Antes del siguiente capítulo quiero agradecer a cada persona que se ha molestado en dejarme unas palabras de ánimo. Gracias a todos y cada uno de vosotros. Cada review recibido es muy apreciado y más que bienvenido. Conseguís animarme a seguir con una de mis grandes aficiones que es escribir. Gracias gente! Sois lo mejor de escribir fanfics. Ojalá pudiese devolveros el favor.
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Sólo había fuego en su universo... Y le gustaba. Era un mar de destrucción donde nadie podía alcanzarle. Él era el corazón de una hoguera que crecía a cada latido de su ser. Rió, feliz, con locura y la materia se apartaba a su paso bajo la furia indomable de sus llamas...
La última vez que se había dejado llevar por el fuego había sido hacía mucho tiempo. Lo más parecido había ocurrido en el parque, junto a la acequia. Pero cuando sus alas ígenas iban a desplegarse unas manos le empujaron... La imagen de Layla cargando hacia él volvió a su memoria y su tacto rememoró el instante en que lo había golpeado en el pecho para desequilibrarlo.
Basta...
Había insectos que no actuaban como insectos, era en un porche de madera y esas mismas manos se volvieron hacia arriba. Él vio el daño que les había provocado.
-...Creo que son sólo quemaduras de primer grado en su mayor parte...
Basta... ¡Para!
La mirada triste de Layla surgió en su mente...
-Amanda Jinx sólo ha sido un campo de pruebas...
¡¡¡Para!!!!
Warren de repente fue consciente del fulgor en el que estaba sumergido. Su fuego había crecido demasiado y no había más mundo alrededor de él que el incendio.
Hubo de reunir toda su fuerza de voluntad para replegarlo lo suficiente como para que no siguiese creciendo. Entonces oyó los gritos. Había una mujer histérica muy cerca.
-¡¡¡¡Paul¡¡¡¡Paul!!!!
Su voz se estaba quebrando por la ronquera y el desespero. Un mar de llamas separaba a Warren de lo que sea que pasaba en el mundo del que provenía esa voz. Hubo más voces.
-¡No puedes hacer nada!
-¡Suéltame! Está en el garaje. ¡Está en el garaje!
Warren supo que en ese momento debería haber sentido un vuelco en él, pero el fuego dominaba su mente aún. Echó a caminar hacia el inmenso haz de llamas que señalaba la posición del garaje. Nadie percibió su silueta.
El techo ardía rabioso y ya empezaba a desmoronarse. Las paredes seguían en pie en su mayor parte. En el suelo una gran hoguera flotaba sobre lo que parecía un extenso charco de combustible. No había ningún vehículo en el interior y Warren trató de sentir a alguien vivo allí, un grito, algo... Caminó bajo el inestable techo aguzando la vista y entonces lo vio. Bajo una mesa de herramientas asomaban unos pies pequeños embutidos en deportivas. Warren tiró de ellos y el resto del niño surgió de debajo de la mesa. Apenas debía tener seis años. Junto a él había una regadera. Parecía que había estado cuidando de algo sembrado en unos pequeños tiestos de colores a su lado.
Warren buscó con la mirada por dónde salir. No podía llevarse al niño a través de las llamas, no sobreviviría. Hubo un crujido amenazante y la puerta quedó descartada al ver que el marco y parte del tejado se habían derrumbado sobre ella. No le quedaba más remedio que saltar a través de la pared trasera aprovechando que el fuego la había debilitado. Se sacó la chaqueta, volcó el contenido de la regadera en ella y envolvió tan bien como pudo la cabeza y el torso del niño. Un nuevo crujido sobre su cabeza lo hizo ponerse en pie a toda velocidad. Apretando al niño contra él, cargó contra el muro trasero y giró en el último momento para golpearlo con su espalda. Le pareció que ese momento en su vida transcurría a cámara lenta. Vio cómo el resto del techo se derrumbaba sobre la mesa de herramientas y supo que si la pared de madera no cedía, rebotaría hacia la hoguera que se había formado. El niño no sobreviviría a eso. Su espalda golpeó una superficie sólida... que cedió y Warren cayó hacia atrás. Fue uno de los mejores momentos de su vida.
Warren cayó al exterior y una haz de llamas surgió por el agujero que había abierto. Se volvió para proteger el cuerpo de Paul con el suyo. Ser inmune al fuego tenía que ser útil para algo. Arrastró al niño hasta el espacio que daba entre dos viviendas. Las llamas rugían sobre él y formaban una bóveda de cañón ígnea de aspecto onírico. La temperatura dentor de ella era tremenda. Warren aprovechó ese breve lapso para tratar de hacer reaccionar al niño. Gran parte de su cara estaba en carne viva y renegrida por el efecto de las llamas, no se movía y tenía los ojos cerrados. Warren lo movió sin resultado. Y por fin la angustia empezó a cernirse sobre él.
-¡Respira¡Vamos!
Más tarde no recordaría el momento en que tomó la decisión pero volvió a cargar con el niño alejándolo del fuego. Oyó una sirena de bomberos.
