Chris: Thanks! I like very much to read in reviews that they are like the characters in the movie. I hope you like the next chapter. ^^

Anastacia: Thanks! I like so much this kind of reviews. I hope see you soon.

NessalovesSeverus: Thank you! I am so happy of you reviewed me! I try to make the scenes in character. I like to write about females characters. There will be more scenes about Amon and Helen but not in the next chapter. In the next chapter, I am going to write with Amon's POV. Kisses.

BeaValkyrie: Hi! I don't have words to thank you that you are always reviewing me. I love you story and I always take your opinion into account. I hope you continue too. X

Sorry for my bad English.

KaoruKobayashitheone: Hola, gracias por haberme dejado review durante tantos capítulos. Me alegro que te haya gustado. Besos para ti.

RVM85: ¡Hola! Me alegro que te haya gustado. Siento haber tardado en actualizar. Aquí tienes otro capítulo. Besos.

Esta historia contiene elementos del nazismo y del Holocausto Judío. Para nada apoya ningún tipo de movimiento ultra-derechista, neonazi ect… Si eres sensible a este tipo de fanfics, te aconsejo que no lo leas.


Me ahogaba; me ahogaba y luchaba desesperadamente por respirar. Seguramente estaba debajo del agua porque estaba mojada y me convulsionaba de frío.

"No, no, no" pensé mientras intentaba dar una bocanada de aire pero lo único que entró en mis pulmones fue agua.

Tosí gravemente y conseguí respirar al fin. Cuando abrí los ojos, vi una cara borrosa que me devolvía la mirada desde arriba. Pestañeé y al enfocar la vista de nuevo descubrí que era Anya. Me di cuenta de que estaba tumbada en la cama así que intenté erguirme pero fracasé en el intento y emití un gemido. Todo el cuerpo me dolía cuando hacía cualquier movimiento y sentía un fuerte escozor en mis mejillas.

-¿Dónde… dónde estoy?- intenté preguntar pero apenas conseguí pronunciar aquellas palabras.

-Estas aquí…- me respondió la voz de Anya con temor. –No despertabas. He tenido que derramarte un vaso de agua encima para que reaccionaras. Helen… tú estás… Yo… iré a mezclar un poco de agua con alcohol para curarte esas heridas.-

Oí sus pasos alejarse.

-No, no…- susurré desesperada. Ahora ya recordaba donde estaba y algo de lo que había sucedido noche anterior.

Él me hablaba suavemente y me pasaba la mano por el pelo mientras yo temblaba asustada.

Según mi percepción del tiempo, no había pasado ni un segundo cuando oí que Anya volvía. Ella me cogió del brazo para intentar levantarme pero yo me resistí con la poca fuerza que me quedaba.

-No, Anya…- le supliqué.- Déjame aquí, déjame aquí hasta que él venga a matarme.-

-Helen... no,- me replicó ella con voz contrariada.-No vas a morir. Tú estás viva-

Volvía a sentir que me agarraba y, esta vez, consiguió sentarme en la cama. El sótano que tan bien conocía apareció ante mis ojos. Anya se sentó a mi lado y hundió un paño en un recipiente con agua. Después de escurrir el paño, me lo pasó por el brazo y sentí un escozor punzante. Cuando miré instintivamente el lugar donde me dolía, descubrí que tenía cortes en la piel.

-¿Cómo… como me he hecho eso?- pregunté confundida.

Anya me echó una mirada nerviosa y rápida.

-La estantería estaba encima de ti y algunos botes de cristal se habían roto.-

Yo miré la cama en la que estaba sentada y vi que estaba manchada, mojada y llena de cristales transparentes. La estantería estaba de nuevo de pie pero semivacía.

Anya continuó pasando el trapo húmedo por las heridas en silencio. De vez en cuando, echaba una rápida mirada a mi cara. Yo ya sabía el porqué de su actitud. El dolor intenso en mi labio, en mis pómulos y en mi cuello me decía que debía tener un aspecto penoso.

