Previos problemas.

— ¿Quieres decirme que te pasa? —pregunto Tomoyo ese miércoles durante la hora del almuerzo. Eriol la observo a través de sus anteojos alzando la ceja derecha.

—No pasa nada —dijo encogiéndose de hombros y regresando la vista al grueso libro que estaba leyendo.

Tomoyo volcó los ojos, realmente no entendía a ese chico; primero la trataba bien, casi como amigos, y después la ignoraba olímpicamente por media semana. Hasta donde sabia, no estaban en ningún juego.

Frunció los labios mientras buscaba una forma de hacer hablar a su compañero de ojos zafiro. Incluso para ella era extraño sentirse en la necesidad de buscarlo, pero el que prácticamente estuviera usando con ella eso de la "Ley del hielo", la ponía ansiosa. Nunca lo admitiría en voz alta, pero después de un tiempo se había acostumbrado a la presencia de Hiragizawa siempre allí, con ella, diciendo cualquier tontería que seguramente se le pasaba por la cabeza.

Ahora después de tres días sin escucharlo hablar las cosas simplemente le desesperaban.

— ¿Qué lees? —volvió a preguntar en un nuevo intento porque Hiragizawa le continuara la patica.

—Un poco de literatura —le mostro la portada del libro donde se podía apreciar un titulo en letras doradas. Se llamaba "La magia de una nube" —. La trama es bastante simple y hasta ridícula, pero es entretenido —agrego ligeramente avergonzado.

Tomoyo asintió y sin pedir permiso tomo asiento a lado del ingles, bajo ese árbol que proporcionaba una agradable sombra ante aquel caluroso día. Para su mala suerte, nunca había tenido un tema en particular del cual hablar con Hiragizawa. Era terrible quedarse callada cuando se deseaba hablar hasta por los codos.

Esperaba que Eriol tampoco hablara, incluso que no pronunciara palabra en toda la hora del almuerzo, pero contra todo pronóstico el joven de cabellera negra y destellos azules sí hablo, y lo que dijo descoloco por completo a Tomoyo.

—El sujeto con quien sales es bastante… a tu estilo.

— ¿El sujeto con quien salgo?

—Sí, aunque me sorprende que Sakura no tenga ni idea. Sabía que tu y ella estaban alejadas, pero nunca imagine que tanto.

Tomoyo le miro unos segundos con la confusión plasmada en el rostro.

— ¿De qué estás hablando Hiragizawa?

—Tú sabes muy bien de que hablo, Daidouji. El sujeto con quien pasaste la mitad de la fiesta el sábado.

— ¿Estás hablando de Kurogane? —cuestiono la amatista todavía sin verse muy convencida de lo que decía. Eriol no dijo nada, pero es intensa mirada que le dedico contestaba su pregunta—. ¿Pero qué dices? Kurogane y yo no estamos saliendo, solo somos viejos amigos.

—Él dejo muy en claro lo contrario.

Tomoyo no entendió al principio, pero al recordar la forma en que Kurogane se presento esa noche, con el mote de "Novio de Tomoyo", algo hizo clic en su cabeza, aunque seguía sin comprender por qué Hiragizawa no le había dirigido la palabra en tres días y lo que se suponía era una charla casual, ahora parecía un reclamo. Bueno, el tono acusador y rencoroso que estaba usando Eriol tampoco ayudaba mucho.

—No alucines Hiragizawa —respondió un poco nerviosa. Si bien ella no salía con Kurogane, ambos gustaban del otro y ambos lo sabían, pero el por qué no estaban juntos era algo que no podía contestar tan fácilmente. Tal vez la diferencia de edades, tal vez el hecho de que Kurogane siempre estuviera fuera de Japón, ¿Quién sabía? Lo importante es que juntos no estaban… todavía.

Eriol observo a Tomoyo por el rabillo del ojo, ciertamente ya no sentía la molestia de aquella noche, pero si debía ser sincero, esos días alejado de la amatista le habían caído como balde de agua fría, en un buen sentido por supuesto. Había conseguido poner en orden sus ideas, sus sentimientos, y eso para Eriol era lo más importante de todo.

—Ya veo. De todas formas no es algo que me interese mucho —el tono indiferente de Eriol le dolió a Tomoyo por una razón desconocida. Ella esperaba que estuviera un poco ¿preocupado? ¿Molesto? Después de todo esa noche él había vuelto solo a casa; porque sí, ella había tenido la desfachatez de no haber vuelto a buscarlo durante el resto de la velada. El suceso con Kurogane había sido tan impactante, que aunque le causara pena decirlo, Eriol había pasado a un segundo plano.

