Sirius se levantó de la cama y salió del dormitorio sin hacer ruido. No conseguía dormirse y había empezado agobiarse así que esperaba que un pequeño paseo por la torre lo ayudara a conciliar el sueño. Bajó las escaleras hasta la Sala Común y no pudo evitar sorprenderse al ver a una figura encogida en el sofá. Frunció el ceño al escuchar unos sollozos ahogados y se acercó lentamente. Sabía quién era sin necesidad de verle la cara.
- ¿Marlene? – Preguntó, haciendo que ella levantara la cabeza. Cuando sus ojos se encontraron, ella no pudo evitar sonrojarse un poco. Estaba tan ensimismada que no había reconocido su voz. El chico no se atrevió a acercarse del todo, así que se sentó en el sofá, manteniendo una cierta distancia de seguridad. La miró con preocupación, pero ella apartó la mirada. – ¿Qué te pasa?
- Nada. – Mintió.
- No te creo. – Se acercó un poco más y apoyó una mano en su mejilla, aunque ella siguió sin mirarlo. – Cuéntamelo.
- ¿Por qué debería? – Su voz fue apenas un murmullo.
- Porque no voy a decírselo a nadie y me preocupo por ti. – Contestó él. – Venga, Marlene, ¿qué ha sucedido? Estoy empezando a preocuparme.
- De verdad, lo mejor será que te vayas. – Insistió antes de ponerse de pie. – No quería que nadie me viera así, por eso había bajado, pero supongo que lo mejor será volver a mi habitación.
- Espera. – Consiguió agarrarla del brazo y la giró. Cuando sus ojos se encontraron, se dio cuenta de que su labio inferior temblaba y tiró un poco de ella, acercándola a él. Antes de darse cuenta, los brazos de la chica lo habían rodeado y lloraba con la cabeza apoyada sobre la suya. Rodeó su cadera con fuerza y apoyó su frente en su clavícula. – Venga, tranquila. Cuéntamelo, te juro por lo que quieras que no se lo diré a nadie.
- Es mi hermana. – Confesó finalmente en un susurro. – Layla. Está en el hospital, lleva varios días ingresada y no me dejan salir a verla.
- ¿Por qué? – Preguntó, frunciendo el ceño. Siempre había considerado a Dumbledore un hombre comprensivo, no entendía por qué actuaba así.
- Si tuvieran que dejarme salir cada vez que la ingresan pasaría más tiempo fuera que dentro de este castillo. – Siguió diciendo. – Tiene que ir a San Mungo prácticamente todos los meses, pero esta vez es distinto. No se recupera, no le hacen efecto las pociones, no saben lo que tiene y yo… - Sollozó otra vez y volvió a llorar con fuerza. – Tengo que ir a verla, Sirius.
- Tranquila, Marlene, tranquila. – Dijo, acariciando lentamente su espalda.
- No puedo.
Sirius se mordió el labio. No podía dejarla así, tenía que hacer algo para ayudarla. Y entonces tuvo una idea brillante. De hecho, sí que podía hacer algo para ayudarla.
- Vamos a ir a San Mungo. – Dijo con determinación.
- ¿Qué? – Se separó de él y lo miró con el ceño fruncido.
- Lo que oyes, Marlene, voy a sacarte del colegio. – Se puso de pie y le dedicó una amplia sonrisa.
- Pero, ¿cómo? – Negó con la cabeza. – Nos pillarán y expulsarán.
- No, de eso nada. – Levantó un dedo y siguió sonriendo. – No te muevas de aquí, vuelvo en dos minutos, tengo que subir a por una cosa.
- ¿Sirius?
