He vuelto.
Música para este capítulo: Those left behind, de Max Richter.
Si quieren saber qué pasó de mí (?) vean las notas al final del cap.
Para que no se pierda la costumbre, preparen pañuelos. Oh, man.
CAPÍTULO XIV: Die Rache
Mikasa no terminaba de comprender de qué la acusaban.
De matar a un hombre, decían…, y sin embargo, ella había matado cientos.
―Es el hermano de un hombre con influencias ―le había dicho uno de los guardias que se compadeció de la chica de rostro bonito que debía de estar allí por error.
Le dijo su nombre, también.
A Mikasa no le importaba.
Se lo merecía.
No fue lo que se imaginó.
Las explosiones se repitieron en varios rincones de la cárcel, y casi ―casi― le robaron una sonrisa.
Dos opciones: alguien más venía a cobrarse su vida, o venían a salvarla.
Escuchó gritos, órdenes. Fuertes pasos que resonaban contra la piedra fría.
Cuando levantó la vista, aunque vistiendo una capucha completamente negra, ella lo reconoció enseguida: él estaba allí.
―Viniste.
Levi la observó como si hubiese perdido la razón mientras ella se ponía de pie lentamente.
―Sé que piensas lo peor de mí, Mikasa, pero abandonar a mis subordinados es un nivel de bajeza al que todavía no he llegado.
No dijo nada más; solo bajó un bolso que llevaba consigo, y sacó de unos bolsillos una pinza con los que rompió el candado.
La puerta se abrió.
―Andando.
Echaron a correr hasta llegar al final de uno de los pasillos. Levi no dudó en golpear a los guardias o incluso dispararles ―apuntando a sus extremidades― durante todo el trecho que les tomó salir del piso inferior de la prisión.
Cuando al fin llegaron a la planta baja, se encontraron con el capitán Smith, quien los recibió con una sonrisa y una capucha parecida a la de Levi.
―No pensé que estarían de vuelta tan rápido. Es bueno verte en una pieza, Ackerman.
Mikasa solo hizo el saludo militar obligatorio ante su superior, y se apresuró a escuchar el plan del capitán:
―Al salir por la puerta A94 de la prisión nos espera Hange en un vehículo que nos sacará de aquí. Solo es cuestión de llegar, subir, y nuestra huida será limpia. El resto de los detalles te los daré una vez allí, Ackerman.
El plan sonaba simple y práctico, algo impropio de Erwin.
Pero debía funcionar.
Mikasa volvió a asentir.
No atravesaron mayores dificultades para llegar hasta el vehículo donde Hange los esperaba vistiendo la capucha que Mikasa ya sabía que vestiría.
Comprendió por qué todo había sido tan fácil al advertir los destellos sobre los edificios circundantes.
Es una trampa.
―¡Suban, suban, ¿qué esperan?! ―exclamó Hange, y Mikasa podía jurar que escuchaba emoción en su voz.
El capitán Smith y Levi intercambiaron rápidas miradas entre sí, y Mikasa supo que ellos también habían advertido lo que ella.
―Suban ahora mismo ―La voz de Hange se había tornado seria. ―¿O es que no confían en mí?
Los dos hombres reaccionaron al instante: era mejor moverse que quedarse estático. Mikasa los siguió de cerca.
Apenas cerraron las puertas, se oyeron los disparos y los golpes contra las puertas del auto.
Y la sonora carcajada de Hange.
El auto avanzó de golpe y Mikasa no comprendió cómo seguían vivos hasta que sintió algo extraño en sus pulmones y sus ojos. Algo que la hizo toser y derramar lágrimas.
Como adelantándose a su pregunta, Levi cuestionó enérgicamente:
―¡Hange, ¿qué mierda es esto?!
Maniobrando rápida y bruscamente, Hange igual encontró un momento para girar su cabeza y mirarlos, algo que provocó que el capitán Smith amagara a tomar el volante.