-Hoy he tenido un sueño,- dije casi para mí misma.- Estaba de nuevo en el campo de trabajo con Aleksandra. Dormía con ella en el barracón pero, de repente, se encendieron todas las luces de vigilancia y se activaron las sirenas. Los soldados entraron en el barracón y empezaron a gritarnos: "Raus! Raus!" y "Schnell! Schnell!" Algunos nos golpeaban con los bastones para que saliésemos de las camas más deprisa. Nos dijeron que teníamos que caminar hasta las duchas porque estábamos enfermos y teníamos que desinfectarnos. Cuando nos quitamos la ropa, nos encerraron en las duchas y apenas había sitio para todos nosotros. Yo miré hacia arriba esperando que cayese el agua pero, en vez de eso, se apagaron las luces de aquel lugar. Fue entonces cuando empecé a sentir que me ahogaba.-

Cuando terminé de hablar, miré a Anya. Había dejado de limpiarme las heridas y me devolvía la mirada asustada.

-Es un sueño muy extraño,- dijo ahogando un suspiro.

-Solo es algo que me contó Lisiek.-

-Sé que Lisiek era tu amigo pero a él le encantaba contar historias horribles que exageraba…-

-Ahora me creó todas sus historias.- Mi voz estaba llena de resignación y tristeza.

-Helen… escúchame… Eso no es lo que importa ahora,- dijo perdiendo la paciencia.- Has estado durmiendo toda la mañana y casi toda la tarde. Intenté despertarte antes pero no pude. Tuve que cocinarle y servirle el desayuno al Herr Kommandant yo misma. Cuando lo probó, tiró el plato al suelo y me ordenó que lo recogiese. Me dijo que no sabía bien y no ha vuelto a la villa en todo el día, ni siquiera para comer. No ha preguntado por ti pero, si no vuelves pronto a tus tareas, estoy segura de que lo hará… ¿Me escuchas?-

Yo miraba un punto de la pared muy concentrada. No le escuchaba y pensaba en lo que recordaba de la noche anterior. Sabía que él me había tocado y que había intentado besarme. Yo había deseado que aquello no estuviese ocurriendo y que fuese una noche más en las que venía a pegarme. Al menos, parte de mi deseo se había cumplido.

Al principio, para tranquilizarme, me había dicho a mi misma que quizás me hubiese confundido con una de las mujeres que el Herr Direktor traía para que él se divirtiera y que después subían a su habitación con él. Pero enseguida supe que, por más que quisiese engañarme a mí misma, aquello no era posible. Recordaba perfectamente como él me había llamado por mi nombre, incluso como me había insultado por ser judía. El Herr Direktor tenía razón pero él me había dicho que aquello contribuiría a salvar mi vida. ¡Qué equivocado estaba! Lo único a lo que contribuía era a que él quisiese hacerme más daño. El sadismo y el deseo eran una mezcla horrible y yo la acaba de probar del hombre más cruel que había conocido. No podía descartar la idea de que volviese a intentar tocarme o de que volviese a intentar sobrepasarse con migo. Una sensación de angustia se deslizó por mi garganta hasta mi pecho.

-Veo en tus ojos que estas asustada,- dijo Anya interrumpiendo mis pensamientos.

Yo la ignoré sin darme cuenta y me levanté haciendo un esfuerzo inhumano. Caminé sobre los cristales rotos hasta una parte intima del sótano y me quité la ropa empapada y con restos de sangre seca. Nada más oír a Anya subir las escaleras, dejé que mis lágrimas cayesen por mis mejillas y que escociesen los moratones que allí tenia.

Después de vestirme, hubo algo dentro de mí que me hizo subir las escaleras a pesar de lo dolorida y lo triste que estaba. Aquella fuerza podía proceder de cualquier lugar excepto de mi alma. Cuando entré en la cocina, sobresalté a Anya que seguía mirándome a la cara con incredulidad y nerviosismo. Se hizo un pequeño silencio entre nosotras que ella finalmente rompió.

-Helen… Siento mucho haber estado últimamente tan brusca contigo.- Su voz era muy compasiva.

-No tiene importancia,-le respondí yo maquinalmente.