Él no respondió, sino que se limitó a subir corriendo hacia su dormitorio. La rubia se dejó caer en el sofá y se echó el pelo hacia atrás. ¿Por qué de todas las personas que había en aquella torre tenía que haberla descubierto justo él? Durante aquellas últimas semanas, desde lo que había pasado en el campo de quidditch, habían mantenido las distancias y lo único que habían intercambiado habían sido algunos comentarios sarcásticos y mordaces, pero aquello que había surgido aquel día, había reaparecido entonces. Tendría que haber subido al dormitorio en lugar de haberse lanzado a sus brazos pero, ¿y si realmente podía llevarla hasta San Mungo para ver a Layla?
- Ya estoy.
Levantó la cabeza y vio que llegaba con un pergamino y una especie de capa.
- ¿Qué es eso?
- Primero tienes que prometerme que no dirás nada.
- ¿De qué? – Preguntó, arrugando la frente.
- De esto. Prométemelo, Marlene. – Insistió.
- Vale, claro, lo que sea. – Ella asintió. – Te lo prometo. Ahora cuéntame.
- Estás ante el increíble Mapa del Merodeador – Levantó un poco el pergamino. – y la capa de invisibilidad de James.
- ¿Tenéis una capa de invisibilidad? – Abrió mucho la boca. – ¡Por eso nunca os pillan! ¿Y qué es ese mapa?
- Un mapa del colegio con todos los pasadizos que dice donde está cada persona en cada momento. – Explicó. – Lo hicimos el año pasado.
- ¿Hablas en serio?
- Claro, mira. – Se lo pasó y ella lo miró con los ojos muy abiertos. Aquello era impresionante, le costaba creer que hubieran logrado hacerlo sin ayuda de nadie.
- Vaya…
- Lo sé, somos unos auténticos genios. – Sonrió de medio lado. – La cuestión es que utilizaremos el mapa para llegar hasta este pasadizo. – Señaló un punto en el plano y ella asintió. – Llegaremos a Hogsmeade y cogeremos al autobús noctámbulo hasta San Mungo.
- ¿Y nadie nos descubrirá?
- Si lo hacemos bien, no. Estaremos de vuelta antes del amanecer. – Apoyó una mano en su brazo y ella levantó la cabeza. – ¿Te atreves?
- La duda ofende.
- Pues vamos.
Los cubrió con la capa de invisibilidad y ambos salieron con paso lento de la Sala Común. A la rubia aquello le fascinaba. Ahora entendía muchas cosas. Avanzaron hasta uno de los pasadizos y no se descubrieron hasta estar dentro de este. Sirius guardó entonces tanto el mapa como la capa en una pequeña mochila y la condujo en silencio hasta la salida. Sabía que se estaba arriesgando mucho y que si los pillaban estarían fuera, pero había sentido un enorme pellizco en el estómago al verla llorar y no había podido evitarlo. Tenía que ayudarla como fuera. Y Marlene no sabía ni cómo agradecerle aquello. Sentía el corazón latiéndole muy deprisa y la adrenalina corriendo por sus venas, aquello era probablemente lo más emocionante que había hecho en mucho tiempo.
- Es por aquí. – Le indicó Sirius, señalándole una pequeña trampilla.
- Vale.
Marlene salió y él la siguió. La guió entonces hasta el exterior de Honeydukes y levantó su varita. El autobús noctámbulo no tardó en aparecer.
- A San Mungo, por favor. – Dijo, dejando unas monedas sobre el pequeño mostrador del autobús. La rubia se sonrojó al darse cuenta de que no llevaba dinero, pero él le quitó importancia con un gesto y depositó unas monedas más.
- ¿No deberíais estar en el colegio? – Preguntó el conductor.
- Te estoy pagando el doble y quiero que nos lleves rapidito y sin preguntas. – Exigió, depositando otra moneda.
- Está bien, está bien. – Las cogió y les hizo un gesto con la cabeza. – Pasad, no tardaremos en llegar.
- Gracias.
El pelinegro apoyó una mano en la parte baja de la espalda de Marlene y le indicó unos asientos al principio del autobús. Ella asintió y juntos se sentaron.
