Capítulo 14: Nada que perder
NorCorea estaba estresado. Por un lado tenía a su archienemigo de toda la vida inhabilitado en una habitación, completamente a su disposición para seguir siendo torturado. En otro tenía a Alemania y a Japón como rehenes, con el objetivo de atraer al tercero del eje. Bajo la mansión, Francia, Rusia y Cuba seguían encerrados en los calabozos. Para sumar, debía movilizarse a la sala de comando para verificar si había señal del desaparecido Canadá ¿Olvidaba a alguien? ¡Oh sí! ¡Su traidor mellizo del Sur! Era una de sus principales prioridades (sino es que la principal) de las cuales hacerse cargo. Que el imprudente de Yong Soo se atreviera a entrar a su casa sin su consentimiento era imperdonable ¡Ellos dos estaban en estado de guerra absoluta! Pero ya se las vería con él una vez que lo encontrara. Por ahora debía encargarse de ocho naciones prisioneras, seis cautivos y tres desaparecidos… Casi todos en distintos lugares. Era demasiado qué manejar. Le agotaba física y mentalmente movilizarse de una sala a otra, asegurándose que todo estuviera bajo control. Por esa razón ordenó que Japón y Alemania fueran llevados al calabozo junto a las demás naciones allí cautivas.
Al regresar a su sala de comando, pidió estar solo y ordenó que sus hombres dejaran la habitación. Necesitaba un minuto para pensar, meditar bien lo que debía hacer a continuación. Al menos el paso más importante ya estaba hecho: el bastardo cejón había sido eliminado lo que había conseguido debilitar a America.
Prendió la pantalla del televisor que se encontraba pegado a la pared de la sala para enterarse de cómo estaban las cosas por Europa. Cuando se preparaba para formar una sonrisa de satisfacción en su rostro, dispuesto a escuchar sobre el lamentable estado de Inglaterra, se llevó una gran sorpresa.
¡Inglaterra no estaba muerto!
Pero, ¡¿cómo pudo ser posible?! Un misil cayó sobre el Reino Unido. Debió quedar casi en ruinas, a menos que… ¿El misil no cayó directamente en el territorio de la isla? No… Había caído en el mar, cerca de la costa y sólo provocó un levantamiento de agua menor que algunos sectores resultaran damnificados, cosa que ya había sido cubierta por otras naciones del mundo que prestaron su ayuda para socorrer a las víctimas.
¡Demonios! El norcoreano maldijo repetidamente en su interior y empezó a entrar en pánico. Todo lo que había logrado podía venirse abajo y amenazar con alcanzar su objetivo.
America… ´Por ningún motivo debía enterarse de eso.
Inglaterra terminaba de escuchar el relato de cómo Canadá había logrado escapar de sus captores. Tal parecía ser que después de ser llevado a una base, donde se encontraba maniatado y vendado de ojos en sus mismas condiciones, fue abandonado por los soldados para quedarse a solas en aquel sitio. En ese lapso, Kumajiro (que había sido dejado de lado por los guardias) aprovechó de ir donde su dueño para desatarlo y así poder escapar.
—Tuviste suerte —le comentó el británico.
—Así es —asintió el canadiense, pegando un suspiro con cansancio—. Por fortuna, ellos ignoraban que Kumajiro podía moverse y venir hacia mí para liberarme.
—¿A quién? —preguntó éste, subiendo la mirada a verle.
—A mí. Canadá, tu dueño ¿recuerdas? —suspiró desalentado al ver que no le reconocía.
De pronto, Arthur vio como las luces de unas linternas apuntaban cerca de donde se encontraban él y el canadiense. A lo que enseguida reaccionó y empujó consigo a Matthew al suelo rocoso, cubriéndolo de los haces de luz que se reflejaban en las rocas de mayor tamaño.
—Debemos salir de aquí pronto y volver a Pyoyang o será cuestión de tiempo para que nos encuentren —dijo en voz baja y tensa el británico, cuando ya las luces se proyectaban hacia otra parte.
—Pero, ¿cómo lo haremos? —preguntó nervioso—. Hay guardias y soldados norcoreanos por todas partes, y nos encontramos algo retirados de la capital…
—Soy un espía experto. Tú sólo sígueme y estaremos bien —contestó esbozando una sonrisa confiada. Luego dirigió una mirada desafiante, en dirección contraria a la costa—. No pienso irme sin antes cobrárselas caro a ese maldito.
Mientras tanto, Yong Soo y Feliciano caminaban cautelosos por los pasillos con el fin de llegar a los calabozos. En el camino, Italia contemplaba extrañado al representante Sur de la península asiática. No le conocía muy bien para afirmar que podía pasarle algo, pero incluso él notaba que en éste había un gesto fuera de lo común que no andaba bien.