Anya no era capaz ni de robar un trozo de pan de la cocina del Herr Kommandant pero, en ese momento, cogió unas salchichas que habían sobrado y me las puso en la mano. Yo no tenía ganas de comer pero terminé llevándome una salchicha a la boca después de que ella insistiese mucho. Cuando la mastiqué, no me supo a nada.

-Yo me quedaré aquí organizando la cocina. Es mejor que tú camines hasta el barracón donde las SS guardan la comida. Te vendrá bien el aire fresco,- me aconsejó como si hubiese sufrido un desmayo o algo similar.

Yo asentí con la cabeza pero no me moví. No pensaba que salir de allí me fuese a ayudar. Lo único que podría ayudarme seria poder volver el tiempo atrás. Así no me habría puesto en aquella fila de mujeres que esperaban ansiosas que aquel hombre, que escondía su maldad y su sadismo detrás de una sonrisa, las eligiera. Incluso aun volvería más atrás, justo antes de la guerra, cuando toda mi familia estaba unida y éramos felices. Quizás debería parar el tiempo ahí y vivir solamente en esa realidad para siempre. Sabía que aquello era imposible, al igual que era imposible escapar de Plaszow y de la villa. Quizás no hubiese más salida que la muerte. No debía rendirme ante aquella posibilidad pero ya era casi incapaz de hacerlo.

Cuando volví en mí de nuevo, Anya me animaba con palabras a que me aproximase a la puerta trasera. Fue incluso a buscar mi abrigo y me lo tendió. Después de ponerme el abrigo y coger la cesta que utilizaba para ir a buscar comida, abrí la puerta. El sol me cegó los ojos pero yo empecé a andar como si no necesitase ver hacia donde me dirigía. Cuando me acostumbré a la luminosidad, me centré en mirar a mi alrededor para no poder pensar en nada que me hiciese aun más daño.

Al doblar la esquina de la villa, el campo de trabajo apareció ante mí. Nada había cambiado de un día para otro aunque para mí hubiese pasado una eternidad. Las vallas que lo rodeaban seguían siendo igual de espeluznantes. Los sitios destinados a hacer trabajos forzados donde se concentraba la gente eran los mismos. Desde allí, podía oír las voces de los soldados alemanes dando órdenes o recriminando a alguien que no trabajaba lo suficientemente rapido.

Bajé las escaleras y emprendí el camino hacia el barracón. Mis ojos se centraron en el paisaje deprimente detrás de las vallas pero eso no me hizo olvidar el que había dentro de mi corazón. Durante aquel paseo, pude ver a una mujer que le cedía el pan de su ración a su hija, a un ucraniano que empujaba a un hombre que seguramente le doblaba la edad y a dos soldados que hablaban con una niña y un niño que se abrazaban mutuamente asustados. Uno de los soldados agarró a la niña por el brazo mientras le susurraba falsas promesas sobre un lugar donde la llevaría para jugar. Pasé la escena de largo y, pocos segundos después, vi como el niño al que no habían conseguido convencer corría hacia una parte escondida detrás de unas cajas. Desde mi posición, pude apreciar como retiraba una de las cajas que tapaba un agujero en el suelo. Se metió en aquel escondite y, después, con sus manos pequeñas vi como volvía a colocar la caja en su lugar original para cubrirse. Uno de los soldados llegó corriendo demasiado tarde para saber donde se había refugiado aquel niño inteligente.

Le oí maldecir groseramente sosteniendo una pistola en la mano mientras miraba a un lado y a otro intentando averiguar dónde estaba el pequeño prisionero.

Sentí lastima por aquel niño pero a la vez envidia.

-Ojala yo también pudiese esconderme tan fácilmente de mi agresor,- pensé.

Después de unos minutos más andando, apareció, a lo lejos, el barracón de metal donde debía llegar. A medida que me aproximaba, pude ver a tres soldados en la puerta que lo custodiaban. Los tres iban vestidos con el uniforme negro de las SS y las insignias en sus hombros brillaban desde la distancia. Hablaban animadamente entre ellos y sus voces pronto llegaron a mi único oído sano.