- Te devolveré el dinero cuando volvamos a la torre. – Murmuró ella. – No me he dado cuenta de coger nada antes de salir.
- No te preocupes. – Él se encogió de hombros. – No me debes nada.
- Insisto. O, al menos, déjame invitarte a algo la próxima vez que vayamos a Hogsmeade.
- Ya acordaremos una forma de pago. – Le dio un leve toque en el hombro con el suyo y la rubia sonrió. Sirius sintió un leve cosquilleo al conseguir eso. – Pronto podrás ver a Layla.
- Jamás podré agradecértelo lo suficiente, Sirius.
- No hace falta que lo hagas, Marlene.
Ella apoyó la cabeza en su hombro y él pasó su brazo por sus hombros, dejando que se acomodara. Pasaron así todo el viaje, hasta que el vehículo se detuvo justo en la puerta del hospital.
- San Mungo, chicos.
Los dos se pusieron de pie rápidamente y salieron. Sirius volvió a sacar entonces la capa de invisibilidad y los cubrió con ella. Las horas de visita habían terminado hacía bastante rato. Entraron al edificio en silencio, evitando incluso pisar demasiado fuerte. No podían delatarse. La chica le indicó el camino hacia la planta de pediatría y, una vez allí, comenzaron a buscar a la pequeña de los McKinnon de habitación en habitación hasta que dieron con ella. La pequeña dormía en la cama y su madre descansaba en el pequeño sillón de al lado. Se quitaron la capa y Marlene apoyó una mano en el hombro de su hermana.
- Layla. – La llamó, zarandeándola levemente. – Layla.
- ¿Mamá…?
- No, peque, soy yo.
- ¡Marlene! – Exclamó, incorporándose, abriendo mucho los ojos y sonriendo ampliamente, pero también despertando a su madre.
- ¿Pero qué…?
- Mamá, tranquila. – Se apresuró a decir la chica. – Soy yo.
- ¿Marlene? – La mujer se incorporó y la miró con el ceño fruncido. – ¿Qué se supone que haces aquí?
- Tenía que venir a ver a Layla, me he escapado de Hogwarts. – Respondió con sinceridad. – Sirius me ha ayudado a salir.
- ¿Sirius? – Ambos se dieron cuenta de que, hasta ese instante, la mujer no se había percatado de que su hija no venía sola.
- Sirius Black. – Se presentó. – Un placer conocerla, señora McKinnon.
- ¿Cómo diantres lo habéis hecho? Creo que nadie se ha escapado nunca antes del castillo.
- Tenemos nuestros métodos. – La rubia se encogió de hombros. – No podía seguir allí dentro, tenía que venir a verla.
- Si se enteran te meterás en un buen lío.
- No lo harán, tranquila. – Insistió. – ¿Qué os ha dicho el sanador?
- Que tendrá que quedarse todavía unos cuantos días aquí. – La mujer suspiró. – Le he dicho a tu padre que, si no encuentran pronto algo, pienso llevarla a un médico normal.
- Mamá, las pociones harán efecto tarde o temprano.
- Los medicamentos también. – Negó con la cabeza. Ella era muggle y no estaba acostumbrada a todo aquello. Le habían asegurado que curarían a su pequeña, pero si no mejoraba pronto, no dudaría en llevársela de allí.
- ¿Y tú cómo te encuentras, cielo? – Preguntó entonces a la niña, sentándose en la cama.
- Tengo mucha tos a veces y me dan mareos, pero cuando me tomo la poción rosa se me pasan. – Explicó. – El sanador me ha dicho que soy una niña muy buena y que pronto podré volver a casa.
- ¿Sí?
- Sí. – Asintió con la cabeza. – Y le he hablado de ti.
- ¿De mí?
- Le he contado que mi hermana mayor era la mejor del mundo. – Dijo Layla con una sonrisa.
- ¿Eso crees?
- Claro que sí, has venido a verme y papá decía que el director de Hogwarts no te dejaba.