Continuaba tan inmersa en esos pensamientos, que no noto cuando el ingles hizo a un lado el libro que leía y abría su mochila para sacar de ella una hoja que coloco justo en frente de sus ojos. Tenía un color peculiar, parecía papel reciclado.

— ¿Y eso? —fueron las palabras de Tomoyo al tomar la hoja entre sus manos.

— ¿Recuerdas el concurso de la vez pasada? Son las bases para participar —dijo Eriol con una discreta nota de orgullo en la voz. La amatista se puso pálida de inmediato.

—Estas bromeando ¿cierto?

— ¿Parece que lo estoy haciendo?

— ¡Pero esto es dentro de un mes! —exclamo señalando la hoja al tiempo en que leía apresurada—. ¿Cómo esperas que confeccione tres atuendos en tan poco tiempo?

—Hiciste cuatro disfraces (sin contar los de prueba) en unos días. Puedes con esto.

Touche, pensó Tomoyo al ver su vía de escape bloqueada sin ningún indicio de dificultad.

—Aquí dice que pueden participar personas con más de 18 años. Yo tengo 17 —bueno, tampoco se rendiría sin dar un poco de batalla.

—No te preocupes por eso, ya lo he arreglado. ¡Ah, sí! También me tome la libertad de registrar tu nombre ayer, así que oficialmente estas dentro.

La sonrisa ladeada de Eriol le hizo olvidar todo, mientras que unas poderosas ganas de propinarle una sonora bofetada se adueñaron de ella. ¿Por qué a Hiragizawa le encantaba sacarla de sus casillas?

Caminaba por la calle con la cabeza en alto y la mirada zafiro completamente perdida. Cualquier persona que lo viera sentiría una extraña atracción hacia él. En apariencia, no era más que un simple adolescente de estatura alta y complexión marcada, pero al ver su rostro uno podía descubrir esos incontables años de experiencia mal ocultos bajo aquellas facciones juveniles. Y sus ojos, ese par de mapas azules que eran resguardados por un velo oscuro de secretos, eran sin duda lo más llamativo de la imponente persona que era Eriol Hiragizawa. No obstante, mientras se presentaba el ocaso y él caminaba sin ninguna prisa aparente, esas orbes perdidas mostraban la estampida de emociones que su dueño experimentaba en el alma.

Eriol se sentía confundido, desorientado como nunca antes. Estaba seguro que ni siquiera mil años de vida lo hubieran podido preparar para hacer frente a lo que le pasaba.

Suspiro de forma lastimera e introdujo una de sus manos en el bolsillo del pantalón.

No planeaba visitar su casa en un buen tiempo (casualmente la casa de Tomoyo siempre era más acogedora), pero la llamada de Nakuru justo al finalizar las clases era el motivo de que en esos momentos estuviera de camino a su hogar y no de camino a la mansión Daidouji.

Según palabras de la muchacha, era preciso que pasara por casa apenas estuviera libre. La voz de Nakuru sonaba alarmada, pero Eriol no se preocupaba ni un poco, su Guardiana tenía la molesta manía de exagerar las cosas.

Llego a la mansión antes de lo que hubiera deseado; cruzo la pequeña reja y siguió el caminito empedrado hasta la puerta principal. No toco, no espero a que le abrieran, Eriol solo se limito a sacar una llave plateada del bolsillo de su pantalón, una llave que siempre cargaba consigo, quizá por costumbre, quizá por si acaso.

Con la misma actitud autómata del principio abrió la puerta y entro sin hacer un mínimo ruido. Arrastro los pies por el pasillo directo a la sala principal. Esa presencia… no era de Spinel, tampoco era de Nakuru, tan solo podía ser de…

—Bienvenido, que bueno que llegas.

Una voz delicada lo saludo en el momento en que asomo su cuerpo por la entrada de la sala. Eriol observo la figura estilizada de Kaho acercarse a él y no pudo evitar sonreír. La había extrañado tanto.

Quedaron frente a frente y no hubo oportunidad de un pestañeo más, ella enredo los brazos en su cuello y sin preámbulos le dio un beso.

Era un beso sumiso y bastante lánguido; así eran los besos de Kaho y a Eriol le encantaban, era quien manejaba aquel baile de labios, era quien marcaba el paso y eso le decía que controlaba la situación, justo como le gustaba controlar todo lo que tenía a su alrededor.

Más sin embargo, en algún momento de ese delicado y frágil beso, Eriol recordó su encrucijada, otra vez esa estampida de emociones surco sus ojos y de pronto el cabello rojo de Kaho se convirtió en un negro profundo, y sus rasgos afilados se redondearon un poco y ella ya no tenía casi su misma estatura, y de pronto Kaho era Tomoyo y Tomoyo era quien lo besaba.