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El barrio se había empezado a revolucionar. Layla se despertó con la sirena de los bomberos, igual que varios de sus vecinos y salió a la puerta de su casa envuelta en una bata a contemplar a lo lejos el fulgor de las llamas sobre los tejados. Pero su morbosidad no bastó para lanzarla a la calle en pijama como otros.
-¡¡Cielos!! Espero que no haya víctimas y que mamá no lo lea en las noticias o se pondrá histérica.
De repente sintió la llamada y supo sin lugar a dudas que alguien la estaba esperando en el porche trasero. Entró en la casa y fue hacia la cocina. A través de la ventana pudo ver que había una silueta en encorvada al lado del balancín. Layla encendió la luz de la cocina y pudo discernir que se trataba de Warren Peace. Estaba lleno de hollín, con la mitad de la ropa quemada y ella creyó que estaba herido por su postura. Layla quitó el pestillo que aseguraba la puerta de la cocina y salió al porche.
-Dios mío, Warren. ¿Qué te ha pasado?
Fue entonces cuando Layla vio que en el balancín había alguien más. Era un niño. Layla apartó a Warren sin contemplaciones y se agachó junto al pequeño. Tenía quemaduras en carne viva por la cara y las manos y no respiraba.
-Dios mío... Debemos llevarlo al hospital.
Oyó la voz de Warren, débil y quebradiza.
-No hay tiempo, no respira... Tú puedes sanar... Si esperamos ambulancia...
La mente de Layla gritaba que no tocase nada, que buscase ayuda, que responsabilizase a otros del resultado. Pero sus manos se movieron guiadas por un instinto más poderoso que la razón. Las posó sobre el pecho del niño y apeló a toda la fuerza de la vida que crecía a su alrededor. Layla cerró los ojos. Hubo un susurro entre la hierba. La hiedra y el árbol plegaron sus ramas hacia ella, como si estuviesen realizando una reverencia y una suave brisa despertó de la nada. Los párpados de Layla se elevaron para dar paso a un mirada serena, que parecía mirar aquel cuerpecito maltrecho para ver más allá de él. Layla se inclinó sobre el pequeño, abrió los labios del niño y sopló dentro de su boquita. Hubo un levísimo destello, como si una luciérnaga se hubiese colado entre sus labios. El niño cogió aire de forma ruidosa y Layla acarició las quemaduras de su rostro con las yemas de sus dedos. Las marcas negras fueron desapareciendo bajo su tacto dejando a su paso la piel intacta. Layla se incorporó de nuevo y su mirada pareció enfocar la realidad de nuevo. La joven cogió aire entrecortadamente y se tambaleó inestable. Las manos de warren la cogieron.
-¿¡Layla!?
-Estoy bien... Es solo... Tenía asfixia e intoxicacion por el humo, he podido sentir lo mismo por un momento.
En ese momento Paul abrió los ojos y se puso a llorar. Layla se apresuró a abrazarlo.
-Tranquilo, cariño, tranquilo. No pasa nada. Ahora te llevo con mamá.
Layla se puso en pie y cogió al pequeño en brazos, todavía calmándolo y susurrándole.
-Voy a llevarlo con sus padres y cuando vuelva espero que me des una buena explicación de todo esto.
Warren la miró salir del jardín llevándose a un milagrosamente salvado Paul. Retrocedió hasta toparse con la pared, se apoyó en ella y se deslizó hacia el suelo esperando que en algun momento la hiedra lo estrangulase entre sus ramas o tuviese al menos la decencia de esconder su figura.
Layla volvió casi una hora más tarde. Warren seguía en la esquina del porche, sentado en el suelo, encogido y con la mirada baja.
-Paul está bien. Había tragado bastante humo, pero parece que no le van a quedar secuelas. Se ha encontrado con su madre y su padre.
Una manta cayó sobre los hombros de Warren. Layla debía haberla cogido del balancín. La mitad de su ropa estaba quemada y la amenaza de resfriado no era tan remota, pero hasta el momento él no había prestado atención al frío que empezaba a sentir.
-Les he dicho que estaba deambulando por detrás de mi casa y nadie ha hecho preguntas. No ha habido heridos, pero la casa está destrozada. Ahora dame una razón por la que no debería denunciarte.
Warren no se movió ni hizo el mas mínimo gesto para comunicarse.
-Lo lamento Warren, pero no me dejas más alternativa.
Warren creyó que ella iba a denunciarlo y la opción le pareció en ese momento la más apropiada. Si lo encerraban evitarían que hiciese daño de nuevo aunque su voluntad no hubiese tenido nada que ver. Pero entonces vio una mano pálida y perfecta posándose sobre su brazo lleno de hollín, concretamente sobre un desgarrón en su piel que parecía muy profundo y al que se negaba a prestar atención. La hiedra pareció susurrar y hubo algo parecido a un rugido que recorrió la hierba cuando Layla volvió a usar sus capacidades para sanar por segunda vez esa noche. Warren alzó la vista al oírla coger aire de forma entrecortada. Layla había cerrado los ojos y parecía tener dificultades para encontrar el ritmo de su respiración. Tras ella el árbol se inclinó como si quisiese tocarla.