- Es que mi amigo Sirius me ha ayudado. – Miró al chico de reojo y le dedicó una media sonrisa antes de volverse de nuevo hacia la pequeña. – ¿Quieres que te lo presente?
- ¡Sí!
- Ven, Sirius. – El se acercó y se sentó junto a ella en la cama. – Esta es mi preciosa, encantadora e inteligentísima hermana Layla. Layla, este es el tonto de Sirius.
- ¡Eh! – Protestó el pelinegro, cruzándose de brazos y fingiendo indignarse.
- Es broma. – Marlene lanzó una pequeña carcajada y la pequeña empezó a reír al ver a su hermana. – Es buena gente en el fondo.
- Encantado de conocerte, pequeñaja. – Le revolvió un poco el pelo y ella arrugó la nariz. – Te pareces mucho a tu hermana, ¿lo sabías?
- Es que quiero ser como ella.
- Seguro que eres mucho mejor. – Se acercó a él y bajó el tono de voz. – Ella es muy gruñona.
- ¡Oye! – Protestó, pegándole en el hombro. – No le digas esas cosas.
- Eres muy gracioso. – Dijo Layla, riendo otra vez.
- Sigo pensando que lo que habéis hecho es una locura. – Intervino la señora McKinnon, negando con la cabeza. – Aunque me alegra que hayas venido. Layla llevaba unos días aburrida y triste.
- ¿Para qué están las hermanas mayores? Nunca se abandona a un hermano pequeño, ellos siempre serán lo primero.
Le dedicó una sonrisa cariñosa a la pequeña, pero esta se congeló en sus labios al ver cómo Sirius bajaba un poco la cabeza. Maldijo en su interior. No había pensado antes de decir aquello, pero en ningún momento había pretendido ofender o molestar al chico. Sabía que, aunque no lo decía, para él había sido muy duro dejar a Regulus atrás al irse de casa. Buscó su mano casi sin querer y el chico levantó la mirada. Le dedicó una sonrisa cariñosa y se encogió levemente de hombros.
- No es lo mismo. – Murmuró, para que solo él pudiera escucharla. – Sé que hiciste todo lo que pudiste para sacarlo de ahí.
Sirius le devolvió la sonrisa y entrelazó sus dedos.
- Marlene, ¿vas a quedarte hasta mañana? – Le preguntó Layla, rompiendo el pequeño momento que los dos chicos estaban teniendo.
- No puedo, peque, tengo que irme pronto. – Miró su reloj y suspiró. – De hecho, debería irme ya. Tengo que estar en Hogwarts antes de que amanezca o me expulsarán.
- Jo, ¿y cuándo volveré a verte? – Hizo un puchero.
- En Navidad. – Respondió. – Te prometo que estaremos todas las vacaciones juntas, ¿de acuerdo?
- Vale.
- Anda, dame un abrazo.
Layla abrazó a su hermana con fuerza y esta le dio un beso en la frente antes de acercarse a su madre.
- Escríbeme contándome cualquier novedad. – Le susurró. – Pronto se recuperará, ya verás.
- Eso espero. – La mujer la abrazó y besó su mejilla. – Tened mucho cuidado. Te quiero.
- Y yo, mamá.
- Ha sido un placer conocerla, señora McKinnon. – Dijo Sirius entonces, dedicándole una nerviosa sonrisa. – Y a ti también, Layla.
- ¿A ti también te veré en Navidad?
Intercambió una rápida mirada con Marlene. Se suponía que ellos se odiaban y que únicamente se hablaban para retarse y provocarse. Aquello era solo una excepción, ¿no? Aún así, se encogieron de hombros y sonrieron. Ambos sabían que las cosas habían cambiado aquella noche.
- Ya veremos, peque. – Marlene sonrió. – Recupérate pronto, ¿vale? Te quiero mucho.
- Y yo a ti.