―¡Los francotiradores piensan que no pensé que vendrían! Seguro que mi sorpresita con humo les encantó… Erwin ―añadió entonces volviendo a mirar al frente mientras el capitán pretendía que no había estado a punto de robarle el control del vehículo―, ¿qué te parece mi nuevo invento? Normalmente está pensado para los enemigos, claro, inspirado en un gas lacrimógeno que les impida ver, pero…
―¡¿Acabas de rociarnos con GAS LACRIMÓGENO?! ―vituperó Levi―. ¡Siento que mis ojos se están derritiendo, reverenda imbécil!
Hange chasqueó la lengua y pisó el acelerador para ir más rápido por la avenida principal de Berlín, esquivando otros automóviles con una maestría sorprendente.
―Algunos daños colaterales no significan nada para aquel investigador que no hace más que dedicar su vida a la verd-…
―¡MIRA POR DÓNDE VAS ANTES DE QUE NOS MATEMOS POR TU CULPA!
De todas formas, Mikasa pensó que Hange había sido muy ingeniosa: el humo los había protegido de disparos letales, aunque la chapería había sufrido casi todos los impactos de bala.
Daños realmente colaterales.
―No es mucho ―les avisó el capitán Smith mientras bajaban las maletas del auto―, pero tendrá que bastar.
Les había tomado tres horas llegar hasta allí: se trataba de una pequeña cabaña que había sido el primer centro de operaciones de las FDF, en la época anterior a la infiltración en el Partido, a las afueras de Wolfsburgo. Era apenas una casa de madera que había sido adquirida por el capitán Smith hacía muchos años. No tenía más que un solo dormitorio con dos camas individuales, aparte de la sala y la cocina.
A Mikasa, no obstante, le gustaba; le recordaba a su hogar.
―Deberán tener cuidado ―les advirtió el capitán Smith―, pues ahora Mikasa es una fugitiva de la justicia. Asimismo, no estoy tan seguro de que nadie reconozca a Levi, con todos los golpes que tuvo que asestar durante la huida. Dudo, empero, que puedan implicarnos a Hange y a mí.
Mikasa sabía que no era solo eso: era, también, el alto concepto que tenían de los héroes de guerra Zoe y Smith; ella y Levi, no obstante, eran asesinos. Eran los que cometían las atrocidades, derramaban la sangre, quebraban las familias.
Unas cuantas medallas no absolvían de eso.
―Estaremos bien ―le aseguró Levi, estrechando su mano en la puerta―. Mejor se marchan ahora.
―Escuché que hay un zoológico por aquí cerca, Erwin. ¿Podemos ir? ―Hange, por supuesto, no dimensionaba ciertas situaciones.
El capitán Smith la ignoró y se acercó a tomar sus manos entre las suyas y estrujarlas fuertemente.
―Ackerman ―le dijo a la par que clavaba su mirada en ella―, sin importar qué, tú eres, también, una heroína de guerra. Pasase lo que pasase, hiciste lo que debías hacer. No dudes que aquellos que estuvimos allí sabemos que así fue.
Mikasa esbozó una débil sonrisa que no le llegó a los ojos.
Todas las palabras amables del mundo le eran inservibles.
Los días pasaron lentos, tranquilos y tediosos. Levi y Mikasa no hablaban; tan solo compartían el mismo espacio y se alimentaban de las mismas provisiones enviadas por Erwin cada semana. También, por supuesto, dedicaron dos días a permanecer juntos en la misma habitación en tanto se ayudaban a limpiar (algo que Levi no necesitaba hablar para requerir).
Ambos, irónicamente, estaban acostumbrados a la situación debido a tiempos más tensos.
No obstante, había más que eso: tras ese susto repentino que había sido la real posibilidad de perderla, Levi deseaba una respuesta. Una simple aclaración de si ella había decidido, finalmente, marcharse de su vida o echarlo de la suya propia.
Pero no tenía el valor de preguntar.
No lo tuvo hasta dos semanas después, cuando tomó asiento a su lado en el otrora polvoriento sofá.
―Necesito hablar contigo.
