Él suelta una carcajada burlona y ella forma una sonrisa tímida. El cabello rubio se mueve con el viento y las hebras rojizas terminan en unas patillas alargadas. Los ojos verdes tienen malicia, los azules encanto. ¿Qué se puede concluir? Siempre hay tiempo para Elsa... y también Hans.
Disclaimer: Por aquí o por allá, ni asomo de mí encontrarán. Si de casualidad llegan a reconocer algo, pues no es mío. Todo pertenece a sus respectivos creadores, aunque no me enojo si desean darme una mínima porción.
Aclaraciones/advertencias: Helsa-Hansla-Iceburns. Modern AU. OC. Puede que en algún momento llegue a tener OoC. Conjunto de historias sin orden aparente pero interconectadas entre sí. Los géneros se aclararán al comienzo de cada capítulo. Tal vez de lo que se carezca un poco sea de revisión. Me imagino que podrían haber momentos Fluff.
Genre: Friendship/Hurt/comfort
Para Frozen Fan.
Con los niveles de estudio, para no tener complicaciones con algo europeo o lo que fuera por diferencias muy grandes (lo cual dudo, pero no chequé), tomé en consideración los grados de estudio aquí en México, un niño de cinco-seis años está en primero, y así sucesivamente :3, hasta sexto, donde concluye la escuela elemental.
Un momento u otro
Algunas cosas ocurren… por razones que nunca llegan a conocerse
Por enésima vez en lo que llevaba del día, Hans suspiró, sin motivo aparente.
Bueno, él podía engañarse con que era así, pero sabía que se debía a que ayer jueves, Elsa se había reunido con Eric, y se moría por saber lo que su amigo había charlado con la rubia. ¿Cómo se encontraba ella?, ¿ocurría algo más con ese acosador en su lugar de trabajo?, ¿tenía alguna relación…
"Hey, Hans, no pienses todo eso", se reprochó buscando cambiar la línea que seguían sus pensamientos. Por tonterías como ésa el día anterior había buscado estar ocupado, para no cruzarse con su rubia ex novia.
No obstante, ahora se preguntaba si había sido la decisión más madura que pudo tomar. Si no la hubiera evitado, bien podría haberse demostrado que ella no tenía ningún efecto sobre él.
El lunes se sintió conmocionado por verla de nuevo, principalmente por la manera en que fue, después de todo, no todos los días caía café caliente sobre ti.
Eso había sido, sólo se sintió asombrado por el acontecimiento y malinterpretó que todo se debió a ver de nuevo a Elsa.
Y lo habría comprobado si ayer se hubieran encontrado, charlado un poco, actuado como viejos conocidos. Amigos, como acordaron años atrás.
Era un estúpido, más porque no comprendía ese momento de cobardía que le impulsó a huir.
Tendría que ver a Elsa la próxima semana para descartar el tema de una vez por todas. ¿Qué día había dicho Eric?, ¿el miércoles? Saldría a la hora de la cita y se la encontraría de casualidad, conversaría y aliviado notaría que no ocurría nada con él que pudiera pasar por amor.
Frunció el ceño, ¿cuándo había entrado el amor en esa cuestión?
Brincó al escuchar el sonido de su teléfono, en verdad añoraba esa secretaria que tenía prometida para cuando se resolviera el caso.
—Hans Westergaard, abogado, al habla —dijo con voz profesional al colocar el teléfono junto a su oreja, pero la risa del otro lado le hizo bufar de inmediato, reconociendo al dueño. ¿Cómo no podía hacerlo? —¿Qué quieres, Will? —preguntó irritado a su hermano. En verdad, ¿cómo no identificar su risa si de pequeño estaba habituado a ella?
Tomó un bolígrafo con su mano izquierda y firmó el documento que llevaba una hora esperando sobre su escritorio.
—Hermanito, en verdad cada día reafirmas ese título por el que tanto luchaste, aun cuando ya habías nacido con la personalidad perfecta para tenerlo. —Hans negó divertido y cerró el fólder amarillo, apoyando su codo en el escritorio de roble. Algo quería, Will sólo podía alabarle si necesitaba de él. Lo conocía.
Decidió ir al meollo del asunto. —¿Qué hiciste, Will?
—Pareciera que debo hacer algo para llamar a… —No me vengas con esas tonterías, Will. —Bien, me tienes atrapado, necesito que pases por Albert a su colegio.
—No —expresó en cuanto su hermano ocho concluyó su frase, ¿esperaba que hiciera de niñera?
—Por favor, Hans. Mi hijo… —Decidió cortar sus palabras antes de que empezara con "mi hijo y mi hermano deberían tener una buena relación".
