CAPÍTULO 14: DESTINO

Su rostro estaba pálido en su totalidad y ya apenas podía respirar. Sus ojos se mostraban vacíos y muertos. Yaciendo en su lecho de muerte, la vida se había escapado de su cuerpo. Aun después de todo el sufrimiento que había padecido, había sacado fuerzas para decirme: "Link, me estoy muriendo… No dejes que nuestras almas mueran".

Lo primero que hice nada más despertarme fue llevarme la mano a la frente. Un dolor agudo me incomodaba. Mi vista tardó en adaptarse a la iluminación de la estancia. Analicé mi entorno detenidamente. Estaba tumbado sobre un sofá algo desgastado. En la chimenea solo quedaban las cenizas de lo que había sido un fuego. Todo me resultaba familiar: la casa de Moy. Me incorporé lentamente para recostarme en el respaldo del sofá. Sentí un fuerte pinchazo en la nuca y me la froté procurando aliviar mi dolor. Alcé la cabeza y clavé la mirada en la puerta. Me topé con él cuando estaba dejando en el suelo una caja.

- Buenos días.

Y ahí estaba mi anfitrión. Moy avanzó con parsimonia hasta sentarse conmigo en el sofá. No articulé palabra ni tampoco le dirigí la mirada. Hubo un silencio bastante molesto en el que Moy se dedicó a escudriñarme con los ojos. Cuando se hartó de la situación decidió romper el silencio.

- ¿Cómo estás?

Los recuerdos de la noche anterior aparecieron de golpe. La desesperación, Kakariko, los mareos y vómitos, las súplicas, las lágrimas y Zelda. Había abandonado la razón y había actuado de una forma muy mediocre. Había revelado la identidad de mi amor perdido y había acabado con la poca dignidad que conservaba. Desvié la mirada, ruborizado, evitando cualquier tipo de contacto visual con Moy, y respondí:

- Avergonzado.

Moy suspiró hondo y apoyó su mano en mi hombro. Viré la vista para volver a fijar la atención en él. No había ninguna señal de enfado ni decepción en su rostro: solamente tenía una expresión seria y a la vez preocupada.

- Debiste contarme la verdad- dijo con un tono amable.

- Y aun así no te la he contado toda.

Le relaté todo lo que había sucedido desde que la conocí en aquella torre durante el gobierno de Ganondorf hasta la noche anterior a nuestra conversación. Refrescar las memorias de nuestro pasado juntos profundizó más en la herida de mi corazón, aunque ya no me importaba. Había asimilado que nunca sería capaz de recuperarla, que era mejor dejarla marchar. Tiempo atrás la había culpado de que nuestra historia terminara con un trágico desenlace, sin embargo, habiéndolo meditado durante los últimos meses, llegué a la conclusión de que ella había sido la víctima… y yo el canalla que la destrozó el corazón.

No debí enamorarme de ella, y mucho menos arrastrarla conmigo hasta el abismo. La noche en la que la rescaté de la tormenta y me confesó sus sentimientos tendría que haberla rechazado. Jamás debí entablar una amistad con ella. Habría sido mejor que no me hubiera armado caballero y quedarme en Ordon siendo un simple pastor de cabras. Me había comportado como un verdadero inútil al haberme subyugado a la belleza de sus ojos, esos dos irises azules y extensos como el océano que me habían atrapado y que había prometido devolver a la vida. Fui un inepto al tener esperanzas cuando quedaba claro de que un humilde e insignificante plebeyo podía llegar a casarse con la soberana de Hyrule.

Moy me observó intrigado. En cierta parte tenía que adivinar en qué estaba pensando. Él me había criado como si fuera su propio hijo, me había enseñado a manejar la espada y conocía todos mis secretos. No había nadie más en el mundo que me conociera tanto como Moy, y seguro que era consciente de la situación por la que estaba pasando. Tras unos segundos más de silencio respondió:

- No fue culpa tuya, Link. Tú no has hecho nada malo.

- He matado la poca felicidad que le quedaba. Yo ya no puedo hacer nada.

- No digas eso- Moy se inclinó hacia mí- Ella todavía te necesita.

- ¿Y qué puedo hacer contra el príncipe? ¿Qué puedo hacer contra el Consejo?

- Salvarla.

Pensé que Moy estaba diciéndolo en broma, pero él nunca bromearía con algo tan serio. Ya la había salvado antes, cuando Ganondorf se apoderó de su reino. Me enfrenté a mil peligros y arriesgué mi vida mil veces más por ella. No obstante, esto era distinto. No sería capaz de hacerlo.

- Moy, yo ya no soy un héroe- contesté con cierto hastío. La conversación empezaba a desagradarme.

- El espíritu del Héroe aún late en tu interior. Por mucho que lo niegues, la Trifuerza del Valor seguirá siendo tuya. Y ése es el vínculo que te une con el espíritu de Hylia. Es tu destino amarla hasta el fin de los tiempos.