La elección de palabras sorprendió a Mikasa, y la hizo bajar el libro que traía entre las manos.
―De acuerdo.
Se giró hacia él, y escrutó sus ojos.
Verdes.
Pero eso ya lo sabía.
―Quiero saber si debo decirte adiós.
Mikasa pensó un momento, pero cuando abrió la boca para responder, todo lo que salió fue un grito.
Sus brazos se extendieron y atraparon a Levi, quien cayó gentilmente sobre ella, sin hacer sonido.
La sangre y los trozos de algo que Mikasa no sabía que era ―algo que su mente se negaba a procesar― mancharon su camisa blanca.
A espaldas de Levi, un hombre apoyado en el marco de la puerta observaba la escena con una expresión aburrida.
De la boca de su revólver, un hilillo de humo se elevaba al cielo.
El cerebro de Mikasa pudo procesar varias cosas recién tardíamente.
Empero, las procesó.
En primer lugar, había escuchado el estruendo de la puerta al abrirse de una patada. Así como también el disparo.
En segundo lugar, en sus brazos, yacía Levi con una herida de bala en la cabeza.
Y por último, estaba temblando.
De miedo.
Como si supiera que Mikasa requería de algo de tiempo para entender qué ocurría, el hombre avanzó con lentitud, y se sentó en un sillón apartado de aquel sofá donde ella seguía sosteniendo al asesino de sus padres.
Parpadeó unas cuantas veces, observó su obra, así como la figura de la joven trémula. Cuando habló, sus palabras sonaban tranquilas, casi aburridas:
―Ah… La venganza no es tan dulce como parece, ¿verdad, niña?
Mikasa miró al hombre. Este le devolvió la mirada, y señaló:
―Estás sangrando.
No, ese es Levi. Levi, Levi, Levi…
La soldado apretó la mandíbula, y conjuró fuerzas para hablar de algún lado que escapaba a su conocimiento:
―Me buscabas a mí. No a él. No a él…
El hombre suspiró, y empezó a hablar:
―Te debo una disculpa, niña. Pero primero, mi nombre: Dot Pixis. Un gusto, aunque sea en estas horribles condiciones que nos conozcamos.
A esto, ella no contestó. Solo se mantuvo inmóvil, estática. No podía reaccionar.
El hombre, sin embargo, prosiguió:
―Como dije, mis disculpas por ese teatro… Si hubiera podido, no te habría involucrado en esto; Levi era mi objetivo, no tú. Solo que jamás habría llegado tan lejos si no te hubiera utilizado a ti. Lo siento. No me arrepiento de ello, pero era la única manera.
Ella no entendía lo que pasaba. No le importaba. No lo escuchaba. Solo miraba a Levi.
A Levi muerto en sus brazos.
―Pero claro ―al fin, el hombre guardó su arma y sacó un cigarro, el cual encendió sin más miramientos―, tú eras un soldado. Levi también era un soldado, sí, pero con algo más de conocimiento de lo que hacía. Y bueno, él fue el soldado que jaló el gatillo a la hora de matar a mi hermano, no tú. Por eso lo maté a él, y no a ti. Bastante simple, ¿no?
Las volutas de humo se elevaban en el ambiente y ensuciaban el aire. Mikasa no podía respirar, no sabía qué hacer, no sabía cómo defenderse del hombre ―que aún tenía un arma― y huir de allí, pedir ayuda, traer a Levi de vuelta.
―Se llamaba Jan ―le dijo, y Mikasa, en su sopor, distinguió que buscaba algún signo de reconocimiento. Al ver que ella no le prestaba atención, agregó―: Seguro lo recuerdas como el Oberstgruppenführer de las SS.
Sí, claro. El hombre que Levi había asesinado en una misión a la que ella había asistido. Mikasa decidió responder:
―Lo recuerdo.
Pixis asintió, complacido.
―Era un buen hombre, Jan. Mató gente, sí, pero ¿no lo hizo Levi, también? ¿No lo hiciste tú? ¿Era Jan, acaso, peor persona que ustedes?