-Layla...
La herida en el brazo de Warren se cerró y ella abrió los ojos. Sus miradas por fin se encontraron y Layla pudo entonces apreciar surcos en la suciedad del rostro de Warren, marcando el camino que debían haber seguido las lágrimas.
-Ahora ya no tendrás secretos para mí por un rato. Además, estoy en mi terreno.
Warren entendió la advertencia solapada que había debajo de aquello. No dudaba que todo el tonelaje del árbol se lanzaría a por él al primer chispazo que él provocase. El peso de esa mole lo mataría antes de que él pudiese reducirlo a cenizas. Pero en ese momento, su última intención hubiese sido rebelarse contra Layla.
-¿También escuchas los pensamientos de Paul?
Layla negó.
-Parece que ese efecto secundario es algo personal entre tú y yo.
Warren asintió y volvió a bajar la mirada.
-Tú provocaste ese incendio¿verdad?
Layla notó que sus palabras lo habían golpeado con crudeza. De repente Warren parecía cansado o, más que cansado, consumido. Respondió casi en un susurro.
-Creo que sería mejor que me denunciases.
-¿Por qué?
-Porque...- se interrumpió como buscando la palabras, pero Layla pudo sentir que era la angustia lo que había paralizado sus cuerdas vocales.- Yo no fui... Yo no hice eso a ese niño.
-Entonces ¿quién fue?
-El fuego... Se descontroló...
-Se te descontroló... ¿Estás diciendo que fue un accidente?
Él se revolvió inquieto y frunció el ceño, finalmente contestó.
-No, no fue un accidente. Fue él. Me hizo arder. ¡Me obligó!
-¿Te obligó¿Cómo te pudo obligar?
-Hizo que el fuego me controlase a mí. Me hizo suyo.
Las últimas palabras de Warren fueron serenas, tan serenas que resultaban irreales porque Layla pudo asomarse al sentimiento de...violación... que había detrás.
-¿Te hizo... suyo¿Quién te hizo eso?
-Madison.
-¿Madison¿La currito de primero?
-No. Es adulto, podría ser su padre.
Warren alzó la mirada al fin, hacia los ojos de Layla y el recuerdo de lo que él había vivido la invadió. Unos ojos azules que taladraron su mente hasta el origen instintivo y primario de su poder. Y en su mente las enredaderas se lanzaron a por ella y la atraparon entre sus hojas, y ella fue una con la hierba, los árboles, el cielo y todo lo que crecía en el mundo y sintió que su voluntad era arrastrada y...
-¡Dios mío, Warren! Es uno de los tres tipos que entraron en tu casa.
Angustia... Miedo... Los sentimientos en Warren fueron tan intensos que Layla creyó que el golpe emocional la tumbaría. Pero una vez más la voz de él sonó serena en contraposición a lo que la alimentaba.
-Ellos tienen a mi madre. Me obligaron a ir hasta allí, no sabía para qué. Y una vez delante de esa casa me... me...
Warren no pudo acabar la frase.
-Debemos denunciarlo. Debemos ir de inmediato a un adulto y denunciarlo.
Warren negó.
-Sé que deben tener capacidades para vigilarme. Camaleón no puede estar lejos.
-¿Quién es camaleón?
Pero de repente algo nuevo había asaltado la mente de Warren y su voz se quebró.
-No debería haber venido a ti. Te he podido poner en peligro a ti. No debería... Soy un imbécil ahora te he puesto en peligro y yo...
Warren se agarró la cabeza con las manos y se encogió más aún. Layla lo agarró por los hombros y después cogió sus manos. Lo obligó a mirarla. La angustia cubría sus rasgos. Por fin su rostro mostraba lo que sentía.
-Ya estás aquí Warren, y no lo vas a poder cambiar. Creo que has hecho bien en acudir a mí porque si no, creo que ese niño no habría llegado vivo al hospital. Tenía los pulmones destrozados por el calor y el humo. He aceptado que estés aquí con todas las consecuencias y te voy a ayudar.
Warren tomó aire como si quisiese hablar pero sus palabras chocaron una y otra vez con un muro infranqueable. Tras varios intentos bajó la mirada de nuevo. Layla se percató de que no podría hacerlo solo, no podría volcar todo lo que llevaba dentro por sí mismo, e hizo lo que a él le costaba tanto. Se coló bajo la manta y lo abrazó. Mientras estaban en esa postura lo sintió temblar bajo su abrazo.
Nunca creí que Warren Peace pudiese tener miedo
Los puntos en que sus pieles se tocaban cobraron una nitidez e intensidad abrumadora, como el brillo agudo de una estrella y los recuerdos se filtraron a través del tacto hacia Layla.
El calor de las llamas, el peso del niño en sus brazos, el recuerdo táctil de la pared cediendo con un crujido contra su espalda. Y por encima de todos esos recuerdos que Warren estaba dejando fluir, Layla sintió que por fin sus manos se enlazaban alrededor de ella en un abrazo que era también el refugio que necesitaba.
