, bastantes metros por encima de la ventana de la habitación de Phantasos, Huitzilopochtli montaba guardia con el rostro muy grave. La lluvia caía profusamente sobre él y su rostro era iluminado cada cierto rato por los relámpagos. El agua le corría por la piel como si fueran lágrimas, que reflejaban casi a la perfección el sentir del dios.

"… algo le falta a sus poderes." Murmuró para sí el dios, muy aprensivo. "… son dioses médicos poderosos, pero esto los supera. Es como si fueran médicos normales ateniendo pacientes normales." Se repitió en un murmullo, mientras meditaba sus palabras.

Huitzilopochtli había estado presente durante la explicación de Apolo y por mucho que el tipo lo pusiera de mal humor, tuvo que reconocer que estaba frustrado por no poder curar en seguida a su Sueñito. Todos sus poderes de sanación sin poder funcionar a toda capacidad… y sin embargo mientras más tiempo pasaba, más se convencía que en este caso en específico no estaban recurriendo a toda la ayuda posible. No por mala voluntad, sino porque simplemente no se les había ocurrido… no formaba parte de su cultura… pero sí de la suya.

"Es hora." Dijo muy decidido, en un gruñido muy bajo, segundos antes que sus ojos se pusieran brillantes. "Xochiyáoyotl."

Un trueno resonó a la distancia, iluminando todo el paisaje a su alrededor.

Abajo del castillo, Radamanthys y Valentine miraban hacia arriba, uno de brazos cruzados y el otro con las manos en las caderas. Ambos espectros tenían los rostros llenos de curiosidad, pero no se veían alarmados. En lo alto, Huitzilopochtli casi parecía un pajarillo taimado con toda la lluvia que le caía encima… en exclusiva para él, como si quisiera reflejar su sombrío y lúgubre estado de ánimo.

"Es un buen truco. Ya sabe, eso de tener su propia nube negra y tormenta personal." Comentó Valentine. Radamanthys asintió muy pensativo.

"Sí. Podría enseñar el truco: transmite bastante bien la idea que está de mal humor y no quiere ser molestado." El juez se encogió de hombros y giró sobre sus talones. "Suficiente distracción, Valentine. ¡Tenemos trabajo!"

Radamanthys se alejó en dirección contraria al castillo, siendo seguido por su lugarteniente al cabo de unos momentos. Era un espectáculo extraño, pero ya se habían detenido mucho a mirar y el trabajo no se iba a resolver solo.

No alcanzaron a ver como Huitzilopochtli encendía su cosmo y desaparecía en un haz de luz.

Museo del Templo Mayor. Ciudad de México.

En esos momentos.

Era noche y tarde, el museo entero estaba vacío. Solo unas pocas almas se daban vueltas, a paso tranquilo y aparentemente distraídas, pero no… estaban muy alertas. Al menos dos de los guardias eran guerreros águila en toda regla. Ambos vigilaban que el sumo sacerdote de Huitzilopochtli, el doctor Fariña, pudiera meditar en paz, cuidando que los guardias normales no se acercaran mucho y que fuerzas extrañas no perturbasen la meditación de Roberto.

Los guerreros de Coyolxauhqui, también llamados Centzon Huitznáhuac en honor de las estrellas del sur que habían sido exterminadas, no se llevaban bien con los guerreros de Huitzilopochtli, por razones más que obvias. Solían hacer incursiones al Templo Mayor y al museo de sitio no para profanar las reliquias, sino para incordiar a los guerreros de Huitzi.

Generalmente no se hacían mucho problema. Unas veces ganaban, otras perdían, pero no se estresaban por nada, pero hoy era uno de esos días en que una incursión del estilo no sería bienvenida en lo absoluto.

