Hay tantas realidades como puntos de vista porque el punto de vista cambia el panorama - Ortega y Gassett
Hacía un sol de justicia y ni una sola nube se atrevía a irrumpir en los dominios celestes del Astro Rey . El mar estaba revuelto y la brisa húmeda y violenta hicieron que Barbara tiritase unos instantes al bajarse del coche mientras se subía la cremallera de la chaqueta de lana.
Habían ido en el coche de John aunque desde que saliesen de Washington había conducido ella. Doggett no recordaba haber estado nunca en aquel lugar, en aquella cala solitaria y rocosa que estaba lejos de todas partes aunque, a saber, había estado en tantos sitios cuyo paisaje después había olvidado…
Bajó del asiento del copiloto y cerró la puerta abriendo la trasera.
Ahí estaba, asegurada con unas cuerdas agobiantes en una imagen que haría lo posible por no retener en la memoria por mucho tiempo. No le gustaba la idea de llevar la urna con las cenizas de su hijo atada con cuerdas pero no habría soportado llevarla en el maletero como si no fuese más que un vulgar objeto.
El aire frío y salado se le metía entre los cabellos y los huesos y la arena de la playa se colaba por los calcetines y los zapatos poco apropiados con cada paso que daban en dirección al mar.
Él mismo se sentía poco apropiado
Avanzaron por las dunas y las rocas y la arena mojada hasta que el mar les mojó los zapatos y después avanzaron tres pasos más sin importar los zapatos ni los pantalones ni el agua gélida que acuchillaba la piel que tocaba.
John aspiró hondo la brisa del mar e inconscientemente abrazó más fuerte la caja que sujetaba entre los brazos, con los ojos cerrados y la expresión neutra excepto por unas pequeñas arrugas forzadas en el ceño.
Tragó saliva y olió el yodo de la arena, sintió el entumecimiento de las rodillas y un escalofrío cuando Bárbara se agarró a su antebrazo y apoyó la cabeza en su hombro, escuchó el ulular del viento esquivo entre las rocas y el estallido de las olas al romper en la costa y una risa infantil, lejana y posiblemente imaginaria que resonaba con eco en su cabeza.
Había llegado hasta allí pero se resistía a dar el último paso, el paso definitivo.
-No es una rendición John
Abrió los ojos de nuevo y miró a la que había sido su mujer que le sonreía tristemente y por primera vez, realmente la creyó.
Asintió con la cabeza y empezó a abrir la tapa de la urna
-Quizá… quizá deberíamos decir algo
Barbará negó con la cabeza mientras las lágrimas empujadas por la fuerza del aire barrían sus mejillas
-Llevamos demasiados años haciéndolo, ya no nos queda nada más que decir
Comprendió que tenía razón, que era el momento de decir adiós, de quitar la tapa y volcar la urna y dejar de luchar contra un pasado que no podía cambiar, y mientras las cenizas volaban en un horizonte incierto algo dentro de John Doggett terminó de cerrarse, como una herida abierta recién cauterizada; dolía y no estaba curada, pero al menos había dejado de sangrar.
Inspiró profundamente y dejó que una inmensa pena le arrastrase a las lágrimas.
Era la primera vez que lloraba en público por su hijo y de algún modo era la primera vez que lloraba por él y no por sí mismo.
Se abrazó a Bárbara entre sollozos y ese perfume dulce, cómodo y familiar que había olvidado y no había echado de menos. Era curioso pero se sentía más cerca de ella de lo que había estado en años. Una sensación cálida y cómoda como cuando te pones un zapato viejo.
-Ahora puedes navegar
Fue apenas un murmullo, un pensamiento en voz alta.
Cuando Luke tenía 4 años montó por primera vez en velero, y les preguntó si cuando fuese mayor podría tener un barco y vivir en él y nunca parar de navegar.
Ahora podía navegar y podía dar paseos por la luna y comer galletas con trozos de chocolate antes de acostarse.
Y el recuerdo de su hijo le invadió de un modo como no lo había hecho antes. Con tristeza por lo perdido pero sin ira, sin rabia, sin un dolor agudo en el pecho que le impedía respirar. Ahora se había convertido en algo templado y liviano que no pesaba en el alma.
A veces el dolor nos cambia y nos deforma, nos convierte en algo tortuoso y oscuro, y a veces, cuando se consigue ver más allá, el dolor nos hace mejores y más fuertes.
Más humanos.
-¡¡No me lo puedo creer!!
- Mulder…
Deshacían el camino andado por la autopista de la playa con las ventanillas bajadas dejando que la brisa salada y pegajosa les envolviese casi transportándolos a un universo paralelo.
-¡Ni siquiera has pestañeado Scully! Nada de "oh" o de "ah" ¡Nada!
Aún quedaban un par de horas de sol pero calor bochornoso del mediodía hacia tiempo que había dado paso a una temperatura templada, William dormía en su asiento para bebés en la parte trasera del coche, el maletero solo medio lleno y la carretera medio vacía
-Tampoco es que me parezca lo más normal del mundo pero
-¡No tienes capacidad para sorprenderte! De echo estoy convencido, no es escepticismo ¡¡es que no eres capaz de sorprendente!! De haberlo sabido antes me habría ahorrado años de quebraderos de cabeza.