—Casi nunca hablamos y de repente decides pedirme que busque a tu hijo en su colegio, ¿recuerdas que tienes una esposa y una niñera a tu disposición?, ¿por qué el "tío Hans"? —Maldecida la hora en que Will y él eran los únicos Westergaard que vivían en la ciudad. De haber sido una ubicación diferente, tendría otro par de hermanos a los que podría haber recurrido.
—Beth está en una entrevista que le tomó mucho tiempo conseguir y la niñera está enferma. —Suspiró, ya se veía cuidando a un menor de siete años lo que restaba de tarde—. Escucha, no te pido que lo cuides —bueno, tal vez no, pero necesitaba más información—, en este momento no puedo abandonar la oficina y sabes que no te lo pediría si no estuviera desesperado, lo único que quiero es que lo recojas y lo traigas aquí, mi secretaria la cuidará mientras estoy en la junta.
—¿Y por qué no va ella por él? —cuestionó, si la señora estaba dispuesta a cuidarlo, ¿por qué no podía recogerle? Giró su silla y vio la ciudad a través del espejo, preguntándose si tendría que enfrentar ese tráfico que estaba formándose en las calles, por acercarse la hora de la salida de los niños y el almuerzo.
—Ella no maneja, y además no podrá sacarlo del establecimiento, en el colegio sólo tienen registro de la niñera y de ti, Hans —explicó Will con rapidez, y Hans pudo percibir el nerviosismo en su voz. Tendría que hacer una concesión.
—Hasta este momento no me has preguntado si yo estoy disponible —soltó desinteresadamente, no se iba a quedar con las ganas de divertirse a costa de Will, que muchas bromas le hizo de pequeño.
—¡Mierda! ¡Es cierto! ¿Tienes… —No. —¡Imbécil! —Si me tratas así no iré… —Ya estaba pensando en quién llamar… ¡Espera! Te deberé una, sólo ve por Albert.
—Bien, encontraré la manera adecuada de cobrármela —accedió antes de colgar.
Menuda responsabilidad le habían dejado.
Se paró y juró por lo bajo. Debía salir ahora, o estaría atascado en el tráfico más tiempo del que podría aceptar.
Respiró aliviado cuando finalmente aparcó en el estacionamiento de Kingston College, el prestigioso colegio privado al que asistía uno de sus muchos sobrinos —pero al que más veía por compartir ciudad—, tras treinta minutos de viaje (en los que esquivó asombrosamente la mayor parte de la congestión vehicular).
Activó la alarma de su BMW plateado y se encaminó al edificio de los alumnos de segundo grado —escuchando los sonidos de las voces de los padres y los hijos—, recordando la ubicación gracias a la única vez que asistió al colegio, debido a una obra que presentó Albert la navidad pasada (en la que hizo de árbol de navidad).
Sonrió de lado percatándose de las miradas que recibía de parte de las mujeres que cruzaban en su camino, pensando en lo mediocres que debían ser sus maridos para andarse fijando en los hombres que llegaban al colegio de sus hijos. Aunque también sabía que su atractivo se debía a su juventud, un hombre que rondara la mitad de los veinte era una tentación para las mujeres mayores, pues tontamente se sentirían más jóvenes a su lado.
No obstante, tenía la certeza que su vestimenta era un incentivo para todas ellas, el traje azul que portaba realmente parecía caro (y lo era, había que tener buen aspecto con los posibles clientes que llegaban a él).
O puede que simplemente les atrajera por ser bien parecido.
Soltó una risa burlona en volumen bajo, a veces algunas mujeres eran ilusas al asediarlo. No tenía ningún interés en ellas, que se aventaran a sus pies era aburrido, prefería lo excitante de cazar a la presa.
Avanzó hasta llegar al edificio de tres pisos pintado en color arena, deteniéndose frente al salón donde Albert tomaba clases. La profesora le sonrió amablemente, era una castaña de ojos marrones, que parecía educada e inteligente, pese a su juventud.
Escuchó las risas de los niños en el aula, que se divertían escuchando un cuento que leía una niña pelinegra.
La profesora notó que su vista se había desviado al interior del colorido salón lleno de mesas de madera, y enunció: —Creo que he transmitido mi amor por los libros a los niños, señor. Pero no le reconozco de la reunión de padres, ¿a quién vino a buscar? —Él apartó la mirada del paisaje de bosque en la parte trasera del salón y prestó atención a la profesora.
—Hans Westergaard, vengo por mi sobrino —respondió extendiendo su mano, que fue estrechada brevemente por la profesora, demostrando que no tenía interés en él.