-Sie hat blaue Augen und blonde Haar. Sie ist sehr hübsche.-

-Scheidt, als wäre der Obermman Müller verliebt...-

Al darse cuenta de mi presencia, se hizo el silencio entre ellos. Antes de poder pedirles permiso para entrar al barracón, observé que los tres soldados me miraban a la cara incrédulos. Casi al unísono, estallaron a reír. Yo hundí la vista al suelo asustada.

-¿Qué le ha pasado?- preguntó uno de ellos cuando las carcajadas murieron.

-Es la criada judía del Herr Kommandant,- le respondió otro. –No sabe hacer nada bien y él le golpea.-

Aquellos hombres encontraron aquello muy entretenido y continuaron haciendo bromas sobre mis moratones. Yo tenía miedo porque sabía que si les parecía divertido que el Herr Kommandant me hubiese hecho daño era porque ellos tampoco tendrían problemas en hacer lo mismo. Cuando abrieron la puerta del barracón metálico y tuve que pasar al lado suyo, sentí que se me aceleraba el corazón y que se me erizaban los pelos de la nuca. Afortunadamente, me dejaron hacer mi trabajo tranquila y volvieron a hablar sobre líos de faldas.

En el camino de vuelta, ya no procuraba desviar mi mente de la tristeza. Aquel incidente con los soldados me había devuelto a la cruel realidad. Las lágrimas caían libremente por mis mejillas como cuando me había quedado sola en el sótano.

No supe cuando tiempo estuve llorando pero una voz me despertó de mi amargura.

-Señorita Hirsch…-

Yo levanté la mirada. Justo enfrente de mí se encontraba un hombre bajo. Tenía unos ojos oscuros que me observaban detrás de unas enormes gafas. Llevaba una camisa con un jersey sin mangas viejo que adornaba con la estrella de David y su número de prisionero. Le reconocí enseguida. Itzhak Stern siempre había tenido un aire intelectual que el campo de trabajo nunca le había conseguido arrebatar. Al ser el contable del Herr Kommandant disfrutaba de algunos contados privilegios además de libertad de movimiento

-Buenas tardes,- dije deteniéndome y limpiándome las lagrimas con la manga de mi abrigo para poder dar algo de dignidad a mi rostro magullado.

Él junto las manos y me dirigió una rápida expresión amable. Después se ajustó las gafas para vigilar a unos soldados que estaban muy cerca de nosotros.

-Está usted muy delgada,- comentó después de volver a prestarme atención.

Sus ojos llenos de compasión por mi me transmitieron un mensaje distinto.

-Lo sé,- comenté yo brevemente sintiéndome incomoda al saber que era objeto de condolencia.

Stern volvió a mirar a los soldados discretamente. Uno de ellos, en ese momento, le señaló al otro un lugar y ambos empezaron a caminar hacia allí.

-Debería comer más,- me susurró acercándose un poco más a mí como para hacerme una confidencia. –Se que usted tiene acceso a la comida.-

Yo me quedé callada durante unos segundos pero después le contesté.

-No encuentro muchos motivos para alimentarme en este lugar por mucha hambre que tenga.- Mi voz estaba más llena de amargura de lo que pretendía.

-Tiene usted un fuerte motivo para comer; su hermana.-

Yo sentí un dolor superior a cualquier golpe que hubiese recibido la noche anterior cuando oí aquellas palabras. No era la primera vez que Itzhak Stern me preguntaba por una supuesta hermana. Yo había negado que la tuviese y le había dejado claro que no me gustaba hablar de ese tema pero, al parecer, él no me había entendido bien.

-¿No tiene usted una hermana?- me preguntó de nuevo con voz suave al observar mi mala reacción.

Yo tardé un poco en salir de mi aturdimiento y cuando lo hice estaba enfadada.