—Luces algo extraño, Corea ¿Te encuentras bien? —finalmente decidió preguntar.
—¿Qué? ¡Claro! ¿Por qué habría de no estarlo? —se sobresaltó un poco el surcoreano, retomando la misma sonrisa y actitud juguetonas y despreocupadas, las cuales se esforzaba por mantener.
—No sé… Te veías un poco distinto a cómo estabas antes de que entráramos a casa de tu hermano —observó éste, pensativo—. ¿Pasó algo cuando nos separamos que no quieras decir?
Yong Soo siguió caminando sin contestar, volviendo a tomar una expresión acongojada y seria. Esperaba que su estado de ánimo pasara desapercibido para el italiano. Sin embargo…
—¡Oigan, ustedes!
Italia y Corea se detuvieron, a la vez que sus cuerpos se estremecían con un feroz sobresalto, ocultando la mirada mientras el supervisor se acercaba a ellos por detrás.
—Ve- ¿Q-Qué dice? —susurró muy bajo e inquieto, Feliciano.
—Schht. Tú sólo déjame hablar a mí.
—¿Qué diablos hacen aquí? ¿Por qué no están en la sala de detenidos con los demás?
Al segundo, Yong Soo giró hacia el milico y tras saludar, parándose firme ante él, se dispuso a responder de la misma forma en su idioma.
—Nos ordenaron hacer ronda por este sector, pero… nos dirigíamos para allá, señor.
—Ah… bien —dijo dudoso el encargado—. Si es así, asegúrense de despejar la zona y llevar a los dos prisioneros hacia el calabozo. Necesitamos cubrir el mayor perímetro para asegurarnos que no escapen. Son dos naciones poderosas y no podemos confiarnos ahora que se han avisado de más enemigos infiltrados y desaparecidos.
—A-ah, claro… —contestó el surcoreano, haciendo un esfuerzo por mantenerse impasible tras ver furtivamente al italiano, quien se encontraba consternado ante su mirada.
Entonces, para exaltación de ambos, vieron como Alemania y Japón eran llevados con gruesas y pesadas cadenas que arrastraban al caminar. El corazón de Feliciano se oprimió al ver a su compañero alemán en esas condiciones, no obstante él y el japonés se mantenían firmes. Finalmente, Yong Soo y Feliciano se armaron de valor para seguirlos con el resto de soldados que los escoltaban hacia el calabozo. Después de todo llegarían hasta allá sin necesidad de escabullirse todo el tiempo.
Hyung Soo volvió al cuarto donde tenía prisionero al estadounidense. Tenía mucho de qué preocuparse, pero no iba a dejar de lado a su objeto de venganza principal ahora que lo tenía en sus manos. Debía hacerle seguir creyendo que tenía todo bajo control.
—No fuiste muy listo, ¿cierto? —le dijo el norcoreano con una sonrisilla maliciosa—. Te atreviste a atacar sin cerciorarte bien donde podía estar realmente tu aliado capitalista. Una vez más pruebas lo estúpido e impulsivo que resultas ser en este tipo de situaciones —siguió con el mismo tono irónico y despectivo hacia su persona.
Alfred no contestó. Ni siquiera se movía de su posición, en la cual seguía atado de manos desde el techo, y sólo mantenía oculta su mirada mientras el otro continuaba con su regocijo.
—¿Sabes que él no era el único en peligro de recibir un misil? Canadá se hallaba en la base donde te dije que se encontraba Inglaterra —proclamó con cierta arrogancia—. Sí… en pocas palabras escogiste al cejón imperialista antes que a tu vecino y casi hermano del norte. Me muero de ganas de contárselo y ver que piensa al respecto.
El silencio de nuevo por parte del rubio hizo que NorCorea se encolerizara.
—¿No lo ves? ¡Yo gané, maldito America! —se le acercó, clavándole sus ojos con furia—. Destruiste a tu principal aliado y ante los ojos de todo el mundo por fin te ves como lo que realmente eres: el más grande y miserable villano destructor de la historia.
—Dude… en serio siento pena por ti —murmulló Alfred, esbozando una sonrisa de amargura y compasión.
—¿Cómo dijiste? —quedó consternado la nación de trenza al oír a su adversario.
—¿Es todo lo que puedes hacer? ¿Engañarme para herir a los que me importan? Alguien como tú, tan aislado, solitario y lleno de resentimiento por el pasado sólo puede ser alguien que se la pasa sufriendo a cada instante —levantó esta vez su rostro lastimado para ver fijamente al norcoreano.
—No te atrevas… ¡No te atrevas a decir que sientes lástima por mí! —gritó enfurecido sintiendo un estremecimiento de rabia e inquietud dentro de sí.