Scully cruzó los brazos y respiró cansadamente, exasperada, siguiendo una vieja rutina de la que nunca se cansaría
-Mi capacidad para sorprenderme está perfectamente intacta
-¡Te acabo de contar que Reyes se ha estado enrollando con Krycek y ni si quiera has parpadeado!
-Solo digo que tampoco es tan descabellado
-¿En qué perverso universo paralelo?
Era divertido.
Dios, había olvidado lo divertido que era discutir trivialidades con Mulder y su descaro mientras ella fingía que una conducta mucho más madura. Había olvidado lo mucho que le gustaba quemar kilómetros de carretera con Mulder al volante y casi, hasta había olvidado el atractivo perfil de Mulder mientras conducía, con una sonrisa inquieta, el flequillo abanicado por el viento de la ventanilla apenas abierta y una expresión felina cuando la miraba por el rabillo del ojo.
Se giró hacia el paisaje que se extendía más allá de su ventanilla para evitar que Mulder la viese sonreír y poder continuar con las reglas no escritas de sus viajes por la carretera
-Hay que reconocer que Krycek es atractivo- controló la expresión neutra de su cara y se volvió para ver la reacción de su compañero – Mulder, cierra la boca
-Scully, si vas a contarme alguna oscura fantasía con un ruso de un solo brazo antes quiero que recuerdes que estoy conduciendo y que tengo un sistema coronario frágil
-A tú sistema coronario no le pasa nada
-Le pasará si sigues diciendo que Krycek es atractivo
-Mulder, lo es, y lo sabes.
-No admitiré nunca eso Scully- se removió en su asiento como un niño al que le han obligado a confesar, se mordió el labio inferior y farfulló entre dientes- aunque estoy dispuesto a admitir, que para todo lo malo que es, debería ser más feo
Scully se dio un momento mientras Mulder resoplaba.
William seguía placidamente dormido en su sillita como si el mal del mundo nunca pudiese tocarle como un milagro de dos meses y seis kilos que hacía extraños ruidos con el chupete antes de dormirse y olía a talco y sueños por cumplirse.
Mulder estaba a su lado, conduciendo, bromeando y siendo sin reír como si no hubiese nada más importante en el mundo que estar en ese momento en aquel coche, con ella.
Cerró los ojos, los viajes siempre le daban sueño y con Mulder cerca siempre era capaz de dormir profundamente sin pesadillas.
Estaba prácticamente dormida y ni siquiera supo si había articulado las palabras
-No pares el coche Mulder, no lo pares nunca.
-Solo digo que no me parece… lógico
Krycek cerró los ojos y apretó la mandíbula. Había una vocecilla interior que no cesaba de repetirle "cárgate al rubiales. O por lo menos aféitale la cabeza" y por más que pensaba no lograba encontrar un motivo razonable para no hacerla caso.
-En realidad, Langly, si lo piensas bien es perfectamente normal. Las sociedades evolucionan y los ritos y mitos primitivos se van adaptando, dando forma a las religiones
-Byers tiene razón
Los mataría a los tres. Sí, primero les llevaría al área 51 para que viesen la basura de hangar de las fuerzas aéreas que tanto veneraban y cuando estuviesen deshechos en lágrimas les pegaría un tiro a cada uno para sacarlos de su miseria.
Y después se cargaría a Mulder, porque si no hubiese otros, tener a esos tres por amigos era motivo más que suficiente para ser ejecutado. Por gilipollas.
-¡Pero estamos hablando de extraterrestres! Y ni siquiera es una doctrina que sepamos, es una profecía ¡superstición! Y ¿William, su anticristo? ¿Soy al único que no le parece lógico?
Alex Krycek se levantó con un movimiento seco de una de las sillas de madera que poblaban la cocina de Scully y se acercó amenazadoramente al extremo de la mesa que ocupaban los Pistoleros.
-Cerrad. La puta. Boca – El silenció cayó como un telón metálico a su alrededor- No me importa si es lógico o no, si son cuentos chinos o elaboradas teorías cósmicas, lo único que sé es que esos replicantes temen al crío, temen a lo que creen que se convertirá si crece al lado de Mulder y si eso nos hace ganar el tiempo suficiente para descubrir como joderles, por mi perfecto, pero vamos a dejar las cosas claras. Yo necesito al crío, el crío necesita a Mulder y a Scully. Vosotros, sois prescindibles.
Pronunció con extremo cuidado cada una de las sílabas de la última palabra para que no les quedase ninguna duda acerca de lo que estaba hablando sin romper el contacto visual en ningún momento.
Parecía incluso que el trío habían dejado de respirar y se habían convertido en perfectas estatuas de cera hasta que Frohike musitó un leve "vale" y Krycek desvió la mirada.
-Bien, ahora que nos entendemos, tenemos que encontrar el modo de freír a esos cabrones ¿qué habéis podido averiguar?
Los tres se miraron entre sí unos segundos, como si estuviesen decidiendo telepáticamente quién diría qué y en qué orden hasta que el barbudo comenzó a hablar
-Por lo que hemos podido investigar con la información que nos facilitasteis El Sindicato puso en marcha algunos proyectos de vacunas genéticas que…
Krycek suspiró molesto, solo hacía gala de su paciencia cuando era necesario.