Roberto meditaba. Estaba ataviado con su traje de guerrero águila y se lo notaba muy concentrado. Su cosmo se notaba en paz, pero presto a entrar en acción a la más mínima provocación. Frente a él, una imagen de Huitzilopochtli parecía brillar con luz propia. Estaba tan quieto que hasta habría pasado por una estatua de no ser por su quieta respiración. Su comunión con el dios era prácticamente completa y solo esperaba una orden.

Una orden que vino en la forma de un pulso de cosmo.

Los ojos de la imagen brillaron con intensidad y Roberto agachó la cabeza. Huitzi se manifestó con autoridad ante él.

"Ordene, señor."

"Es hora, Roberto." Le dijo Huitzi muy grave. "Inicia una Xochiyáoyotl por mi querida Phantasos. No escatimen medios."

"Creí que nunca daría la orden, señor." Roberto levantó la cabeza y sonrió torcido. "Era lo que esperábamos: todo está dispuesto."

"…"

"¿Algo más señor?"

"Sí: terminen lo antes posible."

Roberto se puso de pie, sin quitarle los ojos de encima a su dios. Buscó entre sus ropas y sacó su celular, marcando un número en específico. La llamada tardó unos momentos en conectar y cuando lo hizo, se pudo oír una voz muy paciente.

"¿Mande?"

"Xochiyáoyotl." Dijo Roberto sin mayor preámbulo.

"¡Bien! Esto ya no se detiene."

"Es la idea."

Roberto colgó el teléfono al tiempo que creía ver a Huitzilopochtli bajando los hombros. Sin embargo eso no lo llenó del alivio esperado y el hombre se dio cuenta. Evaluó con firmeza al dios antes de acercarse a él, quizás más casual.

"¿Necesita que reservemos una porción del sacrificio para usted?" Le preguntó con calma. Huitzi negó.

"Gracias Roberto, pero no esta vez. Todo eso debe ser consagrado a mi sueñito precioso."

"¿Está muy mal?"

"No va a morir, pero… está muy delicada. ¡Pero Phantasos es fuerte! Solo necesita un empujoncito."

"¿Y la medicina divina no sirve?"

"Sirve, pero no del todo. No hubiera pedido la guerra florida por ella de lo contrario." Huitzi suspiró. "Necesita el espíritu del sacrificio…"

"Y lo tendrá señor. Un sacrificio especialmente consagrado a ella: lo tenemos todo preparado." Roberto asintió con la cabeza. "Incluso les di permiso a los guerreros de atrapar algún Centzon Huitznáhuac que pillasen distraído."

Huitzi ladeó la cabeza, curioso y con la sonrisa torcida. Roberto lucía una sonrisa demasiado traviesa para su gusto.

"¿Qué fue lo que ideaste, siniestro?"

"¿Y arruinar la sorpresa, señor? Naaah."

En las calles de Ciudad de México, amparados por la oscuridad que jugaba trucos a los ojos, los guerreros águila y jaguar comenzaron a deslizarse de sombra en sombra con una velocidad letal, buscando presas. Presas que por cierto, creían que jugaban el papel del cazador, pues acechaban a víctimas más débiles que ellos. Eran ladrones, asesinos, secuestradores y toda clase de lacra que envenena la sociedad.

Como el humo tóxico que eran, intentaban cometer sus fechorías, pero en el último momento eran atrapados y, aunque se defendían, bien poco podían hacer por liberarse. Antes de perder la conciencia, alcanzaban a distinguir llamativos tocados de plumas y miradas tan severas que hasta parecían enloquecidas…

… los gritos de estos hombres eran ahogados por la noche y los ruidos de la ciudad. Y de ese modo, la cantidad de crímenes disminuyó dramáticamente.

Olimpo. Estancias de Hestia. Jardines.

En esos momentos.

Quetzalcóatl abrió los ojos casi a regañadientes, no solo por el exceso de luz a esa hora (en su país aún era de noche), sino porque además había tenido un muy mal sueño. Bueno, no exactamente: había estado soñando con la gloria cuando a Tezcatlipoca se le ocurrió interrumpir su descanso con una visión.