-Ya le dije una vez que no. Tenía una hermana pero estoy segura de que ha muerto en esta guerra.-

No me di cuenta de que había alzado la voz hasta que terminé la frase. Era consciente de que él no había tenido mala intención al decirme aquello y de que yo había sido descortés, así que me avergoncé de mi misma. Sin embargo, aquel día no me encontraba con ánimos para soportar conversaciones complicadas. Le intenté esquivar para poder emprender, de nuevo, el camino hacia la villa pero sentí que él me agarraba una de mis manos.

Mi mirada volvió a chocar con sus ojos llenos de amabilidad y compasión pero esta vez parecía como si intentaran transmitirme un mensaje más urgente, como si intentaran decirme algo que yo había pasado desapercibido.

-Espere… ¿Cómo se llama su hermana?-

Sentí un dolor en el pecho y tuve que hacer un esfuerzo enorme para que las palabras saliesen de mi boca pero pensé que al decir como se llamaba le convencería, por fin, de que yo no tenía allí ningún familiar.

-Rachel Hirsch…- contesté yo cerrando los ojos para reducir la angustia de tener que pronunciar su nombre.

Cuando tuve fuerzas para volver a mirarle, él comprobaba de nuevo que nadie nos estuviese vigilando. Le observé con curiosidad pensando que era exagerado que se tomara tantas precauciones para hablar con migo. Después, vi que se llevaba una mano al bolsillo y que sacaba un pañuelo doblado.

-Esto me lo dio Rachel Hirsch para que se lo entregara a usted,- me dijo con una sonrisa.

Cuando desdobló el pañuelo, lo primero que vi fue un brillo dorado que tomó la forma de un colgante. Abrí la boca al darme cuenta de que era un guardapelo de oro y de que lo reconocía. Mi madre lo había llevado siempre en el cuello.

Tardé mucho en reaccionar después de aquello. Los golpes y los acercamientos del Herr Kommandant quedaban en la última posición de mis preocupaciones si mi hermana estaba viva y en Plaszow. No me extrañaba que Rachel hubiese conseguido esconder el guardapelo de mi madre porque siempre había sido más valiente de lo que debía. Recordé como, al principio de la guerra, se había atrevido a robarles comida a unos chicos de las Hitlerjunge y la había traído a casa.

Lloré por tercera vez aquel día. No sabía si era de alegría por haber recibido la noticia de que mi hermana no estaba muerta o de tristeza porque estaba en el mismo lugar horrible donde me encontraba yo.

-No lloré, por favor,- me dijo Stern.- No es prudente que la vean llorar. Siempre les gusta disparar a los más débiles-

Yo le hice caso e hice un esfuerzo para serenarme. Por primera vez aquel día sentí una fuerza dentro de mí que no me permitía pensar en la muerte como una opción. Sabía que solo manteniéndome viva podría ayudar a Rachel. Aquel optimismo renovado que no había sentido desde antes de la guerra se apoderó de mí. Fue, en ese momento, cuando me prometí a mi misma que haría todo lo posible para sacar a mi hermana de Plaszow.

Después de darle las gracias a Stern, él me susurró unas últimas palabras.

-Vive en el campo de trabajo con todos pero trabaja en la fábrica de Bosch.-

Él se dio media vuelta y, sin despedirse, empezó a caminar. Yo me contagié de la prudencia de Stern y me quedé quieta esperando a que él estuviera lo suficiente lejos de mí para que nadie sospechara que habíamos estado hablando.

Reaccioné cuando vi que un hombre de las SS de alto rango se acercaba al lugar donde yo estaba. Empecé a andar procurando alejarme de él y pasar desapercibida. Cuando vi que se dirigía justo donde yo estaba, me di cuenta que era el Herr Offizier Hujar. No le había reconocido porque llevaba un elegante uniforme nuevo con una insignia plateada en el pecho. Me dio la impresión de que lo habían ascendido de rango en las SS.

La última vez que había hablado conmigo se había burlado de mí, así que, bajé la cabeza y aceleré el paso para evitar una conversación con él pero fue en vano.

-¿A dónde vas con tanta prisa?- le oí preguntarme al pasar a mi lado.

-A la villa, Herr Ofizier,- respondí yo inmediatamente fingiendo que tenía prisa.