—Oh, Albert —musitó ella—. Anabella Frances, un gusto conocerle. —Ella giró y llamó a su sobrino, que saltó emocionado al ver quién estaba en la puerta. Ambos rieron. —Parece que se alegró su día.
—Es una suerte que el suyo sí —manifestó en voz baja y la profesora sonrió conciliadora.
—No se preocupe, si algún día tiene hijos, estoy segura que su visión de los niños cambiará —devolvió ella palmando la mochila de Albert cuando pasó a su costado.
Hans negó asustado. En este momento de su vida tener un hijo no le parecía muy emocionante. Aunque luego decían que un hombre cambiaba de opinión conociendo a la mujer indicada.
—Nos vemos mañana, Albert —dijo la profesora y el pequeño castaño asintió tomando la mano de Hans, que estaba acostumbrado a cuando lo hacía—. Que tenga un buen día, señor Westergaard.
—Gracias, igualmente.
Emprendió el camino de regreso, pero se detuvo cuando Albert dejó de avanzar. Bajó la mirada y lo encontró brincando de un pie a otro.
Parecía identificar ese actuar.
—Tío, tengo que ir al sanitario —comunicó el niño, sus ojos azules rogándole que aceptara. Suspiró.
—¿No podrías esperar a llegar al trabajo de tu papá? —preguntó inútilmente, y Albert negó alarmado. —Bien, ¿dónde queda el sanitario? —Albert señaló el final del edificio que acababan de abandonar, donde había una pequeña construcción en medio de dos edificaciones, y que tenía a su costado dos jardineras. —Vamos entonces.
Albert avanzó con mayor rapidez y se soltó cuando estuvieron a unos pocos metros de la entrada del servicio para varones, desprendiéndose de la mochila y corriendo para entrar. Hans rió y cogió el bolso escolar del suelo, caminando para apoyarse en la pared fuera del sanitario.
Si mal no recordaba, el edificio de segundo —ubicado a la izquierda del baño— tenía ese grado en el primer nivel, así como el cuarto y el sexto de la escuela elemental, en los dos pisos restantes; y el edificio a la derecha tenía primero, tercero y quinto, respectivamente. Además, los pocos niños que salían de las aulas rondaban las edades correspondientes a cada grado.
Miró su reloj, ¿qué tanto podía tardar Albert? De por sí había llegado tarde, y se retrasaban más.
Un sonido le distrajo y frunció el ceño, provenía de su derecha. Giró, reconociendo a la figura de un hombre tras el árbol de la jardinera. Seguramente hablaba con alguien.
O reñía, pues los ademanes de sus brazos fuertes indicaban que eso hacía.
Qué vergonzoso era que lo hiciera en público, o peor aún, en un establecimiento educativo, donde los alumnos podrían copiar sus acciones.
Bufó y se dispuso a apartar la mirada, bastantes discusiones presenciaba en su trabajo, pero el destello del sol sobre una cabellera rubia atrajo su atención. Conocía muy pocas personas con una tonalidad platinada, y podía que fuera una coincidencia.
Elsa trabajaba en una escuela, y había una persona que la molestaba, pero…
—¡Déjame en paz, Gaspar! ¡Acepta que no quiero nada contigo! —espetó una voz que distinguiría en cualquier parte.
Elsa.
Ése sí era el maldito que la acosaba.
Con determinación se aproximó hasta ellos, y colocó su mano en el hombro del tipo. —¿Ocurre algo? —cuestionó sarcásticamente, dejándole claro al estúpido que no se tragaría una tonta excusa.
El hombre se dio vuelta y Hans vio los ojos azules de Elsa, que le miraban profundamente agradecidos, pese a su irritación por el hombre que le molestaba. Apartó la vista de ella y la enfocó en el idiota.
Y no pudo más que sonreír desdeñosamente.
—¿Gaspar Breton? —inquirió burlón, reconociendo al perdedor con que compartió una clase en la universidad, antes de que fuera expulsado del centro de enseñanza por su carencia de habilidades (extrañamente lo hicieron, a pesar de que sus padres eran adinerados).
—Westergaard —escupió el otro, buscando intimidarle con su figura atlética. Qué patético.
—Como no pudiste ser abogado, ¿llenas tu tiempo acosando a las mujeres?, ¿es lo único que puede hacer un mediocre como tú? —soltó enarcando una ceja, disfrutando cada momento del intercambio, no sólo por la furia que surcaba el rostro del pelinegro, sino porque quería humillarlo por molestar a Elsa—, me imagino la vergüenza que debe sentir tu padre por tener un hijo como tú—. La mandíbula de Gaspar se tensó, había tocado un punto débil—. ¡Imagínate! Incluso te dio trabajo en su colegio para que ningún otro te relacionara con él y le viera con lástima.