¡Con esos hermanos para qué quería enemigos! Seguro que Tezca había disfrutado interrumpiendo su sueño.

Una de las manos de Hestia le acarició la cabeza y Quetzalcóatl recordó donde estaba y en qué posición. Estaba en los jardines privados de la diosa, tendido en la hierba con la cabeza apoyada en el regazo de su amada, quien con sus delicadas manos le peinaba los cabellos y las plumas. Si hubiera sido un gato, habría comenzado a ronronear de contento.

"¿Mal sueño?" Le preguntó Hestia con dulzura. "Dormitaste un montón, amor."

"No… Era un sueño maravilloso, pero no se lo puedo contar, señora." Le dijo con un travieso guiño. No podía decirle que había estado soñando con ella y cosas no muy… castas. Quetzalcóatl se incorporó y, tras desperezarse un poco, se sentó cerca de ella. "Me mandaron un noticia interesante, eso es todo."

"¿Noticia interesante? ¿Esa es tu forma elegante de referirte a un chisme, amor?" Le preguntó Hestia con dulce coquetería. Quetzalcóatl le acercó el rostro.

"No siempre." Le dijo mientras atrapaba una de sus manos. "Es algo a lo que debo poner atención."

"¿Qué ocurrió?"

"Tezcatlipoca me avisó que Huitzilopochtli desató una guerra florida." Quetzalcóatl apretó los dientes. "El muy maldito tuvo a bien interrumpirme en la mejor parte de mi sueño."

"¿Una guerra florida? ¿Consigue prisioneros para sacrificio?"

Quetzalcóatl se vio reflejado en los asustados ojos de Hestia y de inmediato se perturbó. Tomó a la diosa por el mentón y tras arrimarse un poco más a ella, apoyó su frente contra la suya y suspiró tranquilo.

"No estoy preocupado, no debería pasar a mayores."

"¡Pero son sacrificios!"

"Aaaah, te preocupas demasiado, amor." La serpiente emplumada le sonrió travieso. "No has leído la letra pequeña."

"¿De qué hablas?"

"Oops. ¡Se me olvidó!"

"¡Señor Quetzalcóatl! Dígame de qué se trata…" Hestia se quedó en silencio cuando el dios le robó un tranquilo beso de los labios. Se sonrojó un montón cuando se separaron.

"No quiero." Reclamó Quetzalcóatl mientras le acariciaba los brazos. Hestia sintió un agradable escalofrío en la espalda.

"¿No me quiere decir de qué se tratan esas misteriosas cláusulas a los sacrificios?"

"Nope." Le dijo con mucha travesura. "Tendrá que convencerme." Añadió coqueto.

Hestia sonrió torcido y retrocedió un poco, sin perder de vista a su querida serpiente emplumada. Sintiéndose algo aventurera, hizo aparecer una de las barras de chocolate que solía preparar y se la mostró. El brillo de los ojos de Quetzalcóatl fue inmediato y no perdió tiempo en intentar cerrar el espacio entre él y la diosa.

"¡Deteneos! ¿Quieres esto, mi señor?" Le preguntó Hestia mientras analizaba la barra. Quetzalcóatl hizo un puchero.

"¡No sea así, mi señora! Sabe que eso es mi debilidad… ¿Así es como me soborna para que le cuente?"

"La verdad no. Ya no quiero saber." Hestia se puso de pie al tiempo que se guardaba la barra de chocolate en el escote. "Quiero que me convenza para escuchar de qué se trata todo eso."

Quetzalcóatl tenía la boca abierta y no solo por lo que acababa de presenciar. ¡No tenía idea que Hestia era capaz de hacer algo así! Tragó saliva, varios niveles más enamorado, y no tardó en saltar sobre sus pies.

"¡Pero la barra se va a derretir si la deja ahí!" Exclamó entusiasmado. Hestia le guiñó un ojo y le dio la espalda.