A eso, Mikasa no podía replicar. El nudo en su garganta al sentir la tibia sangre que empapaba su camisa era infranqueable.
―La noticia de su muerte tardó en llegarme. Yo estaba en América del Sur, y ahí volveré dentro de dos días. Al lugar al que correspondo. Solo que, tal y como Jan era una buena persona, y Levi y tú héroes de guerra, yo soy un buen hermano. Bueno, era. Sin mi hermano en cuestión, no veo el punto de denominarme «hermano» de nadie.
Tras una larga pausa, Pixis preguntó, visiblemente abatido:
―Levi fue el que jaló el gatillo, ¿no es así?
Su silencio bastó para satisfacer al hombre. Ella, por su parte, se retiró la bufanda.
―Verás, sé tu historia ―confesó de pronto, sacándose el cigarro de la boca para señalarla con él―. Sé lo que este hombre te hizo. Y sé lo que siente por ti, así como lo que tú sientes por él.
Mikasa no trató de negarlo. Era tonto e infantil. Tan solo llevó una mano a acariciar su cabello empapado en sangre a la par que intentaba cubrir la herida con la tela roja, casi con cariño.
Era su cuerpo nada más.
Pero seguía siendo Levi.
―Y me es curioso, la verdad. ¿Cómo es que tú, la primera persona que debió desearlo muerto, la que debió tomar su vida, no lo hizo? Incluso lo protegiste de otras personas que así lo intentaron. Dios, no habrías dudado en asesinarme si era por eso. Solo no lo haces porque ya no tiene sentido, y porque sabes que esto era lo correcto: que Levi muriera. Ese es el único desenlace posible de esta historia.
»Es, si me permites llamarlo por su nombre, «justicia poética».
Justicia poética. Sí, Mikasa sabía que Pixis tenía razón.
―El tipo de justicia que, por supuesto, me espera a mí.
Le sorprendió descubrir que podía sentirse confundida por palabras ajenas en este momento. ¿A qué se refería el hombre?
―Yo, también, fui un oficial de alto rango en este gran teatro. Aunque planeo volver a América del Sur, no descarto que vayan a extraditarme y ejecutarme. Me lo espero, incluso. Es lo justo. Y como puedes ver ―apuntó a Levi con su cigarro―, pese a todo soy defensor de la justicia. Ojo por ojo y diente por diente, o algo así.
El hombre se puso de pie, y tiró su cigarro al suelo, donde lo aplastó con el pie haciendo una mueca. Cualquiera pensaría que se veía decepcionado de su elección de tabaco.
―Pensé que esto me haría sentir mejor, pero realmente espero que me saquen los ojos y los dientes por todas las cosas que hice.
Mikasa también anhelaba ese destino. Para Pixis. Para ella. Para todos los que se lo merecían.
―Pero Levi… Levi mató a tus padres, niña. ¿Cómo puedes…? ¿Cómo pudiste…? Es un verdadero misterio, y mi alma curiosa necesita saberlo.
Ella sabía la pregunta que venía.
―¿Cómo pudiste llegar a amarlo?
Sus ojos se llegaron de lágrimas y, por una vez en su vida, la certeza ―la misma certeza que Mikasa supo que acompañó a Levi susurrándole que perdería algo precioso el nueve de noviembre de 1938 al atravesar el umbral de su casa― se posó en su hombro, en sus labios, y tomó su mano al responder:
―Porque lo perdoné hace mucho tiempo.
Y sin decir nada más, bajó la cabeza.
Era vergonzoso.
Era llanamente horrible.
Y, no obstante, era la verdad.
Pixis la miró largamente hasta que, metiendo sus manos en los bolsillos, pronunció:
―Tal vez eso haya sido lo mejor.
Mikasa escuchó las pisadas que se alejaban.
Y no importaba, nada de eso importaba. ¿Qué haría ahora? Levi estaba muerto, estaba muerto, estaba…
De pronto, más lágrimas acudieron a sus ojos como un torrente imparable.