-¿Qué sabéis de nanotecnología?
Los Pistoleros se volvieron a mirar entre sí casi como un acto reflejo. La comunidad de los trías gays estaría tan orgullosa de ellos
- Si sabías por dónde empezar ¿por qué nos has preguntado…?
-Soy ruso, nos gusta la retórica
Langly torció la cabeza hacia un lado, en un intento algo patético de parecer intimidatorio.
-Tenemos un par de contactos que podrían ayudarnos a enfocar el tema
Genial, justo lo que necesitaba, más freakis gays. La mayoría del tiempo le resultaba realmente inconcebible que Mulder hubiese llegado tan lejos teniendo en cuenta sus recursos; en cualquier caso tendría que mover unos cuántos hilos por su cuenta y se movería mejor sin tener que preocuparse por despistar a esos tres payasos.
Se dio la vuelta para ir al sofá y buscó en el bolsillo de su cazadora su PDA.
-¿Algo más que debamos saber?
Se sentó ágilmente y comenzó a buscar el nombre que necesitaba en su agenda codificada
-En tu caso, cómo cortarte el pelo
El mar agitado se rompía y re-hacía con cada golpe de ola que se clavaba en la arena de la playa y el Sol casi de un modo imperceptible, iba sucumbiendo al atardecer y sin embargo Doggett era incapaz de moverse.
-John
La mano cálida de Bárbara sobre su hombro rompió de golpe la burbuja en la que estaba y fue consciente en un único suspiro del frío y del tiempo transcurrido.
Se dio la vuelta en el agua removiendo la arena que había sepultado sus zapatos y quiso decirla que lo sentía, por no haber sido capaz de cuidar a su hijo, por no haber podido cuidarla a ella después de eso. Quiso preguntarla cómo se decía adiós definitivamente y se volvía a la "normalidad" y si pasaría alguna vez ese dolor en el pecho cuando veía vídeos caseros de hijo pero lo único que pudo hacer fue alargar los brazos y atraerla hacia sí, abrazarla y dejar que el viento moviese sus cabellos dorados sobre su cara, más allá alguien paseaba en el horizonte rocoso.
-Ya está John
Y la creyó como la había creído tantas otras veces.
Se separó de ella a duras penas inspirando profundamente el aire salado y la miró a los ojos. Tenía la mirada templada y calmada, casi como la mirada que tenía cuando la conoció en el instituto aunque más triste y curtida pero ya no quedaba rastro de la desolación de años atrás, ni de la culpabilidad y el dolor que le acompañaba en la suya propia
-No fue culpa tuya
Ya lo sabía, ahora lo sabía lo que no había sabido era cuánto había necesitado oírlo de sus labios y por primera vez se le ocurrió que quizá ella también había necesitado oírlo
-Tampoco fue tu culpa
Ella sonrió y acarició su mejilla antes de cogerle de la mano. A veces se preguntaba qué habría sido de él no haber estado con ella, a veces se preguntaba que habría sido de él de haberlo estado todavía.
-Vámonos
Salieron del agua sin prisa, con los zapatos arruinados y los pantalones encharcados, pero no fue hasta que la arena seca de la playa comenzó a pegarse a la tela mojada que Doggett reconoció la silueta incierta que se acercaba cautelosa.
Bárbara soltó su mano y sonrió.
-Hola Mónica ¿Has llegado bien?
Ella sonrió también, llevaba un vestido hasta los tobillos que mecía el viento, una cazadora vaquera y los zapatos en la mano, sacó unas llaves de coche de su bolsillo y se las ofreció a Bárbara
-Claro, el GPS de tu coche tenía el camino marcado
Bárbara cogió las llaves y se volvió hacia él, muy despacio se acercó y le dio un tibio beso en la mejilla -Realmente deberías llamar a tu hermana – y se volvió caminando hacia donde habían aparcado los coches.
Antes de que se alejase demasiado Mónica la llamó
-¡Bárbara! – Esperó a que la mujer rubia se volviese antes de seguir hablando – gracias
Ella negó con la cabeza
-Ahora todo está donde debe de estar
- Gira a la derecha. Mulder, gira a la derecha. ¡gira a la derecha! – Scully vio como por su ventanilla pasaba rápidamente la desviación que llevaba indicándole desde hacía por lo menos diez minutos – Deberías haber girado a la derecha.
-Tranquila Scully, tengo un sexto sentido para esto.
-No, tienes un sexto sentido para anomalías de la naturaleza, la palabra que buscas para definir tu sentido de la navegación es "nulo"
Cruzó los brazos sobre el pecho y suspiró hondo comprobando por el espejo retrovisor que William seguí dormido.
-Nunca me equivoco al volante
-Eso es porque yo llevo el mapa
En discusiones estúpidas había muchos temas sobre los cuales Scully estaba dispuesta a darle la razón a Mulder como a los tontos, bueno, en realidad no tantos temas, pero en cualquier caso su infalible orientación no era uno de ellos.
No era hija de un capitán de la marina por nada
-Ya sabes el dicho Scully, todos los caminos conducen a Roma
Scully se giró en su asiento tanto como le permitió el cinturón de seguridad para contestarle
-Lo cual nos sería muy útil de estar en Italia o por lo menos en el mismo continente que Italia
-¿Ves? Ahí está el problema, te lo tomas todo demasiado al pie de la letra; los refranes, el código de conducta del FBI, las leyes de la física…
Mulder aprovechó el inexistente tráfico para dar un pequeño volantazo y pisar un par de líneas continuas para acceder al cambio de sentido.