Me sorprendió ver que Moy conocía la leyenda del Héroe y la diosa Hylia. Un amor que se vio truncado y que renacería cada vez que el mal resurgiera en el reino, perdurando durante siglos y milenios. Sabía que esa leyenda hablaba también de Zelda y yo, de cómo somos la continuación del amor entre el Héroe e Hylia. Apoyé los codos sobre mis rodillas y enterré la cara entre mis manos. Dejé escapar sutiles lágrimas y sollozos y desahogué todo el dolor acumulado. Sentí la mano consoladora de Moy en mi hombro.

- Zelda… Soy un cobarde…

- Puedes acabar con tu sufrimiento si dejas de esconderte en casa. Si lo deseas con todo tu corazón podrás rescatarla a tiempo.

- ¡¿No lo entiendes?! ¡¿No ves que no puedo desafiar a la ley?! – exclamé, irritado- ¡Soy un maldito cobarde que no tiene suficiente valor como para siquiera mirar a la cara a la mujer que le rompió el corazón!

Estallé en lágrimas y me dejé abrazar por Moy, el cual tenía una expresión dolida. La idea de salvarla se me hacía sumamente tentadora, pero no sabía cómo llevarla a cabo. Había demasiados obstáculos que no podría superar. En ese momento entró alguien en la casa e interrumpió mis sollozos. Era Iván, el hijo de Moy.

- Pues manda a ese puñado de vejestorios amargados a la porra y destrózale la cara a ese bastardo de Frederick. Ninguno de ellos es dueño de tu vida, ni de la vida de la princesa. Eres un caballero de Hyrule, el Héroe Elegido por las Diosas, y siempre me decías que nunca te rindes. Luchaste por Zelda cuando los monstruos invadieron Hyrule. Entrenaste día y noche para estar a su lado. La protegiste de todos los males que pudieron acecharla. Si todas esas veces saliste victorioso, esta vez no tiene por qué ser diferente. Hazlo por el amor que te pertenece.

Tenía toda la razón, yo nunca me rendía. Entonces, ¿por qué esta vez iba a hacerlo? No iba a dejar que nadie me detuviera. Iría a por ella y me la llevaría lejos de todos los males que la atormentaba. Me levanté de un salto, giré sobre mí mismo y dije:

- Yo nunca me rindo.

Tras el gesto de aprobación de Moy me dirigí rumbo hacia la ciudadela. Rumbo hacia mi destino.

No tenía ni idea de cómo iba a adentrarme en el castillo. Había soldados en todas las esquinas armados hasta los dientes. Me hallaba frente al enorme portón que cerraba el castillo. Dos guardias lo custodiaban y me observaban con desconfianza. Finalmente, concebí un plan que probablemente me ayudaría a entrar en el castillo. Avancé con paso firme hasta los guardias, aunque por dentro los nervios me estaban consumiendo.

- ¿Qué es lo que queréis?- preguntó uno frunciendo el ceño.

- Vengo a ver a Sir Greymond, el capitán de la Guardia Real. Tengo un par de cosas que hablar con él.

Fui a cruzar la puerta, pero la lanza del otro guardia se interpuso en mi camino.

- Lo siento pero no podemos dejarte pasar así por las buenas.

Me había quedado bloqueado y no sabía cómo disimular. Los nervios empezaron a delatarme y los guardias no eran tontos; se acabarían percatando de mi tapadera.

- Pero yo…

- ¡Link!

Me di la vuelta inmediatamente, sobresaltado de ver quién me había llamado. Me dio un fuerte abrazo y un par de enérgicas palmadas en la espalda.

- ¡Capitán!- respondieron los guardias al unísono.

- Vaya vaya, mira a quién tenemos aquí. Cuánto tiempo, Sir Link.

Tardé unos segundos en reaccionar y, cuando lo hice, vi la gran oportunidad que se me presentaba ante mis narices.

- Vengo a verle, capitán. Tengo que comentarle un par de cosas importantes.

- Pues entonces ven conmigo. Y ya sabes que aquí siempre eres bienvenido.

Los guardias, todavía atónitos, nos dejaron pasar. En cuanto entramos en el castillo, el capitán y yo comenzamos a charlar animadamente. No me había dado cuenta hasta ese momento de cuánto lo había echado de menos; había sido un gran amigo para mí. Sin embargo, cuando se distrajo un segundo para mandar órdenes a unos caballeros novatos, me escabullí por los pasillos con sumo sigilo.

Recorrí los laberínticos pasillos en busca de los aposentos de Zelda. Todo seguía igual a cuando me largué: el mismo decorado lujoso de siempre. Sentí a lo lejos la voz del príncipe Frederick, mi enemigo acérrimo, y tuve que contener las ganas de abalanzarme sobre él para no ser descubierto. Me oculté tras unas cortinas de terciopelo rojo y pude verle por una rendija. Seguía con el aire soberbio y altivo de siempre. Me aseguré varias veces de que se había alejado antes de salir de mi escondite.

Conseguí llegar al dormitorio de Zelda sin ser visto ni perseguido. Fui a agarrar el pomo de la puerta, pero me detuve. Titubeé de si franquear la puerta. No sabía con qué me encontraría tras ella. A lo mejor ella era feliz junto a su prometido. A lo mejor estaba resignada conmigo y no querría escucharme. O incluso puede que no estuviera. Tal situación me recordó a aquella vez que hablamos. Dudé de si abrir la puerta y hacer frente a lo que ocurriría. Esta vez no acabaría de la misma manera, no obstante. No iba a permitirlo.