—Nadie te ha pedido que te entrometas entre mi novia y yo, Westergaard —masculló Gaspar, apretando sus puños hasta tenerlos blancos. Hans enarcó una ceja. Aun con la diferencia de cuerpos, el otro no se arriesgaría a golpearle, ambos conocían cómo era su padre.
—Me parece que estás equivocado, Gaspar, Elsa es novia mía—. Con satisfacción observó cómo el pelinegro enrojecía, no permitiéndose la posibilidad de mentir, pues su rostro revelaría la verdad. —No tuya—. Agradeció que el idiota no tuviera la capacidad de analizar la situación y pensar que de ser la pareja de Elsa, ya habría sabido quién le molestaba. Continuó de cualquier forma—: Y me temo que ya ha tenido suficiente de ti mendigando.
Gaspar esbozó una sonrisa que pretendía ser arrogante, poco le faltó a Hans para rodar los ojos.
—Como has dicho, mi padre es dueño del colegio, una palabra mía y ella estará despedida, con tan malas referencias que nadie querrá contratarla.
Hans soltó una carcajada que habría erizado la piel de cualquiera que le oyera.
—¿Una palabra tuya?, una palabra mía y tú perderás todo, Gaspar. No olvides que todo el poder que tu familia tiene no le llega ni a los talones a la de la mía, y que yo por mi cuenta tengo la suficiente influencia para acabar contigo. —Sonrió maquiavélicamente—. Además, no creo que ignores cómo estaría tu padre de saber la forma en que acosas a las educadoras que con tanto ahínco busca conseguir para garantizar la excelencia de este lugar. Así como que se forme un escándalo gracias a ello. ¿Qué opinaría tu papi, Gaspar?
El otro le dirigió una nueva mirada furibunda, sabiéndose vencido, y se dio la vuelta.
—¡Espera! —llamó Hans y sorprendentemente Gaspar se detuvo—. Como abogado no quiero que ninguna profesora se presente ante mí para tomar represalias en tu contra. No sólo se aplica a Elsa. —Pudo jurar que el otro hervía en tanta rabia que dejaría escapar humo si pudiera—. ¡Ah! Y Gaspar, espero entiendas que no es personal.
Y con eso, el otro huyó.
Exhaló profundamente, había veces en que sentía placentero comportarse de esa forma. Volvió el rostro a Elsa y la encontró viéndole con ojos desorbitados. Sólo entonces pensó que se extralimitó, no quería arruinar su imagen frente a ella. Elsa le conocía un lado perverso, pero no como lo que había presenciado.
—Yo… —musitó sin saber qué decir, sintiéndose incómodo por la manera en que ella le veía, como reprochándole.
—Eso no fue muy amable, Hans —reprendió ella, y le recordó a sus buenos momentos de juventud. —No creo que merezca…
—Él necesitaba que le dieran su merecido, Elsa —arguyó por la compasión que reflejaban las palabras de la rubia. Ella abrió la boca—. En la universidad se comportaba así con las mujeres, pero nadie le puso un alto.
—Aun así… —No volverá a… —Gracias, Hans.
Parpadeó escuchando sus palabras suaves. Y se contagió de la sonrisa que ella le regalaba.
—Me hubiera gustado evitar una confrontación así —dijo ella señalando con su mano derecha a él y el sitio en que estuvo Gaspar—, mucho más porque me gusta defenderme sola —si no lo sabía él—, pero gracias, no tenías por qué, Anabella también te lo agradecerá.
—En realidad no fue… —Calló cuando unos pequeños bracitos rodearon sus piernas por detrás.
—¡Pensé que me habías dejado! —exclamó Albert y él rió, pero se detuvo al notar que a Elsa no le parecía que lo hiciera. Suspiró e hizo que el pequeño estuviera frente a él.
—Lo siento, compañero. Pero ya me encontraste —musitó en tono amistoso y Albert sonrió. Le hizo girar. —Te presento a una amiga, se llama Elsa.
—¡Es la profesora bonita! —Rió cuando Elsa se sonrojó profusamente.
—Parece que eres famosa, Elsa. —Ella negó abochornada—. Él es Albert, hijo de Will.
—Mucho gusto Albert, ¿en qué año vas?
—En segundo, tengo siete años, mi profesora es la señorita Anabella.
Elsa frunció el ceño, haciendo cálculos mentales y le miró interrogante.
"Es una larga historia", le dijo Hans con los labios, observando brevemente a Albert, ella asintió. No iba a platicarle que por dos años Will desconoció la existencia de su hijo y por ello cuando lo conoció años atrás el niño no estaba presente.