"Pues… entonces tendrá que apurarse." Le dijo mientras se alejaba hacia el interior de sus estancias.

Quetzalcóatl se quedó de una pieza, aunque por dentro rugía de gusto. Contó hasta treinta en lo que esperaba que Hestia se adentrase en su hogar, como dándole una ventaja deportiva. Cuando terminó de contar, se mordió el labio y apretó los puños con entusiasmo.

"¡Esto es mejor que mi sueño! ¡En Tu Cara, Tezcatlipoca!" Exclamó antes de salir en persecución de su diosa.

¡Esto se iba a poner divertido!

Giudecca. Salón principal.

27 de julio 12:58 horas

Sus pasos resonaban por aquél pasillo como los gritos de horror que eran sofocados por manos expertas. Huitzilopochtli podían sentir en sus fibras como sus guerreros acechaban y sorprendían a sus presas, sin darles tiempo de reaccionar antes de capturarlos de la manera más terrorífica posible. Cada una de sus respiraciones, cada una de sus luchas, él las sentía como si fueran parte de su pecho, como cada latido de su corazón…

Sus guerreros, por lo visto, se estaban divirtiendo al mismo tiempo. Incluso algunos se estaban sacando selfies con sus aterrorizadas víctimas, que no entendían que diantres estaba pasando.

Cierto… las víctimas no eran trigo del bueno, muchos eran criminales peligrosísimos que sin duda se merecían lo que les estaba pasando, pero a juzgar por la forma en que algunos estaban llamando a su mami… casi que llegaba a dar lástima. Casi.

Huitzi abrió las puertas del salón y entró como si fuera el dueño de casa. Llevaba algo de prisa y no se detuvo mucho en formalidades, aunque por lo general era bastante más respetuoso y más simpático que Quetzalcóatl, al menos a los ojos de Hades. A paso veloz llegó hasta el grupo de dioses, haciendo una rápida venia al dueño de casa. Apolo lo miró hastiado, Hypnos y Pasitea con urgencia. Thanatos rodó los ojos al cielo y se cruzó de brazos: el pobre tenía una jaqueca tamaño whisky de doce años reserva especial, así que no hablaba mucho. Dos sirvientas se mantenían atentas en caso de que las necesitaran.

"Como decía… Panacea está mejorando las medicinas que le estamos dando a Phantasos. Quizás si se reformulan específicamente para ella puede que resulten. Tenemos muestras de su ADN en el laboratorio, puede diseñar las medicinas en base a eso."

"Aun así su efectividad no subiría del 60 %." Rezongó Hades. "Pasó lo mismo el año pasado."

"Siempre será un problema de nunca acabar, Apolo." Gruñó Thanatos. "Podrás hacer todo lo que quieras, maldecirnos incluso, pero ni esto lo puedes sortear: un dios enfermo necesita otro dios para curarlo, pero estarán en las mismas condiciones de que si se tratara de un mortal tratando de curar a otro, a menos que sea una maldición."

"¿Cuánto tiempo más estará Phantasos enferma?" Preguntó Pasitea.

"¿Esto dejará secuelas?" Preguntó Hypnos. El dios del sueño abrazó a la Gracia, casi temeroso. Apolo negó con la cabeza.

"Ya debería ir a la baja."

"Con Phantasos nunca se sabe." Gruñó Hades, sacudiendo la cabeza. Suspiró aprensivo. "Pobrecita, ¡no me gusta verla así!"

"Esas medicinas necesitan un empuje extra." Dijo Huitzilopochtli de pronto. "Sé cómo lograr que eso pase."

"¿Y de dónde piensas sacar ese empuje, Azulito?"

"Sacrificios humanos."

La irritada ironía que Apolo lucía en su cara, junto con la preocupación de los demás, dio paso a una honesta sorpresa. Huitzi se tronó el cuello y asumió una postura solemne, a sabiendas que era el centro de las escandalizadas miradas de sus oyentes.