-¡Mulder!
-…el código de circulación
-Sí Mulder, estoy segura de que todos nuestros problemas se resumen en que me lo tomo todo al pie de la letra ¡sobre todo el código de circulación!
La tarde se les iba echando encima y con las tomas periódicas de William cada seis horas no habría modo de llegar a Washington sin tener que pasar una noche fuera. Scully frunció el ceño ligeramente y se esforzó por leer todavía lejanos carteles que indicaban las distancias a las poblaciones más cercanas.
Si cogían la próxima desviación a la derecha todavía había posibilidades de no pasar la noche en un motel de carretera.
- Gira a la derecha. Mulder, gira a la derecha. ¡gira a la derecha! – Scully vio de nuevo pasar su última esperanza en forma de desviación por su ventanilla. Hubiese querido quitarse un zapato y pegarle con él – Tenías.Que.Girar.a.la.Derecha
Había muchas cosas que habían cambiado en ocho años.
Otras seguían exactamente igual
John Doggett no era de los que hacían gala de grandes demostraciones de afecto, era algo que cualquiera con dos dedos de frente podría deducir cinco minutos después de conocerle y Mónica Reyes tenía más de dos dedos de frente y le conocía desde hacía más de cinco minutos, aún así, acababa de liberar las cenizas de su hijo después de varios años y ella había aparecido por sorpresa en una cala perdida de la mano de los cartógrafos después de más de un mes sin haber tenido contacto; no sabía muy bien qué había esperado pero desde luego era algo más que una mirada sostenida de medio minutos y… nada más.
Sin interrumpir su repentino voto de silencio John bajó la cabeza y comenzó a andar por las dunas de la playa.
¿Quería estar solo? ¿Quería que le siguiese? ¿Por qué con John tenía que ser todo tan complicado siempre?
Avanzó con paso rápido sobre la arena para poder seguirle con los zapatos todavía en la mano y sin saber muy bien qué era lo que debía hacer a continuación.
-Dentro de nada anochecerá – señaló con la cabeza los pantalones y los zapatos de Doggett completamente calados y embadurnados de minúsculos cristalitos – Te vas a constipar
John simplemente levantó la cabeza se paró y la miró durante medio segundo con la brisa salada arremolinándole el pelo y acto seguido comenzó a reírse.
Comenzó como un leve rumor que surge desde la boca del estómago y se cuelan entre los dientes para escapar por una leve sonrisa y poco a poco fue subiendo de intensidad hasta que la sonrisa dejó de ser tal para ser una mueca descarada y el leve rumor dio paso a carcajadas estruendosas.
-Creo- dijo medio arrodillado en el suelo e intentando controlar la respiración para contener la risa histérica – que dadas las circunstancias constiparme es el menor de mis problemas y debería ser la menor de tus preocupaciones.
Y se dejó caer en la arena, boca arriba, respirando hondo y con la mirada perdida en algún punto lejano del cielo.
A estas alturas Mónica debería haberlo sabido, que daba igual cuánto tiempo se fuese o cuantas veces razonase y se auto-convenciese que no podía esperar siempre a John, que nunca sucedería y que malgastaba el tiempo de los dos porque cuando creía tenerlo todo controlado Doggett decía "debería ser la menor de tus preocupaciones" con una melancolía divertida difícil de definir y se tiraba en la arena dejando que el viento le meciese sin moverlo y a Mónica se le volvía a romper el alma de nuevo en mil pedazos como la primera vez que le vio mientras investigaba el caso de Luke.
Dejó caer los zapatos y se sentó a su lado en la playa
-Nueve de cada diez doctores no recomienda constiparse antes de luchar contra supersoldados
Sonrió mientras seguía mirando al cielo y Mónica le miraba a él
-Quién sabe, lo mismo el catarro común es mortal para los supersoldados. Tendría su gracia.
-Ya nos veo organizando una resistencia organizada a la colonización a base de sabotear fábricas de ViP Vaporups
Y de nuevo Mónica debería haberlo sabido, pero no lo supo. Doggett movió el brazo modelando la arena bajo él con el movimiento y la cogió casi de un modo vaporoso la mano
-Te he echado de menos
Cinco palabras con voz agrave y aparentemente libres de cualquier emoción y con la misma facilidad con la que la rompía el alma en mil pedazos se la reconstruía en apenas un instante, con un leve roce y cinco palabras.
Debería haberlo sabido.
Pero no tuvo más remedio que retirarse el pelo de la cara, inclinarse y besarle en los labios mientras el viento movía los granos de arena que se le colaban entre el pelo.
Entrar en el apartamento de Scully era más fácil que cruzar la calle con el semáforo en verde. No solo se podía entrar en el edificio con una facilidad abrumadora sino que además tenía un casero con una copia de la llave dispuesto a tragarse cualquier milonga y prestar dicha llave con tal de tener un chisme más que comentar con las vecinas.