—Mejor aprovecha y disfruta de desquitarte cuanto quieras… —volvió a murmullar el estadounidense, ensombreciendo su forma de mirarlo—. …porque una vez que me libere verás lo que el cerdo imperialista puede hacer cuando se le provoca.
Hyung Soo vaciló. Por primera vez desde que se detuvo la guerra con su hermano, Estados Unidos le producía un sentimiento de terror que poco a poco lo invadía de forma intensa. Inadvertidamente, retrocedió un paso y una gota de sudor recorrió su frente ¿Qué estaba haciendo? No podía dejarse intimidar. Aún tenía un as bajo la manga.
—¿Sabes qué es esto? —le desafió, mostrándole el dispositivo que tenía en su mano—. Desde hace algún tiempo que mi jefe y yo hemos estado preparando un ataque a gran escala en contra de nuestros enemigos. Si bien lamentas la pérdida de tu compañero no querrás ser el causante de la destrucción de más naciones.
—Eres… eres un tramposo —gruñó el rubio entre dientes, a lo que NorCorea sonrió victorioso—. Pero que eso no te confíe —agregó, sobresaltando a la otra nación de nuevo—. Porque eso no impedirá que te cobre todo lo que acabas de hacer.
—¡Tú, bastardo imperialista! —gritó alterado el asiático, aún más iracundo que antes—, ¡Si crees que pienso dejar que pongas tus pies de nuevo en mi tierra para causar más daño, te equivocas! ¡Me quitaste todo en el mundo, pusiste a quien más amaba en mi contra! ¡Antes tendrás que cortar cada pedazo de mi cuerpo que permitirte que invadas otra vez mi casa!
—Acabaste con Inglaterra… Tú te estás vengando por lo que hice, así como yo también haré contigo… —respondió sobriamente Alfred, dirigiéndole su mirada amarga—. Ya no tengo nada que perder.
Hyung Soo volvió a ver que el estadounidense transmitía esa expresión penetrante y muy intimidante. Tal y como él estaba dispuesto a vengarse de Estados Unidos en un comienzo, ahora éste mostraba la misma determinación. Por supuesto que no iba a permitir que eso sucediera.
En tanto, Alemania y Japón habían llegado a los calabozos en compañía de un gran número de soldados (entre ellos Yong Soo y Feliciano) que se preparaban para meterlos en la celda principal con los demás.
—Esto no puede ser… —reaccionó perplejo Francia, poniéndose de pie al ver que éstos ingresaban para hacerles compañía—. ¿Ustedes aquí?
Ludwig sólo pudo desviar su mirada a otro lado, apesadumbrado, antes de ser empujado junto a Kiku a la mazmorra. Corea miró atento al soldado que ponía llave a la cerradura donde se hallaban las demás naciones. Claro que él había conseguido la otra que tenía en posesión su mellizo, oculta en su recámara. Tal y como imaginó Hyung Soo solía exagerar con la seguridad de su hogar y para abrir la celda tendría que apoderarse de la segunda llave.
Rápidamente tomó el brazo del italiano y lo acercó disimuladamente más a él para así comunicarle su plan.
—Co-Corea…
—¿Ves al soldado de ahí? Es él quien tiene la otra llave —susurró mientras fijaba la vista en el soldado de mayor rango que guardaba el objeto metálico.
—¿Y ahora qué hacemos? ¿Esperamos a que esté menos respaldado para quitársela? —propuso Feliciano sutilmente, sabiendo que era la opción más sensata con la cual proceder. Sin embargo, estaba consciente que sólo quedaban un par de horas para el amanecer, lo que ponía en riesgo a sus dos compañeros del eje.
—Tranquilo, creo que puedo arrebatárselas ahora sin que se dé cuenta —expresó el asiático confiado, mirando al soldado.
De forma descuidada al querer avanzar hacia su objetivo, el surcoreano tropezó con un pequeño montículo. Todos los demás soldados, incluidas las naciones, quedaron con el rostro atónito al ver al joven que había caído al suelo, cayéndosele la gorra y así dando a ver su imagen.
Un silencio absoluto de tensión congeló a todos los presentes, hasta que la voz del soldado de mayor rango quebró el hielo haciendo reaccionar a sus hombres.
—¡Es el enemigo! ¡Ataquen!
Pero fue Italia quien le inmovilizó, lanzándose por detrás de él y sujetándolo con fuerza.
—¡Rápido, quítale las llaves! —pidió Feliciano sin soltar a quien guardaba ésta.
El soldado se revolvió violentamente contra el cuerpo del italiano, dándole codazos que impactaron contra su rostro dejándole moretones y marcas de sangre.
—¡Italia! —exclamó inquieto Yong Soo.
—¡No te preocupes, yo lo sostendré, tú libera a Alemania y a los otros, per favore!