Giré cuidadosamente la puerta y me adentré en la habitación. La encontré sentada en el borde de su cama, con el rostro demacrado y la mirada perdida. Sus ojos mostraban un dolor y una frialdad indescriptibles. Había cambiado totalmente, pero no cabía duda de que se trataba de ella. Un escalofrío sacudió todo mi cuerpo y mi alma se encogió sobremanera. Hacía tanto que no la veía que ya su imagen se plasmaba borrosa en mis pensamientos. Allí estaba mi dulce princesa, la mujer que más amaba en todo el mundo, y no la dejaría escapar una vez más. Deshice el nudo que había en mi garganta y reuní todo mi valor para decir:

- Zelda…

Ella clavó sus pupilas en mí y me observó confusa. Escudriñó cada centímetro de mi ser, incluso llegué a sentir como si sus ojos penetraran en lo más oculto de mi alma. Las lágrimas rodaron por sus pómulos y lloró en silencio, sin decir una sola palabra. Me puse ante ella, con el deseo infinito de curar sus heridas, apaciguar su dolor, ver su sonrisa. Envolví su mejor con un movimiento delicado de mi mano. Hice que se levantara y con el brazo que me quedaba libre rodeé su cintura. Sentir de nuevo la calidez de su cuerpo despertó en mí algo que había creído muerto: esperanza. Comencé a llorar sigilosamente, como ella. No podía dejarla marchar… ya después de esto no.

- Link…- suspiró débilmente.

- No llores más, mi amor. No sabes lo que me duele verte sufrir.

Zelda dejó escapar un fuerte sollozo, sin terminar de asimilar lo que estaba pasando. Limpié sus lágrimas con suaves caricias y la mecí cariñosamente entre mis brazos. Ella acomodó sus manos en mi pecho. Me dejé reconfortar por su contacto, sintiendo mi corazón latir de nuevo. Tenerla otra vez junto a mí me hizo sentir vivo. Aunque aún no había solucionado todo, pero estaba a un paso de recuperarla.

- Zelda, mi vida, no quiero volver a separarme de ti.

- Oh, Link…

- Sé que estás prometida con otro hombre y que el Consejo lo apoya… pero aún no ha terminado mi lucha. Te necesito a mi lado.

- Te necesito…- su voz se quebró y conmovió cada una de mis entrañas.

Había aguantado ya mucho tiempo sin su cercanía. No soportaba esperar más. Me aproximé a su rostro y tomé suavemente su mentón. Sus ojos, suplicantes, me recordaron la promesa que tiempo ha me hice la primera vez que nuestras miradas se cruzaron: que haría lo imposible por devolverles la felicidad. Imprimí mis labios en los suyos con infinita ternura, y pude sentir una chispa que activó mi alma. Tan dulces, tan suaves, tan maravillosos, tan inalcanzables… Tuve que hacer acopio de todas mis fuerzas para no caer de rodillas al suelo, fascinado por volver a probar sus labios. Había pasado tanto tiempo desde que los había disfrutado que ya había olvidado las miles de sensaciones que me hacían experimentar. La amaba tanto que sería capaz de dar mi vida con tal de alejarla de todos los males que la atormentaban.

Nos separamos lentamente y, nada más hacerlo, extrañé el tacto de sus labios. Pero no podía perder el tiempo; tenía que actuar rápido.

- Link, te amo tanto… Nunca quise dejarte ir…

- Lo sé, Zelda, yo tampoco quise, pero no tuvimos opción.

- No quiero que te vayas otra vez…

Reavivaron sus lágrimas y eso me rompió el corazón. No me marcharía otra vez. No la abandonaría de nuevo. Quería que el amor entre el Héroe e Hylia perviviera para siempre. Quería pasar el resto de mi vida haciéndola la mujer más dichosa sobre la faz del mundo.

- Cásate conmigo…

- ¡¿Qué?!

La pillé tan de sorpresa que tardó aún más que antes en reaccionar. Se llevó la mano a la boca y comenzó a temblar.

- Huyamos de Hyrule y vayámonos muy lejos. Te llevaré a donde me pidas y dedicaré toda mi vida a hacerte plenamente feliz, apartados de Frederick, del Consejo y de todo aquel que se niegue a aceptar nuestro amor.

- No puede ser…

- Concédeme el honor de casarme contigo.

Y, por primera vez en muchos meses, tras pasar por tanto sufrimiento, contemplé reflejado en sus ojos aquel brillo que había anhelado dolorosamente, por el que había peleado y por el que combatiría en mil batallas solo para despertarlo… felicidad. Una amplia y sincera sonrisa se dibujó en sus labios. Por primera vez entre tantos tormentos supe que nada podría vencernos. El alma del Héroe amaba a la diosa, y la de Hylia amaba a su guerrero. Su amor había perdurado durante siglos, y nunca perecería.

- Acepto…