No es que Krycek no hubiese podido entrar de todos modos en la casa es que ya que no tenía ninguna casa franca en DC que no pareciese un nido de ratas de segunda mano, prefería entrar a los sitios donde pasaría la noche sin forzar las cerraduras y dejarlas inutilizadas.
Tampoco era como si las cerraduras sirviesen de mucho pero era una manía como otra cualquiera.
Cerró la puerta tras de sí dejando al portero cotilla murmurando en el pasillo y la oscuridad y el silencio que lo recibió casi le hizo llorar de la emoción. Si hubiese sabido como se hacía eso, claro.
Era la primera vez que no había nadie más en el apartamento y la perspectiva de no tener que aguantar las miradas, las preguntitas y de no tener que mantener el constante nivel de amenazas era un cambio agradable.
Se tiró en el sofá sin muchas contemplaciones y cerró los ojos obviando el ligero olor a polvos de talco y a crema de bebé que flotaba en el ambiente y dispuesto a dormir hasta bien entrado el día siguiente a pesar de que solo fuesen las siete de la tarde.
La culata de la pistola se le clavaba en los riñones y uno de los remaches de la cazadora arrugada estaba incrustado en sus costillas aún así simplemente respiró hondo y se concentró en descansar un poco, ponerse cómodo no era una opción. Ponerse cómodo era el camino más directo a un sueño profundo y en esas condiciones un sueño profundo era el camino más directo a una muerte segura. Necesitaba estar alerta y despertarse con cualquier movimiento, cualquier cambio en el ambiente…
… cualquier sonido de pasos acercándose por el pasillo y parándose justo en frente de la puerta del apartamento.
Krycek abrió los ojos y como impulsado por un resorte empuñó su arma y dio un salto hasta la pared del pasillo para poder parapetarse justo al tiempo que una llave giraba en la cerradura y se abría la puerta.
La noche parecía ir en camino a otro muerto en la alfombra.
A Scully le iba a encantar.
Skinner firmó satisfecho el último papel y lo entregó en el registro justo cinco minutos antes de la hora del cierre.
Había conseguido, o al menos esperaba mover todo el papeleo necesario para devolver completamente a la vida a Mulder.Administrativamente hablando.
Walter se arrepentía de muchas cosas en su vida; de haber dejado morir su matrimonio de no haber podido asistir al funeral de su madre porque estaba de misión, incluso de no haber tenido hijos pero de lo que más se arrepentía era de haber sido un cobarde en demasiadas ocasiones, de no haber plantado cara lo suficiente de haber dejado a Mulder y a Scully solos gritando verdades a los cuatro vientos y haber hecho como que no oía.
Cómo, después de todo, siempre habían estado de su lado era todo un misterio y si ahora estaba en su mano devolverles los Expedientes X, ocuparse del papeleo era lo mínimo.
Cogió el ascensor del vestíbulo principal prácticamente vacío a aquellas horas y pulsó el botón correspondiente a la planta donde estaba su despacho pensando en la cara que pondría el Director Adjunto Kersh cuando intentase cerrar los Expedientes X y se encontrase una vez más con el nombre de Fox Mulder como jefe de departamento impidiéndole llevar a cabo sus planes.
Cuando el "ding" del montacargas le indicó que había llegado a su destino salió casi sin esperar a que las puertas terminasen de abrirse y se dirigió por los pasillos en penumbra y desiertos hacia su despacho todavía iluminado.
-Kimberly ¿Qué haces todavía aquí?
Desde detrás del escritorio de su secretaria una maraña pelirroja que hacía horas habría sido un perfecto moño salió de detrás de una torre de papeles con los brazos cruzados sobre el pecho y cara de pocos y malos amigos
-Que no le engañen todos esos millones de informes por archivar por transcribir que hay encima de mi mesa, Señor, en realidad me estoy dedicando a la vida contemplativa
Skinner sonrió y negó lentamente con la cabeza
-Vete a casa Kimberly, los informes puedes esperar y es tarde
Ella se limitó a elevar los ojos al cielo, suspirar y volver a su puesto detrás del escritorio
-Sí claro y mañana en vez de mil millones de archivos habrá un par de billones y a la que me descuide moriré sepultada por un alud de papel – Skinner no pudo reprimir una pequeña carcajada – no me mire así. He leído suficientes expedientes X como para saber que podría ocurrir.
Ante aquella lógica aplastante Skinner no pudo más que encogerse de hombros
–Como quieras
Entró en su despacho en sí y abrió su maletín para llevarse un par de CD´s con información clasificada y un par de informes para la reunión de gastos que tenía al día siguiente
-Además… le estaba esperando
Si Skinner hubiese llevado una vajilla en las manos ahora el suelo estaría cubierto de platos rotos, por suerte para él lo único que había caído era un CD dentro de su maletín sin demasiado estruendo
-¿Cómo?
-Es que mi coche está en el taller y teniendo en cuenta en el vecindario que vivo y las horas que son me preguntaba si podría llevarme
Respiró como si se acabase de aflojar el nudo de la corbata. El coche en el taller. Claro. Ningún otro motivo. Claro. Todo muy normal. Claro.