Dicho esto, el pelinegro volvió a sacar la capa de invisibilidad y la colocó sobre ambos, haciendo que desaparecieran ante la sorprendida mirada de las otras dos. Salieron de la habitación rápidamente y abandonaron San Mungo. Se quitaron la capa en la puerta y volvieron a llamar al autobús. De nuevo Sirius pagó y los dos se sentaron juntos en unos asientos cercanos a la entrada.
- ¿Estás más tranquila ahora? – Se atrevió a preguntarle tras unos instantes de silencio.
- Sí, gracias. – Contestó con sinceridad. – Oye, respecto a lo que he dicho de que no se abandona a los hermanos…
- No te preocupes. Nuestras familias son muy distintas y sé a qué te referías. – Seguía un poco sorprendido por el trato que tenía Marlene con su familia. Se decían lo mucho que se querían y apreciaban y eso era algo a lo que él no estaba acostumbrado. En su casa jamás había escuchado a nadie pronunciar aquellas palabras, ni siquiera él se las había dicho a Regulus.
- Sé que querías sacarlo también de ahí, pero él no eres tú.
- Lo sé, él jamás hará nada que pueda ofender a nuestros padres. – Negó con la cabeza. – Pero no estábamos hablando de mi familia. Tu hermana es adorable.
- Lo sé, es lo más importante en el mundo para mí. – Confesó la rubia. – De verdad, muchas gracias por haberme ayudado a verla.
- Te mereces eso y más. – Le acarició la mejilla de forma casi inconsciente y ella sonrió antes de apoyar la cabeza en su hombro.
Siguieron así el resto del viaje, hasta llegar a Hogsmeade. Volvieron a colarse en Honeydukes y regresaron al colegio a través del pasadizo. Gracias a la capa y al mapa pudieron llegar a la Torre de Gryffindor sin ningún incidente.
- Pues listo, como si no nos hubiéramos ido nunca. – Comentó Sirius, doblando la capa con cuidado. La había cogido sin pedirle permiso a James y no quería que se diera cuenta.
- De verdad, mil gracias, Sirius.
- Deja de decir eso, Marlene. – Él sonrió y apoyó una mano en su cadera. – Era lo mínimo que podía hacer. Tenía la posibilidad de ayudarte y, simplemente, lo hice. No podía dejarte llorando sin más pudiendo llevarte a San Mungo.
- Pero tú y yo nunca hemos terminado de llevarnos bien. – Murmuró ella, acercándose.
- Tampoco mal, ¿no te parece? – Sonrió de medio. – Ambos sabemos que, si nos peleamos tanto, es porque somos muy parecidos.
Se miraron a los ojos unos instantes. Estaban muy cerca, quizás demasiado, y Marlene no tuvo que pensarlo mucho. Se puso de puntillas y rozó sus labios levemente, sintiendo una punzada de emoción en su estómago. Cuando se separaron, sonrió aunque sabía que estaba un poco sonrojada.
- Esta es mi forma de darte las gracias por lo de esta noche. – Murmuró.
- Una buena forma, desde luego. – Respondió él.
- Buenas noches, Sirius.
La chica se separó entonces un poco del pelinegro y se dio la vuelta, dispuesta a subir a su dormitorio, pero la mano de él la detuvo. La agarró del brazo, la giró y volvió a unir sus labios, ahora con un poco de más pasión. Ella enredó las manos detrás de su cuello y él enterró una en su melena rubia mientras la otra bajaba hasta su cintura. Ambos sonrieron sin dejar de besarse. Sabían que esos besos lo cambiarían todo, que por fin había estallado lo que llevaban bastante tiempo tratando ocultar. No se separaron hasta que los primeros rayos de sol entraron a través de la ventana, en cuyo alfeizar habían acabado sentados. Marlene apoyó entonces la espalda en el pecho del chico y contempló el amanecer mientras él besaba su cuello. Suspiró sin poder evitarlo. Empezaba un nuevo día, pero aquella sería una noche que jamás olvidaría