—¡Corea san, detrás de usted!
Antes de ser impedido por los soldados de su hermano, Corea les arrojó la primera llave al interior de la celda, la cual de inmediato Cuba tomó en su poder y se dispuso a utilizarla.
—¡Es inútil, no se abre! —maldijo ofuscado el cubano al comprobar que la cerradura no cedía.
—¡ITALIAA! —gritó desesperado el alemán viendo cómo su compañero era golpeado.
Italia se hallaba con sangre saliendo de su nariz y boca, pero se resistía a soltar al portador de la segunda llave que mantenía presos a los demás países. Corea estaba imposibilitado ya que tenía al resto de soldados encima. Tenía que actuar por sí mismo si quería salvar a sus amigos. Así que con un esfuerzo monumental se arrojó con el soldado al piso y forcejeó con él hasta quitarle la llave de su bolsillo y lanzarla en dirección a la celda como hizo el surcoreano.
Por desgracia la llave quedó un poco retirada del alcance de la mano de Alemania y Kiku. No podían tomarla por más que se esforzaban en estirar sus brazos. Pero entonces, Rusia golpeó con su tubería la mano de un soldado que se disponía a recogerla y así, por medio de la misma, la atrajo hasta él mientras el pobre infeliz se quejaba de un dolor insoportable.
—Lo siento, pero creo que esto nos lo arrojaron a nosotros —sonrió gentilmente el ruso sin mostrar la menor reacción ante la mano fracturada del soldado norcoreano.
En cuestión de segundos, las naciones cautivas salieron de su encierro y se mostraron ante el resto de la tropa norcoreana, quien veía espantada a éstas, en especial al moreno que tronaba sus nudillos de forma amenazadora y a Ivan, quien mantenía su sonrisa mostrando su tubería.
El alemán en cambio, se arrodilló a un lado del italiano para ver su estado. Estaba conmovido y a la vez angustiado por su valentía. Puso la cabeza de su amado sobre su regazo y luego abrazó el cuerpo de un inconsciente Feliciano con ternura contra su pecho.
—Lo hiciste bien, Italia —le susurró Ludwig al momento que esbozaba una sonrisa emotiva.
Tras su momento con America, NorCorea entró en un cuadro de preocupación e inseguridad extremas. No pudo seguir aplicándole tortura al rubio, estaba demasiado intranquilo para concentrarse. Sentía que dentro de poco todos y todo se le vendría encima. De sólo imaginarlo volvía a invadirlo la desesperación. Quería mantenerse firme, pero todo estaba empezando a salírsele de control; el británico estaba vivo, Canadá desaparecido, el italiano y su mellizo infiltrados dentro de su casa, cinco naciones encerradas que de seguro pensaban como vengarse, su archienemigo quien comenzaba a atormentarlo y su aniki… su aniki que se sentía decepcionado de él a causa sus recientes acciones. Pese a eso, sólo sentía la necesidad de verlo. Quizás, sólo quizás el mayor pudiera ayudarlo a salir de aquel lío. Necesitaba consejo y, ¿quién mejor que él que había estado tanto tiempo sobre la Tierra?
Pero al llegar al cuarto donde había dejado a la milenaria nación, se halló con una escena insólita. Los guardias que mandó para vigilar a China ahora yacían desmayados en el pasillo a causa de un golpe que los tomó por sorpresa. Consternado entró a la habitación y no vio a Yao por ninguna parte ¿Acaso había escapado? No… Por más que le doliera reconocerlo no se hubiera atrevido con tal de proteger a su inútil mellizo. Entonces… ¿Alguien se lo llevó? ¿Así nada más?
Como fuera… ¡¿Dónde estaba su aniki?!
N.A: ¡Penúltimo capítulo! O.O No me la puedo creer que haya llegado tan lejos xD Ahora las cosas se le van a venir duro a NorCorea, pero antes quisiera preguntarles… ¿Creen que Hyung Soo merece un castigo? ;w; ¿Y qué creen que pasó con China? :3
A todo esto, tengo la creencia que los simples humanos (ciudadanos, soldados y demás) no pueden matar a las naciones de por sí, sólo entre ellas pueden hacerlo, de otra forma liquidar a un país sería rematado de sencillo :P aunque como le tocó al pobre Feliciano aquí, si pueden sacarle la m**** al tener forma humana xD
Yo: Pues… hay FrUk ;) por desgracia no contemplé el UsCan u.u pero eso no quita que tengamos un emotivo reencuentro entre ambos ;D Prefiero no spoilear, espero te agrade y gracias por comentar n-n
Sólo me queda agradecer a todos quienes han leído y comentado, no puedo expresar lo contenta que me han dejado C: por lo que espero darles un buen final ;)