-Claro
Incluso cuando una vez recogido todo y apagadas todas las luces Kim se agarró casualmente a su brazo mientras caminaban por el aparcamiento en busca del coche, una voz que resonaba dentro de su cabeza no dejaba de decir "Perfectamente normal, Walter, perfectamente normal. Claro"
La gente solía pensar que la memoria fotográfica era el mejor invento desde las pipas peladas. Pensaban en poder retener el recuerdo de unas vacaciones idílicas o en lo estupendo que sería poder reproducir exactamente cada página del libro de texto el día del examen.
A menudo olvidaban que memoria fotográfica no era lo mismo que memoria infinita y mucho menos, si quiera parecido a memoria selectiva.
Fox Mulder podía recordar con total precisión la posición de cada una de las fichas de estratego de aquella partida que nunca acabó con su hermana, recordaba la posición de los adornos en la habitación y la imagen perfecta de su hermana con cada rizo y cada peca. Recordaba también con precisión de reloj suizo demasiadas escenas de crímenes como para molestarse siquiera en enumerarlas y la imagen de Scully en el suelo de su apartamento con la blusa empapada de sangre aún le perseguía mucho tiempo después de la muerte de Padget.
No podía negar que tenía sus ventajas pero la mayor parte del tiempo, imágenes nítidas de cosas que ojalá pudiese olvidar pasaban una y otra vez por delante de sus ojos como un album de fotos en bucle.
-Ha dormido, ha comido, ha echado los gases, le he cambiado y todavía es muy pequeño para que le molesten las encías. La única razón por la que sigue llorando es que me odia
Habían parado hacía casi una hora en un área de servicio a las afueras de St Charles porque William parecia molesto y hacía practicamente el mismo tiempo que el niño no dejaba de llorar a pleno pulmón para desesperación de Scully.
-Solo es un bebé, Scully y los bebés lloran. Comen, duermen, manchan el pañal y lloran –trató de apaciguar su propia desesperación y parecer calmado – No te odia. Al menos todavía, dale quince años más
Scully elevó los ojos al cielo y siguió moviendo sus brazos intentando vanamente calmar a su hijo en el pequeño jardín del restaurante de carretera. Con mechones pelirrojos disparados en todas direcciones y la ropa arrugada por el largo viaje Mulder se esforzó por retener esa instantánea de Scully y William en su mente sin demasiado éxito. La misma imagen que le había perseguido los últimos días le seguía persiguiendo en aquellos momentos; una carpeta de color manila llena de documentos con una pequeña etiqueta identificativa adjunta al dorso
"XF021905: William (Mulder) Scully"
-Coge a tu hijo Mulder
A pesar del ligero tono de reproche típico de los padres que en esos momentos desearían extrangular pedagógicamente a sus hijos a Mulder casi se le acabó el aire en el mundo para llenar los pulmones.
-¿Qué?
-Se me van a caer los brazos de un momento a otro y creo que deberíamos compartir el odio de nuestro hijo a partes iguales
Era probablemente el hombre más estúpido sobre la faz de la Tierra pero en aquel momento, mientras cogía a William en sus brazos con movimientos casi demasiado cuidadosos fue consciente por primera vez de que aquello que se movía y gritaba furioso apoyado contra su pecho era suyo, como lo era su propio brazo o su pierna.
-Shhhhh, deberías plantearte lo de seguir llorando porque mamá tiene una pistola y licencia para utilizarla
-¡Mulder! No le digas esas cosas al niño
Scully suspiró indignada haciendo movimientos circulares con los brazos para descargar la tesión y se sentó en un banco cercano del jardín antes de empezar a masajear sus propios hombros como tantas otras veces Mulder la había visto hacer después de largas horas de viaje.
Balanceándose medio paso hacia delante y medio paso hacia atrás para intentar acunar suavemente al pequeño William la imagen de aquela carpeta seguía colándose en sus pensamientos sin darle tregua.
-¿Leiste el expediente que encontraste en Chicago?
No era necesario preguntar a Scully a qué expediente se refería pero no contestó, se limitó a levantar la mirada. Ambos sabían que no había ninguna posibilidad de que no lo hubiese leído.
-¿Qué ponía? –dudó ligeramente antes de continuar, algo que no era típico de ella - ¿Ponía si hicieron algo para…?
-No
-Pero eso no tiene ningún sentido, Mulder – Scully se giró para acariciar una de las manitas de su hijo que parecía calmarse poco a poco - ¿Cómo pudo ser posible entonces?
-No lo sé, quizá no te quitaron todos los óvulos o quizá la fecundación in vitro funcionó, o quizá simplemente de vez en cuando ocurren milagros
Scully no pudo evitar soreir ligeramente, apenas una mueca de Mona Lisa pero que era suficiente para iluminar estados enteros
-¿Éstas seguro?
Mulder asintió. Se preguntó si aquel era el momento adecuado para abrir la caja de Pandora, en medio de ninguna parte en un área de servicio, no parecía la situación propicia para hablar de lo que había aprendido en Chicago aunque probablemente jamás habría un momento ideal para hablar de aquello.
-Aquel Expediente, el que tenía su nombre en la etiqueta estaba lleno de documentos, certificados, resultados de pruebas… pero Scully, ninguno de esos papeles hablaba directamente de William.
-No… no lo entiendo
-¿Recuerdas los marcadores que encontraste en las vacunas de la viruela?