"Ordené a mis guerreros que desataran una Xochiyáoyotl. Guerra Florida." Anunció muy grave y decidido. "Sé que ustedes no están acostumbrados a los sacrificios de este tipo, pero es una buena solución."

"¿Una guerra florida? ¿Esos enfrentamientos para conseguir prisioneros para sacrificio?" Murmuró Pasitea, con la mano en el corazón. Intercambió una mirada con Hypnos.

"Se está llevando a cabo en estos momentos." Explicó Huitzi. "La energía que se obtenga de esos sacrificios dará el impulso que Phantasos necesita para curarse. ¡Estoy seguro que potenciará tanto los poderes curativos del solecito este como las medicinas que le quieren dar!"

"¡Eso es Barbárico!"

Apolo frunció el ceño y apretó los puños, dando un paso hacia adelante. No le gustaban los sacrificios humanos, algo tenían que lo perturbaban un montón. No tenía problemas en eliminar mortales cuando consideraba que lo habían ofendido, o despellejarlos vivos llegado el caso, pero en ese caso ponía un límite. Del mismo modo, estaba consciente que en algún momento los mortales habían sacrificado humanos en honor de los dioses del Olimpo, pero eso había sucedido tan al principio de los tiempos que apenas se acordaba. Huitzi levantó la mirada y se la mantuvo desafiante.

"¿Cómo se te ocurre que vamos a usar la energía de los mortales para potenciar nuestras habilidades? ¡¿Has perdido la cabeza?!" Apolo lo señaló con el dedo. "Lo que estás sugiriendo es una falta de respeto a Phantasos. Nosotros NO ACEPTAMOS sacrificios humanos."

"¿Se te ocurre una mejor idea, Apolo? Has cuidado de Phantasos con un cariño excepcional, pero no está resultando."

"¡¿Y solo porque te sentías inútil se te ocurre semejante GUARRERÍA?!" Apolo apretó la mandíbula. "No dejaré que te acerques con las manos así de manchadas a…"

"¡Tendrás que aceptar el sacrificio! Porque mis guerreros están dando lo mejor de sí para conseguir su sacrificio, cazando a las mejores y más difíciles presas de todas." Huitzi dio un paso hacia adelante. "¡Amo a Phantasos! Haré lo que sea con tal de conseguirle una cura y si eso implica que te ayude, ¡Ni Modo!" Reconoció en voz alta mientras sujetaba a Apolo por las ropas. "¡Vas a Aceptar Esa Energía Te Guste O No!"

Esas miradas bien pudieron haber hecho cortocircuito. Bien pudo comenzar una nueva pelea entre los dioses, pero poco a poco se apagaron los ímpetus. Apolo se resignó mentalmente, pues ni aunque estuviera drogado reflejaría que aceptaba su derrota: sabía que los ojitos de Phantasos brillaban por Huitzi, y he ahí al irritante colibrí zurdo, que era capaz de hacer arder al mundo con tal de que la menor de los sueños estuviera saludable. Huitzi era quien la cortejaba; él ni siquiera había entrado a la competencia.

"AHEM." Interrumpió de pronto Thanatos. El dios no estaba de buen humor. "Ya dejen de medir egos, sabemos que el colibrí pulgoso ganó."

"ARGH. ¡Tú quieres que te maldiga de nuevo!"

"¡¿Pulgoso YO?!"

Thanatos se cruzó de brazos y puso cara de muy pocos amigos. Siempre iba a desconfiar del que osara mirar a su única sobrina viva con ojos grandes y llenos de ilusión. ¡Detestaba a los pretendientes de Phantasos, fuesen quienes fuesen! También odiaría con su alma entera a los igualados que quisieran cortejar a sus ahijaditas.

"¿De cuántos muertos estamos hablando?" Preguntó entre dientes.

"Momento, creí que ya no hacían sacrificios completos… ¿O aún se aceptan en casos especiales?" Preguntó Pasitea.