—¿Ya nos vamos, tío? —cuestionó su sobrino, interrumpiendo el intercambio con Elsa. Asintió y le ayudó a colocarse la mochila de El laboratorio de Dexter.
—Nuevamente muchas gracias, Hans. —Él asintió sin problemas y hubo un momento de silencio.
Se aclaró la garganta.
—¿Tendrás libre esta noche? —preguntó esperando una respuesta positiva, ella hizo una afirmación con su cabeza—. ¿Te gustaría cenar conmigo para platicar? —Ella sonrió, pero pareció indecisa—. Nada de lugares extravagantes, te lo aseguro. Un sitio tranquilo para conversar, por los viejos tiempos. Es más, ¿qué te parecería cenar en mi apartamento?
Ella abrió sus ojos asombrada, y soltó una risa, comprendiendo que él no se aprovecharía. Además, eran lo suficientemente adultos como para que cada uno pudiera ser responsable de lo que hicieran. —¿Ya has aprendido a cocinar? —cuestionó mordiendo su labio insegura.
Hans rió divertido. —He tenido que sobrevivir, pero mi ama de llaves es quien lo hace los días de semana. Aunque podríamos pedir comida rápida, la cuestión es que sería agradable platicar contigo, Elsa.
—Muy bien. ¿Me darías tu dirección?
—Yo paso por ti cuando salga del trabajo, Elsa. —Buscó una tarjeta en su bolsillo. —Llámame para dármela. —Albert haló de su brazo, impaciente. —Tengo que irme.
—Nos vemos, Hans. Adiós Albert.
—Adiós profesora bonita —dijo su sobrino como despedida y no pudo evitar reír al alejarse.
Fueron rumbo al estacionamiento y se subieron a su vehículo.
—¿Tío?, ¿ella es tu novia? —suspiró con la pregunta de Albert y negó con la cabeza—; entonces yo quiero que sea la mía.
—Cuando crezcas encontrarás la tuya, enano. Ella está prohibida para ti.
Parpadeó incrédulo y puso a andar el auto.
No sabía si su respuesta se debía a la edad de Albert o a Elsa teniendo novio.
Y eso le asustaba.
Las horas pasaron rápidamente hasta el punto que no se percató de ello sino hasta estar de nuevo con Elsa, ya en su hogar.
Realmente el viaje hasta su apartamento pudo definirse como agradable, y eso fue raro considerando que su encuentro en el hogar de Elsa resultó de lo más incómodo. Ella había aparecido tras la puerta vistiendo esos jeans oscuros ajustados y esa playera azul de cuello alto y él no pudo más que mirarla fijamente, haciéndola ruborizar y permanecer callada hasta que reaccionó diciéndole ¡que se veía bien! —como lo habría hecho un crío—.
Podía no seguir queriéndola como en su adolescencia, pero eso no significaba que Elsa no fuera de lo más atractiva y que no le gustara.
Era hombre, después de todo. Y una rubia de ojos azules no pasaba desapercibida.
Mucho más si la joven en cuestión no llevaba ni una gota de maquillaje e igualmente lucía guapa.
Después de llegar a la planta baja de su edificio habían salido al estacionamiento en silencio y él le había abierto la puerta sin saber qué decir. Se había sentido como un jodido adolescente en su primera cita. Y era perfectamente consciente que no lo era. Y que tampoco era la primera vez que salía con alguien.
Suspiró presionando el botón del ascensor.
De alguna forma, escuchar música en su auto había aligerado el ambiente, principalmente cuando ambos comenzaron a cantar Wannabe de las Spice Girls.
Llegaron hasta su apartamento y sacó sus llaves. No le pasó desapercibida la mirada incrédula de Elsa al notar que no era el Pent-house del edificio, sino el piso que estaba un nivel abajo. Él también se hubiera sorprendido de estar en su lugar, pero cuando compró el lugar consideró un desperdicio utilizar el piso más grande si sólo era él viviendo allí.
Introdujo la llave en el cerrojo, abrió y encendió la luz, escuchando el bufido de Elsa al ver su mesa de billar en la habitación que quedaba al final del pasillo.
Esa era una de sus más preciadas adquisiciones y no iba a permitir que fuera objeto de burla.
—Hey, tú no sabes lo que es una residencia universitaria llena de varones, me hicieron volverme adicto a esa cosa —comunicó riendo y apoyando su mano en la espalda para que ella avanzara. Cerró tras de él y la vio observar los tonos grises de los muebles de su sala y la diminuta cocina minimalista que quedaba a la izquierda. —Vamos, no muerde —dijo señalando el sillón de tres plazas que estaba frente al televisor.