Metí la mano en el mismo bolsillo de mi abrigo donde estaba el pañuelo con el guardapelo de mi madre para darme fuerzas a mí misma.

-Soy Herr Leutnant ahora. Me han ascendido,- dijo con orgullo.

Oía sus pasos detrás de mí y supuse que me estaba persiguiendo.

-Le felicito, Herr Leutnant.-

Mi voz no podía estar más carente de emoción. Mientras palpaba el oro frío que estaba debajo del pañuelo pensaba en mi hermana trabajando en la fábrica de Herr Bosch y no en los juegos de soldados de las SS.

Mírame a los ojos,- dijo bruscamente con autoridad.

Yo me detuve y levanté la cabeza. Cuando me miró a la cara, una sonrisa sádica y permisiva apareció en sus labios.

-Supongo que esta vez te mereces esos moratones. Ya te advertí de lo que podría pasar si no cambiabas de actitud pero tú ignoraste mis consejos.- Su voz tenía una ápice de crueldad.

Yo me di cuenta de que el ascenso de aquel hombre a Leutnant no solo había ido acompañado de un uniforme nuevo sino que también le había otorgado más maldad de la que tenía antes. Lejos quedaban los días en los que se había disculpado por la actitud del Herr Kommandant.

-Dicen que los judíos os buscáis vuestra propia muerte. Antes no sabía si creerlo o no pero ahora sé que es verdad.-

Pensé que con aquel último insulto daría por terminada la conversación.

-Tengo trabajo que hacer, Herr Leutnant,- dije haciendo una reverencia de fingido respeto.

Volví a emprender mi camino pero su voz me detuvo.

-Quieta…- susurró él y noté un deje de dureza en su voz. -¿Qué llevas en el bolsillo?-

Yo me quedé paralizada y volví la cabeza como una presa ante el peligro. Una sensación más de angustia que de miedo se apoderó de mí. Sabía lo que pasaría si encontraba el guardapelo de oro en mi bolsillo. Nada me salvaría de una ejecución inminente. Lo peor no era eso, sino los problemas que aquello acarrearía después a mi hermana.

-Sé que es lo que estas escondiendo,- dijo él plenamente seguro de sí mismo acercándose más a mí.

En ese momento pensé que se refería a que había visto lo que Stern me había dado. Sentí que el corazón se me aceleraba al saber que no había escapatoria. Cuando solo estaba a tres pasos de mí, se paró y volvió a hablar.

-Llevas comida. Te vi hace unas semanas cuando pasabas una manzana por debajo de la alambrada. Estaba borracho pero no ciego.-

Yo le miré durante unos silenciosos segundos con la boca entreabierta.

-¿Es eso lo que escondes? ¿Verdad?- preguntó severamente.

-Sí,- mentí yo con un hilo de voz sin saber si aquello me podría salvar o no.

-Bien… Lo has reconocido. Te perdonare por esta vez, judía… pero no habrá una próxima,- dijo acabando la frase con un tono amenazante.

-Gracias,- susurré yo mecánicamente pensando en si se ocuparía de comprobar si lo que llevaba en el bolsillo era en realidad comida o no.

-No quiero que me des las gracias, judía. Quiero que me prometas que no volverás a robar comida ni a dársela a los prisioneros del campo,- murmuró entre dientes amenazantemente.

-Lo prometo, Herr Leutnant,- dije intentando parecer lo más convincente posible.

-Tienes suerte de que no te viese nadie más. No todos son tan permisivos como yo y…-

Las palabras del recién ascendido Herr Leutnant fueron interrumpidas por el ruido de unos cascos de caballo que se aproximaban. Él se dio media vuelta al instante. Pensé que aquel caballo era mi salvación pero eso solo fue antes de alzar la vista y ver quien lo estaba montando.

El caballo era elegante y blanco. Contrastaba con el uniforme negro del Herr Kommandant. Yo lo miré justo el tiempo suficiente para reconocerlo y después bajé la mirada a mis zapatos manchados y viejos aterrorizada. Sabía que aquello ahora solo podría empeorar.