-Sí
-Aquellas vacunas sirvieron para hacer pruebas médicas ilegales a practicamente toda la población, buscaban a una persona, a alguien "más humano que humano" capaz de detener la colonización
Scully reconoció la expresión y un escalofrío le recorrio toda la espalda vértebra a vértebra.
-No lo encontraron pero encontraron individuos con características extraordinarias, capaces de acceder puntualmente a una parte del cerebro que el ser humano habitualmente no usa o con unas proteínas especiales capaces de producir mucha más energía de la normal. Usaron la propia vacuna para marcar a esos individuos, los catalogaron y los abdujeron a lo largo de los años para poder realizar sus experimentos. Tú nombre y el de mi hermana estaba en esas listas y supongo que de no ser por Spender, mi nombre también hubiese estado en ellas desde el principio. Realizaron todo tipo de pruebas y experimentos, clonación y embarazos artificiales tratando de producir lo que ellos querían
Un leve suspiro escapó de los labios de Scully – Emily – aquel recuerdo seguía siendo doloroso a pesar del tiempo. Mulder hizo una larga pausa y respiró hondo antes de continuar.
-Todos los experimentos fueron un fracaso y cuando años después se enteraron de que había un niño que había sido concebido y criado como cualquier otro era capaz de leer la mente y cuyos padres, ambos, figuraban en sus listas creyeron haber encontrado lo que estaban buscando pero Gibson Praise resultó que tampoco era lo que ellos estaban buscando. A partir de entonces el proyecto fue casi clausurado concentrando sus cada vez más escasos recursos en encontrar otro modo de luchar- dejó gradualmente de acunar a su hijo que por fin se había calmado -Eso es todo lo que hay en el expediente de William, Scully. Tus pruebas, mis pruebas y unos cuantos informes de vigilancia
Scully asintió tratando de asimilar toda aquella información
-Vámonos a casa Mulder
La puerta se cerró nada sutilmente, las luces del salón del apartamento se encendieron dejando pocas sombras tras las que esconderse y Krycek se apretó un poco más contra la pared del pasillo
Desde luego o era el sicario más torpe o no era un sicario en absoluto, claro que si algo había aprendido en su vida a parte de a no pasear alegremente por los bosques de Tunguska era que hasta el tipo más inútil, con un arma en las manos, puede tener su día de suerte.
Se movió como un gato sigiloso entre los juegos de luces del pasillo y se acercó para ver quién se movía armando tanto ruido por el salón. Presiciendo la estancia desde el sofá una rubia de tacones infinitos se estaba encendiendo un cigarrillo.
-No te hagas el tímido Alex. Me han dicho que has estado preguntando por mí.
Krycek bajó el arma y caminó despacio hacia la luz del salón con gesto impasible de película del oeste
-Ese fue siempre tu error Marita, confundes facilmente los conceptos. He estado preguntando por la información que tienes, no por ti.
Marita siempre había sido una de esas mujeres capaz de helar a cualquier hombre con una mirada y de hacerle hervir la sangre con una sonrisa, un millón de años atrás Krycek había sido uno de esos hombres. Un millón de años atrás aquella sonrisa le hubiese hecho arrancarla la ropa en menos de diez segundos.
-El tuyo siempre fue pensar que podías tener lo uno sin lo otro, Alex.
Pronunciaba aquella palabra como una provocación, como si la "x" final fuese un líquido helado que se le escuría al decir su nombre.
Sacó un mini CD del bolsillo envuelto en una pequeña funda de plástico transparente y lo tiró indiferente encima de la mesita de café exhalando una bocanada de humo, él ni siquiera se molestó en seguirlo con la mirada, en su lugar mantuvo sus ojos clavados en el azul hielo de los ojos de la rubia.
-¿Qué quieres a cambio?
-Tú más que nadie debería saber que nunca se ha tratado de lo que queríamos sino de elegir un bando y hacer lo que fuese necesario
-Yo más que nadie sé que nunca has dado nada por nada
Marita rió, escondiendo sus sonrisa de medio lado como una virgen adolescente del siglo XIX, con esa aparente inocencia que era capaz de encender y apagar como con un interruptor.
Era un inútil gasto de tiempo pensar en ello y por eso Krycek no lo hacía pero probablemente aquella mujer era la única en el mundo capaz de comprender sus sacrificios y valorar sus traiciones. Ambos eran expertos en sobrevivir, ambos sabían que los muertos no ganaban batallas, que la fidelidad y la lealtad eran lujos imperdonables en tiempos de guerra y que si había que salvar el mundo antes había que salvar el pellejo.
Si ambos no fuesen quienes eran podría haberse dicho que se habían querido realmente.
- El niño, ¿es lo que buscábamos?
Las mentiras siempre fluían mejor cuando también eran verdades
-Podría serlo. También podrían haberlo sido muchos antes que él
Apagó el cigarrillo en un cenicero decorativo de la mesita y se levantó andando lo justo para quedarse a unos centímetros de él, con aquellos tacones era lo suficientemente alta como para mirarle directamente a los ojos sin ningún tipo de desnivel
-Aquellos… -buscó una palabra adecuada sin conseguirlo y eligió en su lugar un tono de desprecio-… niños creados en tanques apenas podían ser considerados "humanos" mucho menos "más humanos que humanos"
-Que no haya salido de un tanque no es ninguna garantía – era absurdo mentairla en aquello pero era inpensable contar la verdad – el niño podría no ser siquiera de Mulder
Y las vacas volaban y a él le crecería otro brazo izquierdo. Hasta un pobre lechero de Brandemburgo sabía que no había ninguna posibilidad de que ese niño no fuera de Fox Mulder pero era la única baza que podía jugar.