Ella negó sonriendo y caminó sobre la alfombra oscura hasta llegar al mueble, deteniéndose al ver la foto de Sitron en la mesita de madera junto a él. Elsa tomó el marcó y acarició la fotografía que fue tomada tres años atrás, cuando su perro tenía siete. Ahora el pobre ya había envejecido y lucía distinto, cansado.
—¿Cómo es… —Elsa pareció detenerse pensando que había cometido una indiscreción.
—No te preocupes, sigue vivo, lamentablemente le queda muy poco, pero aún está con nosotros, no pude traerlo conmigo antes porque necesitaba un espacio amplio para divertirse y ahora que ya es viejo no lo traigo aquí porque está muy encariñado con mi padre.
—Me alegra que por lo menos él siga vivo —susurró ella y él frunció el ceño. Elsa agitó su cabeza y finalmente se sentó en el sillón.
Hans decidió que averiguaría a qué se refería. Pero más tarde.
—¿Te apetece comida china o preferirías que calentara la lasaña que dejó mi ama de llaves? —preguntó sentándose en el brazo de uno de los dos sofás de la habitación, el que quedaba a la derecha del sillón donde Elsa estaba ubicada.
—Creo que estará bien con la lasaña, Hans —respondió ella sonriendo y recostándose en la comodidad de su sillón, no olvidaba su debilidad por los muebles confortables como el suyo. Era algo que compartían los dos, él lo había adquirido por lo suave que era y no porque fuera de revista.
—Entonces la meteré al horno, ¿soda, agua, vino? —Se encaminó a la cocina de armarios de madera oscura y encimera negra. Lavó sus manos en el fregadero y abrió el refrigerador plateado. La escuchó musitar agua y se dispuso a servirle a ambos la misma bebida. Tras haberlo hecho extrajo el refractario con la lasaña y puso a calentar su cena.
Volvió a la sala con los dos vasos de vidrio y le entregó el suyo a Elsa.
—¿Quién pensaría que volveríamos a vernos, no? —dijo ella después de dar un sorbo, colocando el vaso en la mesita de café al centro de la habitación. Él hizo lo propio antes de sentarse en el sofá que ocupara antes. Asintió—. ¿Hace cuánto trabajas en el bufete?
—Oficialmente graduado, poco más de cuatro meses, pero estuve como pasante seis —sus cejas se alzaron en apreciación—, ¿y tú, cómo terminaste en el Kingston?
—En mi universidad enviaron las recomendaciones de los mejores alumnos y yo estaba entre ellos, así que rápidamente me aceptaron para dar clases a los niños de primero. Yo estaba nerviosa de hacerlo mal, no tenía experiencia alguna y si lo arruinaba el señor Breton podría dejar mi carrera trunca.
Hans rió negando.
—Estoy completamente seguro que ya has demostrado lo que vales, Elsa. Siempre eres muy disciplinada en lo que haces y eres muy buena con los niños, debo admitir que convives mejor con ellos que con los adultos—. Se ganó que ella le lanzara el cojín azul en el que estaba recostada momentos atrás. —Sabes que tengo razón, rubia.
—Supongo que sacarás a relucir tu faceta de abogado al que no se le va una —sostuvo ella cruzándose de brazos por el apodo. —Señor "siempre tengo la razón".
—No es mi problema que la tenga, en verdad —aseveró sin un poco de humildad—, ¿y cómo te trató la universidad?, ¿algún novio?, ¿una fiesta descontrolada? —continuó sonriendo de lado tratando de imaginársela en alguna situación como esa, ignorando la posibilidad de que tuviera pareja.
Ella rió y después pareció que recordó algo importante porque su rostro se ensombreció.
—No, ninguna fiesta. Estuve concentrada en mis estudios, en la beca, era una de las "ratitas", salí un par de veces con un chico, pero nada serio. Simplemente me enfoqué en las clases, ¿qué hay de ti?, no supondría mal diciendo que esos varones con que compartiste residencia te mezclaron en esas fiestas de las que hablas. ¿O no?
—Elsa… —Su voz salió en un susurro, ella era consciente que a él no le había pasado desapercibido su gesto anterior.
—No quiero hablar de eso, Hans. Dime entonces.
Suspiró. Lo intentaría más tarde, la conoció lo suficiente en su adolescencia como para no insistir en ese preciso momento. Luego buscaría la manera de obtener la información, parecía que algo importante había allí. —Asistía a una de esas fiestas, y me emborraché tanto que juré no volver a tomar en mi vida, principalmente cuando la mañana siguiente no sé cómo desperté en la habitación de uno de los gays…
—¡¿Qué?! —exclamó ella riendo. Y él tuvo que hacerlo recordando el incidente.