Y sin darse real cuenta de lo que hacía, corto ese beso de un tajo, borrando con eso la imagen de una piel nívea y regresando a ese color perlado y a esa sonrisa distraída que tanto amaba. Eriol había regresado a la imagen de Kaho.

— ¿Qué sucede, Eriol? —la voz de su novia sonaba contrariada pero amable, como le hablaba a todo mundo, pero había algo más, ese matiz de docilidad que ella usaba especialmente para él, porque al final Kaho sabía que le gustaba el poder. Pero esa vez Eriol no solo adoro ese matiz sino que también lo aborreció, lo odio con toda su alma.

— ¿A qué has venido? —contesto con otra pregunta, no quitaba sus ojos de los de ella ni sus manos de esa estrecha cintura.

La Señorita Mizuki bajo la mirada y entonces Eriol supo que escucharía algo que no le gustaría. Tal vez la exageración de Nakuru no había sido tan exagerada después de todo.

—Yo… he venido a pedirte que regreses conmigo a Inglaterra.

Kaho despego los ojos del piso y se sorprendió al ser recibida de esa forma por los labios de Eriol. La besaba de una forma bruta y desesperada, casi como si le exigiera más de lo que podía dar. Fue ahí donde se pregunto con insistencia donde estaba ese beso de dos frases atrás, ese beso armónico, calmado y empapado de madurez.

Ambos abrieron los ojos y se separaron con la idea de que el otro había tenido exactamente el mismo pensamiento y que de alguna forma lo sabía. Bueno, no estaban tan equivocados.

Ella comprendió que Eriol no era un adulto, que nunca lo había sido y Eriol no comprendió nada de nada, pero si de algo estaba seguro era que en efecto, ni siquiera mil años lo hubieran podido preparar para lidiar con esos sentimientos adolescentes que de pronto lo habían invadido.

—Eriol estaba celoso —dijo Sakura con el mismo tono de quien habla acerca del clima. Una gota gigantesca apareció en la cabeza de Tomoyo.

Luego de que Hiragizawa comentara que no se aparecería por la Mansión Daidouji durante el resto del día, Tomoyo había arrastrado consigo a Sakura con la idea de hacer una pijamada improvisada. Lo cierto era que necesitaba una buena charla de chicas, sin embargo, después de contarle lo sucedido en la fiesta de disfraces y que la pequeña Kinomoto saliera con esa ridiculez, la amatista pensaba seriamente si había sido buena idea eso de la "charla entre chicas".

—Olvídalo Sakura, ¿Por qué Hiragizawa estaría celoso? —pregunto Tomoyo mientras soltaba una risita.

—Eso no lo sé.

— ¡Ahí lo tienes! No hay una buena razón para explicar eso.

— ¿Entonces por qué no te había hablado en estos días, Tomoyo?

La susodicha ladeo la cabeza y busco una respuesta rápida.

—Tal vez porque estuvo solo. Tengo que admitir que aunque fui yo quien lo invito, pase más tiempo con otras personas. No me siento muy orgullosa de eso.

Sakura frunció el seño y bajo de la cama para ir directa al baño. Llevaba el cabello recogido de mala forma y su pijama era de un color celeste con estampado de ositos. Tomoyo a veces creía que su amiga seguía siendo una niña.

—Pues a mí no me convence. Ya te lo dije Tomoyo, Eriol estaba celoso de ese amigo tuyo. No me preguntes como lo sé, pero sé que así es.

Y después de eso un portazo accidental le dio el toque final a las palabras de Sakura.

Tomoyo soltó una carcajada y cayó de espaldas en la cama.

Que Hiragizawa tuviera celos y que justamente la celara a ella era… era simplemente imposible. Si, tan imposible como que ella era rubia.

La risa fue menguando de a poco y cuando quiso darse cuenta ya estaba pensando en Hiragizawa, ¿Qué estaría haciendo? ¿Por qué Nakuru le había hecho esa llamada tan repentina? ¿Estaría durmiendo ya?

Tomoyo sonrío y se golpeo ligeramente en la frente, era una gran tonta, ¿desde cuándo se había apegado tanto a Hiragizawa? ¿Desde cuándo había comenzado a formar parte de su vida? Pero sin duda, la peor cuestión de todas: ¿Desde cuándo ella, Tomoyo Daidouji, había empezado a extrañar a un molesto gato?

Sin duda, no sabía cómo responder a eso y para su mala fortuna quizá nunca lo sabría.