De alguna manera, podía sentir la presión del cuerpo ajeno sobre su pecho.
La presión de un cuerpo vivo, de pulmones expandiéndose y de un hombre respirando con trabajo.
Levi seguía vivo.
Y Mikasa debía salvarlo.
10 de febrero de 1944
Mikasa:
El tiempo se acaba y debo irme. Pero eso ya lo sabes. O mejor dicho; debes de imaginarlo. En las misiones, todo es cuestión de tiempo y velocidad.
Por alguna razón, tengo un presentimiento de que nunca podré decirte esto de frente, y es por eso que te hago llegar estas líneas de la única manera en que sé que no podrás rechazarlas: como un secreto entre tú y yo.
Debo explicarte: es posible que, en todos estos años, no haya llegado a conocer a la verdadera «tú». Es posible que tu expresión fría sea lo único que haya visto durante la mayor parte de nuestro tiempo juntas ―salvo raras excepciones―, y sé que esto no cambiará pronto.
Esa es tu manera de sobrevivir, Mikasa. Es lo que te ha protegido durante todos estos años de los ataques constantes de tu vida.
De las cosas que el capitán Levi te hizo. Porque supongo que no hay caso en llamarlo de otra manera más que por su nombre, ¿no es así? Al asesinato de tus padres.
Y aunque podría jugar a molestarme por esta barrera que me impones, un muro que en tantos años no he logrado sortear ―porque a veces se me da por ser caprichosa―, en el fondo sé que me lo merezco.
Me merezco que no me hayas contado nada, porque debí haberlo visto. Y sé que tú lo viste en mí; que viste mi amor por el capitán, y te repugnó.
De seguro yo misma te repugné en algún momento, ¿verdad?
Lo acepto. Y no me molesta. En tu lugar, creo que yo habría sentido lo mismo. Mas ponerme en tu lugar es pretencioso y tonto; tal vez yo ni siquiera habría sobrevivido hasta entonces.
Tal vez no estaría aquí hoy, si hubiera sido tú.
Y el haber existido hasta el día de hoy es algo por lo que debería dar gracias. Esto muy probablemente te cause asco, pero… hoy besé al capitán Levi.
Lo besé, y fue hermoso y triste. Fue hermoso porque pude mostrarle lo mejor de mí; pude mostrarle con cuánto anhelo deseo que se sepa amado.
Y fue triste porque no lo logré. Fue triste, demasiado triste, porque mi mejor intento se quedó corto.
Fue triste porque me di cuenta de que él ama a alguien más; alguien que difícilmente le corresponda alguna vez. Infortunadamente, es algo factible que fuese él mismo quien arruinase toda posibilidad de ser feliz con alguien en un intento que, en su momento, consideró lo correcto.
Al menos dentro de sus posibilidades.
Querrás contradecirme, Mikasa, mas en esto me mantengo intransigente: el capitán Levi tomó cada una de las decisiones, por erradas o dolorosas que fueran, convencido de que eran lo correcto, o al menos lo mejor que podía hacer.
Eso incluye, sí, toda la colección de torturas y asesinatos que lleva a cuestas.
Es un precio a pagar que él aceptó, y con el que él debe cargar.
Y tengo la certeza de que es por esa misma razón, por esa obsesión ―muchas veces inútil y hasta peligrosa― de hacer lo correcto, que abandonó esta cajita musical aquí, junto con las palabras que escribió pensando en ti, a pesar de todo.
No obstante, yo no soy él; no hago las cosas pensando en lo que es mejor o correcto; yo hago las cosas por lo que siento que debe ser hecho.
(De alguna manera, no descarto el hecho de que yo pueda causar más perjuicios que él, si se me dejara a mí el difícil rol de la toma de decisiones).
Sin embargo, quien soy es solo eso: soy solo esta chica torpe, obstinada y muchas veces impulsiva.
Espero que mis decisiones no te causen infortunios.
Feliz cumpleaños número dieciocho, Mikasa.
Que sigas viviendo este, y muchos años más, sin rendirte.