—Pero no te preocupes, tenía mi ropa puesta, y él estuvo encerrado en el baño porque pasó devolviendo gran parte de la noche. No puedo decir lo mismo de mi compañero de cuarto, él se descubrió homosexual esa noche.
—¿En serio? —preguntó ella con tono asombrado.
—Sí, y créeme que no me gustaría repetir la historia que él me hizo escuchar. Pero ahora está feliz con su pareja, comprendiendo todos esos años en que no se encontró a gusto con las chicas con que había salido. La fiesta fue en mi primer año.
—El bonito noventa y cuatro —susurró ella riendo en volumen bajo—, es increíble que hayan transcurrido cinco años de manera tan rápida, incluso estamos a poco más de dos meses de que se acabe el mundo.
Ambos rieron por el sarcasmo, estaban a poco tiempo del comienzo del dos mil.
Un olor inundó su apartamento y recordó su alimento. Se paró. —Espera a que pruebes la comida de mi ama de llaves, no es tan buena como otras que he probado, pero es deliciosa. Estoy seguro que no superará la de tu madre, pero… —Reconoció su tensión y supo que había dicho algo que no debía. Recordó sus palabras…
"Mierda", ¿habría ocurrido algo con su madre?
—Este no es el mejor momento, Hans —murmuró ella al ver que él abría la boca. —Probemos esa lasaña, hace mucho tiempo que no pruebo una.
Y no necesitaba más confirmación que ésa.
Se dio cuenta que en el transcurso de la cena y los momentos después de ella, Elsa había tratado de actuar lo más normal que se podía, pero él no era algún iluso que hubiera caído por eso. Tal vez otro lo habría hecho, porque ella era muy buena para enmascarar sus sentimientos, mas necesitaba un esfuerzo mayor si quería que él no notara el disimulo.
Una parte de él le dijo que era doloroso para ella tratar ese tema, pero tenía una intuición que le decía que Elsa quería desahogarse y no había podido.
Así que cuando concluyó una anécdota de ella y Anna en su segundo año del instituto, él habló: —¿Qué ocurrió con ella?
Elsa bajó la mirada y tomó el final de la trenza que se había hecho en el cabello.
—Ellos —pronunció finalmente. Era mucho peor de lo que él creía. —Simplemente murieron.
—¿Hace cuánto? —susurró en tono confidente, viéndole juntar sus manos en el mismo ademán nervioso que le conoció tiempo atrás.
—Casi cuatro años, estaba finalizando último grado… Un accidente de auto en una tormenta. —Elsa se removió cuando él ocupó el mismo sillón que ella. Él suspiró, sabiendo que ella no diría más y decidió hacer algo arriesgado (y nada recomendable).
Se colocó en pie y fue hasta el mini bar que tenía en la sala, abrió la gaveta en donde tenía las bebidas y extrajo una botella de whisky. Tomó un vaso Old-Fashioned(1) y volvió donde ella.
—Algo me dice que lo necesitas —musitó sentándose a su lado y sirviéndole un poco.
Ella asintió, pero después le miró con ojos entrecerrados.
—Sabes perfectamente que no…
—Lo sé, no bebes, pero no creo que en este momento estés pensando en inhibiciones. —Ella exhaló tomando el vaso para vaciarlo de un solo trago.
Elsa no se quejó ni un segundo y volvió a pedirle que sirviera. Mediría la cantidad de bebida que ingresaría a su cuerpo (que no sería mucha de cualquier forma porque no tenía tolerancia al alcohol) y estaría ahí para cuando quisiera continuar.
Después del cuarto vaso, con un poco de problemas porque comenzaba a afectarle el alcohol, ella comenzó a contarle: —Aquella tarde les dije que salieran… y que yo cuidaría a Anna, les aseguré que necesitaban un poco de tiempo juntos —hizo una pausa para dar un sorbo al vaso—, ellos siguieron mi consejo… y luego llegó la tormenta que anunciaron podría entrar la madrugada del sábado y no la tarde del viernes, y… —Elsa comenzó a sollozar y Hans colocó su mano sobre la suya, pero ella la apartó con fuerza. —Dijiste que el último año era el que valdría la pena, que… iba a ser el mejor… ¡¿Por qué lo hiciste?! ¡No sabes cuánto te odié cuando lo recordé!