Los recuerdos de la noche anterior empezaron a acudir a mi mente con más claridad que nunca y mi cuerpo empezó a temblar. Sabía que esa actitud solo acrecentaba mi culpabilidad pero no podía hacer nada para intentar parar mis escalofríos. Oí las botas del Herr Leutnant chocar la una con la otra al juntar los talones y como el caballo finalmente se paró.

-Oberscharführer Hujar, was zum teufel ist hier los?- La voz autoritaria y fría del Herr Kommandant maldiciendo en alemán me erizó los pelos de la nuca.

-Yo…- empezó el Herr Leutnant Hujar pero fue interrumpido.

-¿Qué ha hecho?- preguntó y no me cupo duda de que se refería a mí.

El Herr Leutnant se rió.

-No ha hecho nada. Solo hablaba con ella…-

-¿Qué?-

Conocía muy bien aquel tono de su voz y sabía que era el que utilizaba cuando estaba muy enfadado. No hubo respuesta a aquella pregunta. Parecía que el Herr Leutnant estaba tan paralizado como yo.

-Tienes tiempo para pararte a hablar con los prisioneros,- enunció él. –Tengo un tren lleno de gente en la estación parado que va dirección a Mathausen y no tengo suficientes hombres para vigilarlo. Espero que no sea porque todos están tan ocupados como tú.

-Disculpe Haupsturmführer, no tenía ni idea de que necesitaba hombres para…-

-Por supuesto que no la tenias. No puedes enterarte de nada si no estás en tu puesto,- dijo enfurecido terminando la frase en un grito.

Yo pestañeé al oír que alzaba la voz. El caballo se encabritó por el ruido. Yo había levantado un poco la mirada y podía ver sus patas moviéndose nerviosas. Después de que el caballo se calmara, el Herr Leutnant Hujar habló.

-Haupsturmführer Goeth… Iré a la estación… ahora mismo.-

El tartamudeó y su voz sonaba tan acobardada como la de cualquier prisionero en Plaszow. Le oí darse la vuelta y marcharse. Yo estaba extrañada porque jamás había visto al Herr Kommandant ser tan duro con alguien que se asemejaba tanto a su rango.

De repente, vi como las patas del caballo avanzaban dos pasos hacía mi. Pensé que él iba a interrogarme. No quería darle el placer de hacerle ver que tenía miedo pero sabía que era imposible porque temblaba como una hoja. Se hizo un silencio inquietante que solo era interrumpido por la fuerte respiración del caballo. Yo era incapaz de alzar la vista y ni siquiera lo intentaba. Me pareció sentir sus ojos azules y fríos clavados en mí. El corazón me palpitaba tan rápido que pensé que se me iba a salir del pecho. Después de menos de un minuto que me pareció una eternidad, las patas del animal se movieron dando media vuelta. Lo último que pude ver fue como la bota negra del Herr Kommandant chocaban contra las costillas del caballo y como este salía galopando.

Cuando llegué a la villa, me encargué de buscarle un buen escondite al guardapelo. Detrás de la estantería de vinos, había un ladrillo que tenía el cemento desgastado. Después de pulir el cemento con un cuchillo, conseguí sacar el ladrillo de la pared y colocar cuidadosamente detrás aquello que me hacía recordar que aun tenía algo por lo que vivir.

Antes de guardar el guardapelo allí, me senté en la cama y lo abrí. Dentro habían sobrevivido las tres fotografías que mi madre siempre había llevado colgadas al cuello. En una salía mi padre, con su poblada barba y su mirada oscura y enigmática. En otra salía mi hermana muy seria porque jamás le había gustado hacerse fotos. En la última, había una chica con una amplia sonrisa y con una mirada llena de ilusiones. Me costó reconocerla como yo misma. Los ojos se me humedecieron al mirar aquellos reflejos de la familia feliz que en solo dos años había conseguido olvidar. Después escondí el colgante en el escondite que había preparado y me prometí a mi misma que siempre que sintiese ganas de dejar de luchar, miraría aquellas fotos.

Happy Halloween