-Seguro
Sin previo aviso la rubia acortó la distancia y le agarró por la nuca hundiendo la lengua entre sus labios y haciendose camino en su boca. Si algo había aprendido Alex Krycek con los años era a no rechazar besos de mujeres guapas, aunque fuesen unas zorras.
Seguía besando como siempre lo había hecho, deborando, arrastrando los dientes por los labios y deslizando la lengua como si se fuese a derretir y hubiese que aprovechar hasta la última gota. Cuando se separó para respirar los labios de Marita estaban enrrojecidos e hinchados y un mechón rubio le caía por la mejilla.
-No quiero nada a cambio -Miró de reojo el CD que seguía encima de la mesita y se colocó el pelo en su casi permanente estado pluscuanperfecto- consideralo un… favor para mi nuevo bando
La arena, la sal y la humedad de la brisa marina seguían pegados a la piel mucho después de haber dejado atrás aquella cala de la bahía de Chesapeake. Había vivido en Nueva York muchos años, podía soportar la polución, el barro y Dios sabía que un montón de porquerías más pero mientras se adentraban en la ciudad de Washington John Doggett en lo único que podía pensar era en darse una ducha cuanto antes.
Llegar a casa y darse una ducha
En el asiento del copiloto Mónica se agitó el pelo con los dedos una vez más dejando caer sobre la tapicería diminutos cristales de arena y haciendo resbalar el tirante del vestido por el hombro izquierdo.
Llegar a casa y darse una ducha. Fría.
-Deberíamos ir a casa de Dana – se sacudió la arena del vestido y siguió tratando de desesnredarse el pelo- para comprovar que todo está en orden
-Muy bien
Miró al retrovisor antes de girar a la derecha en un cruce cercano al Potomac para comprovar el inexistente tráfico y por un momento se sobresaltó al ver el reflejo de su propia mirada. Había algo que le parecía diferente y que no era capaz de señalar con el dedo pero desde luego se sentía diferente, apenas podía reconocer en sí mismo a la persona que había sido los últimos años; desde luego aquel John Doggett no habría tenido arena entre los pantalones y el perfume de Mónica Reyes adherido a la camisa, tampoco habría estado pensando en duchas de agua fría y en qué se suponía que tendria que hacer y decir exactamente.
Quizá estaba demasiado chapado a la antigua para los tiempos que corrían pero con las mujeres, lo suyo no era dejar pasar el tiempo para ver qué sucedía. Él todavía creía en las citas, las cenas en restaurantes pequeños, cortos paseos por las calles iluminadas de la ciudad para acompañar a la chica a casa y las proposiciones formales; creía en los momentos y en marcar el punto exacto en el que una relación pasaba al punto siguiente.
No sabía otro modo de hacer las cosas. Carraspeó, tragó saliva y respiró hondo
-Ehmmm Mónica ¿Te gustaría salir a cenar conmigo alguna noche?
Ella dejó de mesarse el pelo como paralizada de repente y luego muy despacio giró la cabeza para mirarle intensamente intentando esconcer una sonrisa demasiado evidente.
-¿Me estas pidiendo una cita?
John cambió las manos de posición en el volante en un gesto incómodo
- He tenido que perder mucha práctica si no ha quedado claro
- Me estás pidiendo una cita – esta vez no era una pregunta sino la constatación incrédula de un hecho
- ¿No debería pedirte una cita?
-¡Sí! No, quiero decir ¿Me pides una cita, de ese modo, porque en tu cabeza existe la posibilidad de que diga que no?
-No me gusta dar nada, a nadie, por sentado- bajó el tono de voz inconscientemente y miró de reojo a su acompañante – es el primer paso para decepcionar a la gente
Hubo un momento de silencio tan eterno que Doggett tuvo que apartar los ojos de la carretera para girarse a mirar a Mónica y se le escapó un latido cuando se encontró con sus ojos que le miraban como si acabase de inventar el helado de chocolate
-Oh John, no creo que seas físicamente capaz de decepcionar a nadie
Si la piel curtida de Doggett pudiese permitirse el lujo de sonrojarse en aquel momento toda su cara se habría encendido de rojo escarlata.
Las calles y los semáfaros pasaron en silencio sin que ninguno de los dos se sintiese incómodo pero sin encontrar las palabras adecuadas para continuar con aquella línea de discursión tampoco, por fin a apenas un par de manzanas del apartamento de Dana Scully, Mónica inspiró hondo para coger fuerzas.
-De acuerdo ¿Qué te parece mañana por la noche? – John ni siquiera contestó, se limitó a sonreír- pero para futuras referencias, cuando quieras que cenemos, o vayamos al cine, o a… la playa, solo tienes que decirme dónde y cuando
Volvió a mirar por el espejo retrovisor para hacer las maniobras necesarias para aparcar y fue entonces cuando lo vio, aquello que era diferente en su reflejo. Era la sonrisa, no solo en sus labios sino también de algún modo, en los ojos.