Sonrió melancólico quitándole el vaso de whisky para abandonarlo en la mesa. La abrazó y ella hipó. —Ellos se fueron… y después quedamos Anna y yo, y hubo problemas con la casa, la empresa… todo… todo se derrumbó… nos fuimos con mis tíos… Ellos… nos mantuvieron mientras se arreglaban los asuntos… yo no quise que fuéramos una carga… busqué la forma de conseguir dinero para Anna… porque sí conseguí una beca para la universidad…
—¿Cuánto tiempo estuviste haciéndolo? —cuestionó acariciando su cabello con lentitud, comprendiendo la presión a la que ella se debió haber sometido, llevada por la culpa de una simple casualidad con el pronóstico del tiempo —que nunca era exacto—. La acunó tiernamente mientras ella hipaba.
—Dos años, Hans… no lo entiendes, llegué a odiarlos tanto por irse… y estoy segura que ellos lo hacen conmigo… que todavía están enojados —completó sollozando con más fuerza—. No lloré por ellos, era su hija… y no derramé ni una sola lágrima…
Besó su cabello y le dejó librarse de toda la carga que llevaba encima. Elsa llevaba mucho tiempo guardándose todo eso, y si él no hubiera insistido lo seguiría haciendo, porque la conocía, no querría molestar a alguien más con su dolor o sus problemas. Le dolió pensar en lo sola que se habrá sentido, lo necesitada que debió haber estado.
—Llora Elsa —dijo en un susurro, pero ella se separó y le miró, sus ojos estaban enrojecidos y la imagen que presentaba le hizo jurarse que, sin importar si había una relación amorosa entre ellos, él estaría con ella y no volvería a apartarse.
—Hans —su tono de voz dolido le recordó a una niña pequeña—, ¿crees que ellos me odien?
Él colocó con suavidad las palmas de sus manos sobre sus mejillas y enfrentó su mirada esmeralda con la celeste de ella. —Elsa —pronunció con suavidad—, estoy completamente seguro que ellos no lo hacen. Tus padres no te odian, nunca lo harán. Y les entristecería que tú creyeras que lo hacen. Ellos querrían que fueras feliz, que los recordaras sin culparte por lo que ocurrió —expresó todo en voz baja—, que los dejes ir… Dondequiera que estén, ellos te aman. No querían irse, y dejarlas. No sabemos por qué tuvieron que irse, pero tú estás aquí, y ellos se sentirían muy contentos de verte seguir tras su partida.
Elsa volvió a abrazarlo. —Gracias —musitó y él la arrulló hasta que se quedó dormida, siguiendo su ejemplo minutos después.
Reafirmando ese juramento de nunca apartarse de ella.
1. Vaso Old-Fashioned/Rock glass: Ese pequeño y pesado vaso que comúnmente se utiliza para tomar el whisky. Recuerden las películas ;)
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¡Hola!
Emociones fuertes se respiraron en este largo capítulo (ubicado después de "Así es el paso del tiempo"), ¿qué tal?, ¿valió la pena que no actualizara en estos quince días? Si su respuesta es no, pueden estar felices que es segura una actualización para el miér. 24 xD (ya saben, prometí uno navideño).
Hablando del capítulo, este lo tenía pensado hace mucho (y se los pregunté si lo querían, pero ganó el primer beso :3). No saben el rollo que fue hacerlo así, pero considero que es aceptable la manera en que se dieron las cosas. Lo comencé ayer 14 y acabo de concluirlo, así que me hacen alguna nota si algo fue muy extraño como para necesitar más revisión :D
Frozen, es para ti, ahí mato otras dos ideas del minuto, "alcohol y odio" (o algo así, ya no sé cómo fue verdaderamente), donde te dije que buscaría la forma de no hacerlo como otras historias que he escrito (en otros fandoms). Y sólo me quedaba "Pesadilla", pero ya sabes dónde está ocupada ;) ¡Se me acabaron las ocho ideas! Pero no te preocupes, aún tengo peticiones tuyas xD, por lo que tendré que hacer (¡son 4 OS!).
jjj: Súper chistoso contestar utilizando esas tres letras, peeero, me alegra que te haya gustado el anterior, espero que disfrutaras éste chiquillo de más de cinco mil palabras. Imagino que el más extenso aquí xD
Para g, que comentaste el de obsequios, ¡pareciera que me leíste la mente!, iba a poner que ya casi tenía listo este capítulo y ¡caray! lo comentas ;)
Agradezco a quienes siguen la lectura de esta historia, y en general todas las 'burradas' que he subido por aquí xD, gran parte de mi año ha sido maravilloso por ustedes.
He de suponer que no queda nada más. Cuídense mucho y les mando un gran abrazo.
Felices fiestas (para quien no celebren navidad, ¡pues año nuevo!)
HoeLittleDuck -y este condenado nombre podría ir en verde y rojo si lo permitiera la página :P-.