En lo que a mí respecta, no pienso rendirme.
Ni respecto a nuestra lucha.
Ni respecto al capitán.
Ni respecto a ti.
Con todo mi cariño, mi reluctante heroína.
Petra Ral
Dejé las disculpas para el final: lo siento. Lo siento mucho. La facultad no me dejó vivir, y el año pasado terminó de coronarse como uno de los peores de mi vida. Nivel: el primer chico con el que salí, quien me gustaba mucho, muchísimo, me usó para que corrigiera un libro suyo, y luego se fue con mi amiga de hace nueve años, a la que le contaba todo sobre cómo yo aún lo quería tras haber roto un mes antes (a la semana de que yo le contase todo, empezó su romance); mi tío y padrino, quien es como mi padre, fue diagnosticado con una enfermedad peligrosa del corazón (todavía tiene que operarse), me operé dos veces en tres meses, mis compañeros de facultad me trataron de "traidora" y "mentirosa" porque defendí una causa que consideré noble, los problemas de siempre con mi papá (mi hermano, a quien adoro, me confesó que papá le admitió que lo quiere más a él que a mí, porque... porque sí), los problemas de siempre con la situación económica en mi casa y mi trabajo que no alcanzaba ni sueldo mínimo, entre otros. Hasta mi Concurso de Cuentos favorito, uno que gané tres veces consecutivas, cambió sus estatutos para que yo no pudiera participar ese año porque mucha gente estaba insinuando que "qué curioso que solo una persona gane tanto..." (porque, claro, no es como que les mostrase mis mejores cuentos mientras yo escribo quinientas páginas que nunca ven la luz cada tanto), y hasta me llamaron para decírmelo (este año ya puedo; al igual que ustedes, ¡me verán volver!).
Todo esto solo empeoró mi depresión, mi eterno impedimento para escribir. Sentía que había algo muerto dentro de mí.
Sin embargo, las cosas están mejorando ahora.
Conocí a un chico; llevamos diez meses juntos. Y aunque tenemos problemas como toda relación, y puedo ver todas mis inseguridades causadas por el remedo de relación anterior que tuve (en la cual ni siquiera fuimos novios, porque él no quería eso, aunque sí lo quiso con mi amiga, whoops), por fin, por fin estoy sanando. Todo esto que cuento, en realidad, es un recuerdo distante; estoy bien ahora.
(Y esta antigua amiga está siempre rondándome; cortó la relación a los cuatro días, por culpa. Le dije que siga su camino, pero siempre veo que mira mis historias en instagram. Es algo triste, supongo. Es la realidad, supongo. Tal vez algún día le diga que la perdono genuinamente, pero con toda honestidad, no me importa mucho a estas alturas).
Conseguí, también, un nuevo trabajo; soy Asistente de Edición de una editorial acá. Es algo que nunca consideré antes, pero que me fascina. Gano mejor. Estoy mejor. Estoy haciendo gimnasia y comiendo mejor. Terminé la facultad con un excelente promedio y solo me falta la tesis (gulp).
Estoy, al igual que todos ustedes, haciendo lo mejor que puedo.
Perdón, de todas maneras, porque sé que se merecen más. Este capítulo no es lo mejor que pudo haber sido, pese a mis esperanzas de volver con algo que los sacudiera a todos ustedes. La verdad es que este ya no es mi estilo, escribo de otra manera ahora, mucho mejor, pero no así. (Sinceramente, tuve que releer la historia desde cierto punto, y Dios mío, qué cruel fui, y qué mal escribía... al menos comparándome con lo que soy ahora).
No obstante, esto es todo lo que les puedo ofrecer ahora mismo.
Ya tengo el siguiente capítulo escrito a la mitad (ese sí será el capítulo final) y posteriormente, un pequeño epílogo.
Gracias a todos los que me escribieron en todo este tiempo para decirme que no se olvidaban de mí.
Gracias por todo el amor que recibí, incluso las puteadas (solo me mostraba que les importaba, gracias 3).
-Pequeña