"¿Cómo?" Preguntó Huitzilopochtli. "¿De qué muertos hablan?"

"De la Guerra Florida que ordenaste." Intervino Hypnos. "Y no me hagas pronunciar esa otra palabra: a duras penas puedo decir tu nombre."

"¡Quizás cuántos muertos están dejando! ¿Cómo piensas que se va a explicar eso entre los mortales?" Preguntó Apolo.

Huitzilopochtli parpadeó varias veces, quizás incluso con algo de ingenuidad. Ladeó la cabeza, muy extrañado.

"¿Es idea mía o no saben en qué consisten los sacrificios humanos actuales?"

"Intuyes bien. No tenemos idea, así que explícanos." Dijo Hades, quien se volvió hacia las sirvientas. "Traigan bocadillos y algo fresco para beber, por favor." Les pidió muy gentil. Las mujeres asintieron con delicadeza y desaparecieron tras una puerta.

"Es una larga historia." Explicó Huitzi, rascándose la nuca.

"Tenemos tiempo y vienen bocadillos." Dijo Hades. "Tú dirás."

"Pues… aquí les voy con el cuento."

Afuera en el corredor, las dos sirvientas detuvieron sus pasos casi al mismo tiempo. Ambas tenían los puños apretados y distintos gestos en las caras: cualquiera que las viera al pasar, creería que estaban irritadas, frustradas y a punto de cometer un sangriento asesinato, pero en verdad, solo se aguantaban las ganas de fangirlear explosivamente.

"¡Ordenó una guerra florida para ella!"

"¡Le consigue sacrificios humanos para que se cure pronto!"

"¡Qué Romántico! ¡Manolis nunca hace nada lindo por mí!"

"¡La señorita Phantasos es una suertuda!"

"¡AAAAAAAAAW!"

Ambas mujeres suspiraron encantadas, relajando los brazos. Se quedaron algunos minutos ensoñando, antes de recordar que debían llevar bocadillos y refrescos al Salón Principal.

Luego ya tendrían tiempo de fangirlear más a gusto.

Y por lo visto el tal Manolis tendría que esforzarse más a partir de ahora.

Continuará.

Por
Misao–CG


Próximo Capítulo: Sacrificios Humanos

Huitzi negó con la cabeza y aprovechó de mirar a su audiencia. Hypnos le miraba con mucha atención, analizando todo lo que decía, como buen estratega. Hades no se quedaba lejos, y Pasitea tenía esperanza en sus ojos. Apolo tenía una pose muy hostil, pero curiosamente se veía bastante más receptivo que hasta hacía unos momentos. Thanatos lo odiaba con toda su alma. El Colibrí Zurdo se puso a jugar con sus dedos: por lo visto se iba a tener que ganar al tío Muerte con mucho tacto…


Nota Mental: De acuerdo a los últimos vestigios arqueológicos encontrados, se cree que en épocas muy tempranas de la antigüedad, los griegos practicaron en algún punto sacrificios humanos a los dioses. Obviamente estas prácticas fueron abandonadas y condenadas conforme avanzaron los años, al punto que durante siglos se pensó que esto sacrificios no habían existido. Y justo cuando ya creíamos saberlo todo, viene la vida y nos sorprende. Por favor, si detectan algún error tipográfico, de ortografía y redacción, me avisan para que lo pueda reparar. ¡GRACIAS POR LEER!


BRÚJULA CULTURAL

Traída a ustedes gracias a Wikipedia o alguna otra página, según corresponda.

Palestra: No, no me refiero a la escuela que aparece en Saint Seiya Omega (¡EEEW!), sino a la real. La palestra (en griego παλαίστρα) era la escuela de lucha en la Grecia Antigua. Los eventos que no requerían mucho espacio, tal como la lucha y el boxeo, se practicaban allí. Funcionaba independientemente o como una parte de los gimnasios públicos. Una palestra podía existir sin pertenecer a un gimnasio, pero ningún gimnasio podía existir sin tener una palestra.

La palestra era una característica prominente de la sociedad griega, el significado de la competición atlética –y, por extensión, de la belleza física– traducida a la importancia del edificio en sí mismo. El estatus del evento específico, la lucha, realizado en la palestra se agregó a la importancia del edificio. La lucha era uno de los más antiguos y más extensamente difundidos de los deportes del mundo griego.

Con el paso del tiempo, el papel de las palestras como espacio educativo y social fue también aumentando. Aunque continuaron funcionando como escuelas de lucha, también albergaron conferencias y discusiones filosóficas e intelectuales, y este papel educativo asumió gradualmente el control de la función del edificio. Los suelos y paredes de la palestra eran adornados con famosos atletas, dioses y héroes, tales como Apolo, Heracles, Hermes y Eros. La música era a menudo parte de los entrenamientos y las competiciones.

Centzon Huitznáhuac: (cuatrocientos biznagas) en la mitología mexica son los dioses de las estrellas meridionales (del sur), hijos de Coatlicue, diosa de la fertilidad, patrona de la vida y de la muerte, guía del renacimiento, y hermanos de los Centzon Mimixcoa, las estrellas septentrionales (del norte) y de la diosa lunar Coyolxauhqui, la mayor de todos, que los regía.

Cuando Coatlicue fue fecundada por una pluma, su hija mayor, Coyolxauhqui y los Centzon Huitznáhuac, lo consideraron deshonroso y despreciable. Entonces la diosa lunar decidió matar a su madre para borrar la deshonra y guió a sus hermanos, las estrellas meridionales, a cometer dicho crimen. Uno de ellos, llamado Quauitlícac, corrió a la montaña de Coatépec, donde Coatlicue se encontraba ya embarazada para aliarse con Huitzilopochtli y evitar el asesinato. Rápidamente idearon un plan y a la llegada de Coyolxauhqui y su ejército, Huitzilopochtli nació ya adulto, armado y preparado para la batalla. Se enfrentó en combate a su hermana y la desmembró, lanzando su cabeza a los cielos, y exterminó de paso a casi todos los Centzon Huitznáhuac, excepto por Quauitlícac.

Tezcatlipoca: (en náhuatl: Espejo negro que humea). En la mitología mexica (y otros pueblos mesoamericanos de habla náhuatl), es el señor del cielo y de la tierra, fuente de vida, tutela y amparo del hombre, origen del poder y la felicidad, dueño de las batallas, omnipresente, fuerte e invisible. Entre los nahuas, Quetzalcóatl y Tezcatlipoca son dualidad y antagonía. Quetzalcóatl es llamado también Tezcatlipoca blanco en tanto que el color de Tezcatlipoca es el negro.

Fue el dios azteca de la noche y todas las cosas materiales. Llevaba consigo un espejo de cualidades mágicas, que emanaba humo y era capaz de matar al enemigo, aspecto por el que también era llamado dios del espejo humeante. Fue deidad de la región norte y, como señor del mundo y de las fuerzas naturales, era el oponente de Quetzalcóatl, relacionado con lo espiritual; juntos complementaban la dualidad antagónica con que la cosmogonía azteca explicó el mundo. Entre los investigadores aún no existe acuerdo sobre quién, de los dos, fue el dios principal en el panteón, aunque no se duda de que ambos lo fueran. En ocasiones, Tezcatlipoca aparece en las narraciones como un tentador de los hombres, instándolos al mal: castigando la maldad y recompensando la bondad, él ponía a prueba la mente de los hombres frente a las tentaciones. También era el dios de la belleza y de la guerra, señor de héroes y muchachas preciosas, representado siempre con un cuerpo joven y hermoso

En algunas de las reseñas que he leído, Tezcatlipoca y Quetzalcóatl son gemelos y se detestan con pasión, debido a diferencias pasadas que no lograron resolver. Me estoy aprovechando de esto para reflejarlo en esta saga mía.